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Entre el interés y la benevolencia

La ética de David Hume

Juan Andrés Mercado

Hume es conocido por lugares comunes, como la sujeción de la razón a las pasiones, la fuerza del sentimiento moral, o interpretaciones lejanas a sus fuentes. Sentencias sobre el placer o la imposibilidad de establecer una moral (deber ser) a partir de los hechos se presentan sin una adecuada base textual y contextual que facilite la comprensión del carácter polémico o irónico de muchos pasajes. Esta obra intenta recuperar una imagen coherente de la propuesta ética de David Hume, considerando estos distintos factores. El primer capítulo pretende dar un marco general de comprensión del pensamiento humeano. Los seis siguientes presentan sus argumentaciones sobre nuestra naturaleza egoísta a la vez que «simpatética»; los límites de la razón para fundamentar la moral, y también sus alcances para evaluar la utilidad y establecer leyes que la custodien; se profundiza en su aversión a las instituciones eligiosas como guías de la conducta humana y se evalúa su consideración del bien a partir del placer y la utilidad.

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3. El modelo humano y el sentido del bien 69

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69 3. El modelo humano y el sentido del bien 1. El sujeto y la experiencia del placer 24. Vale la pena recordar una fuerte oscilación en el discurso del Tratado, presentada en el capítulo 1, pues a partir de ahora se harán frecuentes referencias a Secciones muy distantes entre sí, lo cual su- pone cambios de contexto de notable importancia. En el Libro 1, la tarea principal es describir los fenómenos de la mente. Para esto se recurre a una noción básica del empirismo, es decir la idea, una repre- sentación que media entre el intelecto y la realidad. Esta “mediación” termina por comprometer la objetividad del conocimiento, pues no hay elementos para determinar con qué tenemos un “contacto” gno- seológico, o sea, si lo que “contempla” la mente son sus propias ideas o la realidad exterior1. Además, tales ideas son completamente autónomas entre sí, ya que las relaciones que se les asignan se generan en la mente por la constancia de sus apariciones. Por decirlo de alguna manera, la mente constata la presencia de átomos que se suceden con regularidad y se adecúa a ello, proyectando en el futuro –con la imaginación– lo que ha contemplado en el pasado. Todo esto ocurre por una necesidad com- parable a la que se da en la física. La mente tiene que aceptarla porque no puede plantearse dudas razonables sobre una posible disconti- nuidad en la aparici...

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