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Modalidades discursivas en el género del realismo social latinoamericano: estudio pragmático y socio-crítico

by Adelso L. Yánez Leal (Author)
Monographs 184 Pages

Table Of Content

  • Cover
  • Title
  • Copyright
  • Sobre el autor
  • Sobre el libro
  • Esta edición en formato eBook puede ser citada
  • Prefacio
  • Preface
  • Préface
  • Contents
  • Introducción
  • 1. Retórica y pragmática: acercamientos divergentes al estudio de la ironía
  • 1.1 Nociones teóricas de la pragmática lingüística
  • 1.2 Inicios de la lingüística de la enunciación
  • 1.3 La historia de la pragmática lingüística
  • 1.4 Modalidades de doble enunciación
  • 1.5 La ironía como tropo: un sentido reduccionista
  • 2. El imaginario de Guatemala en Viernes de Dolores
  • 2.1 Estudio descriptivo e interpretativo de enunciados irónicos.
  • 2.2 Orígenes del Carnaval
  • 2.3 Indigenismo y ladinización en el imaginario de Miguel Ángel Asturias: Viernes de Dolores y El señor Presidente
  • 3. Una mirada sociocrítica del realismo social
  • 3.1 Fiebre de Miguel Otero Silva
  • 3.2 Voces y actores
  • 3.3 Economía y clases emergentes
  • 3.4 Mestizaje, dictadura y resabio colonial
  • 3.5 Juventud, sistemas y luchas universales
  • 3.6 Aristocracia pretendida vs burguesía aprendida
  • 3.7 Sangre, grilletes y paludismo
  • 3.8 Juego de clases y ajedrez racial
  • 4. La Sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán
  • 4.1 Rudeza y ternura del barrio Mapocho
  • 4.2 Pobreza como identidad homogénea
  • 4.3 De lo bajo corporal
  • 4.4 El colectivo en el imaginario realista
  • Conclusiones
  • Bibliografía

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Introducción

El prestigio de la novela latinoamericana es innegable, lo cual la ha convertido en objeto de investigación en un gran número de centros académicos del mundo. Esta verdad, no solo alude a una etiqueta que conlleva en sí la fama, sino a un hecho flagrante constatado por un amplio público receptor. Aunque se trata de una irrebatible afirmación por demás conocida, el propósito obliga y no por inválida razón, a situar al lector dentro del amplio ámbito de la especialidad. No hay duda, pues, que la producción de la región nunca ha dejado de ser reconocida, variada y abundante a lo largo de los siglos XX y XXI. Por ello, esta profusión insta a delimitar el análisis de textos que, en su conjunto, ponen en evidencia rasgos similares y disimilitudes. Si bien incluye un diverso y amplio campo que puede ser, a simple vista, catalogado como un ensamble armónico, estamos frente a una aseveración arriesgada, puesto que cada canon literario acoge diferencias y características propias relacionadas con la periodización, temas y autores. Más allá de referir a algunas tendencias literarias y movimientos culturales que emergieron en Europa durante el siglo XX, es relevante precisar que estos llegaron a América Latina para ejercer una influencia que dio lugar al surgimiento de obras que perfilan la individualidad. La gran diferencia que existe con respecto a Europa se revela a través de ingredientes propios del contexto americano, cuya labor es perfilar la identidad, definir lo propio. Así podemos hablar de una literatura que dialoga y plantea una notable apertura al mundo pero, al mismo tiempo, se distancia de toda producción por ciertos elementos que forman el mestizaje. Dicho en otros términos, los cánones de literatura de las primeras décadas del siglo XX en América Latina van a ocuparse, en parte, de producir textos híbridos que han sido enmarcados dentro de una estética esencialmente realista.

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Hablar de realismo desde un punto de vista literario supone recordar la ruptura con el romanticismo, tanto en sus aspectos ideológicos como formales, a partir de la mitad del siglo XIX. En efecto, el término se aplica a la imitación que hacen algunos escritores de la naturaleza y de los hombres, al ocuparse, en particular, de detalles descriptivos. Una vez que se adjudica el término “realista” para catalogar obras literarias, se le relaciona con el hecho de recoger testimonios y asuntos sociales de una época determinada. Aunque la elaboración de las escenas narrativas es mucho más compleja, y constituye una primicia en la época, se la define como epígono del costumbrismo decimonónico. De todas maneras, la amplitud del tópico obliga a aclarar que echa mano de dominios amplios como pintura y literatura europeas, así como subdivisiones del mismo género que permiten elaborar estudios específicos sobre variantes: realismo social, mágico, sucio, popular y socialista. El desarrollo específico del género en América Latina tuvo lugar entre los años 1920 y 1972, e incorporó problemáticas americanas, empeño en descripciones detalladas, costumbrismos, tradiciones y posturas filosóficas. No obstante, las dinámicas aludían a grupos proletarios sin horizonte de superación versus clases opulentas que elegían el destino de las víctimas. Por su carácter político, la puesta en escena de las disputas entre sectores aún recuerda el caudillismo del siglo XIX. Vale decir que la narrativa realista, vista como la forma más prodigada, hace acopio, en el género, de temas complejos relacionados con el acontecer sociopolítico nacional. Recordemos que el siglo XX es testigo de cambios vertiginosos que van a estar marcados por dos aspectos notables. Esto es, la estética literaria va a delatar la filiación ideológica pero, también la frivolidad del consumo cultural. Se trata de una producción canónica que alberga matrices discursivas tales como marginalidad (conflictos sociopolíticos a consecuencia de dictaduras) y sometimiento de economías. Por sus temáticas y saberes concurrentes, el corpus es fruto indisociable de la historia política de cada país, en cuyo imaginario los sujetos afluyen masivamente para exigir reivindicaciones. Se trata de la inauguración de una veta crítica de la literatura con base en discursos militantes. En estos se acentúa la voluntad de poder como eje dinámico de la vida. Por tanto, los narradores abordan posturas que no favorecen las libertades ideológicas. En tal sentido, la figuración de espacios se muestra revestida de complejidad, dadas las tensiones entre grupos sociales y diversidad étnica-cultural latinoamericanas. En su conjunto, el género se ocupa de las protestas en contra de circunstancias intolerables que angustian al ciudadano común. Por esta razón, la investigación privilegia el análisis de voces que participan en las narraciones que envuelven, principalmente, espacios urbanos; aunque debemos recordar que algunos textos retratan la medianía humana en el contexto del campo. Son todos, en esencia, productos literarios inspirados en el imaginario del colectivo humano. De esta pluralidad de tipos se encarga el género, el cual les adjudica el estatus de agremiación en su elaboración estética. Esto último remite a asociaciones de sujetos que ostentan un marcado descontento, y en consecuencia van en búsqueda de probidad.

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Dada la naturaleza temática del corpus, los vectores que organizan los contenidos así como la postura enunciativa de los narradores, presumimos la necesidad de recurrir a presupuestos que sustentan la oposición binaria monologismo/dialogismo, formulada por el conocido teórico ruso Mijaíl Bajtín. De estas nociones, tomaremos matices particulares para llevar a cabo el análisis discursivo. Referimos, en lo esencial, a la actitud monológica que surge de las discrepancias entre el inflamado discurso del héroe central, en el mundo narrado, y los personajes secundarios, carentes de autonomía. En contraposición a estos, la actitud dialógica pone de relieve un intercambio entre narrador-emisor y lector-destinatario, cuyos roles son revertidos, no obstante, se distinguen por ostentar un mismo estatus dentro de la línea narrativa, al tiempo que hacen uso de determinadas modalidades discursivas. En suma, esta base teórica permite estudiar algunos rasgos de la sustancia textual que hemos anunciado; es decir, cómo dichas nociones permiten caracterizar la conducta de las voces. Por su parte, la intervención de los ejes narradores prescribe, en las diferentes diégesis, remedios a los males sociales que han sido desde larga data tópicos centrales de la literatura. De hecho, sobre las producciones de corte realista en América Latina existe ya una abundante bibliografía que recrea cultos enraizados, conflictos de índole social, político y cultura popular, gracias a un número extraordinario de críticos que se han interesado por estos temas. Efectivamente, el interés ha permitido sopesar la estima intelectual que acoge el trabajo estético de la escritura sobre los asuntos referidos. Todo lo cual prueba que jamás ha constituido polémica desatendida. Cabe incluso destacar un renacimiento del interés por esta literatura con énfasis en discursos políticos de izquierda, los cuales han retomado fuerza en la primera década del siglo XXI. Sin embargo, el entorno histórico de los textos se sitúa en las primeras décadas del siglo XX, cuando algunos escritores latinoamericanos, con un lustre más popular, examinaban la singularidad de su entorno geográfico y de sus realidades como motivos inspiradores. De hecho, fueron testigos de una época que comprende cambios radicales en todos los ámbitos de la vida. Con este bagaje, algunos escritores instauran una especie de estética renovadora que se incorpora a la agenda literaria del nuevo siglo. No obstante, hemos de señalar que los itinerarios narrativos presentan, una vez más, a los sujetos marginados como héroes frente a los actores de la cultura dominante. Por esta razón, cabe interrogarse sobre una posible crítica que, con gran impulso, se interese por combatir la resistencia a cuestionar el canon literario en cuanto a su elaboración maniquea. Así, el ensamble de eventos que abordan las novelas tiene una estrecha relación con el concepto de progreso histórico-social tan deseado como objetivo final. Es por ello que todas plantean como leitmotiv los temas de la lucha desigual del hombre frágil contra la naturaleza hostil. También abordan el debate contra los sistemas políticos y cuerpos represores que mediatizan tanto la labor de los trabajadores, como la propuesta ideológica de una generación que defiende libertades y derechos. Surge así un número significativo de textos que va a compartir variados discursos y se vinculan con una experiencia sociopolítica generacional. Parte de ella es la militancia cargada de invectivas contra el imperialismo norteamericano y sus vasallos, la cual tuvo una afiebrada recepción en todos los ←29 | 30→ estratos sociales pero, particularmente, en intelectuales y grupos desfavorecidos. Incluso, los narradores -libres de articular ideas en estas novelas-modulan las voces del descontento e intentan ofrecer una imagen más depurada de los temas nacionales, aunque sin alcanzar su cometido. En la mayoría de los casos, el lector percibe una especie de caricatura en la elaboración de personajes victimizados; otros, a diferencia de estos, son sujetos de la ironía y del humor. La figuración de los individuos tiene que ver con el manejo discrecional de las fuentes inspiradoras del escritor, inserto en una época y motivado por ficcionalizar problemas sociales, analizar la reacción de los actores así como indagar acerca de la cara oculta de los “bajos fondos.” De todas maneras, son temas que persiguen una finalidad edificante, cuyas técnicas de persuasión, preconizadas desde los albores del siglo XX, tenían como objetivo a un amplio receptor. Sin embargo, la lectura del signo también permite pensar lo contrario: es decir, para cierto lector, este tipo de ficción tiende a acentuar la desvalorización de ciertos perfiles humanos. Así, la visión del mundo, por demás ecuménica, abarca una serie de temas vistos como marginales e invita, al mismo tiempo, a leer e interpretar desde una óptica alentadora.

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Aunque el estudio que llevaremos a cabo se centrará de manera concreta en las novelas Viernes de Dolores de Miguel Ángel Asturias (1972), Fiebre de Miguel Otero Silva (1939) y La Sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán (1943), consideramos pertinente nombrar algunos títulos narrativos que más se destacan por su valor fundacional y que, sin duda, informan al lector sobre la amplitud de la producción del género. De manera incontestable, una panorámica se revela esencial en la medida en que orienta a los receptores de este trabajo, no sin proveer una idea homogénea del corpus. No obstante, la especificidad de los análisis perfila una contribución distintiva basada en la propia ruptura del canon. Esto es, una producción que en un tiempo no muy lejano formaba parte de los pensa de estudios) y de una cultura literaria que debían adquirir los jóvenes latinoamericanos mínimamente escolarizados. Nos referimos a Don Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes (1926); una obra centrada en la evocación del gaucho como sujeto legendario; Doña Bárbara de Rómulo Gallegos (1929), la obra más popular de la literatura venezolana, basada en la lucha entre la civilización y la barbarie, y La Vorágine de José Eustasio Rivera (1924); obra insigne que enfatiza las duras condiciones de vida durante la explotación del caucho en la selva. Todas ellas forman un corpus considerado por la crítica canónica como constitutivo del llamado realismo social latinoamericano. De hecho, los autores de estas obras dieron importantes pasos para acometer la tarea cimera que los demarca gracias a la elaboración de peculiares productos narrativos. Vale resaltar que se distinguen por relatar, en el plano de la ficción, la vida, actividades y menesteres del campo. Si bien el referente es generalmente rural, como ya hemos apuntado, también puede ser citadino pero, en ningún caso, estas ficciones logran convertir a sus personajes en sujetos de enunciación novelesca. Vale aclarar que los perfiles descritos y sus hazañas no conforman los destinatarios de dicha enunciación, sino los narratarios y lectores modelo.

Asimismo, las novelas La galera de Tiberio de Enrique Bernardo Núñez (1931) y Campeones de Guillermo Meneses (1939) se encuentran entre las conocidas producciones realistas del canon literario venezolano. El relato histórico-mítico de Núñez cuenta la leyenda de un anillo que apareció cuando se llevaban a cabo las excavaciones del Canal de Panamá. La excusa narrativa del evento replantea las relaciones de poder en el contexto del imperialismo norteamericano y el fortalecimiento de su política colonial en América Latina. En cuanto a Meneses, el narrador indaga el mundo de los deportes más populares de Venezuela, el béisbol y el boxeo. En dicho contexto, la voz exalta las precariedades materiales y condición social de los afrovenezolanos al tiempo que dialoga con la subalternidad cultural y el mestizaje nacional. Otros que gozan de gran popularidad son los textos brasileros Macunaíma, o herói sem nenhum caráter de Mario de Andrade (1928) y Cacau de Jorge Amado (1933). El primero elabora una imagen estereotipada del indio que representa al pueblo brasileño sufrido, y dejado al arbitrio del poder. Por tanto, su contenido podría igualmente incluirse en la corriente del indigenismo. En ella se valora, además del multiculturalismo del país, sus raíces y el sentido identitario del Brasil. La segunda, Caucau, se la recuerda como típica novela de compromiso social en que los marginados fungen como héroes protagónicos.

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A esta lista se suman las no menos conocidas novelas chilenas: Hijuna, de Carlos Sepúlveda Leyton (1934) y Angurrientos, de Juan Godoy (1940 ) que retratan la mezquindad, miseria y vida popular, así como el notable activismo sindical en Santiago de Chile a principios del siglo XX. Del mismo modo, los textos ecuatorianos Los trabajadores de Humberto Salvador (1935) y Las cruces sobre el agua de Joaquín Gallegos Lara (1946) son ejemplos ilustrativos del desarrollo del género. El caso de Salvador se distingue, en particular, por la voz central que aborda el tema gremial desde el realismo socialista. En cuanto a Las cruces sobre el agua del ecuatoriano Joaquín Gallegos Lara (1946), la diégesis de este relato acoge los acontecimientos de la huelga general de noviembre de 1922, convocada por la Federación Regional de Trabajadores del Ecuador, debido a las disparidades económicas y políticas entre la élite y los obreros. Hoy se la considera obra clave relacionada con el realismo socialista ecuatoriano, cuyos protagonistas son personajes de la vida política del país. Gallegos Lara se inspira en la matanza del pueblo guayaquileño en 1922, es decir, que trata uno de los eventos más significativos de la historia social y política del Ecuador. En todo caso, la mayoría de estas novelas agrupan un género construido en base a tensiones y discursos dualistas en cuyo contenido, lo burgués se asocia a una visión elitista y lo social adopta un acento reivindicador.

En términos generales, los textos presentan una combinación discursiva entendida como una contraposición que marca la ausencia de armonía nacional. Efectivamente, el lector vislumbra una imagen de nación que, si bien es englobante, se ocupa de tensiones internas que se producen, entre otras razones, a consecuencia de un no rotundo contra la idea falsa de una realidad homogénea. De hecho, los discursos se erigen en base a distinciones raciales, económicas e ideológicas. Por tal motivo, la investigación que llevaremos a cabo no recurre a un criterio cronológico, sino más bien a uno de orden temático, pues persigue fines comparativos a la vez que pretende dar cuenta de constantes y divergencias. Como hemos apuntado más arriba, de los títulos narrativos y respectivos autores que reseñamos en esta introducción, solo seleccionaremos tres para llevar a cabo un estudio puntual. A partir de esta selección, intentaremos identificar puntos de convergencia y bifurcaciones discursivas que permitan ofrecer una lectura actualizada del género.

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En primer lugar, figura el premio nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (1967), cuyo análisis centraremos en su última novela titulada Viernes de Dolores, publicada en 1972. El imaginario literario de Asturias recurre a una representación del carnaval en el seno de la Huelga de dolores. Se trata de una antiquísima tradición guatemalteca que remite a tiempos medievales a la vez que dialoga con elementos del indigenismo, ladinización, carnavalización y cultura popular relativos a la composición étnica de Guatemala. La novela contiene una riqueza extraordinaria desde un punto de vista lingüístico, estilístico, literario y cultural. La confluencia de interpretaciones que puede inspirar la representación de los hechos narrados va a dejar sin efecto el enfoque de lectura acartonado y absoluto con el que la crítica se ha acercado a la mayoría de los relatos del realismo social, arraigados en imágenes casi caricaturales. En esta ficción, analizaremos el discurso del narrador y de personajes que recurren a modalidades de doble enunciación tales como ironía y parodia. Esta primera parte de la investigación centra sus bases teóricas en la pragmática lingüística, cuyo aporte y contexto de emergencia expondremos más adelante. De igual forma, incluimos en el corpus a Fiebre; un texto poco conocido de Miguel Otero Silva (1939 (fecha de publicación de la novela Fiebre, he consultado la edición de 1975). Se trata de un miembro destacado de la generación venezolana del 28, el cual hemos considerado imprescindible en este estudio por ser el escritor del género que más recurrió al periodismo y a la literatura con el fin de recrear la historia de Venezuela. También echaremos mano de La Sangre y la esperanza del reconocido escritor Nicomedes Guzmán (1943), por su notable significado ideológico-estético y lugar de excelencia que ocupa en las letras de su Chile natal. Su visión acerca de la marginalidad sale del enfoque estereotipado de los sujetos populares, pues su propuesta sobre la elaboración de un mundo mejor indagó acerca de las desigualdades socioeconómicas con un matiz diferenciador.

La sustancia narrativa de marcado contenido social con la cual se configuran los imaginarios de Fiebre y Sangre y la esperanza sugiere la aplicación de herramientas teóricas de filiación sociocrítica. Serán, pues, examinadas, en particular, tomando en cuenta las coordenadas del espacio, tiempo y estructura social, el íncipit, los ideosemas y otras nociones del dominio de la semiosis que funcionan como principios de operación para este tipo de acercamiento. El fondo histórico obliga a referir a la configuración ideológica así como al sentido filosófico que adoptan los debates centrados en la utopía social. En consecuencia, la definición del modelo capitalista al que aluden los relatos toma en cuenta el hecho real de que la inequidad socioeconómica responde a una diferenciación inicial con respecto a lo que propone la izquierda latinoamericana. En tal sentido, los conflictos sociopolíticos beligerantes de la época, apoyados en doctrinas contrapuestas, se convierten en motivos inspiradores: la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, en Guatemala, la de Juan Vicente Gómez en Venezuela; la Huelga de los tranviarios en Chile, y así sucesivamente en cada texto del género. De esta manera, se cumple el objetivo del discurso narrativizador acerca de producir relatos a partir de eventos históricos. En tal sentido, el lector menos experto observará, en el desarrollo de las diégesis, ciertos visos de “verosimilitud” (Jakobson 1984, 1975). No obstante, presumimos que los contenidos discursivos de Fiebre y La Sangre y la esperanza, a diferencia de Viernes de Dolores, no apelan al uso de la ironía ni a una estética de la comicidad; son más bien imaginarios graves construidos en base a un discurso solemne. Ahora bien, todas las novelas reflejan registros lingüísticos, costumbres, procesos y eventos históricos al tiempo que proporcionan un conocimiento vasto sobre la cultura como “un bien simbólico colectivo” (Cros, 2003, 12). Por ejemplo, en Fiebre, de Otero Silva, el narrador ambienta el relato de un desfile estudiantil y enfatiza roles contestatarios. Incluso, resalta el carácter militante de jóvenes universitarios en el contexto de la dictadura gomecista. Asturias, por su lado, describe en tono irónico un desfile carnavalesco con un significativo matiz político. Cabe señalar que tanto la novela de Asturias como la de Otero Silva incluyen una historia de amoríos escondidos, cuyos obstáculos tienen que ver con disparidades de estatus social, convicciones políticas y conservadurismo de la época.

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En efecto, “el amor” que aparece como concepto universal relacionado con la atracción entre seres humanos se asocia, en el realismo social, con la conveniencia política. Aunque en otro sentido, vale decir que el tono de la enunciación no siempre enfoca los problemas con el fin de que el lector se solidarice con el malestar y sufrimiento humanos. Se trata de una distinción que presumimos existe entre la novela de Asturias, dado el recurso a la ironía y parodia, y los otros textos analizados. Con respecto a La Sangre y la esperanza, en este se aprecia la ficción de un realismo socialista, cuyos actores no descansan en su lucha sindical por alcanzar reivindicaciones laborales. Este es un texto emblemático que dialoga con el contexto histórico-político del gobierno de Alessandri Palma, en Chile (1920–1924), durante el cual tuvieron lugar 24 huelgas que duraron 200 días. La estrategia de coacción alcanzó luego de enfrentamientos algunas mejorías por parte del patrono. El discurso novelesco confiere protagonismo al personaje central de la historia al tiempo que los topónimos refieren a un barrio miserable de la capital chilena. No obstante, el patetismo capaz de conmover sobremanera a los lectores tiene una relación directa con el tipo de enunciación. De cualquier manera, el abordaje temático que llevaremos a cabo, no solo se ocupa de la relectura del género y de algunos matices, sino también del estudio de los principales complejos discursivos del relato: narradores y personajes en cuyas voces los lectores perciben ironía, dudas y un tono confesional. Este estudio abarca igualmente el análisis del discurso de los personajes citados por el narrador y sus correspondientes cualidades polifónicas.

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El corpus concreto de estudio compuesto por las tres novelas que hemos seleccionado, exige, por su naturaleza, el recurso a perspectivas teóricometodológicas disímiles, y que aún no han sido puestas a prueba con el fin de plantear renovadas lecturas. Para alcanzar este objetivo, abordaremos, en primer lugar, algunas diferencias que existen entre la retórica y la pragmática lingüística. Conocida en principio como arte de la elocuencia en el siglo XX, la retórica pasó a ocuparse de la comunicación escrita y, muy particularmente, del análisis de discursos literarios. Comprende el concepto de inventio o sea (las maneras de encontrar un relato y procedimientos para convencer a lectores y auditorios), lo cual pretende expresar la relevancia de un procedimiento que tiene como fin la captación de lectores. Se suma a esta la dispositio, es decir, aquella parte de la elaboración del discurso que interroga sobre cómo exponer argumentos de manera ordenada y eficaz. La dispositio dialoga con la efectividad del discurso al respecto de parámetros y componentes sintácticos-verbales del mensaje. No menos relevante es la elocutio, que remite a palabras con que se construye la diégesis y, más concretamente, alude al estilo singular y subjetivo de quien escribe; es decir, eso que se conoce como el decorum, el cual designa el estilo apropiado para moldear el tema. Dentro de la retórica destacan los tropos como expresiones que ilustran sentidos figurados. Entre los más conocidos resalta la metáfora, la cual equipara una situación con una frase sin nombrar el elemento comparativo. Otros tropos que interesa examinar en el corpus son la alegoría, la hipérbole y la ironía. Lo alegórico viene a ser la representación de una idea valiéndose de formas humanas, animales u objetos, e incluso puede calificar, a manera de ilustración, cuando atañe a la elaboración ficcional que hace el narrador de Asturias acerca del cementerio de ciudad de Guatemala. Por su parte, la hipérbole viene a ser la exageración de la “verdad” para atribuir un peso mayor del que en realidad posee el objeto de la narración. De hecho, sugiere una mayor fuerza expresiva con el propósito de alcanzar una reacción particular en los lectores. Sin embargo, más allá del efecto “risa”, se trata de un guiño que advierte cómo el sentido se traduce en un recurso enfático; la hipérbole trasciende, pues, la verosimilitud del objeto o situación descrita. Finalmente, definiremos la ironía según la retórica como un sentido que da a entender lo contrario de lo que se quiere decir. Al mismo tiempo, esta investigación presenta un denso basamento teórico sobre la pragmática lingüística, que viene a cuestionar la visión reduccionista de la retórica en cuanto a la interpretación de la ironía como tropo. Esto atiende a grandes debates sobre las contribuciones teóricas discrepantes que tuvieron lugar durante las últimas décadas del siglo XX. Para este fin, citamos los trabajos llevados a cabo por Graciela Reyes (1984; 1990); Alain Berrendonner (1981); Oswald Ducrot (1984); Sperber y Wilson (1981), entre otros. El recorrido histórico-teórico que reseñaremos sobre la pragmática e inicios de la lingüística enunciativa comprende nociones fundamentales aportadas a este campo por renombrados investigadores. Aunque partimos de la revisión de las contribuciones teóricas originales publicadas en los años sesenta y setenta, de las cuales existen múltiples ediciones, hemos considerado pertinente actualizar el avance de las investigaciones en el campo de la pragmática y de la ironía, como objetivo específico.

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Con estos conceptos, nos acercaremos al análisis de las novelas concediendo especial atención a la interpretación discursiva que toma en cuenta factores culturales y presupuestos pragmáticos de los lectores. No menos pertinente es, en este estudio, la inclusión de aspectos cognitivos, psicológicos y sociales que determinan la estructura de la comunicación. Con un variado y novedoso soporte teórico, ofreceremos una lectura innovadora de un corpus que versa sobre diversas praxis sustentadas en clásicas tradiciones literarias latinoamericanas. Los lectores de esta investigación encontrarán, sin la pretensión de la exhaustividad, un estudio puntual dividido en cuatro largos capítulos titulados “Retórica y pragmática: acercamientos divergentes al estudio de la ironía”, “El imaginario de Guatemala en Viernes de Dolores”, “Una mirada sociocrítica del realismo social”(Fiebre de Miguel Otero Silva), y La sangre y la esperanza de Nicomedes Guzmán, así como una serie de subdivisiones, aparte del prefacio, la presente introducción, la respectiva conclusión y una completa bibliografía.

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1. Retórica y pragmática: acercamientos divergentes al estudio de la ironía

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En las últimas décadas ha crecido un interés por dilucidar la contribución que han hecho tanto la retórica como la pragmática lingüística al campo de la comunicación humana, con el fin de desentrañar los mecanismos que la sustentan. La retórica fue definida como disciplina transversal y se le adjudica haber sido la primera en estudiar una serie de recursos que el orador competente podía utilizar para persuadir a un auditorio (Aristóteles 1995), De esta manera, la exposición de razonamientos busca influir en la conducta y pensamiento de los receptores, a través de elementos retóricos articulados de manera intencional pero contrapuestos a herramientas que provienen de otro campo (De Santiago-Guervós 2005). Nos referimos a aquellas que sustentan la pragmática, la cual se enfoca en el análisis de significados de enunciados y de su relación con el contexto de emisión y usuarios. A diferencia de la retórica, la pragmática se distingue por tomar en cuenta el haber cultural, aspectos de índole afectivo y presupuestos pragmáticos de enunciadores y receptores a la hora de interpretar el significado (Bertuccelli 1996) No obstante, vale aclarar que ambas se ocupan de estudiar la comunicación con fines premeditados y persuasivos. Dentro de la retórica destaca el uso de la ironía como tropo al tiempo que debemos establecer diferencias que marcan las posibilidades de su interpretación. Esto es, a saber, cuando el común de los hablantes y lectores relaciona a la ironía con un efecto de risa que provoca, definiéndose así su uso como antífrasis. Entendido de esta manera, no necesitamos entrar en los detalles de su funcionamiento ni comprender cómo involucra una cantidad de factores primordiales que coadyuvan a su interpretación. De hecho, la noción tradicional (del griego εἰρωνεία ‘eirōneía’) la define como figura mediante la cual se da a entender lo contrario de lo que se dice. También se habla de ironía cuando un hablante o lector percibe una expresión incongruente. Es decir, en el contenido del enunciado, el lector advierte una intención primigenia que va más allá del significado más elemental o evidente de las palabras. Por siguiente, en la tesitura del lenguaje escrito, la pretensión irónica se enfatiza con un signo de exclamación encerrado entre paréntesis, mediante comillas, y otros símbolos. Sin embargo, existe una definición desde el punto de vista de la pragmática que excede el sentido escueto, reduccionista y exclusivo de la antífrasis. Efectivamente, la ironía como tropo no permite al estudioso profundizar en el análisis9. En palabras de Esperanza Alcaide, la ironía ha sido estudiada: “Desde la Antigüedad a autores de nuestros días, desde la antigua Retórica a las más modernas escuelas lingüísticas actuales” (2004, 169). Pero al seguir, en particular, la perspectiva pragmática, la exégesis se revela extensa puesto que es:

Una disciplina que toma en consideración los factores extralingüísticos que determinan el uso del lenguaje, precisamente todos aquellos factores a los que no puede hacer referencia un estudio puramente gramatical. (Escandell 1996, 16)

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De hecho, se ocupa de cómo el contexto influye en desciframiento del sentido, el cual engloba la idea de “hacer”. De allí que se diga que “la Pragmática es aquella parte del estudio del lenguaje que centra su atención en la acción” (Van Dijk 1987, 172). A esta opinión se agrega la propuesta de Geoffrey Leech, que ofrece unos matices esclarecedores del concepto al enunciar que “la Pragmática introdujo un elemento confuso y difícil de formalizar – las actitudes, la conducta y las creencias de los usuarios de los símbolos” (2000, 11). Por su parte, Graciela Reyes la define como “la disciplina lingüística que estudia cómo los hablantes interpretamos enunciados en contexto, […] estudia el lenguaje en función de la comunicación, lo que equivale a decir que se ocupa de la relación entre el lenguaje y el hablante, o por lo menos de algunos aspectos de esta relación” (Reyes 1990, 17). El contexto viene a ser esencial en la medida en que explica por qué ciertas ironías son fáciles de entender mientras que otras exigen mucho esfuerzo, e incluso terminan sin ser detectadas debido a la falta del apoyo contextual (Yus Ramos 2016). Igualmente debemos tomar en cuenta ciertas delimitaciones y transgresiones en el discurso oral cuando llevamos a cabo un análisis conversacional (Muller 2007, 9). Con estas nociones, pretendemos estudiar elementos culturales e históricos que ayudan a comprender e interpretar el sentido irónico de algunos enunciados seleccionados. Se trata de un análisis detallado que no soslaya un hecho fundamental: la convicción de que las palabras no solo significan por su valor semántico, sino por el sentido que adquieren en relación con el bagaje de los usuarios y el contexto de enunciación (Reyes 2003). Aquí atendemos de igual manera a la información que se desprende de la ficción, de sus atributos retóricos y formales y de la dimensión del lenguaje figurado con una clara efectividad comunicativa.

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Aunque el presente estudio otorga un gran espacio para interpretar suposiciones, el non-dit y a la comprensión de enunciados literarios tomando en cuenta el conocimiento previo de los lectores, aprovecharemos para exaltar, estéticamente, la obra del conspicuo escritor guatemalteco, en una primera parte de la investigación. En particular, Viernes de Dolores, dialoga con el sistema político y con las tradiciones convertidas en fuerza cultural. Esto esun texto que reúne “los átomos de la vida cultural” (Bajtín 1986, 31), pone en evidencia un lenguaje plurivocal así como las tensiones entre clases sociales, típicas del pathos que marca la distancia. Se trata de un conjunto de elementos diversos que construyen la identidad guatemalteca, según el ilustre escritor, al tiempo que elaboran las discrepancias del panorama social. Entiéndase el cuestionamiento implícito que hace el narrador sobre los referentes simbólicos e ideológicos de un discurso de exclusión en base al estatus socioeconómico, y en menor grado, al origen racial que armoniza a los sujetos-personajes. En cuanto a la inventio, esta es riquísima desde el punto de vista del género. De hecho, está plagada de temas y subtemas acerca de las circunstancias políticas de un país imaginario que ostenta la condición de la subalternidad y donde existen marcadas jerarquías sociales. En este escenario, abundan sujetos que sufren vicisitudes a la vez que hacen catarsis con sus actitudes y comportamientos caracterizados por el libre albedrío. La inventio abarca un relato amoroso, el tema de la conveniencia social, los ritos de un pueblo que muestran su sabiduría; un todo que está a cargo de una voz desenfadada, la cual busca un argumento probatorio sirviéndose de elementos retóricos. En tal sentido, la lectura del texto sugiere plantear, como presunción, que la ironía, la parodia y otras modalidades rompen con el discurso monológico característico de la narrativa del realismo social, el cual destinaba a los personajes de las clases oprimidas a un simple rol de víctima pasiva, como piezas de un entramado predefinido de manera unívoca por la instancia relatora. El interés social se revela aquí como una suerte de columna vertebral que proyecta estabilidad y auxilio a una sociedad caótica, así como a un grupo humano que vive en flagrante desigualdad. Dicha verdad pasa inadvertida para un sector encargado de asfixiar las voces proclamadoras de cambio, innovación y desafío. Los personajes viven en un ambiente degradado pero, a diferencia del tono grave y la actitud monolítica que asumen en el realismo social, su representación viviente en Viernes de Dolores se lleva a cabo a través de juegos de lenguaje, de la ironía, de la parodia y del humor. En efecto, los gestos de los personajes se describen en consonancia con la subversión ideológica que el narrador pretende divulgar. La ironía se revela así un recurso incisivo de la vigilancia crítica. De esta suerte, los perfiles se oponen al discurso monológico “où le dialogisme est censuré, réduit à une systematicité close, excluant toute interférence critique qui en remettrait en cause la clôture” (Angenot 1979, 135). Todos los personajes se anticipan al futuro al tratar de resistir a sus penurias, adoptando una postura festiva e ironizando sobre el dolor. En tal sentido, las angustias y goces ponen en evidencia el contenido del intercambio oral que produce el dialogismo (Valles 2008). Es decir, “la activación de la ambigüedad” ocurre cuando las voces se “distancian para relacionarse” de manera autónoma (Medina, 2008, sp). En Teorías literarias en la actualidad, Iris Zavala ofrece otros detalles esclarecedores del postulado al decir que:

El punto de arranque es el contenido conceptual y el complejo entramado espiritual de la dialogía, mediante la cual estructura una nueva imagen del hombre. De ahí, como realidad presente y apremiante, pasa a plantear la naturaleza dialógica de la conciencia (la alteridad y la pluralidad) y de la vida humana, en su profundo significado de sociabilidad del lenguaje. (Zavala 1989, 82)

En la novela, el lenguaje del narrador constituye la continuación de un largo ciclo narrativo acerca de su vivencia. Como señala Claire Pailler se trata de “un regreso a los orígenes de su propia historia personal y creativa” (2000, 300). En efecto, el escritor se ha nutrido de las enseñanzas de la historia que acumula realidades descarnadas pero también del juego del encantamiento y de las alucinaciones para producir su literatura (Millares, 2000). En esta combinación sobresale un rasgo esencial, y es que si “el Realismo pretende reflejar la realidad exterior tal como es, se comprende así que el género literario más cultivado sea la novela” (Ambrocio y De la Cruz 2008, 8).

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Ciertamente, el texto en sí acoge parte de la memoria histórica y colectiva por sus referencias a tradiciones y eventos de carácter nacional. Al mismo tiempo, la narrativa de Miguel Ángel Asturias tiene una cuota de diversión, además de estar plagada de disonancias, sorpresas y entretenimientos muy bien recibidos por los lectores ideales (Eco 1993). De esta manera, explicamos el goce de los lectores, el cual está íntimamente ligado a ciertas actitudes de los personajes que se emancipan imponiendo su autenticidad. Se trata justamente de la actitud dialógica que adoptan los tipos literarios, la cual les permite ironizar sobre sus vidas miserables y el dolor social. De hecho, la situación que viven es una suerte de infierno faccioso dadas las disparidades notorias en cuanto a la ausencia de bienestar, derechos y oportunidades. Sin embargo, se muestran resilientes frente a los males que conforman un ensamble de injusticias causadas por una dictadura opresiva y en constante hostigamiento. No sorprende, pues, que el descontento del pueblo a consecuencia del fenómeno de la satrapía se revele uno de los temas centrales en muchas novelas del género del realismo social (1920–1970), tal como acostumbraba a argumentar una cierta crítica clásica. Efectivamente:

Es toda la producción novelística y cuentística que envuelve de alguna manera evidente, y que tiene en primeros planos, la queja social y su relación con la tierra […]. Lo estrictamente local, regional o nacional, adquiere en las grandes producciones de esta narrativa, valores universales. La realidad social de América se presenta en toda su desnudez y muchas veces son cristales grotescos, en donde ciertos rasgos se exageran adrede (Martín 1973, 233–240).

No obstante, la dictadura por sí sola constituye un tópico aparte dentro de la literatura hispánica:

El tema de la dictadura ha tenido amplia resonancia en la narrativa del mundo hispánico, especialmente en la novela de la América de expresión castellana, por motivos fácilmente comprensibles: la sucesión incansable en los dos últimos siglos de formas unipersonales de gobierno. Debido a este recurrente aspecto, Hispanoamérica ha constituido más de una vez el escenario también de novelas españolas que tratan de la dictadura. (Bellini, Introduc. 2020, 1)

La novela Viernes de Dolores, aunque posterior a la corriente estética del realismo, conserva muchos aspectos de ella pero difiere en la ausencia del tono pesimista de los personajes que presentaban las problemáticas sociales de Latinoamérica bajo un lente trágico. Se trata de la novela ladina con trazos realistas que recuerda, por su contenido, el deseo ferviente del propio escritor de que existiera un verdadero “mestizaje plural” (Martin 2000, xix), no obstante, lo que resulta mucho más visible es “el modelo colonial de exclusión” (Díaz Arias, 2007, 58). Es por ello que el género, cuya forma de expresión polemiza sobre la iniquidad entre gobierno y pueblo haya tocado la sensibilidad de tantos lectores. Su contenido oscilante se basa en las pulsiones del bien y del mal, según la moral de los personajes. Pero, también ríe, aunque la tragedia desbarranque irremediablemente hacia el abismo. Siempre con la contundencia debida, la voz busca mostrar las asimetrías y disconformidades de un proceso histórico gracias a una semiótica de lo social. Así se hace obligante la toma de palabra desde la perspectiva de quien reclama y protesta por reivindicaciones esenciales en una Guatemala imaginaria. El topónimo que remite al país de América Central pone en diálogo muchos elementos: es legatario de vestigios hispánicos pero, usufructuado por el estatus legal del coloniaje, cuya arquitectura renacentista española y de fachadas barrocas caracterizaron, en particular, al Nuevo Mundo. Se trata de un lugar cuyo acervo histórico-colonial posee una belleza sublime al tiempo que comparte con otros países de la región el origen de la estratificación social:

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La formación de las élites coloniales en América Latina ocurrió por dos vías complementarias: por el linaje, es decir, por la transmisión patrilineal de privilegios transmitidos por la Corona, o por alianzas matrimoniales que propiciarán el crecimiento y reproducción de los linajes por la vía de los casamientos de conveniencia. (Casaús 2010, 2)

La voz narrativa ha tenido que adentrarse en el tejido social y cultural para poder describir su imaginario, combinándolo a la vez con su vivencia personal. De hecho, el lector observa una estrecha relación entre el hilo narrativo y algunos elementos anecdóticos, por lo que se puede hablar de ciertos trazos de una autobiografía (Lejeune 1996, Britton 1980, 434). Esto es, la convivencia con la tierra, sus coetáneos y una sensibilidad especial que nutrieron su creación. Efectivamente, la manifestación del arte literario no es, en modo alguno, ajeno al ser social que engloba esa multiplicidad de personajes avezados, de cuyas vidas el narrador enfatiza, particularmente, las destrezas para enfrentar sus dilemas y el cultivo de una libre inteligencia. Se trata de la coexistencia entre una cultura oficial y otra no oficial (Nocera 2009, 4,5). No obstante, el discurso también se refiere al país y a una simbología por la cual es conocido. Subraya, por ejemplo, un dualismo social-urbano en múltiples aspectos de la configuración, no solo sociocultural, lo que es evidente por la riqueza del imaginario, sino también la socioeconómica que alude directamente a su aparato de producción: la agricultura basada en el cultivo de la caña de azúcar, banano y café; pero el discurso no soslaya, de ninguna suerte, la vasta cultura de sus grupos étnicos ni la existencia de ciudades arqueológicas y sus vestigios coloniales.

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Al decir de ciertos alimentos, tales como arroz y fríjoles, traemos a colación la expresión gastronómica que involucra el viejo fundamento fisiocrático acerca de la naturaleza pletórica y de la tierra como fuentes de recursos. La escritura se inscribe así en una suerte de travesía cultural que le permite al narrador inventariar los potenciales de su imaginario y encontrarse a sí mismo. Se trata de un macrorrelato que también exige tomar en cuenta de manera concreta, Los tiempos y las personas en el sentido propuesto por Weinrich (1978, 21). Según este erudito, se revela esencial identificar, en el relato, los tiempos verbales a que recurre el narrador con el fin de hablar en términos de competencia narrativa. De esta forma, la toma de conciencia de la realidad inmediata involucra variadas voces que crean un espacio caótico de contradicciones. Esto ocurre cuando la voz relatora enfatiza la actitud dialógica de los personajes ante sus conflictos a través de juegos del lenguaje, intertextos, ironía, parodia y humor más o menos explícitos. Es decir, las señales textuales a las que referimos se manifiestan a través de los guiños del narrador y los personajes. Así se pone de relieve una comunicación no verbal directamente relacionada con la cultura de sujetos-personajes, autónomos, tal como arguye Bajtín al respecto del dialogismo:

“La méthode dialogique pour découvrir la vérité s’oppose au monologisme officiel qui prétend posséder une vérité toute faite, et à la prétention naïve des hommes qui croient savoir quelque chose” (Bajtín 1970, 155).

Insiste el crítico en que:

La actitud dialógica con respecto a sí mismo permite una introspección (no pasiva) que rompe con la unidad ingenua, que sirve de fundamento a la representación lírica, épica, y trágica del hombre. Continúa Bajtín diciendo que “l’approche dialogique de soi meme déchire les enveloppes superficielles de l’image de soi, qui existent pour les autres, qui determinent la valeur exterieure de l’homme (aux yeux des autres) qui brouillent sa conscience de soi”. (Bajtín 1970, 167)

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Como en el dialogismo bajtiniano, los personajes de la novela gestionan sus vidas y disfrutan de su libertad ideológica respecto a las situaciones que viven, para dejar de ser seres inertes conducidos por un hilo narrativo. Son, pues, seres autónomos, portadores de voz, independientemente de la concepción ideológica del autor. Por tal motivo, podemos hablar de una “multitud de problemas en torno a la pluralidad individual y a la pluralidad discursiva” (Zavala 1991, 42). La novela se convierte así en escenario del desafiante tránsito humano sobre el cual el lector puede colegir todo tipo de pesadumbre. No obstante, tiene lugar la participación del lector-espectador en la propuesta estética que despeja caminos para analizar el imaginario de manera inteligible. Esto ocurre no solo desde las emociones, sino desde la razón, aunque el lector se conmueve ante las situaciones descritas. Se trata de sujetos que reclaman una mejor vida ante la inequidad, mediante retos y episodios dramáticos en los cuales se observa la expresión de una notoria sed de emancipación. Así, pues, abordar el tema de la desigualdad significa elogiar la libertad de sujetos que actúan a la sombra de la opresión, mientras alimentan la esperanza de un cambio. El deseo de emancipación como la adquisición más significativa anida en la condición humana; es un instinto arraigado en el ser humano opuesto a las fuerzas represoras que intentan sofocar sus demandas. Siendo la violencia privativa del Estado, controla a la masa y deslegitima al gobierno de facto, el cual procura, con afán, eliminar las garantías constitucionales. Los desaguisados se narran en las voces de una multiplicidad de personajes, empeñados en profundizar el festín a través de la Huelga de dolores, mientras desalientan al poder instituido y déspota que cursa en paralelo con sus estrategias aniquiladoras. El tiempo aciago no perece en la consciencia obrera que defiende el compromiso ético de quien narra la historia. Por su parte, no lo hace por reconocimiento propio sino en apoyo a otros, toda vez que no persigue fines lucrativos. De allí que la propuesta del narrador sea presentar la mayúscula tropelía con una fingida cordialidad y con perenne humor. No obstante, la invectiva acoge la fuerza de una colectividad en nombre de una voz autónoma que se distancia de actitudes de sumisión:

Pour les critiques, la signification directe, “valable en soi” des paroles du héros, brise le plan monologique du roman et appelle une réponse immédiate, comme si le héros n’était pas l’objet du discours de l’auteur, mais porteur autonome et à part entière de son propre discours (Bajtín 1970, 31).

A pesar de que la crítica ha detectado la naturaleza poética del lenguaje en la novelística de Asturias al inscribirla, por este rasgo, en el realismo mágico, ha obviado su carácter dialógico y su contenido retórico, pues la reduce en torno a categorías oposicionales: pobres/ricos, opresores/oprimidos, buenos/malos. Según esta misma crítica, típica de la sociología tradicional, los personajes descritos en Viernes de Dolores son seres explotados, casi siempre desconocidos, olvidados y enemigos de la pretensión hegemónica autoritaria. La inequidad advertida, tanto por el escritor como por los críticos académicos, busca resguardar los casi inexistentes factores de inclusión social y poner de relieve la simpatía por los sujetos subalternos. Se trata de aspectos que han sido señalados por distinguidos estudiosos del tema. Nos referimos aquí a los ya muy conocidos trabajos de Iber H. Verdugo y Claude Couffon (1978), Francisco Albizúrez Palma (1975) y Giuseppe Bellini (1969), los cuales resultan ineludibles a la hora de elaborar un estado de la cuestión. Estos trabajos clásicos ponen el acento en la sensibilidad social del escritor, entendida como un compromiso contraído con el ideal de justicia. A propósito del tema, conviene destacar que en aquel contexto, la función asumida por el escritor era la de crear conciencia digna con el fin de producir reacciones de protesta en los lectores. En efecto, en una entrevista concedida al periodista Milton Robert en París, Asturias afirmó que:

La literatura hispanoamericana, la novelística en especial, considero que debe seguir apegada a nuestros problemas: yo pienso, y así lo sentí siempre, que se debe escribir para algo, y entonces ¿qué hay más importante que tratar de adentrarnos en la realidad de nuestros países y exponer después la forma en que viven para crear en los lectores reacciones de protesta por la injusticia que implica la forma en que se nos explota? (Milton citado en Verdugo, Introd. a la edición crítica de Viernes 1978, XIII)

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De esta postura podemos colegir que el escritor parece haber alimentado durante años el sueño reivindicatorio a través de una acción valiente: la exposición de su pensamiento social para luchar contra la exclusión socioeconómica, convertida hacía tiempo en la norma por la imposición hegemónica. En correspondencia con esta idea, resulta interesante analizar un aspecto del campo de la semiótica literaria. Aludimos aquí a la noción de intertextualidad (Rifaterre 1979) así como al conjunto de capacidades que posee el lector ideal para identificar referencias de autores, textos y figuras históricas que dialogan en la diégesis. Efectivamente, para los lectores ideales es factible identificar intertextos en Viernes de Dolores gracias a variados ejemplos ilustrativos del relato. Véase, por ejemplo, la mención a las quejas sociales del reconocido líder Mahatma Gandhi10. Así lo corrobora el personaje Ricardo Tantanis al enunciar que debía escribir un artículo sobre “la no-violencia” (Asturias 1978, 73), inspirado en la potencia honrosa de la resistencia pacífica que pregonaba dicho pensador indio. De hecho, su filosofía se basaba en que la fuerza moral tenía un precio político. Pese a que la imagen de los sometidos ha sido erosionada, el líder se niega con su estrategia a conceder una victoria moral a la opresión. Con el intertexto, el narrador también recuerda ciertas estrategias inquisidoras, así como la ruindad abyecta de los sistemas dictatoriales alejados de cualquier respeto a derechos humanos y diálogo democrático. De hecho, en la política entendida como la capacidad de construir consensos trasluce el ansiado anhelo del narrador. Incluso el acuerdo entre gobierno y ciudadanos viene a ser una forma primaria de incorporar preocupaciones legítimas en favor de la democracia. Aunque el acierto del escritor estimuló la conciencia de su pueblo, no logró materializar completamente su ilusión. Esto explica que su novelística dé cuenta de la falta de bienestar del sector social que describe. De todas maneras, sobre la base de esta afirmación, se infiere que en la trastienda de la obra de Asturias se esconde una de las mayores iluminaciones del intelectual. Es decir, la convicción de no sucumbir y no hacerse nunca cómplice del déspota resistiendo a sus medios represivos. Por consiguiente, hoy día, su pensamiento constituye parte de los mitos latinoamericanos de redención social. Al respecto, René Prieto, en su vasto trabajo de investigación alude, paradójicamente, a la falta de reconocimiento de la eximia obra del guatemalteco. Afirma incluso que es un autor único por cuya producción “excéntrica” la crítica le ha restado importancia. Insiste, también, el crítico, que por razones erradas su nombre ha sido saboteado habiendo sido el exponente de un lenguaje único (1983, 1).

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Lo cierto es que el escritor no puso el foco en una verdad pequeña, cuando las controversias político-sociales sacudieron a sectores de la derecha que hasta entonces solo habían notado cierta rebeldía popular. Asturias actúa como uno de los más grandes críticos de la burguesía. Su deseo ferviente de ver derrumbado al sistema capitalista radica en un ideal posmoderno como el que pregona Baudrillard, es decir, alcanzar el punto de ruptura de una sociedad desigual (2000). Pese a semejante “desubicación” contra la cual la derecha argumentaría, él respondió con el durísimo castigo de la indiferencia. Sin embargo, el hecho de haber hablado desde un podio, oportunamente y con interés reivindicador, dejó huellas dignas e indelebles en su época: “Miguel Asturias was one of the most innovative Latin American writers of the twentieth century” (Murphy 2008, 836). Para él, la justicia fue el epílogo cabal de su legado, así como la divulgación del debate político-social que le granjeó notable admiración. Su diatriba era contra la violencia denigratoria que constituye una afección en una sociedad que ya tenía, en este flagelo, su mayor problema. Por tanto, abordar el tema social era desenmascarar a un sector cómplice, cuyos comportamientos deplorables se dejan en las sombras por su inconveniencia. Para él, la ideología de derecha era la más insidiosa de la historia de la humanidad. Esa visión de conjunto capta la esencia de su lucha a favor del pueblo estigmatizado por discursos depuradores y de limpieza étnica. No obstante, el patrimonio político-social nunca ha estado, según Asturias, a buen resguardo. Ahora bien, su pensamiento cobró preeminencia en el siglo XX dada la labor de combate frente a un dictador abyecto. No cabe duda, pues, que en su obra quedó expresada con toda nitidez la marca defensora de su ideología. Esto es, una propuesta de ideas susceptible de ser analizada tomando en cuenta matices de una visión comprometida. En tal sentido, el imaginario que describe acoge una construcción toponímica y metafórica que remite a Guatemala, con todas las especificaciones culturales que el discurso acuña de manera intencional. De hecho, sus palabras dibujan al país al tiempo que confronta opiniones, canaliza la expresión de libertad y provoca el aplauso más enérgico de sus lectores.

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Se trata de un pueblo inerme que merece reivindicaciones frente a sus miserias materiales, mientras sobrevive gracias a su espíritu y afán de apañamiento. Aunque los ejes temáticos de la novelística de Asturias, y en particular de Viernes de Dolores, coinciden con los del realismo social -es decir, dolor, opresión militar, diferencias de clases, amoríos, prostitución como delito (sin connotación despectiva alguna)-; la novela, gracias a la ironía y a otras modalidades lingüísticas, se desvincula de esta corriente. En ella, la idea de libertad luce firme con el apoyo del movimiento estudiantil, social y transformador que sedujo a la mayoría, a pesar de que los personajes consignan una creciente pérdida de esta. De hecho, la tiranía que exhibe su miseria y falta de ética divide e introduce desafecto y desconfianza entre unos y otros. En consecuencia, surge una modalidad agonística con marcada propensión al diálogo, manifestado en una contradicción de discursos que atraviesan la conciencia de los personajes, al confrontarlos consigo mismos. A este respecto, la noción cognitiva de modalidad narrativa, propuesta por Jerome Bruner (1988), sirve para entender el elocuente ejemplo de creatividad del narrador de Viernes de Dolores. El investigador la define como aquella que produce relatos, obras dramáticas, mitos y crónicas de muchos tipos gracias a la faceta tanto vistosa como imaginativa de la mente: un concierto de voces activas que animan el relato con chistes, incredulidad, juegos de lenguaje y humor que resaltan la actitud dialógica. Sobre el telón de fondo del dialogismo, el fenómeno de la ironía, la parodia y el humor adquieren, pues, un carácter notable.

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Al formular esta presunción, el pensamiento bajtiniano cobra mayor relevancia. En efecto, el dialogismo pone en evidencia las contradicciones de algunos personajes, como por ejemplo Choloj, quien debe decidir entre asumir una actitud revolucionaria o acomodarse socialmente gracias a un matrimonio de intereses. Al igual que Choloj, otros personajes se rinden conscientemente ante las exigencias y conveniencias de la sociedad en la cual viven, sin poder escapar de las situaciones de corrupción del diario vivir. Así, entienden estos que para sobrevivir en medio de la precariedad, es indispensable optar por un estilo de vida laxo. En este sentido, el poderío económico y social no debería pertenecer de manera absoluta a la muy encumbrada clase hegemónica. Sin embargo, esto fue lo que hizo la cúpula del gobierno de Manuel Estrada Cabrera11, lo cual produjo retrocesos innegables, marcados por la ausencia de movilidad social y de oportunidades de emancipación que la memoria oficial del poder oficial, por demás innoble, no registra. La literatura, por su parte, construye espacios para que se escuchen las voces cuestionadoras. Vale recordar que nadie está, desde un punto de vista democrático, legitimado para narrar la historia como más le convenga, con el fin desleal de fortalecer pequeños aciertos y corregir u ocultar grandes desatinos. Por el contrario, desde un punto de vista ficcional, la trama novelística plantea una serie de secuencias que construyen una unidad estructural, cuyo contenido corresponde con una realidad sugestiva. Al tratarse de emulaciones de lo viviente, la voz condensa la materialidad, y es en ese instante cuando aparecen la intriga y sus múltiples incidentes bien ligados entre sí, revelando además realidades correferentes que involucran un común denominador (Aristóteles 1992). De esto se desprende que el fenómeno dialógico sea común a todos los estratos sociales, con una dimensión tan vasta que compromete a toda la colectividad. En el texto de Todorov titulado Le principe dialogique de Bajtín, Todorov afirma que:

Le phénomène du dialogisme intérieur, nous l’avons dit, est plus au moins présent dans tous les domaines du discours vivant […] en particulier dans le roman, le dialogisme innerve de l’intérieur le mode même sur lequel le discours conceptualise son objet […]. L’orientation dialogique réciproque devient ici comme un événement du discours même, l’animant et le dramatisant de l’intérieur, dans tous ses aspects (Todorov 1981, 102–103).

La situación de acomodamiento social de los personajes (individual o colectivamente) se traduce en una renuncia a un ideal y a unos principios que fomentan los males políticos y sociales del país. Más que presentar una solución previsible a estos conflictos, los personajes combatientes y críticos del uso de trampolines recurren a consignas y actitudes que rompen los esquemas clásicos cuando muestran, en su crítica, picardía y agudeza a través de la ironía. Es decir, la crítica que elaboran las voces desenmascara a aquellos que buscan acomodarse en la cúspide de la pirámide social. Las opiniones se enfrentan debido a las divergencias entre defensores y detractores de la simulación social heredada del mundo colonial. En efecto, la ironía aparece cargada de sentido histórico con respecto a la impresión degradada, inhumana y subdesarrollada de un país centroamericano. Aunque los topónimos de la novela son ficticios, una serie de puntos de anclaje remiten, especialmente, a la estridente Huelga de dolores. Se trata de una tradición emblemática en un país rico en valores culturales, con una tierra fértil, un acervo colonial y riqueza mítica. Posee además unas características antropológicas que distinguen a sus ciudadanos como pueblo. En contraposición, la realidad envilecida es aquí descrita como fenómeno resultante del proceso histórico de colonización resumido, sucintamente, en un choque cultural entre el indio y el español. El resultado de este proceso, explica Jorge Barrueto (2004), deriva en que “as any Latin American of Indian extraction would testify, it is hard for an Indian to make his or her voice Heard. Political and economical exclusion are the norm if not the unwritten law in many countries” (2004, 339).

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Más tarde, luego de largos períodos históricos, tuvo lugar la opresión políticomilitar y finalmente se llevó a cabo, en Guatemala, entre otros procesos, la explotación de tierras por compañías transnacionales, lo cual se revela una muestra más de que, en el siglo XX, el país continuaba inserto en ciclos de sometimiento producto del coloniaje. Algunos de estos rasgos, llamados componentes del curso histórico, aparecen en Viernes de Dolores. Así, el conjunto de hechos conforma parte de la línea de fondo característica de los factores del mundo narrado. El agobio que conllevan estos procesos ha derivado, según Asturias, del nefasto aporte de la colonización, así como de la imposición de un modelo económico que solo buscaba réditos. El escritor está convencido de que estas problemáticas, algunas tratadas implícitamente, tienen asidero en la literatura puesto que: “Asturias recurre a la pluralidad de discursos: […] en dar espacio a una multiplicidad de voces concretas, contingentes todas, que todo lo vuelven provisorio, y que por esto mismo todo lo posibilitan” (Alzate 1995, 524, 525). En este marco histórico, la crítica hace uso de la ironía para aludir de manera puntual a la viveza criolla, a la vitalidad de los instintos, a la conducta de los personajes chuscos y a la lucha e intereses de clase (Crompton, 1994). Del mismo modo, refiere al odio, vilipendio, explotación y prejuicios de clase. Son de igual manera, objeto de la ironía, las relaciones estratificadas del poder como aquellas que se establecen entre sujetos y policía. En este sentido, la aplicación de las leyes, el rol de los funcionarios de gobierno, y también la alienación manifiesta en la traición, sentimiento de culpa y frustración de los sujetos son temas objeto de la ironía.

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La misma delata, incluso, la rendición del pueblo, estupefacto ante el aparato militar sin precedentes, el cual expolió todos sus recursos, y cuyas nefastas consecuencias se observan en las postrimerías del siglo XX. Sin embargo, la actitud irónica de los personajes en Viernes de Dolores brinda un significado distinto al dolor humano que expresan habitualmente las voces del realismo social. Aunque sus perfiles evidencian rustiquez y mengua intelectual, no dejan de desplegar la fuerza de una participación activa. Esto atiende a la deliberada intención del narrador de valorar el talento de sus personajes, cuyo estatus subalterno ha sido sedimentado con el paso del tiempo por el discurso de la supremacía, en una sociedad de confluencias étnicas. Hay, pues, un poder dominante cuyo mensaje intenta imponer una cierta homogeneidad racial, pero Asturias demuestra lo contrario al hacer de su propuesta estética una denuncia. Pese a su pronóstico racional, este intenta vehicular una expresión optimista en su obra literaria, la cual da cuenta de sus sueños y aspiraciones; al mismo tiempo, expone una realidad dramática: una sociedad que precisa fortalecerse en el plano de sus libertades e ir en busca, paulatinamente, de usos democráticos para superar la usurpación de la soberanía y reivindicar el estatus de las identidades étnicas (Arias 2006). De esta manera, el narrador, mediante una recriminación implícita contra el nepotismo, realza el talento de lucha de cada personaje, basado en parte, en la entereza y resistencia que despliega en una cotidianidad pintoresca. Sin duda, los perfiles humanos hacen gala de los talentos necesarios en una “democracia” que se revela un principio de orden humano mediatizado, y poco claro para la cúpula dominante que lleva las riendas del país. Es así como la represión persecutoria al servicio del Estado obstaculiza el libre ejercicio de libertades que, a la vez, pierde terreno porque sustenta dogmatismos políticos. La problemática queda expuesta en la indefensión del ciudadano común por causa de una hegemonía absoluta, puesto que disentir de las imposiciones dictatoriales es exponerse al riesgo de la contención. Ahora bien, creemos pertinente hacer aquí un paralelo para explicar cómo se comportan ciertas voces en el imaginario de Viernes de Dolores. Nos referimos a aquellas que se sublevan como ocurre, según Bajtín, en las novelas de Dostoievski. Al respecto, afirma el teórico que, en efecto, el relato:

N’est pas construit non pas comme l’unité d’une conscience qui aurait absorbé, tels des objets, d’autres consciences, mais comme l’unité d’interactions de consciences multiples dont aucune n’est devenue complèment objet pour l’autre. Cette interaction n’offre pas de prise à l’observateur extérieur pour une objectivation de tout l’événement selon le modèle monologique habituel (thématique, lyrique ou cognitif), et l’oblige de ce fait à y participer.(Bajtín 1970, 48)

En la concepción dialógica del lenguaje se emplaza la ironía como modalidad discursiva en el espacio del conflicto social. La ironía se convierte así en una postura contraria a la autocompasión, lo que permite al pueblo representado en la novela defenderse de los golpes de la vida cotidiana. De esta suerte, la voz adopta un lenguaje belicoso y animado a manera de imitación del pueblo. En efecto, considera sus talentos como provechosos para la causa de la emancipación. Es así como la reacción ante los males sociales cotidianos abre un horizonte distinto que escapa al miserabilismo que estigmatiza a los indefensos. En tal sentido, la ironía en Viernes de Dolores es una práctica discursiva incisiva, cargada de humor negro (Pratt, 1993) que actúa como un arma eficaz y como mecanismo de denuncia y crítica social. Así se observa en el siguiente ejemplo, en el cual, un personaje espera la llegada del cadáver de su esposa desde México. En ello, la distancia irónica del narrador es evidente cuando se refiere a la amada del personaje como su adorado tormento aun después de muerta, y luego despliega un humor macabro con el cual refiere al contexto comercial (mercantil) del que es objeto el hecho de la defunción. Justamente, la vida y la muerte se amalgaman en pasajes y expresiones que provocan la risa:

El infeliz recibió el féretro ya soldado con esa soldadura que deja sobre el metal cicatrices de quemaduras amarillas, mas al sólo recibirlo le entró la duda de si en aquel envoltorio de plomo, frío como una bala, estaría o no su adorado tormento. Máxime que en México se comercia a más y mejor con los cadáveres. […] Los venden, los alquilan para velorios, entierros, cobrar pólizas de seguro, sustituir gentes vivas que se quieren hacer pasar por muertas… Cadáveres a plazos, cadáveres al fiado. (Asturias 1978, 41)

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En este fragmento el narrador presenta una situación que, si bien en otras circunstancias sería objeto de tristeza, aquí acoge un sentido humorístico sin abandonar los fines y el estilo corrosivo de la denuncia. Efectivamente, la ironía arranca las máscaras del simulacro social cuando apunta al interés material como una actitud humana común y acuciante del instinto de sobrevivir. Sin embargo, en el reverso del mensaje percibimos al mismo tiempo, una visión crítica que reivindica la sensibilidad frente al prójimo. Se trata de una delación que acusa la falta de humanidad e ideales como consecuencia directa de la dinámica económica, cuyo fin debería ser la protección de los sujetos. A tal propósito, el narrador ironiza igualmente sobre el aparato administrativo que, supuestamente, se compromete con el cumplimiento férreo de las leyes. No obstante, refiere la voz, implícitamente, a la ausencia de un respeto incólume que debería caracterizar el funcionamiento de la sociedad. Lo cierto es que la brecha desigual está marcada por ausencia de beneficios entre los diferentes sectores sociales. Esto es, el cuestionamiento sobre la nula redistribución equitativa de la riqueza, así como la falta de goce de garantías constitucionales y del ejercicio de la libertad de expresión para el reclamo pertinente. Aunque cuesta volver la mirada a lo que ha resistido Guatemala según la historia contemporánea, el narrador prioriza su compromiso haciendo de la diégesis un producto sólido revestido de elementos ideológicos contrapuestos. Así da prueba la voz, al empuñar diálogos entre personajes con el fin de enfatizar las disputas, así como el talento defensor de sus coetáneos.

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De hecho, la expresión del goce perenne con el cual el pueblo combate el flagelo político-militar y su desenfado construyen una cierta inmunidad contra toda penuria. De alguna manera, sentirse exonerado de los males sociopolíticos acusa la necesidad de recurrir, desde un punto de vista retórico a herramientas discursivas para agendar una posible defensa. En tal sentido, el uso de la ironía delata, entre otros, los problemas sociales, la desigualdad que causa daño moral y el deterioro humano por la iniquidad que contribuye al resentimiento, la degradación, la degeneración, la prostitución y al alcoholismo. Dicho en otros términos, la impunidad, encubrimiento y consecuencias que ensombrecen a la sociedad se expresan en un lenguaje cargado de sentido crítico. Se trata de un mensaje social ironizado que permite romper la incomunicación. Efectivamente, la ironía evita el confinamiento que posibilita y ahonda el padecimiento de la situación. Nótese, en el siguiente ejemplo, cómo el narrador se refiere a los notables, curas, notarios, médicos, oradores y periodistas que, al pasar frente a la cantina Las Movidas de Cupido, se detienen a tomarse unos tragos. El lenguaje cantinero tiene aquí sus propias reglas, y una de ellas consiste en que las fronteras sociales desaparecen, puesto que el espacio está destinado a compartir no solo tristeza y desgarro, sino también alegría y amistad entrecruzadas. Como en el seno de toda sociedad, aquellos que detentan un rango importante están destinados a tener un ascendente y una influencia sobre los demás. No obstante, el narrador acentúa la actitud displicente de algunos miembros del estrato opulento, según da a entender la voz enunciativa:

Caían de paso a tomarse su traguito, sólo de paso12, curas de responso y hoyo, notarios de última voluntad, médicos de acta de defunción, oradores fúnebres de voz temblona, periodistas de necrologías, y como de los brindis, cada vez más efusivos, todos pasaban a más encendidos transportes amistosos de quitá que a mí no me venís vos con indiferencias sociales. (Asturias 1978, 20)

A pesar del alto contenido crítico, Viernes de Dolores es una novela sobre la cual existen pocos estudios analíticos. Aparte de los que ya hemos citado más arriba, las contribuciones críticas más recientes se centran en el examen detallado de la diégesis, así como en el análisis del uso de la ironía (Yánez Leal 2013, 2000). Sin embargo, cabe mencionar el aporte significativo a la interpretación del texto que hizo Lourdes Royano Guitérrez en 1993, quien define a la novela como “una gigantesca alegoría desarrollada en torno a un cementerio y sus alrededores. Asturias hace una magistral presentación que constituye ese mundo” (240). Ahora bien, solo el trabajo clásico realizado por Couffon y Verdugo en 1978, ha sido durante años el referente guía para la comprensión de la novela. Dicho esto, todos los críticos han señalado la estructura compleja, no siempre coherente, y una riqueza lingüística manifiesta en una mezcla de lenguaje popular con registros cultos. De hecho, lo señala la elocutio, al denotar que los contenidos del argumento están muy bien articulados lingüísticamente, es decir, muy bien sustanciados y con ellos se entra en el terreno que compete al estudio de la expresión lingüística. En efecto, Asturias ha hablado incluso “de la materialidad de las palabras y de sus poderes sagrados” (Millares 2000, 32) al referirse a la elaboración de sus imaginarios. Debido a esta complejidad, plantea una diversidad de problemáticas que sería imposible abordar en el espacio del estudio de la diégesis.

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Por ello, la crítica ha analizado, principalmente, los aspectos de la novela referidos a la estructura narrativa, al sustrato mítico, al lenguaje, a la dimensión social y a sus asimetrías. Se trata de un clásico literario, no obstante, mucho más leído que discutido, lo cual corroboramos por la ausencia de trabajos críticos. En el caso de esta relectura, el acercamiento pretende más bien ser una contribución al análisis general de la novela destacando, por supuesto, elementos retóricos y pragmáticos. Como ya hemos apuntado, el enfoque pragmático presupone la comprensión del texto en su contexto de emisión y recepción, lo cual lleva a consideraciones de tipo histórico discursivo, es decir, a la inclusión de discursos políticos, jurídicos e históricos correspondientes a dichos contextos. En el marco de esta investigación, hemos preparado el terreno para un estudio más profundo en este sentido. De igual forma, hemos focalizado, como ya apuntamos, los aspectos intratextuales de la ironía al tratar de reconstruir de manera puntual la competencia comunicativa necesaria para entender el sentido transliteral de los enunciados. Es, pues, imprescindible traer a colación cierta información del período histórico en que se sitúan los hechos, así como la complicidad entre narrador y narratario; narrador y lectores de carne y hueso. Dado que el escritor se inspira en un advenimiento fidedigno, es decir, la llamada Huelga de dolores de 189813, la novela plantea el espinoso problema de la representación ficcional de un hecho histórico (White, 1992). De esta forma, la investigación dialoga con la diferencia entre ficción e historia pero, esta última puede ser verificable, mientras que la ficción establece un parentesco, no obstante es, sobre todo un tema literario. Ahora bien, sin interrogarnos sobre la verdad o apego a una supuesta realidad objetiva, hemos considerado la información intra y extratextual como el marco discursivo en que cobran sentido los presupuestos de información necesarios para la descodificación del texto. Efectivamente, al conocer algunos referentes del relato queda en evidencia el punto de partida para la interpretación de la historia narrada. Vale recordar que la diégesis acoge una espesa urdimbre sobre una dictadura vetusta que se niega a cambiar. Da incluso a conocer ciertos mecanismos con los que esta silencia los eventos que considera ilícitos. Sin embargo, en la Guatemala imaginaria hay síntomas de rebeldía y en cuyo acontecer histórico, pueblo y estudiantes son los principales protagonistas. Dichos actores autentican, desde un punto de vista político, hechos irrebatibles que dejaron huellas en la sociedad como era la festividad huelguística del viernes de dolores. Según noticias consultadas, era tal la algarabía que el gobierno ←53 | 54→ prohibió, entonces, desarrollar la manifestación, cuyo nombre se debe a que se celebraba siete días antes de la Semana Santa (Asturias 1978, Ixxvii-Ixxviii).

Gracias a estos datos culturales, ideológicos, históricos, conductas y rasgos lingüísticos de la novela, hemos trazado el estudio general del texto, descripción de la estructura, contexto de emergencia y análisis e interpretación de una serie de pasajes irónicos con el soporte teórico de investigadores tales como Ducrot, Reyes, Berrendonner y otros que han contribuido con el campo de la pragmática lingüística. Lo fascinante de esta lectura radica en un enfoque que insta a los lectores a llevar a cabo la exégesis que reivindica uno de los productos más valiosos del autor. La ironía, como ya hemos apuntado, no es exclusivamente un tropo retórico sino también un fenómeno pragmático; por lo tanto, se percibe en un contexto dado y depende de las intenciones del locutor y de las capacidades interpretativas del interlocutor. Cabe destacar la relevancia que tiene la atenuación e intensificación desde un punto de vista pragmático en el análisis de corpus discursivos que hacen acopio de modalidades de doble enunciación (Albelda y Álvarez, 2010, 80). Esta acotación está basada en que los enunciados de doble sentido están contextualizados y persiguen fines particulares. Se trata del sentido que adquiere la lengua en uso, según la noción de Contexto propuesta por Coseriu. De hecho, el teórico:

Distingue tres tipos: el idiomático, el verbal y el extraverbal. Aquí nos referimos al extraverbal porque abarca las circunstancias no lingüísticas que son conocidas por los hablantes; las cosas que están a la vista, estados de asuntos que se conocen, el universo empírico (el sol, la tierra, los animales, un árbol, etc.), determinadas situaciones ocasionales, la historia de una persona, una familia, una ciudad o una nación, la tradición cultural de una comunidad. (en Ayuso, Dicc. 1990)

Lo extraverbal activa la función significativa de lo implícito en el proceso de la comunicación, por lo cual explicaremos las estrategias indirectas de la enunciación y el trabajo de la interpretación de los enunciados por el receptor o enunciatario. De este modo, el significado irónico puede encontrarse en diferentes niveles del texto: en la narración; en la relación entre el narrador y el mundo narrado; en la interacción entre los personajes; a través de sus diálogos, y en la comunicación establecida entre el autor de la obra y su destinatario. No obstante, es determinante centrarnos en el primer nivel porque es el que más privilegia la novela. Para descifrar los significados implícitos, consagraremos una parte a las convenciones lingüísticas, de comportamiento social, referidas en los enunciados, al apoyarnos en el contexto de la enunciación y en las leyes que rigen el discurso de manera tácita. En palabras de Gómez Moriana:

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Toute formation discursive fonctionne en tant que pratique socialement acceptée à l’intérieur d’une communauté donnée, constituant de ce fait une organisation de signes verbaux socialement réglée […]. La communication littéraire n’échappe pas à cet ordre du discours (1985, 13).

Por su parte Foucault, al referirse a la producción de discurso afirma que está controlada por una serie de mecanismos de restricción (2013, 14) o tres principios fundamentales: tabú del objeto, ritual de la circunstancia y derecho exclusivo del sujeto a hacer uso del discurso. En cuanto al análisis de las inferencias, este se inspira en la teoría de las máximas conversacionales de Paul Grice (citado en Sperber y Wilson 1981), fundadas en el hecho de que la actividad discursiva supone una cooperación de sus participantes, no solamente para decodificar los enunciados desde el punto de vista semántico o sintáctico, sino para inferir el sentido que únicamente es posible por el acuerdo implícito, sea en el diálogo entre personajes, entre el narrador y del lector, o entre autor y lector implícito. Al apoyarnos en la noción de implicatura (Grice 1975) precisamos hasta qué punto los presupuestos tácitos permiten al locutor enunciar sin asumir completamente la responsabilidad de lo dicho. Del mismo modo, señalaremos de qué manera lo implícito está unido a ciertos principios y a un número de informaciones compartidas por los interlocutores en la comunicación. Al analizar los presupuestos como inferencias de los enunciados, insertos en eventuales contextos narrativos, explicaremos la diferencia entre los dos niveles del contenido: el literal y el transliteral. Para este cometido, reseñaremos, en las siguientes líneas, algunos conceptos fundamentales de la pragmática, pasos incipientes del desarrollo de la teoría de la enunciación, historia y análisis de ciertas modalidades lingüísticas que sustentan la lectura que proponemos.

1.1 Nociones teóricas de la pragmática lingüística

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A partir del momento en que comenzamos a idear la realización de un plan de investigación, requerimos del uso de nociones teóricas adecuadas al objeto de estudio. No obstante, sabemos que no se llega a estas por un simple planteamiento. Debemos partir, casi siempre, de un tema general hasta enfocarnos en un aspecto puntual ante el cual formulamos más tarde premisas. El objeto de estudio se construye en parte con la ayuda de un inventario crítico; una especie de recorrido sobre el tema de exploración, el cual debemos actualizar constantemente. En el caso de este estudio, el aparato teórico14 pertinente para el análisis del discurso narrativo y de sus modalidades abarca amplios apartados claramente definidos. Comenzaremos por las fuentes originales al tiempo que reseñaremos algunos trabajos recientes que se inspiran en las bases teóricas fundacionales. El primer apartado comprende una breve reseña sobre el desarrollo de la pragmática lingüística con el fin de ayudar al lector a comprender la evolución de la comunicación humana y su interpretación en relación con el haber cultural de los hablantes y lectores. El segundo refiere al concepto “enunciación” en el marco de los estudios del discurso (Bermúdez 2011, 253), el cual recoge, de manera sucinta, el paso de una lingüística que se ocupaba solo del mensaje a una que hace intervenir a usuarios de la comunicación. Asimismo, incluimos en el último acápite, un estudio específico sobre la ironía definida como modalidad de doble enunciación. Para llevar a efecto este recorrido, utilizaremos un criterio cronológico que permitirá señalar la progresión de las investigaciones sobre el concepto de enunciación desde la primera acepción que la concibe como puesta en funcionamiento de la lengua por un acto individual (Benveniste 1971). Los trabajos posteriores sobre una lingüística de la enunciación (Provost-Chauveau y Courdesses, 1971) refieren a un objeto fabricado, llamado enunciado, en el cual se insertan sujetos hablantes con sus correspondientes marcas enunciativas. Poco tiempo después Ducrot (1984) y Anscombre (1989) conciben la enunciación como actividad del lenguaje por quien habla en el momento en que habla, y por quien escucha en el momento en que escucha; además, enfatizan su carácter histórico dado que no se presenta de forma idéntica. Respecto a las definiciones del concepto de enunciación, citamos la clasificación de Kerbrat-Orecchioni (1980) sobre sus acepciones extensa y restringida, las cuales son pertinentes para desplegar el análisis del corpus.

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La primera de las acepciones mencionadas comprende las relaciones entre enunciado y elementos del contexto enunciativo. La segunda se interesa únicamente por el parámetro del locutor-scripteur, es decir, por las marcas lingüísticas de la presencia del locutor en el seno del enunciado que se definen, provisoriamente, como una clase de palabras y cuyo sentido varía de acuerdo con la situación. Destacamos, incluso, cómo el proceso discursivo se lleva a cabo con enunciadores que proporcionan información sobre la enunciación. Dicho de otra manera, estos se ocupan de la inserción del mensaje en la situación. Nos referimos a los términos que expresan impulsos, motivaciones y propósitos de los protagonistas de la enunciación. Por último, hacemos alusión a la teoría de los actos de habla de Searle (1969), así como al estudio de las acciones humanas de Austin (1962), que concibe al hecho lingüístico como un valor pragmático. La reseña que llevamos a cabo refiere de manera concreta al desarrollo de la pragmática lingüística a partir de la división del lenguaje en sintaxis, semántica y pragmática, propuesta por Morris en 1938 (citado en Bertolucci 1996, 280). No menos relevante es la contribución de algunos filósofos del lenguaje tales como R. Montague (1979), D. Wunderlich (1970), T. A. Dijk (1977), J. Habermas (1989) y H. Schnelle (1970). Efectivamente, estos han fomentado el progreso de los primeros modelos de análisis pragmático que han sido retomados en investigaciones recientes, como ya hemos apuntado, por su carácter fundacional. Entre sus aportaciones significativas destaca el concepto de competencia comunicativa. Al mismo tiempo, estos teóricos intentaron resolver las ambigüedades del proceso comunicativo y propiciaron la inclusión de la pragmática de la comunicación verbal en una de tipo textual. Cabe señalar que en este apartado apuntamos a la pragmática como disciplina empírica que intenta incluir factores culturales, aspectos cognitivos, psicológicos y sociales que determinan la estructura de la comunicación (Portolés 2004). A diferencia de la retórica, cuyo trabajo se centra en el arte de la persuasión desde el siglo IV a. C., y su trascendental influencia histórica, esta no fue concebida para analizar discursos que tomaran en cuenta el bagaje de los lectores. Es decir, la retórica no estudia cómo ciertos sujetos se comportan de manera eficaz y adecuada en una determinada comunidad de hablantes. En tal sentido, la pragmática vino a revolucionar el campo de los análisis textuales y conversacionales. Por ejemplo, distingue, con especial interés, aspectos claves como la contribución cultural de los agentes del discurso al acto de comunicación, bien sea oral o escrito (Gutiérrez 2002). Pese a su carácter experimental, tiene muy bien demarcadas sus relaciones con otras ciencias del lenguaje. Entre otros trabajos, citamos en tercer y último lugar los aportes de Berrendonner (1981), Reyes (1984; 1990), Ducrot (1984), Sperber y Wilson (1981) sobre el análisis de la ironía, desde la perspectiva pragmática, con el fin de oponerlos a la definición tradicional de ironía según la retórica, y demostrar que esta es una definición insostenible.

Explicaremos, finalmente, la definición de implicatura de Paul Grice, a través de algunos ejemplos clásicos propuestos por la investigadora Graciela Reyes (1990), cuya contribución teórica se revela esencial para el análisis de los enunciados. En las páginas siguientes estudiaremos en qué consiste la enunciación y de qué manera empleamos la lengua en una situación de comunicación precisa o en un texto escrito (Cantón 2012, 407). La enunciación abarca, como veremos, la totalidad de la situación lingüística y situación extralingüística en que se producen enunciados así como los factores que intervienen en su producción e interpretación.

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1.2 Inicios de la lingüística de la enunciación

La investigación documental es el ensamble de diferentes presupuestos teóricos, recursos y estrategias que permiten interpretar un objeto de estudio con el propósito de construir conocimiento. En este proceso, la revisión de teorías tiene gran preeminencia, pues responde a la pregunta sobre los antecedentes, al tiempo que estimula el uso de nuevos acercamientos. En este sentido, el aparato teórico que exponemos en las siguientes líneas es el que más se adapta a los objetivos planteados. Su contenido excede los ejemplos de las novelas seleccionadas pero hemos considerado importante exponerlo dada su utilidad en investigaciones posteriores. Como hemos aludido en la introducción, los textos pueden ser abordados a partir de varias problemáticas, puesto que poseen una estructura compleja y una gran riqueza lingüística. Sin embargo, en este apartado haremos un recorrido somero de lo que ha sido la teoría de enunciación a partir de un criterio cronológico que permitirá exponer los aportes ordenados y publicados desde 1970. En estas líneas, sintetizaremos las principales investigaciones en el campo de la pragmática lingüística desde sus inicios. De la misma forma, explicaremos cuáles han sido los aportes de la pragmática al estudio de la ironía.

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Encabezan la lista de estas contribuciones teóricas, los trabajos de Benveniste (1971; 1977) para tratar la enunciación como puesta en funcionamiento de la lengua por un acto de habla individual, es decir, por un locutor que se apropia del aparato formal para enunciar su posición a través de indicios específicos. A partir de ello, una serie de investigaciones comienzan a desarrollar una teoría de la comunicación con distintivas variables, entre las que destacan las voces de G. Provost-Chauveau (1971), Lucile Courdesses (1971), Simone Lecointre y Jean Le Galliot (1973), Kerbrat-Orecchioni (1980), Ducrot (1984), Anscombre (1989). En particular, G. Provost-Chauveau (1971) afirma que, según la lingüística de la enunciación, es necesario referirse a un objeto fabricado llamado enunciado, en el cual el sujeto hablante se inserta de manera permanente y, al mismo tiempo inserta al otro a través de marcas enunciativas. Por su parte, Lucile Courdesses (1971) expresa, en términos similares, que una vez que dejemos de considerar a la enunciación como acto de producción del enunciado, tendremos que descubrir sus leyes a partir del enunciado mismo, al interrogarnos sobre la existencia de estructuras específicas (elementos discretos y analizables que establezcan claramente la enunciación en el interior del enunciado). Por su parte, Simone Lecointre y Jean Le Galliot (1973) arguyen que lo importante es distinguir rigurosamente lo que se dice: el enunciado y la presencia del locutor en el interior de su propio discurso. Tres años más tarde, (1976) Anscombre y Ducrot conciben la enunciación como actividad del lenguaje ejercida por quien habla, en el momento preciso en el que habla pero, también por quien escucha y en el momento en el cual escucha. A esto agregan los investigadores que la enunciación tiene un carácter histórico, único, por tanto, no se reproduce dos veces de manera idéntica.

En 1980, Kerbrat Orecchioni, al referirse a la lingüística de la enunciación, plantea dos definiciones: una extensa y otra restringida. Según la definición extensa, esta tiene como objetivo describir relaciones existentes entre enunciado y diferentes elementos constitutivos del contexto, es decir, los protagonistas del discurso (emisor y destinatarios), la situación comunicativa (circunstancias espacio-temporales), junto a las condiciones generales de producción y recepción del mensaje, (naturaleza del canal y contexto sociohistórico). Sin embargo, de acuerdo con la definición restringida, la lingüística de la enunciación se interesa solamente por uno de los parámetros constitutivos del contexto: “Le locuteurscripteur”, el cual sigue reglas de cohesión y coherencia. Desde esta perspectiva, la autora considera los hechos enunciativos como indicios o huellas lingüísticas que señalan la presencia del locutor en el seno del enunciado, además de los lugares de inscripción y modalidades de existencia (a las que Benveniste (1971) ha llamado “la subjetividad del lenguaje”). Por el contrario, la problemática de la enunciación restringida consiste, según el criterio de Orecchioni, en el estudio de procesos lingüísticos (shifters, modalizadores, términos evaluativos) a través de los cuales el locutor imprime su marca en el enunciado, implícita o explícitamente. En otras palabras, es un intento de localización y reseña de unidades como indicios de inscripción del sujeto en el enunciado. El proceso discursivo de la enunciación se desarrolla al poner en juego una serie de recursos verbales llamados términos enunciadores. Con esta noción, aludimos aquí a “embragues” que tienen como función efectuar el “encastre del mensaje en la situación”. También pueden ser designadores como son los deícticos, tiempo y modo lógico de expresiones y que otras veces sirven de conectores como el modo verbal (Beristáin 1985). Estos se ocupan, por ejemplo, de la inserción del mensaje en la situación y su referente solo puede establecerse a través de interlocutores.

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Estas categorías están relacionadas con la persona gramatical, pronombres personales, demostrativos, adverbios de lugar y de tiempo. El uso de pronombres personales es determinante en la enunciación, porque con ellos el hablante se apropia del lenguaje al introducirse en su propio discurso y constituirse en un centro de referencia interna. Existen también otros enunciadores llamados “vectores existenciales” por Segre (Beristáin, ), mientras que Barthes (1966) y Todorov (1981) los identifican como verbos. Algunos de estos son: desear, comunicar, luchar, participar. La función de estos enunciadores, de acuerdo con Jakobson (1984), es revelar las relaciones entre los interlocutores. Vale decir que expresan impulsos y motivaciones, así como los propósitos de los protagonistas de la enunciación. En cuanto a la opinión de Greimas, los clasifica en ejes semánticos en su clásico texto Semántica estructural (1966). Por ejemplo: el eje del deseo (relación de querer, dada entre sujeto y objeto, que mediante la acción se convierte en hacer); de enunciación (entre destinador y destinatario, que se traduce en saber), y de lucha o participación (relación de poder, entre adyuvante y oponente). Beristáin (1985), en cambio, insiste en que las formas no verbales de enunciación se manifiestan en el estatus lógico de las oraciones (afirmativas, interrogativas, negativas, exclamativas) y evidencian el punto de vista del hablante con respecto al hecho enunciado. Para explicar lo que se quiere decir con el punto de vista, remitimos a la primera persona del singular de los verbos performativos, cuya enunciación describe una acción del locutor y, a la vez, equivale al cumplimiento de dicha acción: prometo/deduzco.

Estos verbos evidencian la actitud personal del sujeto de la enunciación. Según Searle (1969), lo mismo ocurre con otras modalidades como la aseveración e interrogación, cuando hacen notar el grado de compromiso contraído por el locutor al emitir enunciados performativos. Existe otro tipo de modalizadores con el mismo significado tales como frases exclamativas, adverbios de duda, de negación, de afirmación e interjecciones. Al respecto de estos, Benveniste (1971) afirma que el enunciador los utiliza para influir de algún modo en el comportamiento del interlocutor. Otras marcas, más retóricas que lingüísticas, pueden funcionar de manera similar, como el orden de los elementos en la construcción o las aliteraciones. Todos estos describen el punto de vista del hablante con respecto al hecho relatado y exhiben las emociones de la situación comunicativa. El estudio de los términos enunciadores permite identificar el discurso directo e indirecto: el primero, a través del diálogo, cuando el emisor repite textualmente un enunciado propio o ajeno pero, en ambos casos, están impregnados de implícitos que se complementan con el contexto, y el segundo, a través de la narración interpuesta entre personajes. Lo interesante es descubrir cuál de las voces predomina en el enunciado: la del narrador, la del locutor o la de sus personajes. El punto de vista del narrador y las estrategias de presentación del discurso son aspectos del proceso de la enunciación. Quien produce el enunciado lleva por nombre emisor, narrador o locutor, y quien lo recibe funge como receptor, lector u oyente. Por consiguiente, la interpretación del enunciado depende de cómo se presenta durante la enunciación, dado que este contiene indicaciones sobre el rol del receptor (Filinich 2012).

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Dentro de la teoría de la enunciación se estudian los actos de habla desarrollada por Searle y la teoría de las acciones humanas de Austin (1962), que conciben “la actividad lingüística como una práctica social” (Beristáin, 1985). Entre las modalidades estudiadas por Austin se encuentran: el acto locutivo, ilocutivo y perlocutivo. Se trata de actos que involucran el uso de la lengua natural y están sujetos a reglas convencionales y fundamentos pragmáticos. Los actos son diversos y tienen que ver con frases que utilizan los hablantes para pedir información, ofrecer, disculparse, expresar indiferencia, amenazar, invitar. Sin embargo, cada tipo acoge rasgos distintivos que detallamos a continuación. Por locutivo se entiende el acto de decir algo en cuanto decir algo, es hacer algo o enunciar conforme a reglas sintácticas, expresiones a las que se asigna un significado; mientras que ilocutivo consiste en decir algo que sea comprendido por el receptor y produzca en él un efecto de advertencia o consejo. Se trata de un acto del hablante que modifica la relación entre ambos interlocutores, por ejemplo: “prometo venir”. El perlocutivo, en cambio, constituye la consecuencia de la fuerza ilocutiva del enunciado al producir su efecto sobre el interlocutor. Todo acto discursivo comprende un aspecto locutivo y otro ilocutivo. Del mismo modo, forman parte del proceso de enunciación, según Benveniste, los verbos delocutivos, los cuales derivan de una locución de discurso y denotan actividades discursivas como saludar y felicitar, entre otras.

Details

Pages
184
ISBN (PDF)
9783631851920
ISBN (ePUB)
9783631851937
ISBN (MOBI)
9783631851944
ISBN (Book)
9783631830277
Language
Spanish
Publication date
2021 (May)
Published
Berlin, Bern, Bruxelles, New York, Oxford, Warszawa, Wien, 2021. 184 p.

Biographical notes

Adelso L. Yánez Leal (Author)

Adelso L. Yánez Leal es licenciado en letras de la Universidad del Zulia, Venezuela, máster en Estudios Hispánicos de University of Ottawa y Ph.D en literatura latinoamericana de Université de Montréal. Es autor de libros y artículos críticos sobre literaturas hispánicas. Actualmente es profesor e investigador de tiempo completo en University of Otago, en Nueva Zelanda.

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Title: Modalidades discursivas en el género del realismo social latinoamericano: estudio pragmático y socio-crítico