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Ojos con mucha noche

Ingenio, poesía y pensamiento en el Barroco español

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Juan Carlos Cruz Suarez and González Martín

El periodo barroco ofrece unas especiales condiciones para poder realizar la observación nítida de la práctica ingeniosa. Concretamente, a lo largo del siglo XVII, el ingenio cobra una total preeminencia en las obras canónicas del conceptismo literario, elevando la práctica de la escritura – especialmente la poética – a una flexibilidad retórica que rompía con el modelo heredado del Renacimiento. El presente libro ofrece una visión de conjunto a través de la cual se divisa la relación existente entre la práctica ingeniosa y los valores que ésta tiene tanto desde un punto de vista estético como filosófico. De igual manera, pretende ahondar en el diálogo establecido entre la creación literaria y el discurso filosófico, precisamente con el fin de situar a la facultad ingeniosa dentro de un marco de acción en el cual ambos discursos se van a ver reconocidos. Por último, se trazará un recorrido general por algunas de las poéticas y obras literarias españolas que no solo elevaron el ingenio a la categoría de auténtica episteme hispana, sino que lo señalaron como el eje vertebral de todo un modelo de cultura.
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Capítulo V. La Poesía Más Ingeniosa

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Aludiremos a una pequeña parte, una muestra, que sin embargo es la más importante, la más representativa. Los poetas del Barroco —todos aquéllos de los que aquí no se hablará— son deudores de unas formas poéticas novedosas: oscuras, complejas y artificiosas. En la historia literaria de aquel tiempo surge el nombre de Góngora como arquetipo de una poesía ingeniosa que brillará, paradójicamente, por su potente oscuridad. Y con él, además, la poesía española del período adquirirá una forma imitable, pero también un modelo execrable, controvertido y por todo ello paradigmático con respecto a los valores estéticos del Barroco. ← 207 | 208 →

No es fácil penetrar en la compleja estructura de sentido de un retablo barroco. El espectador, impresionado por su magnificencia, admira la pieza como si de una unidad simbólica se tratara. Solo la observación de los detalles nos salva de la incomprensión. Así, poco a poco, como si presenciáramos un inmenso puzzle, comenzamos a unir las piezas que nos permiten salir de la perplejidad anterior, para, al fin, experimentar una doble impresión cuando admiramos el entramado visual que antes nos parecía indescifrable: la belleza en sí misma, la que surge del artificio complejo; y, además, el placer, seudo catártico, por haber desbloqueado el intelecto, abriéndolo a la comprensión del misterio al que el laberinto de imágenes nos había relegado.

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