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El Lazarillo de Tormes y sus continuadores

by Alfredo Rodríguez López-Vázquez (Volume editor) Arturo Rodríguez López-Abadía (Volume editor)
Edited Collection 288 Pages

Table Of Content

  • Cubierta
  • Título
  • Copyright
  • Sobre el autor
  • Sobre el libro
  • Esta edición en formato eBook puede ser citada
  • Tabla de contenidos
  • Prólogo
  • Lengua y Literatura
  • Cómo no editar y cómo editar el Lazarillo. Elogio de la añeja manera lachmanniana (Aldo Ruffinatto)
  • La Segunda parte de Lazarillo de Tormes (Amberes 1555) como literatura cíclica (Ana Vian Herrero)
  • Un antecedente italiano de Lázaro: el medio gigante Margutte (Maria Consolata Pangallo)
  • La segunda parte del Lazarillo: nuevas perspectivas críticas (Alfredo Rodríguez López-Vázquez)
  • Traducciones y ediciones. Lenguas extranjeras y peninsulares
  • La recepción italiana del Lazarillo de Tormes: la “descuidada naturalidad” de la novela y sus versiones en el siglo XX (Antonio Gargano)
  • El Lazarillo en serbio y serbocroata (Jasna Stojanović)
  • Ediciones y traducciones inglesas del Lazarillo de Tormes: cuarenta años después (Julio César Santoyo)
  • Educación Bilingüe a través de elementos lingüísticos que plantean problemas de traducción a la lengua inglesa en El Lazarillo de Tormes (Pilar Couto-Cantero)
  • La primera traducción alemana del Lazarillo de Tormes (1614) y la existencia de una edición anterior a Amberes 1553 (Arturo Rodríguez López-Abadía)
  • La edición bilingüe del Lazarillo de Tormes (2019) y su potencial en la didáctica de las lenguas (Begoña Lasa Álvarez)
  • Historia, Sociedad y Cultura
  • Lazarillo de Tormes: Notas para la historia de un texto inestable (Reyes Coll-Tellechea)
  • Las andanzas del Lazarillo: de las ediciones españolas a las de Amberes y París (Francisco Domínguez Matito)
  • Análisis documental de « Lazarille de Tormes ou et loup et le chien. Comédie en 2 actes mêlée de chant » (Rocío Chao-Fernández)
  • Adaptación infantil del Lazarillo de Tormes (María Bobadilla-Pérez)
  • Sobre la autora
  • Obras publicadas en la colección

Prólogo

Las jornadas que transcurrieron en la facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de A Coruña en Octubre de 2019 fueron ciertamente fructíferas en lo que a puesta en común de datos, comunicación de hallazgos, y debate de estudios se refiere. La presencia de grandes especialistas como Aldo Ruffinatto, Reyes Coll-Tellechea, Alfredo Rodríguez López-Vázquez, o Julio César Santoyo no hicieron sino dar nivel al encuentro de investigadores, comunicando sabia y amenamente cuanto podían manejar, y deleitando a los asistentes y ponentes con su maestría y precisión. Fueron unas jornadas cortas pero intensas, tanto por el número de ponencias y comunicaciones como por la variedad temática, que abarcó desde aspectos más generales como la manera de preparar una edición del texto lazarillesco hasta la primera traducción del Lazarillo de Tormes al serbio, como nos ilustró Jasna Stojanović.

No podemos dejar de señalar, en modo alguno, lo interesante de los debates y coloquios posteriores a cada una de las intervenciones, que dieron lugar a ampliaciones de conocimientos, y a potenciales desarrollos de líneas de investigación desde los aspectos historiográficos a los filológicos pasando por los traductológicos y de didáctica. La lingüística tampoco dejó de hacer acto de presencia en las dos jornadas coruñesas, no en vano el texto de 1550 es de una viveza léxica que bien vale la pena un análisis pormenorizado de los muy variados aspectos y registros que se hallan en él. Como consecuencia de todo ello, surgió la posibilidad de ir más allá de un mero encuentro para dejar por escrito y en extenso las interesantes aportaciones de los investigadores involucrados en el tema objeto de estudio e incluso algunos otros que hemos incluido en este libro para completar la publicación.

El primer ilustre investigador en nuestro índice en el apartado titulado: Textos. Lengua y Literatura es el catedrático Aldo Ruffinatto, maestro y amigo, que desde la Universidad de Turín nos deleita con su interesantísimo capítulo: “Cómo no editar y cómo editar el Lazarillo. Elogio de la añeja manera lachmanniana”. En él deja claro desde el comienzo su actitud respecto a los muchos problemas que presenta esta obra aparecida sobre 1550. No podemos olvidar que Ruffinatto es autor de Las dos caras del Lazarillo: texto y mensaje, que es la gran referencia para cuanta persona decida acercarse a esta obra maestra de la literatura española. Si ya en el año 2000 aprendimos de Aldo muchas cosas sobre el cotejo de variantes, la importancia de las traducciones, o el interés particular que tiene la edición castigada de Juan López de Velasco (castigo hecho por don Diego Hurtado de ←7 | 8→Mendoza), en este capítulo nos deleita con el director’s cut de sus lecciones lazarillescas, sin hacer prisioneros.

A continuación la Dra. Ana Vian Herrero, de la Universidad Complutense de Madrid, propone el capítulo titulado: “La Segunda parte del Lazarillo de Tormes (Amberes 1555) como literatura cíclica” explicando que esta Segunda Parte tiene en común con otros textos coetáneos muchos rasgos que hoy se atribuyen por consenso crítico a la primera sátira menipea moderna, en especial a la derivada directamente de Luciano. En el caso de este texto propone que conviene añadir y considerarlo como texto cíclico. El texto cumple con ese fenómeno literario particular que consiste en reanudar un mismo argumento básico de una obra prototipo con la vuelta de personajes, imitación de episodios y técnicas, reminiscencias verbales, etc., pero también con la incorporación de otras fuentes y modelos literarios que condicionan la evolución de la descendencia directa. La Dra. Vian analiza la condición cíclica del Segundo Lazarillo, incluyendo lo que se modifica y lo que no, en ese sistema consciente de relación con el paradigma, visto como un prototipo abierto e identifica las novedades del Lazarillo segundo respecto al primero, analizando su origen o procedencia y el cometido que cumplen en la historia literaria comparada.

María Consolata Pangallo, también desde la Universidad de Turín, profundiza en los asuntos lazarillescos desde su capítulo: “Un antecedente italiano de Lázaro: el medio gigante Margutte”. Propone una perspectiva comparatista entre la literatura española e italiana, considerando un posible diálogo intertextual entre el Lazarillo de Tormes y la figura del medio gigante Margutte, propuesta por Luigi Pulci en su Morgante (publicado entre 1478 y 1483). Se examina esta figura tal y como aparece en la traducción al español de la obra de Pulci realizada por Jerónimo de Aunés. Esta investigación trata de poner en evidencia algunos puntos de contacto entre el Lazarillo y la traducción de Aunés, tanto a nivel de contenido como a nivel lingüístico.

El catedrático Alfredo Rodríguez López-Vázquez de la Universidad de A Coruña indica con su capítulo: “La segunda parte del Lazarillo: nuevas perspectivas críticas”, la necesidad de revisar las bases metodológicas que han llevado a la crítica tradicional a desestimar la continuación de Amberes. Insiste en que hay tres aspectos importantes sobre la continuación del Lazarillo que la crítica tradicional ha desatendido. El primero es que la continuación sea debida a un autor distinto de la obra original cuando los estudios apuntan a que ambas partes presentan mayor semejanza entre sí que con cualquier autor de la misma época. El segundo se refiere a que se trate de una obra de calidad inferior al Lazarillo primigenio, pero conviene señalar que el traductor al francés de ambas partes a mediados del siglo XVII opinaba que la segunda parte era superior ←8 | 9→literariamente a la primera y todos los editores de la segunda parte, desde el siglo XIX, coinciden en que la obra no ha sido justipreciada. El tercero, consiste en que no haya tenido difusión y ello se debe a que la segunda parte del Lazarillo fue prohibida por completo por la Inquisición. Pero medio siglo después de la prohibición se tradujo al inglés, al francés, al italiano y al holandés, y un texto que se traduce a cuatro lenguas y se reedita varias veces está muy lejos de ser un texto intrascendente.

La segunda sección de este libro se centra en aspectos relacionados con las traducciones y ediciones en lenguas extranjeras y peninsulares. Comienza con el capítulo titulado: “La recepción italiana del Lazarillo de Tormes: la “descuidada naturalidad” de la novela y sus versiones en el siglo XX” elaborado por el profesor Antonio Gargano de la Universidad Federico II de Nápoles quien realiza el análisis de las traducciones al italiano, prestando especial atención a las ediciones del siglo pasado, que le permiten mostrar con absoluta evidencia la incomprensión italiana acerca de una obra de extraordinaria importancia, a nivel estructural como a nivel estilístico.

Desde la Universidad de Belgrado, la profesora Jasna Stojanović nos introduce al mundo de: “El Lazarillo en serbio y serbocroata” donde se menciona esta obra por primera vez en el año 1951 entre las traducciones de literatura hispánica en Yugoslavia. En este capítulo se estudian las versiones serbocroata y serbia del Lazarillo: las circunstancias de su aparición, su conformidad con el original y sus rasgos característicos, la calidad de la traducción, el método de los traductores y su repercusión en la cultura yugoslava/serbia.

Julio César Santoyo, desde la Universidad de León, revisa y actualiza su publicación sobre las: “Ediciones y traducciones inglesas del Lazarillo de Tormes: 40 años después” llegando a la conclusión de que, pasado tanto tiempo, se ha convertido en un clásico de la propia lengua y literatura inglesa. Confirma además que la presencia del Lazarillo en el mundo lector/editorial ha ido in crescendo durante los últimos cuarenta años tanto en Gran Bretaña como, sobre todo, en Estados Unidos, con cinco nuevas traducciones y numerosas nuevas ediciones y reediciones.

La Dra. Pilar Couto-Cantero de la Universidad de A Coruña propone un capítulo titulado: “Educación Bilingüe a través de elementos lingüísticos que plantean problemas de traducción a la lengua inglesa en El Lazarillo de Tormes” centrándose en el análisis de algunos elementos que plantean problemas en algunas traducciones de la primera parte de la obra El Lazarillo de Tormes. Para realizar el análisis comparativo se ha elegido el texto en lengua española de la reciente edición bilingüe (castellano-gallego) revisada por Rodríguez López-Vázquez en 2019 y otros tres textos traducidos en lengua inglesa. Se analizan tres ejemplos ←9 | 10→concretos. El primer análisis se centra en aspectos macroestructurales (las conjunciones “mas” y “pero”) que se observan en toda la obra. El segundo ejemplo aborda el análisis de la expresión del texto inicial: “San Juan, y ciégale”. En el último ejemplo, se revisa y se plantea el estudio del: “tratado IV del fraile de la Merced”. Se completa este capítulo con una propuesta de traducción personal elaborada por la autora en cada uno de los ejemplos.

“La primera traducción alemana del Lazarillo de Tormes (1614) y la existencia de una edición anterior a Amberes 1553” es el título del capítulo elaborado por Arturo Rodríguez López-Abadía . A partir de los cotejos lingüísticos y otras consideraciones textuales entre la primera traducción al alemán del Lazarillo de Tormes y las distintas ediciones tanto en castellano como en otras lenguas, concluye que el trabajo realizado por el traductor anónimo a comienzos del siglo XVI está realizado a partir de un texto anterior o paralelo a la edición de Amberes de 1553 que manejó Bonaventura Carles Aribau.

Por último, la Dra. Begoña Lasa Álvarez de la Universidad de A Coruña plantea el capítulo: “El Lazarillo de Tormes y las ediciones bilingües” donde aborda la utilización de textos bilingües para la didáctica de las lenguas. Estudia las peculiaridades de los textos bilingües, el tratamiento integrado de las lenguas y cómo fomentar la reflexión metalingüística en el aula para terminar ofreciendo una serie de aplicaciones didácticas.

El siguiente apartado de Historia, Sociedad y Cultura se inicia desde Boston, en la Universidad de Massachusetts, donde la experta Reyes Coll-Tellechea propone el capítulo: “Lazarillo de Tormes: notas para la historia de un texto inestable…” con el objetivo de aplicar los estudios de transmisión textual a un texto caracterizado por la inestabilidad y la discontinuidad. Durante sus quinientos años de vida, ha experimentado múltiples circunstancias, destacando las diversas modalidades de apropiación por parte de autores, impresores, editores, lectores, censores y críticos. En las páginas de este capítulo la Dra. Coll-Tellechea analiza tres problemas de transmisión concretos: en primer lugar, el papel fundamental de la edición de Mathias Gast (Burgos) y la edición de Martín Nucio (Amberes) en la transmisión del Lazarillo; en segundo lugar, el expurgo inquisitorial que sufrió el texto y, por último, los problemas del “Prólogo” y sus interpretaciones tipográficas.

“Las andanzas del Lazarillo: de las ediciones españolas a las de Amberes y París” es el título del capítulo preparado por el especialista Francisco Domínguez Matito de la Universidad de La Rioja. En este analiza el itinerario vital y literario del Lazarillo, tanto en la primera parte como en las dos segundas. En cuanto a su recorrido vital, la transformación que experimenta Lázaro está estrechamente vinculada a su condición de viajero y así se constata a través de las numerosas ←10 | 11→alusiones de significado itinerante que forman parte de los textos estudiados. Así mismo, se detalla el periplo editorial del Lazarillo, desde las ediciones españolas hasta las de Amberes y París, a lo que se añade sus dificultades con la Inquisición.

Desde el área de música, la Dra. Rocío Chao Fernández de la Universidad de A Coruña realiza el: Análisis documental de « Lazarille de Tormes ou et loup et le chien. Comédie en 2 actes mêlée de chant ». La primera versión literario-musical del Lazarillo de Tormes con libreto de Thomas Sauvage y Gabriel de Lurieu se estrenó en París, en el Teatro del Vodevil. El objetivo de esta investigación es averiguar el contenido musical de la misma y su trascendencia en la sociedad del momento, a partir de la revisión del libreto y publicaciones de la época. Tras su análisis se aprecia que la mayor parte de las inserciones musicales son melodías populares. Atendiendo a la repercusión en la prensa se concluye que la obra, además de generar una gran controversia, gozó de gran éxito.

Por último, la profesora María Bobadilla Pérez de la Universidad de A Coruña con su capítulo: “Adaptación infantil del Lazarillo de Tormes” analiza la necesidad de incorporar clásicos de la literatura española en Educación Literaria en la etapa de Educación Primaria. Tras una revisión del currículo literario en esta etapa educativa, propone una reflexión sobre la animación a la lectura y sobre las características de las adaptaciones infantiles. Seguidamente hace una reflexión sobre la relevancia de introducir el Lazarillo de Tormes a los jóvenes lectores, para finalizar con el estudio de las estrategias utilizadas en la adaptación seleccionada.

No quisiéramos terminar este prólogo sin agradecer desde estas líneas a la Universidad de A Coruña su colaboración y el apoyo recibido para poder llevar a cabo esta publicación, que sin duda marcará un antes y un después en cuanto a los estudios lazarillescos se refiere. Sin más preámbulos, y como decía mi librero de mayor confianza:

“Que guste e ilustre”.

Alfredo Rodríguez López-Vázquez y Arturo Rodríguez López-Abadía

Aldo Ruffinatto1

Cómo no editar y cómo editar el Lazarillo. Elogio de la añeja manera lachmanniana

Resumen: Con este título se pretende ofrecer a la atención de los lectores y especialistas del Lazarillo claves sobre la cuestión ecdótica y los intentos que se han llevado a cabo hasta ahora para reconstruir un texto fidedigno y lo más cercano posible a la voluntad del anónimo autor. Con base en la realidad textual y examinando algunos ejemplos sobremanera significativos, en primer lugar pongo de manifiesto la arbitrariedad y la consiguiente falsedad de una línea de tendencia, perceptible en la mayoría de los actuales filólogos españoles y en algunos hispanistas extranjeros. Tras comprobar que la actuación subjetiva puede perjudicar la voluntad expresiva del anónimo autor del Lazarillo, y tras observar que es precisamente este el camino que no se debe seguir para editar la obra, se trata de demostrar que tan solo en la “añeja manera lachmanniana”, en su versión moderna o neolachmanniana, se encuentra la llave para abrir la puerta al arquetipo, o al texto más cercano a la voluntad del autor.

Palabras clave: Lazarillo, edición, Lachmann.

Quiero, en primer lugar, formular una premisa: en lo que voy a decir a continuación no hay ninguna intención polémica, ni mucho menos, hacia el detractor oficial de mis ideas lazarillescas. Mi único propósito es el de rendir homenaje al anónimo autor de un librito que hacia la mitad del siglo XVI, tal vez inesperadamente, abrió el camino a las distintas manifestaciones de un nuevo itinerario narrativo tanto en España como en otras partes de Europa. Un autor al que le debemos el máximo respeto, sobre todo a la hora de volver a presentar sus palabras en una edición moderna dirigida a un público que desea acercarse, en la medida de lo humanamente posible, a la auténtica voluntad expresiva del creador del mensaje para descubrir sus designios, sus ideas, sus objetivos y todo lo que le permite al receptor abrir un diálogo intenso y provechoso con él.

Sentadas estas premisas, cabe recordar que el áureo librito al que hacemos referencia, es decir, La Vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, ha llegado hasta nosotros a través de cuatro ediciones antiguas, publicadas en cuatro ciudades distintas y todas en el mismo año de 1554: Amberes (en ←15 | 16→la imprenta de Martín Nucio), Alcalá de Henares (en casa de Salzedo librero), Medina del Campo (en la imprenta de los hermanos Del Canto), y, finalmente, Burgos (en casa de Juan de Junta). El cotejo de estas cuatro ediciones paralelas, además de revelar un buen número de variantes o errores significativos que pueden utilizarse para establecer el cuadro de relaciones que existen entre ellas, hace con derecho sospechar que en una época más o menos cercana a las ediciones de 1554, el texto del Lazarillo había experimentado un primer grado de difusión merced a uno o más testimonios (supuestamente impresos) ahora desaparecidos o perdidos.

La varia lectio de los testimonios conservados, pues, ofrece un excelente campo de investigación para los editores modernos que han pretendido o pretendan editar un texto fidedigno y respetuoso hacia la voluntad de su creador. Pero, antes de adentrarnos en este interesante gimnasio ecdótico con el examen directo de algunos lugares determinados (loci critici) de la tradición textual, me parece imprescindible mencionar los pasos que se han dado hasta ahora para reconstruir modernamente el posible aspecto primitivo de la obra, o sea el aspecto de la así denominada editio princeps.

El primer paso en esta dirección, aunque incierto y vinculado todavía con el método humanista de los codices vetustiores, lo dio Bonaventura Carles Aribau, el mítico fundador con Rivadeneyra de la BAE, en la segunda mitad del siglo diecinueve (Aribau ed., 1850). Un paso incierto, sin duda, pero muy relevante en lo que concierne a las ediciones antiguas de la obra, porque Aribau en el Discurso preliminar sobre la primitiva novela española que antecede su edición de los Novelistas anteriores a Cervantes, a propósito del Lazarillo escribe: «Con el título de la Vida de Lazarillo de Tormes, sus fortunas y adversidades, se publicó en Amberes el año de 1553 un librito en castellano, que fue reimpreso el año inmediato (o sea, 1554) en la misma ciudad, y simultáneamente en la de Burgos» (Aribau ed., 1850: xxi). Y en una nota precisa que entre las ediciones del Lazarillo viables en su tiempo se encuentra, en primer lugar, esta de Amberes 1553, y después la de Burgos 1554 y la de Amberes 1554, encuadernada con su continuación impresa en 1555, dejando entender que el texto base de su edición se adhiere a Amberes 1553, por su evidente calidad de vetustior pero sin descartar las aportaciones de los otros testimonios mencionados2.

←16 | 17→

Como es bien sabido, esta edición antuerpiense de 1553, que al parecer estuvo en posesión de Aribau, desapareció poco después y hasta ahora no ha vuelto a aparecer. Por cierto no la conoció Foulché-Delbosc3 que a comienzos del siglo XX para la elaboración de la recensio y la constitutio pudo valerse únicamente de las tres ediciones de 1554 entonces conocidas, es decir: Alcalá, Burgos y Amberes (es notorio que la de Medina 1554 reapareció en 1992 merced a un descubrimiento casual)4. Los mismos testimonios constituyeron después la tradición directa en la que se apoyaron Cejador y Frauca5 y Bonilla6 en sus ediciones respectivas de 1914 y de 1915; y en los mismos cimientos se fundaron las primeras ediciones críticas (en el sentido lachmanniano de la palabra) del Lazarillo elaboradas por Alberto Cavaliere en 1955, por Caso González en 1967, por Alberto Blecua en 1974, y, moviéndose en la estela de Blecua, Francisco Rico en 1976.

Entre todas estas ediciones críticas o aspirantes a críticas, realizadas antes del descubrimiento de Medina cabe realzar la de Caso González que, al introducir en el juego de la recensio también las ediciones posteriores a la tres de 1554 y especialmente el Lazarillo castigado de López de Velasco, llegó a vislumbrar la existencia de un testimonio anterior a los de 1554 identificándolo con la desaparecida edición de Amberes 1553 (Caso, 1972: 189–206). Sin embargo, el que tuvo las más felices intuiciones ecdóticas antes del mencionado descubrimiento fue Alfredo Rodríguez López-Vázquez, puesto que a él se debe no simplemente la revalorización de Velasco en tanto testimonio fidedigno de Amberes 1553, sino también la reconsideración de los datos contenidos en la portada de la edición de Alcalá de 1554 (“nuevamente impresa y de nuevo añadida en esta segunda impresión”) con anterioridad a esta fecha, publicada por Juan de Brocar y acompañada con interpolaciones manuscritas (Rodríguez, 1989: 111–128).

Fig. 1: Lámina n. 1

Mientras tanto, en el verano de 1992, volvió a aparecer en un edificio antiguo de Barcarrota (durante una obra de restauración), un cuarto testimonio del Lazarillo también fechado, como los otros tres conocidos, 1554 (“…en la muy noble villa de Medina del Campo en la imprenta de Mattheo y Francisco del Canto, hermanos.”. Véase lám. 1). Este descubrimiento, del todo inesperado, representó una verdadera revolución en lo referente a la cuestión ecdótica del Lazarillo pues un examen completo y pormenorizado de su realidad textual, comparada con la ofrecida por las otras tres ediciones de 1554, demuestra, en primer lugar, la falta de fundamento de todas las hipótesis que pretendían asignarle a Burgos ←17 | 18→1554 una posición preminente con respecto a los otros testimonios de la misma época (Cavaliere, Blecua, Rico). Medina, en efecto, resulta ser nada menos que el antígrafo de Burgos, de modo que este último adquiere la propiedad de descriptus (a saber, de una mera copia de otro testimonio ya conocido) saliendo por consiguiente del horizonte ecdótico de la obra7. Además, merced a las lecciones de Medina comparadas con las de Alcalá 1554, toma cada vez más consistencia la propuesta de Rodríguez López-Vázquez relativa a la existencia de una edición española, impresa supuestamente en Alcalá en 1552 o 1553 y ascendiente de los testimonios españoles conservados.

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Finalmente, el examen de los loci critici de Medina-Alcalá extendido al resto de la tradición (básicamente Amberes 1554) revela que el ascendiente común de la que podríamos llamar la “rama española” del Lazarillo no posee las características de un arquetipo, sino más bien la de un subarquetipo (es decir, un ascendiente común que solo agrupa a un conjunto de testimonios). Al otro lado del stemma, en efecto, se coloca, como ya sabemos, el supuesto ascendiente común de Amberes 1554, Velasco 1573 (insertado por primera vez en el juego estemático por Caso González, con el título de recentior non deterior) y, con todas las reservas que hagan falta, la edición decimonónica de Aribau8.

En definitiva, merced a la aportación de Medina y considerando obviamente su relación con los demás testimonios, estamos en condiciones de establecer de manera clara y posiblemente definitiva un cuadro de relaciones (stemma codicum) que nos permite reconstruir ope codicum la fisonomía del arquetipo que, en nuestro caso, puede identificarse con la editio princeps del Lazarillo. La representación gráfica de este cuadro es la siguiente:

Cuadro 1: representación gráfica. Fuente: elaboración propia

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Después del descubrimiento de Medina y la revaluación9 de Velasco como testimonio de gran relevancia en la tradición textual del Lazarillo se lanzaron en la difícil tarea de elaborar una nueva edición crítica del Lazarillo, Félix Carrasco10 (1997) y un servidor, el que escribe estas páginas, en los años 2000 y 200111. Los dos apoyándose en los principios neolachmannianos (al igual que Cavaliere y Blecua, por supuesto, pero con la ventaja del descubrimiento de Medina) y los dos intentando valorar las nuevas perspectivas ecdóticas sugeridas por la implicación de testimonios nuevos y testimonios reintegrados en el cuadro estemático correspondiente.

Los resultados conseguidos por Carrasco y Ruffinatto los valoraremos después; de momento nos importa evidenciar que, pese a su adhesión explícita al método científico del Lachmann (cuya aplicación rigurosa debería producir un resultado básicamente unívoco), se manifiestan divergencias no de escaso peso en la reconstrucción textual. El porqué de estas divergencias o “falta de acuerdo” entre los dos editores lo percibió acertadamente Pablo Jauralde que, al apuntar las divergencias entre Ruffinatto y sus colegas en uno de los loci critici en que el Lazarillo de Velasco parece poner remedio a lecciones erróneas de los testimonios de 1554, apuntaba lo siguiente: «Nótese, y ya no lo diré más, que el error (es decir: la falta de acuerdo entre los editores críticos) estriba en la fase previa al juego ecdótico (Jauralde considera “juego ecdótico” el esfuerzo de los distintos editores para restablecer la lección del original), en cómo se analiza un pasaje que se aprecia como erróneo, pero que no todo el mundo considera pertinente para el establecimiento del texto»12.

Porque es precisamente sobre el correcto empleo del concepto de error sobre lo que se basa el método neolachmanniano, pero no de un error genérico o indefinido, sino más bien de un error “significativo” (o “error guía” según la denominación de Paul Maas13), es decir, un error en el que no hayan podido incurrir ←20 | 21→de manera independiente los distintos testimonios. Son estos los errores que nos permiten establecer la filiación y la clasificación de los testimonios merced a sus propiedades de errores conjuntivos y separativos. Lo que ocurre es que muchas veces la furia taxonómica hace olvidar este principio básico del método y las intuiciones subjetivas se sobreponen a la objetividad científica causando no pocos daños en el proceso de reconstrucción del texto original.

De cualquier modo, después de las ediciones de Carrasco y Ruffinatto, ninguna edición del Lazarillo en lo que va de siglo XXI volvió a experimentar la pista de la crítica textual, puesto que la mayoría de ellas prefieren conformarse con el texto fijado por Blecua-Rico en los años setenta y ochenta del siglo pasado sin tomar en consideración siquiera las tareas ecdóticas de los susodichos (desde el texto establecido por Milagros Rodríguez Cáceres en la edición de Rosa Navarro “restituida” al erasmista Alfonso de Valdés14, hasta la última propuesta editorial de Antonio Gargano con traducción italiana enfrente15). Aunque no faltan excepciones, como puede comprobarse al leer el párrafo final de la Introducción de Florencio Sevilla Arroyo a su edición del Lazarillo para los Clásicos Comentados; allí el estudioso expresa un juicio sobremanera reconfortante para mí: «Es de justicia añadir que en las tareas ecdóticas hemos tenido muy en cuenta, y respetado en muchas ocasiones, las posturas de Aldo Ruffinatto, cuya última edición crítica del Lazarillo de Tormes se alza como atalaya de filólogos, en tanto en cuanto ha supuesto una renovación sin parangón de los estudios sobre la novela en todos los sentidos» (Sevilla, 2002: 44).

Desdichadamente, como ya se ha dicho, la mayoría de los editores y filólogos modernos prefieren desatender estas consideraciones de Florencio Sevilla para acercarse al texto con métodos distintos al neolachmanniano, o simplemente sin adoptar ningún método y confiando únicamente en su propia experiencia, en su legado cultural y en su capacidad de escudriñar las verdaderas intenciones del autor más allá de la barrera representada por los testimonios conservados. Y esto es exactamente lo que ha hecho Francisco Rico al presentar su última edición del Lazarillo en una pulquérrima forma editorial y en la prestigiosa imprenta de la Real Academia Española16. Hablando del texto crítico, Francisco Rico asegura que los problemas textuales del Lazarillo no se dejan resolver con un criterio único: no se resuelven con la ratio typographica (es decir, con el método que ←21 | 22→toma en consideración la intervención sucesiva de impresores, cajistas, correctores, compositores, censores, etc.), ni mucho menos con “la añeja manera lachmanniana”, cuyos estemas, en su opinión, no se pueden seguir mecánicamente. No pueden facilitar la tarea editorial los antiguos métodos del codex optimus o del vetustior, así que al editor moderno no le queda otra opción que no sea la de proceder «caso por caso, valorando en cada instancia la génesis más presumible de la lección y, sobre todo, su eficacia en el contexto»17.

El principio objetivo de los errores-guía se sustituye, pues, con la valoración subjetiva “caso por caso” de las variantes, entregando la voluntad expresiva del autor a la sensibilidad y capacidad hermenéutica del editor con todas las consecuencias que puedan derivarse de la sumisión del autor (por muy anónimo que sea) al “libre albedrío” del filólogo (por muy ilustre que sea). Una de las consecuencias más inmediatas de este modo de proceder, por ejemplo, es la cancelación arbitraria del título, de la partición del texto en Prólogo y Tratados, de los epígrafes (“cuenta Lázaro…y cúyo hijo fue”, etc.), porque, a juicio exclusivo del editor Rico, todas estas indicaciones «las puso quien preparara el manuscrito para la edición princeps y son sin duda ajenos al novelista anónimo» (Rico ed., 2011: 2). Y más adelante, al subrayar la concatenación de la parte final del prólogo (“V. M. escribe se le escriba”) con el incipit del Tratado I (“Pues sepa V. M. que…”) no duda en afirmar que: «pese a la claridad del engarce, las ediciones de 1554 abren aquí un falso “Tratado primero”, “Cuenta Lázaro su vida y cúyo hijo fue”, sin duda extraño al original del autor, como ajenos a él son también los demás epígrafes y la misma división en capítulos» (Rico ed., 2011: 6)18.

O sea que el pobre Lázaro, en la última edición de Rico, resulta aún más pobre, despojado como está de sus Tratados, de sus epígrafes e incluso de su título. Nada mal para una edición que quiere ser “ecléctica” y pretende ofrecer “un cierto número de cosas por ventura nunca vistas” que, a la postre, deberían manifestar la prevalencia “del espíritu sobre la letra del autor” (Rico ed., 2011: 22). Supongo que con el término “espíritu” Francisco Rico desea remitir a la “última instancia semántica” del autor, como la llaman los semiólogos, pero no entiendo en qué se fundamenta la distinción entre el “espíritu” y la “letra” del autor, de no ser que con el término “letra” el filólogo catalán haga referencia a las ←22 | 23→lecciones transmitidas por los cuatro testimonios conservados del Lazarillo que, en su opinión, falsearían el original del autor alejándose de su última instancia semántica (me refiero, obviamente, a sus palabras sobre la falsedad de las ediciones de 1554 con respecto al original del autor en el caso del título, de los tratados y de los epígrafes).

Después de todo esto cabe preguntarse si realmente el proyecto editorial de Rico, basado principalmente en la valoración subjetiva de la varia lectio de los testimonios para aproximarse al aspecto del original (espíritu) del autor (aunque en nuestro caso, más que de “original de autor” convendría hablar de “editio princeps”) ofrece realmente mayores garantías de seguridad que la “añeja manera lachmanniana”, basada en la evaluación objetiva de los errores significativos que pueden divisarse en los testimonios para reconstruir ope codicum la fisonomía de la princeps o arquetipo.

Examinemos, por ejemplo, el caso planteado por la varia lectio en un lugar determinado del Tratado III de la obra, y más concretamente el lugar donde el escudero hace un comentario no propiamente benévolo sobre los caballeros de Toledo y dice (cito por Amberes 1554):

Cavalleros de media talla también me ruegan, mas servir a éstos es gran trabajo, porque de hombre os havéys de convertir en malilla, y, si no, “andá con Dios” os dizen. Y las más veces son los pagamentos a largos plazos, y las más ciertas [y lo mas, mas cierto (Alcalá 1554), y las mas y las mas ciertas (Medina y Burgos 1554)], comido por servido.

Por lo general, los editores modernos del Lazarillo (Rico, entre ellos) prefieren la lección de Medina y Burgos añadiendo simplemente un signo de puntuación entre los dos “y las más” (y las más, y las más ciertas) sobre la base de las consideraciones estilísticas formuladas por Cavaliere en los años cincuenta del siglo pasado (Cavaliere ed., 1955). Cavaliere en sus notas ecdóticas aseguraba que la lección de Burgos (en sus tiempos Medina aún no había aparecido) destaca por su mayor “exactitud y profundidad” expresiva respecto a la de Alcalá de Henares (y lo más, más cierto) y a la lección más “incolora” de Amberes (y las más ciertas). Así las cosas, la lección de Burgos sería “auténtica” mientras que las de Alcalá y de Amberes (aunque de distinta manera) serían erróneas19. En contra de esta ←23 | 24→conjetura se colocó desde el primer momento (es decir, en una época todavía anterior al descubrimiento de Medina) Aldo Ruffinatto planteando como hipótesis más económica, y al mismo tiempo más correcta desde el punto de vista de las consideraciones estilísticas, el hecho de que la supuesta inferioridad expresiva (léase: no autenticidad) de la lección de Amberes queda totalmente compensada por el perfecto paralelismo que ella establece con el anterior sintagma (y las más veces) y contribuye de tal forma al mantenimiento del cursus velox que se descubre en la primera parte de la frase20. Lo cual, vertido al código ecdótico, significa que la responsabilidad de un posible desvío del original no le corresponde a Amberes sino más bien a un ascendiente común de Alcalá y Burgos, en tanto responsable de una trivialización por duplografía (un error tipográfico, por lo demás bastante frecuente en los textos impresos de todos los tiempos) que Burgos reproduce con fidelidad mientras que Alcalá, al enterarse del error de su ascendiente, intenta ponerle remedio con una corrección bastante infeliz (“y lo más, más cierto”)21.

Fig. 2: Lámina n. 2

Paralelamente, Alfredo Rodríguez López-Vázquez, en perfecta armonía con Ruffinatto, apuntaba: «A mi modo de ver Burgos está repitiendo aquí un error de impresión de la princeps probablemente producido por duplicación del sintagma al final de una línea y al comienzo de la siguiente»22. Esta intuición de Alfredo Rodríguez no es simplemente genial sino que, tras la reaparición de Medina, resultó ser perfecta y del todo correspondiente a la realidad, porque esta es exactamente su configuración en el lugar que estamos examinando (véase lám. 2). Y puesto que, como bien evidencia el mismo Rodríguez en la Introducción a su edición del Lazarillo hasta ahora inédita23, la edición de Medina se hizo a plana y renglón con respecto a su ascendiente, entonces no cabe duda de que esta misma disposición tipográfica se presentaba en este ascendiente que el filólogo coruñés identifica con la editio princeps, mientras que, en mi opinión se trata de un subarquetipo o ascendiente común a los testimonios que, según el estema propuesto anteriormente, representan la rama española de la tradición textual del Lazarillo. ←24 | 25→En todo caso, los dos hacemos referencia a una edición perdida publicada en Alcalá por Juan de Brocar en 1552 o 1553.

Pero si en el caso examinado la distinta valoración de la varia lectio se refleja únicamente en la estructura estilística de la frase (sin perjudicar los efectos de sentido transmitidos por la misma), en otros casos las variantes pueden afectar a la estructura semántica de la frase causando no pocos inconvenientes en lo que atañe a la correcta interpretación del texto. Al respecto me parece oportuno tomar en consideración un par de ejemplos, ambos extraídos del Tratado primero de nuestra obra.

El primero hace referencia al momento en que el narrador Lázaro, para darle a entender a su destinatario (el enigmático “Vuestra Merced”) cuán grande fuera la avaricia de su primer amo, escribe24:

←25 | 26→

Mas también quiero que sepa Vuestra Merced que, con todo lo que adquiría y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no vi; tanto que me matava a mí de hambre, y assí no me remediava [demediava, (Alcalá, Medina-Burgos 1554)] de lo necesario.

Curiosamente, la mayoría de los editores modernos no descubre en el fragmento citado ningún tipo de error, excepto la variante remediava de Amberes que se considera menos auténtica que la lectura de Al, Me y Bu (demediava). Tanto es así que Rico, en un primer tiempo (Rico ed., 1987: 35, n. 57) para justificar la lección demediava no dudaba en conjeturar un improbable cambio de sujeto: «Lázaro -escribía- ha cambiado de sujeto de “[el ciego] me mataba a mí de hambre” se ha pasado a “[yo] no me demediaba de lo necesario”; y en su última edición (la de 2011) aclaraba el significado de “demediaba” de este modo: «no llegaba a comer la mitad de lo necesario», pero lo hacía devolviendo al ciego la propiedad del predicado que en el nuevo texto crítico de su pertinencia reza así: «…y a sí no se demediaba de lo necesario». Lo que, sin embargo, nuestro editor se ha dejado en el tintero es la motivación y la notificación del nuevo aspecto adquirido por el texto crítico en este fragmento de su última edición. En efecto, Rico no nos da a conocer la procedencia de los pequeños cambios que determinan el pasaje de la primera a la tercera persona (a sí en lugar de assí, y se en vez de me), dejando así entender que ellos derivan de su actividad conjetural (ope ingenii, en términos técnicos). Pero no es así, porque como bien sabemos, la restitución del predicado verbal (d/remediava) a su legítimo propietario (el ciego) se debe a un testimonio concreto: el mismo Velasco, que tanto Blecua como el propio Rico habían hecho desaparecer del horizonte estemático del Lazarillo por su supuesta calidad de descriptus, a saber, por ser mera copia, por lo demás deteriorada, de Amberes 155425.

Fig. 3: Lámina n. 3

←26 | 27→

En realidad López de Velasco, en esta y otra circunstancia que examinaremos más adelante, se hace portador de una lectura (“y así no se remediava de lo necesario” como puede verse en la lám. 3) sobre cuya autenticidad no es lícito dudar, porque, además de ofrecerle al comentario de Lázaro un significado claro e inequívoco (en definitiva el narrador Lázaro afirma que la tacañería del ciego era tan grande que no solo mataba de hambre a su criado, sino que tampoco se proveía a sí mismo con lo necesario), establece al mismo tiempo un efecto de sentido complementario, relacionado con la estructura paralelística de la secuencia frástica: «(tanto que) me matava a mí de hambre, (y) a sí no se remediava de lo necesario». Además, Velasco, al proponer el verbo “remediar” —al igual que Amberes— en un contexto que requiere exactamente el empleo de esta forma verbal, certifica que la lección demediava de Alcalá y Medina-Burgos se sitúa en la categoría de los errores significativos con valor conjuntivo: un error que, con toda probabilidad, se remonta al ascendiente común de los testimonios españoles, a saber: la edición de Alcalá-Brocar de 1552/3.

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 28→

Sobra decir que puede considerarse bastante arriesgado llegar a estas conclusiones basándose en un muestrario tan reducido. Pero lo que yo pretendo poner aquí en evidencia no son las distintas fases que nos llevan a la constitución del estema elaborado anteriormente (ver antes, p. 4), sino más bien la superioridad de la añeja manera lachmanniana sobre la pretensión, que manifiestan algunos editores modernos, de llegar a soluciones satisfactorias basándose principalmente en su propio “ingenio” crítico. Tomemos, pues, en consideración otro ejemplo procedente también del Tratado primero de nuestra obra. Hago referencia al lugar en que Lázaro resulta ser atraído por el sabroso olor de la longaniza que, por orden del ciego, está asando sobre el fuego.

Los cuatro testimonios de 1554 leen conjuntamente así:

No es difícil detectar aquí una anomalía en la subordinada “aviéndome puesto dentro el sabroso olor de la longaniza”, o, si se prefiere, un posible error transmitido por los testimonios conservados. A decir verdad, los primeros editores críticos del Lazarillo, Cavaliere y Blecua, no percibieron en esta subordinada ninguna irregularidad o, por lo menos, nada que mereciera una muestra de atención, mientras que Rico en 1987, al comentar en una nota el sintagma “apetito goloso” con una docta remisión a la escolástica, afirmaba en conclusión: «En el texto, por tanto, ‘apetito goloso’ forma una unidad de sentido y es el sujeto de «habiéndome puesto dentro» (Rico ed., 1987: 38, n. 115). Después, en su última edición de 2011, al percatarse de que el “apetito goloso” no puede de ningún modo desempeñar el papel de sujeto en la subordinada sucesiva, considera más conveniente manipular directamente el texto con una pequeña enmienda conjetural (“habiéndoseme”) que, en su opinión, debería poner remedio de modo definitivo a un evidente descuido de los copistas o cajistas27.

←28 | 29→

Por otro lado, y encarándose con la lectura de López Velasco que en este mismo lugar escribe “dentera” en vez de “dentro”, se niega a aceptar el valor testimonial de la misma para tildarla de simple conjetura, sí «estupenda, pero no hasta el punto de imponerse, ni menos para descartar que un humanista como él fuera capaz de hacerla por sí y tuviera que sacarla de un testimonio anterior al ascendiente de las ediciones de 1554» (Rico ed., 2011: 224). Parece, sin embargo, olvidarse que en esta y en otras circunstancias uno de los criterios básicos de la tan menospreciada manera lachmanniana hubiera podido obligarle a cambiar de opinión en la valoración de este testimonio.

Me refiero, obviamente, al criterio de la lectio difficilior, en virtud del cual a la hora de seleccionar las variantes o lecciones divergentes se elige la variante que encierra mayor dificultad léxica y/o gramatical frente a la lección que resulta más fácil y sencilla. Ahora bien, en el caso de dentro/dentera no cabe ninguna duda de que es justamente Velasco quien certifica la difficilior (“dentera”) mientras que las ediciones de 1554 reflejan de común acuerdo una facilior debida a la confusión de unas abreviaturas por otras y consiguiente sustitución de una palabra por otra gráficamente semejante: de manera que partiendo de un posible error por haplografía (dentra en vez de dentera) se llega fácilmente a una palabra cercana y semejante como dentro. Un error en el que podía incurrir fácilmente un copista o cajista que no tenía familiaridad con expresiones vulgarmente metafóricas de tipo popular como «dar o poner dentera»28. Y dado que por lo general se considera que un copista tiende normalmente a trivializar el texto que transcribe (es decir tiende a transformar una difficilior en facilior), resulta sumamente difícil conjeturar que el mismo copista pueda seguir el camino inverso.

Entonces, la lectura de López de Velasco, precisamente por su calidad de difficilior, nos deja pensar que sin el respaldo concreto de un testimonio difícilmente hubiera podido manifestarse en su propuesta editorial. Lo que nos sugiere que el fiel de la balanza en este como en otros casos parece inclinarse hacia el ope codicum, encerrando en el ámbito de las hipótesis antieconómicas la eventualidad de una emendatio ex coniectura.

La añeja manera lachmanniana sugiere, pues, al editor crítico conformarse también en esta circunstancia con la lectura de López de Velasco, siendo precisamente este el testimonio que ofrece las mayores garantías de autenticidad y, por consiguiente, una representación fidedigna de la editio princeps. Al mismo tiempo, como vimos, la difficilior de este testimonio descubre la naturaleza del ←29 | 30→error (lectio facilior) transmitido por los demás testimonios, hasta tal punto que todo editor sensato del Lazarillo debería evitar por prudencia cualquier intento de subir al texto crítico una lección visiblemente errónea como la que acabamos de examinar29.

Por cierto los criterios objetivos de un método científico (como el neolachmanniano) no tienen otra finalidad que no sea la de favorecer el camino hacia una representación fidedigna de la voluntad expresiva del autor, más allá de las sensaciones o de las supuestas felices intuiciones de algunos editores que prefieren apoyarse en su propio ingenio al enfrentarse con la difícil y delicada tarea de la construcción del texto.

Un caso emblemático a este respecto lo plantea otro pasaje del Lazarillo donde una vez más López de Velasco difiere de los otros testimonios. Me refiero a un fragmento del Tratado primero en el que Lázaro, al tratar de su colaboración en los asuntos domésticos de su nueva familia (la que se configura después del amancebamiento de su madre con un acemilero “moreno”), escribe:

Ella [su viuda madre] y un hombre moreno de aquellos que las bestias curavan vinieron en conocimiento … De manera que, continuando la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el qual yo brincava y ayudava a callentar [acallar, Velasco].

El primero en tomar en seria consideración las implicaciones de la variante de Velasco (acallar) fue Caso González que apuntó lo siguiente: «el verbo “acallar” mejora mucho el texto, tanto que, más que corrección, parece la original, ya que el brincar a los niños, o mecerles rítmicamente en los brazos o acunarles, es cosa que se hace para que callen, y no para calentarles, por lo que parece que todos los demás textos están equivocados» (Caso González, ed., 1967: 64, n. 14). Una consideración que encontró la adhesión completa de Félix Carrasco quien recogió la lectura de Velasco en su texto crítico precisando que dicha lectura tiene su justificación en un estado del arquetipo que en este lugar presentaría ←30 | 31→una palabra borrosa interpretada de manera equivocada por Alcalá, Medina y Amberes (Burgos, transformando callentar en calentar no hace otra cosa que corroborar su dependencia directa de Medina30), mientras que Velasco, o directamente, o a través de una supuesta fuente, hubiera resuelto el problema con brillantez (Carrasco, ed., 1997).

Por su parte, Rodríguez López-Vázquez en su artículo ya mencionado del año 1987, tras hacer referencia a la nota de Caso González y en base a consideraciones de carácter lingüístico, interpretaba la lección de Alcalá, Medina y Amberes (callentar) como variante fonética de «callantar» o «acallantar», palabra que posee el mismo valor semántico que hoy día le atribuimos a “acallar” (Rodríguez L.V, 1987: 120). Francisco Rico (2011: 222), en cambio, tras declarar ex cathedra que la dignidad de auténtica le corresponde a la variante de Burgos (“calentar”)31, añade en el mismo lugar que «el uso del verbo es perfectamente apropiado a un niño, y la lección de Velasco —por consiguiente— aparece como una trivialización»32. Se niega así rotundamente a ofrecerle el más mínimo crédito a la propuesta de Carrasco perfeccionada por Alfredo Rodríguez; y lo hace achacándome a mí la entera responsabilidad de esta conjetura, cuando en realidad lo que yo hice (en el mencionado artículo sobre el Lazarillo castigado [Ruffinatto, 2005: 534]) fue simplemente tomar en seria consideración las suposiciones de Carrasco y Rodríguez. Como quiera que sea, en la misma nota Francisco Rico escribe: «Inadmisible la propuesta de A. Ruffinatto [2005–6: 533–535] de un arquetipo que decía a acallantar, con un verbo inexistente en la época», olvidando el hecho de que el verbo “callantar” (y no “acallantar” porque esta configuración deriva de la unión de la preposición a con la forma verbal) tuvo existencia real en castellano desde épocas remotas como lo demuestra Berceo en el siglo XIII y como lo confirma el refranero español33. Ahora bien, si el filólogo catalán ←31 | 32→se hubiese dignado a examinar la varia lectio de los códigos en una perspectiva ecdótica (en el sentido neolachmanniano de la palabra) se hubiera percatado de que en este lugar los testimonios plantean un caso típico de difracción en ausencia. Como es bien sabido, se habla de “difracción” cuando, de cara a una lección en extremo difícil (y muy a menudo consistente en una sola palabra), varios copistas reaccionan transcribiendo sendas palabras distintas. En el caso de que al menos uno de los testimonios haya conservado el texto original, se habla de «difracción en presencia», y en el caso opuesto —es decir, cuando ninguno de los testimonios mantiene el texto original— se habla de «difracción en ausencia».

Además, si en nuestro caso, enlazamos las consideraciones de Carrasco sobre cierto estado del arquetipo (lectura borrosa) con las de Alfredo Rodríguez relativas al verbo «callantar», podemos acercarnos de modo seguro a la solución del problema. Basta con aceptar el posible carácter de lectio facilior, tanto en la lección común de los cuatro testimonios de 1554 (“cal[l]entar”) como en la lectura de Velasco (“acallar”), para descubrir el aspecto de la difficilior presente en un antígrafo común a todos los testimonios (es decir, en el arquetipo del que habla Carrasco); y la difficilior a la que se llega por este camino no puede ser otra que la indicada por López-Vázquez, o sea “callantar”, en un contexto perfectamente conforme a la voluntad expresiva del autor: «…el qual yo brincava y ayudava a callantar».

Tomando, pues, como punto de partida esta lectio difficilior, o mejor dicho, la estructura morfológica y semántica de “callantar”, se llega a la conclusión de que los testimonios de 1554 certifican una lección, en su aspecto morfológico, cercana (“callentar”), pero, en su valor semántico, lejana a la del arquetipo, mientras que Velasco opta por una lección morfológicamente más lejana (“acallar”) pero semánticamente más próxima a la misma. En resumidas cuentas, las distintas lecciones de los testimonios conservados denuncian su derivación de una misma lección del arquetipo, variamente deformada: a saber, plantean un ejemplo canónico de difracción en ausencia34.

¿Hace falta añadir más ejemplos para corroborar la superioridad de la “añeja manera lachmanniana” sobre cualquier otro intento de aproximarse a la princeps eclécticamente y sin método? Haberlos haylos, naturalmente, pero lo que ←32 | 33→yo quiero tomar en consideración ahora es el impacto que puede tener sobre la interpretación del texto el método elegido por el editor. Cabe preguntarse, en efecto, si vale la pena hilar tan fino para alcanzar resultados que en apariencia no añaden ni quitan nada al valor de la obra examinada.

En mi opinión, la pregunta es retórica y la respuesta, por consiguiente, afirmativa: sí, vale la pena. Y una vez más lo demuestra una lectura de López de Velasco que certifica una difficilior allá donde los demás testimonios (excepto Alcalá 1554) presentan una lección aparentemente regular. Se trata del verbo rozar (roçar), un verbo usado con cierta frecuencia en el léxico de germanía y que en el Lazarillo (según certifican Velasco y Alcalá) aparece en un lugar del Tratado II (véase lám. 4) cuando el narrador Lázaro para poner en evidencia la mezquindad y la falsedad de su segundo amo, el clérigo de Maqueda, apunta lo siguiente:

Y por ocultar su gran mezquindad, dezíame: «Mira, moço, los sacerdotes han de ser muy templados en su comer y bever, y por esto yo no me desmando como otros. Mas el lazerado mentía falsamente, porque en cofradías y mortuorios que roça[va]mos (rezamos, Amberes, Medina y Burgos) a costa agena comía como lobo y bevía más que un saludador.

Al comparar la lección de Alcalá, Velasco (rozar), con la de Amberes, Medina y Burgos (rezar), nos damos cuenta de que estos últimos al no entender el significado de una palabra de germanía como “rozar = comer” trivializaron con una forma (rezar) gráficamente cercana a roçar y semánticamente no del todo extraña a los términos “cofradías” y “mortuorios” con los que se acompaña en este lugar de la obra35. Adoptan esta lectura (“rezamos”) la mayoría de los editores modernos del Lazarillo, y Rico entre ellos, a pesar de que este último en una nota (Rico, ed., 2011: 31, n. 5) ponga justamente en evidencia el hecho de que en las hermandades religiosas y en los entierros «era costumbre ofrecer un pequeño refrigerio […]; y en este convite resultaba obligada la presencia del clérigo». Pero tal observación no es de por sí suficiente como para insinuarle la duda de que la lectura roça(va)mos no sea del todo disparatada puesto que el filólogo catalán prefiere burlarse de la postura adoptada por Ruffinatto tildándola con un lacónico “Sic”36.

Y es una lástima, porque al elegir para el texto crítico la variante rezar en lugar de roçar, se pierden todos los efectos de sentido que la difficilior puede acarrear. En primer lugar, porque la lección de Velasco-Alcalá (rozar), cuyo abanico semántico contempla, entre otras, la acepción de “Quitar o raer parte de alguna cosa, desigualando ←33 | 34→su superficie” (Autoridades, s.v.), anticipa y abre el camino al tema principal del Tratado II: el asalto de Lázaro al arca de los bodigos en figura de ratón37.

Además, la aparición de una palabra de germanía como roçar en la acepción de “comer”, precisamente en este lugar, puede interpretarse como una prueba fehaciente de la eficacia de las enseñanzas impartidas por el ciego en el anterior Tratado I. El propio Lázaro, en efecto, nos informa de que al meterse en camino con el ciego «en muy pocos día me mostró jerigonza, y, como me viesse de buen ingenio, holgávase mucho…» (Ruffinatto, ed. [2001]: 119). Y la jerigonza o gerigonza no es otra cosa que un cierto lenguaje particular de que usan los ciegos, según aclara Covarrubias (s.v.), añadiendo: «Lo mesmo tienen los gitanos, y también forman lengua los rufianes y ladrones, que llaman germanía»38.

Fig. 4: Lámina n. 4.

←34 | 35→

Si bien se mira, cuando Lázaro en el Prólogo habla de su relato definiéndolo “esta nonada que en este grosero estilo escrivo” (Ruffinatto, ed., 2011: 107), no está buscando simplemente un efecto retórico (el derivado de un topos humilitatis), sino que nos indica el camino estilístico que pretende seguir para la realización de su intento. Como si dijéramos: el sermo humilis al servicio de las distintas situaciones que el narrador va dibujando en los distintos apartados de su historia. Un sermo humilis en el que caben tanto la adopción de vocablos pertenecientes al mundo de los marginados (ciegos limosneros, curas de pueblo, hidalgos pobres, hilanderas de algodón), como al mundo de los delincuentes (frailes rufianes, bulderos, alcahuetes en figura de pintores), como, finalmente, al mundo de los “buenos” (capellanes, alguaciles, arciprestes amancebados).

El camaleonismo lingüístico y estilístico de Lázaro, o sea su capacidad de adoptar registros apropiados y distintos en base a situaciones, circunstancias e interlocutores, constituye uno de los rasgos fundamentales y más encantadores de toda la obra. Y si un editor crítico no se da cuenta de la importancia que reviste este artificio en la construcción del relato puede incurrir en el error de dar credibilidad a los testimonios que transforman las difficiliores en faciliores traicionando de tal forma la intención del autor. O peor todavía, puede caer en la tentación de adaptar la letra del texto a sus personales intuiciones (es decir, actuar preferentemente ope ingenii) incluso donde los testimonios certifican de común acuerdo la misma lección.

A este respecto conviene volver a traer a la memoria las palabras áureas de Alphonse Dain sobre la actuación de los copistas o editores de un texto: «Le plus grand tort que l’on puisse faire à un texte est de l’amender en le copiant» (Dain, 1964:18) donde con el término amander se entiende “introducir variantes por conjetura (ope ingenii)”. Dain tilda de “mauvais copistes” a los copistas o editores que reproducen sus textos sin respetar (a los testimonios) y se arrogan el derecho de corregirlos: «Je réserverais plutôt les flammes éternelles aux scribes, orgueilleux ou non, qui ne suivent pas le règles de la copie» (Dain, 1964: 18). Por supuesto, desde mi pequeño rincón no pretendo de ninguna manera reservar las llamas eternas a los editores del Lazarillo que adoptan las posturas del mauvais copiste, pero lo que sí quiero denunciar es la manera en que no se debe editar la obra.

Y por cierto no es buena manera de cumplir con esta tarea la de considerar “falsos” los testimonios conservados cuando transmiten elementos que, en opinión del editor, no se conforman con el “original del autor”. Así, por ejemplo, eliminar por completo la tradicional (en el sentido de tradición de la obra) división en Tratados (encabezados por un Prólogo) con su numeración progresiva y también todos los epígrafes que adornan el texto del Lazarillo en todas las ediciones ←35 | 36→de 1554, y eliminarlos en base a una conjetura del editor por brillante que sea39, significa sobreponer el supuesto “ingenio” y la porfiada voluntad del editor a la realidad textual certificada por los testimonios; significa, en otras palabras, traicionar la voluntad expresiva del autor40. Y esta no es una buena manera, ni mucho menos una manera correcta de editar el Lazarillo, así como no lo es pasar por alto las difficiliores o las variantes que transmiten un profundo valor connotativo, según vimos anteriormente.

Dicho esto, queda en pie la segunda de las cuestiones planteadas por el título de este trabajo, o sea: «Cómo editar el Lazarillo». Naturalmente, el tiempo y la paciencia del lector me aconsejan acortar los términos de la cuestión, así que me limitaré a indicar el camino a seguir para “llegar a buen puerto” (léase: editio princeps). Un camino que en realidad queda ya marcado tanto por el subtítulo de este trabajo (“Elogio de la añeja manera lachmanniana”) como por las conclusiones a las que hemos llegado examinando distintos aspectos del texto a la luz de las lecturas proporcionadas por los testimonios (ope codicum). Y dicho camino no puede ser otro que el marcado por la “añeja manera lachmanniana”, según la definición entre irónica y despectiva de Francisco Rico.

En realidad, los modernos filólogos románicos que se mueven en el campo de las ediciones críticas al amparo de estos presupuestos, no se limitan a aplicar los principios del así denominado método lachmanniano, perfeccionado en la primera mitad del siglo XX gracias sobre todo a las especulaciones teóricas de Paul Maas, sino que amplían las perspectivas abiertas por los fundadores de la ←36 | 37→Textkritic ajustándolas al nuevo panorama dibujado por los textos posclásicos cuya tradición manuscrita o impresa presenta modalidades distintas con respecto a los textos clásicos griegos y latinos. No por nada los filólogos románicos prefieren hablar de neo-lachmannismo41, o sea de una orientación ecdótica menos rígida y más abierta a las exigencias de una nueva fenomenología de la copia que contempla la actuación de copistas (en el caso de la tradición manuscrita) o de impresores (en el de la tradición impresa) cultural y lingüísticamente más cercanos al texto que están transcribiendo y por lo tanto más propensos a las innovaciones.

Debido a esto, los neolachmannianos deben ser muy cuidadosos en la valoración de los estemas y, por consiguiente, no deben caer en la tentación de considerar la estemática como un instrumento infalible. En realidad, los estemas (como el que hemos propuesto antes para el texto objeto de nuestro análisis) se ofrecen sí como instrumento útil y eficaz para reconstruir el texto original (la editio princeps en el caso de la tradición impresa), pero no conviene desatender el hecho de que los testimonios que configuran el cuadro de derivación pueden presentar en algunos lugares concretos o en párrafos enteros huellas de innovación y/o de contaminación. Un fenómeno casi emblemático en el caso del Lazarillo castigado de López de Velasco donde la actuación del corrector (gracias al descubrimiento de Mercedes Agulló42 ahora sabemos que este corrector se llamaba Diego Hurtado de Mendoza) se muestra con toda evidencia en varios lugares del texto (y no simplemente en las supresiones), y donde se perciben con igual evidencia efectos de contaminación debidos al empleo de más de un ejemplar para la transcripción del texto.

Al editor del Lazarillo, entonces, le corresponde la tarea de actuar cum grano salis, a saber: tiene que hacer su máximo esfuerzo para determinar hasta qué punto la declaración (lectura) de un determinado testimonio puede considerarse fiable (respetuosa, en otras palabras, de las reales intenciones del autor) y dónde, en cambio, resulta ser poco creíble tras desfigurar su voluntad expresiva. Una actuación que debería permitir la superación de la barrera de los errores-guía para llegar a la princeps a través de un camino que logre suavizar los rígidos filos del estema pero sin ceder en ningún momento a la tentación del ope ingenii.

Una tal edición del Lazarillo, que yo sepa, aún no se ha llevado a cabo (pese a los intentos de Carrasco y del pecador que está escribiendo estas líneas), pero ←37 | 38→creo que en un próximo futuro alguien, posiblemente un hispanista y filólogo neolachmanniano, llevará a un punto final y definitivo la intrincada cuestión ecdótica planteada por los testimonios de un texto narrativo áureo que, después de casi quinientos años, sigue dialogando con los lectores con la misma intensidad y la misma genial desfachatez de la época en que se concibió.

Referencias bibliográficas

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1 Dipartimento di Studi Umanistici. Università degli Studi di Torino (Italia). E-mail: aldo.ruffinatto@live.it

2 Aribau ed., 1850: xxi, n. (1). El mismo Aribau menciona también la castigada de Velasco 1573, la de Tarragona 1586, la de Milán 1587, la de Plantino 1595, la de Bérgamo 1597, la de Zaragoza 1599, la de Facchetto 1600, la de Medina 1603, y la de J. De Luna 1620.

3 Foulché-Delbosc ed., 1900.

4 Foulché-Delbosc, 1900: 81–97.

5 Cejador y Frauca ed., 1914.

6 Bonilla ed., 1915.

7 Desaparecer del horizonte ecdótico de una obra no significa por supuesto desaparecer del horizonte histórico. En esta dimensión, en efecto, Burgos 1554 sigue ejerciendo un papel muy importante tanto por lo que se refiere a la localización de los primeros testimonios conservados del Lazarillo como por lo que atañe a su difusión y a las relaciones entre los libreros e impresores españoles de la época.

8 Adviértase, además, que la edición de Aribau no está exenta de contaminación, en el sentido de que en algunos lugares se percibe el recurso del editor a otro ejemplar (distinto al de Amberes 1553) y, más concretamente, la utilización de Amberes 1554, Burgos 1554 y Velasco 1573. En nuestro estema dicha contaminación se indica con una línea oblicua en forma de flecha.

9 Hablo de “revaluación” porque, pese a las puntuales observaciones de Caso González en su edición de 1967, Alberto Blecua en 1972, Francisco Rico en 1987 y Gonzalo Santonja en 2000 se negaron a aceptar su posible calidad de recentior non deterior para desplazarlo a la categoría de los descripti.

10 Carrasco ed., 1997.

11 Ruffinatto, 2000; Ruffinatto, ed., 2001.

12 Jauralde, 2010, (la cursiva es mía).

13 Maas 2012: 71–79. El original alemán del capítulo al que hacemos referencia (Errores guía y tipos estemáticos) se remonta al año de 1937. Una exposición muy detallada y precisa de los errores significativos (conjuntivos y separativos) se encuentra ahora en el espléndido manual de Pérez Priego (2011: 115–141).

14 Navarro Durán, 2003: 9–90.

15 Gargano ed., 2017. En realidad no es esta la última edición “italiana” del Lazarillo, pues la editorial Adelphi acaba de publicar una nueva traducción italiana de la obra a cargo de Angelo Valastro Canale y al cuidado de Francisco Rico (Rico-Valastro, eds., 2019).

16 Rico ed., 2011.

17 Y concluye: «El resultado será forzosamente una edición ecléctica, el conjunto de un Lazarillo de Tormes con un cierto número de “cosas por ventura nunca vistas” antes, pero donde, a la postre, en las dudas prevalezca quizá el espíritu sobre la letra del autor» (Rico ed., 2011: 205).

18 La cursiva es mía.

19 «Ancora: a 140, 7 B[urgos] scrive: “y las mas vezes son los pagamentos a largos plazos, y las mas y mas ciertas, comido por servido”, sottindendendo il vezes precedente, e cioè: “y las mas (vezes) y las mas ciertas (vezes)”. Nella lezione di Al[calá]: y lo mas mas cierto e in quella più incolore di An[versa]: y las mas certas, seguita da Juan de Luna, l’espressione perde insieme esattezza e profondità» (Cavaliere ed., 1955: 33).

20 Ruffinatto, 1990: 290–292.

21 Alberto Blecua (2003: 66, n. 12) prefiere achacar a un hipotético subarquetipo β la responsabilidad de la duplicación y anota: «En β se leía y las más más ciertas que A(lcalá) enmendó en y los más, más cierto y C (= Amberes) en y las más ciertas». Una corrección, la de Amberes, que quedaría certificada por unos espacios anómalos, más amplios, perceptibles en la composición de la página correspondiente.

22 Rodríguez, 1989: 113.

23 Debo a la cortesía de su autor la entrega de una copia del original de imprenta de dicha Introducción que se acabó de escribir el 31 de agosto de 2015.

24 Sigo la lección de Amberes 1554 y pongo entre corchetes la variante de Alcalá, Medina-Burgos 1554.

25 En opinión de dichos estudiosos Velasco, además de expurgar la edición de Amberes 1554, conscientemente corregía, añadía, suprimía lo que consideraba más oportuno. Recuérdese, sin embargo, que después del importante descubrimiento de Mercedes Agulló (2010: 36–52) sabemos con toda certeza que López de Velasco confió la tarea de “castigar” (expurgar) el Lazarillo nada menos que a Diego Hurtado de Mendoza que, por esta razón, durante largo tiempo fue considerado el verdadero autor del Quijote. Todas las evidencias actuales, por contra, demuestran que Hurtado de Mendoza actuó de censor y no de autor y que el Lazarillo, por lo tanto, sigue siendo, gracias a Dios y a V. M., felizmente anónimo.

26 A esta lectura se adhieren la mayoría de los editores críticos modernos (no sin problemas a la hora de ofrecerle una justificación semántica aceptable en sus comentarios). Adviértase que en su última edición Francisco Rico, para solucionar estos problemas, inserta el pronombre reflexivo se entre el verbo (haviendo) y el enclítico me, y escribe: “habiéndoseme”.

27 «Con todo, juzgo más económico enmendar como lo he hecho, dada la frecuencia con que se encuentran en el Lazarillo el gerundio con valor causal […], las construcciones análogas en sintaxis y semántica […] y las variantes del tipo de vísteseme-viste.» (Rico, 2011, p. 224).

28 «Frase vulgar metafórica con que se explica que el ver alguna cosa causa deseo, apetito o envidia» (Autoridades, s.v. «dentera»).

29 Por razones de exhaustividad no podemos ni queremos dejar de mencionar el punto de vista de Pablo Jauralde que considera las variantes de Velasco como sensatas correcciones de un autor (Hurtado de Mendoza) a su obra impresa: «El texto VE (= Velasco) —escribe— con sus sorprendentes y acertadas enmiendas no es obra del ingenio de Juan López de Velasco ni supone un testimonio -códice o edición perdidos- desconocido: las enmiendas provienen directamente del autor, Diego Hurtado de Mendoza, probablemente dictadas, sugeridas o realmente efectuadas para que Juan López de Velasco sacara el libro en 1573, siempre como anónimo desde luego. No hay milagro, no hay misterio, no hay testimonio desconocido: son las sensatas correcciones de un autor a su obra impresa como anónima, eso sí dilucidando los pasajes oscuros como solo el autor podría hacerlo. No hay más.» (Jauralde, 2010, p. 7).

30 Todas las razones ecdóticas que avalan esta dependencia pueden verse en Ruffinatto (2000: 99–129).

31 En su opinión la grafía call- de Alcalá, Medina y Amberes tendría una explicación cierta en el hecho de que «call- es grafía de -cal» (¡sic!), sin más.

32 Para apoyar su planteamiento Rico trae a colación un par de ejemplos extraídos de textos paraliterarios (un Tratado de patología de 1500, y un Memorial de la vida cristiana en la ed. de fray Justo Cuervo) donde el uso del verbo “calentar” parece acercarse al valor semántico expresado por el sintagma lazarillesco: «brincar y “calentar” según el testimonio de Burgos.

33 «El nuestro sacerdot quando la misa canta,/e faze sacrificio sobre la mesa sancta,/todo esto remiembra la ostia que quebranta,/todo allí se cumpre e allí se callanta»; «Deque sufrió don Christo la Passión prophetada,/cumprió los sacrificios, los de la ley passada;/levantó la ley nueva, la vieja callantada,/la vieja so la nueva yaze encortinada» (Gonzalo de Berceo, Del Sacrificio de la Misa, coplas 23 y 28).

34 No cabe duda de que la extremada rareza de la palabra (callantar) hacía casi inevitable que los cajistas la ignorasen, la interpretasen como un error y tratasen de corregirlo cada uno a su manera, sea con callentar (forma etimológicamente lógica y muy común en el XVI) o con acallar, que en Velasco adquiere la configuración de una corrección voluntaria del original para sustituir con un sinónimo más comprensible y común, y más adecuado al habla del corrector (Hurtado de Mendoza), un arcaísmo ya completamente desusado.

35 Desde luego tanto las “cofradías” como los “mortuorios” son lugares donde normalmente se recitan oraciones.

36 «A. Ruffinatto —escribe— imprime roçamos, afirma que aquí se recurre al léxico de germanía, en el que el verbo rozar significaba ‘comer’, y concluye que rozar “se adhiere al contexto mucho más que rezar”. Sic» (Rico, ed., 2011: 226).

37 Recuérdese que Lázaro pensando en la manera de comer los bodigos sin incurrir en las iras del clérigo de Maqueda, comenta entre sí: «Este arquetón es viejo y grande y roto por algunas partes, aunque pequeños agujeros; puédese pensar que ratones, entrando en él, hazen daño a este pan» (Ruffinatto, ed., 2001: 151–152); y considérese todo lo que sigue a lo largo del episodio hasta cuando la culebra se apodera de la figura del ratón causando el sangriento final de esta aventura.

38 Covarrubias (1611): 637a.

39 «Nótese la concatenación -escribe Rico- “V. M. escribe se le escriba…Pues sepa V. M. que…”. Pese a la claridad del engarce, las ediciones de 1554 abren aquí un falso “Tratado primero”, “Cuenta Lázaro su vida, y cuyo hijo fue”, sin duda extraño al original del autor, como ajenos a él son también los demás epígrafes y la misma división en capítulos» (Rico, ed., 2011: 6). Cabe, sin embargo, señalar que las dudas sobre la autenticidad del título, de la partición en tratados y de los epígrafes, Rico las había planteado ya en un artículo de 1988 («La princeps del Lazarillo. Título, capitulación y epígrafes de un texto apócrifo»), congregado con otros en un libro que reitera intencionadamente la primera parte del título de este trabajo (Rico, 1988: 113–151). Pero en sus varias ediciones del Lazarillo anteriores a esta de la Real Academia no se había atrevido a convertir este propósito enmendatorio en términos editoriales concretos.

40 Sería como despojar la Lozana Andaluza de su partición en Mamotretos y de sus epígrafes. O bien quitarle la denominación de prólogo al incipit del Menosprecio de corte y alabanza de aldea de fray Antonio de Guevara; y por añadidura hacer desaparecer sus epígrafes por considerarlas “falsas” y ajenas a la voluntad del autor. Y así siguiendo por el estilo, poniendo siempre en tela de juicio la letra de los testimonios (manuscritos o impresos) que nos han transmitido de común acuerdo un determinado texto.

41 Sobre las nuevas perspectivas de la filología textual en el siglo XX (y XXI) puede leerse con sumo provecho la síntesis elaborada por Miguel Ángel Pérez Priego en su mencionado manual: Pérez Priego, 2011: 29–45.

42 Agulló, 2010: 37–53.

Ana Vian Herrero1

La Segunda parte de Lazarillo de Tormes (Amberes 1555) como literatura cíclica

Resumen: La Segunda Parte de Lazarillo de Tormes (Amberes 1555) es una obra cíclica, práctica literaria conocida desde la Antigüedad que afectó a varias obras maestras de los siglos XVI y XVII en Europa. El texto cumple con los principales rasgos de este fenómeno literario particular: reanudar un mismo argumento básico de una obra prototipo con la vuelta de personajes, imitación de episodios y técnicas, reminiscencias verbales, etc., pero también incorporando otras fuentes y modelos literarios que condicionan la evolución posterior. Se hace esencial analizar lo que se modifica y lo que no, en ese sistema consciente de relación con el paradigma. No es la degradación de un modelo, sino la continuación de un prototipo abierto, con ejemplos eminentes en la literatura española, como La Celestina, La Diana, el Quijote o el Guzmán, entre otros.

Palabras clave: Segunda Parte de Lazarillo de Tormes (Amberes 1555), Literatura cíclica, Continuación literaria.

En las últimas décadas y años, aquella obra tradicionalmente incomprendida y huérfana de estudios y ediciones, la Segunda parte de Lazarillo de Tormes, el Segundo Lazarillo o Lazarillo de los atunes (Amberes 1555), ha cambiado radicalmente su estatus, gracias a un núcleo fuerte de investigaciones2. Colaboraré ahora con esa tradición crítica añadiendo otro punto de vista que, en mi criterio, debería arrumbar como bizantinas algunas viejas discusiones sobre la calidad comparativa de la obra; me refiero a considerar esta Segunda parte como texto cíclico, un hábito estético arraigado en la literatura universal y muy extendido en la española de los siglos XVI y XVII. Para ello me serviré como punto de partida ←41 | 42→de un artículo seminal de Consolación Baranda (1992) que aporta los elementos esenciales de teoría de los ciclos literarios áureos y se detiene en el de La Celestina3, con el que los Lazarillos tienen varios puntos de contacto. Siempre que lo vea procedente contrastaré Celestinas y Lazarillos, pues el celestinesco es el más estudiado, y más cabalmente, de los ciclos áureos.

1 Descendencia directa, descendencia indirecta y ciclo literario

El Lazarillo de los atunes cumple con ese fenómeno literario particular que consiste en reanudar un mismo argumento básico de una obra prototipo con la vuelta de personajes, imitación de episodios y técnicas, reminiscencias verbales, etc., pero también con la incorporación de otras fuentes y modelos literarios que condicionan la evolución de la descendencia directa4. Entre los mecanismos cíclicos característicos están las formas de ocultación y desvelamiento de autor en piezas paratextuales, las interpolaciones que comienzan en el modelo mismo5, ←42 | 43→la inclusión del personaje central en nuevas andanzas6, el aprovechamiento de un éxito de imprenta7 o las disputas entre continuadores. Veremos estos aspectos desde el punto de vista del Lazarillo, pero antes los ensancharemos en el horizonte de otros ciclos áureos. La Segunda Parte no tiene prólogo, aunque no perderá ocasión de hacer explícitos elementos que en el prototipo quedaban velados desde su paratexto.

Es usual que en la historia crítica las continuaciones se vean como degradación del prototipo, más abierto y siempre genial; a él se oponen lo que suelen considerarse frivolidades, desarrollos superficiales o amplificados de los continuadores, didactismo explícito que ‘cierra’ la ambigüedad del original, o simplificación del héroe o la heroína que enturbia la complejidad psicológica de su modelo, etc.8. La visión degradante del Segundo Lazarillo es muy antigua (quinientista) en la crítica; elijo solo el testimonio de Juan López de Velasco, quien en su Lazarillo castigado (1573, f.374r) dice eliminar “toda la segunda parte, que por no ser del autor de la primera, era muy impertinente y desgraciada”. Pero ese punto de vista permanece en la actualidad; elijo el testimonio de Martino (1999, I, p. 570) por tratarse de uno de los estudios más informativos y útiles con que cuentan el Lazarillo y sus continuaciones: “La continuazione del 1555, nonostante i tentativi piú o meno ingeniosi di rivalutazione, è certamente di scarso valore artistico e di ben modesto valore ‘ideologico’. […] Il suo significato per la costituzione del genere picaresco e la formazione del romanzo moderno rimarrebbe nullo”. Y ←43 | 44→el aún más tardío de Piñero (2014, p. 174): “A nadie se le oculta la inferioridad estética de la Segunda parte frente al Lazarillo9.

El punto de vista debe ser distinto. En los ciclos áureos, las obras modelo, concebidas por los contemporáneos como obras abiertas, liberan formas múltiples que se mantienen en sus derivadas, y personajes que continúan al original tanto como a otras continuaciones. Al prolongar una obra, apropiarse de su tema, protagonistas y relaciones entre ellos, recuerdos, ideología, estilo, etc., no solo se teje una filiación, sino que el continuador se convierte en comentarista implícito de su modelo. Por esta razón, se hace esencial analizar lo que se modifica y lo que no en ese sistema consciente de relación con el paradigma, visto –insisto– como un prototipo abierto, igual que le ocurrió a Cárcel de amor, a la Diana, al Quijote o al Guzmán, entre otras obras célebres. Para distinguirse del modelo, los descendientes introducen cambios, aumentan escenas, crean intrigas paralelas y hacen desaparecer la concentrada sobriedad de los originales, desarrollando elementos que para los lectores estaban in nuce en el prototipo. Hay cambios forzados por el transcurso del tiempo, adaptándose a nuevos contextos y nuevos gustos: la intriga se hace más novelesca, el tiempo se representa más lento y proliferan los episodios secundarios.

Las continuaciones intentan enriquecer la forma heredada precisando su singularidad a la vez que salvaguardan lo esencial; también precisan la lección del modelo y las perspectivas moralizantes trazadas en sus preliminares, incluso cuando las modifican por medio de nuevos puntos de vista y de desenlaces de compromiso. No se puede olvidar que cuando un paradigma se continúa es porque ya se ha convertido en ‘clásico’, y por tanto ya se va a escribir –o se escribe de hecho, sobre todo si la continuación no es inmediata– de otro modo, por lo que es un sinsentido estudiar a las descendientes en función solo del éxito del modelo, siempre imposible de igualar10. Las modificaciones que las obras del ciclo introducen con respecto a su prototipo, se analizan de forma distinta si se comprenden como exigencias de la manifestación cíclica y no como muestra de la falta de inspiración de un continuador.

←44 | 45→

En los ciclos áureos, no solo en Celestinas y Lazarillos sino en géneros como los libros de caballerías, pastoriles o picarescos, hay continuaciones de las continuaciones. Las continuaciones acogen personajes con nueva descendencia; relacionan su trama con la del prototipo a través de caracteres y situaciones para mantener la conexión entre el modelo y sus personajes. Cuentan con un receptor cómplice, porque autores y lectores conocen al modelo y sus protagonistas; detalles, recuerdos y referencias identifican en la continuación su mundo con el de la obra madre. La mención de un personaje lleva consigo, de forma alusiva, detalles de su propia historia en el prototipo, e incluso figurantes episódicos del original sirven para componer amplificaciones o crear nuevos cuadros de costumbres. Se enlazan las relaciones entre ellas y se crea un árbol genealógico análogo al de los Amadises, pero en nuestro caso, opuesto por su carácter negativo y antiheroico (pícaros, rameras, rufianes, animales como reflejo invertido de los humanos…)11. Ello exige la complicidad entre autores-lectores no solo con respecto a la obra modelo sino a sus seguidoras. Las querellas entre continuadores son muy comunes. La Tercera Celestina establece un lazo más fuerte con la segunda de Silva que con la de Rojas; Sancho de Muñón (4.ª) ignora a la de Gaspar Gómez (3.ª) y desautoriza la resurrección de Celestina de Silva (2.ª), autonombrándose desde el título «cuarta obra y tercera Celestina»12. Análoga querella se produce a la altura de la séptima continuación del Amadís de Gaula, o en los Lazarillos, cuando Luna trata de disparate a lo efectuado por el primer continuador anónimo (Baranda, 1992, pp. 13–14), aunque está mucho más apegado a la Segunda Parte de lo que aparentemente desea, y más, en cualquier caso, que al original mismo; si no, no se explica que, optando por la escritura verosímil y desechando la fantástica, tenga que ocuparse durante cuatro capítulos ←45 | 46→(de un total de dieciséis) de explicar la recuperación de la forma humana de Lázaro y su conversión en atracción de feria –largamente explotada–, y de criticar al Lazarillo segundo más que de continuar el primero13. Pero aun así, Luna en 1620 dice lo tantas veces señalado: “librillo que toca algo de su vida sin rastro de verdad”, que narra “disparates tan ridículos como mentirosos, y tan mal fundados como necios. Sin duda el que lo compuso quiso contar un sueño o una necedad soñada” (1999, p. 266). Luna llega a prometer una tercera parte (ya que no reconoce la legitimidad de la segunda, como hace también el Guzmán en el prólogo a los lectores) y lo hace para hacer morir al personaje: “Si le agradare, aguarde la Tercera parte con la muerte y testamento de Lazarillo, que es lo mejor de todo; y si no, reciba la buena voluntad” (1999, p. 269). Aunque esta promesa resulta incumplida, en los ciclos, hacer morir al protagonista no garantizaba un final ni cerraba una prolongación; ahí está Celestina resucitada. A principios del siglo XVII proliferan las promesas de continuaciones: Quijote, Guzmán, Pablos, Onofre, Justina… como recuerdan Rey (1987, pp. 102–103 y 108–112), Micó (1995) o Núñez Rivera (2018)14.

Los descendientes copian rasgos de estilo muy característicos de sus modelos que nacen de la emulación misma: hallazgos singulares, refranes, frases proverbiales, expresiones o párrafos enteros que adquieren su sentido completo gracias a los continuadores. La copia es un homenaje a la vez que una corrección o toma de distancia del prototipo, y por tanto hay que ser prudente para las identificaciones de autoría, sobre todo cuando original y continuación son anónimos15.

Gracias a los trabajos clásicos de C. Baranda distinguimos mejor entre continuación e imitación:

(…) la imitatio no es una categoría y las continuaciones, refundiciones y adaptaciones son variedades diferentes de imitatio, que como tales tienen unas técnicas bien conocidas por escritores y receptores de la época. Así por ejemplo la Diana enamorada de Gil Polo es una ‘continuación’ de la obra de Montemayor, pero La Galatea no es ni ←46 | 47→continuación ni adaptación, ni refundición, por más que pertenezca al mismo género; otro tanto se podría decir de los Lazarillos. (1992, 5, n.7)

Por tanto, en función de las formas de imitación practicadas, llamamos metodológicamente «continuaciones», o ciclo literario, a las que prolongan la historia y personajes del modelo o sus sucesores, una «variedad… practicada ya por la literatura clásica» (Baranda, 1992, p. 6), no solo española, e «imitaciones» a las que «imitan alguna de sus características temáticas o formales» (p. 6). En nuestro caso, el ‘ciclo lazarillesco’ no sería distinto de otros ciclos literarios (clásicos, medievales, modernos o contemporáneos); un ciclo literario se rige por unas constantes, pocas pero imprescindibles, para poder ser considerado como tal:

(…) el autor debe remitir forzosamente su obra a un texto literario concreto, estableciendo con él una relación peculiar de intertextualidad. […] Lo peculiar de una continuación es que tiene que establecer una relación explícita con el argumento de uno o varios textos con los que se presupone una familiaridad por parte de los receptores. (Baranda, 1992, p. 8)

El continuador se limita

(…) a prolongar una historia ya conocida por el público, que tanto el autor como los receptores consideraban terminada. (…) Puede optar por remontarse al pasado, contando la infancia o juventud de este personaje o, por el contrario, desarrollar acontecimientos que transcurren en un tiempo posterior al de la obra continuada. (p. 6)

Basta con que el personaje del modelo del que se ha apropiado el continuador –u otro relacionado explícitamente con alguno de ellos– convenza al lector de que es el mismo (con rasgos físicos o psicológicos, objetos, coordenadas de espacio o de tiempo, progresos de la acción o nuevos episodios que coronan acciones previas del antecedente, etc.; p. 9). Respetada esta exigencia, el continuador tiene un inmenso abanico de posibilidades abiertas para desarrollar su propia obra, incluyendo la transformación del modelo en cualquier aspecto de forma o de ideología, modificando sus intenciones literarias. Ni siquiera tiene por qué heredar ineludiblemente el género literario del paradigma16. En los ciclos literarios ←47 | 48→hispánicos esa posibilidad es admisible: el Lazarillo de los atunes, por ejemplo, no hereda el género del Lazarillo original:

2 Inicios cíclicos del Lazarillo y principales recurrencias formales en la Segunda parte

De forma análoga a la experimentada por La Celestina, la condición cíclica del Lazarillo comienza con las interpolaciones de Alcalá 155417, y la del Segundo Lazarillo con su primer capítulo de texto, tan apegado al original que figura desde 1555 adherido como clausura (capítulo VIII) a las ediciones y traducciones de este hasta fechas avanzadas. Son ampliaciones del texto original con fortuna, pues el Lazarillo europeo se leyó mayoritariamente con ocho capítulos18. También las amputaciones y añadidos de López de Velasco forman parte del ciclo e incluso la historia de las traducciones de los siglos XVI y XVII es la de una mudanza continua de añadidos, supresiones, adaptaciones, refundiciones y soluciones editoriales diversas19.

Desde el punto de vista de la estructura, la Segunda parte mantiene muchas recurrencias aunque no necesariamente tratadas del mismo modo. El tiempo del relato es, como sabemos desde el principio, inmediato, pero después de “estos pocos años de descansada vida…” (p. 192) con los que terminaba el original y empezaba la continuación. El tiempo se deforma violentamente en relación con el tiempo real para así poner énfasis en un personaje o aspecto del mismo; es lo que logra el apólogo de los atunes como lograba la resurrección de Celestina en ←48 | 49→las continuaciones de Feliciano de Silva y Gaspar Gómez. A la vez, habría que ser prudente y no anacrónico para medir la credibilidad conflictiva del pensamiento mágico en el contexto. Si, como explicaba Julio Caro Baroja, aún Feijoo tiene que combatir la creencia de sus coetáneos en el hombre-pez de Liérganes, en la “Aprobation” de la traducción de la Segunda Parte publicada en Amberes, 1598, el canónigo D. I. Blanckvval se expresaba en estos términos:

Con todo, incluso en medio de las páginas fantásticas, el anónimo no olvida la verosimilitud, puesto que se incluyen referencias del personaje que sirven para calcular el tiempo transcurrido. Ocurre lo mismo en otras continuaciones. El espacio, la Toledo del original, trae consigo muchos ecos del prototipo, sobre todo al principio y al final de la Segunda Parte.21

Pervive la forma de carta a “V. M.”, el capitulado de carácter compendioso y recopilatorio introducido por los impresores en el modelo, el enhebrado de aventuras, facecias, etc., aunque el género no sea el mismo. También alterna 1.ª y 3.ª persona narrativas:

Sepa V. M. que estando el triste Lázaro de Tormes en esta pasada vida, usando su oficio y ganando él muy bien de comer y de beber… (p. 193)22,

a la vez que recalca su condición de testigo ocular único: “…dar cuenta de lo que nadie sino yo la puede dar, por ser yo solo el que lo vio” (p. 195). Sin embargo, la función que cumple “V. M.” es distinta, pues ahora es solo un pretexto para saciar el deseo de contar del protagonista (Rey, 1987, p. 91), y además hay destinatarios añadidos (pp. 91–92). Mantiene igualmente las prolepsis, anuncios y entrelazamientos de la narración como elementos de suspenso. Un ejemplo entre varios: “(…) me aficioné a él [al capitán Licio] y le amé y guardé, y no me fue de ello mal, como adelante se dirá.” (p. 215).

La técnica suspensiva se explota hasta el final del texto, que aunque termina, queda abierto en una promesa de información futura para V. M.: “Esto es lo ←49 | 50→sucedido después de la ida a Argel; lo demás con el tiempo lo sabrá Vuestra Merced, quedando muy a su servicio Lázaro de Tormes” (p. 288). Hereda las formas de distanciamiento e implicación del narrador hasta en las expresiones: “¡Oh capitanes, dije yo entre mí, qué poco caso hacen de las vidas ajenas por salvar las suyas, cuántos deben de hacer lo que éste hace!” (p. 214). Los comentarios implícitos y los avances de situaciones, como advertencias a la complicidad del lector para que pueda reaccionar críticamente, son recursos estructurales que aseguran la continuidad, heredada por esta como otras continuaciones, multiplicándolos, si hace falta, hasta normalizarlos.

La Segunda Parte introduce ecos o situaciones del modelo tanto en relación de semejanza como de oposición: por ejemplo, la desaparición del protagonista en la jornada de Argel es reververo de la de su padre muerto en los Gelves. También aprende de los amos o superiores de forma análoga: “De este [Licio] supe yo muchas cosas y costumbres de los habitadores del mar…” (p. 219). No escatima sentencias paradójicas sobre el aprendizaje:

(…) cuando el señor es malo, los criados procuran serlo con él, y al revés, cuando el señor es piadoso, manso y bueno, los criados le procuran imitar, ser buenos y virtuosos y amigos de justicia y paz, sin las cuales dos cosas no se puede el mundo sustentar. (p. 241).

Cuando el cínico redomado tiene responsabilidades, evoca similares situaciones de aprendizaje:

¡Quien viera a esta hora a Lázaro atún delante de los suyos, haciendo el oficio de esforzado capitán, animándolos y esforzándolos sin haberlo jamás usado, excepto pregonando los vinos, que hacía casi lo mismo, incitando los bebedores, diciendo: aquí, aquí, señores, que aquí se vende lo bueno! (p. 234)

Otro ejemplo:

(…) yo escogí para mi consejo doce de ellos, los más ricos, y no tuve respeto a más sabios si eran pobres, porque así lo había visto hacer en los ayuntamientos do se trataban negocios de calidad. Y así vi hartas veces dar con la carga en el suelo, porque como digo no miran sino que anden vestidos de seda, no de saber. (pp. 229–230)

O también pone en práctica una enseñanza antigua:

(…) guardándome mucho de no decirle cosa que le diese pena y enojo, teniendo siempre ante mis ojos lo poco que privan ni valen con los señores los que dicen las verdades. (p. 262).

Igualmente, hay ecos de este proceder literario cuando se encuentra entre los doctores, en una forma de autodenigración del narrador:

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Nunca me vi entre los hombres tan honrado, ni tan señor acá y señor acullá. La honra de Lázaro de día en día se iba acrecentando; en parte la agradezco a las ropas que me dio el buen duque, que si no fuera por ellas, no hicieran más caso de mí aquellos diablos de haldilargos que hacía yo de los atunes, aunque disimulaba. (pp. 286–287)

La analogía situacional abarca a las relaciones entre los sexos. El rey de los atunes se enamora de Luna, la mujer del capitán Licio:

En este medio la señora capitana visitaba cada día al rey, con lo cual él trabó mucha amistad, más de la que yo quisiera, aunque todo, según pareció, fue agua limpia, pagando la hermosa Luna con su inocente sangre, gentil y no tocado cuerpo, porque como ella iba con su hermana a aquellas estaciones y, como suelen decir, de tales romerías, tales veneras, el rey se pagó de ella tanto que procuró con su voluntad haber su amor, y bien creo yo la hermosa Luna no lo hizo con consejo y parecer de su hermana (…). (p. 251)

Las analogías con el triángulo amoroso del final del modelo crecen desde que el título del cap. XIV establece “Cómo el rey y Licio determinaron de casar a Lázaro con la linda Luna, y se hizo el casamiento.” (p. 263). El nuevo matrimonio atunero no olvida, con ironía, cómo esta alianza entraña, comparativamente al modelo, un añadido de medro social:

Finalmente dan la ya no tan hermosa ni tan entera Luna por mía. En dicha me cabe, dije entre mí, para jugador de pelota no valdría un cabo, pues maldito el voleo alcanzo sino de segundo bote, y aun plega a Dios no sea de más; con todo, a subir acierto, razón es de arcipreste a rey haber salto. Al fin lo hice y mis bodas fueron hechas (…). (p. 261)

En situaciones de contraste con el modelo aparece el aprecio nuevo y paradójico por el agua: “(…) en aquella agua que al presente y dende adelante muy dulce y sabrosa hallé.” (p. 203). El Lázaro de la Segunda Parte es más resentido y vengativo que el original23, e incluso más zalamero. Pero es que este narrador culto y docente, con gusto por la digresión, que no escatima alusiones eruditas y ridiculiza vicios o personas, que practica desde la autodenigración a la comicidad simples, presenta una variedad de actitudes y cumple una variedad de funciones muy bien destacadas por Rey (1987, pp. 89–90) y puestas por él mismo en perspectiva. Esas funciones múltiples del yo narrativo no persiguen la creación de un “personaje con entidad caracteriológica” (p. 90), sino dejar constancia de una lectura ideológica unívoca24 y buscar fórmulas de transacción o nuevas recetas para huir de las cadenas estéticas de la 1.ª persona.

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Tras recuperar su forma de hombre y volver a Toledo, cuando resulta desconocido para los suyos, su reacción recuerda a la de Celestina resucitada de Silva:

¡Oh, desventurado de mí, dije yo, que aún mis fortunas no han acabado! Sin duda que de nuevo tornan mis desastres. ¿Qué será esto que aquellos que yo conozco, y conversé y tuve por amigos, me niegan y desconocen? (…) mi mujer no me desconocerá, como sea la cosa que en este mundo más quiero y ella quiere. (p. 277)

El mismo carcelero no lo reconoce, lo que sirve para introducir la memoria:

(…) mas que le parecía que no traía juego de veras, porque si yo lo fuera el que decía, él lo conociera, porque mil veces le había visto entrar en la cárcel y acompañar los azotados, y que fue el mejor pregonero y de más clara y alta voz que en Toledo había. (pp. 277–278)

3 La memoria

En efecto, la memoria, los recuerdos del pasado son una pieza esencial para contribuir a esa cohesión cíclica, expresados de modo distinto en los textos narrativos y en los que no tienen más forma de elocución que el estilo directo. El Lazarillo segundo aprovechará los dos medios elocutivos, gracias al empleo combinado de 1.ª y 3.ª personas narrativas.

Los recuerdos aseguran al lector que Lázaro es el mismo personaje:

(…) acordábame en estas mis harturas de mis hambres pasadas, y alababa al Señor y dábale gracias, que ansí andan las cosas y tiempos. (p. 191).

(…) y también no ser yo de aquel oficio [del vino] mal maestro… (p. 197).

(…) porque no todos son Lázaro de Tormes, que deprendió el arte en aquella insigne escuela y bodegones toledanos, con aquellos señores de otra tierra. (p. 199).

(…) di una gran voz, como las que solía dar en Zocodover… (p. 236).

(…) Veis aquí vuestro pregonero, de cuantos vinateros en Toledo había, hecho el mayor de la casa real (…) Di gracias a Dios porque mis cosas iban de bien en mejor. (p. 255)

Los recuerdos ocasionales se trufan en las ocasiones más inesperadas:

(…) lo cual viendo comencé a tenerles compañía, haciéndome nuevo de aquel manjar [el atún], que ahí le había comido algunas veces en Toledo, mas no tan fresco como allí se comía. (p. 215).

Ante el interrogatorio exhaustivo del capitán general de los atunes, comenta con ironía:

A esta sazón yo me hallé confuso y ni sabía decir mi nombre, aunque había sido bien bautizado, excepto si dijera ser Lázaro de Tormes. (p. 205).

Cuando se ofrece como buen súbdito:

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(…) y si no lo hiciere, que mandes hacer justicia cruel de mí, aunque por sí o por no, no me ofrecía a darle a Lázaro, por no ser tomado en el latín. (pp. 205–206).

Cuando toma precauciones con Licio para asegurarle lealtad a su mujer atuna:

Mas esta buena ley el día de hoy está corrupta y en el mar debe de ser lo mismo, y no es mucho. Pasé yo por la memoria muchas cosas en este caso… (pp. 223–224).

Acuden sobre todo las remembranzas de amos pasados: de su primer amo el ciego, el maestro más eficaz que tuvo en su vida:

(…) después de haber rezado ciertas devotas oraciones que del ciego mi primero amo aprendí… (p. 196).

(…) no dejé oración de cuantas sabía que el ciego había deprendido, que no recé con mucha devoción: la del conde, la de la emparedada, el justo juez y otras muchas que tienen virtud contra los peligros del agua. (p. 202).

De él se recuerdan sus profecías: “Entonces conocí cómo el vino me había conservado la vida” (p. 199); o “…entonces vi verdaderamente la filosofía que cerca de esto había proferido mi ciego cuando en Escalona me dijo que si a hombre el vino había de dar vida, había de ser a mí” (p. 199), dice, tras sobrevivir con exceso de vino al naufragio y transformarse en atún.

El ciego es referente continuo en su nueva andadura:

Esto aprendí de aquel mi buen ciego y todo lo demás que sé en leyes, que cierto sabía, según él decía, más que Bártolo y que Séneca en doctrina… (p. 258).

Las enseñanzas del escudero cobran asimismo importancia para el nuevo Lázaro cortesano cuando se ve sometido a un interrogatorio del general de los atunes:

Aprovechéme en este tiempo de mi pobre escudero de Toledo, o por mejor decir, de sus sagaces dichos, cuando se me quejaba de no hallar un señor de título con quien estar, y que si lo hallara, lo supiera bien granjear, y decía allí el cómo, del cual yo usé, y fue para mí muy provechoso, especialmente (…) en no decir al rey cosa que le pesase, aunque mucho le cumpliese andar a su sabor… (p. 264)

Incluso los golpes de efecto del buldero le aprovechan para imaginar y representar una lucha del Lázaro pez contra el Lázaro humano, dentro de la cueva, que engaña a los atunes y le permite prosperar entre ellos.

Cualquier aprendizaje encuentra un referente en su pasado propio, siendo ello motivo de seguridad para seguir viviendo de la mentira o para acometer ‘hazañas’ nuevas, como es la de competir con los doctores salmantinos:

Mientras burla a los doctores acuden también los recuerdos:

(…) pues a buena fe que de los míos [días] no se me acordaba sino que en un tiempo fui mozo de un clérigo, y otro de un ciego, y otras cosas tales de las cuales era mayor contador que no de días. (p. 285)

Las recordaciones específicas de la vida toledana se prodigan, en especial las familiares:

Harto yo deseaba, si ser pudiera, hallar una nao que cargara dellos [los doblones], aunque le diera la mitad de mi parte al que me los diera a la mi Elvira en Toledo, para con qué casar a la mi niña con alguno, que bien estaba seguro haber hartos que no me la desecharan por ser hija de pregonero. (p. 265)

(…) con que lo [el tesoro de los doblones] aprovechasen hombres me contentaba, por el amor que yo tenía a la humana naturaleza (p. 265).

(…) otras veces deseaba que Toledo fuera puerto de mar, para poderlo henchir de riquezas, porque no fuera menos de haber mi mujer e hija alguna parte. Y con estos y otros deseos y pensamientos pasaba mi vida. (p. 265).

El final del texto, y su vuelta a Toledo sin conseguir que nadie lo reconozca, se presta a las recapitulaciones de memoria. Así, al arcipreste:

(…) le di todas las señas de cuanto había pasado después que lo conocía, y tal día esto y tal día esto otro. Después le conté, en suma, todo lo que había pasado y cómo fui atún, y que del tiempo que estuve en el mar, y del mismo mantenimiento y del agua, me había quedado aquel color y mudado el gesto, el cual hasta entonces yo no me había mirado. (p. 279)

También la vuelta a casa tras la estancia salmantina motiva la evocación del dinero submarino abandonado:

Aquí me vinieron los pensamientos de aquellos doblones que se desaparecieron en el mar, y cierto que me entristecí y pensé entre mí que si supiera que me había de suceder tan bien como en Salamanca, pusiera escuela en Toledo, porque cuando no fuera sino por aprender la lengua atunesa, no hubiera quien no quisiera estudiar. (pp. 287–288)

La prolongación de un personaje original en las continuaciones trae, por lo general, una tipificación (Baranda, 1992, p. 9, n. 17) intensificando sus rasgos más evidentes para identificarlo de modo más fácil. De ahí que para convencer de que Lázaro es el mismo, la Segunda Parte incorpore también algunos objetos emblemáticos asociados al protagonista, como lo era el jarrillo de vino para identificar a Celestina. En el caso de Lázaro es su “taza y jarro” (p. 281) pero sobre todo su “toledana espada” (p. 236): “eché la mano a mi espada, que en la cinta tenía…” ←54 | 55→(p. 197)25. Los vestidos que aparecen en la cueva son, claro, los del primer Lázaro (p. 212).

4 La región más transparente

Una continuación –no solo la del Lazarillo– suele hacer explícito lo que quedaba más ambiguo en su modelo. Las continuaciones tienen siempre propósito aclaratorio y el procedimiento para lograrlo suele ser amplificar, extender, enfatizar algunas situaciones originales. Las cinco Celestinas conocidas convierten, por lo general, en explícito lo que en La Celestina estaba encubierto. Pues bien, la Segunda Parte hace eso e incluso da nombres a personajes que no lo tenían en el prototipo, como el arcipreste y el buldero26. Algunas situaciones se cargan más para cumplir el objetivo: todo lo relativo a la deshonra del pícaro se resalta:

Estuve muy a mi placer, con acrecentamiento de alegría y linaje, por el nacimiento de una muy hermosa niña que en estos medios mi mujer parió, que aunque yo tenía alguna sospecha, ella me juró que era mía… (p. 192).

No olvidemos que el texto deja así abiertas nuevas posibilidades cíclicas: la hija ‘de ganancia’ que tiene la mujer de Lázaro sería candidata –aunque hasta ahora no haya sido explícitamente el caso– a generar una continuación, o cualquier personaje común o relacionado por lazos familiares que pueda adquirir autonomía. Juan de Luna decidió despreciar ese camino.

Además, en la Segunda Parte aparece de forma meridiana esa felicidad paradójica y sarcástica que solo se sugería con timidez y maestría en el original. Si Lázaro acaba cornudo en el prototipo, en la Segunda parte se confirma ese deshonor con mayor desarrollo y abultamiento si cabe, ya que no hay ambigüedad alguna: cuando Lázaro regresa, su mujer lleva años –los de su ausencia– durmiendo abiertamente en casa del arcipreste. También se resalta el anticlericalismo y la calidad de consentidor del antihéroe. Lázaro no cambia sus presupuestos morales en la Segunda Parte, ni antes, ni durante, ni después de su nueva transformación, y tampoco los juicios críticos sobre la realidad (corrupción del ejército, de la corte y de la justicia, de la universidad, etc.). La obra modelo ya permitía esas formas de amplificación y énfasis para ensanchar a su vez los materiales de los que se servía (facecias, chistes, cuentos, anécdotas, novelle, etc.).

Reviven algunas posiciones ideológicas del modelo derivadas de la crítica social, religiosa y política del periodo enjuiciado, que es el mismo. Es una ←55 | 56→manera de hacer más explícitas las fuentes de inspiración del original. El Asno de oro, o Agrippa, que han marcado de una u otra forma al modelo, aquí se hacen más transparentes27. Así, muchas de las hazañas atuneras de Lázaro son parodia de las bravatas de la soldadesca (por ej. pp. 208–209), que contrastan con una mayor prudencia del capitán general de los atunes. Los excesos de este Lázaro militar enlazan con la literatura latina del fanfarrón a través de un movimiento de hipérbole.

El anticlericalismo es una constante en los dos textos –aunque hay grados de acritud– y el dinero es también tema recurrente desde el modelo. La relación entre señores y criados ya no es, en gran parte de la literatura coetánea, la afectiva y de criazón, sino la material y asalariada que genera la deslealtad, de larga tradición literaria desde la comedia elegíaca, y que adquiere ahora vuelos nuevos gracias a su propósito ejemplar. Por eso es significativo el cambio en la relación que Lázaro establece en el mundo de los atunes con Lucio, hasta llegar a constituir un ejemplo invertido de la pareja épica.

Las comparaciones entre el mundo humano y el animal, en desfavor del primero, coinciden con la abundante literatura teriofílica del periodo, en su mayor parte de defensores más o menos decididos de la miseria del hombre:

…mas aunque yo era pece, tenía el ser y entendimiento de hombre y la maldita codicia que tanto en los hombres reina, porque un animal, dándole su cumplimiento de lo que su natural pide, no desea más ni lo busca. (p. 264).

Aparece así la sátira del don:

…porque es tanta la desvergüenza de los pescados que buenos y ruines, bajos y altos, todos dones: don acá y don acullá, doña nada y doña nonada; hice esto acordándome del buen comedimiento de las mujeres de mi tierra… (p. 263).

O la burla de los tratamientos cortesanos y militares: cuando los atunes guerreros juran sobre la cola de Lázaro-atún: “… aún reíme, en cuanto hombre, entre mí de la donosa ceremonia.” (p. 230). Licio besa en señal de respeto la cola del rey, “y yo hice lo mismo, aunque de mala gana en cuanto hombre, por ser el beso en tal lugar.” (p. 252).

O la comparación de mundos: “…venid, venid al mar, y veréis la poca razón que tenéis de os quejar en la tierra!” (p. 256).

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Sin embargo, el careo entre el mundo humano y el submarino no le sirve al final para mejorarse moralmente, como muestra el desenlace; e incluso antes de eso: cuando está al servicio del capitán Licio, persigue a los perjuros como si él mismo no lo fuera en ese estricto presente28. La obra es “un perpetuo aprendizaje del arte de amañárselas bien, de salir de apuros: valerse” (Bataillon, 1968, p. 61).

5 Palabras robadas

Un importante capítulo de la relación cíclica es el de las recurrencias léxicas, sintácticas y de estilo. Algunas de las innovaciones léxicas del anónimo antuerpiense se colocan en la estela de los mejores renovadores y transformadores del castellano idiomático del cuatrocientos: Juan de Lucena, el Arcipreste de Talavera o Fernando de Rojas crearon neologismos análogos a esos de boquisecos, haldilargos, mantilargos, parlones, etc., que menudean en el anónimo.

Los calcos de giros del original son recurrentes y obligatorios para anudar la relación cíclica. Estos son algunos ejemplos:

En este tiempo estaba en la prosperidad y en la cumbre de toda buena fortuna. (p. 189).

(…) me determiné (que no debiera) ir a este viaje. (p. 194).

por evitar prolijidad (pp. 194–195; p. 250), cuando no desea profundizar en una información que podría ser superabundante.

Pues estando el pobre Lázaro en esta angustia… (p. 200).

dije entre mí (pp. 204, 214, 218, 220, 228, 265, 277, 286).

reíme … entre mí (p. 230).

y la cruel y espantosa y nunca oída manera de nuestro pelear (p. 242).

De estas y otras cosillas… avisé yo (p. 263).

Viera Vuestra Merced Lázaro entonces ya muy doctor entre los doctores, y muy maestro entre los de licencia (p. 285).

O incluye algunos latiguillos del original (“dende en adelante”) o juicios morales del narrador: “que no debiera”.

En la Segunda Parte incluso reaparece la parodia evangélica, más encubierta en el modelo: “Luego ¿hombre eres tú? Estuve por responder: Tú dijiste.” (p. 209).

6 Rectificaciones

Las obras cíclicas corrigen de forma habitual al modelo. Es interesante la manipulación y distancia irónica que pueden llegar a manifestar con respecto a él, dando al nuevo texto una significación distinta. “La continuación literaria establece una ←57 | 58→relación intertextual que favorece especialmente los juegos de complicidad entre escritor y receptor” (Baranda, 1988, p. 24). Es este un aspecto importantísimo porque afecta al mismo análisis discursivo de los textos, allí donde los continuadores repiten situaciones, dichos o frases en contextos nuevos y, por tanto, modificando el significado; el cambio suele implicar además una crítica o una distancia con respecto a ese empleo en el original, que se desvirtúa intencionalmente.

La continuación de Amberes da un desarrollo alegórico a una parte de la trama que se aleja del todo del planteamiento sedicente realista del original. En los ciclos, los personajes heredados de los modelos también experimentan cambios: por un lado se simplifican y se intensifican sus rasgos más evidentes, por otro rectifican comportamientos.

Lazarillo conserva los rasgos patrimoniales que permiten identificarlo (codicia, amor al vino, cinismo pragmático del pregonero, etc.), pero desarrolla características distintas que lo distancian del modelo o lo iluminan a distinta luz. Desde la experiencia con los tudescos y sobre todo el cuento de los atunes, se encadena una historia de aceptación e integración social, de preocupación por las convenciones sociales y de experiencias de abundancia, siempre en clave paródica, que contrastan con el Lazarillo del hambre. También con el niño solitario: “por importunación de amigos (…); estando asimismo muy contento y pagado con mi mujer, y alegre con la nueva hija (…),” (ambas en p. 193).

En su nueva vida, las relaciones de vasallaje se diversifican y no se sustentan solo en la diferencia económica. Caben éxitos militares que le traerán fortuna:

(…) en un pequeño rato hice tal riza de ellos [atunes] dando a diestro y siniestro, que tomaron por partido apartarse de mí algún rato… (p. 198).

Es este otro mecanismo cíclico. Las continuaciones buscan a menudo la forma de mantener la comunicación entre mundo noble y plebeyo. En La Celestina ese lazo se aseguraba gracias a la ida y venida de personajes (a diferencia de la comedia romana, que solo unía cuadros distintos por medio del sentido). La Segunda Parte logra mezclar esos mundos gracias a la parodia atunera. Una novedad evidente del Segundo Lazarillo es adherir a la experiencia formativa del pícaro las de soldado, cortesano y académico, engañando en todas29.

El recuerdo del adulterio de su mujer le hace corregir su conducta submarina y guardar lealtad a Licio, respetándole la esposa:

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(…) como a mí me habían asentado los negros celos, aún como atún que por ventura había pasado por ellos con la mi Elvira y mi amo el arcipreste, nunca se pudo conmigo acabar que quedase, antes me fui con el cuñado y cuando a visitarla venía, siempre le traía conmigo. (p. 224)

Tras pasar por las almadrabas de Cádiz, a la vuelta a su Toledo empobrecido, se acuerda de los doblones perdidos en el mar y expresa el deseo paródico, propio de un escéptico antienciclopédico, de abrir escuela de lengua atunesa en Toledo, deseo al que renuncia no sin lamentarlo:

(…) aunque bien quisiera quedar en una tan noble ciudad con fama de fundador de universidad muy celebrado y de inventor de nueva lengua nunca sabida en el mundo entre los hombres. (p. 288).

Lázaro ha llegado a su mayoría de edad picaresca si se considera capaz de abrir una academia y difundir sus conocimientos atuneros a otros incautos30, y vivir de ello. A la vez, ese lance fallido es una eficaz denuncia de la arrogancia de los doctos y de la fragilidad de sus disciplinas, en la línea de otros lucianistas coetáneos, como en analogía semejante, el coloquio segundo del anónimo Cymbalum mundi (1535).

7 Finales

También los desenlaces aportan significados. El remate no trágico de cuatro Celestinas pretende dar una conclusión optimista a la reprobatio amoris más acorde con el clima sociomoral y la estimativa del tiempo en que se escriben, resolviendo de manera socialmente aceptable, encaminada al matrimonio cristiano, los desórdenes del amor loco, y abriendo el camino a una literatura ejemplar y optimista paralela a la de las novelas cortas y algunas obras dramáticas posteriores.

El Segundo Lazarillo, en concreto, favoreció el desarrollo de la parodia caballeresca, cortesana y universitaria, la del tema del honor, la del arrepentimiento –real o ficticio– del pícaro literario31. El final, con un Lázaro que vuelve a Toledo irreconocible para los suyos después de sus andanzas submarinas y a punto de recibir tormento, es una venganza de la Verdad exiliada en el mar –y castigo de “la divina justicia”–; a ella prometió decir siempre verdad para poder recuperar su naturaleza humana y, desde que lo hizo, no ha hecho más que apartarse de su promesa –le reprocha aquella en sueños (p. 280)–. Le anuncia que al día ←59 | 60→siguiente acudirá su mujer, que será quien le reconozca y “de hoy adelante, haz libro nuevo” (p. 280). El final de moral rotunda (aunque irónica y paradójica) transforma en parte el desenlace del original, que era similar pero mucho menos explícito. La interpretación didáctica e imaginaria del mismo (con moraleja firme o no) es una corrección parcial importante del prototipo, común a otras continuaciones. Núñez Rivera (2015, pp. 141–142) lo asocia a la vuelta del moralismo categórico del Asno de oro.

Lázaro reconoce haber mentido mucho:

(…) conociendo que justamente pasaba, porque eran tantas y tan grandes las mentiras que yo entretejía y lo que contaba, que aun las verdades eran muy admirables, y las que no eran, pudieran de espanto matar las gentes, propuse la enmienda y lloré la culpa, y la mañana venida, mi gesto estaba como de antes, y de mi señor y de mi mujer fui conocido y llevado a mi casa con mucho plazer de todos; hallé a mi niña ya casi para ayudar a criar otra, y después que algunos días reposé, tornéme a mi taza y jarro, con lo cual en breve tiempo fui tornado en mi propio gesto, y a mi buena vida. (p. 281)

Esta novedad en forma de lágrimas de cocodrilo, el arrepentimiento falso y fugaz –pues incumple su promesa y a continuación va a Salamanca a burlarse de los doctores (cap. XVIII)–, mintiendo igualmente (Piñero, 1990b), explica uno de los desarrollos preferidos de la picaresca en y a partir del Guzmán de Alfarache32, y pone de relieve por qué separar a la Segunda parte de la narrativa picaresca es superponer una perspectiva anacrónica,

(…) pues hacia 1555 no había más ‘género picaresco’ que estas dos obras. Lo ‘picaresco’, pues, consistía en la presencia de Lázaro de Tormes, una ambientación en los estratos bajos de la sociedad y una proliferación de personajes satirizables. (Rey, 1987, p. 93).

También los ‘apartes’ del narrador estarían en la misma línea33. Va a ir creándose un tipo literario que se codifica paulatinamente de forma cada vez más ceñida34. Además, Lázaro termina volviendo a dirigirse a “V. M.” en anuncio de eventuales relatos posteriores.

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Como desenlace, la Segunda Parte más bien entroniza el “trastorno de la moral” y el cuestionamiento escéptico del conocimiento humano, limitado, falledizo, engañoso. Lázaro no se corrige moralmente, solo aumenta sus conocimientos picarescos y su capacidad de mentir y engañar. Como en otros textos coetáneos que en su mayoría solo se difundieron de forma manuscrita (El Crotalón, Viaje de Turquía, Coloquios de Arce de Otálora, Coloquios de Quiroga o de Collazos), hay argumentación paradójica y fracaso de la enseñanza, pues a Lázaro el encuentro con la alegoría de la Verdad solo le sirve para recuperar su imagen exterior, ser reconocido y continuar mejorando las formas de medrar a costa de otros, no para cambiar interiormente.

8 Algo más: el legado inspirador de las novedades

Ninguna de las novedades (que no deméritos) introducidas por el anónimo de la Segunda Parte cae en saco roto; son intencionales, como es de rigor en los ciclos. Alfonso Rey (1979 y 1987) dio, a mi juicio, claves importantes que resumiré en lo sucesivo para continuar en esa senda crítica, muy productiva para el análisis cíclico de este texto. En el Lazarillo originario se dibujaba un personaje insignificante visto desde dentro, en un proceso psicológico propio, con comicidad pero sin superponerle un punto de vista ajeno y moralizador, por lo que el antihéroe no caía en el ridículo; en la Segunda parte y en el resto de relatos picarescos (salvo el Guzmán de Alfarache) domina, en cambio, la caricatura, el personaje se ve desde fuera y como objeto risible o instrumento de crítica. Esa “narración desde el punto de vista del pícaro” (Rey, 1979, p. 55) frente a visión del pícaro “desde fuera” (p. 56), habitual desde la Pícara Justina, es cambio deliberado según Rey, porque implica para el autor la posibilidad de escapar de las constricciones de la 1.ª persona buscando soluciones de compromiso y ensayando nuevos procedimientos. La ambigüedad del Lazarillo reside “en la posición del personaje narrador y en su imprecisa configuración moral” (p. 58). El que critica pero a la vez participa de lo que critica, está impidiendo al lector tomarlo completamente en serio u obligándole a suspender parcialmente el juicio35. “(…) con el Lazarillo se perdió, al menos en lo que a la picaresca se refiere, esa radical afirmación del ←61 | 62→yo y de la relatividad de las cosas y los juicios” (Rey, 1979, p. 60), porque, al aparecer el propósito educativo y aleccionador, la ambigüedad se hace imposible. Es el giro de un narrador infidente a uno fidedigno, donde ya “la narración primopersonal no descubre el alma del pícaro, sino su fachada” (p. 73), como ocurre en otros textos, entre ellos la continuación de Luna y el Buscón. La narración en 3.ª persona se acaba imponiendo en parte de la narrativa picaresca sobre todo a medida que avanza la sátira sobre la edificación (p. 70) o también la conversión del narrador pícaro “en un sujeto tan deleznable que sus propias palabras se vuelven incriminatorias, lo delatan, lo alejan moral e intelectualmente del lector” (p. 71). A estos puntos de vista solo creo necesario añadir el de la importancia de la paradoja moral, sobre la que volveré más adelante.

Luna coincide con la Segunda Parte de 1555 en técnicas satíricas bien resumidas por Rey (1987, pp. 99–100): el protagonista itinerante sin entidad humana, la estructura episódica, la apertura a posibles continuaciones, el tratamiento ridiculizador de la realidad, el uso de la 1.ª persona que deja ver las ideas del autor y la presencia de un destinatario muy flexible. Y es que esa segunda continuación o ‘Tercer Lazarillo’ –acépteseme este ordinal cíclico– es poco comprensible sin la Segunda parte. No solo por lo muchísimo que Luna se emplea en separarse de ella, sino porque ese es el componente de emulación característico de los ciclos36. Pero Luna aporta, a la vez, su propio sello distintivo con respecto a los antecesores al crear un relato burlesco a partir de la caracterización degradante y ridiculizadora de protagonista y personajes secundarios (mujeres, eclesiásticos, etc.), sin querer deparar lecciones provechosas37. Así, el comienzo de la literatura picaresca se sitúa en 1555, porque la impresión conjunta de ambos Lazarillos condicionó la lectura estética del original y el desarrollo de los relatos posteriores38. Se ←62 | 63→ha impuesto el deseo amonestador, corrector y punitivo de los autores (p. 108)39. Esa opción fue la que tuvo fortuna literaria. La lectura docente del Lazarillo y sus continuaciones se aprecia en muchos paratextos de las traducciones europeas estudiadas por Martino (1999, vol. II). De hecho el traductor francés (“L. S. D”) de la continuación de Luna (París, Roulet Boutonné, 1620), se expresa en estos términos:

(…) ce n’est enfin qu’vn conte fabuleux des Espagnols, qui apres nous auoir long temps entretenus des aduentures de leurs Cheualiers, nous viennent maintenant conter celles de leurs gueux. Mais outre que les François se plaisent à cela, ils se peuuent encore instruire de l’humeur de ceste Nation, qui est icy viuement dépeinte par elle mesme: & soit pour leur plaisir, ou pour leur instruction, i’ay creu que ie les pouuois tous obliger en leur donnant ce pourtrait.40

Durante el siglo XVI todos los géneros experimentaron cambios importantes gracias, en buena medida, a la porosidad de formas literarias del mismo contexto y a su influencia mutua. A ese sincretismo de tradiciones literarias diversas no escapan los ciclos, que entienden a sus prototipos como modelos abiertos a los que incorporan nuevas sugerencias (oriundas de los libros sentimentales, caballerescos, pastoriles, de la novella italiana, del drama o de los relatos de transformaciones) y nuevas preocupaciones de época. Por eso es importante identificar las novedades del Lazarillo segundo respecto al primero, analizar su origen o procedencia y el cometido que cumplen en la historia literaria comparada. La sugerida “indefinición ideológica” del Lazarillo original no volvió a repetirse (salvados los matices que hay que hacer con el Guzmán de Alfarache), y la primera responsable del cambio hacia los propósitos críticos y correctivos fue la Segunda parte.

9 Sátira menipea y escepticismo moderno

La Segunda parte no está sola en sus novedades intencionales. Un nutrido grupo de textos hispánicos de su momento, en especial diálogos (Diálogo de las ←63 | 64→transformaciones, El Crotalón, Viaje de Turquía, Coloquios de la verdad de Pedro de Quiroga, Coloquios de Baltasar de Collazos y uno de los Diálogos de Miranda Villafañe, que podría servir en parte de contraste) son ejemplos de sátira menipea, que en la Europa de los siglos XV y XVI (hasta fechas avanzadas) es en lo fundamental de molde lucianesco41. Todos esos textos tienen en común con la Segunda Parte muchos o todos los rasgos que hoy se atribuyen por consenso crítico a la primera sátira menipea moderna, en especial a la derivada directamente de Luciano42. Me refiero a:

humor paradójico,

recurso frecuente al diálogo y a los géneros intercalados (que se sitúan en distancia paródica variable respecto al género principal y aportan su diversidad de discursos y tonos),

toma de partido ficcional o fantástico unido a la atmósfera de actualidad,

primera persona narrativa incluida en la parodia,

antítesis u oxímoron constructivo,

relativismo de puntos de vista,

desenmascaramiento e inversión de situaciones,

mundo al revés y otros motivos lucianescos recurrentes del repertorio menipeo: parodia del simposio platónico, viaje fantástico y sueño como vía a la percepción de la verdad, kataskopé para contemplar la menudencia de la tierra desde un lugar privilegiado y viaje celeste e infernal.

Rasgos y motivos lucianescos se confunden y recrean en todos estos textos (pero, naturalmente, no todos en todos ellos). Ese legado no es un vasallaje a la autoridad; Luciano se concibe como mecanismo dinámico y candente, donde una larga estirpe de seguidores se hace guiños de reconocimiento, se transforma y reinterpreta sin cesar. Lamentablemente muchas de estas obras no alcanzaron el estado impreso, o si de modo excepcional llegaron a hacerlo, fueron ediciones únicas y problemáticas. No supieron o no tuvieron la suerte y habilidad de aprovechar el éxito europeo del Lazarillo original como hizo la Segunda parte. Pero ←64 | 65→son el mejor testimonio de por dónde caminaban los hallazgos de una literatura sumergida. Todos ellos tuvieron un fuerte compromiso con la actualidad, tanto literaria como política, espiritual y cultural, y son los que nos permiten estudiar mejor la transformación del relato breve o extenso y del diálogo moderno, además de la evolución de la sátira clásica.

Además de su aportación literaria, el Segundo Lazarillo proporciona su dosis de ironía filosófica, social, religiosa y moral por su capacidad de autoparodia del propio discurso. Como el Elogio de la locura erasmiano y la Declamatio de incertitudine de Agrippa43, o una nutrida producción dialógica lucianesca europea, representa una importante contribución al avance del escepticismo de la modernidad, sobre todo del escepticismo festivo y risueño. La Segunda parte se acerca también a esos lucianistas ‘impíos’44. Hablar desde la autoridad del testigo autoirónico, desde el argumento de experiencia frente al libresco, desde la mezcla de géneros y el humor lucianescos, invitaba a la poética de la diversidad, del desdoblamiento y el pluralismo, del relativismo epistemológico y moral, los problemas del conocimiento subjetivo del mundo y el principio filosófico de la indiferencia de la verdad, tan lucianesco. Las preguntas importan a la conciencia individual tanto o más que las respuestas. En este periodo de incertidumbre surge una retórica que valora la tolerancia y no se relaciona tanto con los estilos deliberativo, forense o epidíctico como con el modo de conversación que explora aspectos distintos de un problema sin dejar de mover los afectos (Remer, 1996). Las actitudes estéticas e ideológicas de estos autores, como del anónimo de la Segunda parte, sirvieron en toda Europa para defender una postura relativista, moderada, en medio de las guerras de religión; un gesto de tolerancia política y teológica reacio a los choques confesionales extremos, muy diferente en recursos e ideas a la literatura panfletaria de ámbito luterano o católico, incapaz por igual de manejar los dobles sentidos. Pero como sabemos, el Índice de Valdés prohibía las dos partes de Lazarillo en 1559, y también la traducción del Asno de oro, de tantísimo éxito. En la Europa protestante, pese a Melanchthon o Moltzer, no fue más amigable la recepción oficial de Luciano, si pensamos en la aversión que sintieron Lutero o Calvino por un ‘descreído’ y ‘libertino’ al que consideraron en ←65 | 66→exceso inquietante y, además, con demasiados incondicionales aún más turbadores e incómodos.

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Biographical notes

Alfredo Rodríguez López-Vázquez (Volume editor) Arturo Rodríguez López-Abadía (Volume editor)

<B> Alfredo Rodríguez López-Vázquez </B>(Valladolid, 1950). Catedrático de Didáctica en la Universidad de A Coruña. Ha hecho numerosas ediciones críticas de obras del Siglo de Oro, tales como El Burlador de Sevilla, Tan largo me lo fiáis, El gran rey de los desiertos, o El condenado por desconfiado . Lleva estudiando los aspectos formales y textuales del Lazarillo de Tormes desde finales de los años 80. <B> Arturo Rodríguez López-Abadía </B>(A Coruña, 1989). Historiador especializado en el Siglo de Oro español, en particular en su literatura. Ha sido subdirector de la Casa Museo de Cristóbal Colón en Valladolid, publicado numerosos artículos sobre el Lazarillo de Tormes en años recientes, y también traduce obras literarias del francés y el inglés.

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