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El género policial en Cuba

Novela policial revolucionaria, neopolicial y teleseries

by Carlos Uxó (Author)
Monographs X, 252 Pages

Summary

Este libro argumenta que el apogeo del género policial en Cuba a partir de 1971 está ligado a la redefinición cultural y política que tuvo lugar en las primeras décadas de la Revolución. La proliferación de novelas policiales, sus masivas tiradas y su promoción por organismos oficiales no es un fenómeno meramente literario y editorial, y debe analizarse en relación con la política cultural del largo Quinquenio Gris.
Este libro argumenta también que la decadencia de la novela policial revolucionaria, y el desarrollo del neopolicial en los noventa, son reflejo de cambios en el contexto sociopolítico cubano. La gradual apertura en los ochenta, la desaparición de la Unión Soviética y el inicio del Periodo Especial, hicieron del tono épico del policial revolucionario un producto trasnochado, posibilitando un policial que cuestionaba cuanto antes se consideraba irrefutable.
Finalmente, este libro argumenta que el análisis del policial cubano debe incorporar las teleseries policiales. La Revolución instrumentalizó la television para la educación masiva en los principios revolucionarios, un proyecto educativo como parte del cual pronto comienzan a retransmitirse programas centrados en la nueva legalidad revolucionaria. Las teleseries policiales han desempeñado un papel paralelo al de la narrativa que se analiza aquí por primera vez.

Table Of Contents

  • Cubierta
  • Título
  • Copyright
  • Sobre el autor
  • Sobre el libro
  • Esta edición en formato eBook puede ser citada
  • Sumario
  • Agradecimientos
  • Lista de acrónimos
  • Introducción: Cuba: del policial sin preguntas al policial sin respuestas
  • Capítulo 1: El Concurso Aniversario del Triunfo de la Revolución
  • Capítulo 2: El nacimiento del policial revolucionario: 1971–1978
  • Capítulo 3: La decadencia del policial revolucionario: 1979–1990
  • Capítulo 4: El neopolicial: Leonardo Padura, Amir Valle y Lorenzo Lunar
  • Capítulo 5: Teleseries policiales cubanas
  • Conclusión
  • Anexos
  • Bibliografía
  • Índice
  • Obras publicadas en la colección

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Agradecimientos

Puede parecer extraño comenzar estos agradecimientos con tres personas a las que no conozco, pero sin los trabajos sobre el policial cubano de Amelia Simpson, Persephone Braham y Stephen Wilkinson este libro nunca hubiera existido.

Gracias también a Leonardo Padura, Luis Adrián Betancourt, Mario Brito, Armando Cristóbal, Sonia Travieso, Marcial Gala, Amir Valle, Paquita de Armas, Jesús Cabrera, Roly Peña, Joel Ortega y Julio Cubría, por sus conversaciones sobre el policial. También en Cuba, muchas gracias a José Antonio Michelena, por los paseos habaneros, la búsqueda de novelas y por saber tanto sobre literatura. Lorenzo Lunar y Rebeca Murga merecen tantos agradecimientos que no me caben en estas páginas, tendré que dárselos en La Piedra Lunar.

En Australia, quedo muy agradecido a los miembros del Monash Crime Fiction Group. Y, claro, a Stewart King, gracias por los comentarios sobre el manuscrito de este libro y por haberme dado, hace ya unos años, una novela policial de un cubano que se llamaba Lorenzo y que me recomendaba leer.

Y, sobre todo, gracias a Pascal, Ezra e Imogen, que más que leer este libro lo han vivido y le han puesto música.

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INTRODUCCIÓN

Cuba: del policial sin preguntas al policial sin respuestas

Este libro argumenta que el apogeo del género policial en Cuba está intrínsecamente ligado al proceso de redefinición cultural y política que tuvo lugar en las primeras décadas de la Revolución. De tal modo, la formidable proliferación de novelas policiales, sus masivas tiradas y su decidida promoción por parte de diversos organismos oficiales, no puede considerarse un fenómeno meramente literario y editorial, sino que ha de analizarse en relación con la política cultural implementada, principalmente, en el largo Quinquenio Gris.

De manera similar, este libro argumenta que la decadencia de lo que se bautizó como novela policial revolucionaria, así como el desarrollo del neopolicial cubano a partir de la década de los noventa, son reflejo de los cambios observables en el contexto sociopolítico cubano. La progresiva apertura del campo cultural cubano en los años ochenta, sumados a la desaparición de la Unión Soviética y el inicio del Periodo Especial, no solo hicieron del tono épico del policial revolucionario un producto trasnochado, sino que posibilitaron el nacimiento de una literatura que quería cuestionar cuanto antes se asumía como irrefutable.

Por último, este libro argumenta que el análisis del policial cubano debe extenderse más allá de lo puramente literario, para incorporar las teleseries policiales. Como primer país del mundo con una cadena televisiva nacional, Cuba poseía una infraestructura de vital importancia que la Revolución instrumentalizó inmediatamente para la educación masiva en los principios revolucionarios. Como parte de este proyecto educativo, o propagandístico, ya desde la década de los sesenta comienzan a retransmitirse programas de diversa índole centrados en la nueva legalidad ←1 | 2→revolucionaria. En este contexto, desde Sector 40 hasta la actual Tras la huella, las teleseries policiales han desempeñado un papel paralelo al de la literatura policial y que, desdeñado casi por completo por la crítica, se analiza aquí por primera vez.

En su influyente monográfico Form and Ideology in Crime Fiction Stephen Knight afirma:

Los ejemplos más relevantes del género policial no sólo crean una idea (o una esperanza, o un sueño) en torno al control del crimen, sino que también materializan y validan una visión completa del mundo, compartida por las personas que se convierten en el público central que compra, lee y se encuentra cómodo en una variedad particular del policial. (2)1

El género policial, en efecto, trata (al menos, como apunta Knight, en sus ejemplos más ambiciosos) de mucho más que la mera solución de un caso criminal específico, e incluso de mucho más que el mundo del crimen en general. Frecuentemente, y desde luego en el caso cubano, el género puede considerarse una manifestación cultural que encarna el conglomerado de principios de una comunidad, la cual posee una visión compartida del mundo, de las normas que deben regirlo y, de manera esencial, de quiénes merecen pertenecer (y quiénes no) a esa comunidad. Por ello, no resulta fortuito que en Cuba haya sido precisamente en los dos momentos de su historia más reciente, en los que tenía lugar una redefinición a gran escala de todos esos parámetros, cuando nacieron los dos modelos de policial analizados en este libro: el policial revolucionario y el neopolicial.2

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El primero de ellos nació en 1971, sin duda uno de los años de mayor relevancia de la Revolución cubana, en el que los encendidos debates protagonizados por numerosos intelectuales a lo largo de la década de los sesenta quedan definitivamente resueltos en el Primer Congreso de Educación y Cultura. Celebrado en La Habana del 23 al 30 de abril (semana en la cual, sin ser parte del evento, pero indudablemente relacionada con él, tiene lugar la autoinculpación de Heberto Padilla), el congreso finiquita cualquier atisbo de disputa al imponer el entendimiento más restrictivo del papel que las diversas manifestaciones culturales debían desempeñar en el nuevo contexto sociopolítico. Si a la primera década de la Revolución Graziella Pogolotti dedica un estudio de significativo título, Polémicas culturales de los 60, la segunda se inicia con la proclamación de la “unidad monolítica ideológica de nuestro pueblo” y de “una sola dirección político-cultural” (UNEAC “Declaración” 7).3 El debate se daba por concluido; ese mismo 1971 se cerraba la revista Pensamiento crítico, el departamento de Filosofía de la Universidad de la Habana se transformaba en los departamentos de Materialismo Dialéctico y Materialismo Histórico, y la novela La última mujer y el próximo combate, paradigmático ejemplo del realismo socialista, se alzaba con el premio Casa de las Américas. El Quinquenio Gris (llamado también la década negra o el trinquenio amargo) echaba a andar (Coyula).

La Revolución entendió entonces que el contexto de enfrentamiento con el capitalismo exigía que todas las manifestaciones culturales participaran en la redefinición de Cuba como proyecto nacional, vehiculando la ideología revolucionaria de una forma abierta y declarada que no dejara resquicios a la duda. En tal tesitura, y considerada primordialmente arma de la Revolución, en la narrativa acabó por imponerse el texto panegírico y mitificador, de función exegética (de los logros de la Revolución), poco exploratorio, menos experimental y del que quedaban completamente ausente los conflictos, por lo que se acabó refiriéndose a ella como literatura “sinflictiva”. En palabras de Emilio Gallardo, se produjo un acercamiento (yo diría casi una fusión) entre ideología general, ideología autoral, ideología ←3 | 4→estética y texto, elementos todos ellos definidos como propios de la crítica literaria marxista por Terry Eagleton (Gallardo Saborido “Sangre, intriga y materialismo dialéctico” 294).4

A fin de supervisar el estricto cumplimiento de estos parámetros, Luis Pavón Tamayo sería nombrado presidente del Consejo Nacional de Cultura, desde donde ejercería un férreo control sobre la producción cultural cubana durante el quinquenio 1971–1976. No resulta baladí que para un puesto tan relevante se designara a un teniente y no a un intelectual, una decisión que encaja perfectamente con un creciente antiintelectualismo relacionado con la guevariana idea del pecado original. Para Daylet Domínguez, este antiintelectualismo supuso la sustitución del protagonismo “de la figura del intelectual por la del policía” y el entendimiento de la literatura como “mecanismo de control y prevención” desplazando a un segundo plano, cabría añadir, la función estética de toda manifestación cultural. En tal contexto, como apunta Domínguez, se pone en marcha lo que Michel Foucault denomina campo de visibilidad, “como instancia desde donde se ejerce el poder tanto a nivel imaginario como real” (205, 206).5

De manera similar, también Luis Salas analiza el extremo hasta el que “los medios adoptados para el control social y la instigación de la nueva ‘moral socialista’ están en el centro de la ideología adoptada en la búsqueda del ‘Hombre Nuevo’ ” (Salas v), subrayando asimismo “la relatividad con la que la etiqueta ‘criminal’ debe considerarse y reflejar el impacto de las cambiantes condiciones económicas, políticas y sociales en las opciones de criminalización” (42). Esta última palabra resulta trascendental en cualquier estudio sobre la lucha contra el crimen y la es, desde luego, en este libro, por dos razones principales. En primer lugar, porque acentúa la existencia de procesos de (re)creación de lo que se considera comportamiento criminal, enfatizando la subjetividad de tal proceso y la importancia fundamental ←4 | 5→de los mecanismos sociales de creación de consenso. En segundo lugar, porque remite necesariamente a la idea de comunidad, como grupo más o menos coherente que comparte el entendimiento de lo que ha de entenderse como crimen.

El auge del policial revolucionario está intrínsecamente ligado al proceso de criminalización que tiene lugar como parte de la redefinición de las normas sociales tras el triunfo revolucionario de 1959. Adaptando en lo necesario las convenciones del género, el policial revolucionario se convierte en un arma imprescindible para educar a las masas sobre el nuevo marco legislativo, así como sobre el nuevo entendimiento de lo que se consideran comportamientos criminales. Por ello, desde los ejemplos más tempranos, queda claramente establecido quiénes son señalados por este proceso de criminalización (burgueses, homosexuales, ciudadanos que mantienen contactos en el extranjero y elementos antisociales de todo tipo, como bebedores, ausentistas, mujeriegos u ociosos), así como quiénes quedan fuera de toda sospecha (desde miembros de los Comités de Defensa de la Revolución o del Partido, hasta trabajadores diligentes, amas de casa permanentemente ocupadas, o jóvenes estudiantes). En este sentido, esta criminalización debe considerarse componente primordial del proceso de creación de la comunidad revolucionaria imaginada, por cuanto establece el perímetro más allá del cual se ubica un enemigo que, como tal, supone una amenaza que debe ser desactivada.

El policial revolucionario, por lo tanto, no puede considerarse únicamente como un género literario centrado en la temática del crimen, sino que es un mecanismo de control social y de prevención que actúa como regulador de comportamiento. La vigilancia permanente y la resultante preponderancia sobre el criminal son metonimia del control que ejerce la Revolución sobre cualquier aspecto de la vida de sus ciudadanos, en todo momento. Si para un lector actual el minucioso conocimiento que las fuerzas del orden tienen de la vida de sus ciudadanos, así como el extremo hasta el que se puede observar cada uno de sus movimientos, pueden resultar claustrofóbicos, sintomáticos de una actitud paranoica, en el momento de su escritura querían ser demostración del punto hasta el que se llevaba la protección de unos ciudadanos amenazados, desde dentro y fuera de Cuba, por el capitalismo.

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A nadie se le escapaba, por otra parte, que la herramienta elegida para ello, el género policial, tenía su origen precisamente en el contexto sociopolítico que se proponía combatir. Urgía, por tanto, establecer un proceso legitimizador que se concretó en el establecimiento del Concurso Aniversario del Triunfo de la Revolución por el todopoderoso Ministerio del Interior y en la publicación de cuantiosos textos programáticos que, recurrentemente, insistían en una idea principal: tanto en la forma como en el contenido, el policial revolucionario se había desligado de los modelos británico y estadounidense, así como de la novela de espías capitalista. De tal modo, el policial revolucionario se presentaba como contramodelo de la versión burguesa, enfatizando siempre los puntos los puntos que la separaban de esta:

Biographical notes

Carlos Uxó (Author)

Carlos Uxó es Senior Lecturer en el Departamento de Español y Estudios Latinoamericanos en Monash University, Melbourne, Australia. Anteriormente trabajó en La Trobe University (Melbourne) y Dublin City University. Es especialista en literatura cubana contemporánea, con especial énfasis en el policial y la representación de los personajes afrocubanos en la narrativa posterior a 1990. Es autor de Representaciones del personaje del negro en la narrative cubana. Una perspectiva desde los Estudios Subalternos (Verbum, 2010), editor de The Detective Fiction of Leonardo Padura Fuentes (Manchester Metropolitan University Press, 2006) y co-editor de Cuba Today. 50 Years On (Journal of Iberian and Latin American Research, 15.2; diciembre 2009). Sus artículos se centran en literatura cubana contemporánea, las políticas de internet en Cuba y el policial cubano.

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