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Cicatrices Resonantes Género, violencia y memoria en la obra literaria de Rocío Silva Santisteban

by Ágata Cristina Cáceres Sztorc (Author)
Monographs 146 Pages

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Introducción

Es en la década de los años ochenta cuando observamos una contundente y significativa presencia de las mujeres en el mundo literario, que visibiliza los silenciamientos previos, pero perpetúa las discriminaciones de siempre. Históricamente en aquellos años, el Perú se enfrentó a varios fenómenos sociales, políticos y económicos, agravados por la generalización de la violencia política. Por otro lado, en los años ochenta resulta crucial la influencia del pensamiento feminista europeo y las demandas de las mujeres por una sociedad más equitativa y sin discriminación.

El discurso poético y literario de las escritoras de la generación del ochenta en el Perú, en especial en Lima, recoge de distintas formas este conjunto de hechos; sin embargo, lo que constituyó su mayor escisión fue la expresión de una voz poética que hablaba en primera persona de su cuerpo, de su deseo, de su ser mujer. En la Lima de aquellos años, la mujer había sido esencialmente un objeto; su voz y su mirada habían sido plasmadas por intermedio de otras voces, otras miradas, otros sujetos. En el campo y en provincias la situación de las mujeres era aún peor. Así, la confluencia de voces de mujeres hablando de ellas mismas fue fuente de sorpresas, rechazos, escándalos y comentarios. Por lo tanto, para las futuras generaciones de escritoras, la generación del ochenta significa un referente imprescindible, poético, histórico, de aliento, inspiración e impulso a seguir, para enfrentarse a los mecanismos del poder que mantienen a la mujer fuera de espacios tan vitales como el arte.

Desde nuestra perspectiva, las primeras críticas a la obra de Rocío Silva Santisteban no fueron justas y se llevaron a cabo bajo un manto paternalista, patriarcal y estereotipado tal y como se solía hacer en aquella década, resaltando la belleza y juventud de las escritoras; siendo tratadas siempre como un colectivo y asociado a lo afectivo y corporal, quedando todas homologadas con las mismas cualidades asociadas a su sexo, lejos de vincularse con las generacionales, nacionales o universales. Sin embargo, cabe destacar a importantes académicas que lograron enfrentar esa simplificación y conservadurismo teórico de la crítica literaria peruana, como lo fue el estudio de Susana Reisz en Voces Sexuadas. Género y poesía en Hispanoamérica (1996), dedicado a las poetas latinoamericanas pero con protagonismo hacia la poesía peruana.

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Por otro lado, siguiendo la línea de los estudios decoloniales observamos que a pesar de los esfuerzos por combatir o, en todo caso, disminuir los mecanismos de la colonialidad del poder, los ejecutores de este régimen siniestro continúan instrumentalizando una serie de estrategias ideológicas y políticas que pretenden preservar la hegemonía de este modelo de poder. Asimismo, como plantea Aníbal Quijano, quienes lideran este perverso régimen responden con violencia desplegando un interés en la recolonización global, usando los más complejos medios y recursos tecnológicos que permiten matar más gente, más rápido, y con menos costo. Y es en este marco que consideramos a la mujer como una de las víctimas más vulnerables de este sistema de poder, quien, a diferencia de otras víctimas del régimen, no padece cualquier tipo de violencia, sino una de tipo específico que es la violencia de género, entendida esta como la violencia ejercida por los varones contra las mujeres en su deseo de obtener, conservar y/o acrecentar poder, dominación, control y propiedad sobre ellas.

Por lo tanto, para la mujer escritora, para la voz poética reflexiva de su hacer con el lenguaje, la desigualdad y la discriminación resulta ser una constante. Dicha desigualdad se presenta de varias formas, a veces como un vacío, otras, como la falta de un espacio de enunciación, de empatía, de solidaridad, de comprensión del ser mujer que implique e invoque humanidad, dignidad, afecto y trascendencia. Todo esto se resume en la violencia hacia la mujer. Cabe subrayar que la violencia es la articulación de control que asegura el lugar subordinado de la mujer; por consiguiente, resulta ser un requisito esencial para el sistema patriarcal.

En este punto, nos gustaría destacar el concepto de Segato, quien propone hablar de violencia moral como expresión abarcadora y estandarizada que se extiende de manera natural, es decir, de forma automática, sin reflexión, en el ámbito cotidiano: violencia moral es todo aquello que envuelve agresión emocional, aunque no sea ni consciente ni deliberada. Entran aquí la ridiculización, la coacción moral, la sospecha, la intimidación, la condena de la sexualidad, la desvalorización cotidiana de la mujer como persona, de su personalidad y sus trazos psicológicos, de su cuerpo, de sus capacidades intelectuales, de su trabajo, de su valor moral.

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Ya en la década del noventa, a pesar de haberse “combatido” el terrorismo, se vivió una siguiente década de violencia desenfrenada al mando del régimen autoritario de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos. La violencia y el terror experimentado durante más de dos décadas fueron recogidos por Rocío Silva Santisteban en su obra literaria, ya sea en sus poemarios, libros de relatos, o investigaciones académicas, visibilizando a quienes sufrieron los acontecimientos más crueles, dando nuevas luces a la violencia ejercida a las mujeres en aquel periodo de la historia en el Perú, apoyándose no sólo en el Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, sino también en toda una serie de investigaciones académicas realizadas después de dicho Informe y, finalmente, proponiendo nuevas construcciones de la memoria, en el marco de un país post-conflicto.

Rocío Silva Santisteban plasma en sus obras de manera acertada y objetiva todas estas violencias. Siendo una reconocida periodista, escritora, columnista, poeta, docente y activista por los derechos humanos en el Perú, ha sido ganadora de diversos premios: dos Copé de Plata de Poesía (en 1986 y el 2005) y el Concurso Nacional de Guiones de 1995. Como poeta, ha publicado: Asuntos circunstanciales, Ese oficio no me gusta, Mariposa Negra, Condenado amor, Turbulencias y Las Hijas del Terror. Como cuentista, sus libros Me perturbas y Reina del manicomio1. Como periodista, en el diario El Comercio y La República durante varios años, y es colaboradora permanente de La Insignia. Como académica, varias investigaciones académicas, siendo docente en universidades peruanas, ha editado dos libros, El combate de los ángeles y Estudios Culturales. Discursos, poderes y pulsiones (junto a otros tres autores). Actualmente Rocío Silva Santisteban es congresista de la República. Además, ha sido Secretaria Ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos y docente académica. Presentar a Rocío Silva Santisteban significa presentar a una intelectual y activista polifacética, cuya labor narrativa, poética, periodística y docente se encuentra con su relevante trabajo por los derechos humanos. Por consiguiente, hemos decidido realizar un estudio de sus obras haciendo justicia a la escritora y su diversidad profesional.

Nuestro estudio plantea, en primer lugar, un breve recorrido histórico sobre las dos décadas de violencia política en el Perú y relevantes observaciones sobre la tara que ha significado el racismo y la discriminación racial en la sociedad peruana. Abordamos luego tres ejes principales de análisis a través de las obras poéticas y narrativas de Rocío Silva Santisteban. En primer lugar: El sistema patriarcal arraigado en el imaginario peruano (los roles de género y los estereotipos) y la desigualdad de género maximizada durante el conflicto armado interno. En segundo lugar: La violencia sexual ejercida en los años de violencia tanto por militantes de Sendero Luminoso como por los mandos de las Fuerzas del Estado. Finalmente, en tercer lugar: La memoria, su reconstrucción, las voces y los silencios de las víctimas.

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En otras palabras, esta investigación, apoyándose en una metodología híbrida y amplia que abarca los Estudios de Género, los Estudios Feministas y Posfeministas, los Estudios Culturales, los Estudios Subalternos, los estudios y críticas sobre el Perú, los estudios de la Memoria y Posmemoria, estudios del psicoanálisis —en especial el lacaniano—, y el paradigma de la Colonialidad del poder, considera el análisis del funcionamiento entre diversos sistemas de signos y prácticas discursivas, literarias o no.

Para el siguiente estudio hemos seleccionado algunos relatos del libro Reina del manicomio. El libro está dividido en cuatro secciones, varios de los diecisiete relatos son historias cuyos escenarios están ambientados en el Perú. Dichos relatos dan cuenta de una visión única que logra traspasar ciertas realidades que atañen, en algunos casos de modo específico, a la mujer, tanto en el plano social como en el sentimental, sin caer en tremendismos ni sensiblerías. Esta colección de cuentos de Rocío Silva Santisteban es un polifacético repertorio de historias que conjuga apropiadamente la denuncia con la indignación, sin dejar de lado una sostenida intención estética en busca de más de una verdad literaria. Reina del manicomio está dividido en las siguientes cuatro secciones: En primer lugar, Bordes. En segundo lugar, Abandono. La tercera sección se titula Extravío, y por último, la sección Inmolación con dos cuentos transgresores.

En cuanto a la heterogénea obra poética de Rocío Silva Santisteban, que cuenta con seis poemarios publicados, exige una mirada amplia y compleja. Su poética no puede describirse a partir de una línea de características estilísticas concretas o referirse a un desarrollo poético. Cuando pensamos en los poemas de Rocío Silva Santisteban no solemos pensar en un solo libro; en la mayoría de los casos, aparecen en nuestra mente sus poemas y dentro de ellos una actitud distinta. No encontramos historias de amor, sino fogonazos de pasión, de encanto y desencanto, el temblor de lo hermoso que apenas dura, la reflexión áspera en la soledad. Asimismo, nos encontramos con disturbios, terror, ascos y turbulencias, convocando estados limítrofes, territorios difícilmente verbalizados que se caracterizan por lo siniestro, lo que produce angustia, lo impronunciable. Para nuestro estudio hemos seleccionado varios poemas de distintos libros que representan, a nuestro criterio, los temas anteriormente señalados como la condición femenina, la intertextualidad, la violencia política y el testimonio.


1 Rocío Silva Santisteban, desde su primer libro Asuntos circunstanciales (1983) fue foco de atención para la crítica literaria peruana (limeña). A lo largo de los años ha ganado muchos seguidores y galardones literarios, gracias a obras poéticas como Ese oficio no me gusta (1987), Mariposa negra (1993) y Condenado amor (1996).

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1. Senderos siniestros: historia y literatura en los años de guerra en el Perú

Los tiros en la nuca, el estallido de coches bomba, la continua

aparición de fosas comunes, las voladuras de torres de alta

tensión y los consecuentes apagones durante mi adolescencia

se convirtieron en parte casi natural del paisaje nacional.

No llegamos a perder la sensibilidad ante matanzas

particularmente feroces como las de Lucanamarca, Aranhuay

o Tarata, perpetradas por Sendero Luminoso; o las de Cayara,

Chumbivilcas o Barrios Altos, por las Fuerzas Armadas; o

el abatimiento a tiros de profesores y estudiantes dentro de

nuestra misma universidad, pero intentábamos mirar a otro

lado, creyendo que eso era imprescindible si pretendíamos

mantener una vida buena.

Karina Pacheco Medrano

Décadas después de haberse instaurado la Colonia en el Perú, éste fue continuamente pensado desde las categorías mentales del colonizador. Tal y como apunta Hernández (2000: 18) “la imagen del Perú se contó de acuerdo al mismo patrón que definió la subordinación de la población indígena a los grupos españoles y criollos dominantes”. Esto limitó las posibilidades abiertas por los múltiples intercambios iniciados en el siglo XVI en el mundo conocido y redujo la participación con pleno derecho del Perú en la cultura universal. Tal partida de nacimiento y tal colonización del espacio colaboraron a que la dinámica expansión de Occidente diera lugar a la paradójica inmovilización de la sociedad colonial. Así pues, en palabras de Hernández (2000: 18) “los orígenes del destino colectivo del Perú llevan, pues, el triple sello de la escisión, la paradoja y el conflicto”.

Las cuestiones provocadas por la Reforma y el auge del pensamiento racional que dio cauce a la transformación científica e industrial en Europa, llegaron muy poco al Perú. La inquietud por la singularidad, la subjetividad y el valor único del individuo, derivados del pensamiento europeo racionalista de fines del siglo XVIII, apenas si llegaron a alcanzar a algunos miembros de la élite. Esto se explica también por el carácter diluido y difuso de la Ilustración o Siglo de las luces español, pues las luces llegaron ya tenues al Perú, teniendo en cuenta que pasaron por el tamiz religioso de lo español, desde el que se recibió.

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No obstante, a comienzos del siglo XIX, se selló el hecho sin precedentes de la emancipación o esperada independencia. Como bien señala Hernández (2000: 19), “el Perú, como tantas incipientes repúblicas de la región se libró de la opresión colonial”. Sin embargo, la sociedad no vivió nada comparable a aquellas transformaciones que se produjeron a lo largo del siglo XIX en Europa y en los EE. UU. En el Perú, después de una larga transición, estos procesos comenzaron a darse casi en la segunda mitad del siglo XX. Tuvieron características propias que constituyen la esencia de la historia contemporánea peruana. Así, por ejemplo, la migración del campo a la ciudad junto a la promesa del desarrollo transformó, sin ir más lejos, el perfil demográfico. El viejo país rural se hizo urbano, las olas del “desborde popular” cercaron al Estado. Hernández (2000: 19) destaca que:

El marco institucional de la sociedad fue incapaz de dar respuesta a los rápidos procesos de cambio social y la intelectualidad se vio en problemas, pues, si bien no dejó de analizar el hecho, no dio con la respuesta que correspondía a la nueva sociedad que se estaba configurando. (Hernández, 2000: 19)

En ese sentido, el Perú, después de haber sufrido una profunda crisis económica, vivió un período de violencia desbordante que amenazó la continuidad del Estado y de la nación. La situación de temor y desconfianza afectó a todos los estratos de la sociedad. El país no halló las rutas apropiadas que lo condujeran a gobernarse en democracia. A continuación, desarrollaremos este concreto periodo de violencia que azotó al Perú durante más de dos décadas.

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Como bien señala Degregori (2010: 135–144), luego de varias fragmentaciones de los partidos comunistas a lo largo de la década de los años sesenta y setenta, nace el Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, amputado de su brazo rural, tan importante dentro de sus concepciones maoístas y liderado por Abimael Guzmán. Para ellos el Perú seguía siendo semifeudal y el cambio de régimen no significaba nada porque la Asamblea Constituyente, llevada a cabo después de años de régimen militar, fue sólo la “cuarta reestructuración del Estado terrateniente burocrático corporativo” y el candidato presidencial Belaúnde Terry representaba el “continuismo fascista”. Ante la imposibilidad de tapar el sol con un dedo, optan por convertirse en el sol: muerto Mao Tse Tung y derrotados los 4 de Shanghái, se convirtieron en el faro de la revolución mundial. Abimael Guzmán, profesor de la Universidad de San Cristóbal de Huamanga, fue clave para la historia del Perú. En 1964 Guzmán se casó con Augusta La Torre, más conocida como camarada Norah, quien fue su compañera en la construcción del proyecto político. Augusta se casó con Abimael y recibió la jefatura del Movimiento Femenino Popular, uno de los organismos del partido en el que militaría por el resto de su vida2.

Tras varios años de inestabilidad política en el Perú, se abrió pase al retorno a la democracia, convocando a elecciones generales. Nadie sospechaba que la Guerra había comenzado la víspera de la victoria del nuevo presidente electo Fernando Belaúnde, y que el futuro del Perú estaba mucho más determinado por un oscuro incidente acontecido el día anterior en un pueblo remoto que por la victoria electoral, que entonces se festejaba. Nos referimos a la quema de ánforas electorales en Chuschi el 17 de mayo de 1980, acontecimiento que dio pie a la Guerra milenaria de Sendero Luminoso3. Por consiguiente, fue durante el gobierno de Belaúnde Terry cuando Sendero Luminoso declaró oficialmente la guerra al Estado peruano. Además, cabe destacar que es en ese periodo en el que nace el mito de la mujer militante del PCP-SL4, quien fue considerada la segunda figura más importante del Partido después de Abimael Guzmán.

Así, a lo largo de la década del 80, Sendero Luminoso se fue extendiendo con acierto y gloria, fue quedando claro que estaba mucho mejor organizado que el Estado, que carecía de un aparato para combatirlos. Mientras en el Estado imperaba la confusión, Guzmán y sus seguidores tenían una precisión decisiva categórica, especialmente en la Sierra Sur del Perú. Además, es importante subrayar los cargos de mando que ocupaban las mujeres como generalas. Tal y como lo relata Kirk (1993) en sus investigaciones, ellas cumplían con eficacia su labor de convertir a estudiantes sin preparación militar en máquinas de guerra.

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De esta manera, se produjeron varios episodios que marcaron historia como lo fue el caso en Uchuraccay, en la sierra peruana, o el caso limeño de los perros colgados en el centro de la capital5. Las autoridades estatales nunca antes se habían enfrentado a ese nivel de violencia6. Como respuesta a todos los acontecimientos y acciones de parte de Sendero Luminoso, el presidente Belaúnde encargaría a las Fuerzas Armadas que tomasen Ayacucho, esto significaría una matanza indiscriminada. Por lo tanto, tal y como lo señala Roncagliolo (2007: 105–115), como método para conseguir información se institucionalizó la tortura. Para ellos, todos eran sospechosos: entraban a las casas, se llevaban a los jóvenes, los torturaban y asesinaban. También, se crearon fosas comunes en quebradas donde echaban a los muertos: Puracuti, Paycochallocc, Huascahura, etc. Cabe subrayar que las matanzas se realizaban por parte de ambos bandos, es decir, las Fuerzas Armadas y Sendero Luminoso. Otro caso impactante fue la tragedia de Lucanamarca7. La violencia incrementaba y para el año 1983 la CVR (Comisión de la Verdad y Reconciliación, Informe Final) reportó 103 muertos y desaparecidos a cargo de las fuerzas del orden solo en una provincia. En cambio, Lima en esos años aún no era tan violenta, había barrios enteros tomados, pero eran barrios en los alrededores de la capital. En las zonas de clase media, Sendero Luminoso dejaba sentir su presencia sobre todo mediante apagones8. Los apagones eran una estrategia para demostrar su poder, oscurecer la ciudad era una manera de atemorizar a la población, de hacerles sentir que ellos estaban cerca.

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En medio de esta guerra entre Sendero Luminoso y el gobierno, y tras los numerosos fracasos del gobierno de Belaúnde, se llevaron a cabo las siguientes elecciones democráticas presidenciales en 1985. Alan García Pérez ganó la Presidencia del Perú poco antes de cumplir los 36 años. Apenas comenzado su gobierno, se denunció que efectivos militares habían cometido masacres de campesinos en algunas poblaciones de la sierra: alrededor de treinta y dos personas —la cifra exacta nunca se supo—, incluyendo niños, habían sido asesinados después de ser arrestados. El gobierno reaccionó rápidamente y pidió un informe al Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas. Simultáneamente, este mismo promovió y logró una ley de reconocimiento de las rondas campesinas9 (Reyna, 2000: 82). Sin embargo, mientras tanto, las acciones de Sendero Luminoso seguían creciendo en impacto y en agresividad. Además, por si fuera poco, el MRTA (Movimiento Revolucionario Túpac Amaru) mantenía un nivel considerable de actividad subversiva y, por otro lado, el grupo paramilitar Comando Rodrigo Franco (CRF) se unía a esta tempestad de violencia convirtiéndose en un factor de terror para las organizaciones populares ya que concentró sus acciones sobre dirigentes sindicales y de izquierda10. Así, dichas organizaciones se vieron profundamente perjudicadas. Por un lado, Sendero Luminoso trataba de controlar a las organizaciones populares mediante el terror, y por el otro, el Comando Rodrigo Franco actuaba desenfrenadamente contra los dirigentes sindicales11.

Sin embargo, durante el gobierno de García se aplicaron algunas de las medidas que fueron decisivas para la posterior derrota de los senderistas y de los emerretistas. Podemos destacar, en primer lugar, la entrega de armas a las rondas campesinas, y, en segundo lugar, la formación de un grupo especial de inteligencia (GEIN) para capturar a Abimael Guzmán. Lamentablemente, a pesar de las estrategias tomadas por el gobierno, dichas acciones no estuvieron articuladas en una sola pericia y correspondieron a iniciativas de distintos grupos dentro del Estado, lo cual no terminó de ser eficaz para frenar la barbarie (Roncagliolo 2007).

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En este contexto político y social, como bien señala Villacorta (2016), la literatura peruana en la década de los años ochenta, “había dejado el optimismo de los setenta a un lado”. Después de una durísima dictadura militar, el Perú pasó por una desastrosa democracia, fue entonces que los jóvenes desesperanzados no tenían claro cuál sería el futuro del país. Es en esa etapa de la historia que surge en Lima el grupo poético Kloaka, considerado como una respuesta a la élite limeña, cuyas ideas siempre fueron consideradas verdades absolutas. En ese sentido, la posición de Kloaka fue de lucha ante el poder establecido cuales actos fueron cuestionados por la incursión de una diversa gama de violencia política, principalmente el MRTA y Sendero Luminoso.

Tal y como destaca Villacorta (2016: 125–126), las exploraciones poéticas de este grupo deben relacionarse con las inquietudes estéticas de la generación de los años sesenta y setenta, “quienes empezaron a hacer una revisión histórica de aquello denominado como lo peruano”. Poetas como Antonio Cisneros, Luis Hernández, Javier Heraud y Rodolfo Hinostroza mostraron en sus obras un país que aún se estaba cimentando, así como el interés por llevar a cabo un levantamiento de tipo socialista en el Perú. A estas propuestas, los poetas de los años setenta, especialmente los del grupo poético Hora Zero pretendieron integrar a las nuevas masas al debate. No obstante, ya a mitad de la década de los años setenta, y claramente en los ochenta, todo ese proceso comenzó a desplomarse y los nuevos jóvenes se percataron de que el Perú experimentaba un proceso veloz de devastación de aquello que no llegó a instaurarse, es decir, la nación peruana. En este punto, resulta relevante destacar que el debate de la peruanidad supuso también la discusión de las formas poéticas. Sin embargo, como bien señala Villacorta (2016: 126):

La destrucción de ese sentir comunitario se hizo patente en la década de los ochenta, en los que la sociedad se vio afectada por diversos discursos que literalmente fueron dinamitando los lazos colectivos que tan sólo unos años atrás habían aparecido con la promesa de formar un nuevo país. (Villacorta, 2016: 126)

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Es así como los y las poetas de aquella década reflejan lo mencionado por Villacorta (2016: 126) a partir de diferentes enfoques: “periféricos como las obras de Domingo de Ramos y Róger Santiváñez, feministas como las obras de Rocío Silva Santisteban, Mariela Dreyfus, entre otras”. Por su parte, Espina (1993) nos recuerda que Magdalena Chocano junto con Rosella Di Paolo, Dalmacia Ruiz-Rosas, Patricia Alba, Mariela Dreyfus y Rocío Silva-Santisteban, integraron el grupo de poetas peruanas que desde una línea interrogante sitúan al lenguaje en una problemática de géneros, polarizaciones y usos sociales. Así, según Espina (1993: 698) “el sujeto del lenguaje escribe para mirar y en la visión alcanza el inicio de la autoaceptación, ya como mujer, como ser del lenguaje y como inquisidora de lo imaginario”. Además, como bien destaca Espina (1993: 702), “los poetas peruanos de los ochenta muestran su novedad en el eclecticismo, con respecto a otros y con respecto a sí mismos”. Rescatan su escritura en el movimiento operacional de la tradición con la innovación.

La poética peruana de los ochenta evita la vehemencia y las discrepancias representacionales de la historia para concentrarse en una palabra cuya mayor celebración es la de sí misma. La realidad inmediata no se muestra en los fulgores de sus excedencias, sino en sus silencios, en aquello que habla interrogando su ser. Por ello, según Espina (1993: 702):

La presencia de la palabra como materia ficcional, será intimista y autorreflexiva. El lenguaje, más que representar al mundo, expresa su identidad en el límite del sentido, ahí donde el placer es producto del solo acto de escribir. En este caso, la palabra se regocija en una escritura caleidoscópica. Mira a lo lejos, pero hacia dentro. (Espina, 1993: 702)

Así pues, tal y como indica Espina (1993), la década de los ochenta muestra a la poesía peruana gozando, en la crisis histórica que el país atraviesa, de una gran abundancia. Poesía que acepta y descarta, que escribe la palabra originaria a partir de las mismas circunstancias socio-culturales desde donde es producida. Por lo tanto, como bien lo plantea Espina (1993: 702), la poesía sale de la premura y de la inmediatez de la historia para mirar, por las grietas de la trascendencia “no otra cosa ni otra cara que su propia imagen reflejada en el agua intraducible de las palabras”.

Finalmente, como nos recuerda Villacorta (2016), el lenguaje conversacional empezó poco a poco a verse como una forma insuficiente para explicar lo que estaba más allá del lenguaje: el miedo, la violencia, la destrucción. Esta sensación empezó a percibirse con mayor claridad al inicio de los noventa, donde todo parecía estar detenido y una sensación de incertidumbre acaparaba las almas de los peruanos.

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Enfocándonos nuevamente en el ámbito político, el candidato a la presidencia Mario Vargas Llosa era derrotado en las elecciones presidenciales en 1990 por un personaje que, a diferencia de Vargas Llosa, no insistía en un drástico golpe económico, denominado “plan radical de estabilización económica” (Cameron, 1997: 43)12. Alberto Fujimori Fujimori fue sin duda la gran sorpresa de la campaña electoral de 199013. Paradójicamente y contra toda expectativa, a solo un mes de gobierno, el nuevo presidente aplicó el más severo programa de ajuste estructural en la historia peruana y latinoamericana (Reyna, 2000). El así llamado “Fujishock” fue implantado a las pocas semanas de que Fujimori asumiera el cargo; así, se concretaron incluso las recetas económicas del Plan Verde de los militares14. Después del ascenso al poder de Fujimori y su asesor Vladimiro Montesinos, el Servicio de Inteligencia formó un comando militar de aniquilamiento llamado “Grupo Colina”15. Sin duda, la respuesta de Sendero Luminoso a los actos por parte del Gobierno no se hizo esperar. Su objetivo principal según los documentos del VI Plan Militar “Construir la conquista del poder”, era Lima (Roncagliolo, 2007: 156–157).

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Según Degregori (2010: 94–95), 1992 fue “posiblemente el peor año de la historia del Perú contemporáneo”. A la crisis económica se sumaba la violencia senderista, que se incrementaba descontroladamente. Cabe subrayar que en la ciudad de Lima los estallidos de poderosos “coches-bomba”, tanto en distritos de clase media y alta como en zonas populares, posibilitaban el éxito de los denominados paros armados durante los cuales Sendero Luminoso inmovilizaba a la capital16. Resaltamos uno de los atentados más feroces que ocurrió el 16 de Julio de 1992, en la calle Tarata, donde media tonelada de explosivo plástico hizo volar en hora punta el corazón comercial del barrio limeño de clase media: Miraflores. Murieron 26 personas y 150 quedaron heridas. Más de 400 negocios y 164 apartamentos fueron destruidos. Roncagliolo (2007: 162) subraya que Tarata fue el momento en que los limeños, y en particular las clases medias y altas, sintieron que también podían morir. Es importante subrayar que el mismo año se había llevado a cabo un golpe militar que en la práctica tomó la forma de un fenómeno denominado “autogolpe”, liderado por el propio presidente quien con el apoyo de las Fuerzas Armadas clausuró el Congreso, intervino el Poder Judicial y los gobiernos regionales, concentrando todos los poderes. En ese sentido, Fujimori emitió un decreto que creaba el “Gobierno de Emergencia y Reconstrucción Nacional” (Rousseau, 2012: 74).

Finalmente, luego de arduos años de seguimiento e investigación por parte del departamento de Inteligencia, el cabecilla de Sendero Luminoso y buena parte de su Comité Directivo fueron capturados17. Ese mismo día, la caída de los cabecillas de Sendero Luminoso abrió una ventana de esperanza para los ciudadanos peruanos y, en particular, para los sectores populares, afectados cotidianamente por su presencia descontrolada en los barrios. Nunca en el Perú contemporáneo la suerte de un individuo cambió de modo tan profundo e inmediato, literalmente de un día para otro, el ánimo del país. En 12 días Guzmán fue juzgado y condenado a cadena perpetua por un tribunal militar, de acuerdo con leyes no reconocidas por la comunidad internacional, que fueron promulgadas por el gobierno de Fujimori después del autogolpe de 1992 y que significaron un rosario de abusos sin seguir un debido proceso, sentenciando de terrorismo a varios inocentes (Degregori, 2010: 97).

Ahora, cabe subrayar que si el Estado se mostró como un adversario en la medida en que no admitió ni respaldó el sistema popular de subsistencia organizado por las mujeres de escasos recursos, el terrorismo de Sendero Luminoso aportó en desmerecer y amedrentar el trabajo de éstas. En palabras de Blondet (2004: 43) “el miedo, la desconfianza y la inestabilidad debilitaron aún más las bases de una institución que ya se encontraba frágil”. Del noventa en adelante, Sendero Luminoso se dedicó a obstaculizar el compromiso de las mujeres con la vida. Asesinando, amedrentando y golpeando a sus más importantes dirigentes, como fue el caso de María Elena Moyano, de Villa El Salvador, asesinada y dinamitada el 15 de febrero de 1992. El discurso senderista buscó inmovilizar primero y captar para sus propósitos después, la acción colectiva femenina18.

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Entre 1989 y 1993 el país se vio hundido en una profunda crisis que comprendió las distintas cuestiones de la vida en el país: en lo económico, se llegó a una hiperinflación desbocada; en lo político se produjo la pérdida de legitimidad para ejercer la autoridad, a lo que se sumó el colapso del sistema de partidos; y en lo social, se enfrentó al terrorismo en el campo y en las ciudades, especialmente en Lima. Asimismo, como bien lo señala Blondet (2002: 15–19), hubo una desconfianza dramática frente a la ley y las personas, que destruyó definitivamente las frágiles instituciones existentes. Todos estos factores formaron el cuadro de inseguridad, desprotección, intranquilidad y desorden que sintió la población.

En consecuencia, Fujimori promovió sistemáticamente una técnica de recuperación de la autoridad estatal, de la seguridad nacional y del orden en general. Se hizo de socios clave en el Perú y en el extranjero (Cotler, 1999). Un factor fundamental de la estabilización y nuevo orden nacional, no fue la ley, ni la fortaleza de las instituciones, sino la propia persona del Presidente. Con el respaldo de las Fuerzas Armadas y el Servicio de Inteligencia parecía, gracias a un control muy sutil de los medios masivos de información, encarnar el orden y la estabilidad, convirtiéndose de este modo en un engaño difícil de descifrar. De igual forma, Fujimori vio en las mujeres un apetecible caudal de votos y la posibilidad de enriquecer su reconocimiento internacional bajo las banderas del antimachismo y la equidad. En palabras de Blondet (2002: 20), para conseguirlas “se dedicó a dictar una serie de medidas dirigidas especialmente a los distintos grupos de mujeres dándoles una atención y prioridad nunca antes vista”19. Al mismo tiempo, con un manejo de los medios masivos de comunicación, los grandes cambios de la sociedad producto de la modernización de mediados de siglo, los logros de las luchas de mujeres a nivel nacional e internacional y su disponibilidad e interés por entrar en escena pública fueron más visibles.

Efectivamente, a través de varias investigaciones académicas se ha llegado a la conclusión de que el régimen fujimorista tuvo aceptación entre mujeres de distintos estratos sociales, estructural e históricamente olvidados, que tuvieron intereses y perspectivas que creyeron poder conseguir con este gobierno. En palabras de Vargas (2008: 112), este punto de encuentro se expresó tanto en el discurso y la práctica del gobierno como en las esperanzas de diferentes sectores sociales femeninos. En esta situación altamente antidemocrática se dieron leyes y reconocimientos ciudadanos hacia las mujeres y una creciente presencia de éstas en los diversos espacios públicos se hizo visible20.

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Un ejemplo procedente de la precariedad institucional fue el Programa de Planificación Familiar que se desmoronó ante los objetivos obligatorios acordados para la anticoncepción quirúrgica voluntaria (AQV), en la segunda mitad de 1990 (Vallenas, 2007). Prescindiendo del Ministro, Vice-Ministro, Directores y otras jerarquías de funcionarios, Alberto Fujimori decidía directamente sobre el programa de planificación familiar mediante uno de sus asesores de confianza. De este modo, no existió la posibilidad de adjudicar responsabilidades ni identificar un interlocutor autorizado para discutir sobre las violaciones al consentimiento informado de las mujeres a quienes se les había practicado una AQV. Hubo todo un grupo de denunciantes de estos atropellos, desde feministas hasta grupos defensores de Derechos Humanos y alta jerarquía de la Iglesia Católica (Barrig, 2007: 21–22)21. Todo esto quedó evidenciado en el caso de las AQV, que dio lugar a una denuncia por genocidio investigada en el Congreso de la República durante el gobierno siguiente de Alejandro Toledo (2001–2006), que fue archivada, y a una investigación en el Ministerio de Salud de la cual no se desprendieron ni siquiera sanciones administrativas para los autores de los abusos y violaciones de los Derechos Humanos (Vallenas, 2007).

Mientras tanto, en el marco de la creación literaria, la década de los años noventa empieza con este escenario, aparentemente “en espera”, donde imperaba un sistema autoritario y corrupto en el cual los jóvenes y creadores de aquel entonces no terminaban de encajar, sufriendo este régimen fujimorista (fujimontesinista) durante toda la década de los noventa. En su estudio Villacorta (2016) reflexiona y nos recuerda al crítico y poeta peruano Luis Fernando Chueca, quien se ha remitido a esta década como el momento de una “consagración de lo diverso”. En este ensayo, Chueca (2001) propone la versatilidad de propuestas y de formas poéticas como un sello propio de esta última década.

De igual forma, subraya que son formas que aparecieron en la diversidad de la década del setenta, es decir, durante la aparición del grupo Hora Zero. Sin embargo, esa diversidad que parte de la sensación de inercia con la que empieza la década del noventa, oculta en el fondo un distanciamiento para trazar directamente el tema de la violencia política y social que se vivió durante ese mismo período.

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En consecuencia Chueca reflexiona y se plantea las siguientes interrogantes (Chueca, 2001: 117):

Cómo la guerra interna empapó los ánimos de una promoción de poetas que participó, al menos –más o menos cerca, más o menos lejos– del embrollo subjetivo producido y cómo se trasluce eso en la poesía. La desazón y el escepticismo reflejados en los textos, el regreso a la revisión de los conflictos de la intimidad y los quiebres internos (exilios interiores, podríamos decir, como único refugio frente a un mundo que se desmorona) o la recuperación poética de los espacios familiares, que se erigen como panteones privados que se contraponen a la percepción de lo colectivo nacional nos dan algunas pistas, aunque, claro, no es posible querer explicar estos caminos sólo como reacciones a lo experimentado frente al espacio público. También se puede señalar que los poetas de los 90, al verse desbordados por acontecimientos como los de la violencia política, que exigían una distancia crítica mayor, pues superaban las posibilidades aún en formación de sus lenguajes, prefirieron evitarlos. O decir que la costumbre de la muerte que produce corazas infranqueables, incluso en la más permeable subjetividad de los poetas. Otras interpretaciones apuntan a que los acontecimientos de la guerra que desangró al país pasaron lo suficientemente lejos de los poetas, que, en tal sentido, no se sintieron empujados a procesar desde sus textos lo vivido en otros ámbitos, o a la postulación de un movimiento de retracción frente a la intensidad de un discurso que estuvo muy atento al espacio público y a las diversas violencias como escenario poético fundamental (y quizás aquí se encuentren, parcialmente, algunas de las explicaciones de la pérdida de la hegemonía de la poesía conversacional). (Chueca, 2001: 117)

Ciertamente, la escena poética peruana del siglo XX concluye con una impresión de fragmentación de la sociedad y de la pérdida de un vínculo de comunidad o nación. En palabras de Villacorta (2016: 118) lo que Chueca revela en su estudio es “el estado de individualización en el que se ha quedado la sociedad peruana luego de dos décadas de cambio social”. Chueca hace el ensayo de descubrir planteamientos que asocien a los poetas de los noventa, sin embargo “ese sentimiento de vacío persistió entre muchos de ellos”.

Por lo que atañe a la política, según Tanaka (2000), como resultado de todos los episodios antidemocráticos llevados a cabo por el Presidente Alberto Fujimori y su asesor Vladimiro Montesinos, el proceso electoral del año 2000 tuvo en gran parte las particularidades de un proceso que se da en un contexto autoritario: abusivo, desigual, vigilado. Alejandro Toledo Manrique, por las filas del partido Perú Posible, lideró todo este trabajo de oposición al régimen fujimorista. Él, junto a los jóvenes y el resto de la sociedad civil emprendieron una difícil campaña a fin de demostrar el nivel de autoritarismo en el que estaba sumergido el país.

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No obstante, el factor que propició la caída del régimen fujimorista fue diferente. Para Ford Deza (2004) y Bronfman Faivovich (2001) dicho régimen fue destituido gracias a la exposición de una grabación visual que mostró al país y al mundo entero la vasta red de corrupción enquistada en el régimen de facto, lo que ocasionó que todo este sistema perverso y enquistado en el Perú se desplomara en tan solo unas semanas22. La documentación periodística registra que, en noviembre del 2000, Alberto Fujimori decidió no regresar al Perú; tras acudir a la Cumbre de Líderes del APEC que se llevó a cabo en Brunei, viajó a Japón, desde donde hizo llegar por un fax su renuncia al cargo presidencial. Tal y como apunta Bronfman Faivovich (2001), mientras los candidatos competían y hacían sus campañas, había todo un festival de vídeos que no había dejado a nadie fuera del juego, se fueron mostrando vídeos donde los principios y valores del buen gobierno dejaron paso a la corrupción, al mal manejo y al descrédito nacional. “El carnaval de vídeos”, como lo denomina Ford Deza (2004), demostró una realidad que muchos sospechaban pero que pocos confirmaban. Se trataba del hecho, como afirma el analista Fernando Rospigliosi, de que el verdadero gobernante del Perú había sido Vladimiro Montesinos.

Ante la renuncia de Fujimori, el Parlamento acordó destituir al presidente por permanente incapacidad moral y así descartó la posibilidad de aceptarle su renuncia. Al producirse la destitución del Presidente, en línea de sucesión, el 22 de noviembre del 2000 asumió la presidencia de la República el Presidente del Congreso, Valentín Paniagua. Es importante tener en cuenta que el Gobierno del presidente Paniagua llegó al poder en un contexto de carencia moral y profundo escepticismo. Sin duda, el presidente Paniagua dotó al pueblo peruano de esperanza y sería su Gobierno de Transición el que establecería las bases para el cambio de toda una Nación (Ford Deza, 2004: 146). Cabe destacar que fue durante el período de transición que surgieron varias iniciativas relevantes, tales como la creación de la Iniciativa Nacional Anticorrupción; la creación de la Comisión de la Verdad; la Comisión encargada del nuevo Proyecto de Bases en materia de Reforma Constitucional; la creación de la Mesa de Concertación Contra la Pobreza; la Comisión para el Acuerdo Nacional por la Educación, entre otras interesantes iniciativas (Ford Deza, 2004: 147).

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Según Bronfman Faivovich (2001), a pesar de la presencia de diversas luchas de intereses, Paniagua consiguió congregar en su Gobierno a una serie de políticos, intelectuales y militares de reconocido prestigio. La temática vinculada a los casos de derechos humanos fue igual de trascendental para su gobierno. Como hemos mencionado anteriormente, en los casos señalados participaron numerosos militares y policías. Respecto a esta cuestión, también el Gobierno puso de manifiesto una actitud valiente; a tal fin, en mayo del 2001, se anunciaba la creación, mediante Resolución Suprema, de una Comisión de la Verdad con el encargo de investigar los casos de violación de los derechos humanos ocurridos entre mayo de 1980 y noviembre del 2000. En este delicado momento, algunos altos mandos militares apoyaron sin reparos la decisión tomada por el Gobierno, comprometiéndose, en nombre de las FFAA, a cooperar lealmente en los trabajos de investigación que tuvieran lugar por este motivo (González González, 2006: 258)23.

Hubo algunos puntos positivos como el establecimiento de un sinnúmero de comisiones, asociaciones y consorcios a todo nivel (judicial, parlamento, ejecutivo, sociedad civil), muchos de ellos con el propósito de investigar y fiscalizar actos de corrupción, masacres y violaciones a los derechos humanos que se remontan desde los años 80. En tal sentido, la creación de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) es el ejemplo actual más representativo de este tipo de trabajo en el Perú. La CVR, tras más de dos años de arduo trabajo, presentó su Informe Final en el segundo semestre del 2003, el cual reveló una serie de hechos que removieron al sistema político, militar y social del país. Según Ford Deza (2004: 153) la CVR tuvo como objetivo:

Esclarecer el proceso, los hechos y responsabilidades de la violencia terrorista y de la violación de los derechos humanos producidos desde mayo de 1980 hasta noviembre de 2000, imputables tanto a las organizaciones terroristas como a los agentes del Estado, así como proponer iniciativas para afirmar la paz y la concordia entre los peruanos. (Ford Deza, 2004: 153).

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El Informe Final de la CVR sostiene que el número de víctimas fatales de la violencia emprendida entre 1980 y el año 2000 es de 69,280 personas. Dicha cifra supera enormemente a la cifra de víctimas que se manejaba con anterioridad que era alrededor de las veinticinco mil personas. La población campesina fue la principal víctima de la violencia. Al Partido Comunista Peruano- Sendero Luminoso (PCP-SL) se le atribuye el 54% de las víctimas fatales, mientras que al Movimiento Revolucionario Túpac Amaru (MRTA) se le considera responsable del 1,5% de las víctimas. Asimismo, dicho Informe sostiene que tanto el gobierno del presidente Belaúnde (1980–1985) como el del presidente Alan García (1985–1990) erraron al no aplicar una estrategia integral para hacer frente de un modo eficaz y dentro de sus propios marcos democráticos a la subversión armada y terrorismo. También sostiene que la Policía Nacional y las Fuerzas Armadas tenían el deber de enfrentar a los grupos subversivos que desafiaban el orden constitucional de la República. No obstante, critica a las Fuerzas Armadas por aplicar una estrategia de represión contra la población considerada sospechosa de pertenecer a PCP-SL (Conclusiones del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación CVR)24.

Sobre la base de la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, los escritores comienzan a escribir sobre los años de violencia. Como bien señala Villacorta (2016) es a partir de 2004 que poetas y escritores de varias generaciones confrontan el tema abiertamente. Así, destacamos la obra poética de Victoria Guerrero Peirano que publica en el 2005 su cuarto poemario, Ya nadie incendia el mundo. En él, la historia nacional se engrana con la historia personal de la poeta. Igualmente, cabe recalcar a dos poetas: Roxana Crisólogo y Rocío Silva Santisteban que pretenden representar al sujeto femenino de esta época. En el caso de Crisólogo, su tercer libro, Ludy D, recrea la vida de una compañera de estudios de la poeta. Ludy D es una joven que llega a Lima desde Huánuco en los setenta. Durante los años ochenta, dejará sus estudios universitarios para unirse a Sendero Luminoso. El poemario, dividido en tres partes, se presenta como un diario que busca dar cuenta de la vida de una joven migrante que vive la pesadilla que es el país. Como bien menciona Villacorta (2016: 129–130), “la imagen del desierto revela esa comunión con el todo (¿la nación migrante?) que al llegar a casa se desintegra en polvo, en carencia, y se transforma en un trabajo interminable semejante a la infinita escasez de agua”.

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Por su parte, Rocío Silva Santisteban, con su libro Las hijas del terror (2007), confronta a aquellos que reprimen al otro, explícitamente al sujeto femenino. Para Silva Santisteban, la escritura de la violencia es en esencia una de género: el hombre, el soldado o militar, es el que causa dolor y trauma en el otro sujeto, mayormente a la mujer. Según el Informe Final de la Comisión de la Verdad, el 20% de las víctimas fueron mujeres de todas las edades. Del total de todas estas víctimas, el 97.98% fueron violadas, 19.29% fueron torturadas, un 25.64% sufrieron algún tipo de herida o lesión y el 14.93% fueron desaparecidas. Esta situación ha terminado formando sujetos completamente aterrorizados cuyas heridas, lesiones y traumas aún no han sido curados y cuyos resultados aún existen en el país actual. Efectivamente, en palabras de Villacorta (2016: 131), después de veinte años de violencia masculina, han nacido “las hijas del terror”.

Existe un amplio abanico de poetas y creadores literarios que se acercan al tema del conflicto armado interno después del Informe Final de la CVR, parte de la creación poética de la primera década del siglo XXI busca enfrentarse directamente a las consecuencias de la violencia que golpeó al país y que no ha terminado. Para Villacorta (2016: 131–133) resulta relevante destacar que para todos estos poetas “el Perú existe como país, al menos a priori”. Asumir esa realidad les da la posibilidad de escribir un texto y un cuerpo con cierta narratividad. Dependiendo de las necesidades y preocupaciones de cada uno tenemos una perspectiva variada de aproximación y de resultados estéticos. Asimismo, Villacorta (2016) señala que en la década del 2000 existe una convivencia de diferentes posturas estéticas y preocupaciones sociales. Las diversas propuestas actuales, al margen de retratar la violencia de las décadas pasadas, buscan su propio camino e incluso nuevas formas de difusión, como Internet.

Finalmente, Villacorta (2016) concluye con la idea de que las opciones estéticas de cada poeta se suscriben sobre una firme conciencia acerca de la insuficiencia del lenguaje para retratar este proceso histórico. En varios casos, el espacio de la muerte está ligado al espacio del nacimiento de una nueva generación de ciudadanos, de hombres y mujeres. Al mismo tiempo, hay una necesidad de evocar aquel momento donde aún existía un todo familiar. Así pues, en palabras de Villacorta (2016: 133) “el proceso de escritura reconstruye ese tiempo anterior que es la construcción de un futuro en un espacio precario”.


2 Existen muchas ideas y conceptos sobre la mujer militante de Sendero Luminoso, se han escrito reportajes, trabajos académicos, y varios artículos de opinión sobre el tema. Por lo general se describe a las senderistas como las autómata asexuadas, frías y crueles; o las diosas de lujuria, siempre apuntando a su crueldad, su belleza y su apetito sexual. En el caso de Augusta La Torre, los comentarios también suelen estar cargados de las mismas visiones machistas, sexistas y misóginas.

3 Para más información sobre las fases y estrategias planeadas por Sendero Luminoso, véase: Gustavo Gorriti, Sendero, Historia de la Guerra Milenaria en el Perú. Lima: Editorial Planeta, 2008.

4 El mito de la militante senderista fue encarnado por Edith Lagos, convirtiéndose en la mártir que el Partido necesitaba.

5 El dramático acontecimiento se llevó a cabo en la población de Uchuraccay donde ocho periodistas fueron encontrados muertos. Una comisión investigadora, liderada por Mario Vargas Llosa determinó que habían sido los campesinos quienes habían asesinado a los periodistas debido a que los confundieron con Sendero Luminoso. Para más información consultar las investigaciones de Ubilluz (2009). La escalofriante escena en el centro de Lima fue un claro mensaje dirigido a los peruanos, con los perros muertos colgando de los postes que llevaban carteles con el lema: “Deng Xiao Ping, hijo de perra” anunciaban la guerra.

6 Ante la pérdida de control, decidieron tomar medidas de excepción: se declaró el estado de emergencia en cinco provincias de Ayacucho. Y el protagonismo pasó a manos de las fuerzas especiales de la Guardia Civil: los sinchis. Para más información consultar en Roncagliolo (2007).

7 Lucanamarca, una aldea a 4 mil metros sobre el nivel del mar, fue atacada por Sendero Luminoso, sesenta y nueve personas fallecieron producto de golpes, machetazos y piedras. Recomendamos el documental Lucanamarca (2009) dirigido por Carlos Cárdenas Tovar y Héctor Gálvez.

8 Sendero Luminoso usó esta táctica para instaurar el terror en la capital, de esta manera dinamitaba cada vez más torres de alta tensión: 5 en 1980, 9 en 1981, 21 en 1982, 65 en 1983, 40 en 1984 y 107 en 1985.

9 Las rondas campesinas fueron organizaciones surgidas desde los propios campesinos y controladas por sus comunidades, que se dedicaban a defenderse y a prestar seguridad a sus poblaciones. En varias ocasiones, las rondas fueron duramente criticadas por los efectivos policiales.

10 Se presume que este grupo o los que usaron su nombre fueron los autores de la desaparición de varios dirigentes.

11 Sólo entre enero y noviembre de 1989 hubo ochenta y dos asaltos terroristas selectivos contra alcaldes, regidores o candidatos a alcaldes, la mayoría de los cuales terminó con la muerte de los atacados. Los dirigentes sindicales también fueron un blanco para los senderistas.

12 En este punto, cabe mencionar el ensayo de Naomi Klein (2008) sobre “la doctrina del shock”, fundamental para entender el neoliberalismo de las últimas décadas.

13 Siendo hijo de inmigrantes japoneses y rector de la Universidad Agraria, ingresó en la Carrera electoral con su propio movimiento político, Cambio 90, compuesto por políticos desconocidos, una buena parte de los cuales provenía de sectores evangélicos.

14 En el Plan Verde se redactó que los militares asumirían el poder y resolverían la dramática crisis económica, el nuevo régimen concebido por este plan implementaría un programa de reforma neoliberal similar al del gobierno de Pinochet en Chile (Rospigliosi, 1995; Cotler y Grompone, 2000). Este Plan estuvo diseñado en secreto por los militares y estuvo listo antes de las elecciones de 1990.

15 Vladimiro Montesinos, militar retirado y abogado defensor de narcotraficantes, cumplió el rol de asesor presidencial, convirtiéndose en el elemento crucial del sistema fujimorista (Rospigliosi, 1995: 330). Los casos más nefastos llevados a cabo por el Grupo Colina fueron los siguientes: El caso de Barrios Altos (quince muertos y cuatro heridos), el Caso de La Cantuta (dieciocho estudiantes de la Universidad La Cantuta fueron ejecutados o desaparecidos). Un tercer caso fue el de la cárcel Castro Castro (Canto Grande), donde mataron a casi todos los reclusos.

16 Durante los primeros meses de 1992, 37 coches bomba (coches que llevaban explosivos escondidos) destrozaron entidades bancarias, comisarías y hasta un canal de televisión en la capital. Entre las víctimas de aquellos primeros meses de 1992, encontramos a María Elena Moyano, dirigente, lideresa y política de izquierda, quien fue asesinada, dinamitada y despedazada por el Partido PCP-SL.

17 Fecha que marcó un antes y un después en la historia del Perú: 12 de septiembre de 1992. Hecho conocido como “operación Victoria” o “La captura del siglo”. Ver documental peruano: 1509 Operación Victoria (2011) dirigido por Judith Vélez, también ver largometraje peruano La hora final (2017) dirigido por Eduardo Mendoza de Echave.

18 Para ampliar el tema sobre el asesinato de María Elena Moyano y lo que significó para los peruanos, ver en Vargas (2008).

19 Blondet (2007) profundiza y describe el funcionamiento del sistema perverso de manipulación fujimorista hacia las mujeres.

20 A pesar de haber manipulado a las mujeres más vulnerables, ellas mantuvieron su lealtad al Presidente Fujimori.

21 Resulta interesante poner especial atención ante el hecho que Alberto Fujimori estuvo presente en la IV Conferencia Mundial de la Mujer en Pekín, donde enfatizó su acuerdo con la planificación familiar. Además, se creó el Ministerio de Promoción de la Mujer y del Desarrollo Humano (PROMUDEH), lo curioso es que no hubo ninguna discusión ni coordinación previa con los colectivos de mujeres.

22 Vladimiro Montesinos fabricó una imponente videoteca donde aparecen, en comprometedoras posiciones, los más conocidos personajes de la clase política, judicial y empresarial del país, la mayor parte de los cuales fueron filmados aceptando sobornos o cediendo a presiones. Esta colección de videos fue bautizada con el nombre Vladivideos. 1,640 vídeos fueron incautados. Para mayor información consultar en: Ford Deza (2004) y Bronfman Faivovich (2001).

23 A comienzos de junio del 2000, el Gobierno anunciaba la oficialización de la formación de la Comisión de la Verdad, asignándole un período de dieciocho meses, aplazables por otros cinco, para cumplir con los objetivos de aclaraciones, esclarecimientos, recomendaciones etc., de lo ocurrido durante los últimos veinte años en el Perú.

24 En lo que concierne a los procesos judiciales realizados en Lima al ex presidente Alberto Fujimori, fue condenado en 2009 a 25 años de prisión por la sala penal especial de la Corte Suprema de Justicia que lo procesó por violaciones a los derechos humanos. En 2010, Montesinos y otros integrantes del Grupo Colina fueron sentenciados a 25 años de pena efectiva con el derecho a una apelación. Ver en: http://www.elmundo.es/elmundo/2009/04/07/internacional/1239115061.html, http://elcomercio.pe/politica/gobierno/ultimo-minuto-fujimori-recibe-maxima-pena-violar-derechos-humanos-seguira-preso-hasta-anos-edad-noticia-270209, http://elcomercio.pe/mundo/actualidad/condena-25-anos-carcel-vladimiro-montesinos-noticia-todo-mundo-noticia-647816, fecha de consulta: [18.10.2020].

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2. Disidencias sobre la cuestión racial. Juegos de identidades – Cholos, indios y mestizos

mi pueblo no es

un mapa de veinticuatro colores

quiero decir

una selva verde

una costa blanca

una sierra ocre;

y digo

mi pueblo no es

un mendigo en su banco de oro

ni un paraíso perdido;

mi pueblo

mi pueblo sufre

y es

gente dividida en colores,

mendigos y explotadores.

María Emilia Cornejo

Una vez mi mamá me llamó Michael Jackson. Fue el día en

que me puse un poco de polvo facial y me senté a comer. Le

indignaba que yo no fuera capaz de apreciar lo bonito que

era “mi color”, y esa vez se encolerizó hasta el hartazgo. Tras

una época de bullying escolar racista, los polvos AngelFace

Details

Pages
146
ISBN (PDF)
9783631853092
ISBN (ePUB)
9783631853108
ISBN (MOBI)
9783631853115
ISBN (Book)
9783631851524
Language
Spanish
Publication date
2021 (May)
Published
Berlin, Bern, Bruxelles, New York, Oxford, Warszawa, Wien, 2021. 146 p.

Biographical notes

Ágata Cristina Cáceres Sztorc (Author)

Ágata Cristina Cáceres Sztorc has a degree in journalism and political science. Master’s and PhD in Latin American Studies from the Ibero-American Institute of the University of Salamanca. Winner of the Extraordinary Prize of the University of Salamanca. She works as a teacher and researcher at the Pedagogical University in Krakow, and is a collaborating researcher at the Ibero-American Institute of the University of Salamanca.

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Title: Cicatrices Resonantes Género, violencia y memoria en la obra literaria de Rocío Silva Santisteban