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La muerte y la máscara en Pablo Picasso

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Enrique Mallen

En 1901, deprimido por el suicidio de su íntimo amigo, Carles Casagemas, Picasso se sumerge en los lienzos austeros y melancólicos del Período Azul. Con sólo veintidós años de edad y desesperadamente pobre, decide restringir su paleta a colores predominantemente fríos, sugerentes de la nocturnidad, el misterio y la muerte. Su creciente obsesión con estos temas alcanza su punto culminante con La vie, un lienzo emblemático de la relación del pintor con la muerte, considerada una fuerza maléfica con la que uno debe enfrentarse mediante el poder del exorcismo que le ha sido otorgado como artista/chaman. Esta pintura se ha interpretado como una referencia al ciclo de la vida, existiendo en ella referencias autobiográficas inequívocas. Los bosquejos preliminares muestran sin la menor duda que la figura masculina es un autorretrato del artista. Picasso posteriormente reemplazaría su imagen con la de Casagemas. El crítico John Richardson ha sugerido que «al sustituir la imagen del suicida por la de un autorretrato, Picasso se conmemora a si mismo, disfrazado como el amigo muerto». Al igual que todas las máscaras, la que Picasso coloca sobre el propio rostro en La vie tiene una función metamórfica, revelando al mismo tiempo que oculta. En la carrera artística picassiana, la máscara se constituye en un objeto que de forma intencionada desestabiliza la identidad del sujeto: llevar una puesta, literal o simbólicamente, significa dejar de ser uno mismo; despojarse de ella supone mostrar una verdad potencialmente más profunda. El libro analiza el concepto de la máscara desde una perspectiva lacaniana y describe diferentes periodos en la carrera artística de Picasso con el fin de definir, en lo posible, la compleja personalidad del artista.

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CAPÍTULO 13

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El 3 de mayo, su padre, Don José, fallece en Barcelona. Picasso viaja a la ciudad condal para participar en su funeral. A finales de junio de 1913, Eva cae enferma de anginas o bronquitis; y Picasso también. Al parecer ella jamás consigue recuperarse completamente. Sabemos por una carta que Max Jacob escribe a Apollinaire desde Céret el 2 de junio que Eva había estado enferma por algún tiempo. Los problemas de salud los fuerzan a volver a 242, boulevard Raspail en Paris el 20 de junio. En agosto, se mudan a una nueva residencia en 5bis, rue Schoelcher. Para la primavera de 1915, la salud de Eva sufre un mayor deterioro, y se la ingresa en un hospital de Auteuil en noviembre. Al mes siguiente, Picasso escribe a Gertrude Stein (que está en Mallorca): “Mi vida es un infierno. Eva está cada día más enferma. Voy al hospital y paso todo el tiempo en el metro ... Sin embargo, he hecho una obra de un Arlequín que, en mi opinión y la de muchos otros, es lo mejor que he hecho jamás. M. Rosenberg la tiene.” En 14 de diciembre, Eva fallece en el hospital. Un pequeño grupo de amigos, entre los que se encuentran Max Ja- cob y Juan Gris, acompaña a Picasso al cementerio. “El funeral fue una ce- remonia sencilla, con varios amigos españoles y franceses, ocho en total, que asistieron al entierro. Pablo...

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