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La identidad en la literatura vasca contemporánea

by Iratxe Esparza Martin (Volume editor) José Manuel López Gaseni (Volume editor)
Edited Collection 227 Pages
Series: Perspectivas Hispánicas, Volume 40

Summary

Este volumen presenta una serie de trabajos que estudian el reflejo de la identidad en varias obras de la literatura vasca actual. Se trata de estudios sobre diversas expresiones de la identidad: de género, nacional, cultural, queer... Gran parte de ellos son monográficos, aunque no faltan perspectivas más generales. Las obras de referencia están originalmente escritas en lengua vasca, en castellano y en francés. La mayoría de ellas son novelas, pero también se analizan obras de poesía, teatro, literatura infantil y juvenil y obras de más difícil clasificación. Unas veces la identidad se manifiesta en voz alta, en forma de reivindicación de los orígenes culturales, del género o de la sexualidad de los personajes; y otras veces permanece oculta entre líneas, es velada y sutil. Tanto en un caso como en el otro, las identidades son analizadas e interpretadas de forma sagaz y novedosa, gracias a la penetrante y original disección de los investigadores reunidos en este libro.

Table Of Contents

  • Cubierta
  • Título
  • Copyright
  • Sobre el editor
  • Sobre el libro
  • Esta edición en formato eBook puede ser citada
  • Índice
  • El texto como lugar común de la transformación identitaria
  • La evolución romanesca del sujeto vasco: negociaciones literario-ideológicas entre la estrategia de diferenciación y el deseo de homologación
  • Identidades en la literatura vasca entre modernidad y postmodernidad
  • Identidad, nación y sexualidad en la novela vasca contemporánea. Una lectura de Las maletas imposibles, de Juanjo Olasagarre
  • Recuperando voces, sugiriendo identidad
  • Del esencialismo identitario de Jorge Oteiza a la identidad transmoderna de Ander Lipus
  • Aingeru Epaltza y la forja de la navarridad en sus novelas históricas
  • El otro y la identidad vasca en la narrativa de Ramiro Pinilla
  • Yuoangui, el país perdido de Marie Darrieussecq. Sobre la novela como terapia identitaria
  • La identidad en la Literatura Infantil y Juvenil canónica vasca
  • Relación de autores de este volumen
  • Obras publicadas en la colección

El texto como lugar común de la transformación identitaria

IRATXE ESPARZA y JOSE MANUEL LÓPEZ GASENI

1.  Introducción

Con la publicación de este libro, se pretende dar un primer paso en el campo de la literatura vasca contemporánea desde la perspectiva de la Teoría de los Polisistemas y los Estudios Culturales. Nos centraremos en la relación establecida entre la Literatura y la Identidad Cultural, y por tanto, será imposible obviar el nexo existente entre la literatura (y el arte) y el momento social en que son creados. Escribiremos sobre literatura entendiéndola como expresión del entramado cultural de un territorio, es decir, «la literatura como un práctica cultural particular» (Culler, 2000: 58). Literatura y textos que funcionan como espejos de lo que somos y nos hemos ido transformando, de los cambios culturales, económicos y políticos que han hecho mella y han posibilitado que la literatura sea, además de una expresión estética, una disciplina que engloba diferentes discursos definidos socio-culturalmente, y que no puede concebirse sin tomar en cuenta su contexto de producción y recepción (Benson, 2004)1. Se hace del todo indispensable dar un espacio a la cultura dentro del contexto postmoderno2, porque entendemos que la literatura no deja de ser un elemento esencial dentro de la producción cultural, además de un principio determinante en la construcción nacional de cualquier territorio.

Hace tiempo que se produjo un cúmulo de transformaciones en todos los ámbitos de la sociedad occidental; el nombre utilizado para denominar la nueva situación, si se quiere, es lo de menos, ya que lo que intentaremos a través de estas páginas es hacer de observadores de aquello que prolifera a nuestro alrededor y ← 7 | 8 → de cómo todo ello tiene su razón de ser dentro del contexto de la literatura vasca, de percibir la metamorfosis sufrida en lo inherente a la sensibilidad artística.

Podríamos discutir sobre la cara negativa de la postmodernidad, de la que tanto se ha hablado, vocera de discursos manipulados en nombre de la igualdad y de la libertad, y casi siempre fundamentada en la mercantilización y estandarización de la cultura; el tipo de postmodernidad cuya característica principal es la falta de compromiso, constructora de historias banales que se disipan casi más rápido de lo que se han creado. Sin embargo, tendremos en cuenta lo que la postmodernidad nos deja de heterogéneo, admitiendo tanto la invisibilidad de lo invisible como la polifonía de las nuevas voces que salen del ostracismo para convertirse en protagonistas de los discursos que, en este caso, se propagan desde la textualidad para conformar las diferentes escrituras personales que posibilitan tal diversificación postmodernista.

David Harvey (1998)3 constata cómo las formas de espacialización, tales como la escritura, la escultura, la arquitectura o la pintura, que forman parte de la teoría de la posmodernidad «inhiben o facilitan» los procesos de transformación social; de la misma forma que la teoría estética también tiene mucho que asimilar de la teoría social. Con ello, la idea que queremos remarcar es que el cambio económico-político generador de una nueva forma de ver y estar en el mundo influye determinantemente en las prácticas culturales. De hecho, si consideramos la postmodernidad como un cambio de actitud en la sociedad occidental, veremos cómo las manifestaciones artísticas se van adaptando mientras reflejan las inquietudes de cada periodo. Así, la ficción (en este caso literaria) es de suma importancia a la hora de ofrecer un espacio a esas incertidumbres que imperan en el marco cultural. Indiferentemente de la posición que tomemos en torno al postmodernismo, tanto sus defensores como sus detractores lo consideran un reflejo de la crisis de la autoridad cultural, de la autoridad otorgada a la cultura de Europa occidental y sus instituciones (Owens, 2008)4. La cuestión es que la pluralidad implica convertirnos en ese «otro» entre «otros», y, por tanto, una experimentación del miedo a lo desconocido en donde se pone en «peligro» nuestra identidad cultural y también el sentimiento de pertenencia a una cultura. Se trataría de una crisis cultural en la que se entremezclan discursos y disciplinas que huyen del encasillamiento en límites rígidos. ← 8 | 9 →

Compartiendo la principal idea del humanista Edward Said (2008: 200)5 de que «la cultura trabaja con mucha eficacia para hacer invisible e incluso “imposible” las verdaderas afiliaciones que existen entre el mundo de las ideas y la intelectualidad, por un lado, y el mundo de la política bruta, del poder empresarial y estatal y la fuerza militar por el otro», intentamos con este trabajo interrelacionar los diferentes campos y disciplinas, tales como la literatura y la sociedad porque es en dicha coexistencia en donde la representación desempeña un papel determinante al conjugarse las características ideológicas de primer grado con las teorías literarias contemporáneas.

Otra de las teorías surgidas en torno a la creación cultural y postmodernidad es la planteada por Fredric Jameson (2008)6 sobre la muerte del sujeto o el fin del individualismo. Este teórico defiende que el modernismo artístico se caracterizó por la búsqueda de un estilo propio y personal que servía para constituir un carácter inconfundible generador de una visión única del mundo; de esa forma, quedaba claro que la estética modernista estaba ligada a la proyección de un yo, de una identidad única y bien definida. Sin embargo, al referirse a la estética actual de la condición postmoderna, reconoce que el antiguo individuo ha muerto, y con él el valor que toma la originalidad de la obra y el estilo inconfundible; es decir, expone la idea apocalíptica de que a los artistas ya no les queda nada por inventar, siendo el único recurso posible aquel de combinar los diferentes mundos que ya los creadores y escritores de la modernidad habían inventado. De ahí la idea que Jameson formula sobre el «pastiche» y la necesidad artística de imitar estilos muertos en donde la innovación estilística ya no es posible; se refiere al desarrollo de un arte postmodernista con un mensaje claro: el fracaso de la estética y de lo nuevo, «el encarcelamiento en el pasado» (Jameson, 2000: 171-172).

¿Qué es la cultura? Tal y como explica el sociólogo polaco Zygmunt Bauman (2006)7 se trataría del modo abreviado de referirse a la gestión del pensamiento y el comportamiento humanos. Fue al paso de un siglo cuando el término de «cultura» vino a considerarse como lo ya creado, convirtiéndose al «modo en que un tipo de conducta humana regular y “normativamente regulada” difería de otros tipos gestionados de manera distinta» (Bauman, 2006: 74). Entró ← 9 | 10 → a formar parte del grupo de términos relacionados con la mejora y enriquecimiento del ser humano, pero para ello los creadores tenían que ser guiados por aquellos mentores que les educaban y formaban. Metafóricamente, así es como lo explica Bauman (ibid.): «Si la “agricultura” implica ver el maizal desde el punto de vista de quien lo cultiva, la idea de “cultura” aplicada metafóricamente a los seres humanos suponía ver el mundo social con los ojos de los “cultivadores de humanos”: los gestores». Siendo así, se puede aseverar que el concepto de «cultura» incluye una relación desigual entre los agentes y los receptores, entre los gestores y los gestionados o entre los conocedores y los ignorantes. Por lo tanto, desde un principio la cultura y la gestión han estado destinadas a convivir en un continuo enfrentamiento, más aún cuando ésta (la gestión) intenta retraer y controlar una cultura que puede ser provocadora y molesta. Sin embargo, y esta sería la paradoja, los creadores de cultura necesitan de los gestores para que sus proyectos salgan adelante sin caer en el olvido. Teniendo en cuenta la visión antropológica en la que una sociedad es igual a una cultura, la cultura, en ese caso, funcionaría al servicio del sistema gestor, siendo valiosa para mantener el equilibrio del sistema. Cualquier conducta que muestre un ápice de desviación, incomode o ponga en peligro la estabilidad del sistema correctamente gestionado, se detecta y aplaca, de tal modo que lo que creemos que es un sistema autoequilibrante engloba una cultura que se resiste al cambio. Si así es como hace unas décadas se concebía la noción de cultura, con las políticas sociales neoliberales (que son también parte activa de las transformaciones más profundas en lo económico, lo político y lo social) se produce una variación sustancial en las formas de hacer de los gestores:

[…] de la «regulación normativa» a la «seducción», de la vigilancia policial diaria a las relaciones públicas, y del imperturbable, excesivamente regulado y rutinario modelo panóptico del poder a la dominación por medio de la incertidumbre difusa y desenfocada, la precariedad y la caprichosa alteración de las rutinas (Bauman, 2006: 79).

En ese nuevo contexto, la prioridad ya no es intentar amansar aquellas ideas, creaciones y conocimientos transgresores que llegan para quedarse e incluso desestabilizar el autoequilibrio conseguido en la fase anterior. Ya no importa que la conducta de las personas, que hasta entonces habían sido domesticadas para mantener la estabilidad del sistema, se vuelva flexible e inquiridora, porque los humanos se han convertido por encima de todo en consumidores, y el mercado de consumo da prioridad a la práctica de comprar, usar y tirar. Aún así, no nos gustaría olvidar la noción primera de cultura, a pesar de que choca con la ← 10 | 11 → nueva estrategia del mercado, porque en tales circunstancias cabría preguntarnos si la cultura puede sobrevivir a las reglas del mercado de consumo que anula cualquier atisbo de infinitud y durabilidad.

2.  La construcción de la identidad cultural en la nueva situación postmoderna

Al reflexionar sobre el nuevo marco social y sus consecuencias en la existencia de los individuos, se hace indispensable referirse a un concepto tan utilizado y a su vez tan desconocido como es el de identidad. Nos referiremos a la identidad y al interés in crescendo que sobre tal concepto se ha generado en la sociedad occidental tras la transición sufrida en el campo económico, político y social. Al mencionar la existencia del individuo, nos referiremos al yo performativo que nos obliga a repensar el concepto de identidad, y aún a sabiendas de que tal controversia ha estado presente en la mayoría de las discusiones filosóficas a lo largo de la Historia, va a ser en las últimas décadas cuando se manifiesta de modo contundente el carácter relacional, dialógico y plural de la identidad que, en cierta manera, se mantenía silenciado bajo el peso social y político vigente en las denominadas sociedades arcaicas, tradicionales y modernas (Berger, 1974)8.

Los cambios surgidos a nivel mundial (Arfuch, 2005)9 han puesto de manifiesto un profundo interés por el concepto de identidad, lo que, en nuestro ámbito concreto, nos permite trasladar dicha inquietud a la transformación de la que ha sido objeto en el campo literario: se produce un retorno al sujeto que se va a identificar con el individuo protagonista de la narración. No se puede obviar que la literatura misma es generadora de identidad (a veces como proceso inconsciente), es decir, es productora de muchos de aquellos significados que sirven de aportación a la identidad cultural de una comunidad o pueblo. Al hablar de identidad cultural, sin embargo, hay que matizar que su materialización se produce al aparecer contrapuesta a otras identidades diferentes y, por lo tanto, dentro de un proceso de interacción social; así, matizaremos lo que la ← 11 | 12 → identidad tiene de interrelacional e intersubjetiva, y que lejos de constituirse como una esencia, atributo o propiedad intrínseca del sujeto, queda expuesta al cambio constante como consecuencia de la comunicación ininterrumpida con los otros. Mucho se ha especulado con el acuciante interés que en los últimos tiempos ha suscitado tal concepto; por un lado, podría tratarse de la preocupación de los poderes públicos por las consecuencias que la globalización ha generado sobre la idiosincrasia nacional, que tiende a la transnacionalización y la homologación cultural. Por otro, ese interés podría deberse a una crisis general de identidad que afecta a todo el sistema de identidades tradicionales que se ven expuestas a las transformaciones derivadas del paso de la modernidad a la postmodernidad, así como también a la crisis del sistema de identidades ideológicas, políticas y religiosas salvaguardadas por el discurso de la modernidad basado en la razón, la unidad y en la idea de un sujeto centrado y estable que se constituía arropado en los grandes relatos y discursos (Giménez, 1996)10.

En este estudio, nos inclinaremos por la segunda opción, ya que desde un principio hemos defendido el peso que tienen los cambios sociales sobre la construcción y transformación de la identidad; por tanto, y como más adelante veremos plasmado en la producción literaria, la identidad del sujeto de la sociedad tradicional se manifestaría en la literatura de carácter costumbrista; la sociedad moderna conformará un sujeto caracterizado por la unidad y el monologismo que le aleja del caos y le somete al orden social de la época; y, por último, como reflejo de la sociedad postmoderna, prevalecerá el individuo de identidad plural y dialógica que tiene que adaptarse y hacer frente a la complejidad del mundo que le rodea, ya que «una identidad que pretendiera continuar tal como es, mantenerse sin cambios, correría el riesgo de marginalización o de cristalización» (Arfuch, 2005: 34).

Tomando como referencia las transformaciones acontecidas en el ámbito social, político y cultural, constituiremos el análisis del yo o del sujeto a través de la historia. Estas son algunas de las reflexiones teóricas sobre la materia:

La socióloga italiana Loredana Sciolla11 se refiere a tres dimensiones de la identidad: la locativa, la selectiva y la integrativa. Una dimensión locativa, ya que a través de ella el individuo define el campo (simbólico) en el que situarse; ← 12 | 13 → el individuo asume y define la situación en que se encuentra, delimitando su estado. La dimensión selectiva aparece cuando el individuo ya ha definido sus límites y va a ser capaz de ordenar y elegir entre diversas opciones, lo que conlleva que tendrá que rechazar otras. La dimensión integradora de la identidad es la capacidad del individuo para conectar las experiencias pasadas, presentes y futuras que conformarán su biografía. Tal y como afirma Sciolla, a través de la dimensión locativa el individuo establece una diferencia entre sí mismo y el otro, «entre sí mismo y el mundo»; y será por medio de la dimensión integradora por la que el individuo mantiene la continuidad de sí mismo en el tiempo.

Stuart Hall12 menciona tres conceptos de identidad completamente diferentes entre sí, y en los que nos apoyaremos a la hora de describir los tres principales tipos de sujeto dentro de la narrativa vasca actual: el sujeto en la Ilustración, el sujeto sociológico y el sujeto postmoderno. El primero de ellos aparece como un individuo centrado y unificado, sin posibilidad de cambio y dotado de la sombra del esencialismo rígido y consistente; un sujeto idéntico a lo largo de toda su existencia que reniega de cualquier transformación. El sujeto sociológico, sin embargo, refleja la complejidad del mundo moderno en el que se empieza a tener conciencia de que el núcleo interior del sujeto no puede establecerse y desarrollarse con independencia de lo que ocurra a su alrededor. Se tiene en cuenta la interacción del yo con los otros que le rodean, a pesar de que todavía se cree que el yo está conformado por un centro o esencia, que se modifica al ponerse en contacto con los «otros». En tercer lugar, hablaríamos del sujeto postmoderno como consecuencia de la multiplicación y variabilidad de las identidades culturales que vuelve más problemática la proyección de la identificación que elaboramos en relación a los otros; Hall habla del sujeto postmoderno como aquel individuo caracterizado por la falta de identidad fija y esencial.

Lo que tienen en común los estudios anteriores es que se basan en el carácter relacional de la identidad, y, por lo tanto, en la simbiosis existente entre sociedad e identidad. Arfuch (2005) ya menciona tres niveles de análisis que definen a la identidad no como un conjunto de cualidades predeterminadas, sino como una posicionalidad relacional y condición inacabada en estrecho contacto con la temporalidad. Así, para hablar de identidad hay que enfatizar, en primer lugar, el nivel en que uno se reconoce a sí mismo; seguidamente se hace necesario un reconocimiento hacía los otros, lo cual nos acerca a un tercer nivel en el que se produce el reconocimiento de los otros hacia nosotros mismos. ← 13 | 14 →

Details

Pages
227
ISBN (PDF)
9783035108781
ISBN (ePUB)
9783035197907
ISBN (MOBI)
9783035197891
ISBN (Softcover)
9783034320252
Language
Spanish
Publication date
2015 (September)
Published
Bern, Berlin, Bruxelles, Frankfurt am Main, New York, Oxford, Wien, 2015. 227 p., 1 gráfico

Biographical notes

Iratxe Esparza Martin (Volume editor) José Manuel López Gaseni (Volume editor)

Iratxe Esparza Martin es licenciada en Filología Vasca, realizó el máster oficial de Literatura Comparada y Estudios Literarios, y es profesora de Literatura Vasca en la UPV/EHU. José Manuel López Gaseni es profesor titular de la UPV/EHU, y autor de numerosos trabajos enmarcados en las líneas de investigación de la literatura vasca, la literatura traducida y la literatura infantil y juvenil.

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