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Viajeros, diplomáticos y exiliados

Escritores hispanoamericanos en España (1914–1939) – Vol. III

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Edited By Carmen de Mora and Alfonso García Morales

Tras un largo desencuentro con los países hispanoamericanos desde las luchas independentistas, hubo en España un período de intensa actividad americanista en el que se fortalecieron los lazos culturales entre ambas orillas: fue el comprendido entre fines del siglo XIX – unos años marcados por la celebración del Cuarto Centenario del descubrimiento y el Desastre del 98 – y la Guerra Civil. Los estudios aquí reunidos constituyen una primera entrega de un Proyecto de Investigación de Excelencia, coordinado desde la Universidad de Sevilla y con participación internacional, sobre las relaciones culturales y literarias que mantuvieron escritores e intelectuales hispanoamericanos con sus homólogos españoles con motivo de la presencia de aquellos en España entre 1914 y 1939. Prestigiosos especialistas examinan sus producciones, indagan sobre cómo y en qué círculos se integraron, de qué manera interactuaron e influyeron en el ambiente intelectual y literario, qué grado de participación tuvieron en la vida social a través de cargos, posicionamientos políticos, redes intelectuales y literarias o escritos de opinión; y, cuando estalló la Guerra Civil, en qué medida se implicaron en el conflicto y qué repercusiones tuvo éste en sus obras. En ese contexto, se entiende el marco transatlántico como un espacio de reflexión, debate e intercambio del que se beneficiaron tanto latinoamericanos como españoles.
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Vivencias españolas de Rómulo Gallegos

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José LÓPEZ RUEDA

Primeros viajes

En julio de 1926, aprovechando las vacaciones escolares, Rómulo Gallegos y su esposa, Teotiste Arocha, navegan hacia Europa. El 19 de julio, el novelista anota en su diario las impresiones sobre los pasajeros. Le llaman la atención los numerosos clérigos que vienen de Chile, de Ecuador y de Colombia. El barco le parece un convento flotante y observa con cierta prevención que también Venezuela aporta su contingente de religiosos a la viajera clerecía. El autor de El último Solar y de La trepadora habla de un agustino alto y alelado y de un salesiano que perora con su voz estentórea. De las palabras de Gallegos se desprende un tufillo anticlerical. En el barco viajan también latinoamericanos acomodados y emigrantes enriquecidos. El novelista conversa con ellos pero guardando sus reservas y sin dejar que le descubran su afición literaria. Se reprocha a sí mismo evitar el trato de un ingeniero chileno que le cae antipático. “Esto es una torpeza –se dice–, porque el novelista debe tratar de conocer a todos los hombres” (en Subero: 65-67).

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