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Las lenguas de los incas: el puquina, el aimara y el quechua

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Rodolfo Cerrón Palomino

El presente volumen recoge 14 ensayos que dan cuenta de la experiencia idiomática por la que atravesaron los incas a lo largo de su historia, pasando primeramente por el puquina, lengua de procedencia altiplánica, luego por el aimara, y más tarde por el quechua, idiomas estos de origen eminentemente centro-andino. Se trata de estudios de lingüística histórica y de filología aplicados al área andina que, apoyándose en datos provenientes de la etnohistoria y de la arqueología, buscan desmantelar un conjunto de falacias todavía vigentes en relación con la historia cultural e idiomática de los incas y de sus ancestros. Tras la lectura de los mismos se hará evidente el rol fundamental desempeñado por el puquina y por el aimara en la génesis y el desarrollo del imperio incaico, hecho que obliga necesariamente a replantear la visión canónica de su historia idiomático-cultural e institucional, la misma que ha sido concebida e interpretada exclusivamente a través del prisma monoglósico del quechua.

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Parte II. Aimara

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6 Tras las huellas del aimara cuzqueño [...] cada prouinçia por sí tenía lenguas diferentes, y la de los señores e orexones hera la más escura de todas [...]. Pedro Pizarro ([1571] 1978: XIII, 75) 1. Visión tradicional Según la postura tradicional, todavía vigente en los textos de divulgación, enci- clopedias, e incluso en los tratados más serios sobre la génesis y el desarrollo de la civilización prehispánica andina, el origen y la difusión del quechua aparecen estrechamente ligados a la historia de los incas. Dicha visión es heredera de la tradición historiográfica peruana divulgada por el Inca Garcilaso, quien había hecho suya la postura que al respecto elaborara nada menos que otro gran mes- tizo: Blas Valera. Decía, en efecto, el jesuita chachapoyano, en uno de los capí- tulos de su Historia, rescatados por el historiador cuzqueño, y a propósito de la “lengua general” del imperio, que “los Reyes Incas, dende su antigüedad, luego que sujetaran cualquiera reino o provincia, entre otras cosas que para la utilidad de los vassallos se les ordenava, era mandarles que aprendiessen la lengua corte- sana del Cozco1, que la enseñassen a sus hijos” (cf. Garcilaso [1609] 1943: VII, III, 91)2. De esta manera, la “receta” estaba dada, y más tarde, un historiador como Markham la afianzará, en términos tan rotundos como inmejorables, al señalar que 1 Por...

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