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Raza y nación. Estereotipos nacionales extranjeros y peninsulares en España (1750-1833)

by Elena Fernández Fernández (Author)
Thesis 250 Pages

Table Of Content

  • Cubierta
  • Título
  • Copyright
  • Sobre el autor
  • Sobre el libro
  • Esta edición en formato eBook puede ser citada
  • ÍNDICE
  • INTRODUCCIÓN
  • CAPÍTULO 1. PROCESOS DE CONSTRUCCIÓN DE IDENTIDADES NACIONALES DURANTE EL SIGLO XVIII.
  • 1. Raza, nacionalismo y propaganda
  • 2. De súbdito a ciudadano.
  • 3. Razas superiores, naciones superiores.
  • 3.1. Raza en la temprana modernidad
  • 3.2. Raza e imperio
  • 3.3. Raza y nación
  • 4. Conclusión
  • CAPÍTULO 2. ¿LOS LÍMITES DE EUROPA? LA SITUACIÓN DE ESPAÑA EN LA MODERNIDAD RACIAL.
  • 1. La leyenda negra.
  • 1.1 La leyenda negra en la temprana modernidad
  • 2. España contra Francia.
  • 2.1. España contra Masson de Morvilliers.
  • 2.1.1 Juan Arribas y Soria y Julián Velasco contra Masson de Morvilliers
  • 2.1.2. Antonio José Cavanilles contra Masson de Morvilliers.
  • 2.1.3 Carlo Denina contra Masson de Morvilliers.
  • 2.1.4 Juan Pablo Forner contra Masson de Morvilliers.
  • 2.2. España contra Montesquieu.
  • 2.2.1 José Cadalso contra Montesquieu.
  • 3. Conclusión
  • CAPÍTULO 3. PLACING THE ENLIGHTENMENT? IDENTIDADES IMPERIALES RACIALES ALTERNATIVAS: RESISTENCIA Y ASIMILACIÓN.
  • 1. Placing the Enlightenment?
  • 2. Ciudadanía e intelectualidad en la España ilustrada.
  • 3. La autoestima española y el antiapologismo.
  • 4. La escuela de los arabistas: identidades raciales imperiales alternativas.
  • 5. La asimilación teutónica peninsular.
  • 6. Reescribiendo la historia
  • CAPÍTULO 4. ¿DE SÚBDITO A CIUDADANO? ANÁLISIS SOBRE CIUDADANÍA Y RAZA EN LA GUERRA DE LA INDEPENDENCIA.
  • 1. 1812. ¿Un antes y un después?
  • 2. Textualidad y propaganda
  • 3. España vista desde Europa: Francia e Inglaterra
  • 3.1 Francia
  • 3.1.1 Juan Antonio Llorente
  • 3.2. Inglaterra
  • 4. España vista desde América: la ruptura del Imperio. Fray Servando Teresa de Mier y José Blanco White.
  • 5. España vista por sí misma: la nueva nación de ciudadanos españoles.
  • 6. Conclusión
  • CAPÍTULO CINCO. LA NACIÓN EN LA EUROPA POSNAPOLEÓNICA(1815–1833).
  • 1. La nación en la Europa Posnapoleónica: Romanticismo y volkgeist.
  • 2. España vista por Europa. Exotismo: resistencia y asimilación.
  • 2.1. José Blanco White. Letters from Spain (1822)
  • 2.2. Schlegel y la polémica Böhl de Faber-Mora. (1814–1820)
  • 3. España vista por sí misma. Costumbrismo.
  • 4. Conclusión
  • Bibliografía
  • APÉNDICES

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INTRODUCCIÓN

Mi formación académica en Estudios Culturales, la cual comenzó en la Facultad de Filología de la Universidad de Salamanca, a lo largo de los años me ha proporcionado una formación en la historia, cultura, y literatura de varios países (entre los cuales se incluyen, además de España, fundamentalmente los anglófonos Estados Unidos y Reino Unido, Francia, y Alemania), a lo largo de varias épocas históricas.

Mi particular interés por los siglos XVIII y XIX, momento histórico en el que se puede localizar la base intelectual de nuestras sociedades contemporáneas, y que ofrece casi todas las claves para comprender los sistemas conceptuales que todavía hoy en día nos acompañan, me llevó con el paso del tiempo a declarar mi interés de investigación en dichos períodos históricos. Mucho antes de comenzar mis estudios de doctorado en la Universidad de California, Berkeley, recuerdo ya encontrar ciertos pasajes en mis lecturas de los clásicos de la literatura universal en los que comencé a observar caracterizaciones cuanto menos llamativas sobre la identidad racial y cultural del sur de Europa. Recuerdo, por ejemplo, mi sorpresa al leer el siguiente pasaje que describía a un grupo de niños italianos en Frankenstein (1823), de Mary Shelly:

One day, when my father had gone by himself to Milan, my mother, accompanied by me, visited this abode. She found a peasant and his wife, hard working, bent down by care and labour, distributing a scanty meal to five hungry babes. Among these there was one which attracted my mother far above all the rest. She appeared of a different stock. The four others were dark-eyed, hardy little vagrants; this child was thin and very fair. Her hair was the brightest living gold, and despite the poverty of her clothing, seemed to set a crown of distinction on her head. Her brow was clear and ample, her blue eyes cloudless, and her lips and the moulding of her face so expressive of sensibility and sweetness that none could behold her without looking on her as of a distinct species, a being heaven-sent, and bearing a celestial stamp in all her features. (28)

Esta imagen de Italia, y específicamente, de los italianos, poco o nada tenía que ver con el estereotipo de ambos en el momento en el que se realizó dicha lectura (primeras décadas del siglo XX), en el que Italia, país miembro de la Unión Europea, era sinónimo de patrimonio cultural e intelectual no solo en Europa, sino en todo el mundo. Cuál sería mi sorpresa al encontrar, con el paso de los años y ya en un contexto de investigación académica, pasajes muy similares (y con frecuencia, mucho más despectivos), sobre mi propio país: España.

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Los estereotipos nacionales fabricados en el extranjero, y su impacto en la construcción de identidades culturales creadas a nivel nacional, es un fenómeno que me resulta muy interesante, y que ha motivado la escritura de este libro. Específicamente, el papel de la raza como resorte de construcción de identidades nacionales, será el eje que organizará la discusión intelectual que se desarrollará a lo largo de las siguientes páginas. La articulación del concepto de la raza blanca, su inclusividad y exclusividad, su eventual metonimia con la idea de Europa, y la posición de España en dicho proceso (el cuándo, el cómo, y el por qué), serán diseccionados en detalle en este trabajo.

Así, este libro se enmarcará en la intersección entre Historia Intelectual, Estudios Culturales, e Historia de las Ideas. Con el fin de comprender la racialización despectiva que se realizó de España precisamente en el siglo XVIII, y su posterior exotización en el siglo XIX (y como resultado de ambos procesos, la expulsión de esta de la Europa moderna durante la mayor parte de los siglos XVIII, XIX, y XX), será necesario realizar un análisis que recorra los sistemas epistemológicos que rodearon a la creación del concepto de la raza blanca en el contexto de la expansión imperial de Europa, y el choque ideológico entre la modernidad mediterránea (etiquetada hoy en día por la historiografía como temprana modernidad), y la modernidad del norte de Europa, surgida en el siglo XVIII.

Las revoluciones francesas y americanas, catalizadoras de la (supuesta) universalización de los derechos civiles y de la legalización del acceso a la ciudadanía, sin embargo, no fueron las responsables de la creación intelectual de los mismos. Los derechos naturales del hombre, consolidados en el siglo XVIII todavía dentro de un marco absolutista y pre-revolucionario, pueden (y deben) rastrearse conceptualmente a la antigüedad clásica. Este libro examinará exhaustivamente el desarrollo de ambos con el fin de desmitificar la postura historiográfica de que fueron las revoluciones ilustradas y las posteriores invasiones napoleónicas las que trajeron el concepto moderno de la ciudadanía a España. Así, se propondrá la postura alternativa de que, si bien es cierto que las posturas afrancesadas en territorio peninsular sirvieron para consolidar los derechos civiles desde un punto de vista legal mediante la implantación del código napoleónico, el proceso de la creación de una clase intelectual y política con autoconciencia de patriotismo, y embrionaria de la posterior ciudadanía legal, surgió en España de manera orgánica como resultado de los cambios socio-culturales y económicos que todo el mundo occidental experimentó durante el siglo XVIII.

La tesis que este libro planteará y desarrollará se encontrará precisamente en la intersección de la evolución de ambas ideas: raza y ciudadanía. Así, se propondrá la premisa de que en el siglo XVIII se produjo por primera vez en la historia de la humanidad una transición desde la figura del rey hasta la figura ←12 | 13→del ciudadano como representante simbólico de la nación. Las nuevas naciones modernas se fundamentaron ideológicamente en una estereotipación de un ciudadano positivamente racializado que serviría como sinécdoque de la nación, obedeciendo a los sistemas epistemológicos raciales que fueron de la mano de la expansión territorial y política del norte de Europa. Sería el germanismo el movimiento cultural que fue elegido como superior a todos los demás, y por este motivo, la raza germánica, la que se utilizaría para estereotipar racialmente a los ciudadanos de la nueva Europa moderna. Ciertamente, dicho proceso no fue solo ideológico, si no legal: solo los hombres blancos, mayores de una cierta edad, tuvieron acceso a la ciudadanía activa en las nuevas naciones de los siglos XVIII y XIX.

Sin embargo, este binarismo de exclusión racial basada en la pertenencia a la herencia histórica germánica tuvo una difícil implantación en las potencias del sur de Europa, las cuáles, por su posición geográfica en la cuenca del Mediterráneo, presentaban en aquel momento una población racialmente mucho más híbrida que la del norte de Europa. Como resultado de las luchas imperiales por el control del Atlántico por parte de las principales potencias marítimas del momento (Inglaterra, Francia, y España), y por la amenaza política que España todavía representaba en aquella época (ya que hasta 1810 mantendría su imperio intacto), España no fue solo expulsada de la modernidad intelectual por parte del norte de Europa en el siglo XVIII (como propone Michael Iarocci en Properties of Modernity), sino también de la modernidad racial. Dicha expulsión tendría un fuerte impacto en los procesos de construcción de identidades nacionales en territorio peninsular, siendo el resultado la fragmentación de discursos, a medida contradictorios, con respecto a la relación entre la raza y la nación, y a la necesidad de pertenecer, o de ignorar, a la nueva Europa germánica ilustrada.

La sorprendente exotización positiva de España en el siglo XIX, previamente vilificada y despectivamente racializada, en un momento en el que los discursos de la supremacía de la raza blanca comenzaron a adquirir hegemonía intelectual y política en todo el mundo occidental, se correspondió a un interés por parte de varias potencias europeas (fundamentalmente Inglaterra) de controlar y de gestionar tanto el Mediterráneo como las nuevas repúblicas latinoamericanas. España, anterior potencia rival, se encontraba ahora en un proceso de descolonización (la desintegración de su imperio comenzó en 1810 y terminó en 1898), y su nueva posición de inferioridad política acompañó a la progresiva condescendencia que fue tiñendo la construcción de su imagen en el extranjero, muy diferente a la de la leyenda negra de siglos anteriores.

Este libro por lo tanto desarrollará una tesis sobre cómo el norte de Europa compuso una serie de discursos que tendrían como resultado la racialización ←13 | 14→despectiva de España y su posterior exotización, y el efecto de dichos fenómenos en la articulación de la identidad nacional española producida en territorio peninsular. Así, esta información se organizará de manera cronológica, desde 1750 hasta 1823, a lo largo de cinco capítulos, que explorarán en detalle dichos procesos.

El capítulo uno, “Procesos de construcción de identidades nacionales durante el siglo XVIII”, proporcionará una introducción que servirá como base teórica para todo el resto de este trabajo. Así, se analizará la evolución conceptual y legal del concepto de ciudadanía desde la antigüedad clásica hasta la Ilustración, con el fin de enfatizar la idea de que las revoluciones del siglo XVIII fueron catalizadoras de la implantación de los derechos civiles en occidente, pero no fueron las creadoras de dichos conceptos. Paralelamente, se propondrá la idea de que el racismo científico, creado como tal en el siglo XVIII, se puede rastrear intelectualmente a la propaganda anti-católica originada en la Inglaterra de Enrique VIII, la cual se desarrollaría y perfeccionaría en las guerras de religión en Europa durante la temprana modernidad. Los conceptos por lo tanto de raza y ciudadanía, cuyo proceso evolutivo intelectual había sucedido históricamente en diferentes planos, se entrecruzaron por primera vez en el siglo XVIII. Así, la conclusión de este capítulo será la tesis de que durante el siglo XVIII se produjo un desplazamiento desde la figura del rey hasta la figura de un ciudadano positivamente racializado y estereotipado como representante simbólico de la nación. Con el fin de explicar todos estos procesos, este capítulo así mismo expondrá la metodología que se utilizará a lo largo de todo el resto de este libro. De esta manera, se utilizarán las propuestas nacidas en el seno de la lingüística cognitiva y exploradas por autores como George Lakoff, Robin Lakoff, Eleanor Rosch, y Pilar Alonso, aplicadas a los discursos políticos y propagandísticos de los siglos XVIIII y XIX. De esta manera, se utilizarán las ideas de categorización, prototipos, y estereotipación, y su impacto en los discursos propagandísticos utilizados en la construcción (o destrucción) de identidades nacionales. Los conceptos de discursos micropolíticos y macropolíticos se utilizarán así mismo para enmarcar el análisis de las propuestas nacionalistas creadas desde el punto de vista micropolítico a nivel nacional en España sobre la identidad nacional española, y las propuestas de esa misma identidad española desde un punto de vista macropolítico, es decir, fabricado desde varios frentes extranjeros, así como la intersección de ambos planos. Finalmente, con el propósito de analizar la evolución histórica intelectual de ambos discursos micropolíticos y macropolíticos, se utilizará la metodología propuesta por Raymond Williams en “Dominant, Residual, and Emergent”. Así, se diseccionarán los diferentes discursos tanto micropolíticos como macropolíticos sobre la identidad nacional española bajo el paradigma de ←14 | 15→la raza propuestos a lo largo de aproximadamente cien años bajo el diagnóstico de su posición dominante (de hegemonía), residual (resultado de épocas pasadas), o emergente (creados en un momento concreto con motivaciones específicas). Este primer capítulo por lo tanto sentará la base teórica que se utilizará para explorar la evolución de la racialización despectiva y posterior exotización de España.

Los capítulos dos y tres realizarán un análisis sincrónico tanto desde el punto de vista macropolítico como micropolítico de los procesos de construcción de identidades nacionales en España bajo el paradigma de la raza durante la segunda mitad del siglo XVIII hasta los primeros años del siglo XIX, justo antes del colapso de la Revolución Francesa y del auge del imperio napoleónico.

El capítulo dos, “¿Los límites de Europa? La situación de España en la modernidad racial”, analizará la construcción de identidades nacionales españolas desde Europa. Primeramente, analizará los orígenes de la leyenda negra española rastreándola a la propaganda creada en el extranjero durante la temprana modernidad, realizando una conexión con el análisis sobre la evolución conceptual del racismo científico realizada durante el primer capítulo. Así, se propondrá la teoría de que no será hasta el siglo XVIII cuando por primera vez se observe una racialización despectiva de los españoles por parte de las potencias rivales europeas, coincidiendo con el discurso emergente del nacionalismo racial germánico que estaba siendo desarrollado en el norte de Europa en dicho momento. Con el fin de analizar exhaustivamente la articulación de discursos macropolíticos raciales hispanófobos, este capítulo analizará los ataques que se realizaron a España en textos producidos fundamentalmente en la Francia de la Ilustración, así como las respuestas españolas ante dichos ataques, articuladas para ser escuchadas a nivel internacional y por lo tanto parte de los discursos macropolíticos sobre la identidad racial española. Con el fin de detectar la emergencia del racismo en el siglo XVIII y enlazarlo con la tesis de que en la modernidad europea será el ciudadano el que represente simbólicamente a la nación y no el rey (y de ahí la necesidad de categorizar y estereotipar racialmente a los ciudadanos de las nuevas naciones bajo una óptica diferente a la de los ataques ante los monarcas del absolutismo del antiguo régimen), se compararán los textos ilustrados franceses con literatura de viajes producida en Francia durante la temprana modernidad que tuvo como tema principal España. Dicho contraste histórico mostrará de manera obvia e innegable la localización exacta de la racialización despectiva de los españoles por parte de sus vecinos europeos durante la segunda mitad del siglo XVIII.

El capítulo tres, “Placing the Enlightenment? Identidades imperiales raciales alternativas: resistencia y asimilación”, diseccionará los discursos micropolíticos ←15 | 16→producidos en territorio peninsular durante esta misma época histórica, segunda mitad del siglo XVIII. Así, el énfasis en este capítulo será observar la articulación de identidades nacionales españolas verticalmente desde una élite intelectual española y dirigidas a un público español (sin entrar en debates internacionales de negociación, como en el capítulo dos). Primeramente, se analizará el proceso orgánico por el cual se creó el concepto de ciudadanía en la España de la Ilustración como resultado de los procesos de cambios socioculturales y económicos que acompañaron al siglo XVIII en todo el mundo occidental. Posteriormente, se observará el impacto de la racialización despectiva de España producida en el extranjero, y la consecuente fragmentación de discursos nacionalistas producidos en España bajo el paradigma de la raza en dos frentes: por una parte, la somatización de los discursos emergentes germánicos europeos y la defensa de un ciudadano español positivamente racializado heredero de las invasiones visigodas a la caída del imperio romano. Por otra parte, la defensa de un modelo de imperio racialmente híbrido, heredero intelectual de los imperios mediterráneos de la antigüedad clásica y de los sistemas epistemológicos de la temprana modernidad, que se ajustaba tanto a la hibridez racial española como resultado de su posición geográfica en la cuenca del mediterráneo, como a la diversidad racial del imperio español.

Estos dos capítulos concluirán con la idea de que los sistemas epistemológicos racistas producidos en la modernidad intelectual del norte de Europa no se convirtieron en hegemónicos hasta la segunda mitad del siglo XIX, precisamente coincidiendo con el auge político de las potencias responsables de dichos discursos. Así, durante el siglo XVIII, existió espacio para debatir la articulación no solo de identidades nacionales, si no imperiales, aceptando o negando el paradigma de la raza como principal resorte intelectual. La posibilidad de diferenciar así dos modelos de ilustración, uno nórdico y uno mediterráneo, con circuitos de circulación textual diferentes (y por supuesto con puntos de intersección y de debate internacional, como indica el segundo capítulo), desde los cuales se realizarán propuestas diferentes sobre el papel de la raza en la construcción de identidades nacionales en los emergentes estados-nación del siglo XVIII, entrará en diálogo con los trabajos académicos que se encuentran actualmente revisando las lecturas históricas tradicionales del fenómeno de la ilustración y su impacto en la articulación de los derechos civiles y legales en los siglos XVIII y XIX. Estos dos capítulos, por lo tanto, serán claves para entender el desarrollo de los debates intelectuales nacionales que se producirán en el contexto de las invasiones napoleónicas tanto a Europa como a España, así como las décadas que separarán la caída del imperio napoleónico con las revoluciones de 1848 y la inevitable (casi) universalización de la ciudadanía.

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Consecuentemente, el capítulo cuatro de este trabajo, “¿De súbdito a ciudadano? Análisis sobre ciudadanía y raza en la guerra de la independencia”, explorará el sorprendente giro desde la racialización despectiva de España hasta la exotización positiva de la misma por parte tanto de Francia como de Inglaterra en el contexto de las invasiones napoleónicas a la Península Ibérica. El deseo por parte de ambos países de lucrarse de la inminente ruptura del imperio español y de intervenir en la gestión de las nuevas repúblicas latinoamericanas, así como la necesidad de controlar España con el fin de consolidar (en el caso de Francia), o desestabilizar (en el caso de Inglaterra), el tablero político napoleónico, hizo que ambas naciones desplegaran su arsenal militar y propagandístico con el propósito de controlar tanto militar como intelectualmente a la Península Ibérica. Este capítulo explorará en detalle la propaganda de guerra tanto francesa como británica, y propondrá que la exotización positiva de España se realizó de manera totalmente consciente por parte de los servicios de inteligencia de ambos países inicialmente con el fin de justificar la pérdida de vidas civiles tanto francesas como inglesas en la campaña española, y posteriormente, para suscitar intereses comerciales y políticos en la Guerra Peninsular tanto en Francia como en Inglaterra. Así mismo, y como resultado de la presencia en España de altos cargos del ejército tanto ingleses como franceses, la riqueza de los recursos naturales del país, y su posición estratégica entre el Mediterráneo y el Atlántico, no pasó desapercibida, y muy pronto se comenzaría a gestar un intento de colonización, especialmente por parte de Inglaterra, con el deseo de controlar y administrar España (similar al protectorado que existía en aquel momento en Portugal). La creación de una identidad española racialmente híbrida y positivamente exotizada fue por lo tanto la maniobra intelectual que ahora se realizó tanto desde el punto de vista francés como inglés. El deseo de tratar de aglutinar bajo esta identidad la diversidad racial del imperio español con el fin de tratar de gestionar su ruptura de manera controlada, así como de exotizar paternalmente a España con la intención de controlarla, fue el motor ideológico subyacente. La respuesta de España también será analizada en este capítulo. Así, la necesidad de movilizar a la población civil con el propósito de hacer frente al invasor extranjero sucedió de la mano de la creación de propaganda nacionalista en la que se racializaba negativamente a Napoleón (entendido como un italiano de descendencia árabe y no como un francés), y se racializaba positivamente a los españoles bajo el legado racial de la España visigoda haciendo por lo tanto un evidente paralelismo entre la reconquista y la expulsión de las tropas francesas. De manera simultánea, y en el contexto de la necesidad de definir legalmente la categoría legal (y por extensión racial) del ciudadano por primera vez en la historia de España en la Constitución de 1812, este capítulo observará las estrategias ←17 | 18→retóricas de los intelectuales latinoamericanos, cuyo desacuerdo con la decisión de no otorgar derechos civiles a los afrohispanos españoles serviría para de nuevo subrayar el problema del binarismo racial de la ciudadanía en el contexto de la herencia multicultural tanto de España como del imperio español. La tensión entre la figura del rey y la del ciudadano como representante simbólico de la nación será una constante que se analizará en este capítulo, que propondrá la teoría de la codominancia de los discursos absolutistas del antiguo régimen y de los discursos democráticos de la modernidad europea.

El capítulo cinco, “La nación en la Europa Post-Napoleónica (1815–1833)”, se construirá sobre el análisis realizado en todos los capítulos anteriores. Así, se propondrá la idea de que el Romanticismo como sistema epistemológico servirá como diagnóstico de los procesos de construcción de identidades nacionales tanto en Europa como en España. Como resultado de la reimposición del absolutismo y de la reorganización geopolítica de Europa en el Congreso de Viena de 1815, se produjeron en todo el continente europeo una serie de revoluciones que trataron de devolver a los ciudadanos los derechos civiles que se habían conseguido gracias a la imposición del código napoleónico en todos los territorios conquistados por Francia, culminando dichas tensiones políticas en la ola de revoluciones colectivas de 1848 que terminaría con la incontenible caída del antiguo régimen absolutista en Europa. Así, se argumentará que la ciudadanía desde el punto de vista legal sería inestable, pero la producción epistemológica del romanticismo con respecto al concepto de la nación fue relativamente estable y sorprendentemente similar en casi toda Europa. La intersección entre ciencia, estética, y literatura, sería la clave que definiría al movimiento romántico, ya que la creación de disciplinas académicas como la filología, la frenología, o la antropología, servirían para validar el ya esbozado racismo científico ilustrado, estetizarlo, y textualizarlo. Como reacción a la homogeneización cultural impuesta por Francia en el contexto de las invasiones napoleónicas, se creó un gran interés por identificar el volkgeist de las nuevas naciones europeas, el verdadero espíritu de la nación que serviría como base fundacional de las nuevas identidades nacionales. En este contexto, la exotización de España, como ya se argumentó en el capítulo anterior, se orientalizó de manera condescendiente a medida que el siglo XIX fue avanzando, como resultado de su progresiva debilitación política. El interés por parte del control del Mediterráneo por parte del imperio británico con el fin de acceder a sus posesiones tanto en Asia como en África, así como su objetivo de gestionar tanto los recursos naturales de España, como las repúblicas latinoamericanas, y fomentar el comercio británico en territorio peninsular y en el Atlántico hispánico, se consolidó durante las primeras décadas del siglo XIX. Así, este capítulo observará como a través del romanticismo se fijará la imagen de ←18 | 19→España en el extranjero como una proyección de una exotizada Andalucía (precisamente el territorio más interesante de España para los ingleses por su deseo de controlar el estrecho de Gibraltar). De manera simultánea, se analizará cómo el romanticismo alemán así mismo orientalizó a España, aunque siguiendo motivaciones diferentes (fundamentalmente, con el deseo de profundizar la brecha que separaba ideológicamente al norte del sur de Europa en el siglo XIX bajo el binarismo de civilización versus barbarie). Finalmente, se propondrá la idea de que, si bien es cierto que existió un movimiento romántico español, existió así mismo una incomodidad por parte de la clase intelectual del momento con respecto a aceptar dicho movimiento, ya que aprobar el romanticismo implicaba en cierta manera aceptar la orientalización de España. Así, se planteará la posibilidad de entender al costumbrismo como una alternativa que crearía un discurso micropolítico mucho más del gusto de los españoles del momento a la hora de definir la verdadera identidad del pueblo español. Utilizando muchos elementos de la picaresca del siglo de oro, el costumbrismo proporcionaría un modelo literario que sería capaz de evitar la cuestión del papel de la raza en la construcción de la identidad nacional española, y al mismo tiempo conciliar el multiculturalismo español como resultado de su histórica variedad regional. Así, la proyección de España a través de Madrid, la capital, entendida de manera simultánea como castiza (ya que se describe como una mezcla de ciudadanos provenientes de todas las provincias de España, y por lo tanto, como una España en miniatura), y europea (ya que paralelamente se describe como una ciudad cosmopolita capaz de competir tanto con París como con Londres a nivel cultural), será una eficaz solución ante la orientalización del romanticismo europeo.

Este libro por lo tanto dialogará con diversas propuestas académicas en los campos de los estudios culturales no solo hispánicos, sino también francófonos y anglófonos. Así mismo, entrará en conversación con los estudios especializados tanto en los siglos XVIII como XIX sobre España, el mundo Atlántico, la modernidad, y la historia de los derechos civiles. El principal elemento que se tratará de aportar a dichas discusiones será la explicación de la histórica racialización negativa de España, y de su exotización. Por lo tanto, este trabajo realizará innovadoras aportaciones a los estudios sobre los procesos de construcción de identidades nacionales no solo en España, sino en todo el mundo occidental.

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CAPÍTULO 1. PROCESOS DE CONSTRUCCIÓN DE IDENTIDADES NACIONALES DURANTE EL SIGLO XVIII.

We hold these truths to be self-evident, that all Men are created equal, that they are endowed by their Creator with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Happiness- That to secure these rights, Governments are instituted among Men, deriving their just Powers from the Consent of the Governed, that wherever any Form of Government becomes destructive of these ends, is the right of the People to abolish it, and to institute new Government, laying its Foundation on such principles, and organizing its Powers in such Form, as to them shall seem most likely to effect their Safety and Happiness.

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, escrita en 1776, es uno de los muchos documentos producidos a lo largo del siglo XVIII que ejemplifica los numerosos cambios sociales, intelectuales y políticos que sucedieron en tan solo cien años. Las revoluciones estadounidense y francesa se convirtieron en el desenlace natural de tales transiciones, y marcaron un antes y un después en lo que a los derechos individuales se refiere.

Dichos derechos, entendidos ahora como evidentes, naturales e inalienables, sirvieron para configurar no solo las percepciones individuales de los recién creados ciudadanos, si no que paulatinamente catalizaron numerosos cambios sociales en todos los países del mundo occidental. Sin embargo, dicha catálisis tuvo límites, ya que el acceso a la ciudadanía estuvo limitado a una minoría masculina, caucásica, y en el caso de ciertos países, perteneciente a una élite económica (como en el caso de los Estados Unidos, donde, como se explicará más adelante, el acceso a la ciudadanía iría parejo a la posesión de propiedad). No obstante, y aun teniendo en cuenta este factor limitante de esta nueva realidad y la posibilidad de adquirir estos nuevos privilegios sociales, resulta evidente que el ciudadano adquirió un nuevo papel en el imaginario colectivo como sinécdoque de las recién creadas naciones modernas.

La principal idea que se desarrollará a lo largo de este capítulo es cómo, durante el siglo XVIII, por primera vez en la historia, se produjo un desplazamiento desde la figura del rey hasta la figura del ciudadano para representar simbólicamente a la nación. Dicho desplazamiento obedeció a una serie de profundos ←21 | 22→cambios tanto legales como sociales en los que se produjo una transición desde la categoría política de súbdito hasta la de ciudadano de la mano de las revoluciones estadounidense y francesa, entendiendo este cambio, sin embargo, como un proceso evolutivo de una duración de casi cien años, y no como una brusca transición revolucionaria. Sin embargo, en las nuevas repúblicas, los hombres pertenecientes al recientemente creado concepto de la raza blanca, y mayores de una cierta edad, adquirieron una serie de privilegios tales como el acceso al voto en elecciones democráticas, derecho a un juicio justo y derecho a la propiedad privada. Es necesario entender esta afirmación como literal: solo los hombres blancos mayores de una edad estipulada tendrían acceso a dichos privilegios, mientras que el resto de los miembros de la sociedad no tendrían acceso a ninguno de estos beneficios.

Por lo tanto, a partir del siglo XVIII se puede observar cómo las naciones pasaron de entenderse como proyecciones simbólicas de sus monarcas a definirse por un sujeto individual positivamente racializado, que se convertiría en el representante del concepto de nación, y a partir del cual se creó un estereotipo nacional creado de manera artificial que paulatinamente sirvió para crear una identidad nacional.

Este primer capítulo explorará los procesos intelectuales que enmarcarán a dicha creación. Si bien es cierto que estos procesos presentan cambios significativos dependiendo de la situación geográfica, aun así existen una serie de generalidades que se pueden aplicar a la gran mayoría de los países del mundo occidental. De esta manera, primeramente, se desarrollará una sección que expondrá la manera en la que la propaganda (y, por consiguiente, la contrapropaganda) se teorizará como metodología de investigación al ser esta entendida como el punto de conexión entre raza, ciudadanía, y nación. Posteriormente, se desarrollará una segunda sección que expondrá los cambios políticos que se produjeron a lo largo del siglo XVIII y que explicarán todas las implicaciones que la transición desde súbdito hasta ciudadano supuso. Finalmente, se tratará de identificar el origen de la racialización positiva de ciudadanos estereotipados en el contexto de las guerras de religión europeas, y cómo la idea de la raza blanca fue fabricada verticalmente desde una esfera intelectual y política y dispersada con diversos métodos propagandísticos con el fin de ser interiorizada por un público tanto nacional como internacional. Así, se localizará el lugar de nacimiento de dichas retóricas raciales en el norte de Europa (específicamente, Inglaterra), y se observarán los mecanismos por los cuáles estas rápidamente adquirieron la connotación de superiores, así como los medios de difusión, interiorización, y rechazo de las mismas en los diferentes discursos nacionales del resto de Europa. De esta forma, en el caso de España y de las otras potencias del sur europeo, la ←22 | 23→imposición y aceptación de estos discursos será algo más problemática que en el norte debido a la histórica hibridez racial de la población.

Al mismo tiempo, este primer capítulo propondrá la idea de que, si bien es cierto que el siglo XVIII puede señalarse como el momento en el que se produjo este fenómeno de entender a los ciudadanos como proyecciones simbólicas de la nación positivamente estereotipadas, también fue un espacio de resistencia a dichas representaciones. Como se explicará a lo largo de estas páginas, si bien es cierto que las revoluciones francesa y estadounidense sirvieron como catalizadores del acceso de los derechos civiles por parte de los ciudadanos, la conceptualización de los derechos naturales fue un proceso paulatino que surgió dentro del absolutismo ilustrado y que iría evolucionando a lo largo de todo el siglo. De esta manera, existió un espacio de transición sobre la nación como concepto ideológico entre el antiguo régimen y la modernidad a lo largo del siglo XVIII, el cual, tras las invasiones napoleónicas y específicamente, al terminar el reinado de Fernando VII, finalmente se sedimentaría tanto ideológica como legalmente.

De manera simultánea, el siglo XVIII observaría otro tipo de resistencia intelectual ante la imposición del modelo de ciudadano positivamente racializado producido en el norte de Europa. Así, si bien es cierto que durante esta época se produjo el auge de los imperios del norte de Europa y la decadencia de los del sur, todavía existía un equilibrio de fuerzas que impidió que los discursos racistas ilustrados se aceptaran inmediatamente como hegemónicos. De esta forma, los imperios del sur trataron de proponer sistemas epistemológicos alternativos en los que la raza blanca (entendida esta como una proyección del germanismo), por una parte, sería aceptada por numerosos intelectuales como modelo idealizado de ciudadano (y por consiguiente, de nación), pero por otra parte sería rechazada optándose por un modelo de identidad nacional basado en la hibridez racial tomando como modelo los antiguos imperios del Mediterráneo.

Con el fin de explorar estos espacios de discusión y de resistencia ante esta imposición de supuestas naciones superiores basadas en historias nacionales creadas artificialmente y la actitud de España ante estas cuestiones, este primer capítulo se centrará en desarrollar el marco teórico que servirá para explicar la tesis que articulará todo este trabajo.

1. Raza, nacionalismo y propaganda

Este libro organizará su análisis utilizando una metodología que entrará en conversación con diversas propuestas teóricas que reflexionan sobre la relación entre textualidad, lenguaje y propaganda. Así, utilizando las ideas propuestas por Pilar Alonso en Semantics. A Discourse Perspective, se puede enmarcar la ←23 | 24→tesis propuesta en este capítulo introductorio, y por extensión, en este libro, en términos cognitivo-semánticos.

Pues bien, como Alonso explica, por diversos procesos cognitivos, la mente humana necesita organizar la realidad mediante categorías que sirvan para ordenar la información. Una de las propuestas que explica los mecanismos cognitivos utilizados por la mente para realizar tal categorización es la de Eleanor Rosch y su Prototive Theory. En palabras de Alonso:

Prototype theory maintains that human beings do not have a category for every object, experience or action in the world. A large proportion of our mental categories are not categories of things, they are categories of abstract entities represented in the human mind by the best or most representative example of that category. That example which is often the more familiar to us is called a prototype. A prototype may be described as the mental image that first comes to the mind of the language user when a given category is mentioned. For example, if mentioning the category “animal” produces the mental image of a “dog”, that is the prototypical instance at work for that category. A prototype usually comprises the commonest, more salient, necessary properties that distinguish a category, but these properties are not sufficient to convert any member of a category into a prototype. Through extensive research, Rosh demonstrated that prototypes are those instances of a category which are more easily and rapidly recognized. (45)

De esta manera, se podría argumentar que es un proceso natural de la mente categorizar la realidad que nos rodea e, involuntariamente, elegir un prototipo que sirva para representar a la categoría en cuestión. Así, en este trabajo, se propondrá la idea de que, en la Europa del siglo XVIII, como resultado del desplazamiento de la figura del rey a la figura del ciudadano a la hora de representar a la nación, se produjo una nueva realidad que fue necesario categorizar. En el contexto del auge del racismo científico y de la expansión imperial del norte de Europa, se fabricó un prototipo de ciudadano positivamente racializado que sirvió para definir a la categoría semántica nación. Así, se creó un prototipo de ciudadano positivamente racializado que sirvió para definir a la categoría de la nación (ahora compuesta por un número concreto de ciudadanos).

Sin embargo, siguiendo las ideas de Alonso, existe un espacio de discusión a la hora de crear prototipos, ya que estos dependen del contexto cultural en el que se crean. En sus propias palabras: “Prototypes are not universal; the mental image working as prototype usually coincides with that member of the category which is for some given reason (experimental, socio-cultural, temporal, geographical) most familiar to the individual (e.g. for somebody living in the south of Spain the prototypical image representing the “tree” category may be an “orange tree”, while for somebody living in the centre it is more likely to be a “holm oak”.)” (45). Esta idea de la plasticidad de los fenómenos semánticos serviría para explicar el ←24 | 25→motivo por el cual esta imagen del ciudadano positivamente racializado es sujeto de debate, debido fundamentalmente a la relación entre conocimiento intelectual y poder político y a la falta de hegemonía del racismo científico durante el siglo XVIII.

Pues bien, Robin Tolmach Lakoff en Talking Power. The Politics of Language in Our Lives desarrollará la propuesta de Eleanor Rosch sobre la categorización un paso más al proponer que el proceso que seguirá a la categorización será la estereotipación: “We form hazy and unexamined superordinate categories: we stereotype.” (181) Al mismo tiempo, según Tolmach Lakoff, también dicotomizamos: “We also dichotomize. We devise distinctions, where useful, on the basis of tiny, perhaps nonexistent differences.” (181).

El poder que dichos procesos (es decir, categorizar primero, elegir un prototipo que represente a la categoría, y después estereotipar y dicotomizar), es un fenómeno frecuente a la hora de elaborar discursos políticos, el cual es lo suficientemente flexible como para permitir manipulación conceptual. En palabras de Tolmach Lakoff:

Linguistic discrimination prepares the ground for other forms. If we can first be persuaded through words that they and we have little in common, then we can go the extra psychological mile and decide that they are nonhuman, inhuman, less than we are and worse. Every propaganda movie ever made, for the most blatant to the most subtly “artistic”, provides that underpinning for hostility, a dichotomization into we and they. The dichotomization, easy but false, is attractive. We-versus-they dichotomies have two useful functions for propagandists and those who are seduced by them: they make it easy to hate and mistreat those defined as they, and force us into tighter and closer union -us against the world of them out there; “us”, the bearers of civilization and all its virtues. (182)

Tomando todos estos aspectos en cuenta, este trabajo propondrá la teoría de que, de manera paralela a las luchas imperiales por el control del Atlántico, se producirá al mismo tiempo una lucha intelectual que tratará de expulsar a España de la modernidad racial europea mediante el uso de una propaganda textualizada. Como resultado de la necesidad de categorizar semánticamente a las nuevas naciones bajo la nueva figura del ciudadano, la fabricación primero de prototipos de ciudadanía positivamente racializados, y la estereotipación después de los mismos como superiores en el contexto del auge de los imperios del norte de Europa y su expansión territorial, los antiguos imperios rivales del sur de Europa, concebidos en los sistemas epistemológicos de la temprana modernidad en los que el concepto de la modernidad racial todavía no se había creado, serán así mismo objetivo de la derogación racial como resultado del nuevo panorama geopolítico.

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Creo que es necesario abordar aquí la difícil tarea de proponer una definición concisa del término propagada, y específicamente, en el contexto de la textualidad de los discursos nacionalistas. Así, siguiendo las ideas de Tolmach Lakoff:

The propagandist is one with the poet and news writer in constructing categories and dichotomies. Nor is the propagandist alone in making use of stirring words, ringing slogans, and powerful images, verbal or pictorial. Every good writer or television or movie director does. Form alone does not define the genre. A propagandist, unlike a legitimate persuader or informer, is one who encourages slippage: lets one category melt into another, creates distinction based on little distinction, mixes metaphor promiscuously with literal truth. As long as we’re clear on the medium we’re working with, we’re safe. But the illegitimate persuader works by moving from “safe”, self-evident categories and relationships to suggestive, slimy, gossamer connotations. Because we humans derive intellectual and emotional pleasure from being able to make the largest and most daring generalizations we can, we are seduced. The propagandist gives us titillation, which we repay with trust. (183)

Resulta evidente como tanto los prototipos (y derivadamente, los estereotipos y las dicotomías) son tan plásticos y cambiantes como lo es el concepto de la ciudadanía (y por lo tanto, las identidades nacionales). Este trabajo tratará de analizar la manera en la que la estereotipación positiva de los ciudadanos del norte de Europa bajo el paradigma de la raza será utilizada maliciosamente para racializar negativa y despectivamente al ciudadano español y, por extensión, a la nación española. Al mismo tiempo, este trabajo analizará la resistencia de los intelectuales españoles ante dicho proceso, y tratará de estudiar las técnicas que estos utilizarán para negociar estos espacios semánticos nacionalistas.

Esta idea de observar dichos fenómenos como aislados por una parte a un grupo reducido, y por otra parte a dos grupos en conversación, ha sido propuesta terminológicamente por Tolmach Lakoff bajo la idea de discursos micropolíticos y discursos macropolíticos. Con respecto a los discursos micropolíticos, Lakoff propone la siguiente definición, la cual será utilizada a lo largo de todo este libro:

We can call one kind of power-oriented discourse micropolitics; the other macropolitics. The first involves the development and use of strategies that create and enhance power differences among individuals; the second, strategies of group management. Micropolitical tactics tend to be personal, hinging on the establishment of a relationship and determining its rules: how close will the participants be? Who will make the decisions? Who will be dominant in which areas? How direct or indirect will communication be? Usually these negotiations are unconscious and implicit: participants are not aware that they have taken place; the relationship just seems to fall into a pattern. To bring these issues into the open, to articulate them, is to metacommunicate, to communicate about communication. This metacommunication is fraught with perils, and therefore, generally avoided. But the achievement of honesty in intimate relations, and ←26 | 27→the getting of satisfaction in more distant tones, is often contingent upon running those risk; otherwise, the games will continue. (22)

Por lo tanto, en las siguientes páginas se analizarán los discursos micropolíticos peninsulares y sus estrategias para anular, aceptar, o subvertir la dicotomización Europa-España (dependiendo del momento histórico). Por otra parte, este trabajo analizará los discursos macropolíticos que se producirán en el contexto internacional del momento. De nuevo en palabras de Tolmach Lakoff:

Macropolitical discourse determines power relationships within and between groups, individuals functioning in cohesive units: nations, religions, races, and institutions, for instance. It may concern a struggle for power between two or more such groups, or the assertion by an individual of authority over a group. Linguistic power tactics are most apparent in struggles over a nation’s choice of an “official” language such as Quebec. (22)

Si bien es cierto que ambos discursos frecuentemente se entrelazarán, se observará como el aspecto propagandístico de la construcción de identidades nacionales en el caso de España tendrá dos públicos claramente diferentes: por una parte, uno nacional, y por otra parte, otro internacional.

Simultáneamente, este libro utilizará el marco teórico propuesto por Raymond Williams en “Dominant, Residual, and Emergent”. Como indica este autor, es necesario entender que los cambios históricos no son fisuras, sino transiciones en las que durante un determinado período de tiempo existen elementos entrelazados de discursos ideológicos diacrónicos1.

Así, Williams define varios tipos de discursos históricos que pueden suceder de manera simultánea en distintos momentos de transición histórica. Por una parte, se puede localizar el discurso hegemónico (también etiquetado como dominante o efectivo), y por otra parte, los discursos residuales y emergentes.

Según Williams, un discurso residual es aquel que convive con un discurso emergente, pero que sostiene ideologías que aparentemente ya han sido desechadas en el subconsciente colectivo. En sus propias palabras:

The residual, by definition, has been effectively formed in the past, but it is still active in the cultural process, not only and often not at all as an element of the past, but as an effective element of the present. Thus certain experiences, meanings, and values which cannot be expressed or substantially verified in terms of the dominant culture, are nevertheless lived and practiced on the basis of the residue -cultural as well as social- of some previous social and cultural institution or formation.(122)

Un discurso emergente, según dicho autor, será aquel que surja de manera innovadora en la sociedad de un determinado momento, y que cobrará un peso social considerable, pese a no ser el discurso dominante como tal (aunque eventualmente pueda desplazarlo):

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By “emergent” I mean, first, that new meanings and values, new practices, new relationships and kinds of relationship are continually being created. But it is exceptionally difficult to distinguish between those which are really elements of some new phase of the dominant culture (and in this sense “species-specific”) and those which are substantially alternative or oppositional to it: emergent in the strict sense, rather than merely novel. (123)

Este marco teórico será especialmente útil a la hora de analizar la multiplicidad de propuestas de identidades nacionales durante los aproximadamente cien años de este estudio. La necesidad de gradar el análisis sobre la simultaneidad de discursos, frecuentemente contradictorios, presentará un gran reto intelectual para este libro, ya que será complicado escoger como discurso dominante una de las dos ramas de la dicotomía España como nación europea, o España como nación mediterránea.

En resumen: este trabajo realizará una reflexión acerca de los procesos de construcción de identidades nacionales en España desde 1750 hasta 1833 como resultado de un proceso de negociación tanto nacional como internacional acerca de los nuevos sistemas epistemológicos de la modernidad racial. La imposición por parte del norte de Europa de un prototipo de ciudadano positivamente racializado utilizando el germanismo como modelo, que posteriormente se estereotiparía para definir las nuevas categorías semánticas de las naciones en el contexto de su expansión imperial, encontrará tanto aceptación como rechazo en territorio español. Tanto las siguientes páginas, como los siguientes capítulos, tratarán de construir una historia intelectual de los procesos de resistencia y asimilación de dicha modernidad racial ilustrada en España.

2. De súbdito a ciudadano.

Pues bien, para comprender de una manera efectiva el impacto que la transición desde la figura de súbdito hasta la de ciudadano tuvo en los mecanismos de construcción de identidades nacionales en el siglo XVIII, es necesario enmarcar dicha transición. Así, en las siguientes páginas se realizará un estudio preliminar de la evolución histórica del concepto de la ciudadanía desde las primeras asociaciones humanas hasta el siglo XVIII con el fin de analizar su relación con los procesos de construcción de identidades nacionales.

Para ello, entraré en diálogo con las ideas propuestas por cinco autores: Peter Risenberger y su Citizenship in the Western Tradition. From Plato to Rousseau, W. M. Spellman y su A Short History of Western Political Thought, The French Revolution and Human Rights. A Brief Documentary History, de Lynn Hunt; Benito Alaez Corral y su Nacionalidad, ciudadanía y democracia. ¿A quién ←28 | 29→pertenece la Constitución?, y finalmente, De súbditos a ciudadanos. Una historia de la ciudadanía en España, de Manuel Pérez Ledesma.

Antes de pasar al análisis detallado de las mutaciones históricas de la idea de la ciudadanía, me parece interesante destacar tres ideas fundamentales. Para empezar, creo que es interesante tener en cuenta la propuesta de Riesenberger de que la idea de la ciudadanía no es una realidad estática, sino que es un concepto dinámico sujeto a continuas transformaciones. En sus propias palabras:

Citizenship is not as clear. There is no single office in which its essence is defined. It has no central mission, nor is it clearly an office, a theory, or a legal contract. We know where a monarch sits: on a throne in a palace. But we cannot place citizenship that easily. It functions on the battlefield, in the law court, in an assembly, at the tax collector’s office, a theory. Nor is citizenship complete in any single or simple person, place, or, more abstractly, situation, for history has witnessed a great variety of citizenships, each with its defining goals and powers. And if it resides in no definite place, it comes out of no single book, fully. It may derive from books of religion, political and legal theory, moral training, even inspirational heroic poetry and song, but it is not produced by any of these. (16)

Esta idea de que la ciudadanía no es una realidad estática es evidenciada precisamente por la lucha continua de los ciudadanos pasivos o subalternos (es decir, los miembros de la sociedad que no tienen acceso a los privilegios legales de la ciudadanía) por obtener los privilegios de la ciudadanía activa. Al mismo tiempo, estos cambios explicarán las diferentes percepciones individuales de los habitantes de un país y cómo se establecerá su relación personal con la configuración de la nación dependiendo de los derechos legales de los mismos.

La siguiente idea, en parte relacionada con esta primera, y en la que coinciden todos los autores mencionados anteriormente, es la de que, si bien es cierto que durante el siglo XVIII se consolidó la idea de la ciudadanía moderna como una serie de derechos universales a la que todos los hombres, por el simple hecho de nacer hombres, tenían acceso; en realidad la percepción colectiva de la idea de ciudadanía se asimiló lentamente a lo largo de muchos siglos. Por lo tanto, aun teniendo en cuenta que, en efecto, las revoluciones estadounidense y francesa fueron catalizadoras de la resolución del conflicto de los derechos naturales del hombre y su posición dentro de la nueva sociedad, en realidad, la ciudadanía ilustrada es el resultado de una serie de procesos entretejidos históricamente que se encontraban totalmente enraizados en el pensamiento occidental.

Así, es muy importante aceptar este argumento de que la ciudadanía no se creó de la noche a la mañana como resultado de las revoluciones ilustradas y que posteriormente se extendió a toda Europa de la mano de la imposición del código napoleónico en los primeros años del siglo XIX, si no que se fue formando ←29 | 30→eventual y simultáneamente en distintos países de la mano de numerosos cambios históricos, sociales y políticos. Y, sin embargo, al mismo tiempo, es necesario entender muy claramente que el cambio que se produjo en el s. XVIII con respecto a la ciudadanía y a los derechos individuales tuvo un efecto radical y sin precedentes históricos en la relación entre ciudadanía y nación.

Por lo tanto, será necesario reconocer estos tres principios (la ciudadanía es una realidad variable en continuo proceso de cambio, la ciudadanía revolucionaria del siglo XVIII no surgió de manera abrupta sino que fue el resultado de una evolución histórica, y sin embargo, la ciudadanía tal y como se entendió en el siglo XVIII planteó un concepto de nación completamente diferente a todos los utilizados con anterioridad), mediante los cuales se propondrá la teoría de que el ciudadano desplazaría al rey convirtiéndose en la nueva sinécdoque nacional a partir del siglo XVIII.

Tanto W. M. Spellman como Peter Riesenberg proponen la idea de que se puede localizar la idea de la ciudadanía en la Antigüedad Clásica y que se puede observar su transición siglo por siglo hasta llegar al XX. Si bien es cierto que estoy totalmente de acuerdo con esta postura, me parece que para este trabajo es más interesante la propuesta por Benito Aláez Corral, que organiza la evolución de la ciudadanía en tres bloques temáticos: Antigüedad Clásica, Edad Media y Renacimiento, Ilustración.

Así, siguiendo las ideas de W. M. Spellman, las raíces intelectuales de la idea del ciudadano se pueden rastrear en la Antigua Grecia. Cuestiones como la distribución de la propiedad o la defensa ante el enemigo causaron que la humanidad comenzara por primera vez a plantearse las ventajas de la estructuración del poder, y fue durante esta época cuando por primera vez se observó una organización social jerarquizada. Así, la ciudadanía dio sus primeros pasos bajo la creencia de que determinados individuos de la sociedad, los ciudadanos de la Polis, poseían una serie de derechos y obligaciones. De esta manera, los ciudadanos de la antigua Grecia eran un grupo muy reducido de hombres que no solo disfrutaban de una serie de privilegios, si no que eran responsables de articular intelectualmente ciertos aspectos de la vida política griega. De esta forma, por primera vez, se realiza la diferenciación entre un grupo muy reducido de hombres que poseerían una serie de privilegios, mientras que el resto de la población se encontraría en una posición de subordinación.

La ciudadanía en el momento inmediatamente posterior, Roma, sin embargo, tomó matices algo diferentes. Aunque si bien es cierto que primeramente heredó del sistema griego esta segmentación entre unos pocos ciudadanos privilegiados con capacidad de mandar y una gran masa de población simplemente con el derecho a obedecer, a medida que el Imperio Romano amplió sus territorios, ←30 | 31→fue necesario integrar legalmente a la gran cantidad de sujetos incorporados a Roma. De esta manera, fue necesario fragmentar el concepto griego de la ciudadanía en subcategorías que diferenciaran muy claramente una gradación de acceso al poder y a los privilegios.

Pues bien, como ya se ha apuntado anteriormente, Aláez Corral considera la Antigüedad clásica como un bloque intelectual en lo que a la ciudadanía se refiere (a pesar de que explique muy claramente la transición que se produjo de una ciudadanía exclusiva y al mismo tiempo más activa durante el período griego a una ciudadanía más extensiva y más fragmentada (y como resultado, más pasiva) durante la época romana). Sin embargo, con respecto a la relación entre acceso a la ciudadanía y raza, es interesante notar las ideas que de nuevo Aláez Corral presenta al respecto: “En efecto, la pertenencia tanto a la polis griega como a la civitas romana se caracterizaba en buena medida, como se verá después, por la atribución a ciertas clases de individuos de la plena capacidad de participación en la comunidad política, con independencia de su concreta identidad cultural.” (23)

Así, si bien es cierto que las ideas greco-romanas sobre la ciudadanía sobrevivirán de manera latente al paso del tiempo y se revitalizarán durante el siglo XVIII, el paradigma de la raza para empoderar a una minoría social todavía no aparecerá como rasgo distintivo de poder durante esta época.

El siguiente bloque conceptual con respecto a la evolución de la ciudadanía será el correspondiente a la Edad Media y al Renacimiento. Durante esta época, se observa como la combinación del feudalismo y del cristianismo creó una masa de súbditos que intercambiaron sus derechos participativos políticos a cambio de la protección del rey, del papa, o de los señores feudales, como resultado de las ventajas que la vida en comunidad otorgaba ante ataques extranjeros. Aláez Corral explica dos conceptos interesantes que se produjeron en esta época: por una parte, se comenzó a perfilar la idea de nación moderna en el sentido de una masa homogénea de súbditos que viven en un territorio delimitado. Por otra, se comenzó a entender al señor feudal o al monarca (o de manera un poco más complicada, al Papa), como el representante simbólico de la nación.

A finales de la Edad Media sin embargo se observó un cambio en las tendencias de pensamiento sobre la relación entre el poder, la divinidad y lo terreno. La corriente intelectual del Renacimiento transformó una visión teocentrista del mundo por otra antropocéntrica, en la que el hombre pasaría a ser el centro del universo. De acuerdo a Benito Alaez Corral, fue durante esta época cuando precisamente se observó una concentración de poder en manos de los monarcas absolutos

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Por lo tanto, si bien es cierto que durante esta época es innegable que el feudalismo iniciado en la Edad Media se radicaliza polarizando absolutamente el poder desde la masa de los súbditos hasta la figura del rey, al mismo tiempo comienzan a surgir una serie de figuras intelectuales tales como Tomás Moro o Nicolás Maquiavelo que comenzarán a especular con nuevas ideas sobre la posibilidad de fracturar el aparato intelectual de las monarquías absolutistas. Así mismo, y de acuerdo a Spellman, ciertas ciudades independientes que funcionaban como pequeñas repúblicas tanto en Italia como en Suiza comenzaron a llamar la atención de los intelectuales del momento por su diferente forma de entender la distribución del poder. Finalmente, el auge del protestantismo y su doctrina de la igualdad de todos los hombres ante Dios comenzaría un lento proceso de transformaciones intelectuales que en cierta manera explicará los desenlaces posteriores con respecto a la relación entre ciudadanía y nación del siglo XVIII.

Otro aspecto que es necesario mencionar es la homogeneización cultural que se produjo durante esta época, mencionada por Aláez Corral.

No se trata, pues, de que en el Antiguo Régimen no se utilizase el término nacional, o que el mismo no sirviese para distinguir al súbdito del reino del extranjero residente, sino solo que, dada la estructura aún estratificada y desigual formalmente de las comunidades políticas, era mucho más importante para el individuo, desde un punto de vista social, estar integrado en uno de los grupos sociales estamentales que su condición de extranjero o de natural (español, francés, británico, etc…). De otro lado, además, mientras que la extensión del poder imperial romano conllevó una cierta “multiculturalidad”, pues trataba de integrar bajo el poder de Roma a pueblos y culturas muy diversas sin pretender asimilarlos a la cultura romana –lo que explica la existencia de muy diversas fórmulas de ciudadanía con contenidos facultativos muy distintos-, la extensión del poder regio y su consolidación durante las monarquías absolutas europeas supuso, por regla general, la imposición, o cuando menos la preeminencia, de una cultura –la del territorio dominante a partir de la cual el monarca lleva a cabo su expansión territorial- sobre las demás, que se ven paulatinamente arrinconadas y en ese sentido sometidas a un proceso de asimilación política y cultural. (38)

Por lo tanto, resumiendo, resulta claro que a lo largo de la Edad Media y del Renacimiento se polarizó el poder desde la figura del rey hasta la figura del súbdito y que se produjo una homogeneización cultural de las distintas poblaciones europeas que comenzarían a configurarse en lo que será el embrión de las naciones estado de los siglos XVIII y XIX. Paralelamente, se comenzará a desarrollar un movimiento intelectual de la mano del antropocentrismo que irá sentando las bases que se desarrollarán más adelante al respecto de justicia social, política y ciudadanía.

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Creo que aquí es interesante mencionar cómo en pleno auge del absolutismo europeo, surgió la primera fisura de poder que más adelante serviría para catalizar los cambios sociales que se produjeron en los posteriores siglos. Así, en 1649 sucedió algo insólito: el rey Charles I de Inglaterra fue decapitado y por primera vez en Inglaterra se realizó una transición de una monarquía absolutista a la Commonwealth de Oliver Cromwell y posteriormente una monarquía Constitucional con Charles II y la instauración oficial de un Parlamento de dos cámaras (la de los lores y la de los comunes) así como muchos derechos básicos para los ciudadanos (tales como la libertad de prensa, elecciones libres y la consecuente creación de partidos políticos, freedom of speech en el parlamento y la prohibición de una crueldad excesiva en los castigos corporales penales) gracias a la Bill of rights de 1689. Aquí fue donde por primera vez se asoció el concepto de las leyes naturales con los derechos individuales de los ciudadanos.

Pues bien, pese al precedente inglés, fue durante el siglo XVIII cuando se observó cómo todos estos procesos que, como se ha explicado, ya venían desarrollándose durante los siglos XVI y XVII, maduraron y se solidificaron. Así, durante esta época, se produjeron una serie de fenómenos intelectuales que harían que el concepto de la individualidad se transformase radicalmente. Según Spellman, la principal característica de esta época que sirvió para vertebrar el cambio de tono moral fue principalmente el entender al hombre como ser racional, y por lo tanto conferir más autoridad al individuo como tal. En sus propias palabras:

The eighteenth century is often referred to as the Age of Enlightenment, a wide-ranging movement of reform that began in Western Europe but whose influence extended across the Atlantic to Britain’s North American Colonies. What unified most of the major thinkers of the period, irrespective of national or social origins, was a more confident attitude toward the human condition and a belief that progress was possible through the application of human reason to a wide range of activities. Although modest sounding enough to us, this shift in perspective must be set against an intellectual backdrop in which Europeans had always looked backward for models of the good society and where few believed that the future could be appreciably better than the past. (86)

Esta confianza en la razón como forma de progreso fue al mismo tiempo acompañada de una serie de cambios intelectuales sobre la relación entre el castigo penal y el cuerpo humano. Como indica Michael Foucault en Discipline and Punish. The Birth of the Prison, a lo largo del siglo XVIII sucedieron dos cuestiones fundamentales. Por una parte, el espectáculo público de la tortura fue disolviéndose paulatinamente como resultado de una nueva moralidad con respecto a la vida humana fruto de la nueva fe en la razón como motor ideológico de la sociedad. Como resultado, se produjo un cambio en la manera de entender los ←33 | 34→crímenes, ya que el castigo pasó eventualmente de ser una cuestión pública a transformarse en una cuestión abstracta.

Los motivos que se pueden citar para entender esta nueva moralidad en los castigos penales son varios. Por una parte, en términos generales, antes de las revoluciones francesa y estadounidense, la masa comenzó a ser temida por parte del poder (siguiendo las ideas tanto de Michael Foucault en Discipline and Punish como de Alberto Medina en Espejo de sombras: sujeto y multitud en la España del siglo XVIII). De nuevo, en general, el espectáculo público de la tortura más que para disciplinar al público servía para amotinarlo. El castigo era entendido como una venganza real, y por lo tanto, la masa sentía empatía con el castigado, lo que causaba sentimientos revolucionarios. Por otra parte, la influencia de las ideas ilustradas haría que varios autores del momento en diferentes países denunciaran este sistema penal y propusieran alternativas. Así, Voltaire publicaría en 1763 su Tratado sobre la tolerancia en Francia, Cesare Beccaria en Italia publicaría en 1764 De los castigos y las penas, Juan Pablo Forner publicaría en España Discurso sobre la tortura, y en Alemania surgirían las Leyes generales estatales de los estados de Prusia (Allgemeines Landrecht).

La principal idea que se encontraba bajo estas denuncias ante la tortura fue la de que los hombres, simplemente por el hecho de haber nacido hombres, poseían una serie de derechos naturales que ningún monarca tenía poder para anular. Esta idea, como indica Lynn Hunt en Inventing Human Rights, es específica del siglo XVIII. Hunt también propone la idea de que, durante esta época, el siglo XVIII, se produjeron una serie de cambios sociales tales como un aumento de la higiene personal, aumento de la alfabetización, cambios en las políticas sanitarias de las ciudades, redistribución del espacio dentro de las viviendas con un especial énfasis, por primera vez, en el espacio individual, entre otros muchos; que tendrán un efecto en la moralidad de la época con respecto a la individualidad. De esta manera, los individuos comenzaron a ser mucho más conscientes de su nueva posición, del nuevo valor que la vida humana comenzó a adquirir, y los sentimientos de empatía hacia el sufrimiento ajeno cobraron más presencia social. Por lo tanto, es en este contexto de un aumento en la autoconciencia del individualismo colectivamente, traducido en una nueva forma de entender la importancia de la igualdad de los seres humanos, cuando la idea de los derechos humanos por fin se desarrolló legalmente.

Podría argumentarse que es en este nuevo contexto en el que se comienza a prescindir de la figura del rey para comenzar a entender a las naciones como representaciones simbólicas de los ciudadanos cuando se comenzará a observar una tensión evidente entre la figura del individuo y la del grupo. En palabras de Hunt:

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Underpinning these notions of Liberty and rights was a set of assumptions about individual autonomy. To have human rights, people had to be perceived as separate individuals who were capable of exercising independent moral judgement; as Blackstone put it, the rights of man went along with the individual “considered as a free agent, endowed with discernment to know good from evil.” But for these autonomous individuals to become members of a political community based on those independent moral judgements, they had to able able to empathize with others. Everyone would have rights only if everyone could be seen as in some fundamental way alike. Equality was not just an abstract concept or a political slogan. It had to be internalized in some fashion.(25)

Otros textos contemporáneos a esta época, como El contrato social de Rousseau, (publicado en 1762 y por lo tanto anterior a las revoluciones ilustradas), enfatizan de nuevo la idea de los derechos naturales del hombre.

Por lo tanto, si bien es cierto que fue durante las revoluciones estadounidenses y francesas cuando realmente se definieron los derechos humanos y como consecuencia, el concepto de ciudadanía, sin embargo fue a lo largo de siglo XVIII y dentro de regímenes absolutistas cuando se comenzaron a desarrollar ideas sobre la individualidad en el contexto de varios cambios sociales y morales por primera vez en la historia de Europa que harían que lentamente se produjera un desplazamiento evidente desde la figura del rey hasta la figura del ciudadano. Pues bien, aunque ambas revoluciones tuvieron evidentes diferencias ideológicas, sin embargo, tuvieron una serie de puntos en común evidentes, como por ejemplo, el hecho de que los principales instigadores mantuvieran contacto en ambos procesos. Por poner dos ejemplos, Benjamin Franklin fue el embajador de Estados Unidos en Francia de 1776 a 1785, y Thomas Jefferson también viajo a dicho país desde 1785 hasta 1789 como ministro con el fin de negociar nuevos acuerdos comerciales entre los recién creados Estados Unidos y los diferentes países europeos. Por situarnos cronológicamente, es interesante recordar que primero sucedió la Guerra de la Independencia (1777–1783) con la consecuente formación de los Estados Unidos de América y posteriormente la Revolución Francesa (1789–1799).

Como indica Peter McPhee en La revolución francesa (1789–1799), en el contexto de la convocatoria de los Estados Generales por parte de Luis XVI que terminaría provocando la Revolución Francesa, Emmanuel Siêyes publicó el panfleto revolucionario ¿Qué es el tercer estado?, que serviría como base para definir el nuevo orden social. En este documento se encuentran dos cuestiones muy llamativas. La primera es la necesidad que se tiene por primera vez de definir tangiblemente a este nuevo ciudadano, es decir, explicar quién posee las cualificaciones necesarias para ser considerado ciudadano y quién no. En palabras de Sièyes:

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No puede existir, en modo alguno, un derecho o una libertad que carezca de límites. En todos los países la ley ha fijado unos requisitos determinados, sin reunir los cuales no se puede ser elector ni elegible. Así, por ejemplo, la ley debe establecer una edad por debajo de la cual se estará incapacitado para representar a los conciudadanos. Por lo que a las mujeres respecta, estas-bien o mal es otro problema, en el que ahora no entraremos-, se ven alejadas por doquier de esta suerte de procuración. Es constante, así mismo, que un vagabundo o un mendigo, no pueden ser encargados de la confianza política del pueblo. Por lo demás, los domésticos, así como todos aquellos que se encuentren bajo la dependencia de un amo, o bien un extranjero o no naturalizado, ¿serán admitidos a figurar entre los representantes de la nación? La libertad política posee, pues, sus límites de modo semejante a lo que acontece con la libertad civil. (20)

Queda por lo tanto evidenciada la diferencia entre lo que más tarde se etiquetará como ciudadano activo (hombre francés mayor de una cierta edad) y un ciudadano pasivo (mujeres, enfermos, retrasados mentales y personas de color).

La segunda idea que resulta interesante será la asociación entre ciudadano y nación. Al igual que sucede con la plasticidad del concepto de la ciudadanía y de su constante transformación a lo largo de la historia, otro tanto sucede con la idea de la nación. Es decir, es evidente que el desplazamiento de la figura del rey como representante de la nación hasta la figura del ciudadano no sucedió abruptamente, sino que fue un fenómeno gradual (la situación de España ejemplifica muy bien este proceso y se explicará en detalle en el capítulo tres). Sin embargo, es muy interesante observar como en el caso de Francia se produce una profunda transformación desde el absolutismo del siglo XVII hasta las propuestas de Sièyes. La famosa frase pronunciada por Luis XIV, L’Etat, c’est moi, ejemplifica el radical cambio que tuvo lugar en la sociedad francesa con respecto a los procesos de construcción de identidades nacionales que sucedieron como un proceso interno en el absolutismo desde el siglo XVII hasta el siglo XVIII (existen numerosos críticos que estudian la cultura del absolutismo en Francia, como por ejemplo Norbert Elias y The Court Society, Peter Burke y The Fabrication of Louis XIV, que ejemplifican esta transición que tuvo lugar en tan solo cien años).

Sin embargo, el panfleto de Sièyes, no solo denunciará esta situación, sino que propondrá una alternativa en la que los ciudadanos pasarán a ser la nueva nación, de nuevo ejemplificando esta tensión entre individualismo y colectividad. Así, el panfleto se abre con las siguientes palabras: “El plan de este escrito es ciertamente sencillo. Debemos responder a estas tres preguntas. 1. ¿Qué es el tercer estado? TODO. 2. ¿Qué ha sido hasta el presente en el orden político? NADA. 3. ¿Cuáles son sus exigencias? LLEGAR A SER ALGO.” (3) Pues bien, el tercer estado, según Sièyes, no solo quiere “llegar a ser algo”, sino que aspira a convertirse en la nueva nación francesa. De esta manera, el título del primer ←36 | 37→capítulo será precisamente “Capítulo primero. El tercer estado es una nación completa.” Dicho capítulo se encuentra lleno de una fuerte retórica nacionalista que propone constantemente la idea de que ahora el ciudadano es el nuevo rey, y al mismo tiempo, pese a la diferenciación entre ciudadanía pasiva y ciudadanía activa, se observa un deseo de igualdad colectiva. Por poner un ejemplo: “¿Quién osaría, pues, negar que el tercer estado no posee en sí mismo todo lo necesario para formar una nación completa? Es como hombre fuerte y robusto que tiene, sin embargo, un brazo encadenado. Si se suprimiera el orden privilegiado, la nación en nada menguaría, sino que se acrecentaría.” (6) Otro fragmento textual donde se observa el protagonismo del ciudadano y el deseo de igualdad, libertad y fraternidad: “Mas no es suficiente con haber mostrado que los privilegiados, lejos de resultar útiles a la nación, no concurren sino a cancelar debilitamiento y perjuicio; resulta preciso probar aún que el orden nobiliar no participa en la organización social; que constituye una carga para la nación, pero que en modo alguno forma parte de ella.” (7) Y el ejemplo más significativo de todos: “El tercer estado abarca todo lo que pertenece a la nación; y todo lo que no es el tercer estado no puede considerarse como parte integrante de la nación. En definitiva, ¿qué es el tercer estado? TODO.” (8)

Resulta muy interesante observar cómo el panfleto de Sièyes comienza a realizar la asociación entre raza y ciudadanía utilizando el recurso de la estereotipación. Como se indica en The Color of Liberty: Histories of Race in France, en Francia existía la creencia de que la alta aristocracia provenía de los francos, uno de los pueblos germanos que invadió Francia a la caída del imperio romano (de hecho, este grupo se denominaba así mismo Noblesse de race, es decir, nobleza de raza), y que por su superioridad racial habían conquistado a las poblaciones galas indígenas, que en el siglo XVIII se asociaban con el tercer estado (aunque como se indica en este libro, es importante entender que durante los siglos XVI y XVII no existió la idea de la pureza racial en Francia tal y como se comenzó a entender a partir del siglo XIX, ya que existió un espacio de debate entre diversos autores sobre el mestizaje de los francos con los galos y la decadencia racial de la aristocracia). Sin embargo, en el siglo XVIII y en el contexto de la Revolución Francesa, se puede observar como Sièyes hace aquí la primera asociación entre la raza de los ciudadanos y la raza de la nueva nación francesa. Así, señala primero la necesidad de echar de Francia a los conquistadores francos, ya que nunca fueron verdaderamente franceses:

Si los aristócratas pretendieran, al propio precio de esa libertad de la que se muestran indignos, mantener al pueblo en la opresión, éste se atreviera a preguntar: ¿con qué derecho? Si se le respondiera en virtud de conquista, forzoso es convenir en ello, sería remontarse demasiado lejos. Sin embargo el tercer estado no debe temer remontarse ←37 | 38→hacia los tiempos pasados. Así, se remitirá al año precedente a la conquista y habida cuenta de que es oído suficientemente fuerte como para no dejarse conquistar, su resistencia será, sin duda, más eficaz. ¿Por qué no restituir a los bosques de Franconia a todas esas familias que conservan la desquiciada pretensión de ser descendientes de la raza de los conquistadores y a haber heredado sus derechos de conquista? (9)

Y de manera inmediatamente posterior, Sièyes afirma sin lugar a dudas cómo Francia es una nación de galos, no de francos:

La nación, una vez depurada de aquéllos, podrá consolarse, pienso, de saberse reducida a un conjunto de descendientes de galos y romanos. En verdad, si se quiere hacer distingos de origen, ¿no podríamos asegurar a nuestros pobres conciudadanos que el que se remontaba a galos y romanos posee por lo menos tanta alcurnia como el de los sicambros, vándalos y otros salvajes salidos de los bosques y pantanos de la antigua Germania? “En efecto -se nos dirá-, pero la conquista ha alterado todas las relaciones, y la nobleza de nacimiento pertenece por derecho a los conquistadores.” Pues bien: hora es de restituirla a quienes en su día la perdieron; el tercer estado devendrá noble, volviéndose a su vez conquistador. (10)

La tensión entre nacionalismo y raza es evidente. Así, como se acaba de indicar, si bien es cierto que en el caso de Francia y del absolutismo de Luis XIV el rey es el representante simbólico de la nación, se observa aquí ya como se está comenzando a desplazar esta figura por la de una colectividad (la alta aristocracia) que sin embargo aparece individualizada bajo el paradigma de la raza. Pues bien, Sièyes finaliza este pasaje con un interesante giro retórico tanto racial como nacionalista:

Ahora bien, toda vez que las razas se han mezclado y la sangre de los francos, que no sería en modo alguno superior si conservara toda su pureza, circula en la actualidad confundida con la de los galos y dado que los antepasados del tercer estado son los padres de la entera nación, ¿será demasiado aspirar a ver un día el fin de este largo parricidio que una clase se honra en cometer cotidianamente contra todas las demás? ¿Por qué en la razón y la justicia, tan fuertes un día como la vanidad, no han de mover a los privilegiados a solicitar ellos mismos, en virtud de un nuevo interés, más social y verdadero, su rehabilitación en el seno del tercer estado? (10)

Resulta muy interesante observar la diferenciación que realiza Sièyes entre los derechos de los ciudadanos y la asociación entre ciudadanía y nación. Así, un poco más adelante, lo que Sièyes solicita que el tercer estado desea es una representación de diputados igual entre los tres estados para los Estados Generales e igualdad en el derecho al voto, derecho a la educación y a la propiedad, entre otros muchos privilegios. Sin embargo, Sièyes comienza a esbozar en este proyecto el proceso que estaba fermentándose durante estos años en toda Europa de construir nuevas identidades nacionales al estereotipar racialmente a la figura ←38 | 39→del ciudadano en el contexto de la nueva conciencia de la individualidad, sin embargo, bajo la tensión de la necesidad de la colectividad y la igualdad.

Pues bien, en La declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, también de 1789, donde se observan puntos de contacto intelectuales con los documentos producidos en los Estados Unidos (que se examinarán en las siguientes páginas) ya que como indica Lynn Hunt Thomas Jefferson se encontraba en París en 1789 y era íntimo amigo del Marqués de Lafayette; se encuentran muchos de los puntos propuestos por Sièyes sobre la relación entre ciudadanía y nación.

Así, sobre la nación, La declaración dice lo siguiente en el artículo número tres: “La nación es esencialmente la fuente de toda soberanía; ningún individuo ni ninguna corporación pueden ser revestidos de autoridad alguna que no emane directamente de ella”. Y lógicamente, la nación estará formada por los ciudadanos, los cuales serán todos los hombres, como indica el artículo uno: “Los hombres han nacido, y continúan siendo, libres e iguales en cuanto a sus derechos. Por lo tanto, las distinciones civiles solo podrán fundarse en la utilidad pública.”

Si bien es cierto que el documento no cae en las distinciones entre ciudadanos pasivos o activos, sino que parece que los derechos universales lo son para todos, por el temprano momento de la escritura del documento no se observa todavía el problema de la raza que será necesario legislar de manera inmediatamente posterior. Así, pese a que, como ya apuntaba Sièyes, existía una evidente preocupación por diferenciar a los ciudadanos activos de los pasivos, no existió acuerdo en etiquetar a estos hasta un poco más adelante. Como indica Lynn Hunt:

Yet the newfound power of empathy could work against even the longest held prejudices. In 1791, the French revolutionary government granted equal rights to Jews; in 1792, even men without property were enfranchised; and in 1794, the French government officially abolished slavery. Neither autonomy nor empathy were fixed; they were skills that could be learned, and the “acceptable” limitations on rights could be -and were- challenged. Rights cannot be defined once and for all because their emotional basis continues to shift, in part in reaction to declaration of rights. Rights remain open to question because our sense of who has rights and what those rights are constantly changes. The human rights revolution is by definition ongoing. (29)

El desenlace de tal situación de supuesta tolerancia sería la reacción ante la Revolución de Haití (1791–1804) y la consecuente pérdida de dicha colonia por parte de Francia (y como resultado de diversas tensiones, en 1802 Napoleón reinstauró la institución de la esclavitud, lo que ejemplifica la plasticidad de la ciudadanía en esta época).

Creo que es interesante observar este proceso revolucionario en los Estados Unidos y los documentos que definieron la nueva situación política del recién creado país en 1776, ya que el impacto de la nueva nación estadounidense ←39 | 40→tendría una gran influencia en todo el mundo occidental, y en los procesos revolucionarios que propiciaron la caída del imperio español, específicamente.

Pues bien, el primer documento que me parece interesante y que vincula el concepto de la ciudadanía y el concepto de la nación es la Declaration of Independence que data del 4 de Julio de 1776, cuyas ideas se utilizaron precisamente para abrir este capítulo: “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal, that they are endowed by their Creators with certain unalienable Rights, that among these are Life, Liberty and the pursuit of Hapiness.” La idea de que todos los hombres nacen con una serie de derechos naturales es evidente. Sin embargo, una diferencia con la constitución francesa es la idea de Liberty, heredera del pensamiento de Adam Fergusson en An Essay on the History of Civil Society. Así, la idea de Liberty propone que los ciudadanos de un país tienen el derecho (e incluso la obligación) de sublevarse para mantener un estado de bienestar político si la forma de gobierno que se encuentre en el poder no garantiza la libertad de los ciudadanos. Por lo tanto, de nuevo se observa un desplazamiento de la figura del rey o de un individuo en concreto como la imagen de una nación hasta todos los ciudadanos como agentes responsables de dicha nación. Y, de hecho, en la Declaration, de manera inmediatamente posterior, se puede leer lo siguiente:

That to secure these rights, Governments are instituted among Men, deriving their just powers from the consent of the governed, -That whenever any Form of Government becomes destructive of these ends, it is the Right of the People to alter or to abolish it, and to institute new Government, laying its foundation on such principles and organizing its powers in such form, as to them shall seem most likely to affect their Safety and Happiness.

Resulta por lo tanto evidente que la nación estadounidense está formada por los ciudadanos estadounidenses. Los continuos ataques realizados al King of Britain, el rey de Inglaterra, derivarán en la siguiente afirmación: “A Prince, whose character is thus marked by every act which may define a Tyrant, is unfit to be the ruler of a free people.” The American People, los ciudadanos americanos, serán por lo tanto la definición de la nueva nación.

Y al igual que sucedió en Francia, se realizó una cuidadosa definición de quiénes tenían las cualidades necesarias para convertirse en ciudadanos. Así, en el Artículo I, sección II de la Constitución de los Estados Unidos de América de 1787, se puede leer: “No Person Shall be a Representative who shall not have attained to the Age of twenty five Years a Citizen of the United States, and who shall not, when elected, be an Inhabitant of that State in which he shall be chosen.” Por lo tanto, ninguna persona podía convertirse en un representante a no ser que ←40 | 41→hubiera sido siete años un ciudadano de los Estados Unidos. ¿Y quiénes eran los ciudadanos de los Estados Unidos? Los hombres blancos mayores de veinticinco años, ya que no fue hasta el Emmancipation Proclamation durante la Guerra Civil Estadounidense (1861–1865) cuando los descendientes de afroamericanos comenzaron a ser considerados ciudadanos.

Esta segunda parte del primer capítulo de esta tesis ha explicado la plasticidad del concepto de ciudadanía y cómo este no surge con el advenimiento de las revoluciones estadounidense y francesa, aunque se cemente con las mismas, sino que fue el resultado de una serie de transformaciones históricas provenientes principalmente desde la temprana modernidad. Así mismo se ha tratado de enmarcar el desplazamiento de la figura del rey hasta la figura del ciudadano como representante simbólico de la nación bajo una serie de procesos de cambios en los que la individualidad hizo que se comenzara a entender a la nación primeramente como un conjunto de personas más allá del rey (tensión existente en Francia entre el primer estado y el tercer estado, y como se verá más adelante, esto también sucederá en España), y posteriormente, como un prototipo de ciudadano estereotipado que servirá para definir a dicha colectividad.

Benito Aláez Corral mencionará esta transición en su trabajo, explicando cómo se produjo un lento desplazamiento a la hora de entender a la nación como el conjunto de los ciudadanos.2 Otra cuestión propuesta dicho autor, la cual es el principal punto sobre el que articularé mi tesis, será cómo, por primera vez en el siglo XVIII, se asociará al ciudadano con la nación, y se entenderá a la nación como un espacio homogéneo culturalmente.3 Y, sin embargo, en contradicción con esta realidad, y siguiendo las ideas de Lynn Hunt, existió una tensión no resuelta entre esta nueva individualidad del ciudadano y la necesidad de colectivizar esta individualidad cultural y racialmente precisamente por las cualidades inherentes de las recién creadas democracias ilustradas. En el contexto de la expansión colonial de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, la raza se convertiría en una verdadera encrucijada teórica para los principios de la ilustración, como se explicará en la siguiente parte de este capítulo. En palabras de Hunt:

As nationalism became more closely entwined with ethnicity, it fed into an increasing emphasis on biological explanations for difference. Arguments for the rights of man had relied on the assumption of sameness of human nature across cultures and classes. After the French Revolution, it became increasingly difficult to simply reassert differences on the basis of tradition, custom or history. Differences had to have a more solid foundation if men were to maintain their superiority to women, whites to blacks, or Christians to Jews. In short, if rights were to be less than universal, equal, and natural, then reasons ←41 | 42→had to be given. As a consequence, the nineteenth century witnessed an explosion in biological explanations of difference. (186)

Pues bien, es interesante reflexionar aquí sobre esta paradoja democrática ilustrada. Si todos los hombres, simplemente por el hecho de haber nacido hombres, tienen una serie de derechos individuales, naturales, e inalienables, pero al mismo tiempo todos viven bajo una nación que ha de ser racialmente homogénea y en la que todos han de tener los mismos derechos, es necesario crear un modelo de ciudadano simbólico que sirva como representante de la nación en el que todos se sientan incluidos, pero que al mismo tiempo, y por definición, excluya a todos aquellos que no encajen en esta definición como resultado de los intereses imperiales de las potencias del Norte de Europa. Y de ahí se deriva la gran contradicción de los principios de la Ilustración: por una parte, la promesa de la universalización de los derechos humanos y la igualdad de los hombres, y por otra, la necesidad de la diferenciación racial como resultado del imperialismo.

Para finalizar esta secuencia de ideas, es interesante mencionar como la estereotipación de un ciudadano modelo positivamente racializado funcionó en el contexto de una relativa homogeneidad racial en los países del norte de Europa. Sin embargo, este modelo no funcionaría de una manera tan sencilla en las potencias del sur. Así mismo, este deseo de homogeneizar identidades nacionales sirvió precisamente para profundizar en las diferencias raciales entre países creando por primera vez dicotomías de superioridad e inferioridad entre el norte y el sur de Europa. De esta manera, los principios de la Ilustración sobre los derechos naturales del hombre y la democracia universal tuvieron como resultado, de manera indirecta e inesperada, y en el contexto de la expansión imperial ilustrada, la creación de profundas divisiones raciales nacionalistas tanto en Europa como en todo el resto del mundo.

3. Razas superiores, naciones superiores.

Al igual que sucedió con los procesos explicados anteriormente sobre el desarrollo histórico del concepto de la ciudadanía, la creación del concepto de la raza blanca no surgió espontáneamente en el siglo XVIII, sino que tuvo un lento desarrollo cuyas raíces se pueden rastrear a las guerras de religión en la Europa del siglo XVI y a la expansión colonial de los imperios protestantes.

Con el fin de entender cómo y por qué en el siglo XVIII se produjo la sublimación de este proceso, esta sección explorará dos líneas que explicarán la fabricación de la idea de la raza blanca (en diálogo con la estructura argumental que Hannah Arendt realiza en Los orígenes del totalitarismo). Así, por una parte, se ←42 | 43→explicará la vertiente europea del proceso y cómo las raíces intelectuales del problema se pueden rastrear a la temprana modernidad y los conflictos entre los católicos y los protestantes en Europa, ya que a pesar de que no fue hasta el siglo XVIII cuando la idea de la raza blanca se consolidaría verdaderamente, existió una evolución lógica de dicho fenómeno. Por otra parte, será necesario entender el papel del imperialismo y de los diferentes modelos de colonización de los imperios del sur y de los del norte de Europa y el papel de la relación entre la raza y el poder a la hora de entender a la población dominada como sujetos que habían de ser integrados socialmente en el imperio, o como sujetos que habían de ser segregados y racializados.

Comenzaré, pues, examinando la vertiente europea, la cual se puede rastrear a la temprana modernidad. Así, durante el siglo XV, sucedieron simultáneamente varios procesos en toda Europa que, por primera vez, servirían para esbozar los comienzos del racismo de la ilustración.

3.1. Raza en la temprana modernidad

Pues bien, el primer país en el que creo que resulta interesante realizar una parada para esta secuencia de ideas es Inglaterra, ya que es aquí donde por primera vez se comenzó a asociar la raza blanca con una supuesta raza superior. Así, siguiendo las ideas de Reginald Horsman en Race and Manifest Destiny. The Origins of American Racial Anglo-Saxonism, las primeras ideas sobre la superioridad de unas razas sobre otras se pueden encontrar en el cisma de Inglaterra con la Iglesia católica. De esta manera, con el fin de justificar la ruptura con Roma, especialmente durante el reinado de la reina Isabel I, numerosos autores tales como el Arzobispo Matthew Parker o John Foxe con Acts and Monuments (1563) comenzaron a desarrollar una fuerte propaganda de tintes religiosos que asociaba al catolicismo con el feudalismo y a las invasiones germánicas del siglo V con la justicia y un sistema político mucho más democrático.

Es interesante observar cómo durante el siglo XVI, no solo en Inglaterra sino en toda Europa, se comenzó a solidificar la idea de entender a la religión como una metáfora de la raza. Así, se comenzó a esbozar tanto en Francia, como en Inglaterra, como en España, la idea de que la pertenencia a una religión (judaísmo, catolicismo, protestantismo) no era una cuestión simplemente espiritual, sino que dicha pertenencia imprimía una serie de cualidades genéticas que se transmitían de generación en generación, así siendo la conversión de una religión a otra un hecho insuficiente para borrar la marca de la religión anterior. Haciendo un breve paréntesis antes de continuar examinando la situación en Inglaterra, que resultará altamente significativa para el análisis de la relación entre el desarrollo ←43 | 44→de la nación-estado y la raza, creo que resulta interesante hacer una pequeña parada tanto en Francia como en España durante sus tempranas modernidades.

La peculiar historia racial española y su relación con el arianismo se estudiará en detalle en el tercer capítulo de este trabajo. Sin embargo, creo que ahora resultará altamente significativo realizar una breve mención a la relación entre religión y raza en España. Siguiendo las ideas de María Elena Martínez en Genealogical Fictions: Limpieza de Sangre, Religion and Gender in Colonial Mexico, el concepto de la pureza de sangre se puede rastrear a la Península Ibérica en el contexto de la imposición de la religión católica como religión predominante del imperio. A pesar de que, según dicha autora, ya durante la Edad Media existieron fuertes tensiones entre los tres grupos religiosos que cohabitaron la Península Ibérica (árabes, judíos y cristianos), el momento en el que la religión pasaría a entenderse como metáfora de raza sería 1492 con el Edicto de Granada y la expulsión de los judíos sefarditas de España. Así, por real decreto, los judíos tuvieron que elegir entre abandonar España y conservar su fe o convertirse al cristianismo e integrarse definitivamente en la sociedad. Se podría argumentar que, con anterioridad a este decreto, el estado de multiculturalismo religioso en la Península Ibérica no implicaba que fuera necesario asociar una religión a la identidad nacional de España. Aunque la posición de los musulmanes y de los judíos fue cambiando a lo largo de la Edad Media en los reinos cristianos, sin embargo, creo que en general se podría argumentar que dichos grupos eran concebidos como súbditos de la corona, por lo tanto, en un contexto social y legal muy diferente al de la ilustración. Pues bien, la supuesta integración que los judíos conversos experimentarían tras su bautismo, en realidad fue un proceso bastante complicado. Es en este momento en el que ciertos autores tales como Martínez o Max-Sebastián Hering Torres, David Nirenberg y de nuevo María Elena Martínez en Race and Blood in the Iberian World, consideran que se puede verdaderamente localizar la relación entre raza y religión.

Así, según todos estos autores, el bautismo cristiano no fue suficiente para borrar socialmente la marca del judaísmo, ya que se consideraba que los judíos poseían cualidades inherentes a su religión que no podían ser transformadas a través de su integración en el cristianismo ya que eran hereditarias. En palabras de Martínez:

Among Old Christians, the newly invigorated concern with lineage was rooted in the idea that “Jewishness” was transmitted in the blood, that it was a natural, inheritable condition. Some therefore came to believe that having even partial Jewish ancestry compromised Christian identity, values, and understandings. This naturalization of a religious cultural identity coincided with the emergence of a lexicon consisting of terms such as raza (race), casta (caste), and linaje (lineage) that was informed by popular ←44 | 45→notions regarding biological reproduction in the natural world and, in particular, horse breeding. (28)

La relación entre raza y religión no fue la única semilla que sirvió para que el racismo científico del siglo XVIII se desarrollara. La relación entre raza y clase también contribuyó activamente a esta cuestión. La idea, ya expresada en la sección anterior de este capítulo, sobre la relación en Francia entre raza y poder se basa en la premisa de que, a la caída del Imperio Romano, los germánicos francos dominaron a los nativos galos por el llamado derecho de conquista. Esta noción de la lucha entre la aristocracia y el tercer estado ha sido ampliamente estudiada en la academia francesa, como indican Sue Peabody y Tyler Stovall en el ya mencionado The Color of Liberty: Histories of Race in France. Según dichos autores, la aparición de la idea de la raza en Francia se puede situar de nuevo en el siglo XV:

The term race entered French usage in the late fifteenth century, probably with the many other contemporary borrowings from the Italian (razza). Used first to define the qualities sought in breeding animals for the hunt or for warfare, race was quickly applied to humans supposed to possess similarly valuable inherited qualities. The term was firstly applied to the King and his ascendants with whom he shared the peculiar attributes of the monarch. Thus the Capetians were deemed the third race of kings, following the Merovingians and the Carolingians. By the 1550s, usage had been extended by analogy to other old families within the nobility, the noblesse de race, differentiating them from the new nobles and the “vulgar”. In short, the term was first associated simply with lineage, rather than with fixed, physically defined differentiations between broad human groups, as it is today. (11)

Así, al igual que sucedió tanto en Inglaterra o en España, en los siglos XV y XVI el concepto moderno de raza comenzaba a ser esbozado, aunque no tenía todavía las connotaciones que más adelante adquiriría en el siglo XVIII. De esta manera, por ejemplo, la tensión existente entre la bestialización retórica del tercer estado por parte de la aristocracia y la diferenciación racial entre francos y galos, en el siglo XVI todavía no se puede considerar como racismo tal y como se comenzó a entender a partir del siglo XVIII, como indican Peabody y Stovall.4 Durante esta época (desde el siglo XV hasta el siglo XVIII), diferentes autores franceses desarrollaron diversas teorías con respecto al origen racial de los franceses y la importancia de la raza dentro de los discursos nacionales. Autores tales como François Bernier (1620–1688), Count Henri de Boulainvilliers (1658–1722) o Georges-Louis Leclerc de Buffon (1707–1788), comenzaron a elaborar diferentes ideas sobre la raza en Francia, que sin embargo tenían en común el pensamiento de que, como se acaba de mencionar, la genealogía no era el único factor de éxito a la hora de catalogar como superiores o inferiores ciertas razas, sino que una ←45 | 46→educación refinada, una buena dieta y otros hábitos de vida tenían al mismo tiempo efectos sobre la población. Sin embargo, de nuevo acudiendo a las ideas de Peabody y Stovall, en relación con el colonialismo francés y su expansión durante el siglo XVII, los discursos raciales comenzaron a endurecerse, no solocon respecto a las nuevas poblaciones que pasaron a incorporarse al territorio francés, sino también con respecto a la dicotomía aristocracia-tercer estado.

Como se puede observar, tanto en Francia como en Inglaterra como en España, durante la temprana modernidad y los diferentes procesos de cambio que se produjeron en dicha época (principalmente la expansión imperial tanto a nivel nacional como transatlántica de dichas potencias, así como la solidificación de la monarquía absolutismo y el concepto de la religión como arma imperial), servirían para preparar el terreno para que más adelante se desarrollara la idea del racismo científico. Y de hecho, Martínez, en su libro, sostiene el argumento de que, contrariamente a la opinión crítica generalizada que propone el siglo XVIII como momento de nacimiento del racismo científico, en realidad este concepto tal y como se entiende modernamente puede ser situado en la temprana modernidad hispánica.5

La posición ideológica de este trabajo se encuentra entre ambas posturas. Así, este libro propondrá la idea de que el concepto de la raza blanca no se creará abruptamente en el siglo XVIII, si no que será el resultado de un lento proceso intelectual de aproximadamente doscientos años en el que los numerosos cambios tanto sociales, como científicos, como geopolíticos, irán transformando y agudizando la percepción de la importancia de la raza en relación al poder. De esta manera, se situarán las raíces del problema de la raza en el siglo XVI, como un claro discurso emergente, pero la ideología de esta época no se entenderá como racismo científico, utilizándose esta etiqueta para los procesos que sucederán en el siglo XVIII, cuando tal discurso se vuelva dominante.

Volviendo al siglo XVI en Inglaterra y a las propuestas de Horsman, creo que resulta interesante observar las primeras conexiones que se realizan entre la producción de historias nacionales, la raza, y la tensión entre la individualidad y la comunidad con respecto a las identidades nacionales del momento. Pues bien, es un hecho conocido que ha habido migraciones humanas de todo tipo a lo largo de la historia en prácticamente todos los países del mundo. Sin embargo, en un lento proceso que comenzó en el siglo XVI y que se dinamitó en el siglo XVIII, se observó una clara tendencia pan-europea de fabricar prístinas historias nacionales en las que un determinado grupo étnico se superponía eliminando a todos los demás y así definiendo racialmente tanto al individuo en concreto como a la colectividad de la nación.

←46 | 47→

Así, durante el siglo XVI, se comenzó a entender la historia de Inglaterra como la historia de los pueblos germánicos. Hasta dicho momento, las invasiones romanas y las leyendas artúricas habían sido escogidas como metáforas de identidades nacionales a la hora de entender los orígenes de los británicos y, sin embargo, como resultado de la propaganda religiosa, se produjo un desplazamiento desde esta perspectiva de la historia hasta privilegiar la posición de las invasiones germánicas.

De esta manera, numerosos autores de la época tales como Richard Vestegen y su Restitution of Decayed Intelligence (1605) y William Camden con su Britania y Remains Concerning Britaine, utilizarían las invasiones germánicas para explicar la historia nacional de Inglaterra. Esta tendencia continuó durante el siglo XVII, de la mano de autores como Tacitus, y de manera interesante, se convirtió durante la segunda mitad de dicho siglo coincidiendo con las revueltas políticas de Oliver Cromwell en un debate nacional al comenzar a entenderse la dicotomía normando-sajona ahora como monarquía-republica (al igual que sucedió en Francia con la dicotomía Antiguo régimen-francos/tercer estado-galos).

A medida que los conflictos políticos de Inglaterra avanzaron, se continuó privilegiando la imagen de una Inglaterra descendiente de las invasiones anglosajonas con instituciones democráticas parlamentarias, en contra de la imagen de la monarquía, lo que sirvió para ir enfatizando la explicación del origen de los británicos como descendientes de los anglosajones que más tarde se afianzaría durante el siglo XVIII. Así, durante esta época, se entendería el periodo anglosajón como una época mítica de la historia de Inglaterra que serviría para crear las bases ideológicas de las teorías raciales de la expansión imperial del norte de Europa.

Pues bien, la primera revolución democrática del siglo XVIII sucedería precisamente en los descendientes directos del Imperio británico, los Estados Unidos de América. Según Horsman, a pesar de la necesidad de desarrollar su propia propaganda para romper con Inglaterra, los estadounidenses se consideraban así mismos una prolongación natural de los británicos, y como tal, no solo heredaron el pensamiento de privilegiar las invasiones anglosajonas, sino que lo romantizaron aún más.

De esta manera, en el siglo XVIII previo a las revoluciones francesa y estadounidense, se desarrolló un sistema de pensamiento que más tarde cuajaría definitivamente tras dichas revoluciones en el que se privilegiaron las invasiones germánicas posteriores a la caída del imperio romano a la hora de reconstruir historias nacionales. Este fenómeno no fue aislado en las Islas Británicas, y tampoco fue aislado a Alemania, sino que se pudo encontrar en toda Europa. De nuevo, según Horsman, los colonos estadounidenses utilizaron fuentes no solo ←47 | 48→inglesas para desarrollar su pensamiento fuertemente anglosajón, sino también francesas. De hecho, uno de los principales defensores y por extensión creadores de la ideología del arianismo fue Thomas Jefferson, el cual sentía una evidente fascinación por el sistema de gobierno, leyes y sistemas de pensamiento de los anglosajones. Evidencia de estas ideas se puede encontrar en obras como Summary View of the Rights of British America, publicada en 1774.

Pues bien, en este momento, creo que es necesario hablar de la relación entre raza e imperio para completar este estudio preliminar de los motivos por los cuales específicamente en el siglo XVIII se articuló la idea de la raza blanca dentro del contexto de la ciudadanía y de la nación-estado, y la posición de España ante tal construcción.

3.2. Raza e imperio

Los diferentes modelos de colonización que las distintas potencias europeas llevaron a cabo son sujeto de grandes polémicas académicas. Particularmente, en el caso español, existe una fuerte división de opiniones que fluctúan entre dos conceptos: la leyenda negra, que podría definirse como el conjunto de acusaciones falsas e injustas, principalmente derivadas de las rivalidades imperiales, que tienen como objetivo difamar la imagen de España a nivel internacional; y la leyenda blanca, que podría definirse como una falsa lectura alternativa de la colonización española como benigna y benévola con los indígenas, que defiende la idea de que el imperio español fue moralmente superior con respecto a las prácticas coloniales al resto de las potencias europeas. Este trabajo tratará de analizar la posición imperial de España no como un caso aislado, sino realizando un estudio comparativo con la situación de sus vecinas potencias europeas. De nuevo, tratar de explicar las ideologías imperiales españolas bajo esta perspectiva ha sido considerado problemático. Las ideas de Christopher Schmitd Nowara en Interpreting Spanish Colonialism: Empires, Nations, Legends ilustran esta discusión:

Among historians of Spain, the effort to link Spanish history to a broader European trends has often ended with the increasingly lame conclusion that Spain was just like the rest of western Europe. This claim seeks to right the more modern inflection of the Black legend, what Richard Kagan has called “Prescot’s Paradigm”, that emphasizes not Spanish cruelty, but backwardness, not only in a European but also in an American and Atlantic context. Assimilating Spain into western European history reached a climax in the recent centenial of 1898 (the Spanish Cuban-American war). While members of Spain’s Generation of ’98 such as Miguel de Unamuno and Pío Baroja lamented Spanish backwardness and decay in the aftermath of rapid defeat by the United States and the loss of the still extremely valuable Caribbean and Pacific colonies, Spanish historians a ←48 | 49→century later emphasized Spain’s fit within the mainstream of Western European history. (9)

Pues bien, este trabajo no pretende realizar lecturas benignas del pasado colonial español, si no entender el motivo por el cual España fue expulsada de la modernidad racial europea durante el siglo XVIII, expulsión que crearía duraderas ramificaciones que todavía pueden rastrearse en las actuales tensiones geopolíticas internacionales. Sin tratar por lo tanto de dulcificar la historia de la conquista española, creo que se puede afirmar sin embargo que existió una evidente diferencia ideológica entre los modelos coloniales del sur de Europa (fundamentalmente España y Portugal), y los del resto del continente (Francia e Inglaterra, principalmente). Así, tal diferencia sería la segregación por parte de los imperios protestantes, y el mestizaje por parte de los católicos.

Como indica Anthony Padgen en Lords of All the World. Ideologies of Empire in Spain, Britain and France c. 1500c. 1800, es posible realizar una división cronológica del imperialismo europeo en dos bloques. El primer bloque, desde 1500 hasta 1700 aproximadamente, según Padgen, supuso la expansión atlántica hacia el nuevo continente recientemente descubierto (desde la perspectiva occidental, claro está): América, y momento de auge de los imperios del Sur de Europa. Desde 1700 hacia adelante, se puede encontrar un nuevo bloque imperial en el que la expansión fue a nivel global y no solo a nivel del continente americano, y en el que se produjo la expansión de los imperios protestantes (junto a Francia).

De esta manera, durante la primera parte de la expansión imperial europea, como indica Padgen, se produjo una asimilación de los valores del imperio romano hasta los de los imperios cristianos en los que se utilizó la conversión al cristianismo como principal herramienta ideológica de la expansión. De esta manera, la forma de entender al “otro” colonizado, supuestamente se eliminaría si había conversión al cristianismo de por medio (subrayo aquí el “supuestamente”, ya que la violencia colonialista de carácter racial fue evidente durante todo el período de la conquista). Sin embargo, es cierto que, desde el punto de vista de sistemas epistemológicos, durante esta época, el racismo como arma de colonización ideológica se encontraba presente, pero en un estado embrionario. En dicho momento, la principal arma de colonización intelectual, en cambio, era la dispersión de la religión, según Padgen.6

Durante el siglo XVI, esta retórica imperialista evangelizadora, discurso dominante del momento, fue interiorizada por las otras dos grandes potencias del momento: Francia e Inglaterra. Con respecto a Francia, en palabras de Padgen: “The Spaniards were not, however, alone in expressing their initial bid for overseas empire as a mission. The French who, initially at least, had had no papal ←49 | 50→sanction and, despite continuing bids from Charles VIII to Louis XIV for the imperial title, no immediate link with the older imperial objectives, had since the days of Francis I framed their colonial projects in very much the same terms as the Spaniards.” (33) Y sobre los ingleses: “Even the English, whose Brand of Christianity by teaching itself from the Papacy had simultaneously detached itself form the historical legacy of the medieval empire, made their earliest claim to legitimacy in the name of the seemingly implausible obligation to covert the heathen to the faith.” (35)

Pues bien, aunque al principio todos los imperios europeos interiorizaran la retórica española de conquista, en referencia a las políticas con respecto a los indígenas, pronto se vieron las diferencias entre el imperio español, el francés y el inglés. No se trata aquí de simplificar las políticas coloniales de los tres países, ya que, durante el primer período colonial, no existió una política racial evidente, debido precisamente a que la ideología del racismo como tal no se hallaba totalmente desarrollada. De esta manera, según Padgen, si bien es cierto que durante el siglo XVI los españoles con su ideología cristiana adoptarían frecuentemente políticas de mestizaje matrimonial, no se puede argumentar que fuera una actitud oficial.7

Los ingleses, en cambio, a grandes rasgos, optaron por una política más evidente de segregación de la población. Pero de nuevo, no se puede afirmar que fuera una actitud totalmente universalizada durante esta primera época del imperio, ya que el racismo científico de la mano del imperialismo todavía se encontraba en un estado totalmente embrionario.

The English, concerned as they were to domesticate what one of them called the “wilderness without any comeliness” of America, found the prospect of intermarriage with Native Americans abhorrent. As Sir Josiah Child remarked in 1665, the Spaniards had benefited from having settled in areas where cities and plantations already existed and which had indigenous populations with whom they could interbreed, whereas the British had only “wild Heathens, with whom they could not, no rever have been known to mix.” The case of Pocahontas and John Smith had been in many ways so very exceptional, because it was unimaginable for most English settlers in America. (150)

Y de igual manera, los franceses tampoco tenían políticas muy claras con respecto al tratamiento de la población indígena durante esta época.

Of all the European powers only the French had attempted to replicate their society in America with a mixed population. Paradoxically Canada was, and remains, more starkly divided between its native and settler populations than any other American community. The long-term effect of Colbert’s scheme had been, as Mirabeau caustically noted in 1758, that “instead of Frenchiying (franciser) the savages, these had savagised the ←50 | 51→French”, making them, in his view, “incapable of that subordination which is the soul of all colonies.” (151)

Según Padgen, los siglos XVI y XVII con respecto a la conquista, fueron momentos de grandes debates a nivel internacional sobre la legitimización de las invasiones por parte de los europeos a los indígenas. Por lo tanto, en esta época no se puede afirmar que existieran políticas raciales fuertemente delimitadas. Además, Padgen propone la idea de que, las poblaciones indígenas que los europeos se encontraron en América tenían estructuras sociales muy diferentes en el escenario hispánico frente al anglo-francés. Los nativos de las tierras que el imperio español reclamó como propias tenían un grado de desarrollo cultural, tecnológico, y agrícola mucho más desarrollado que las tribus nómadas de la costa este de Estados Unidos y Canadá, lo que hizo que las políticas de integración de dichas poblaciones fueran también diferentes. Es importante señalar que los dos imperios, el francés y el inglés, no siguieron políticas exactamente similares en lo que se refiere a la conquista. Pero, como ya se ha indicado, para finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, se extendió por Europa un contagio de discursos teutónicos que contaminarían a todos los países implicados.

En resumen: de manera paralela al endurecimiento de los discursos raciales ilustrados, el siglo XVIII al mismo tiempo experimentó una nueva ola de expansión territorial europea que fue más allá del continente americano y que por primera vez se convertiría en una ambición global. Pareja a esta evolución se produjo una retórica cada vez más evidentemente racista de la mano de la evolución científica del siglo XIX, de esta manera transformando el discurso emergente de la superioridad germánica de la temprana modernidad, a un discurso hegemónico arianista durante la segunda mitad del siglo XIX.

3.3. Raza y nación

Por lo tanto, se puede observar como las discusiones sobre raza y nación se pueden rastrear al siglo XVI con la primera expansión Atlántica de los imperios europeos, y posteriormente al siglo XVIII y a la segunda expansión global imperial de los imperios del norte de Europa.

Durante el siglo XVIII, paralelamente, se produjo un fenómeno que, si bien es cierto que no ocurrió de la noche a la mañana, se vio afianzado durante esta época. Con la positiva secularización del conocimiento, poco a poco se comenzó a producir pensamiento científico fuera de la esfera eclesiástica, lugar donde se había concentrado mayoritariamente la producción de la erudición hasta dicho momento. Este fenómeno tuvo una relación directa con el nacimiento de lo que se denominó racismo científico, es decir, una serie de teorías que argumentaban ←51 | 52→que existían razas inherentemente superiores o inferiores, negando la teoría bíblica del origen común de la humanidad en el Jardín del Edén. Así, especialmente durante la segunda mitad del siglo XVIII, numerosos autores de distintos países comenzaron a desarrollar sus primeras teorías raciales. Según P. D. Curtin en “ ‘Scientific Racism’ and the British Theory of Empire”:

A new element was added in the second half of the eighteenth century. With the growth of respect for scientific knowledge, some Europeans began to set racial thought in more “scientific” terms. They claimed to prove the innate superiority of one race and the inferiority of all others by what passed for rational and objective demonstration. The doctrine first made its appearance in the wake of the major biological studies of Linnaeus and Buffon. In a frame work of biological thought chiefly concerned at that period with classification and dominated by the idea of the “Great Chain of Being”, species and sub-species were arranged in a systematic hierarchy according to descent from “higher” to “lower” levels of existence. If all animals fitted into a fixed order on the scale of creation, it was natural to assume that the types of mankind also fell into some sort of hierarchical arrangement – that some races of men were “higher” and others “lower”. (41)

Este fenómeno, sin embargo, durante el siglo XVIII, no se encontraría totalmente afianzado. Como indica Horsman, durante esta época se puede observar el legado de la propaganda resultado de las guerras de religión europeas con el auge del teutonismo, es decir, la creencia generalizada de que las invasiones germánicas a la caída del imperio romano a los diferentes países europeos trajeron consigo una superioridad institucional, política, social, y en cierta manera, también racial. Sin embargo, a pesar de que entre los más célebres teutonistas de la época se puedan contar a personajes tales como Montesquieu, Jovellanos o Jefferson, el pensamiento que situaba a la raza aria como superior a todas las demás no se encontraba totalmente desarrollado. Las discusiones francesas sobre los francos y los galos ejemplifican esta falta de acuerdo común. También, en el caso inglés, se produce una frecuente confusión entre los celtas y los arios, como indica Horsman8.

Pues bien, teniendo en cuenta todo lo explicado hasta ahora a lo largo de todo este capítulo, creo que es el momento de subrayar la tesis principal que se desarrollará a lo largo de este libro.

Como resultado del desarrollo por una parte del concepto de la ciudadanía y por otra de la relación entre la raza y la nación, durante el siglo XVIII se producirá un fenómeno único y que puede situarse temporalmente de manera muy clara en este momento. Dicho fenómeno será la racialización positiva de un ciudadano modelo que se convertirá en el estereotipo de las recién creadas naciones estados.

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Como ya se ha explicado, durante el siglo XVIII como resultado de las revoluciones estadounidense y francesa, se definió legalmente por primera vez la categoría exclusiva de ciudadanía. Paralelamente, como resultado del desplazamiento de la figura del rey a la del ciudadano como la nueva sinécdoque que serviría para representar a la recién creada idea de la nación, se necesitaría crear una nueva categoría que pudiera combinar la individualidad recientemente adquirida con la colectividad retórica de las nuevas repúblicas. Como resultado de la expansión del imperialismo y de la propia historia intelectual del racismo en Europa que, como ya se ha explicado, se puede rastrear a los siglos XVI y XVII, la elección del pasado germánico de los distintos países europeos fue la preferida a la hora de escoger un nuevo modelo de ciudadano que serviría para crear la ilusión de un prístino pasado racial que anticiparía un futuro de dominación imperial.

El fenómeno cultural que acompañaría a este fenómeno intelectual, legal y político, sería la reescritura de las historias nacionales tanto de España, como de Francia, como del Reino Unido, que tratarían de superponer las invasiones germánicas de cada país a todas las anteriores con el fin de evitar un desplazamiento racial por parte de los dos imperios cuya expansión los hacía más peligrosos en dicho momento: el británico (y su hijo ideológico, el estadounidense), y el alemán.

Sin embargo, como ya se ha indicado, el siglo XVIII supuso el comienzo de dicho fenómeno, y en este momento, las rivalidades imperiales por parte del control político a nivel mundial todavía se encontraban lo suficientemente equilibradas como para que la producción de un discurso racial hegemónico todavía no fuera totalmente viable.

Este fenómeno se encuentra tanto en la discusión académica que se produjo en aquel momento tanto a la hora de escribir las historias nacionales de los distintos países mencionados, como en la agresividad de las políticas imperiales de la época. En el caso británico, se encuentran numerosas obras que datan del siglo XVIII que presentan puntos de vista contradictorios con respecto a la historia nacional. Como indica Horsman, la dispersión del libro del francés Paul Henri Mallet L’Introduction à l’histoire de Dannemarc, si bien es cierto que sirvió para diseminar el pensamiento de que los descendientes de los germanos eran superiores al resto, todavía presentaba una confusión evidente entre celtas y germanos. Como ya se ha indicado, en la Francia Revolucionaria se volvió a retomar el viejo debate de entender los orígenes raciales de la nación francesa como descendientes de los nativos celtas galos que se asociaban al tercer estado, los francos invasores que se asociaban a la aristocracia, o una mezcla de ambos.

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La Revolución Francesa trajo consigo un gran debate, y como ya se ha explicado, si bien es cierto que se declaró al ciudadano oficial como ciudadano francés de raza blanca, también es cierto, como indica Lynn Hunt en Inventing Human Rights, que se prohibió la esclavitud en las colonias francesas en 1794, aunque esta se volvió a instaurar en 1802 de la mano de Napoleón. De igual manera, las políticas raciales en las colonias se encontraban en este momento en un estado de flexibilidad, ya que como indica Sue Peabody en The Color of Liberty, durante el siglo XVIII la situación de mestizaje entre franceses y población de origen africano era común en las colonias francesas en el Caribe. Y sin embargo, como resultado de la emancipación de los esclavos, se produjeron nuevas formas de racismo antes desconocidas. En palabras de Peabody:

As I have argued elsewhere, in the French Caribbean during the 1790s, administrators developed a form of “Republican Racism”, which justified and enforced new kinds of racial exclusion through arguments about the incapacity of recently freed slaves to be full citizens and which maintained a racialized labor regime. In this respect, the story of these regimes represents an early example of the broader process through which the contractions and failures of emancipation led to new forms of racial exclusion. These forms of racial exclusion, themselves premised on and responses to projects of racial equality, have functioned with durable effectiveness in the democracies of the Americas. (96)

Paralelamente, figuras como Henri Grégoire (1750–1831), un sacerdote católico francés, fuerte defensor de la universalización de los derechos civiles revolucionarios a las minorías étnicas y religiosas, producirían discursos contemporáneos a los teutonistas y geográficamente deterministas de Montesquieu. Y otro tanto sucedería en los Estados Unidos, donde según Horsman, en los primeros años de la república, el propio Jefferson llegó a proponer una política de integración racial de los nativos americanos con los invasores británicos.

El siglo XVIII por lo tanto plantó las semillas de la discordia racista, pero no fue hasta bien entrado el siglo XIX cuando dichas semillas florecerían totalmente de la mano del posicionamiento indiscutible de los imperios británicos, germánicos y estadounidenses como jefes del mundo. Como indican John P. Jackson y Nadine M. Weidman en “The Origins of Scientific Racism”, no será hasta la mitad del siglo XIX con figuras como Charles Darwin, Francis Galton, Joseph Arthurh de Gobineau, Houston Stewart Chamberlain o Madison Grant, entre muchos otros, cuando se comenzó a considerar el arianismo primero y el nordicismo después como pensamiento hegemónico.

Existen numerosas discusiones académicas sobre la relación entre poder político y poder intelectual. Así, existe un gran debate académico sobre donde situar a la modernidad, y como resultado de esta decisión sobre donde localizarla, por ←54 | 55→consiguiente, numerosos debates sobre cuáles son las propiedades de la modernidad. Estas discusiones se explorarán en detalle durante el tercer capítulo de este trabajo, pero por ahora, creo que es interesante mencionar las propuestas de Michael Iarocci en Properties of Modernity. Romantic Spain, Modern Europe and the Legacies of the Empire. Aquí, Iarocci propone que, con el fin de entender la manera en la que se configura el romanticismo europeo y la posición de España dentro de ese movimiento, es necesario retroceder al siglo XVIII y a la configuración de la modernidad. Así, de la mano del empoderamiento de los imperios del norte de Europa se produjo una nueva brecha histórica que haría que para dichos países (fundamentalmente Francia, Inglaterra y Alemania) entendieran el siglo XVIII como su modernidad. En dicho panorama, España se configuró como barbárica y atrasada, coincidiendo con la decadencia de su imperio. Por lo tanto, España fue expulsada de la modernidad intelectual europea.

Simultáneamente a este proceso, como ya se ha indicado a lo largo de este capítulo, se podría teorizar la idea de que, de manera paralela a la modernidad intelectual, se configuró una modernidad racial. El concepto de la raza blanca como producto intelectual de la modernidad imperial del norte de Europa sería una de las ramificaciones de la situación socio-política de dichos países. Y España, de nuevo, seria expulsada de esta otra modernidad.

4. Conclusión

Después de haber analizado a lo largo de estas páginas los procesos de construcción de identidades nacionales en Europa durante el siglo XVIII y esbozar la posición de España (la cual se abordará extensivamente en las siguientes páginas) dentro de esta historia intelectual, la pregunta que me resulta interesante formular ahora es: ¿hasta qué punto esta expulsión fue definitiva durante el siglo XVIII? Y lo que es aún más importante, ¿hasta qué punto fue interiorizada y admitida desde el punto de vista de los españoles? Como ya se ha indicado, la fabricación del racismo científico como campo de conocimiento y su aceptación por parte de la población educada del momento fue un proceso lento que no se produjo de la noche a la mañana. La expulsión de España de la modernidad racial europea por lo tanto no fue aceptada por los intelectuales del siglo XVIII español, los cuales tratarían de fabricar sus propias fantasías narrativas nacionales en las cuales se incorporaría la retórica teutónica y se trataría de crear un sujeto positivamente racializado que representara a España como nación. Sin embargo, al mismo tiempo, se observarán otras formas de teorizar la nación durante esta misma época de la mano de la llamada escuela de los arabistas (mencionada por ←55 | 56→Susan Martin Marquez en Disorientations: Spanish Colonialism in Africa and the Performance of Identity).

Pese a esta actitud de asimilación, debate o resistencia sobre la estereotipación racial positiva del ciudadano español durante el siglo XVIII, a medida que avance el siglo XIX y a medida que el resto de los imperios europeos desplacen definitivamente a España de su posición hegemónica, dichas narrativas se endurecerán cada vez más. España observará como, debido precisamente a su incapacidad para reciclar su identidad imperial de la mano de la modernidad ilustrada, se producirá su racialización definitiva durante las primeras décadas del siglo XIX, proceso que se analizará en detalle en las próximas páginas.

Notes

1. We have certainly still to speak of the “dominant” and the “effective”, and in these senses of the hegemonic. But we find that we have also to speak, and indeed with further differentiation of each, of the “residual” and the “emergent”, which in any real process, and at any moment in the process, are significant both in themselves and in what they reveal of the characteristics of the “dominant”. (122)

2. La transformación de la sociedad medieval en una sociedad moderna y el nacimiento de la mano del concepto de soberanía de un orden de poder desvinculado de las ataduras morales y religiosas de antaño no trajeron consigo el cambio de una sociedad jerárquica a una sociedad etárquica, ni la nacionalidad sirvió a esa finalidad de inclusión e igualación social. Los diversos estratos sociales (aristocracia, clero y estado llano) pervivían bajo el vínculo de la soberanía del monarca, con lo que seguía estando presente el riesgo de desintegración de unos grupos humanos mucho más numeroso que los de las ciudades-estado griegas, puesto que aquella concepción metapositiva del individuo y de la sociedad ya no vinculaba al soberano. No era suficiente la cohesión del corpus político del emergente Estado-nación, que venía de la mano del proceso de asimilación cultural, al que contribuían los criterios de atribución de la nacionalidad manejados por el Antiguo Régimen. Era precisa una revolución filosófico-política que, sin deshacer la diferenciación funcional del poder político, pusiese coto a los efectos que traía consigo su institucionalización como un poder absoluto, que no solo conllevaba abuso e injusticia, sino también imperialismo cultural y social. Como es sabido, esa revolución se produjo durante los siglos XVII a XIX de la mano del pensamiento liberal-democrático. En este contexto, la ciudadanía participativa va a recuperar el protagonismo perdido tras la caída del Imperio Romano y se va a especializar funcionalmente al servicio de los fines políticos que trataban de alcanzar esos movimientos revolucionarios. Aunque en principio se distingue de la ←56 | 57→nacionalidad (ciudadanía-sujeción), después se vincula a esta hasta el punto de llegar a confundirse total o parcialmente con ella en una sola categoría, de idéntico o diverso nombre según las tradiciones constitucionales. (42)

3. En la Europa continental desde los movimientos liberal-democráticos la titularidad y el ejercicio de la soberanía se ha vinculado mayoritariamente a un colectivo nacional constituido por el pueblo del Estado. Ciudadanos, pues, se han considerado en el más estricto sentido del término a un subconjunto de los miembros del pueblo, los nacionales, a los que se imputa la soberanía; los primeros (los ciudadanos), caracterizados por su capacidad para ser titulares y/o ejercer los derechos de participación en los que se plasma aquélla; y los segundos (los nacionales), caracterizados por conformar el sujeto colectivo de la soberanía a partir de un pacto político y de un acervo étnico-cultural común más o menos intenso. Quizás ello pudiese tener explicaciones histórico-políticas, derivadas del nacimiento y consolidación del Estado-nación a partir del siglo XVII, e incluso es posible que tuviese un elevado grado de congruencia con el relativamente pequeño flujo migratorio global que existía entre las poblaciones de los recién constituidos Estados (por lo menos en Europa). (7)

4. Unlike the modern advocates of race, however, noble theorists of the sixteenth century did not see such qualities as fixed or inevitable. Not only was there a real sentiment that the nobility could degenerate, but most thinkers believed that the new nobles, after three or four generations, could shed their “vulgar” origins. Furthermore, the transmission of noble qualities had as much to do with familial training as with cultural inheritance. Indeed, good breeding was not only a matter of proper parentage, but also of an appropriate education, and even of the proper diet. Race, then, in the sixteenth century context, remained narrowly defined as direct lineage and had none of the generic connotations of its modern counterpart. Even the much vaunted Frankish origins of the nobility, used to differentiate gentilshommes from routuriers by right of conquest, did not imply a common biological origin of the nobility, since the Franks were regarded not so much as a tribe than as a group of free Warriors, unconnected by blood. (12)

5. The argument that using the notion of race to study the period prior to the nineteenth century is anachronistic has of course not been made exclusively by Latin Americans. Indeed, the standard chronology (and teleology) of the concept is that it had not yet crystallized- assumed its full essentializing potential- in the early modern period because of attitudes regarding phenotype usually combined or competed with ideas of cultural or religious difference. According to this account, race did not appear until the nineteenth century, when pseudoscience anchored it in biology, or rather, when biology anchored it in the body much more effectively than natural philosophy and natural history ever did. It is true that the concept of race generally became more biologistic in that ←57 | 58→period, and it is of course important not to project its modern connotations to previous eras. But arguing that racial discourses took a particular form in the nineteenth century is one thing; contending that they did not operate in the early modern period, quite another. In the past three decades, a number of scholars have demonstrated that the meanings and uses of the concept of race have varied accross time, space, and cultures and that even in modern times, it has not relied exclusively on biological notions of difference but rather has often been intertwined with culture and/or class. To elevate “race as biology” to an ideal type is to set up a false dichotomy -to ignore that racial discourses have proven to be remarkably flexible, invoking nature or biology at one point, culture more at another. The shifting meanings and uses of race simultaneously underscore its social constructedness and suggest that there is no single, transhistorical racism but rather different types of racisms, each produced by specific and social historical conditions. The historian’s task is precisely to excavate its valences within particular cultural and temporal contexts, study the processes that enable its reproduction, and analyze how it rearticulates or is “reconstructed as social regimes change and histories unfold”. (11)

6. The commitment to a programme of evangelization by the Spaniards, whose sovereignn durin the period of greatest overseas expansión also bore the title of Holy Roman Emperor, was, in a sense, inescapable. It was reinforced by the fact that the Castilian claim to the American possessions rested in the first instance upon a papal grant. The Bulls (five of them in all) issued by Pope Alexander VI in 1493 conceded to Ferdinand and Isabella the right to occupy a region vaguely defined as “such islands and lands… as you have discovered or are about to discover.” Until the late eighteenth century, these Bulls were represented in the historiography of the Spanish empire as a donatoin, and as a donation they were looked upon as being, in some sense, analogous with the Donation of Constantine. They may not have provided the Castilian Crown with undisputed dominium in America, but htey did offer a link with the empire in the West, which even those who rejected the Papacy’s claim to possess sovereignty over “all the world” were reluctant to lose. This may explain why so many Spanish writers, from Francisco de Vitoria in the 1530s to the jurist Gregorio López-who rejected most other aspects of Vitoria’s Works -to Francisco de Ugarte as late as 1655, were prepared to insist upon the authenticitty of a document which had been shown to be a forgery as early as 1440. (33)

7. The Spaniards, whose native populations had entered the historiography of the empire as noble, if primitive, warrios, were seen, at least at first, as potential marriage partners, although the Crown did nothing to encourage such unions. Some members of the conquistador class even attempted liaisons with what they identified as a native aristocracy. Francisco Pizarro’s brother Gonzalo, in revolt against the Crown, declared that he would marry an Inca princess and thereby make himself King of Peru. He was killed before he had time to put ←58 | 59→this novel dynastic Alliance into action. Such cases, however, were rare, and by the eighteenth century Alliance with the Native American aristocracy had been confined to a series of metaphors which preserved, as far as posible, the greatest possible distance between true criollos, the now mythologized “Aztec” and “Inca” past on the one hand, and the grim realities of the mestizo underclass and the still autonomous Amerindian peoples on the other. Racial integration in Spanish America, although it was no result in wholly new groups of peoples wih distinctive cultures, and ultimately distinctive political aspirations of their own, played no part in the crown’s conception of the empire as a single cultural and political unit. (150)

8. Until well past the middle of the eighteenth century, the often repeated admiration for the Germanic people was beset with a confusion which reveals a lack of specific racial thinking. As yet the peoples and tribes of early European history had not been firmly linked to Germanic or non-Germanic roots in view of their supposed accomplishments or failures. The Germanic tribes were extensively praised, but no great efforst had been made to thrust particular western European peoples outside the Germanic orbit. Germans and Celts were often confused. Cluverius in the early seventeenth century had divided the primitive peoples of Europe into Celts (including Gauls, Britons, Germans, Saxons, and others) and Sarmatians (the Slavs). This confusion was continued by Pelloutier as late as 1750, and in the 1760s Gibbon described the Edda as the sacred book of the ancient Celts. (29)

Details

Pages
250
ISBN (PDF)
9783631827574
ISBN (ePUB)
9783631827581
ISBN (MOBI)
9783631827598
ISBN (Book)
9783631816523
Language
Spanish
Publication date
2020 (July)
Tags
Intellectual History Spanish Nation / Ilustración Romanticismo Estudios culturales Historia de las Ideas Historia intelectual Nación española.
Published
Berlin, Bern, Bruxelles, New York, Oxford, Warszawa, Wien, 2020. 250 p.

Biographical notes

Elena Fernández Fernández (Author)

Elena Fernández is a Post-Doctoral Researcher at the Technical University of Munich. She received her PhD from the University of California, Berkeley, in Hispanic Languages and Literatures

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Title: Raza y nación. Estereotipos nacionales extranjeros y peninsulares en España (1750-1833)