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Las hablas rurales de Madrid

Etnotextos

Series:

Pilar García Mouton and Isabel Molina Martos

Este libro se enmarca en el Atlas Dialectal de Madrid (ADiM) [adim.cchs.csic.es], un atlas lingüístico español pensado para estudiar las hablas rurales de la Comunidad de Madrid, del que es un complemento. El volumen se abre con una caracterización de las hablas madrileñas, seguida de los etnotextos, que pueden escucharse en soporte audio y leerse en transcripción fonética enfrentada a su transliteración, lo que permitirá su uso con fines didácticos. El libro se cierra con un vocabulario que explica las palabras menos usuales de los textos. Los etnotextos parten de grabaciones hechas a los hablantes, hombres y mujeres, de más edad, que hacen de nexo entre los modos tradicionales de vida casi olvidados y los nuevos. Sus treinta y dos narraciones proporcionan materiales lingüísticos – sintaxis de la lengua oral, fonética y léxico en contexto – y aportan contenidos de valor etnográfico como las labores del campo: la trilla, la aceituna, el vino, la matanza; la caza; las tareas domésticas: lavar, la elaboración del queso o del pan; las fiestas: romerías, carnaval, bodas, aguinaldo, corroblas, etc.

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Sobre el léxico rural de Madrid

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Sobre el léxico rural de Madrid

Vitalidad y mortandad léxica en las hablas rurales de Madrid1

En los últimos cincuenta años la realidad ha cambiado considerablemente en los pueblos españoles, más aún en los que están cerca de una gran ciudad, como Madrid. Para las personas que actualmente superan los cincuenta años, la vida rural cotidiana ya no la mueven los mismos impulsos que movían la vida de sus padres, y eso se deja notar en su forma de hablar y en la cultura que se refleja en ella2. De ahí que, sabiendo que ya no formaban parte de su entorno actual, nuestros cuestionarios hayan mantenido algunas cuestiones que sirven de nexo entre una generación y otra. La generación de quienes tenían cuando los encuestamos más de sesenta años reúne unas características que la hacen conocedora –aunque en algún caso de modo pasivo– de una cultura que han perdido, pero que esos hablantes han llegado a vivir, y, al tiempo, los convierten en partícipes de la nueva cultura en la que se insertan sus hijos y sus nietos.

En el trabajo de campo los dialectólogos somos observadores de excepción de este cambio cultural y de cómo se refleja en la lengua, con la sensación de estar asistiendo a un proceso irreversible. A través de los datos de encuesta pretendemos un primer acercamiento para ver cómo se producen en el marco de este entorno –rural, pero influido por la gran ciudad– los procesos de mortandad léxica: sustitución, pérdida de referente u otras razones (Almeida Suárez y Carmelo Vidal 1996). No hay que insistir ← 35 | 36 → en que la lengua recogida en las entrevistas pertenece a variedades del castellano central y a su fonética.

Se ha hablado fundamentalmente de mortandad lingüística en casos de lenguas minorizadas, de lenguas en trance de desaparecer, pero también se ha destacado el hecho de que el del léxico es el campo más propenso a experimentar sustituciones de unas formas y abandono de otras (Medina López 2003). En este caso, se trata de sistemas lingüísticos –y específicamente léxicos– en contacto, pertenecientes a variedades castellanas, donde la lengua estándar, que es la lengua de la instrucción y de los medios de comunicación, permea la lengua local, la lengua de la tierra. No muere la lengua, pero a través de la muerte de algunas de sus palabras se puede ver hasta qué punto se pierde un léxico que reflejaba un modo de vida.

En geolingüística se utilizan varios procedimientos para recoger datos que se pueden agrupar en dos: la encuesta con cuestionario y la encuesta libre apoyada en una conversación dirigida o semidirigida, donde se consigue mucho léxico y más espontáneo, pero no se asegura la posibilidad de comparar los datos con los de otros lugares. En este caso, partimos de encuestas de corte tradicional, y, para hacerlas, elaboramos un cuestionario específico con un número elevado de preguntas comunes con las de cuestionarios de los atlas regionales españoles, razonables para el entorno de utilización, adecuados a estas necesidades3.

Para la parte léxica, se incluyeron unos campos determinados en el cuestionario para trabajar con la mujer (El cuerpo humano; Indumentaria; Plantas silvestres; Insectos, aves y otros animales; El cerdo; Otros animales domésticos; Harina y panificación; La vida doméstica; La familia. Etapas de la vida: Fiestas religiosas y creencias; Juegos) y otros complementarios en el destinado a trabajar con el hombre (El tiempo; Accidentes del terreno; Las labores del campo; La huerta. Árboles; El vino y el aceite; Las aves; Otros animales y la caza; La vida de los pastores; Los animales domésticos; Oficios; Juegos)4. ← 36 | 37 →

Procesos de cambio léxico

Palabras viejas, palabras nuevas

Muchas veces los hablantes son conscientes de que asisten a un proceso de sustitución léxica y hacen observaciones metalingüísticas a lo largo de la encuesta, especificando que una palabra es “vieja” o “antigua” frente a otra que etiquetan de “nueva”. En los atlas lingüísticos españoles la convención señala las primeras con un *asterisco, y las segundas con una especie de aspa voladita, que aquí representamos con +. Cualquier dialectólogo sabe que estas observaciones no deben tomarse al pie de la letra, porque para el informante están cargadas de connotaciones. Es verdad que suele tratarse de palabras antiguas, heredadas, tradicionales, pero ya no es tan cierto que sean “viejas”, que ya no se digan, porque los informantes las clasifican desde una falsa oposición entre palabra nueva = ‘palabra buena’ y palabra vieja = ‘palabra mala’.

En la mentalidad de los hablantes está arraigada la idea de que en los pueblos ahora se habla mejor, porque se habla más parecido a como se aprende en la escuela, a como se oye en la radio y en la televisión, a como hablan los de fuera… Por eso lo “antiguo” se desprecia muchas veces y, como causa vergüenza, se encubre (Catalán y Galmés 1946). Ante el prestigio de lo ajeno, de lo que viene de fuera, lo propio se identifica con lo antiguo y suena paleto. Entonces es frecuente sustituir moquero por pañuelo, zocato o zoco por zurdo, quijás ‘quijadas’ por mandíbula, quebráo ‘quebrado’ (se ha quebráo, se ha hecho quebráo) por herniáo ‘herniado’, sala o alcoba por dormitorio, dote por ajuar, casamiento por boda, bacín por orinal, etc. ← 37 | 38 →

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mapa 5. ADiM 408 herniado ← 38 | 39 →

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mapa 6. ADiM 828 dote ← 39 | 40 →

Esa predisposición a cambiar lo tradicional por lo nuevo envejece el léxico patrimonial un poco artificialmente y acelera –por contacto con otra variedad más prestigiosa– un proceso de sustitución lingüística activado por la voluntad de los hablantes. Estaríamos ante un caso de deslealtad que sigue ciertas etapas: comienza por un abandono relativo que inicia la decadencia léxica, y esta estigmatiza en poco tiempo determinadas palabras –de las que se pasa a tener un conocimiento casi pasivo–, para acabar desembocando en su franco desuso.

A lo largo de la encuesta, la percepción del informante de cómo quien pregunta valora lo patrimonial puede modificar su actitud inicial. De entrada, algunos informantes ponen empeño en mostrar sus conocimientos de la lengua estándar y, solo después de responder una serie de preguntas relacionadas con conceptos de la vida tradicional y observar interés por ellos, dejan aflorar voces locales.

En este aspecto, la competencia lingüística para evitar palabras que consideran estigmatizadas está más desarrollada en las mujeres que en los hombres. Son menos los hombres a los que puede resultar importante ocultar ciertas palabras o corregir su pronunciación. Ellas, en cambio, se corrigen mucho más, conocen mejor el léxico reciente y, en ocasiones, son capaces de contestar a la encuesta de una forma que podríamos calificar de “diglósica” (García Mouton 2003). Resulta sintomático que los cuestionarios trabajados con mujeres tengan muchos más asteriscos y aspas voladas que los hechos con hombres.

Sería el caso de nuestra informante de Cubas de la Sagra, que explicó que antes se decía *los agüelos para los pelillos que caen en la nuca, por ejemplo, los que se sueltan del moño, pero que ahora los llaman los pelos del cogote, un descriptivo sin más; que lo que ahora llaman trenza antes era *coleta; que lo que llamaban *las quijás ahora es la mandíbula; que el antiguo *miñique se dice meñique; que los huesos son las +articulaciones y el sobaco, la +asila; que llamaban *bigardo al vago y que una mentira era una *trola; que el pañuelo antes era el *moquero; que el alacrán o arraclán de toda la vida ahora se llama +escorpión; que el nidal ahora es el +ponedero, y la llueca, +clueca; que llaman +grieta a lo que antes era una raja; que se dice +ajuar a lo que siempre se llamó *el dote, y que las niñas juegan al avión y antes a ese juego lo llamaban la *tajuela. ← 40 | 41 →

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mapa 7. ADiM 359 mandíbula ← 41 | 42 →

En el mismo lugar, el hombre se limitó a señalar que desconocía los nombres de los cultivos que no había allí, de cuestiones de ganado o de apicultura, que tampoco había, los referidos a la elaboración del queso, etc., y solo para el concepto de ‘labrador’ explicó que antes se llamaba *gañán y ahora, + tractorista.

En Santa María de la Alameda, la mujer afirmó que mandíbula ha sustituido a *quijada, zurdo a *zocato, quiste a *golondrino, blanquear a *jalbegar, arder a *encandilar, mortero a *almirez, aborto a *movida y el equipo a *la ropita del recién nacido. En Robledo de Chavela, algunos cambios de palabras se relacionaron con cambios de costumbres: ‘encalar’ es blanquear o pintar pero antes, cuando se hacía con cal del campo, se decía *jalbegar. ← 42 | 43 →

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mapa 8. ADiM 700 encalar ← 43 | 44 →

En la Comunidad de Madrid asistimos a procesos innovadores motivados por cambios de vida generales. En pocos años, el ámbito rural se ha visto invadido por los femeninos profesionales, que suelen asumirse con naturalidad, de manera que jueza, doctora, alcaldesa, concejala, etc., se incorporan como palabras nuevas (García Mouton y Molina Martos 2016).

Como suele ocurrir, en la adopción de palabras nuevas transmitidas oralmente se dan deformaciones fonéticas, como bicida ‘herbicida’, mambú ‘bambú’, la amanti ‘la mantis’, cristalinas ‘nectarinas’.

Y a veces es la imagen la que crea nombres nuevos. En muchos sitios llaman caramelos a los carámbanos que cuelgan de los tejados cuando hiela, porque los niños los chupaban; por eso el informante de Buitrago de Lozoya los llamó pirulís y también chupachús.

Palabras mejores, palabras peores

Para los hablantes, las palabras que consideran “mejores” y “peores” tienen que ver con las que llaman “nuevas” y “viejas”, e indudablemente guardan relación con las percibidas como correctas o incorrectas (“mal dichas” y “bien dichas”). En ese sentido, los procesos de instrucción han causado estragos en las tradicionales tenaja frente a tinaja, piejo frente a piojo5, varraco frente a verraco, y han desterrado ante los forasteros formas mal vistas y consideradas antiguas, como riyera, trujo, goler, irutar, etc., vivas aún y con cierto uso, pero estigmatizadas. La informante de Mangirón dijo que antes se decía *sandijuelas y ahora +sanguijuelas; que la molleja antes era *cantijera; el orinal, *bacín; el jamón, *pernil; el dormitorio, *la alcoba; el bosillo (sic), *faltiquera, si bien explicó que eran distintos; y añadió que sus hijas “la reprenden” cuando llama *postilla a lo que ellas llaman +costra. Para ella, las palabras nuevas son palabras mejores. ← 44 | 45 →

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mapa 9. ADiM 585 jamón ← 45 | 46 →

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mapa 10. ADiM 605 molleja ← 46 | 47 →

El peso del tabú funciona en el lenguaje femenino relacionado con la sexualidad y la fertilidad, de manera que pone en marcha un mecanismo eufemístico para dignificar un léxico por el que antes se consideraba inadecuado preguntar en los cuestionarios6.

Para el concepto de ‘embarazo’ la primera respuesta suele ser estar embarazada, +en estado, una sola vez estar encinta. Muchas veces, como tercera o segunda respuesta, aparece preñá, preñada, que las informantes califican de palabra antigua o fea e incluso afirman que solo se emplea para las hembras de los animales. En cambio, siempre surge en la conversación espontánea. ← 47 | 48 →

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mapa 11. ADiM 836 estar embarazada ← 48 | 49 →

Algo semejante ocurre con el concepto de ‘parir’, para el que suelen contestar dar a luz, y después parir, palabra que, según los sitios, dicen que es “nueva” o “vieja”, que solo la utilizan las comadronas, pero que también se oye en conversación y no solo referida a las hembras de los animales. Para ‘dar de mamar’, la primera respuesta es dar la teta, aunque también dar de mamar y dar el pecho. Y, aunque aborto ya es voz muy general, en algunos lugares convive con *movida (Robledondo) o con malparto (Cenicientos) y, en Mangirón, se dice también que se ha ahorráo. En otro orden de cosas, las mujeres prefieren mamas –que consideran mejor, porque es palabra que viene del entorno médico–, senos o pechos a la tradicional tetas, que les parece forma masculina y vulgar, pero que ellas también usan habitualmente, aunque no lo reconozcan. ← 49 | 50 →

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mapa 12. ADiM 839 aborto ← 50 | 51 →

El campo referido a los ‘genitales’ proporciona una serie de formas que mezclan palabras neutras nuevas, como pene o vagina, con eufemismos generales, del tipo de genitales, que vienen a acompañar a los tradicionales sus partes y mis partes, y a otras muchas formas que las informantes no consideran ni viejas ni nuevas, sino vulgares.

Un caso especial, relacionado con los genitales, es el del nombre del insecto al que llaman tijereta, la Forficula auricularia, que suele recibir nombres un poco subidos de tono que generan, a su vez, eufemismos: cortapicos en Alalpardo, pero cortapichas en Buitrago; cortapichas y tijereta en Lozoya del Valle; cortapicos y cortapichas en Meco; cortapichas y cortatijeras en Navacerrada; en Robledondo, cortapichas, aunque la informante señaló como nueva y mejor la forma tijeretes; en San Martín de Valdeiglesias, cortapichas, aunque la informante consideraba mejor cortacandiles; en Valdemorillo, cortapichas y cortatijeras, etc. (García Mouton, en prensa).

También los términos que tienen que ver con ciertas zonas del cuerpo, o con funciones orgánicas, propician la incorporación de palabras “nuevas” como glúteos, glútios frente al tradicional las mollas del culo, y la generalización de ano por culo o *agujero del culo.

En un campo parecido, se considera palabra más fina devolver que gomitar, corregido en vomitar en Buitrago; la informante de Mangirón apuntó que *gomitar era antigua y +devolver, nueva; en Navacerrada devolver se señaló como palabra mejor que vomitar. La informante de Meco, como tantas otras, dijo que asila es mejor palabra que sobaco.

Por otra parte, existen conceptos o costumbres, muy marcados antes, que no se consideran políticamente correctos, de ahí que muchos informantes eviten incluso la referencia a los nombres antiguos. Por ejemplo, prácticamente no se han recogido respuestas para la cuestión ‘hijo ilegítimo’. La informante de Robledo de Chavela dijo no conocer la palabra, pero en conversación utilizó enclusero. Tampoco se obtuvieron respuestas para ‘hijo tardío’.

Aunque nadie ignora en qué consistía la cencerrada, no se trata de una costumbre bien vista y las informantes suelen decir que en el pueblo ya no se hacen y no le dan nombre. Como reflejo del cambio de mentalidad, tampoco les resultó cómodo hablar de conceptos como el ‘mal de ojo’, las ‘brujas’ y los ‘amuletos’, porque es evidente que existe un desapego consciente de este tipo de temas. Y curiosamente también les incomodó contestar sobre los nombres del diablo: la informante de Robledo de Chavela no lo nombró, pero lo definió como el jefe del infierno. ← 51 | 52 →

En cierto modo se pueden considerar eufemismos sociales los que se han puesto en circulación en las últimas décadas para sustituir palabras como vieja, viejo o los tradicionales abuelo, abuela, señor fulano, señora fulana, tío fulano, por otras nuevas, pretendidamente más amables, como anciana, anciano, mayor, señor mayor, viejecita, etc. También se señala como moda nueva el uso de +yayo, en lugar de abuelo, agüelo, que la informante de Mangirón calificó de “tonterías de esas finas”.

Las palabras y la desaparición de las cosas7

La lengua se resiente de la desaparición de las cosas, porque ya no hay molinos que muelan el grano, ni hornos caseros para hacer el pan, ni alfarería, ni telares. El campo aún conserva el recuerdo –y a veces las piezas testigo– de carros, carretas, arados, etc., pero ya no forman parte de la vida de todos los días. Por eso, lo normal es que las personas de la generación que estudiamos todavía las sepan nombrar, aunque hay que reconocer que no todas. Y, en ese sentido, resultan especialmente llamativos los vacíos léxicos que se dan en los cuestionarios de los hombres. La explicación es que ya no viven, como antes, en contacto productivo con su entorno.

Es cierto que siempre han quedado espacios en blanco en cualquier cuestionario: en unos pueblos no había colmenas, en otros no se daban los olivos, algunos no eran ganaderos y otros eran de secano, así que allí no se cortaba hierba. Pero hoy la vida ya no depende en muchos de ellos del ganado, ni de la agricultura, ni de la apicultura, de modo que las palabras se arrumban con las cosas. Como ya no hay necesidad de un lugar para guardar la paja, el ‘pajar’ para nuestro informante de Robledo de Chavela lo mismo podía ser la cuadra que el almacén o la nave. Antes había que *segar, ahora hay que cosechar (Meco); el instrumento para aventar, la *horca, se ha sustituido por una máquina para aventar (Lozoya), y *basura, la antigua forma para ‘abono’, hoy es nitrato o abono (Meco). ← 52 | 53 →

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mapa 13. ADiM 1098 abono ← 53 | 54 →

Donde siempre se repite la misma situación es en los nombres de la ropa, sobre todo en los referidos a la ropa interior femenina, ya que en los últimos cincuenta años se ha pasado de usar ‘enaguas’ *enagua (Cubas, Alalpardo, Lozoya), *senaguas (Cerceda), *las enaguas (Navacerrada, Patones de Abajo, Robledondo, San Martín de Valdeiglesias) a *viso (Alalpardo), combinación (Cerceda, Cubas, Lozoya, Robledondo) y a no usar nada. Sujetador ha sustituido como palabra nueva general a *sostén, la prenda que llamaban *sustén en Valdemorillo y *las aguaderas en Buitrago. ← 54 | 55 →

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mapa 14. ADiM 470 enaguas ← 55 | 56 →

Una sustitución muy extendida en los nombres de la ropa masculina es la de +americana por *chaqueta. También se han producido grandes cambios en la forma de vestir a los niños pequeños, y a ellos va unido un olvido léxico general, que da cabida a la nueva forma de vestir con sus nombres, como han desaparecido casi todos los ingenios antiguos para que el niño aprendiese a andar: el antiguo carretón sustituido por los andadores en Robledondo, el *andador, por el +tacatá en Carabaña, las varillas por el tacatá en Valdemorillo, la *carretilla, también por el tacatá en Meco, las antiguas *andaderas en Alalpardo. ← 56 | 57 →

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mapa 15. ADiM 686 andaderas ← 57 | 58 →

Más llamativo –y sintomático de una actitud proclive a incorporar lo más reciente– es que la informante de Cerceda, de casi setenta años, considerase antigua la palabra velatorio y la cambiase por una nueva, tanatorio, lo mismo que diera, como respuesta a la cuestión sobre cómo se llama la fiesta de Todos los Santos, Jalogüín, tal como suena.

También las casas han cambiado y los informantes apuntan para ‘desván’ que cámaras ya no hay, que lo que hay ahora son guardillas, distintas y nuevas (Alalpardo), lo mismo que en Robledondo, donde señalan como antiguos *dobláo y sobráo. Y, como testimonio del reflejo de otro cambio, podemos apuntar que el informante de Mangirón llamó la plaza al ‘mercado’ y dijo que ahora era el “mercadillo, porque no hay mercáo”.

Las palabras y el alejamiento de la naturaleza y de las cosas

Al margen de los estragos que ha causado la urbanización generalizada, en el campo siguen viviendo casi las mismas plantas, los mismos árboles, los mismos insectos y los mismos animales que conocieron los abuelos de nuestros informantes. Y, sin embargo, también son “cosas” desaparecidas para muchos hablantes, desaparecidas para ellos porque no las ven, no las identifican y, por tanto, no las nombran. El desarraigo del medio no viene solo del despego del hablante, también del cambio cultural que desvía su atención hacia otras cosas. Antes era normal que no hubiera ciertos pájaros o ciertos árboles en el pueblo, pero el resto se conocía y se llamaba por su nombre.

Conceptos fundamentales para el agricultor, y a los que respondían con seguridad, como ‘arreboles’, ‘las cabañuelas’, ‘luna nueva’, ‘osa mayor’, ‘vía láctea’, ‘solana’ o ‘umbría’, ‘huevo huero’, hembra ‘horra’, ‘enjundia’ de las gallinas, ‘duelas’ del tonel, nombres de pájaros, de plantas, de animales, ya no tienen nombre, aunque se recuerde el concepto. Es frecuente que los informantes contesten a las cuestiones con un término general o descriptivo, pero que hayan perdido la competencia sobre las denominaciones concretas: nuestro informante de Cerceda llamó la sombra a la ‘umbría’ y la parte del sol a la ‘solana’, otros llamaron tablas a las ‘duelas’ del tonel, montón a la ‘hacina’, palito al ‘escobajo’ del racimo, granitos a las ‘pepitas’ de la uva, etc. Llama la atención cuántos hombres de campo ← 58 | 59 → mayores desconocían los nombres de los ‘arreboles’8, fundamentales antes para pronosticar el tiempo que iba a hacer; por eso, aunque el informante de Mangirón ya no conocía el nombre, recordaba que “cuando están rojas las nubes, va a hacer frío”, y los de Navacerrada y Robledo de Chavela, que tampoco les dieron nombre, afirmaron que, cuando los hay, “va a hacer aire”, lo mismo que el de Patones de Abajo sentenció que los arreboles “barruntan fríos, nieblas de frío, el crepúsculo del anochecer”. Todo está relacionado con los cambio económicos: si el campo ya no es la fuente de ingresos ni la única experiencia de vida, el lenguaje ligado a él ya no tiene la misma función y poco a poco va cayendo en desuso.

Son los mismos procesos extrapolables que se dan en otras partes, quizá intensificados en estas comunidades por su cercanía a Madrid. ¿Se llegará a esa situación tan de ciudad en la que muchos niños solo saben que hay pájaros, bichos, árboles y plantas? Si en el campo ya no se depende del campo, si no se mira al cielo para ver si va a llover, ni se atiende a los pájaros, ni a los demás animales, ¿los cuestionarios se quedarán obsoletos? De momento sobreviven sorprendentemente las creencias, los dichos, el recuerdo de las tradiciones. Después quizá se pierdan los nexos, como en el caso de la informante de Cenicientos, que no sabía cómo llamar a la ‘enjundia’, las grasas de la gallina, pero recordó como nombre antiguo *las paperas, porque se les ponían calientes a los enfermos de paperas, o el de la informante de Mangirón que, aunque no se acordaba del nombre de la ‘mantis’, sabía que “decían que da calentura si se te posa”.

Léxico popular en el Atlas Dialectal de Madrid (ADiM)9

Analizamos aquí, a través de unos mapas referidos a ciertas características del cuerpo humano, cómo se comporta el léxico en las localidades rurales de Madrid. Aunque se trata de una zona presionada por la lengua urbana, en la que el contacto con la norma es evidente, los mapas muestran la pervivencia de un léxico popular propio. Y estos mapas vuelven a poner ← 59 | 60 → de manifiesto, a pesar de lo reducido del territorio, el valor de un atlas de pequeño dominio siempre que esté bien contextualizado, como demostramos a la hora de estudiar procesos fónicos en marcha (Molina Martos 2011; García Mouton y Molina Martos 2012; Molina Martos 2013), la vitalidad y la mortandad léxica10 o el valor de las actitudes lingüísticas de los informantes (García Mouton 2011).

Zurdo (ADiM 370)

El triunfo de una voz políticamente correcta

El mapa recoge respuestas en los dieciséis puntos madrileños: casi todos coinciden en zurdo, salvo Cenicientos (M14) que contesta solo choco, voz que vuelve a aparecer un poco más al norte (M11) como primera respuesta, junto a zurdo. En M1, 2, 4–7, 13, 16, zurdo es la única respuesta; en M3, 8, 15 es la primera y en M9–12, la segunda respuesta. En M3 la segunda respuesta es zoco. Zocato es primera respuesta en M9, 10, 12 y segunda en M8, 15. Desde el punto de vista geográfico, resulta evidente que el sur conserva más variedad léxica que el norte11. ← 60 | 61 →

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mapa 16. ADiM 370 zurdo ← 61 | 62 →

Zurdo es hoy claramente la voz general, mientras que zoco, zocato y choco –esta última, occidental– perviven junto a ella. Y decimos perviven, porque son formas percibidas como propias de la localidad, pero ajenas a la lengua culta.

Para valorar adecuadamente estas respuestas hay que considerar que el concepto por el que se preguntó ha cambiado mucho en poco tiempo. De ser algo absolutamente negativo, ha experimentado un proceso de “limpieza” cultural, por el que la zurdez ha dejado de perseguirse en la enseñanza, ya no es vista socialmente como algo que hay que corregir y poco a poco va desprendiéndose de los prejuicios de siglos que se mantienen muchas veces en el medio rural. Aun así, tres informantes hicieron referencia a que a los zurdos no los dejan serlo (M6) o a que antes les ataban la mano y les pegaban si usaban la mano izquierda (M14).

La Real Academia Española afirma que zurdo, zurda tiene origen prerromano. Apoyándose en Michelena, Corominas cree obligado suponer “que zurdo se tomara del vasco en la Edad Media y no del protovasco o el ibero. Esto ya sería probable de todos modos, pues el concepto de ‘izquierdo’ es de los que cambian de nombre continuamente a causa de las interdicciones de que son objeto las palabras de mal agüero. Está claro que zurdo es menos antiguo que izquierdo en romance12. En definitiva, es sumamente probable que tengamos ahí una evolución romance de ese vasco zurr ‘grosero, vil’.” Y s. v. zurdo dice antes: “probablemente de una voz prerromana afín a estas palabras vascas: las palabras que significan ‘zurdo’ suelen partir de la idea de ‘grosero’, ‘torpe’, por la inhabilidad que se atribuye al zurdo.”

La palabra zurdo, propia de la lengua normativa, se rodea en los últimos años de un halo de normalidad y asepsia que las demás denominaciones –zoco, zocato, choco– no tienen. Estas, por el mismo hecho de ser voces cercanas y locales, conservan las connotaciones peyorativas tradicionales vinculadas al uso predominante de la parte izquierda del cuerpo. De hecho, zocato funciona como sinónimo de zurdo y se usa también como mote o apodo e incluso como insulto, por eso el diccionario académico lo califica de adjetivo coloquial que se emplea también como sustantivo, lo mismo que zoco. Estas voces tienen semas negativos relacionados con la supuesta torpeza de los zurdos, a los que también se considera portadores ← 62 | 63 → de mala suerte (Herrero García 1925: 169–173). Ambas proceden de zoquete que, de designar un trozo de madera o de pan grueso que no sirve para nada, pasó a aplicarse a la persona poco hábil o poco inteligente. Para Corominas puede estar relacionado con el árabe suqât “en el sentido de ‘(dátil) que se cae sin madurar’ […]; la ac. ‘zurdo’ [Acad. 1884, no 1817] es aplicación figurada de la ac. anterior, comparable a las numerosas denominaciones de ‘izquierdo’, que significan algo ‘imperfecto’ en general”. Zoco sería, pues, una forma falsamente regresiva.

Joroba, Jorobado (ADiM 389, 390)

Eufemismos encadenados

En los mapas de joroba y jorobado conviven dos formas principales. Para referirse a la deformidad o prominencia en la espalda de una persona contrahecha (mapa 389), en Madrid se dice mayoritariamente chepa13 y esporádicamente joroba. Además, se registra una forma aislada, maleta14, metáfora de carácter jocoso que se documenta también en las hablas castellanas y andaluzas. Para nombrar a la persona que tiene el defecto (mapa 390) se emplean las mismas variantes léxicas: jorobado y chepudo, cheposo, chepina, chepita, chepa15. ← 63 | 64 →

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mapa 17. ADiM 389 joroba ← 64 | 65 →

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mapa 18. ADiM 390 jorobado ← 65 | 66 →

En los dos mapas, la familia de chepa se impone a la de joroba, especialmente en el caso del sustantivo. En general, se emplean como sinónimos, pero en algunos lugares y para algunos hablantes la joroba es un abultamiento más grande que la chepa16.

Para interpretar la presencia de estas voces en Madrid, se ha repasado su distribución en el contexto de la geografía española, donde joroba y chepa, junto a giba, son también las familias léxicas principales. Chepa es la forma más general en las hablas castellanas. Se extiende por el norte y el centro de la península, unas veces en alternancia con giba, que es voz oriental, otras con joroba, la más común en Andalucía. La compacta presencia de joroba en toda la región occidental andaluza, más difusa en las dos Castillas, Madrid y Santander17, hacen pensar en un origen meridional de esta forma. Esta suposición se ve apoyada por el hecho de que joroba proceda del hispanoárabe hadúbba o hudûba, variantes del árabe clásico hádaba. Se trata de un arabismo andaluz (Garulo 1983: 250–1) que no se incorporó al castellano común hasta el s. XVII, probablemente por su baja consideración social (DCECH). Corominas y Pascual consideran que podría tratarse de un arabismo propio primitivamente de los judíos, que ellos trasmitieran a la germanía y desde esta llegara al castellano familiar, y señalan que hoy es la palabra de uso general, tanto social como geográficamente, pero los datos de los atlas lingüísticos contradicen esta hipótesis, pues, con excepción de Andalucía, la voz dominante en el resto de la geografía peninsular es chepa.

Chepa, del aragonés chepa, y este a su vez del lat. GIBBA, también es una voz de introducción tardía, más antigua en las hablas castellanas que joroba. Ambas voces debieron coexistir con córcova y corcovado, del latín hispánico CURCUVUS ‘encorvado’, de formación incierta, probable reduplicación del lat. CURVUS (DCECH), que tanto Covarrubias como Autoridades dan como la forma más común en los siglos XVII y XVIII, finalmente desplazada por las familias de joroba, chepa y giba. Posiblemente, la necesidad de evitar mencionar una realidad penosa como esta explique ← 66 | 67 → el desplazamiento de córcorva18 y la tardía incorporación de las otras voces populares en una sucesión de eufemismos encadenados.

Este es también el caso del latinismo giba, introducido en la lengua castellana como eufemismo con posterioridad a joroba y chepa. Su distribución es nororiental, con una gran concentración de la voz en el norte de Aragón, Navarra y la Rioja, que continúa por Santander hasta el este de Castilla-León, y por el oriente peninsular desciende hasta Andalucía, donde vuelve a encontrarse en Jaén, Granada y Almería19.

El sustantivo chepa se utilizó antes que el adjetivo para referirse, primero, a la persona jorobada (el chepa) y, después, a la propia deformidad, probablemente, como en el caso de giboso, para evitar expresiones humillantes. Con el tiempo, estas formas han perdido su carácter eufemístico hasta llegar a ser tan ofensivas como aquellas a las que habían desplazado.

La necesidad social de generar voces eufemísticas explicaría la diversidad de variantes que, junto a las tres voces principales, se documentan en los atlas regionales, en general soluciones metafóricas como zurrón, maleta, capacha, jaula, morral, melón o mochila que, especialmente en Andalucía, forman áreas compactas20. Señala Corominas que estas comparaciones, sobre todo en voces antiguas y de arraigo, no suelen ser primarias en el proceso de sustitución, pues no expresan la motivación primera, que se encuentra más comúnmente en la idea de curvatura o de bulto, como en corcova, giba, joroba o chepa, todas ellas posiblemente anteriores a las voces de origen metafórico.

En suma, lo que muestran los mapas de Madrid es una pieza del mosaico de voces que se han ido superponiendo y desplazando a lo largo de la historia de las hablas castellanas, en un proceso de sustitución eufemístico que pretende atenuar la evocación penosa de una deformidad física y de la persona que la padece. ← 67 | 68 →

Mejilla (ADiM 315)

La convivencia de voces patrimoniales

En Madrid, para nombrar la ‘mejilla’, la parte más carnosa de la cara, se recogen cuatro formas léxicas, ordenadas así por frecuencia de uso: carrillos, mejillas, mofletes y pómulos. Carrillos y mejillas son las dos variantes principales; la primera se recogió en once de los dieciséis pueblos encuestados21, alternando al sur y al este de la provincia con mejillas, mofletes y pómulos. ← 68 | 69 →

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mapa 19. ADiM 315 mejillas ← 69 | 70 →

Estas cuatro formas son comunes al resto de las hablas castellanas y andaluzas22, donde carrillos es siempre la voz más frecuente; mejillas, mucho más escasa, también se registra en todas las regiones; y mofletes23, de distribución aparentemente oriental, es frecuente en Castilla-La Mancha. Por último, pómulos24 apenas se registra en el norte y está ausente del centro y del sur peninsulares.

La voz más común, carrillos, es de origen incierto, posiblemente derivada de carro. Como antiguamente significó ‘quijada’, tal vez sea diminutivo de carro por el movimiento de vaivén de las quijadas al masticar. Carrillos, como mejillas (del lat. MAXILLA ‘quijada’), son voces patrimoniales, documentadas en castellano al menos desde el s. XIII y con una amplia presencia en todas las regiones (DCECH).

La alternancia de mejillas con carrillos en la provincia de Madrid, podría hacer pensar en una influencia de la lengua normativa irradiada desde la capital, donde mejillas tiene ecos de voz culta y se percibe como parte de la lengua estándar. Sin embargo, el cotejo de nuestro mapa con la geografía lingüística de otras regiones desmonta esta suposición al documentar mejillas como voz popular prácticamente en toda la geografía castellana. La presencia de ambas formas patrimoniales en la documentación desde los orígenes del idioma testimonia lo antiguo de esta convivencia.

Meñique (ADiM 377)

La pervivencia de vacilaciones medievales

Este mapa, que estudia los nombres del dedo más pequeño, no obtuvo la respuesta esperable en tres localidades: en M9 la informante no conocía ← 70 | 71 → un nombre concreto para él y en M6, 10 la respuesta fue pulgar, nombre habitual del dedo opuesto, el más grueso, si bien la informante de M10 dudó al contestar. Esto indica que, como ocurre en otras zonas, no todos los dedos tienen un nombre popular generalizado. Las informantes conocían la canción de los dedos que se suele cantar a los niños chicos, pero en ella no se nombran, se enumeran: “Este fue por leña, este…” y acaba con que “el pícaro gordo”, “el gordito” o bien “el dedillo”, “el chiquitín”, se lo come todo. ← 71 | 72 →

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mapa 20. ADiM 377 meñique ← 72 | 73 →

La informante de Carabaña (M13) fue la única que llamó pijín al meñique25, forma que alude sin duda a la costumbre amanerada, anticuada y cursi de coger el vaso o la taza con el dedo meñique estirado como signo de presunta finura. El sufijo -ín es afectivo y acorde al tamaño del dedo, que suele recibir diminutivos.

El resto de denominaciones podría englobarse bajo el normativo meñique, para el que el diccionario académico resume así la etimología propuesta por Corominas y Pascual: “Cruce de menino, niño, y mermellique o *margarique, vars. de margarite, procedentes del fr. ant. margariz, renegado, traidor, papel a veces atribuido a este dedo en dichos y consejas).”26. El artículo del DCECH basa su argumentación en muchas formas dialectales, entre las que destacan por su frecuencia las no palatalizadas, aunque en el diccionario académico solo figure menique como adjetivo desusado.

El mismo Covarrubias definía menique como “El dedo pequeño de la mano”, lo que implica no solo la existencia de estas formas sin palatal, sino su altura lingüística en el s. XVII. Y Corominas se planteaba si no sería una errata por meñique, apoyándose en su localización en el diccionario, ya que aparece entre las entradas de menudo y de meollo. Sin embargo, nuestros ejemplos madrileños apoyan que no tendría por qué serlo27. En M8, 12, 14 encontramos minique, y en M11 meniqui, menique, todos puntos más bien al sur. M2 y 3 respondieron miñiqui; M1 y 5, miñique, aunque la informante de M15 la dio como anticuada junto a la normativa meñique que, en realidad, solo documentamos en cuatro de los dieciséis puntos (M4, 7, 15, 16). Podríamos interpretar los resultados de este mapa de la siguiente manera: meñique probablemente sea la palabra que se aprende en la escuela actual, pero no es la patrimonial y, por otra parte, resulta llamativa la vitalidad, en localidades tan cercanas a la capital, de las formas sin palatal y la conservación del vocalismo átono vacilante. ← 73 | 74 →

Sobaco (ADiM 395)

Innovación léxica junto a léxico patrimonial connotado

“Concavidad que forma el arranque del brazo con el cuerpo” es la definición que el diccionario académico da para sobaco, palabra de origen incierto, la tradicional para referirse a esa parte del cuerpo en la Comunidad de Madrid y la general, por otra parte, en español peninsular28. Por eso no extraña que sea contestación común a todos los puntos de encuesta. ← 74 | 75 →

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mapa 21. ADiM 395 sobaco ← 75 | 76 →

Sin embargo, aparte de su contundencia fonética, sobaco es una palabra connotada. Por la localización del recodo al que nombra, se relaciona con el vello y el mal olor corporal, de ahí que sea frecuente referirse a él negativamente. Entra así en la serie de palabras relacionadas con el cuerpo humano sujetas a cambios léxicos que desencadena el eufemismo encubridor. En este caso, hace relativamente poco tiempo –la primera documentación de la voz en el DCECH es de 1871– que, para dignificarla, se recurre al latinismo axila, tomado del lenguaje médico y popularizado en la segunda mitad del siglo pasado a través de la publicidad de cosméticos, en la que resulta obvio que nadie se depila el sobaco ni se pone desodorante en el sobaco; hay que referirse siempre a la axila o las axilas29.

Esta convivencia léxica un poco hipócrita que establece una sinonimia a dos niveles, diferentes según el grado de formalidad, empieza a dejarse sentir en nuestra área lingüística, algo bastante normal considerando que nuestro mapa recoge respuestas de mujeres mayores pero, aun así, hablantes proclives a este tipo de sustitución léxica. Todas contestaron sobaco, pero en nueve de los dieciséis puntos, acompañado de axila. De hecho, en M5, 6, 8, 13, la primera respuesta fue axila; en M6, 8 aclararon que esta era la palabra más fina, y sobaco, la menos fina y la más antigua respectivamente. En M5 la informante contestó axila, sobaco; en M14, 16 axila se dio como forma nueva, y, además, más fina en M15. En M1, 3, 16 las informantes advirtieron que, de todas formas, en realidad se decía mucho más sobaco. Y en M4, 7, 9, 10, 11, 12 contestaron solo sobaco. Evidentemente las localidades más occidentales de la mitad sur se manifestaron más conservadoras y resistentes a las presiones de la lengua general.

Pechos (ADiM 706)

Permanencia de la voz popular

Otro mapa que reúne denominaciones relacionadas con términos que, hasta cierto punto, se relacionan con el tabú, es el que se refiere a los pechos de ← 76 | 77 → la mujer. Es conocido que, en este caso, existen términos que se consideran vulgares; otros, coloquiales, y otros, más finos. Nuestros cuestionarios se llenan, en casos como este, de flechas que indican si, en opinión de las informantes, una palabra resulta “baja” (flecha hacia abajo) o si es lo suficientemente aséptica para considerarse apropiada en un contexto formal (flecha hacia arriba). La amplia sinonimia con indicaciones de altura social que acompaña a estas respuestas muestra el grado de incomodidad que las hablantes manifestaron ante una pregunta de este tipo, incluso cuando la hacía otra mujer que advirtió de antemano que sabía que hay formas que ellas nunca dirían, pero otros hablantes de la localidad sí, lo que facilitaba hasta cierto punto la diversificación de las distintas respuestas. ← 77 | 78 →

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mapa 22. ADiM 393 pechos ← 78 | 79 →

La respuesta general básica es tetas en todos los puntos, salvo en M3: única respuesta en M4, 10, 11, 13, 15; en M2, 8, 9, 12, 14, 16 alterna con otros nombres que se marcan como más finos, mientras que se considera expresamente voz “baja” en M1, 6, 7. También se da como sinónimo poco fino la ubre, tercera respuesta en M3, donde la informante añadió “se usa poco”, y en M12. En estos casos, lo que hace groseras estas palabras es el hecho de que se use la misma para las mujeres y para las hembras del resto de mamíferos, especialmente ubre30.

La denominación más aséptica es pechos31 (M1, 2, 3, 6, 7), marcada expresamente como culta en M9, 12, lo mismo que el genérico pecho en M8. Mama, que la Academia apunta como propia del léxico de la Anatomía, se da como sinónimo –sin duda por influencia de las expresiones médicas revisión de mama, cáncer de mama, etc.– en M3, 5, 6, 7 (en este último caso la informante advirtió que la consideraba voz culta). Y finalmente, como voz refinada, siempre señalada así por las hablantes, senos en M1, 8, 12, 16. El DCECH la considera “grosero galicismo” y afirma que no es rara en el s. XIX y que, a mediados del XX, “pulula en América”.

En contraposición con estos eufemismos, aparecen otros que tienen carácter coloquial, como limones que, según la informante de M3, “lo dicen las jovencitas”, comparación de los pechos con un fruto que tiene rasgos comunes con ellos, mientras que domingas (M3, 14) y calabazas (M14)32 son evidentemente formas festivas que se pueden oír en otros sitios.

En conjunto, tetas es la forma más natural y más usada de referirse a los pechos; solo en tres casos se marca como palabra ordinaria (M1, 6, 7) y, en uno, la informante aclaró que la emplean más los hombres; también pechos aparece en siete puntos y solo en dos la consideran especialmente fina (M9, 12).


1 La primera versión de este trabajo se publicó en Temas de dialectología (Dorta 2007: 81–93).

2 Esta situación se da en tierras muy diferentes. Humberto López Morales (2000: 33) afirmaba en su discurso de investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Alicante: “Las zonas rurales conservan –de momento– palabras desaparecidas ya de las urbes debido a la implacable acción del tiempo. Los procesos de mortandad léxica se repiten insistentemente en toda Hispanoamérica, provocados por el añejamiento de costumbres, tradiciones, productos, oficios, etc.”

3 Y, por supuesto, con las cuestiones previstas en los cuestionarios de los dos macroatlas europeos. El cuestionario se redactó entre Pilar García Mouton, Esther Hernández e Isabel Molina y está colgado en <adim.cchs.csic.es>.

4 Como habíamos hecho antes con F. Moreno Fernández en los cuestionarios del Atlas Lingüístico y etnográfico de Castilla-La Mancha (ALeCMan) (1988).

5 También la informante de Robledondo dijo piojo en la situación formal de encuesta, pero usaba piejo en conversación.

6 Hay que reconocer que a muchas informantes les resulta violento responder a estas cuestiones, aunque se planteen de la forma más delicada posible.

7 Naturalmente “cosas” se emplea aquí en el sentido etnográfico de las Sachen del método Wörter und Sachen (García Mouton 1987).

8 Que nuestro informante de Meco llamó por uno de sus nombres tradicionales: la vaca sollá ‘la vaca desollada’, porque parece que el cielo se tiñe de sangre.

9 Una primera versión de este capítulo apareció en Cugno et al. (2014: 481–493).

10 Véanse en este volumen las páginas XX.

11 Zurdo se estudia en otros atlas: ALEA V, 1283; ALEICan II, 523; ALEANR VIII, 996; ALECant II, *866; ALeCMan 367.

12 Izquierdo, Ezquerra y Zurdo son apellidos frecuentes, probablemente basados en apodos.

13 Se contestó en quince de los dieciséis pueblos entrevistados. Al sur de la provincia, M13 responde joroba en primer lugar y chepa en segundo; M16 dice solo joroba.

14 En el norte, M1 respondió en primer lugar maleta y en segundo, joroba.

15 Jorobado se contestó en cinco puntos (M2, 5, 6, 13, 16), en dos de los cuales (M5, 13) es segunda respuesta tras cheposo.

16 Por ejemplo, en Castilla-La Mancha, la informante de Toledo 609 contestó que “la joroba es más grande” y la de Guadalajara 316 dijo que “llaman jorobado al que tiene la deformidad más pronunciada” (ALeCMan 368 y 369).

17 ALEA VI, 1251; ALEANR VII, 997; ALeCMan 369; ALCL III, 696; ALECant II 866.

18 Corcovado se mantiene como forma general en las Islas Canarias orientales: Lanzarote, Fuerteventura y Gran Canaria (ALEICan II, 522), pero hay que tener en cuenta el peso de los lusismos en el castellano de Canarias.

19 ALEANR VII, 997; ALECant II 866; ALCL III, 696; ALEA VI, 1251. Primero penetró giboso y después, giba (DCECH).

20 Así, por ejemplo, la voz zurrón es la respuesta general en Almería, en casi toda Granada y en parte de Jaén y de Córdoba; mochila se encuentra en Huelva; capacha en Málaga y Almería, morral en Jaén y maleta y jaula aparecen dispersas por toda la región andaluza (ALEA VI, 1251).

21 M1, 2, 3 como segunda respuesta, 4, 5, 6, 7, 10, 12, 14. En M8, la informante contestó carrillos de la cara, que se contrapone a las nalgas, llamadas popularmente carrillos del culo por tratarse de una zona igualmente carnosa.

22 ALEANR VII, 953; ALEA V, 1216; ALeCMan 293; ALCL III, 663; ALECant 830.

23 Moflete, probablemente del occitano moflet, 1ª doc. siglo XVII (DCECH). Mofletes añade un matiz de significado que puede explicar su presencia en Castilla-La Mancha, pues es común indicar con palabras diferentes cuándo están hinchados (mofletes) y cuándo no lo están (carrillos, mejillas).

24 Pómulo, del lat. POMULUM ‘fruto pequeño’, es una voz culta que solo aparece esporádicamente y que tiene un significado más específico, pues se refiere a los huesos de la cara.

25 El diccionario académico, en su 23ª ed., define pijo como adjetivo despectivo coloquial propio de España: “Dicho de una persona: Que en su vestuario, modales, lenguaje, etc., manifiesta afectadamente gustos propios de una clase social adinerada”.

26 En ese sentido, es interesante la forma malgarín que recogí para el ALeCMan (mapa 337) en Ab 407.

27 Hay muchos ejemplos documentados en los atlas: ALEA V, 1273; ALEICan II, 501; ALEANR VII, 989; ALECant II, 846; ALeCMan 337.

28 ALEA V, *1248; ALEANR VII, *985; ALECant II, *834.

29 Palabra difícil de pronunciar con su grupo [ks] para un castellano, que dirá normalmente [asíla], salvo nuestra informante de Lozoya (M3) que demostró su conocimiento de la voz culta pronunciando [agsíla].

30 El diccionario académico remite teta a mama y allí define: “Órgano glanduloso y saliente que los mamíferos tienen en número par y sirve en las hembras para la secreción de la leche”. Para ubre: “En los mamíferos, cada una de las tetas de la hembra”.

31 El DLE define pecho, en su 5ª acepción, como “Cada una de las mamas de la mujer”.

32 Según anotó la encuestadora, la informante bajó la voz al decirlas.