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La muerte y la máscara en Pablo Picasso

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Enrique Mallen

En 1901, deprimido por el suicidio de su íntimo amigo, Carles Casagemas, Picasso se sumerge en los lienzos austeros y melancólicos del Período Azul. Con sólo veintidós años de edad y desesperadamente pobre, decide restringir su paleta a colores predominantemente fríos, sugerentes de la nocturnidad, el misterio y la muerte. Su creciente obsesión con estos temas alcanza su punto culminante con La vie, un lienzo emblemático de la relación del pintor con la muerte, considerada una fuerza maléfica con la que uno debe enfrentarse mediante el poder del exorcismo que le ha sido otorgado como artista/chaman. Esta pintura se ha interpretado como una referencia al ciclo de la vida, existiendo en ella referencias autobiográficas inequívocas. Los bosquejos preliminares muestran sin la menor duda que la figura masculina es un autorretrato del artista. Picasso posteriormente reemplazaría su imagen con la de Casagemas. El crítico John Richardson ha sugerido que «al sustituir la imagen del suicida por la de un autorretrato, Picasso se conmemora a si mismo, disfrazado como el amigo muerto». Al igual que todas las máscaras, la que Picasso coloca sobre el propio rostro en La vie tiene una función metamórfica, revelando al mismo tiempo que oculta. En la carrera artística picassiana, la máscara se constituye en un objeto que de forma intencionada desestabiliza la identidad del sujeto: llevar una puesta, literal o simbólicamente, significa dejar de ser uno mismo; despojarse de ella supone mostrar una verdad potencialmente más profunda. El libro analiza el concepto de la máscara desde una perspectiva lacaniana y describe diferentes periodos en la carrera artística de Picasso con el fin de definir, en lo posible, la compleja personalidad del artista.

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CAPÍTULO 2

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El motivo más frecuente en los años en que Picasso ejecuta La vie [74] es el de los indigentes—mendigos ciegos o moribundos, con los que el artista se identifica. La descripción de su miseria se acentúa aún más por la austeridad de los dibujos, y por una paleta que queda restringida a los colores más sombríos. Es el lienzo de mayor tamaño que ejecutara el joven pintor en su Período Azul, llamado de esa forma por los tonos azules, fríos y melancóli- cos, que tenían la intención de reflejar el pesimismo social de la época, así como su propio desánimo y desesperación, y la constante presencia de la muerte. Puede decirse que esta obra es un resumen alegórico de esa visión descorazonada de la vida en aquellos momentos. A pesar de todas las cuali- dades pictóricas y simbólicas de La vie [74], ésta sigue siendo, en palabras de Alfred H. Barr, Jr., una obra “problemática,” cuyo enigma se negó a resolver el mismo artista. No obstante, aunque desafía una interpretación precisa, la carga emocional se transluce inequívocamente. En su contenido temático, la obra guarda cierto parecido con las alegorizaciones de la vida diaria que ha- bían puesto de moda el movimiento modernista catalán. El Modernismo era el equivalente catalán a una serie de tendencias artís- ticas de finales de siglo,...

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