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La comunicación y sus guerras teóricas. Introducción a las teorías de la comunicación y los medios

Volumen I. Enfoques disciplinarios

by Maira Vaca (Volume editor) Manuel Alejandro Guerrero (Volume editor)
Textbook XVIII, 216 Pages

Table Of Content


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Lista de esquemas, tablas y cuadros

Esquemas

2.1Jerarquía epistémica

2.2La pirámide social

2.3Estructura social

2.4Articulaciones, transiciones y zonas de interfase (representación cartesianamente simplificada)

2.5Mediaciones de la producción social de comunicaciones masivas

2.6Génesis y desarrollo de los medios de comunicación masiva

Tablas

4.1Cuatro Teorías de la Prensa

4.2Proliferación de modelos: diferentes propuestas con base en Cuatro Teorías de la Prensa

7.1Objetos de estudio y teorías de las emociones

Cuadros

1.1Funciones generales de las teorías

4.1Cuatro Teorías de la Prensa: preguntas de investigación, argumentos e hipótesis

4.2Principales críticas a Cuatro Teorías de la Prensa

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Prólogo

60 años de comunicación en México

Conmemoramos sesenta años de: ¿Ciencias de la Comunicación? ¿Ciencias y Técnicas de la Información? ¿Del Departamento de Comunicación? Como sea, sesenta años de una licenciatura que luego se prolongaría en maestría y algunos años más tarde en doctorado. Conviene, ahora, hacer un poco de historia.

Pues bien, con el nombre de Ciencias de la Comunicación se inauguró en México —¡pero también en el mundo!— lo que hoy es una carrera imprescindible en la universidad contemporánea. Recién bautizada como Ciencias y Técnicas de Información, fui alumno de la que fue tercera generación y a partir de 1968 profesor hasta el año de 1994. Inaugurada la escuela en 1960, no pasarían muchos años para que fuese imitada o tomada como base para recrearla desde otras perspectivas. Vayamos al origen.

La carrera la fundó en nuestra Universidad Iberoamericana un jesuita de Sayula, José Sánchez Villaseñor. El nombre originario, en efecto, fue el de Ciencias de la Comunicación —no obedecía la intención del fundador a diseñar una escuela técnica en medios de información como era común en aquellos años—, pero sucedió que se vio obligado a cambiarle el nombre porque para los funcionarios de la Secretaría de Educación Pública “ciencias de la comunicación” remitía a asuntos de ingeniería. Empero, Sánchez Villaseñor dejó una carta de intención que plasmaba el porqué de la novedad radical de la carrera. Considero pertinente reproducir el texto a los más de sesenta años de su escritura:

México ha entrado en los últimos años en un periodo de franca industrialización. Esto ha provocado la urgente demanda de hombres preparados en los diversos sectores del mundo de los negocios.

Paralelamente, las técnicas de difusión han venido registrando un notable desarrollo. Directivos de publicidad, prensa, radio y televisión lamentan la aguda carencia de individuos dotados de una severa disciplina universitaria en el ámbito de sus respectivas actividades. Con el deseo de colaborar a la solución de ←ix | x→este problema, la universidad Iberoamericana ofrece la nueva carrera de licenciado en Ciencias de la Comunicación.

Se trata de formar un auténtico profesionista, capaz de aunar a un haz orgánico de conocimientos teóricos humanistas, un conjunto armónico de técnicas que le permitan el atinado y eficaz ejercicio público y permanente de ese saber en el cual se entrelazan, jerárquicamente, ciencia y técnica, práctica y teoría.

El nombre licenciado en Ciencias de la Comunicación podría causar extrañeza por su novedad. Será, quizá, discutible, pero creemos que, con las debidas aclaraciones, cumple con su cometido.

En efecto, el fundamento teórico en que se funda esta carrera comprende un grupo de ciencias (conocimientos sistemáticos dotados de unidad y generalidad) filosóficas y económico-sociales; gracias a éstas puede el estudiante elaborar una visión razonada y crítica, integral y profunda de los problemas del hombre en la circunstancia actual; por su parte, las técnicas de difusión constituyen el vehículo, el instrumento, el canal de transmisión y comunicación interhumana de la cosmovisión así obtenida. La comunicación supone un mensaje que transmitir e instrumentos de difusión de ese mensaje.

Esta carrera es nueva en su forma y planeación. Busca, ante todo, formar un auténtico intelectual, un hombre apto para pensar por sí mismo, para comprender a los demás hombres en las circunstancias históricas en que viven, abierto plenamente a los problemas que la actual crisis plantea.

Para ello requiere de una profunda base cultural filosófica. Pero ese intelectual no puede ser un sabio de gabinete, al margen de la vida, espectador impasible en torre de marfil, desvinculado de la comunidad. Su saber hondo, claro y viviente en torno al hombre y a su tarea en nuestro tiempo constituye un mensaje luminoso. Hay que dotar por ello al nuevo intelectual de los medios de contacto, del puente que lo saque de su aislamiento, de los instrumentos y técnicas para llegar al hombre de hoy, al hombre anónimo, al hombre angustiado, extrovertido y disperso en las mil solicitudes del dramático y complejo transcurrir cotidiano.

Su misión es comunicar el rico saber acumulado en su mensaje mediante técnicas de difusión, relaciones públicas, publicidad, radio, televisión, cine y periodismo. Controlar estos tremendos poderes que moldean, como fácil arcilla, al hombre contemporáneo.

Poner al servicio de los altos valores humanos esas fuerzas elementales. Someter la técnica al espíritu. Desde estas palabras aparece diáfana la finalidad de la nueva carrera.

Está basada en el hombre. Pero en el hombre integral que es materia y mente, carne y espíritu. El ser humano no vive aislado, es un ente social. Nace y se desarrolla en una comunidad, lo que implica comunicación, apertura. Mediante el lenguaje, símbolo y signo, comunica sus ideas.

Respondiendo a esta radical dualidad del compuesto humano, la nueva carrera intenta, ante todo, cultivar y desarrollar la mente pensante. Las disciplinas sociológicas, económicas y humanistas amplían y aclaran su horizonte histórico, de aquí y ahora. La posesión de una cosmovisión constituye un mensaje luminoso. Una orientación en el complejo mundo de nuestra sociedad en crisis.←x | xi→

La nueva carrera consta, por lo tanto, de dos secciones armónicamente complementarias: la primera está integrada por las Ciencias de la Cultura, Ciencias Humanas. La segunda por las técnicas de difusión. Ofrece aquella un conjunto de conocimientos que capacitan al estudiante para analizar con criterio propio la compleja y cambiante fisonomía de nuestro tiempo. Materias filosóficas, sistemáticas e históricas estimulan el desarrollo del talento especulativo y crean el hábito de la reflexión ordenada y metódica.

Cursos monográficos abren perspectivas a múltiples problemas actuales como axiología, psicología del arte, filosofía de la historia, etc. El progreso imponente de las ciencias y la tecnología es analizado desde el ángulo de la filosofía de la ciencia, sin descuidar sus proyecciones en el campo de la investigación y de la industria.

Finalmente, cursos de economía y ciencias sociales facilitan la integración de una síntesis personal y generosa donde se reflejan, en armónica unidad, las más valiosas aportaciones de nuestro tiempo en la esfera de la cultura humana.

El futuro profesional pondrá esta vasta cultura al servicio de la comunidad; misión suya será colaborar en la elevación del ambiente técnico, atomizado y pragmático en que vive el hombre medio de hoy, restablecer el roto equilibrio entre la técnica y la cultura.

Los medios de difusión serán los canales para irradiar el mensaje cultural; prensa, radio, cine y televisión deben contribuir a la elevación del nivel intelectual, artístico y humano del hombre técnico de nuestro tiempo; estarán al servicio de los valores que ennoblecen y dignifican la vida humana.

Para hacer llegar el mensaje a los demás hacen falta instrumentos, canales de difusión. El extraordinario desarrollo de las técnicas de publicidad y difusión ofrecen el instrumental técnico requerido. El hombre no puede comunicar inmediatamente al hombre las ideas que irradian en la cumbre de su espíritu.

Necesita de la palabra, del signo sensible, del símbolo cargado de subconscientes motivaciones, de imágenes dinámicas. El mensaje, fruto de la especulación filosófica y socioeconómica, necesita encarnarse si ha de llegar al hombre. De allí la conjugación del saber humano y las técnicas de difusión. La armónica y jerarquizada cosmovisión a que debe aspirar el nuevo profesionista.

Un hombre capaz de pensar por sí mismo, enraizado en su época, que gracias al dominio de las técnicas de difusión pone su saber y su mensaje al servicio de los más altos valores de la comunidad humana; tal aspira a formarlo esta novísima carrera.

Por ello, se dota a este nuevo profesionista de conocimientos humanísticos, armónicamente estructurados y graduados, que representan una tercera parte de su programa. Estos programas buscan que viva, a la luz brillante de los grandes pensadores de la humanidad, los problemas del angustiado hombre actual […]

Pues bien, lo primero que nos sorprende, pasados estos sesenta años, es que entonces una persona hubiera visto lo que sería realidad incuestionable aquí y ahora. Y como muestra, los trabajos de comunicólogos que componen este volumen. Sánchez Villaseñor visualizó, desde aquellos años lejanos, una serie de tópicos que habían discutido antes, empero, los pensadores del Instituto de ←xi | xii→Frankfurt, José Ortega y Gasset, Aldous Huxley, Jacques Maritain y Viktor Frankl, entre otros; que anunció Karl Popper en su obra póstuma cuando este liberal cobró plena conciencia de la deseducación progresiva que operaban los medios y puso, en ese renglón, un alto a la libertad irrestricta del mercado. Sánchez Villaseñor, con su convicción de que el comunicador es, en principio, un traductor y que la conciliación sine qua non de un traductor es entender, se había percatado de la necesidad de devolver al universitario la cultura general.

¿A qué universitario? A uno que no había hallado su lugar en la universidad, que a duras penas terminaba alguna carrera tradicional o que desertaba de ella. Uno que terminaba resolviéndose como novelista, dramaturgo, trabajador del cine, de la radio, de la televisión, como difusor de la cultura. Uno que conocería las fatigas de, en tanto autodidacta, hacerse a sí mismo cargando, salvo excepciones, con los baches y la inseguridad que suelen acompañar a los autodidactas.

Y es que Sánchez Villaseñor, que desde muy joven fue enviado a Europa por la Compañía de Jesús, había conocido a ese tipo humano. Miguel de Unamuno, filósofo de profesión, no lo fue de gabinete e incursionó en la prensa, en la política, en el teatro; y lo mismo Sartre, Camus, Gabriel Marcel; Bertolt Brecht, revolucionario del teatro, como buen marxista fue un hombre de la praxis política y junto con el músico Kurt Weill escribió algunas de las más bellas canciones del siglo pasado; desde Inglaterra. Gilbert K. Chesterton llevó a periódicos y revistas que consumía el hombre medio, las más decisivas cuestiones teológicas, antropológicas, relativas a lo que solemos llamar cultura popular. Si revisamos el catálogo de grabaciones de Juliette Gréco, que con sus más de noventa años permanece en esta tierra y hasta pasados los ochenta realizara cedés, econtraremos canciones de Brecht y de Sartre, de Francois Mauriac, Francoise Sagan, Raymond Queneau, Boris Vian, solo por mencionar algunos.

El intelectual, en fin, siente la obligación de participar en la construcción de una nueva sociedad porque es consciente de que es necesario llevar al hombre del común los grandes debates de nuestro tiempo, contribuir a que nombre las cosas: su dolor, su humillación, su rebeldía, sus ilusiones; sus paciones y emociones. He ahí el tipo de persona que existía y que no había encontrado su lugar en la universidad. Se trata de alguien que, con una genuina vocación intelectual, siente como un mandato, como una necesidad, comprometerse humana y socialmente hasta mancharse las manos si fuere preciso.

Un rápido inventario entre los egresados de la carrera da constancia de ese tipo humano: los escritores José María Pérez Gay, Héctor Aguilar Camín, Alberto Ruy-Sánchez, Guillermo Arriaga, Ignacio Padilla, por mencionar algunos; los realizadores cinematográficos Benjamín Cann, Busi Cortés, ←xii | xiii→Carrera, Bolado, González Iñárritu; la cuentista de literatura infantil y juvenil Alicia Molina; la editora y difusora cultural Consuelo Sáizar; el empresario, benefactor y creador de museos Bruno Newman; un sinnúmero de periodistas y realizadores de televisión y radio educativa que han dejado constancia en su trabajo de una cultura viva que los ha distanciado de todo simplismo en el análisis de la realidad como un ente multifacético, y no puedo no mencionar en este capítulo a José Gordon, a Leonardo Kourchenko y a Adriana Malvido; los hombres y las mujeres que han impregnado de humanismo vivo y crítico el mundo empresarial, como ha sido el caso de Eduardo Garza Cuéllar; finalmente la contribución a la investigación en comunicación en nuestro país de la que tenemos una buena muestra en este libro y, desde luego, imposible no mencionar a Fátima Fernández Christlieb y Javier Esteinou que abrieron una ruta apenas transitada antes de ellos en nuestro país y en la América Latina.

El hecho es que José Sánchez Villaseñor vio con claridad la complejidad del mundo por venir, que el poder se ejercería desde la información, en el México de aquellos años qué lejos se estaba de percatarse de esto; un México todavía demasiado elemental, demasiado alejado de las grandes y verdaderas polémicas de la época, en que nuestros rebeldes eran una simple caricatura de aquellos que marcaron los años 1970 y que el buen sentido popular calificó de “rebelditos”, porque ¿qué significa José Agustín al lado de Salinger o de Albee, de John Osborn, de Updike? ¿Tuvimos, acaso, en la canción popular alguien con la garra subvertidora del orden de Brassens, Léo Feré, Brel, Dylan, Lennon y McCartney, Leonard Cohen? ¡Qué elementales las proclamas de nuestro 68 si las conectamos con las que sacudieron las universidades europeas y aun a las universidades de élite de los Estados Unidos!

Por otra parte, era fundamental la generación de un profesional al que se despojase de la ingenuidad cultural, capaz de entender el peligro de las soluciones simplistas, de desenmascarar a tanto y tanto profeta que estaba —¡infeliz!—, descubriendo el Mediterráneo. Hubo, sin embargo, entre nosotros un hombre que procuró quitar las vendas de los ojos, que desde las tribunas de Excélsior y de Plural procuró, como en su tiempo lo hiciera Ortega en España, enseñar a pensar al hombre medio, y de este hombre se quemó su efigie frente a la embajada de los Estados Unidos y se disculpaban nuestros pensadores, literatos y artistas cuando lo mencionaban aclarando que admiraban, exclusivamente, al poeta. Ese hombre, Octavio Paz, tuvo el valor de decir su verdad, e hizo ver, nada menos y nada más, que México estaba en el mundo y en el siglo, que había llegado la hora de trascender el laberinto de la soledad, que, como advirtió Kissinger, en política y en las luchas sociales, como en el futbol, la mejor defensa es el ataque: trascender el lamentable provincianismo de nuestros políticos y hombres de empresa, de nuestros medios ←xiii | xiv→universitarios, de nuestras izquierdas y derechas igualmente cavernarias por incultas, porque no vivían, no viven, desde el sistema vital de las ideas de su tiempo que ni siquiera habían ni han entendido.

Pero regresemos a lo esencial: el propósito de la entonces novísima carrera de comunicación consistía en propiciar la existencia de comunicadores, estos mediadores del tejido social, que habrían de deslindar lo superfluo de lo que no lo era, quitar, pues, vendas de los ojos, atacar los lugares comunes, sembrar el espíritu crítico. Si existía la materia prima, o sea, un tipo de hombre y de mujer que no había hallado su lugar en la universidad, ese hombre y esa mujer a quien nadie tuvo que revelarles que existe la inteligencia emocional y, por tanto, el conocimiento por connaturalidad, la carrera no había sido creada en el vacío. Entender la cultura como lo que es, un ente vivo, rebasar la barbarie del especialismo, saber que la existencia se despliega en el movimiento: la individual, la social. José Sánchez Villaseñor comprendió la necesidad de dar a luz un colectivo de hombres y mujeres cultos que pudiesen encontrar los sentidos del acontecer social. Y al llegar a este punto es bueno tener presente que tanto el sociólogo Durkheim como el terapeuta Frankl consideraron que la anomia social, el uno, la falta de sentido de la vida, el otro, eran los factores que explicaban la agresividad, la depresión, las latencias suicidas, las tendencias destructivas que caracterizaron al siglo XX.

En este punto, me parece necesario precisar qué es cultura. Pienso que Ortega y Gasset lo comprendió mejor que nadie en su notable opúsculo “Misión de la Universidad”. Escribe Ortega:

Cultura es el sistema de ideas vivas que cada tiempo posee. Mejor: el sistema de ideas desde las cuales el tiempo vive. Porque no hay remedio ni evasión posible: el hombre vive siempre desde unas ideas determinadas que constituyen el suelo donde se apoya su existencia. Esas que llamo ideas vivas o de que se vive son, ni más ni menos, el repertorio de nuestras efectivas convicciones sobre lo que es el mundo y son los prójimos, sobre la jerarquía de los valores que tienen las cosas y las acciones […] El sentido primario y más verdadero de la palabra vida no es biológico sino biográfico […] Significa el conjunto de lo que hacemos y somos […] Vivir es, de cierto modo, tratar con el mundo, dirigirse a él, actuar en él, ocuparse de él […] En cada minuto necesitamos resolver lo que vamos a hacer en el inmediato […] Para decidir hacer lo que va a hacer y ser dentro de un momento, tiene el hombre, quiera o no, que formarse un plan, por simple o pueril que éste sea. En suma: el hombre no puede vivir sin reaccionar ante el aspecto primero de su entorno o mundo, forjándose una opinión intelectual de él y de su posible conducta en él. Esa interpretación es el repertorio de convicciones o ideas sobre el contorno y sobre sí mismo […] La casi totalidad de esas convicciones o ideas no se las fabrica robinsonescamente el individuo sino que las recibe de su medio histórico, de su tiempo. En éste se dan, naturalmente, sistemas de convicciones muy distintos. Unos son supervivencia herrumbrosa ←xiv | xv→de otros tiempos. Pero hay siempre un sistema de ideas vivas que representa el nivel superior del tiempo, un sistema que es plenamente actual. Ese sistema es la cultura. Quien quede por debajo de él, quien viva de ideas arcaicas, se condena a una vida menor, más difícil, penosa y tosca. Es el caso del hombre o de los pueblos incultos. Su existencia va en carreta, mientras a la vera pasan otras en poderosos automóviles. Al quedar el hombre bajo el nivel vital de su tiempo se convierte —relativamente— en un infrahombre.

He ahí, en palabras del filósofo español, lo que José Sánchez Villaseñor buscaba obtener de cada egresado; de ahí que, en el plan de estudios originario, procurara las materias fundamentales que explicasen y describiesen la historia de las ideas, los grandes sistemas filosóficos, las más significativas interpretaciones de la historia, la filosofía y la psicología del arte. Estas últimas, necesarísimas, remitían a la vida sobre la base de que el ser humano es un compuesto: de cuerpo y alma, de razón y sensibilidad, y de que el corazón, como enseñara Pascal, tiene razones que ignora la razón. Luego, consideraba la importancia de las ciencias sociales y hasta incluyó en el programa inicial la materia de cibernética, adelantándose al mundo de la informática del que México, y casi todo el mundo, se encontraba, en aquellos años, bastante alejado —no hay que olvidar, por cierto, que Sánchez Villaseñor tenía, entre sus confidentes y asesores, a Iván Ilich, fray Alberto de Ezcurdia, a quien nombró subdirector de la nueva carrera, y a Horia Tanasescu, quien fuera condiscípulo de Mircea Eliade y de Lupescu y alumno, en Roma, de Giovanni Gentile, el que fuera discípulo próximo de Benedetto Croce.

Queda claro que lo que preocupaba a Sánchez Villaseñor era la formación de hombres y mujeres de calidad, capaces de entender su circunstancia, de contar con armas para avizorar el porvenir, de contribuir a que un número progresivamente mayor de seres humanos estuviera en posibilidad de regir la vida desde sí mismos, de ayudar a formar esa cosmovisión sin la cual cada persona anda como náufrago en el universo. Y es que, como era entonces algo ajeno a la inmensa mayoría de los mexicanos, pero ha dejado de ser así, el ser humano ingresaba por primera vez a lo largo de su historia en algo que solo sucedía, en el pasado, en las sociedades en franco periodo de descomposición, y esas correspondían, necesariamente, a las que habían desarrollado eso que llamamos civilización, a saber, el predominio de la ciudad sobre el campo, la complejidad y pluralidad en el universo estético y en la composición del Estado.

Dicho de otra manera: los problemas de incomunicación suceden en la medida en que los seres humanos no reconocen vigencias colectivas, en que viven fuera de un sistema común de ideas y creencias, en la anomia. Cuando no existen vínculos que unan al ser humano con diversos estamentos y clases ←xv | xvi→sociales suceden la dispersión, el caos, en fin, esa anomia ya mencionada que atropella a la inmensa mayoría de los habitantes de una “comunidad”. Así, como todavía en no pocos pueblos de México se mantienen las tradiciones y por ello cada quién tiene su historia y su fama y es imprescindible, en la medida en que el campo desaparece, en que la población rural es orillada a la inmigración, las personas acaban por resentir más y más la condición de criatura marginal, indigna y prescindible. ¿No es esto, acaso, lo que suelen repetir los directores de recursos humanos de las empresas modernas, o sea, que nadie es imprescindible?

En un mundo sin Dios y sin jerarquías, sin valores compartidos solo puede salvar del naufragio eso que hemos llamado la cultura. Con cuánta clarividencia escribió Antonio Gramsci que el ideal de los comunistas debía lograr lo que fue el signo distintivo del catolicismo, a saber, que el más paleto de los labriegos creyera, en esencia, lo mismo que el más cultivado de los teólogos. El comunicador debía ser el artífice de la formación del gusto, el que diese sentido, intencionalidad, a una estructura cualquiera de programación o de jerarquización y tratamiento de la información —aquí es conveniente recordar a Goethe con aquello de que aquel que no tiene arte ni ciencia, que tenga religión; pero el que tiene arte y ciencia ¿para qué quiere la religión? Algo que, por cierto, no corresponde a la realidad ya que para la inmensa mayoría de los seres humanos, las creencias son las decisivas por sobre las ideas. Así se impone en el mundo contemporáneo la necesidad de tender puentes entre los seres humanos, hacer, ver, sentir, comprender que es más lo que nos une que lo que nos separa.

Finalmente, es conveniente recordar que el buen estado de salud de una sociedad se finca en la buena salud que posea el ser medio de esa sociedad. No se trata de que se hagan películas excepcionales, sino de que todas las que se hagan estén bien hechas y bien pensadas; lo importante no es que haya grandes programas de televisión que pasen a la una o a las dos de la madrugada, sino que aparte de que se sigan produciendo —ahora las nuevas tecnologías permiten que uno disponga a qué hora ve u oye qué—, los programas de puro entretenimiento sean inteligentes; que los editores sepan separar la mies y rechazarla; que los bibliotecarios sepan qué puede entrar y qué no, qué es una obra de arte, una artesanía con valor, y cuál es un ripio. En estos campos de la edición y de la producción las carreras de comunicación actuales, al menos algunas de entre ellas, han aportado a no pocas figuras de excelencia.

Ahora, en estos tiempos aciagos de la muerte de Dios, del fin de la Utopía, de los castrantes populismos, de la posverdad, hay que agarrarse a la cultura como el náufrago al madero; esta sociedad global que va en camino de la destrucción o, por lo contrario, de la raza cósmica —Vasconcelos dixit— necesita ←xvi | xvii→generar nuevos valores, revitalizar antiguos valores, y ahí es donde el comunicador culto debe desempeñar, acaso, el papel protagónico. Pero, —¡atención!—, ni la ciencia ni la técnica, per se, son cultura. Cultura, ya se dijo antes, es el sistema vital de las ideas de un tiempo y es necesario estar a la altura de los tiempos porque la historia es irreversible. Dada la confusión epistemológica y cultural imperante, regresar a los planteamientos de Sánchez Villaseñor se ha vuelto prioritario y vital.

Este volumen, lector, que tienes entre tus manos presenta una panorámica de la investigación que se está haciendo en comunicación con no pocos trabajos de académicos, docentes y egresados de y cercanos a la carrera que se fundara en la Universidad Iberoamericana en 1960, hace ya sesenta años.

Francisco Prieto

Ciudad de México, junio 2020

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¿Por qué pensar el estudio de la comunicación y los medios como una “guerra”?

Estudio introductorio

Maira Vaca

La comunicación y sus guerras teóricas estuvo en el tintero por un largo tiempo. Comenzó como parte de una reflexión sobre el papel de la Universidad Iberoamericana como institución académica pionera en México y prácticamente en toda América Latina en la docencia, el estudio y la investigación de la comunicación y los medios. Como recuerda Francisco Prieto en la presentación de este volumen, hoy (2020) hace exactamente 60 años, S. J. José Sánchez Villaseñor fundó la carrera de Ciencias de la Comunicación. La institucionalización de un campo de estudio o área profesional no es cosa menor. Para el estudio y la práctica de la comunicación en el México de los 1960 la labor incansable de Sánchez Villaseñor representó un reconocimiento a: (1) la necesidad de contar con profesionistas en las muy diversas áreas de la comunicación —el periodismo, la comunicación corporativa y gubernamental, la radio y el cine, por ejemplo—; (2) la oportunidad de estudiar y entender mejor los procesos comunicativos en la sociedad; y (3) la exigencia de investigar con rigor las causas y los efectos de los medios en estos procesos.

En este decidido andar, a pocos años de crear la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, la Universidad Iberoamericana fundó el Departamento de Comunicación desde donde estableció el primer programa de maestría en Comunicación de México (1976) y también un programa de Doctorado en Comunicación (2013) precursor en su campo. Sin duda, la impronta del Departamento y especialmente de la Licenciatura en Comunicación se ha ←1 | 2→ajustado a las necesidades y a las tecnologías del momento, así como ha buscado anticiparse a los retos futuros. En esta tarea y en vísperas de un nuevo plan de estudios para la segunda década de este milenio fue como el presente proyecto de investigación y difusión del conocimiento sobre las teorías de la comunicación y los medios comenzó a adquirir su forma actual.

Al revisar el estado que guarda el campo profesional y de estudio de la comunicación y los medios, así como al explorar las obras que podrían servir de brújula para los renovados cursos introductorios a este campo de estudio y a sus teorías, la necesidad de contar con un libro de texto en español actualizado fue evidente. Sin embargo, es aquí donde comienza la “guerra”. Los grandes clásicos (por mencionar solo algunos: Baran y Davis 2013 y ediciones posteriores; de Moragas 1985; Lozano 2007; Mattelart y Mattelart 1997; McQuail 1994 y ediciones posteriores; Miller 2002) analizan los temas centrales de la comunicación y los medios con tal maestría que pareciera ya no hay nada más que decir. Pero cada uno lo hace desde perspectivas distintas: épocas, contextos, o con objetivos particulares —para públicos específicos, cursos o programas propios. Además, los debates en torno a estos temas no permanecen estáticos y requieren actualización constante. En el campo de la comunicación y los medios, las nuevas tecnologías y las plataformas mediáticas constantemente obligan a “repensar” el campo de estudio, su historia, sus principales supuestos y herramientas teóricas. Desde esta perspectiva, un renovado acercamiento a los fundamentos del estudio de la comunicación y los medios ya no parece tan descabellado.

Con este impulso y en términos generales, La comunicación y sus guerras teóricas propone: (1) reconocer que la comunicación no es un campo de estudio delimitado por una sola disciplina o una estricta definición del concepto “comunicación”; (2) identificar las principales diferencias entre las tradiciones de investigación y las propuestas de las y los científicos en distintas disciplinas, épocas históricas y latitudes del mundo; y (3) explorar las principales preguntas —dilemas— que de manera repetitiva o cíclica han guiado sus investigaciones. Estos tres grandes aspectos están, sin duda, relacionados entre sí: diversas disciplinas plantean distintos supuestos y, por ende, se enfocan a resolver diferentes interrogantes. Sin embargo, pensarlos de manera individual permite analizarlos a detalle.

Así, esta colección de ensayos está organizada en tres volúmenes. Este primer tomo revisa los principales enfoques disciplinarios en el estudio de la comunicación y los medios: sus supuestos de partida, sus características, los alcances y sus límites, así como sus propuestas generales. El segundo volumen presenta este campo de estudio conformado por diversas escuelas y tradiciones ←2 | 3→de pensamiento que responden a diversos momentos históricos, pero también a diferentes latitudes geográficas. La colección cierra con un tercer volumen organizado en torno a los principales cuestionamientos que esta área de estudio —fragmentada, pero de objetivos comunes— ha intentado responder. En su conjunto, a través de las plumas de grandes expertos, estos tres tomos proporcionan un análisis crítico de las teorías de la comunicación y los medios. Lo hacen partiendo del supuesto de que estudiar la comunicación no solo requiere conocer estas teorías, sino también utilizarlas: identificar sus características, reconocer sus límites y aplicarlas a la realidad contemporánea. La propuesta es entonces, pensar la comunicación desde muy diversas trincheras. Estos diversos panoramas —enfoques, tradiciones, épocas, escuelas, autores y sus preocupaciones— dialogan entre sí. No hay consensos definitivos; pero tampoco perdedores o ganadores en el debate. La “guerra” consiste pues, en identificar lo que está en juego —enfoques, objetivos o métodos —; reconocer la diversidad de opiniones e intereses y considerar el arsenal disponible para resolver los grandes dilemas de la comunicación.

Con esto en mente, este primer capítulo hace un breve recuento tanto de los objetivos como de los contenidos de este volumen. Comienza con algunas (im)precisiones necesarias (qué es comunicación, qué es teoría, por ejemplo), al tiempo que propone un mapa tentativo para navegar en este complejo campo de estudio. “Y es que en el mundo traidor”, dicta el verso que originalmente escribiera el poeta español Ramón Campoamor para después convertirse en sabiduría popular, “no hay ni verdad ni mentira: todo es según el color del cristal con que se mira”. Para conocer más sobre la diversidad de “cristales” con los podemos “mirar” los procesos de comunicación, la segunda parte de este capítulo resume las particularidades y las premisas de los diversos enfoques disciplinarios —sus supuestos, abstracciones y explicaciones— que presentan las y los expertos en este primer tomo de La comunicación y sus guerras teóricas.

Desde diversas trincheras: distintos enfoques y perspectivas disciplinarias en el estudio de la comunicación y los medios

Este tomo trata entonces, de dar cuenta de la pluralidad de enfoques y teorías en el estudio de la comunicación y los medios. Quizá la cuestión de origen e identidad de las teorías de la comunicación es una de las discusiones más recurrentes entre los expertos. Esta preocupación gira en torno al hecho de que, si bien la comunicación es inherente a la historia de la humanidad, en realidad es imposible determinar con exactitud si su estudio representa un cúmulo ←3 | 4→de conocimiento homogéneo digno de recibir el reconocimiento de ciencia diferenciada (o parte de las ciencias sociales o quizá de las humanidades); un área, campo de estudio, disciplina o incluso, “postdisciplina” (Herbst 2008; Waisbord 2019). El debate ha sido largo e intenso (ver, por ejemplo: Berelson 1959; Craig 2015, 1999; Pooley y Katz 2008; Schramm 1983; Shepherd 1993), pero sin posibilidad de llegar a un consenso. Antes de arrojar conclusiones contundentes sobre el estado actual del estudio de la comunicación y los medios, este tomo comienza por hacer algunas (im)precisiones necesarias para explorar las raíces de este conflicto.

¿Qué es comunicación?

“La noción de comunicación abarca una multitud de sentidos”, advierten Mattelart y Mattelart (1997: 9) pues “la proliferación de las tecnologías y la profesionalización de las prácticas no han hecho sino sumar nuevas voces a esta polifonía en un [arranque] de siglo que hace de la comunicación la figura emblemática de las sociedades del tercer milenio”. Desde esta perspectiva, es difícil presentar una definición pragmática —un nombre que corresponde a un objeto “a manera de un símbolo en un cálculo exacto” (Wittgenstein 1958: 25 citado por Newman 1960: 116)— del término “comunicación”.

De hecho, la palabra “comunicación” denota diversos procesos, objetos o prácticas. Hablamos de “comunicación” cuando nos referimos a diferentes procesos comunicativos a distintos niveles: la comunicación interpersonal (cara a cara) vs la comunicación mediada (a través de los medios de comunicación) (Baran y Davis 2013: 6). O el término también refiere a los procesos de comunicación más comunes: a la que todos tenemos acceso como la comunicación intrapersonal, interpersonal o intergrupal; en contraposición a la comunicación donde el acceso pareciera más restringido: la comunicación institucional u organizacional y la comunicación de masas (McQuail 1994: 36). O nos referimos a la “comunicación” en una acepción más técnica que social: canales, tecnologías, plataformas y vías de comunicación, por ejemplo. O también utilizamos el término para referir distintas prácticas: comunicación estratégica, política, noticiosa, social, oficial, informal, etc. Incluso, hace casi 50 años, cuando el término “comunicación” comenzaba a cobrar mayor importancia en las discusiones académicas, Frank Dance (1970: 204–8) identificó hasta 16 diferentes usos y definiciones formales del término.

Así, “cualquier esfuerzo por determinar exactamente el significado de ‘comunicación’”, advirtió John B. Newman hace décadas (1960: 119), “no será aceptado por todos y cualquier esfuerzo por explicar ese significado solo ←4 | 5→puede resultar en un mapa tan amplio y detallado como el territorio que intenta representar”. Esto es, frente a la gran diversidad de usos y acepciones, más que presentar una definición exacta del término “comunicación”, resulta quizá más adecuado pensar en una “definición epistemológica” (Anderson 1996; Beniger 1993; Newman 1960): una descripción que tome en cuenta las ideas, el conocimiento acumulado y los procesos, prácticas y conceptos que conllevan a la abstracción del término “comunicación”.

“Tal vez en este campo del saber, más que en otros”, añaden Mattelart y Mattelart (1997: 11), “el espejismo de pensar que se puede hacer tabla rasa de esta sedimentación, y que en esta disciplina, a diferencia de otras, todo está por crear, es poderoso y [por ende, peligroso]”. Por ello, más que presentar una única definición, la propuesta para entender mejor sus teorías es mirar a la comunicación a través de tres supuestos (lentes básicos): (1) que está inmersa en una idea de progreso; (2) que es parte inherente a la “sociedad de masas”; y, (3) que implica un flujo de información constante.

Es decir, como concepto o término La comunicación y sus guerras teóricas no ofrece una única definición de “comunicación”. Como veremos a detalle más adelante, los diferentes enfoques presentados en este tomo entienden la comunicación desde muy diversas trincheras. Pero, en términos generales, los diversos autores tienen en mente una “comunicación” que evoca un impulso constante hacia el progreso. Sea un proceso histórico de estructuras sociales rígidas pero perecederas ante los cambios tecnológicos —como propone el enfoque sociológico—, o una constante lucha de poder por dominar esas plataformas mediáticas —como plantea la economía política—, el estudio de la comunicación está basada en una idea progreso constante, ya sea a través de un mejor entendimiento, mejores tecnologías, mejores prácticas o incluso, sensaciones o sentimientos más placenteros.

Un segundo punto de partida que nos ayuda a entender mejor el estudio de la comunicación y los medios es su innegable vinculación con la sociedad de masas: una sociedad moderna, industrializada, concentrada en las ciudades, (pre)ocupada por mejorar su nivel de vida, pero fragmentada en millones de individuos ensimismados en sí mismos (Durkheim 1897; Le Bon 1896; Ortega y Gasset 1930; Park 1901; Tarde 1901). Los medios de comunicación masiva representan, hasta cierto punto, el vínculo entre estos mundos alejados no solo por las distancias físicas, idiomas o culturas, sino también por concepciones y condiciones sociales completamente dispares.

Un tercer punto de partida útil en el estudio de la comunicación y los medios es reparar en el papel central de los flujos de información. En su connotación más simple, la comunicación conlleva o emana información. Es ←5 | 6→precisamente esta información la que adquiere diversos significados, funciones o propósitos dependiendo del enfoque desde el cual se mire. Puede, por ejemplo, ser un tipo de información subjetiva e intangible, como sugiere un enfoque centrado en el análisis de las emociones o los sentimientos. O puede ser una información tangible y objetiva que conduce a normas y regulaciones precisas como sugiere el enfoque normativo.

En suma, pensar el estudio de la comunicación y los medios como una guerra implica entonces, comenzar por reconocer que no hay una definición única de comunicación. El debate sobre qué es y cómo se ha estudiado ha sido largo e intenso. Estas páginas no pretenden resolverlo. Buscan, sin embargo, dar cuenta de la raíz del problema: las posibles soluciones a distintos dilemas que, a lo largo de décadas de investigación, diferentes autores han planteado desde muy diversas trincheras —disciplinas, enfoques, métodos, épocas o latitudes.

¿Qué es “teoría”?

El término “teoría” resulta intimidante y, como el de “comunicación”, también genera múltiples discrepancias. En su connotación más simple —prácticamente una definición de diccionario (considerar por ejemplo la propuesta del Diccionario de la Real Academia Española: “que conoce las cosas o las considera tan solo especulativamente”; o un “conocimiento especulativo con independencia de toda aplicación”)— sugiere que una teoría es un conjunto de supuestos o leyes que sirven para explicar fenómenos —físicos, químicos, matemáticos, pero también sociales. Sin embargo, una aproximación más académica apunta a cierto grado de abstracción (fórmulas, teoremas, hipótesis, por ejemplo) que no siempre resulta del todo clara. ¿Cómo dedujo Albert Einstein que la equivalencia entre energía y masa depende la velocidad de la luz (E=mc2)? O para acercarnos más al campo de estudio de la comunicación y los medios: ¿cómo podemos determinar el efecto de las plataformas mediáticas en la sociedad?

Para Sir Karl Popper, filósofo y teórico de la ciencia, las teorías son “modelos para representar ‘el mundo’” (Popper 1959, citado por Miller 2002: 18). Es decir, una teoría en esencia es una representación abstracta de lo que pasa en el mundo; “un conjunto de ideas que pueden ayudar a comprender un fenómeno, guiar una acción o predecir una consecuencia” (McQuail 1994: 32). Pero, “el mundo” está lleno de enigmas y preguntas sin resolver. Las teorías son entonces, una especie de caja de herramientas útiles que sirven para organizar esas preguntas (cuestionamientos de la vida natural, fenómenos físicos o rutinas sociales, por mencionar algunas), identificar sus ←6 | 7→características específicas (es un hecho aislado o se repite constantemente, por ejemplo) y así, comenzar a generar algunas respuestas.

Volviendo al ejemplo de Einstein, la Teoría de la Relatividad le fue útil para explicar distintos tipos de fenómenos algo extraños, pero reales. Por ejemplo, a Einstein le llamaba mucho la atención la forma en que los objetos cambian a altas velocidades; la velocidad del sonido en comparación a la de la luz; los campos electromagnéticos que se forman y se mueven en torno a una fuente de energía, pero que, aparentemente permanecerían estáticos en el espacio. Las leyes (teorías) de la física, desde Galileo hasta Newton, sugieren que la velocidad de un objeto se mide en relación a otro y no, como sospechaba Einstein, entorno a la velocidad y la energía propias del objeto, su masa corporal (aspectos que cambian dependiendo del objeto) y la velocidad de la luz (que permanece constante). Con diferentes ecuaciones matemáticas, Einstein demostró que la masa y la energía están relacionadas con la velocidad de la luz. Una idea (hipótesis) que generaría nuevas aproximaciones a los conceptos del espacio y el tiempo, incluidos los del átomo y la energía atómica.

Las teorías conforman pues, un repertorio (herramientas) de conocimiento (Kuhn 1962; Lakatos 1978) útil para dar respuesta a nuevos cuestionamientos (Cohen 1994; Laudan 1977, 1982). Es precisamente su utilidad —y no únicamente su exactitud o universalidad— la que denota su alcance, fortaleza o eficacia. Desde esta perspectiva, lo que las diferentes escuelas de pensamiento entienden por “teoría” puede llegar a ser muy distinto e incluso confuso. Lo que puede ser adecuado para una disciplina (la física, por ejemplo, que se centra en hechos y análisis objetivos), puede no serlo para otra (la psicología, preocupada por cuestionamientos subjetivos de fenómenos tangibles sujetos a la interpretación). Así, ante la gran diversidad de fenómenos a estudiar y la variedad de enfoques para analizarlos, más que presentar una definición precisa de lo que es una “teoría”, resulta quizá más adecuado, como propone Miller (2002: 20), describir su propósito. En términos generales, una teoría permite; (1) describir con exactitud fenómenos (naturales o sociales); (2) establecer relaciones entre estos fenómenos (a través de fórmulas, teoremas o leyes); (3) explicar coherentemente las causas y las consecuencias de estos fenómenos; y (4) demostrar el vínculo entre la abstracción (la teoría) y la realidad (los hechos). Así, resume la autora (ibid: 23), “una teoría funciona para responder preguntas empíricas, conceptuales y prácticas y la calidad de una teoría puede —generalmente— medirse en términos de las respuestas que brinda a esos cuestionamientos”.

Cuadro 1.1 Funciones generales de las teorías. Fuente: elaboración propia con información de Miller 2002: cap. 2.

Una teoría funciona para responder preguntas empíricas, conceptuales y prácticas

Su calidad se mide por su utilidad en términos de las respuestas que brinda a esos cuestionamientos

Sus funciones principales son:

(1)Describir con exactitud fenómenos naturales o sociales

(2)Establecer relaciones entre estos fenómenos

(3)Explicar coherentemente las causas y las consecuencias de estos fenómenos

(4)Demostrar el vínculo entre la abstracción (la teoría) y la realidad (los hechos).

←7 | 8→

¿Teorías de qué?

Pero si aceptamos que no hay una sola definición de “comunicación” y tampoco un único significado para el término “teoría”, inevitablemente nos encontramos ante la necesidad de también reconocer que antes de presentar un “inventario” de las teorías de la comunicación y los medios, un primer acercamiento al campo habrá de identificar a grosso modo los distintos enfoques desde los que se han estudiado estos fenómenos para luego, explicar el tipo de teorías que proponen. “La historia de las teorías de la comunicación”, resaltan Mattelart y Mattelart (1997: 10), “es la de estos fraccionamientos y de los diferentes intentos de articular o no los términos de lo que con demasiada frecuencia aparece más bajo la forma de dicotomías y oposiciones binarias, que de niveles de análisis […] estas tensiones y estos antagonismos, fuentes de medidas de exclusión, no ha dejado de manifestarse, delimitando escuelas, corrientes y tendencias”.

Desde esta perspectiva, Denis McQuail (1994: 31) propone organizar este primer acercamiento a las diversas dimensiones y perspectivas teóricas de la comunicación y los medios a manera de plano cartesiano (otras propuestas que presentan “mapas” similares con cuatro puntos cardinales son: Rosengren 1983; Craig 1999; Anderson y Baym 2004). En el eje horizontal, el autor ubica dos posturas diametralmente opuestas. En un extremo el enfoque materialista (objetivo): de metas puntuales y prácticas que se alcanzarán siguiendo un conjunto de pasos metódicamente ordenados (por ejemplo, el método científico: observación, generación de hipótesis, experimentación, análisis de datos y generalización). En el extremo opuesto, McQuail posiciona al enfoque culturalista (subjetivo): de indagaciones intangibles, innovadoras principalmente basadas en la observación, la interacción y la recolección de datos.

Las diferencias entre ambos enfoques (o epistemologías, como veremos a detalle en la siguiente sección de este capítulo sobre las “consideraciones ←8 | 9→metateóricas”) no son menores. No solo determinan la posición que tiene la o el investigador ante ciertos fenómenos, sino que también definen el tipo de conocimiento que genera. Implican posturas diametralmente opuestas en por lo menos 3 aspectos centrales de la investigación científica: (1) la función de una teoría (para qué utilizar una herramienta) —por su amplia capacidad de establecer relaciones entre fenómenos o bajo la necesidad de reconocer claramente sus alcances y sus límites—; (2) los métodos y la metodologías a utilizar (cómo se usarán esas herramientas) —una separación consciente entre investigador y objeto de estudio o una relación cercana y de primera mano—; y (3) el alcance de conocimiento (qué se logrará con esa caja de herramientas) —acumulación de conocimiento o entendimientos específicos.

Así, el enfoque objetivo supone que es posible explicar los fenómenos mediante datos precisos que describen relaciones causales y que se suman a un cúmulo de conocimiento ya existente. Pensemos, por ejemplo, en el uso de las plataformas digitales. Una pregunta muy precisa desde el enfoque objetivista sería: ¿cómo usan los jóvenes las plataformas digitales? Para resolver esta interrogante, la o el comunicólogo que opta por un enfoque objetivista se fijará una meta precisa (por ejemplo: identificar los principales usos que un grupo específico de la población —las y los jóvenes— da a las plataformas digitales); iniciará su indagación con datos precisos, planteará algunas hipótesis, buscará datos empíricos para comprobarlas y presentará sus conclusiones a manera de generalidades: los jóvenes —principalmente a partir de los 12 años de edad— usan las plataformas digitales a diario para, en orden de importancia: compartir experiencias, comunicarse con o hacer nuevos amigos y buscar información (Colás et al. 2013; Livingstone et al. 2018; OCDE 2010).

En contraste, un enfoque subjetivo ante el mismo fenómeno pondría atención a otras preguntas y, por ende, plantearía otros objetivos de investigación. Por ejemplo, una pregunta central desde este enfoque sería: ¿cómo construyen su identidad las y los jóvenes en las plataformas digitales? (Aguilar 2010 y Said 2010; Murden y Cadenasso 2018; Sarena 2006). Desde esta perspectiva, la o el comunicólogo subjetivista buscará entender a fondo este proceso. El supuesto de partida, sugieren Burrell y Morgan (1979: 5, citado por Miller 2002: 26) es que “el mundo social es esencialmente relativo y solo puede entenderse desde el punto de vista de los individuos que están directamente involucrados en los fenómenos estudiados”. Esto es, el enfoque subjetivo asume un entendimiento de los fenómenos sociales basado en la observación y en el conocimiento particular del caso de estudio. Así, la participación directa de los individuos —de los científicos y de la población estudiada— resulta indispensable para lograr un entendimiento del fenómeno de primera mano. Las particularidades del objeto de estudio (por ←9 | 10→ejemplo, las y los jóvenes: su edad, sexo, educación, nivel socioeconómico, etc.) y del contexto particular (a diversos niveles: países del norte o del sur; grandes ciudades o poblaciones más pequeñas; en la escuela o en la casa, por mencionar algunos) se convierten entonces, en el eje central de investigación.

McQuail complementa su propuesta de representación gráfica sobre las diferentes dimensiones y tipos de teorías de los medios de comunicación con un eje vertical donde posiciona otras dos visiones del mundo completamente distintas: los teóricos cuya atención está centrada en los medios de comunicación, en contraposición a la de los teóricos enfocados al estudio de la sociedad. Esta distinción tampoco es menor pues, acorde a la propuesta de “teoría” planteada arriba, las herramientas que pueden resultar útiles para examinar a los individuos (a la sociedad), pueden no serlo para explicar el funcionamiento de los medios de comunicación masiva. Un enfoque “sociocéntrico”, sugiere McQuail (1994: 30), “ve a los medios como meros reflejos de las fuerzas políticas y económicas”, mientras que el enfoque “mediocéntrico” pone mayor atención en la capacidad que tienen los propios medios de modificar esas fuerzas para convertirse en los “motores de la sociedad”.

Así, al retomar el ejemplo anterior sobre el uso que dan las y los jóvenes a las plataformas digitales, un enfoque centrado en la sociedad pondrá mayor atención en las características específicas de esta juventud: quiénes son, dónde viven, qué hacen, por qué, cómo y para qué usan el internet (ver, por ejemplo: Abbas y Mesch 2015: Albarello 2020; García Canclini et al. 2012; Brossi 2018). En contraste, un enfoque centrado en los medios pondrá mayor atención a las plataformas mismas: cuáles son, qué componentes utilizan, cuáles son sus características principales, por qué resultan tan atractivas para ciertos sectores de la población —las y los jóvenes— y qué consecuencias (económicas, sociales o psicológicas) generan en la juventud (ver, por mencionar algunos: Hooper y Kalidas 2015; López y González 2019; Montgomery 2015; Valenzuela et al. 2014. Si bien una representación gráfica esquematizada por la tajante división entre sociocéntricos y mediacéntricos (eje vertical) y entre objetivos y subjetivos (eje horizontal) es una abstracción del campo de la comunicación y los medios arbitraria y limitada, sí permite, acorde con McQuail (ibid: 32), reconocer cuatro principales enfoques:

Consideraciones metateóricas

Pero, ¿cómo posicionar las diversas teorías de la comunicación y los medios en estos cuatro enfoques? Si bien el mapa (plano cartesiano) de McQuail nos ayuda a organizar este campo de estudio, no debemos pasar por alto que es una abstracción gráfica de aspectos menos concretos en la construcción del conocimiento y, por ende, de las teorías. “El desarrollo de las teorías”, advierte Miller (op. cit.), “no existe en el vacío”, sino que ciertos aspectos filosóficos en la construcción de la ciencia (consideraciones metateóricas) condicionan las características específicas de cada teoría.

Las discusiones sobre los aspectos metateóricos (o metafísicos) de la ciencia suelen ser complejas (Kuhn 1962; Laudan 1982; Lakatos 1978; Popper 1959). En este primer acercamiento a las teorías de la comunicación y los medios basta decir que apuntan a una especie de “conocimiento tácito” (Polanyi 1969) o “entendimiento común” sobre el tipo de “herramientas” (teorías) que las y los científicos sociales utilizan en sus procesos de investigación (Layder 1994). Así, al elegir ciertas teorías sobre otras, las y los investigadores se “auto-posicionan” en tradiciones (enfoques) diferentes pues cada disciplina, cada época o cada tecnología imprime en la ciencia rasgos distintivos (Mattelart y Mattelart 1997).

Pensemos en un ejemplo más práctico que académico: el “hacker” que prefiere utilizar algoritmos para intervenir las redes sociales, mientras que el periodista se inclina por los datos para publicar noticias. En un proceso similar, las “herramientas” que utiliza la o el científico social corresponden a sus habilidades y al tipo de problema que enfrenta, pero también están condicionadas por la posición que adopta —quizá no del todo consciente— ante la realidad (ontología), el conocimiento (epistemología) y los valores que rigen el comportamiento humano y, por ende, la investigación de fenómenos sociales (axiología).←11 | 12→

En términos generales, los aspectos ontológicos de una teoría están relacionados con cuestiones filosóficas que las y los científicos mantienen sobre la naturaleza del ser. Estas reflexiones conllevan a cuestionamientos sobre la realidad, la causa o el efecto, así como la capacidad que tenemos como seres humanos de reconocer, abstraer y explicar esta (una o varias) realidad(es) —especialmente ante fenómenos abstractos y construcciones teóricas. Aquí, las dicotomías también resultan útiles para dimensionar la divergencia de posturas. Por un lado, los “realistas” (o racionalistas) tienden a ver la realidad como una sola, anteponiendo la razón por encima de la abstracción o la experiencia. Este enfoque asume que “el mundo social no depende de la cognición humana pues es un mundo real conformado por estructuras sólidas, tangibles y relativamente inmutables” (Burrell y Morgan 1979, citado por Miller 2002: 24 —énfasis añadido). En contraste, los “construccionistas” (nominalistas o empiristas) sostienen que la realidad es múltiple pues depende de la “construcción” (la experiencia, la historia o los significados) que cada uno de nosotros hace de esa(s) realidad(es). Desde esta perspectiva, las “cosas” no existen por sí mismas, sino que lo hacen a través de las denominaciones (nombres y significados) que los seres humanos damos a esas cosas.

Asimismo, la diferenciación entre el enfoque objetivo y el subjetivo revisada en páginas anteriores sirve también aquí para explorar distintas consideraciones epistemológicas. A grandes rasgos, las cuestiones epistemológicas se refieren a reflexiones filosóficas sobre cómo se adquiere, desarrolla y aumenta el conocimiento. El tipo de preguntas que guían esta reflexión son, por ejemplo: ¿qué es “conocimiento”? ¿Qué podemos “saber”? O ¿qué relación existe entre la o el científico en la “creación” de este conocimiento? Como ya se explicó anteriormente, los subjetivistas consideran que el conocimiento es un constructo que depende de cada individuo pues proviene directamente de la experiencia y del contexto. En contraposición, las posturas más objetivas suponen que el conocimiento emana de hechos tangibles y comprobables que poco dependen de los individuos o del contexto. Naturalmente, existe una relación directa entre estas cuestiones epistemológicas y las ontológicas pues la concepción de la realidad denota también la función del conocimiento.

Por su parte, la axiología apunta a los valores que sustentan a la ciencia y a la producción de este conocimiento. Hoy día resulta prácticamente inverosímil pensar que la ciencia está aislada de cualquier apreciación o juicio de valor (lo que es bueno frente a lo malo; lo correcto vs lo incorrecto; lo ético sobre inmoral). Sin embargo, reflexionar sobre cómo estas consideraciones también juegan un papel importante en la elaboración de teorías y supuestos científicos apunta a los límites y los alcances de la ciencia. Consideremos de nuevo el ejemplo de Albert Einstein y su Teoría de la Relatividad. Lo que ←12 | 13→desde una perspectiva puede entenderse como uno de los avances científicos más importantes del siglo XX (la ciencia atómica y la energía nuclear), desde otra, puede condenarse como el arma más peligrosa que ha acribillado a la humanidad (la bomba atómica). Reconocer que el conocimiento científico también está sujeto a ciertos juicios de valor permite identificar con mayor claridad qué supuestos guían la investigación y cuál es el alcance de sus resultados. Pensemos ahora, en otro ejemplo: los estudios feministas de los años 1970 que denotan cómo las diferencias históricas entre la concepción del género femenino y el género masculino también están presentes en los temas, los métodos y los hallazgos de la investigación científica (ver, por ejemplo: Steeves 1993).

En este punto sobre las consideraciones metateóricas implícitas en el quehacer científico y, por ende, en las teorías, cabe reconocer que muy difícilmente encontraremos científicos sociales claramente ubicados en los extremos de estas divergencias (por ejemplo: realistas, objetivos y plenamente conscientes de los valores —los propios, los de la comunidad científica y los implícitos en el objeto de estudio). Sin embargo, tener presentes estas consideraciones nos ayuda a entender mejor no solo las diferencias entre posturas y enfoques, sino también a “rastrear” los orígenes y a evaluar la trayectoria de las teorías de la comunicación y los medios.

Este volumen

En este quehacer, el objetivo general de este primer volumen de La comunicación y sus guerras teóricas, como se ya se anticipó, es analizar los principales enfoques y las perspectivas disciplinarias en el estudio de la comunicación y los medios. En el siguiente capítulo, Enrique E. Sánchez Ruiz centra su atención en el enfoque histórico-estructural. Su propuesta es revisar las características de la investigación científica —teoría, método, metodología, epistemología, ontología y axiología— para contar con algunas herramientas necesarias en el análisis de la comunicación y los medios. Así, el capítulo comienza por recordarnos que método y teoría son las dos caras de la moneda de cambio que utilizamos al responder preguntas, generar hipótesis y adaptar nuestras conclusiones ante procesos de comunicación muy diversos y complejos. Armados con un sólido arsenal de técnicas y procedimientos para producir y analizar datos empíricos —métodos que utilizan diversas metodologías, por ejemplo—, las y los científicos sociales colocan al mundo bajo el microscopio. Para Sánchez Ruiz, el análisis histórico-estructural representa una lente que permite visualizar los hechos (dilemas) en un contexto histórico más amplio. Un diálogo permanente entre los hechos (los arreglos estructurales) y la ←13 | 14→historia nos obliga a reconocer que la humanidad forja las estructuras sociales y, por ende, estas últimas, aunque rígidas, no permanecen del todo estáticas.

Así, el enfoque histórico-estructural trata de lidiar con dos aspectos que a primera vista parecen contradictorios: rigidez y transformación. Sin embargo, en distintas épocas, los teóricos —como Marx o Giddens, por ejemplo— han enfrentado la necesidad de reconocer las presiones que ejercen las estructuras sociales sobre el devenir histórico, pero también de identificar la capacidad de la agencia individual y colectiva para modificarlas —e incluso remplazarlas. Este cambio, sin embargo, no es instantáneo y tampoco ocurre de manera uniforme o coordinada. Es aquí donde la labor de las y los científicos sociales es indispensable para identificar la complejidad y la trascendencia de las transformaciones, así como sus causas y consecuencias. Pensando en la permanente revolución tecnológica de las plataformas mediáticas, Sánchez Ruiz nos invita a reflexionar sobre los cambios que provocan, pero también en aquellos aspectos que permanecen. Esto, advierte el autor, no nos hace historiadores y mucho menos capaces de predecir el futuro. Pero sí servirá para alertar nuestra “conciencia histórica” y, así, estar mejor preparados para criticar el determinismo tecnológico que constantemente amenaza a las teorías de la comunicación y de los medios.

En el segundo capítulo, Rodney Benson elabora en estos elementos para centrar su atención en el enfoque sociológico y poner énfasis en un punto medular del estudio de los medios de comunicación: su estructura. Desde una perspectiva estructural-funcionalista anclada en el conductivismo, en su abstracción más simple y general, la sociología de la comunicación y los medios pone énfasis en el estudio de las condiciones socioculturales en las que se desarrollan los medios de comunicación, así como en los objetivos de los emisores, el contenido de sus mensajes, el papel que juega la tecnología —las distintas plataformas mediáticas, por ejemplo— y el efecto de todos estos factores en las audiencias o viceversa. Las redes de interacción entre el individuo y la sociedad constituyen un laboratorio (Park 1904/1972) donde la investigación empírica pone a prueba distintas variables sociales —ubicación, frecuencia, homogeneidad o heterogeneidad grupal, tipo de organizaciones, discursos o principios normativos— a muy diversos niveles de análisis —individual, organizacional, institucional, estado-nación, transnacional, global, por mencionar los más estudiados. Es decir, un enfoque que propone colocar a los medios de comunicación como una variable que depende (variable dependiente) de muchos otros factores (variables independientes).

Con este propósito en mente, Benson elabora en los fundamentos del enfoque sociológico (ver por ejemplo grandes clásicos como Park y Burgess ←14 | 15→1921) para insistir en la necesidad de incluir en los estudios de los medios de comunicación un análisis detallado que pone énfasis en tres aspectos: su ubicación, su lógica y su estructura. Utilizando la teoría de campos de Bourdieu, así como algunos aspectos clave del neoinstitucionalismo, Benson propone distintas características estructurales de los medios de comunicación que influyen en el tipo y en el tono de los contenidos mediáticos. Por ejemplo, las marcadas diferencias entre Le Figaro y el Christian Science Monitor no solo responden a diferentes campos nacionales (el primero francés, el segundo estadounidense), sino también a distintas lógicas periodísticas, patrones de financiamiento, tipos de audiencias e incluso, políticas regulatorias específicas para cada mercado.

“Insistir en que las estructuras definen las estrategias”, aclara Benson (capítulo 2), “es [también] suponer que se puede preferir a algunas estructuras frente a otras”. El capítulo de Maira Vaca elabora en esta premisa para explicar por qué, utilizando las palabras de Benson, algunas “estructuras mediáticas” nos parecen mejores que otras: ¿por qué valoramos el periodismo crítico, basado en datos certeros y abierto a la diversidad de voces? ¿Por qué los medios de comunicación son y funcionan de manera diferente en distintos contextos, por ejemplo, en diferentes países? Haciendo referencia al ya icónico Cuatro Teorías de la Prensa. Lo que los medios deben ser y hacer de Fred S. Siebert, Theodore Peterson y Wilbur Schramm (1956), este capítulo revisa los orígenes históricos y teóricos de un mundo aparentemente dividido en dos: el que protege la libre expresión, la participación y la transparencia de la información (las democracias); el que censura, reprime y atenta contra el libre acceso a la información y al debate público (los regímenes totalitarios).

El enfoque normativo en el estudio de la comunicación y los medios apunta a las expectativas sociales sobre el quehacer cotidiano de los medios de comunicación, las reglas y los valores que sustentan su funcionamiento. Estas normas y prácticas al final se ven reflejadas en los tipos de productos mediáticos que ofrecen: el periodismo crítico y de investigación que defienden los medios independientes en contraste con los extravagantes titulares de la prensa amarillista, por ejemplo. Sin embargo, décadas de investigación sugieren que las normas que rigen el funcionamiento de los medios están estrechamente ligadas a las estructuras sociales y políticas. Mientras la participación y la información son el sustento de las democracias; el autoritarismo las controla y restringe acorde a sus propios intereses. Esta tajante división, siguiere Vaca, ya no resulta útil para analizar la gran diversidad de medios y plataformas digitales. Las expectativas sobre el quehacer de los medios (del internet, por ejemplo) tampoco corresponden a lo que ocurre en la práctica cotidiana. No se trata de desechar modelos teóricos y tirar por la borda ←15 | 16→décadas de investigación. Sin embargo, el análisis crítico de sus alcances y límites apunta a nuevas preguntas, herramientas y datos.

De hecho, una postura crítica ante los procesos y las teorías de la comunicación es la propuesta principal del enfoque cultural. En su capítulo, David Morley repasa los principales postulados de los llamados “estudios culturales”. La investigación sobre los medios y la comunicación es un campo altamente (pre)ocupado por las relaciones de poder, los datos empíricos, los métodos y por la transmisión mecánica de contenidos mediáticos del hoy y el ahora. Sin embargo, una mirada al sentido común; a aquello que se da por sentado o que “no hace falta decir”, propone Morley, es útil para identificar los aspectos de raza o de género; de la cultura; de los significados; o de la tradición histórica que también juegan un papel importante en la comunicación de masas. Estos aspectos (no) menos importantes, obligan a utilizar herramientas y supuestos que aportan otras disciplinas para complementar el análisis con aspectos como el contexto, las características específicas del “nosotros” como individuos con historia, gustos e intereses propios que se extienden más allá del uso cotidiano de nuevas tecnologías y plataformas.

Así, para Morley, la interdisciplinaridad es una medida de protección contra teorías abstractas que se alejan demasiado de la realidad y que pretenden enfrascarse en el reduccionismo y en explicaciones generalizadas —“conocimiento de idiotas”, en palabras de William Blake— que poco corresponden a lo que realmente está sucediendo en las muy diversas partes del mundo. El enfoque cultural propone entonces, un alejamiento de tres “isims”; (1) el “media-centrism”, un enfoque que privilegia el estudio de los “nuevos” medios sobre las particularidades de cada plataforma, usuario y contexto mediático; (2) el “EurAmcentrism”, que asume un vasto conocimiento de las principales características de los medios sin expandir su mirada más allá de Europa y Estados Unidos; y (3) el “cultural presentism” que ignora la historia y los antecedentes de lo que hoy, a primera vista, parecen las grandes revoluciones mediáticas. Siguiendo la propuesta de Stuart Hall en cuanto a la necesidad de “volver a lo concreto”, este capítulo invita a evaluar cualquier propuesta teórica con base en su utilidad y no simplemente en su complejidad.

“Gran parte de los capítulos más brillantes, de los descubrimientos, las decisiones y los inventos más más significativos de la historia humana”, repara Wilbur Schramm (1997: 3), “están escondidos en la bruma del tiempo y la distancia, y solo podemos saber muy poco al respecto”. Con esto en mente y para adentrarnos en esta “bruma”, el capítulo de Eduardo Portas Ruiz presenta una relectura de los trabajos del propio Schramm, quien, para muchos —Steven Chaffee, Everett Rogers, Paul Lazarsfeld, Theodore Peterson, por ejemplo— es uno de los padres fundadores del estudio de la comunicación ←16 | 17→y los medios. Schramm, controvertido periodista, académico y funcionario norteamericano; colaborador de Fred S. Siebert y Theodore Peterson en el famoso Cuatro Teorías de la Prensa que Maira Vaca analiza en el capítulo cuatro de este volumen, utilizó como base los estudios que realizó durante la Segunda Guerra Mundial sobre la propaganda política y sobre la relación entre el régimen soviético y los medios de comunicación —cristalizados en la llamada “teoría totalitaria”— para presentar una propuesta sobre el papel que pueden llegar a tener los medios en países en desarrollo.

Para Portas, algunos de los conceptos propuestos por Schramm en sus estudios sobre la capacidad transformadora de la comunicación en el proceso de desarrollo continúan siendo útiles para analizar, por ejemplo, el papel de los medios mexicanos en la cobertura ante la pandemia generada por el COVID-19. La idea de “campos de referencia semántica” —un antecedente al concepto de encuadre o “framing”—, así como la noción de los “factores de atracción” que generan los medios con sus audiencias, explican en gran medida, cómo el gobierno mexicano ha “sembrado” en los medios tradicionales y digitales la idea de un México unido y fuerte ante el desafío de un futuro incierto. “Conforme los países transitan de sociedades tradicionales a sociedades modernas e industrializadas”, escribe Schramm (1963: 34), “ocurren impresionantes avances en sus comunicaciones”. Desde una perspectiva, los avances tecnológicos en la comunicación son producto del desarrollo económico, social y político que conlleva al crecimiento nacional. Desde otra, sin embargo, es precisamente la comunicación la que produce ese desarrollo.

Desde otro enfoque, el capítulo de Isabela Corduneanu propone un análisis más detallado del papel que juegan los sentimientos y las emociones en todo proceso de comunicación. Un giro afectivo-emocional a la investigación de los medios y los procesos comunicativos enriquece el análisis al incorporar herramientas de otras disciplinas como la psicología y la sociología de las emociones. Esta perspectiva, —aunque en boga hoy día con conceptos como la “sociedad afectiva” o con productos mediáticos como los “reality shows”, la prensa amarillista, el “marketing emocional” o las campañas de “guerra sucia”—, tiene profundas raíces en las ciencias sociales y las humanidades. Grandes autores, desde Aristóteles hasta Weber, pasando por Descartes, de Tocqueville, Sartre, Darwin, Simmel, Smith, Nussbaum o Durkheim reparan en la centralidad de las emociones a nivel individual y social. El componente emocional de la comunicación no únicamente está presente en el individuo —como subjetividad—, sino que el entorno social también imprime ciertas emociones en el individuo.

Así, la comunicación interpersonal, pero también la mediada conlleva una carga afectiva que, en el mejor de los casos, gran parte de los estudios dan por ←17 | 18→sentado, si no es que la ignoran por completo. El abanico de opciones para orientar el estudio de la comunicación y los medios a los sentimientos y las emociones es amplio y a momentos confuso —por ejemplo: ¿un sentimiento es un efecto psicológico individual (un estado de ánimo) o una respuesta socialmente aprendida (una actitud)? Sin embargo, este enfoque invita a reflexionar con mayor detenimiento y seriedad sobre el papel (duración, causa, efectos, niveles, consecuencias, por mencionar algunos aspectos centrales) de los sentimientos y las emociones. Varias corrientes teóricas han reparado en aspectos centrales de la comunicación como el lenguaje, la cultura o las relaciones de poder. Poner el énfasis en las emociones y los sentimientos no contradice, sino que complementa estos esfuerzos, sugiere Corduneanu. La tarea pendiente es entonces, redoblar esfuerzos para enfrentar los retos teóricos y metodológicos que impone este enfoque.

Para Vivian Romeu, el reto es incluso más complejo. En su capítulo explica cómo es necesario idear nuevos enfoques que permitan abstracciones teóricas de los procesos comunicativos “menos mecánica(s) y más realista(s)”. En este esfuerzo, la interdisciplinariedad también figura como una veta a explotar. Sin embargo, las nuevas fronteras que habrá de explorar el campo de estudio de la comunicación y los medios van más allá de la historia o la sociología —como proponen Sánchez Ruiz o Benson—, de la antropología, la semiótica o la lingüística —a donde apuntan los estudios culturales— o de la psicología y de la sociología de las emociones —como sugiere Corduneanu. Para Romeu, es necesario volcar la mirada a otras disciplinas que también aportan elementos centrales al estudio de la comunicación como son la biología evolutiva, la biosemiótica, la fenomenología, la física o las nuevas ciencias cognitivas. La propuesta es entonces, incorporar al análisis los procesos comunicativos como parte de una vida que no es exclusivamente social o cultural, sino que también está regida por ciclos orgánicos que hacen del acto comunicativo un proceso más complejo.

Así, para Romeu, la “interacción comunicativa” —un proceso de convergencia expresiva que además del emisor, mensaje y receptor toma en cuenta otros aspectos inconscientes y no siempre intencionales de la comunicación para centrar la atención del análisis en los sujetos, su experiencia e información previa y no meramente en el mensaje o en su significado— está en los cimientos de las dimensiones sociales y culturales de la comunicación. A su vez, esta dimensión también está condicionada por otros factores como la cultura o el poder. Este enfoque propone, en palabras de la autora, “pensar la comunicación como no siempre intencional, no siempre enfocada a afectar al receptor y tampoco no siempre orientada al entendimiento”. Considerar que la comunicación también puede ser un acto inconsciente ←18 | 19→(una reacción biológica inintencionada, por ejemplo), irracional o un proceso fallido abre la posibilidad de complementar el análisis con nociones como la información —entendida como una magnitud que no es ajena a la actividad cognitiva del sujeto—, la experiencia y las interacciones entre el entorno físico o natural, el entorno social o de socialización y el entorno simbólico-cultural.

Desde una perspectiva que a primera vista pareciera más convencional, Robin Mansell utiliza las herramientas de la economía política para analizar las contradicciones que en esta segunda década del siglo XXI nos impone el entorno digital. Por un lado, este espacio abierto, de libre acceso, sin jerarquías y anclado en la idea de la participación y el bien común abre la posibilidad a nuevos canales de información y participación ciudadana. Por el otro, sin embargo, los intereses económicos, las potencialidades de nuevos mercados y productos, la generación de “megadatos” y los riesgos inmersos en la vigilancia, el anonimato y alcance prácticamente desmedido de la información que circula a en la red la transforman en una herramienta peligrosa que puede llegar a atentar contra la libertad y la capacidad de acción individual o colectiva. La pregunta central es entonces: ¿cómo afecta a las y los ciudadanos el entorno digital? No hay, apunta Mansell, una sola respuesta. De hecho, diferentes imaginarios sociales conducen a diferentes sistemas de gestión y gobernanza de la red. Mientras para algunos el Estado y otras instituciones formales deben regular el entorno digital para asegurar que sea un lugar seguro y benigno para el bien común, para otros deben ser las y los ciudadanos quienes retomen el control de estos espacios y los transformen en foros de libertad y emancipación.

Un acercamiento meramente económico a las dinámicas del mercado o al proceso de elección que se llevan a cabo en el entorno digital limita la posibilidad de analizar más de cerca las relaciones de poder (formal e informal) que subyacen en estas plataformas. La mirada crítica de la economía política, sugiere Mansell, permite reconocer las tensiones entre diferentes imaginarios —el liderado por el mercado, el regulado por el Estado o el que está en función de la libre elección ciudadana—, al tiempo que hace posible identificar las discrepancias entre un mundo idealizado y la práctica cotidiana. ¿Nos hace el internet más sabios; más libres? De nuevo, la respuesta no es una y mucho menos definitiva (Mansell 2016). Amartya Sen, Premio Nobel de Economía, insiste en que la diversidad de opciones y la capacidad de elección de las y los ciudadanos define el tipo de sociedad en la que vivimos. Desde esta perspectiva, Mansell propone un análisis más cuidadoso de los diversos modelos de autoridad y de gobernanza en la red que permita identificar las ←19 | 20→oportunidades y los retos que determinan nuestra capacidad de elección tanto al nivel macro (sociedades u organismos) como a nivel micro (comunidades o individuos) en la era digital.

En línea con esta discusión sobre las nuevas plataformas digitales, el capítulo de Néstor García Canclini nos presenta un panorama crudo y “antiescéptico” del siglo XXI. Si bien las nuevas plataformas digitales han hecho posible nuevos canales, velocidades y modos de comunicación, también representan grandes peligros de los que no estamos del todo conscientes. Primero, utilizamos las nuevas plataformas digitales y sin siquiera notarlo e incluso sin contar con nuestro consentimiento, nuestros datos —información de contacto, ubicación, rutinas de consumo, por mencionar solo algunos megadatos que automáticamente se almacenan en el “ciberespacio”— se convierten en información valiosa y accesible al mejor postor. Segundo, en el “mar de información” del internet, es prácticamente imposible diferenciar claramente lo útil, los hechos y el debate público de las “fake-news”, la ficción y los “trending topics”. Tercero, aunque nos empeñamos en creer que navegamos en un mar seguro, las grandes compañías que nos ofrecen sus plataformas digitales con un solo “click” no están del todo (pre)ocupadas por brindar más y mejores mecanismos de protección ante redes criminales, usuarios inexistentes o “bots”, información falsa, por mencionar solo algunos de los peligros más inminentes.

¿Qué nos resta, como ciudadanos, como consumidores, como comunicadores en y ante el mundo digital? No es el objetivo de García Canclini ofrecer una respuesta concreta. Pero sí nos hace reflexionar sobre la capacidad individual y colectiva para crear un internet más seguro, regulado y donde la participación social esté encaminada a objetivos comunes y no meramente particulares o comerciales. En las nuevas plataformas digitales de la comunicación resulta extremadamente difícil separar con claridad las emociones o sentimientos, de los datos y hechos concretos. Como ciudadanos, como comunicólogas y comunicólogos, la tarea no es desenredar el complicado entramado de pasiones, algoritmos, información, e intereses comerciales. Sino explorar, retomando las palabras de García Canclini “otros modos de conocer, de conocerse y decirlo”. Para el autor, no podemos “seguir así indefinidamente, quedarse sin saber qué hacer, con el deseo de ser ciudadano”. La ciencia, el conocimiento, la investigación y las teorías conforman una posible ruta a seguir. Es cierto, no todas las ciencias son exactas —mucho menos el estudio de la comunicación y los medios—, pero todas ellas cuentan con herramientas útiles para cuestionar la realidad, recolectar datos, hacer inferencias y presentar alternativas.

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Referencias y lecturas adicionales

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El análisis de los medios desde una metodología histórico-estructural

Enrique E. Sánchez Ruiz*

Pobres dialectas que se asustan con la dialéctica.

Porque piensan que los conceptos son “verdades inmutables”,

esencias siempre presentes en el vacío de la falta de imaginación,

no perciben que los conceptos tienen un movimiento,

una historia, y un alcance teórico-práctico limitado.

Fernando Cardoso, 1972

Método, tradición de investigación

Desde un punto de vista general y como primera aproximación, por método entendemos un conjunto de principios, presupuestos y patrones básicos de razonamiento, mediante los cuales el científico liga la teoría, los conceptos y los datos de la experiencia, y no meramente como una serie de procedimientos estandarizados o de técnicas predeterminadas y universales (Suppe 1977: 864; Blaug 1982: xi). Para investigar lo concreto, escogemos o producimos, y empleamos, entonces, un marco metodológico determinado, no porque lo consideremos una suerte de algoritmo para producir verdades, sino porque demuestra su utilidad —en la práctica concreta de investigación, y por sobre otros que también pueden tener algún grado de utilidad—, para generar preguntas e hipótesis significantes sobre fenómenos y procesos complejos, ←25 | 26→como las relaciones sociales, el cambio social, etcétera; pero también para producir o adaptar procedimientos e instrumentos relevantes para intentar contestar las preguntas o sostener la verosimilitud de las hipótesis.

El método se considera como parte de un marco más amplio, porque, “si la metodología presupone un método, la primera, siendo la expresión explícita del segundo, el método presupone a la teoría —ontológica, axiológica, epistemológica—” (Marcovic 1979: 5). En la práctica social y cotidiana de investigación, cualquier científico, incluyendo el científico social, pone en operación una serie de técnicas para producir, analizar e interpretar datos, que a su vez tiene alguna relación más o menos explícita y más o menos “orgánica” con un(os) procedimiento(s) más o menos socialmente aceptados por la comunidad científica a la que aquel pertenece. Dichos procedimientos, a su vez, tienen algún grado de congruencia con elaboraciones teóricas sistemáticas y con una serie de principios básicos y patrones de razonamiento, así como de presupuestos sobre cómo es la realidad y cómo es posible conocerla, y con un cierto marco de valores, con frecuencia implícitos más que explícitos. Yo creo que es importante recordar que esta “jerarquía epistémica” (que se representa en el Esquema 2.1 abajo) nunca es totalmente consciente, ni totalmente sistemática. Las relaciones lógicas entre los diversos niveles de la jerarquía epistémica nunca son en la práctica concreta lo elegantemente integradas como suponían los empiristas lógicos, tal como un distinguido representante de esta corriente llegó a reconocer hace ya algún tiempo (Hempel 1977). Pero que los diversos componentes de tal jerarquía no estén tan lógicamente interconectados como se pensaba, y el que no sean tan conscientes y sistemáticas sus vinculaciones no significa que no operen de hecho esos diversos niveles epistémicos en el proceso de la investigación concreta (Kuhn 1970). El que ejerzamos en la indagación de lo complejo un cierto conocimiento “tácito” (Polanyi 1969) y no en su totalidad consciente no nos dispensa el que debamos ir tratando de explicitar y reconstruir tales presupuestos, principios y procedimientos “tácitos”, en la medida en que avanza nuestra práctica científica, atendiendo al carácter —en principio— racional de esta práctica social. Esto implica ejercer una “vigilancia epistemológica” constante, durante el ejercicio profesional de la producción de conocimiento (Bourdieu et al. 1975).

Lo que, siguiendo a Kuhn (1970), llamamos paradigma, en cuanto que visión “científica” del mundo, fuente a su vez de preguntas y de intentos de respuesta de índole cognoscitivo, puede entenderse en una dimensión más sociológica e histórica como una “tradición de investigación” (Laudan 1978): como “un conjunto de presupuestos generales sobre las entidades y procesos que conforman un dominio de estudio, y sobre los métodos apropiados para investigar los problemas y construir las teorías en tal campo de ←26 | 27→estudio”. Es decir, una tradición de investigación, desde un punto de vista ontológico, incluye concepciones más o menos explícitas sobre qué entidades elementales existen y cómo interactúan. Y, desde un punto de vista metodológico, desarrolla directrices más o menos explícitas sobre cuáles son las formas legítimas de abordar la indagación sobre tales entidades y sus interrelaciones.

Esquema 2.1Jerarquía epistémica. Fuente: Autor

Los principios, presupuestos y patrones de razonamiento que guían metódicamente la investigación no constituyen entonces un procedimiento universal y abstracto (un algoritmo), separado de concepciones y presupuestos históricamente enraizados (Laudan 1978, 1981; Lakatos 1980; Kuhn 1970). El método en acción se encuentra, pues, íntimamente ligado con otros elementos de una “matriz disciplinaria” (generalizaciones simbólicas, modelos heurísticos y ontológicos, valores, soluciones “ejemplares” a problemas cognoscitivos previos, etcétera, en la concepción de Thomas Kuhn 1970). Mediante esta matriz disciplinaria, es decir, siguiendo un cierto paradigma ←27 | 28→o marco espistémico más o menos consensual, una comunidad de científicos intenta resolver los problemas cognoscitivos que surgen en su enfrentamiento profesional con algún dominio de la compleja realidad. Si bien tales problemas concretos de orden cognoscitivo se originan con frecuencia de la observación más o menos directa de la realidad misma y de una falta inicial de comprensión por parte del científico, es conveniente aclarar que su “descubrimiento” o, más bien, su construcción como áreas problemáticas u objetos de estudio, surge de una compleja y continua interacción entre los datos de la experiencia más o menos inmediata —que nunca lo es totalmente, pues ocurren mediaciones desde perceptivas hasta técnicas— y los marcos epistémicos (Piaget y García 1982) que orientan los análisis de los profesionales de la producción social del conocimiento (científico). Repitiendo el ya lugar común, recordemos entonces que siempre abordamos la realidad desde alguna “teoría” (que, extendiendo su alcance semántico al caso de la vida cotidiana, pero también en el caso de un marco epistémico complejo, puede estar constituida, además de ciertos axiomas, leyes y/o hipótesis sistemáticas, de “pre-nociones” o de prejuicios, por no mencionar que puede estar permeada de ideología). Pero los modelos con los que abordamos la observación y análisis de lo real no son estáticos, sino que van modificándose y reelaborándose en la medida en que avanza el proceso —siempre asintótico— de conocimiento del mundo.

No hay una sola forma de estructurar (cognoscitivamente) la realidad, sino que cada concepción general (tradición de investigación, paradigma, marco epistémico) orienta hacia alguna forma de construcción cognoscitiva de lo real. Por ejemplo, Jean Piaget (1976: 72) nos ilustra sobre tres posibles modos de estructurar la realidad social, por parte del sociólogo:

(a)La composición aditiva o atomística, mediante la cual la sociedad es concebida como una suma de individuos que están ya en posesión de las características a ser explicadas. Esta concepción ha sido predominante en la tradición empirista, individualizante e incluso psicologizante que ha prevalecido en los Estados Unidos hasta hace muy poco.1 También se le encuentra entre los presupuestos básicos de la economía neoclásica.

(b)El principio de emergencia, mediante el cual se concibe —como lo hacía Durkheim— que el todo social engendra nuevas propiedades que se imponen a los individuos. Este principio de emergencia permitió al empirismo sociológico —y al llamado “enfoque pluralista” en ciencia política— estadounidense ligar de manera teórica las acciones de los individuos en totalidades más complejamente concebidas mediante el enfoque funcionalista y otros desarrollos por ejemplo de teoría de los sistemas generales.

(c)←28 | 29→El de “totalidad relacional”, que concibe a la sociedad como un sistema de interacciones, oposiciones, equilibrios/desequilibrios y superaciones que desde el principio introducen determinaciones a los elementos individuales y que, por otra parte, explican las variaciones y mutaciones del todo.

Nosotros pensamos que esta última posición, que puede llamarse dialéctica, incluye jerárquicamente, superándolas, a las dos anteriores; de tal manera que permite pensar en el papel histórico de los sujetos individuales, quienes a su vez forman parte de diversas jerarquías sistémicas que no se conforman y relacionan aditiva, lineal y mecánicamente, sino por medio de múltiples niveles de emergencia, y que forman parte a su vez de procesos amplios de estructuración/desestructuración/reestructuración históricas. Se trata, entonces, de una jerarquía de concepciones de complejidad de la materia histórico-social. Como describiremos posteriormente, nosotros consideramos que esta concepción dialéctica es la que ha informado la tradición de investigación latinoamericana que ha hecho útil una metodología histórico-estructural.

Dos aclaraciones: una concepción que postula la estructuración activa por parte del analista, del objeto de estudio, no cae necesariamente en una suerte de “relativismo”; y menos aún en un “idealismo” (la idea que construye o da forma al mundo). Es decir, que a partir de la posición epistemológica racionalista llegue a negar la existencia concreta y material del objeto real, y niegue además algún grado de isomorfismo o correspondencia entre las estructuras o modelos construidos con las estructuras reales de tal objeto real. Este último problema se resuelve si se adopta, por una parte, una posición ontológica realista, que presupone que el objeto real existe “allá afuera”, independientemente de que yo quiera o pueda conocerlo; esta posición deberá ser complementada por un realismo epistemológico, que lleva a considerar que las estructuras y modelos que uno genera corresponden en algún grado a las estructuras y movimientos de aquel objeto real. De otra forma sí estaríamos cayendo en el idealismo, o por lo menos en algún tipo de ‘relativismo’ (convencionalismo, instrumentalismo) [véase la discusión de algunos de estos tópicos en Lakatos (1980) y Schaff (1983)]. El punto de vista dialéctico implica, pues, un realismo ontológico y epistemológico, complementado por una convicción racionalista que atribuye a la razón humana un papel activo y predominante en el proceso de producción de conocimiento útil sobre el mundo. Por otra parte, Jean Piaget (1976: 71) sugiere —y nosotros creemos lo mismo— que hay marcos lógico-matemáticos (modelos) más complejos y “fieles” a la realidad que otros, además de que, inevitablemente, las concepciones que guían la investigación tarde o temprano tienen que ser cotejadas en forma descriptiva y/o explicativa ←29 | 30→con los datos de la experiencia y entre ellas mismas, de tal suerte que aquellas que se muestran más útiles para resolver problemas tanto cognoscitivos, como eventualmente prácticos, prevalecerán en el tiempo (Lakatos 1980).

De la articulación compleja de presupuestos y procedimientos privilegiados por una tradición de investigación surge, entonces, toda una “lógica del descubrimiento”, entendida en términos constructivistas. Es decir, que permite articular a la vez preguntas y determinar áreas problemáticas que enriquecen el proceso de construcción de un objeto de estudio. El recuperar la importancia del método como lógica del descubrimiento se entiende si recordamos que los empiristas lógicos —o neopositivistas, que tanta influencia han tenido en las ciencias sociales mediante sus seguidores estadounidenses— consideraban que el proceso de investigación científica consistía básicamente en dos momentos: uno, que caracterizaba el contexto del descubrimiento. Ahí emergían, de algún modo, preguntas e hipótesis de investigación. Pero este contexto del descubrimiento en realidad no les importaba a los positivistas, pues en él podían intervenir aspectos psicológicos no racionales, o el azar mismo, como en la llamada “serendipia”, en la producción de preguntas de investigación. Este contexto se prestaba para referir anécdotas chistosas o incluso serias, pero no se podía llegar a reconstruir de él —ni les interesaba— una “lógica del descubrimiento”.

Lo que sí era importante para los empiristas lógicos, como base para reconstruir una metodología científica rigurosa, era el llamado “contexto de la justificación” del que sí era posible inferir y generalizar toda una “lógica de la justificación”. Es decir, la reconstrucción del proceso de puesta a prueba y verificación o refutación de las hipótesis. De nuevo, el origen de estas era en última instancia irrelevante, en la medida en que se siguieran procedimientos rigurosos, válidos y confiables, de contrastación de tales hipótesis con el comportamiento de la realidad (cfr. Hacking 1981). Nosotros creemos que la vigilancia epistemológica y metodológica de este “contexto de la justificación” es muy importante, porque, en el rigor y sistematicidad de los procesos de comprobación o falsación de hipótesis está un componente principal de la definición de la investigación científica como actividad diferente de otras que también pueden generar (alguna forma de) conocimiento. Pero consideramos también, siguiendo a epistemólogos pospositivistas y constructivistas, que el contexto y la lógica del descubrimiento —del que también surgiría toda una “lógica de la construcción” de los objetos de estudio— son también elementos fundamentales del proceso de investigación científica. Por esta razón, es importante ampliar el campo semántico de “la metodología”, relacionándolo con los otros aspectos que constituyen una tradición de investigación o marco epistémico, para que nos ayude a explicitar toda la serie de principios, ←30 | 31→presupuestos y patrones de razonamiento que hacen (más) fructífera la labor de generación de preguntas e hipótesis de investigación, de la misma forma como es importante explicitar los procedimientos lógicos y técnicos de producción, análisis e interpretación de datos.

Que conste que no estamos simplemente proponiendo otra versión (pero con más “rollo”) del llamado método hipotético-deductivo, en la medida en que no creemos que las preguntas e hipótesis surgen, en la práctica real, directa y elegantemente de inferencias deductivas a partir de la teoría, sino de una interacción más compleja entre elementos teóricos y metodológicos explícitos y sistemáticos, con otros presupuestos de diverso orden menos elaborados y sistematizados, pero que forman parte del cuerpo de nociones que conforma la tradición de investigación. Es la labor del metodólogo y del epistemólogo (y/o del científico interesado en esas labores) el ir explicando y sistematizando esos elementos y su articulación procesual, para tratar de hacer más útiles los métodos que se muestran (más) fructíferos en el proceso de comprehensión y explicación de la compleja y cambiante realidad.

Esta posición constructivista, racionalista y dialéctica no es, por otra parte, nada nuevo en términos de la práctica real de científicos del mayor calibre: por ejemplo, Karl Marx (1974: 258) hablaba de la necesidad de producir, mediante el trabajo de abstracción, los conceptos que se refieren a lo concreto y múltiple, lo que se puede resumir en las palabras de Ferdinand de Saussure (1975: 49): “es el punto de vista el que crea el objeto”. Pero desde luego, esto no se refiere al objeto real (realidad “heteróclita”, como llamaba el mismo De Saussure al lenguaje, su propio “objeto real”), sino al objeto de análisis e investigación. De nuevo, no se trata de tomar una postura idealista, sino describir una estrategia racional normal que han seguido los grandes científicos en su práctica de dar inteligibilidad al mundo real y concreto. Por ejemplo, Noam Chomsky (1979: 57) explica que:

Los fenómenos que son suficientemente complicados como para que valga la pena su estudio, generalmente involucran la interacción de diversos sistemas. Por consiguiente, uno debe abstraer un objeto de estudio, uno debe eliminar los factores que no son pertinentes.

Entonces, podemos resumir este último argumento citando al historiador Pierre Vilar (1988: 53):

La cosa observada es como es. Nosotros la observamos, y somos nosotros quienes, a partir de esta observación, construimos un “modelo” reflejando el mayor número posible de características del objeto o, en todo caso, de sus rasgos fundamentales. (…) La ciencia es la adecuación —en continuo progreso— de la imagen construida que nos hacemos de la realidad misma.

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La última frase de la cita refleja una postura epistemológica realista. Solo unas aclaraciones. La cosa observada es, de hecho, como está siendo, pues no hay nada bajo el sol que sea estático y no cambie permanentemente. Los modelos que construimos, tal como lo hemos comentado antes, no surgen —únicamente, por lo menos— de la observación empírica directa, sino con la mayor frecuencia de la compleja interacción de esta con las tradiciones de investigación y paradigmas —marcos epistémicos— que nos han socializado como investigadores. Además, si bien creemos que hay un progreso creciente en la generación del conocimiento científico —incluyendo el social—, pensamos que este no se da en una progresión continua y linealmente acumulativa, aunque tampoco en “cortes” o “rupturas” (cambios de paradigmas) demasiado abruptos y totales, sino en forma irregular, a base de continuidades, discontinuidades, negaciones y superaciones dialécticas que no anulan totalmente lo que niegan, pero que tampoco lo “reducen” o subsumen lógicamente como piensan los neopositivistas (Radnitzky y Bartley 1987). Siempre hay algo nuevo bajo el sol, a pesar de que “no hay nada nuevo bajo el sol”, aunque suene contradictorio. Hay que conocer un poco de historia de la ciencia para estar de acuerdo con esta última aserción.

Análisis histórico-estructural

El análisis histórico estructural, tal como ha sido desarrollado por científicos sociales latinoamericanos, es una forma de aproximación dialéctica al estudio de la sociedad. Esta caracteriza metodológicamente a toda una tradición de investigación que tuvo un gran momento en los años 1970, pero que, pese a las grandes crisis mundiales —principalmente crisis económicas que se han traducido en crisis políticas, sociales, culturales e incluso de “paradigmas” en las ciencias sociales, que no pueden todavía anticiparse al devenir histórico—, nosotros creemos que en la medida en que se han dejado atrás rigideces ideológicas y “purezas epistemológicas” insostenibles, es todavía una fuente rica para la generación de preguntas, hipótesis o intentos de respuestas y, eventualmente incluso, de guías potenciales para la acción social (Cardoso 1972; Sonntag 1988; Sánchez Ruiz 1989). Como es imposible hacer aquí una síntesis del desarrollo reciente de las ciencias sociales latinoamericanas (cfr. Boils y Murga 1979; Sonntag 1988; Paoli Bolio 1990), sirva comentar que el análisis histórico estructural latinoamericano fue la base metodológica del “enfoque de la dependencia”,2 el cual ha alimentado corrientes y a analistas tan influyentes como lmmanuel Wallerstein o Samir Amin, en todos los continentes (cfr., por ejemplo, Molero 1981, para el caso ←32 | 33→de España). Este enfoque teórico metodológico, que principalmente surgió con el fin de estudiar los procesos de desarrollo capitalista y cambio social, a su vez se ha nutrido de diversas fuentes intelectuales, por lo que podemos pensar que constituye una “síntesis creativa” y superadora de sus propias fuentes. Sin embargo, hay un relativo consenso en que “implícita o explícitamente la [principal] fuente metodológica es la dialéctica marxista” (Cardoso 1972: 10). Despojada de su aura religiosa y dogmática, sujeta ella misma a la crítica epistemológica, empírica y práctica, la dialéctica, ahora entendida como fuente metodológica para hacer preguntas sobre un mundo complejo y cambiante, ha demostrado mayor riqueza al generar diversos enfoques de análisis social, tales como la investigación-acción, el enfoque histórico estructural y otros.

Describiremos enseguida algunos presupuestos que sirven de base para los patrones de razonamiento que hacen útil para la indagación social el análisis histórico estructural.

Complejidad articulada

Las sociedades y su devenir histórico no se constituyen por simples agregaciones lineales de sus componentes individuales, sino que son sistemas complejos con múltiples interacciones entre sus diversos susbsistemas. En palabras de Karl Marx (1974: 258): “lo concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, esto es, unidad de lo diverso”. Desde este punto de vista, el investigador social, al construir un objeto de estudio, trata de desentrañar el nexo complejo de múltiples dimensiones, articulaciones y en última instancia determinaciones mediadoras que pueden ser analizadas a diversos niveles o escalas (socio-espacial, temporal, etc.), mediante la producción de los conceptos pertinentes. Es decir, se efectúa una “reconstrucción articulada” (Zemelman 1989) del objeto de estudio en ciernes (por ejemplo, la operación social de los medios masivos de difusión) mediante la abstracción, para regresar de nuevo a lo concreto, pero esta vez con un entendimiento enriquecido por la síntesis ordenada y jerarquizada —que es a su vez enriquecible en momentos posteriores— de las múltiples dimensiones, sus articulaciones y sus formas de mediación sobre el devenir del concreto real. Hugo Zemelman (1982: 146–147) nos recuerda que el concebir la realidad como compleja (concreta) y articulada, no es una idea nueva:

Nuestro supuesto es la idea de que “el movimiento de la realidad es un irrefrenable impulso de lo singular hacia lo universal, y de éste de nuevo hacia aquello” [Luckacs]. Como señalaba Lenin, a propósito de la lógica de Aristóteles, “lo ←33 | 34→singular existe sólo en su conexión con lo universal”; “todo lo singular está en conexión, por miles de transiciones, con otras especies de singulares (cosas, fenómenos, procesos)”. La realidad misma es “la mutación dialéctica de las determinaciones mediadoras y de los eslabones intermedios”. Por esto, la mediación cumple su función en la aprehensión de la realidad.

Pero es en los presupuestos que ligan la praxis individual y social con estructuras (patrones amplios de relaciones más o menos estables y por lo tanto repetitivas), que a su vez tienen historicidades diversas pero combinadas, donde reside el potencial de este acercamiento teórico-metodológico para enriquecer nuestra “imaginación sociológica” (MilIs 1974). Esta consiste en presuponer que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen como les place; no la hacen bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo circunstancias directamente encontradas, dadas y transmitidas del pasado” (Marx 1975: 15). Notar que la cita de Karl Marx incluye la acción práctica y (potencialmente) transformadora de los hombres: de hecho, nos invita a indagar y conocer, como lo haría casi un siglo después C. Wright Mills (op. cit.), la interacción entre biografía, estructura e historia.

O totalidad estructurada

Las “circunstancias” que cada uno de nosotros ha heredado del pasado configuran conjuntos de hechos y relaciones sociales más o menos cristalizadas en instituciones que, en sus interconexiones mutuas, constituyen las estructuras globales fundamentales de la sociedad: económicas, políticas, culturales; mismas que, en su compleja interacción y combinación, “distribuyen” a la gente en lugares diferenciados —y desiguales— de la estructura social (ver abajo Esquemas 2.2 y 2.3). Estas estructuras globales, por múltiples mediaciones que significan transiciones de nivel (del todo social a las clases, instituciones, grupos, individuos), “determinan”, es decir, establecen límites a la conducta individual y a las interacciones sociales. Se puede pensar en complejos campos probabilísticos heredados del pasado (por ejemplo: ¿qué tan probable es que un indígena, campesino nacido en Oaxaca llegue a ser presidente hoy en día de México?), que, sin embargo, pueden ser remontados relativa y ocasionalmente, como la propia historia a veces nos lo describe. De nuevo, la “imaginación sociológica” consiste en saber identificar las complejas interacciones entre biografía y estructura, en el también complejo proceso histórico. Sin embargo, en contra de visiones individualizantes y voluntaristas del devenir histórico-social, debemos tomar muy en serio “los campos probabilísticos” que estructuralmente median —limitan o posibilitan— las acciones concretas de individuos y grupos:

←34 | 35→Existe, por tanto, una “estructura” que, en este nivel, condiciona la historia. Esta última no puede ser interpretada como el juego de intenciones y resultados a nivel de la conciencia … A fortiori, la lectura de la historia en términos de que los “resultados” (o sea la coyuntura o la constelación estructural actual) han sido consecuencia de intenciones, maquiavélicas o no, de personas o de clases (por ejemplo; la burguesía nacional siempre quiso la asociación con el imperialismo, puesto que hoy está asociada a los países industrializados) es una simplificación grosera e incorrecta (Cardoso 1972: 14).

Esquema 2.2La pirámide social. Fuente: autor

Por lo tanto, un fenómeno o proceso social concreto (por ejemplo, la génesis y desarrollo de la televisión en México, o su operación social actual), puede ser descrito y explicado de manera más rica y satisfactoria en su compleja articulación e interacción con aquellas determinaciones mediadoras globales, sin que sea necesario descartar las contingencias biográficas y “accidentes históricos” (por ejemplo, desastres naturales) que también intervienen en la configuración de lo histórico-social. Como veremos después, tales articulaciones y mediaciones también nos llevan a pensar los objetos de análisis social como multidimensionales (por ejemplo, a desentrafi.ar las dimensiones económicas, políticas, culturales, de la televisión). La importancia de los análisis concretos reside en poder identificar en la materia histórico-social la interacción ←35 | 36→dialéctica entre “causalidad” y “casualidad”, siempre mediada por la intervención social, individual o colectiva (a veces incluso planificada). Conocer los arreglos estructurales que establecen límites y “ejercen presiones” (Williams 1977: 87) sobre la acción humana en sociedad equivale a identificar ciertas “lógicas” que, en su combinación, conforman los campos probabilísticos que orientan, pero no inexorablemente, las diversas opciones del desarrollo histórico. Pero las estructuras no son “invariantes”, y esta es la razón de que el enfoque sea denominado “histórico-estructural”:

Un presupuesto básico es el de que el análisis de la vida social es fructífero sólo si se parte de la presuposición de que existen estructuras globales relativamente estables. Sin embargo, tales estructuras pueden ser concebidas y analizadas de formas diferentes.

Para nosotros es necesario reconocer desde el principio que las estructuras sociales son el producto de la conducta colectiva del hombre. Por lo tanto, aun cuando sean perdurables, las estructuras sociales pueden ser, y de hecho son, transformadas continuamente por los movimientos sociales. Consecuentemente, nuestra aproximación es a la vez estructural e histórica: ésta enfatiza no sólo el condicionamiento estructural de la vida social, sino también la transformación histórica de las estructuras por el conflicto, los movimientos sociales y las luchas de clases. Entonces, nuestra metodología es histórico-estructural (Cardoso y Faletto 1979: x).

Esquema 2.3Estructura social. Fuente: autor

En una concepción dialéctica, entonces, “a pesar de la ‘determinación’ estructural, hay campo para las alternativas en la historia” (Ibid: xi). De hecho, Anthony Giddens (1990) desarrolló una “teoría de la estructuración”, en los mismos términos, de que los arreglos institucionales ejercen presiones sobre el devenir histórico, pero mediante la “agencia” humana, individual ←36 | 37→y social (la praxis), estos arreglos estructurales a su vez son susceptibles de modificarse (cfr. Cohen 1990). Por las citas que hacemos antes de Cardoso vemos que los científicos sociales latinoamericanos tenían ideas similares hace casi un decenio.

Pero como transición al componente “historicista” del acercamiento que intentamos describir, debemos recordar que las estructuras globales y las sub(meso-, micro-)estructuras no cambian uniforme y coordinadamente. Se debe pensar también la temporalidad histórico-social como múltiple y compleja (Martín Barbero 1987; Zemelman 1982). Por ejemplo, un proceso de cambio en la economía no sucede en forma inmediata y homogénea en toda la población (aun en casos extremos como las crisis), además de que este no trae necesariamente cambios “reflejos”, inmediatos y relacionados o “correspondientes” en los campos sociales de la política y la cultura:

La inclusión de un objeto particular en estructuras globales plantea una cuestión adicional. Nos referimos a las asincronías en los ritmos temporales, derivadas de la lentitud de la transformación de las estructuras globales con relación a los procesos particulares; en la medida en que la vinculación entre el nivel global y particular no es directa, se plantea la conveniencia de incluir los diferentes tiempos específicos de los procesos o estructuras mediadoras entre los niveles extremos del análisis (Zemelman 1982: 110).

Por/en/ del proceso histórico

El “historicismo” dialéctico no significa, como argumentaba Karl Popper (1960), la tendencia a “profetizar”, es decir, a predecir el futuro de largo plazo. Más bien:

El historicismo es, ante todo, una tendencia a interpretar todo en la naturaleza, la sociedad y el hombre en constante movimiento y cambio (…) Una explicación genética es la consecuencia inevitable del historicismo (Schaff 1983: 153).

No es necesario convenirse en historiógrafo para cada estudio concreto que se realice sobre un objeto o proceso social. Sin embargo, hay que estar dotado de “conciencia histórica”, en la medida en que el presente es siempre resultado de la múltiple combinación estructural de condiciones pasadas, pero también que este momento actual es siempre el origen de las condiciones sociales futuras. Aun el análisis coyuntural debe ser abordado con algún grado de contextualización histórica, en la medida en que la coyuntura no es sino “el conjunto de las condiciones articuladas entre sí que caracterizan un momento en el movimiento global de la materia histórica” (Vilar 1988: 81). No considerando la historia (en cuanto disciplina) como un simple registro de datos en sucesión cronológica, sin embargo, para dar cuenta del cambio social no ←37 | 38→hay como una “sólida cronología” como punto de partida (ibid: 30). En este sentido es en el que se ha propuesto una mayor integración entre la historia y las demás ciencias sociales (ibid: Braudel 1980).

Un problema en el que no entraremos en detalle aquí (pero que se verá a detalle en el suguiente capítulo de este volumen a cargo del Prof. Rodney Benson) es el de la necesidad de poner en acción la “imaginación sociológica” para producir periodizaciones que describan (y en el mejor de los casos, ayuden a explicar) los grandes procesos y sus resultados históricos. Solamente diremos por el momento que una periodización, al igual que una clasificación, se construye con un fin específico a partir de un punto de vista (en el mejor de los casos) claro. Recordemos por ejemplo lo indicado antes sobre las “asincronías” de las estructuras y procesos globales entre sí y con los de otras escalas. En este sentido, los conceptos metodológicos que veremos en la próxima sección (dimensiones, articulaciones y niveles o escalas, por ejemplo) nos pueden ayudar también para pensar cómo introducir cortes longitudinales en el complejo y multidimensional proceso histórico.

Pero al aspecto genético y procesual con que el componente “historicista” de este enfoque enriquece nuestro entendimiento, hay que añadir otra dimensión. Dice Cardoso (1972: 14):

En el campo teórico al que me estoy refiriendo historia significa alternativa, futuro. O sea, no es legítimo concebir las estructuras dadas como invariantes, puesto que ellas fueron socialmente constituidas, y en el proceso de su constitución la lucha social seleccionó entre alternativas definidas aquéllas que se impusieron.

Details

Pages
XVIII, 216
ISBN (PDF)
9781433175916
ISBN (ePUB)
9781433175923
ISBN (MOBI)
9781433175930
ISBN (Book)
9781433175893
Language
Spanish
Publication date
2021 (May)
Published
New York, Bern, Berlin, Bruxelles, Oxford, Wien, 2021. XVIII, 216 p., 10 blanco/negro, 3 tablas.

Biographical notes

Maira Vaca (Volume editor) Manuel Alejandro Guerrero (Volume editor)

Maira Vaca es académica investigadora en la Universidad Iberoamericana, CDMX. Coordinadora de la Licenciatura en Comunicación. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México. Doctora por LSE, Reino Unido. Su libro más reciente, Four Theories of the Press: 60 years and counting (2018), recibió un reconocimiento de la International Communications Association (ICA). Manuel Alejandro Guerrero es director del Departamento de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, CDMX. Doctor por el Instituto Europeo Universitario en Florencia, Italia. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México, asesor académico del Servicio Profesional Electoral del Instituto Nacional Electoral y Vicepresidente del Comité Ejecutivo de las Cátedras de la UNESCO en Comunicación. Cuenta con numerosas publicaciones reconocidas nacional e internacionalmente.

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Title: La comunicación y sus guerras teóricas. Introducción a las teorías de la comunicación y los medios