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Las insolentes: desafío e insumisión femenina en las letras y el arte hispanos

by Teresa Fernández-Ulloa (Volume editor) Miguel Soler Gallo (Volume editor)
Edited Collection 402 Pages

Table Of Content

  • Cubierta
  • Título
  • Copyright
  • Sobre el autor
  • Sobre el libro
  • Esta edición en formato eBook puede ser citada
  • Prefacio: Imperecedera y necesaria insolencia
  • Índice
  • Lista de autores
  • Capítulo 1 Desde la clausura en el Siglo de Oro: intelectualidad, mística y poder en sor María de Jesús de Ágreda y sor Marcela de San Félix
  • Capítulo 2 Liberadas del olvido: un canon de escritoras áureas
  • Capítulo 3 Los “papeles” de la prensa como arma liberal en el exilio angloespañol decimonónico y el panamericanismo hispano
  • Capítulo 4 Pilar de Valderrama y la identidad femenina en la España del siglo XX
  • Capítulo 5 Autobiografía, resistencia e identidad en Cómo fue España encadenada de Carlota O’Neill: la guerra civil española en cuerpo y voz de mujer
  • Capítulo 6 La educación en la II República: idealismo y vocación. En homenaje a Josefina Aldecoa
  • Capítulo 7 Análisis argumentativo de un discurso pedagógico: Historia de una maestra, de Josefina Aldecoa
  • Capítulo 8 La insolencia y heroicidad de las “señoritas” de la Sección Femenina de Falange en la ficción sentimental: Mercedes Ballesteros, Josefina de la Torre, Carmen de Icaza y Mercedes Formica
  • Capítulo 9 El silenciamiento femenino en la obra de Amelia Díaz Benlliure y Mar Busquets-Mataix
  • Capítulo 10 Del “yo” al “nosotras”: teatro, autoficción y discurso crítico en la escena española
  • Capítulo 11 Lo fantástico y maravilloso en la poesía de Albis Torres
  • Capítulo 12 Una mirada sobre la mujer actual a través del mito clásico: desdoblamiento y parodia en Mercuriales de Ana Sofía Pérez-Bustamante
  • Capítulo 13 El autorreconocimiento de la mujer a partir de la lengua poética nicaragüense: cuatro poemas de Daisy Zamora
  • Capítulo 14 Música, palabra e imagen como medios de sanación, agencia y denuncia en el hiphop de Rebeca Lane
  • Capítulo 15 La lengua española, marcador biopolítico interseccionado a través de pensadoras y creadoras chicanas
  • Capítulo 16 Habla Women : representaciones lingüístico-ideológicas en el discurso de las latinas en Estados Unidos
  • Capítulo 17 La conceptualización lingüística del tabú en el discurso humorístico subversivo femenino
  • Capítulo 18 Fotolibro, narrativa visual e identidad femenina desde el testimonio ético

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Lista de autores

Elena María Benítez-Alonso

Universidad de Sevilla, Sevilla, España.

Antoni Brosa Rodríguez

University of Lodz, Lodz, Polonia / Universitat Rovira i Virgili, Tarragona, España.

Diana Fernández Romero

Universidad Rey Juan Carlos, Madrid, España.

Teresa Fernández Ulloa

California State University, Bakersfield, Estados Unidos.

María Victoria Galloso Camacho

Universidad de Huelva, Huelva, España.

Lorena García Barroso

Columbia University, Nueva York, Estados Unidos.

Guillermo González Pascual

Universidad de Valladolid, Valladolid, España.

Bethania Guerra de Lemos

Universidad Complutense de Madrid, Madrid, España.

Esther Linares Bernabéu

Universidad de Alicante, Alicante, España.

María del Carmen López Ruiz

Universidad de Córdoba, Córdoba, España.

Sonia Núñez Puente

Universidad Rey Juan Carlos, Madrid, España.

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Gema Pastor Andrés

Universidad Rey Juan Carlos, Madrid, España.

Laura Redruello

Manhattan College, Nueva York, Estados Unidos.

María José Rodríguez Campillo

Universitat Rovira i Virgili, Tarragona, España

Ígor Rodríguez-Iglesias

Universidad Autónoma de Madrid, Madrid, España.

Elia Saneleuterio

Grupo de Investigación TALIS-Universitat de València, Valencia, España.

María Florencia Saracino

Universidad de Buenos Aires, Buenos Aires, Argentina / Università di Roma, la Sapienza, Roma, Italia.

Miguel Soler Gallo

Universidad de Salamanca, Salamanca, España.

Mario de la Torre-Espinosa

Universidad de Granada, Granada, España.

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Miguel Soler Gallo/Teresa Fernández Ulloa

Capítulo 1 Desde la clausura en el Siglo de Oro: intelectualidad, mística y poder en sor María de Jesús de Ágreda y sor Marcela de San Félix

Vicio es creerlo todo; y vicio es no creer nada: lo justo será
asegurarte con prudencia.

Sor María de Jesús de Ágreda

Sufre que noche y día / te ronde aquesas puertas, /

exhale mil suspiros, / te diga mil ternezas.

Sor Marcela de San Félix

Resumen: En el presente trabajo se estudian algunos rasgos de la vida y obra de dos mujeres religiosas que ejercieron poder e influencia durante el Siglo de Oro español: sor María de Jesús de Ágreda y sor Marcela de San Félix. La primera, además de escritora y mística, fue consejera del rey Felipe IV, posición desde la cual llegó a controlar determinados aspectos de la política del país; la segunda, merece ser conocida en las letras por méritos propios y no por ser la hija de Lope de Vega, aspecto que ha condicionado su reconocimiento. Mujer de fuerte personalidad, llegó a ejercer diferentes cargos dentro de la orden en la que profesaba, hasta llegar a ser abadesa, como también lo fue sor María de Jesús de Ágreda. A través de ambas figuras se puede deducir que los conventos fueron lugares en los que se cultivaban, como en ningún otro lugar de entonces, el arte, la creatividad y la inteligencia para las mujeres.

Abstract: In this paper, some features of the life and work of two religious women who exercised power and influence during what is known as the Spanish Golden are studied. They are Sister María de Jesús de Ágreda and Sister Marcela de San Félix. The former, in addition to being a writer and mystic, was an advisor to King Felipe IV, a position from which she came to control certain aspects of the country’s politics; the second, deserves to be known in the letters on her own merits and not for being the daughter of Lope de Vega, an aspect that has conditioned her recognition. A woman with a strong personality, she came to hold different positions within the order in which she professed, until she became abbess, as was Sister María de Jesús de Ágreda. Through both figures it can be deduced that the convents were places in which women art, creativity and intelligence were cultivated, as nowhere else at that time.

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Palabras claves: Siglo de Oro, escritoras, mujeres religiosas, conventos, poder, influencia

Keywords: Golden Age, writers, religious women, convents, power, influence

1.Introducción. Parir o rezar: la situación de la mujer en la España del siglo XVII

La situación de las mujeres en la España del siglo XVII bien podría definirse como una historia de silencio. Sin embargo, si se estudia en profundidad es posible hallar ejemplos de mujeres con cierta representatividad en la sociedad y en la cultura del momento. En lo que se refiere a la creación literaria, existen voces femeninas que fueron condenadas al ostracismo por el mero hecho de ser mujeres, aunque sus obras siguieran las tendencias artísticas de la época. Entre otros, se pueden citar los nombres de Feliciana Enríquez de Guzmán, Ana Caro de Mallén, María de Zayas y Sotomayor, Leonor de la Cueva y Silva, Ángela de Azevedo1, sor Juana Inés de la Cruz, sor María de Jesús de Ágreda y sor Marcela de San Félix, las dos últimas estudiadas en este trabajo.

Retrocediendo un poco en el tiempo, se encuentra que, desde fines de la Edad Media hasta principios de la Edad Moderna, las mujeres en España habían disfrutado de igualdad con los hombres en materia económica, de trabajo y hasta en la vida sexual, según nos recuerda Milagros Ortega Costa (1989, p. 89), lo que no se daba en otros países. Según la autora:

Women founded and funded monasteries, convents, and hospitals and often wrote the charters by which the life within was regulated; women paid the same taxes as men, and in Madrid, for instance, the property census of buildings and dwellings show female participation in the production and services; women even taught at the university at least in a couple of known cases; and since 1581 women acted in the theatre.

El estatus de la mujer comienza a deteriorarse en el siglo XVI con el mercantilismo, con pocas oportunidades para que las mujeres trabajaran. En relación con la igualdad sexual, la Nueva Recopilación de 1569 reconocía el derecho del esposo a matar a su mujer si esta cometía adulterio. De Institutione foemina christiana de Juan Luis Vives tampoco ayudó mucho ni La perfecta casada de Fray Luis de León.

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Ortega-Acosta se ocupa de una serie de mujeres que estuvieron directamente relacionadas con la Reforma y que representan los modelos femeninos de la época: monja, beata y ama de casa. Todas ellas muestran la participación de las mujeres en los intentos de reforma de la época, desde fines del XV hasta comienzos del XVII. Entre ellas, aparecen Isabel de Castilla, sor María de Santo Domingo, Isabel de la Cruz, María de Pacheco, María de Cazalla, Francisca Hernández, Leonor de Vivero, Isabel Ortiz, María Vela y Cueto, Luisa de Carvajal y Mendoza…

Durante el siglo XVII, convivieron dos circunstancias que influyeron en la mala consideración que se tenía de las mujeres: el pensamiento misógino, que venía desarrollándose desde los siglos anteriores, y la doctrina surgida a raíz de la Contrarreforma. Ambas coincidían en la idea de que las mujeres, como descendientes de Eva, trajeron los males a la humanidad. Representan el pecado y solo se excluye a la Virgen María, convertida en modelo femenino y especie de segunda oportunidad que la Iglesia ofrece a la mujer para llevar a cabo una vida ejemplar.

Nadie estaba a salvo del pecado; había que evitar la perdición del alma y la corrupción del cuerpo que traían la consecuente condenación en el Infierno. En este sentido, la concepción que se tenía de la mujer puede resumirse con las siguientes palabras de Sánchez Lora:

El pensamiento patrístico sobre la mujer, base de los textos teólogos, filosóficos, científicos, sacerdotes, etc., conformó y sustentó la idea que se tenía de la naturaleza femenina y atravesó, de una u otra forma, toda la Edad Media en Europa. No obstante, dicho pensamiento al pasar a la modernidad tuvo cambios, no de esencia, pero sí de complejidad por toda la influencia humanista renacentista, se pasó de ver a la mujer no solo como un instrumento del demonio para arrastrar al hombre al pecado, sino también, como factor de disolución social. (1988: 40–41)

Ese «factor de disolución social» se explicaba a partir de la idea del honor, que era considerado el bien supremo de las familias. José Antonio Maravall indicaba que el honor se convirtió, en el siglo XVII, en una manifestación social (1979: 68), y lo definía como «el premio de responder, puntualmente, a lo que se está obligado por lo que socialmente se es» (1979: 33). Las mujeres eran quienes mancillaban el honor familiar, ya que podían embaucar a un hombre casado, o bien podían ser las afrentadas, por ejemplo, a través de una violación. En ambos casos, el honor quedaba agraviado y la fama –concepto eminentemente medieval– quedaba en entredicho. El resultado era la infamia pública que se solventaba con el silencio (apalabrando el matrimonio con quien hubiese cometido la acción) o con la muerte. En caso de que no se pudiese remediar y la mujer ←15 | 16→quedase embarazada y decidiese seguir adelante, se solía abandonar la criatura, surgiendo así el expósito, en un proceso llevado con la mayor discreción y en secreto.

El papel de ambos sexos en la sociedad estamental del siglo XVII estaba perfectamente delimitado y la honestidad de la mujer era fundamental para mantener el orden social y asegurar que toda vinculación estamental fuese legítima. Del mismo modo, es determinante señalar que no podía existir honestidad sin que hubiese castidad, esto es, sin que se conservase pura o, al menos, fiel a su marido. Para Presentación Pereiro, la mujer era la encargada, con su actitud silenciosa, de crear para el marido un espacio privado, mientras que él debía desarrollarse en el público (1987: 60). La escritora y abogada Mercedes Formica describía así las opciones de vida que tenía la mujer en aquella época:

La mujer estaba sometida a la tutela del varón de la familia. Padre, hermano, tío, marido. Muy pocas vivieron solteras, es decir, sueltas. De ahí la preocupación de hacerlas “tomar estado”. Estado de casada, o estado religioso, medios de sujetarlas al marido o al Provincial de la Orden de su comunidad. (1973: 76)

Algunas excepciones eran las mujeres que se quedaban en sus hogares cuidando a sus progenitores ancianos o aquellas que provenían de buenas familias, fundamentalmente emparentadas con la nobleza, que se dedicaban a ejercer como damas de la reina en la corte. Por su parte, las madres viudas preferían vivir como “recogidas” en las viviendas de las hijas casadas, o en monasterios de categoría, en calidad de “señoras de piso”2 (Formica, 1973: 76–77).

Junto a la casa, el convento y el monasterio se convirtieron en una morada más para las mujeres. La entrada en la religión de estas otorgaba prestigio a las familias y libertad y poder a las que tomaban el hábito. Las monjas lograban un estatus distinto al de las mujeres civiles, en su mayoría, analfabetas3. No hay que olvidar que se daba por sentado que, para desempeñar labores derivadas de la maternidad y la domesticidad, no era necesaria la instrucción. De acuerdo con esta idea, resultan significativas las palabras de sor Juana Inés de la Cruz ←16 | 17→contenidas en la Respuesta a sor Filotea (1691) «Yo no estudio para escribir, ni menos para enseñar (que fuera en mí desmedida soberbia), sino solo por ver si con estudiar ignoro menos» (2004: 30). Para la sociedad del siglo XVII, la incultura y el poco desarrollo intelectual de las mujeres eran sinónimo de buenas cristianas, de «cristianas viejas». Esta época, definida por Américo Castro como «la edad conflictiva» (1961), destacó por el especial cuidado que se puso desde el seno de la Iglesia Católica en las genealogías de las familias con la idea de descubrir si había «sangre manchada», es decir, «cristianos nuevos» o judeoconversos. Y uno de los primeros indicios que hacía sospechar la procedencia judaica de un individuo era la inteligencia y el interés por la cultura. Miguel de Cervantes, en el entremés La elección de los alcaldes de Daganzo (1615), refiere a esta cuestión con el personaje de Humillos, el cual se expresa así sobre quienes sabían leer, considerado esto el primer peldaño de la cultura: «Que se pongan a aprender esas quimeras, / Que llevan a los hombres al brasero, / Y a las mujeres a la casa llana» (1997: 108). Cervantes advertía así del peligro de la instrucción, que podía conducir al hombre a la hoguera y a la mujer al prostíbulo, por ser indicativo de procedencia hebrea. Francisco de Quevedo, en el Libro de todas las cosas (1631), ratifica las palabras del personaje de Cervantes cuando recomienda que «para ser caballero o hidalgo, aunque seas judío o moro, haz mala letra, habla despacio y recio, anda a caballo, debe mucho y vete donde no te conozcan, y lo serás» (1966: 115). Respecto a la «cristiana vieja», Formica emitía el siguiente juicio:

El temperamento de la cristiana, sosegado, sumiso, buscó refugio en los monasterios y su interés por la cultura fue nulo o se manifestó muy débilmente. Tenerlo significaba casta manchada, «oler a chamusquina», frase hecha alusiva a las terribles penas del Santo Oficio. Lo que podía suceder era tan grave, que la manifiesta indiferencia hacia lo intelectual, de este sector de españolas, quizá la motivó el miedo a ser tachadas de conversas. (1979: 131)

En tal contexto, era complicado para las mujeres civiles dar rienda suelta a la creatividad, de ahí que la mayoría de las escritoras fueran monjas, porque las sospechas hacia ellas eran menores, pues escribirían para sus comunidades de religiosas y siempre supervisadas por sus confesores, para que no se salieran de la moralidad. Pero lo cierto es que se las ingeniaron para que sus obras fuesen publicadas y atendidas, aunque siguiendo los cánones de la época: la mística, la hagiografía, los autos sacramentales u obras de sentido religioso, las comedias de capa y espada, la poesía sarcástica…

En cuanto a la capacidad de leer y escribir, como indica Baranda (2003–2004: 61), la Edad Moderna es una sociedad letrada. La imprenta trajo una relación con el escrito que se manifestaba de diversas formas, sobre todo en ←17 | 18→el ámbito urbano: hojas volanderas, bandos, cartas, documentos comerciales, billetes amorosos. Pero, a pesar de esto, la escritura no estaba del todo difundida y correspondía solo a un pequeño sector. Según esta autora:

La escolarización elemental más generalizada estaba centrada en la enseñanza de los rudimentos de la catequesis: las oraciones (padre nuestro, el credo, la salve), los mandamientos, la lista de pecados mortales, etcétera. […] más bien se aprendían de memoria […]. No se enseñaba a leer y a escribir a la vez, sino sucesivamente y era más caro aprender lo segundo que lo primero, así que muchos niños no pasaban de la lectura. Este proceso formal de aprendizaje, que se iniciaba en la cartilla y podía llegar hasta la universidad, pasando por la escuela de gramática (en latín), era el que en todo caso seguían los hombres, pero no estaba previsto para las mujeres, para ninguna mujer. Las mujeres se educaban principalmente en casa, junto a su madre o como mucho iban a la “amiga”, una maestra que no está claro que siempre las enseñara a leer, pero seguro que sí enseñaba las oraciones fundamentales de la fe cristiana como figuran en las cartillas y a coser, bordar, tejer, hilar, etcétera. (2003–2004: 62)

Como indica, la alfabetización entre las mujeres creció en el XVI, pero disminuyó en el XVII, según muestran estudios como los de Viñao Frago (1999) y Baranda (2003). Aunque desde fines del XV, con las corrientes humanistas, se extiende la idea de que las mujeres deben saber leer, pues ello ayudará a que sean buenas esposas y madres (para educar así a los hijos), es de suponer que se referían sobre todo a las damas nobles (aunque no lo indican claramente; hay que recordar que los tratadistas de los siglos XVI y XVII no distinguían separaciones por estamentos, sino por estados: doncella, casada, viuda y religiosa). Evidentemente, solo debían saber leer por motivos utilitarios y se condenaba la lectura por placer. A los hombres se les permitía algo más (las lecturas religiosas, las morales, las obras históricas o las profesionales), pero a las mujeres solo las obras religiosas.

Respecto a la escritura, las opiniones estaban divididas, pues se consideraba que no traía ningún beneficio espiritual y podía dar lugar a la comunicación profana (billetes amorosos). Las mujeres, ya lo decía Luis Vives en su Instrucción de la mujer cristiana, deben tener un aprendizaje interior, silencioso, que revierta sobre ellas mismas, sin comunicarlo a los de fuera del hogar, llegando incluso a disimular los conocimientos. La ignorancia se convierte así en un topos frecuente en las escritoras religiosas. También es habitual que las mujeres hablen de su “ignorancia”, como así lo hace Teresa de Jesús, quizá como acto de humildad, según recuerda Smith (1987: 228), pese a que las anomalías en su estilo probablemente se deban más a la falta de educación de sus lectoras4, ←18 | 19→y podrían incluso considerarse figuras retóricas sofisticadas, según García de la Concha (1978: 298–300, en Smith, 1987: 228). Santa Teresa de Jesús también alude a que son faltas debidas a la debilidad de su sexo (Smith, 1987: 229). Esto lleva a la difícil interpretación de estas obras, por la complicada situación de las mujeres. Los críticos ofrecen una elección entre efusión o reticencia artística, es decir, biología o historia. En relación con los primeros, autoras como Teresa de Jesús son espontáneas por ser mujeres; para los segundos, son ingeniosas porque son producto del Renacimiento (Smith, 1987: 229). La duda es siempre, en el caso de esta autora, para Smith (1987: 232) –posiblemente también en el de otras–, hasta qué punto los textos son o personales o sociales y hasta qué punto son o espontáneos (debidos a una esencia natural) o artificiales (derivados de una cultura adquirida). Con todo, el recurso retórico de la ignorancia y de la «condición de mujer inepta» o «mujer inútil», fue habitual en aquel entonces; aparece también en sor María de Jesús de Ágreda, antes de expresar alguna idea, como se verá en algunos extractos de su correspondencia con el rey Felipe IV.

En cualquier caso, eran las familias las que decidían si las mujeres debían aprender a leer y a escribir, ante estas opiniones divididas sobre el beneficio o no de tales actividades (Baranda, 2003–2004: 64). Son incluso las propias mujeres las que señalan que puede ser un peligro. Sor María de Cristo, a mediados del XVII indica:

A escribir no me enseñaron, porque mi padre no quiso, que decía que las mujeres no abían menester saber escribir, pero el Señor me dava grandíssima inclinación a ello. Lo mui a caso, tomé un día la pluma en la mano i empeçé a escribir como si ubiera muchos tiempos que lo egerçitara, según la beloçidad con que lo içe i lo verdadero de las rabones, que io me quedé espantada, aunque sin discurrir que era Dios el que me enseñaba... (Barbeito Carneiro, 1986: 491; en Baranda, 2003–2004: 66)

En general, parece que en la segunda mitad del XVII se consideraba que las mujeres no deberían aprender a escribir, pues suponía un peligro para su salvación; tesis que podría relacionarse con la idea apuntada de Formica de considerar la cultura como una muestra de procedencia hebrea. En esta época conflictiva, de sangre «infeccionada», como se denominaba entonces a la judía, una gota de sangre judía impedía los buenos enlaces matrimoniales.

En cuanto a las mujeres que comunicaron su saber, experiencias y sentimientos, se pueden encontrar algunas del entorno rural, como sor Juana de la Cruz (nacida en 1481), quien adquiere su educación desde muy pronto en un beaterio. Aunque no aprendió a leer y escribir, comunica sus palabras a una compañera, María Evangelista, una de las varias que indica que recibió ese don directamente de la divinidad, por lo cual es aceptable ya que conlleva una misión. ←19 | 20→Parecido es el caso de sor María de Santo Domingo (nacida en 1486), que predicaba, aunque no escribía; igualmente, Isabel de Jesús (1586–1648) y Mariana de Jesús (1565–1624), quienes dictaron sus biografías.

Entre las que sí aprendieron a leer y escribir, se encuentran, como señala Baranda (2003–2004: 69–70), con Ana de San Bartolomé (1549–1626), cercana a Santa Teresa de Jesús y continuadora de su obra en Flandes, con escritos históricos y doctrinales; María de la Antigua (1566–1617), que compuso algunos poemas populares (también por don divino5); al igual que María de Jesús (nacida en 1616), la cual dice obedecer a su confesor al ponerse a escribir sobre una visión: «Obedeció la bendita donzella y aplicando la pluma a donde avía de escribir, empeçó sin saber, a hacer una forma clara, con división de palabras y de los caracteres» (de Arcos, 1671: 21; en Baranda, 2003–2004: 70). Hay menos casos de religiosas que empiezan fuera del convento, como la burguesa Isabel Ortiz, de familia de plateros, que llegó a servir a la reina Isabel de Aragón.

En cuanto a las nobles, son numerosas las que escriben, muchas veces por la necesidad de comunicarse con sus familias, que estaban lejos; esta es una importante manifestación de la cultura femenina, aún poco estudiada6. En otros casos, se trata de mujeres que continúan un negocio familiar, sobre todo de impresores y libreros. A partir de mediados y finales del XVI, siguen siendo las mujeres nobles las que escriben, principalmente, participando incluso en concursos poéticos y llegando a cobrar por su actividad, como los casos conocidos de María de Zayas y de Ana Caro Mallén. Pero, curiosamente, ya que escribir suponía una transgresión, surgieron también en el entorno religioso: Isabel de Villena, a fines del XV, que escribe una adaptación al catalán del Vita Christi en latín (añadiendo el punto de vista femenino al narrar la vida de las mujeres que rodearon a Cristo); Luisa de Carvajal y Mendoza, noble de gran religiosidad que escribe varias versiones de su vida y cartas; Ana Abarca de Bolea, que llegó a ser abadesa y cuenta con una obra impresa relevante de novelas y poesía con temática sacra y popular. Según indica Baranda (2003–2004: 79), muchas nobles escritoras surgen en Aragón, donde participan en justas poéticas, pero es frecuente que se escondan tras un seudónimo masculino o en el anonimato.

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2.María Coronel y Arana. Sor María de Jesús de Ágreda, la consejera del rey Felipe IV

Conocida también como sor María de Jesús, María de Ágreda, Madre Ágreda o La Venerable, nacida en la localidad soriana de Ágreda el 2 de abril de 1602 y fallecida el 24 de mayo de 1665 en el mismo lugar, fue una de las grandes místicas de la historia de la Iglesia Católica. Escritora, monja concepcionista y, en palabras de la insigne historiadora Mercedes Gaibrois de Ballesteros, «el único hombre de Estado de su tiempo» (1920: 20), pues tuvo a su merced la voluntad del rey Felipe IV.

La biografía de sor María de Jesús de Ágreda es sencilla en lo que se refiere a su peregrinaje vital, como suele suceder con las monjas, como es el caso también de sor Marcela de San Félix, la otra religiosa estudiada, porque desde que son muy jóvenes se internan en los conventos y finalizan la escasa vida pública que hayan podido tener. Resultan intensas, en cambio, respecto a sus mundos interiores y a sus quehaceres en los conventos. Cuando apenas contaba con dieciséis años, sus padres, Francisco Coronel, de ascendencia judía, y Catalina de Arana, ambos devotos de la Virgen María, se entregan a la religión. El matrimonio tuvo once hijos, de los que solo cuatro sobrevivieron: Francisco, José, María y Jerónima. El padre y los dos hermanos entran de religiosos en la Orden de San Francisco y las dos hermanas en el convento que la propia madre funda en su casa, tras una visión celestial.

Desde la niñez, María Coronel y Arana mortificaba su cuerpo con ásperos cilicios, extasiando su alma en meditaciones místicas (Gaibrois de Ballesteros, 1920: 19). En ello influyó el énfasis en el Vía Crucis y las enseñanzas religiosas que sus padres habían tomado del convento franciscano de San Julián de Ágreda (Vilahomat, 2004: 3). Sus extraordinarias dotes para la creatividad, la forma en la que disertaba sobre el mundo espiritual y su relación con Dios la condujeron a ser nombrada abadesa a los veinticinco años, concretamente el 19 de marzo de 1627. A partir de ese momento, se preocupó de saber las necesidades materiales de su convento, que se quedaba pequeño, y emprendió la construcción de uno nuevo. La obra se inició con cien reales que la monja obtuvo prestados y, a pesar de las dificultades económicas, se logró terminar en 1633.

Durante este tiempo, ya había comenzado sor María de Jesús a relacionarse por carta con personalidades de su tiempo, por ejemplo, con Fernando de Borja, virrey de Aragón, con el que se escribió desde 1628 hasta poco antes de la muerte de ambos en 1665, y con Francisco de Borja, hijo del anterior (Baranda Leturio, 2013). Por estos años, también la joven monja había tenido episodios de bilocación, «de exterioridades» (Colahan, 1994: 93–128), los cuales singularizan aún ←21 | 22→más su figura y la sitúan en un lugar un tanto incómodo para la Iglesia Católica, que nunca ha visto con buenos ojos estas acciones, por situarse entre lo divino y lo diabólico, con independencia de que el resultado haya sido favorable para la doctrina católica y su expansión por el mundo.

Cuando en 1929 los franciscanos llegan por primera vez a la misión de San Antonio de la Isleta en Nuevo México, escuchan decir a los indios jumanos que ya habían sido evangelizados por una mujer vestida de azul. Los jumanos reconocen el hábito de la mujer en un retrato, pero indican que se trata de alguien más joven (Ferrús Antón, 2010: 254). El milagro (pues ella no había salido de su convento) va a ser atribuido a sor María de Jesús de Ágreda, quien, desde ese momento, será conocida como «la dama azul». Las dos versiones del Memorial de fray Alonso de Benavides (1630 y 1634), junto con las entrevistas que este mantuvo con sor María de Jesús de Ágreda, constituyen el núcleo de la formación de la historia-leyenda. Según recoge Ferrús Antón (2010: 256), Benavides visitó el convento de Ágreda a finales de 1630 para conversar con la religiosa y salió convencido del milagro. De este encuentro salieron dos cartas: una suya dirigida a los hermanos de misión en Nuevo México, y otra de la propia sor María de Jesús. Estas cartas fueron difundidas por fray Junípero Serra y se convirtieron en la bandera de las misiones franciscanas. Benavides se convierte así en el promotor y certificador de la historia, y quien la hace llegar a las autoridades religiosas y a Felipe IV, con lo que eleva la dignidad de su orden ante el rey, de quien puede esperar beneficios, según los relatos de conquista7.

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En su celda del convento de las Madres Concepcionistas de Ágreda, desde donde ocurrieron estos fenómenos prodigiosos, la abadesa escribe sus obras místicas tan elogiadas como discutidas por los teólogos, sobre todo después de su muerte, puesto que reconocía que le habían sido reveladas en buena parte. No existe una relación fehaciente de las obras que escribió sor María de Jesús, ya que varias fueron quemadas por ella misma tras recomendárselo algunos confesores (como le sucedería a sor Marcela de San Félix). Entre las que han llegado a la época actual, se pueden destacar algunos títulos8: Jardín espiritual para recreo del alma (se trata, quizá, de su primera obra, escrita entre 1621–1626, en su etapa anterior como abadesa. Se conservan cuatro copias en el Convento de Ágreda y tres entre los padres franciscanos de Nájera); Escalas para subir a la perfección (h. 1627, tratado sobre la oración escrito antes de su etapa como abadesa; con reminiscencias de Las moradas de Santa Teresa de Jesús y de algunas obras de San Juan de la Cruz); Letanías y nombres misteriosos de la Reina del Cielo y madre del Altísimo (h. 1630, prohibidas por decreto eclesiástico el 20 de julio de 1678); Leyes de la Esposa, escritas en dos redacciones con títulos diferentes: h. 1634–37, la primera (Leyes de la Esposa, entre las hijas de Sión dilectísima), y 1641–42, la segunda (Leyes de la Esposa. Conceptos y suspiros del corazón); Ejercicios espirituales de retiro (1645, de enorme difusión en el siglo XVIII); Meditaciones sobre la Pasión de Nuestro Señor (podría tratarse de un escrito de juventud que debió desaparecer una de las veces que prendió fuego a sus escritos;se encuentra en varias de sus obras posteriores con variaciones, por ejemplo, en las Segundas Leyes y en la Mística Ciudad de Dios). La abadesa recomendó a sus religiosas su lectura hasta que redactase definitivamente los Ejercicios espirituales de retiro); y la más famosa y controvertida Mística Ciudad de Dios, milagro de su omnipotencia y abismo de la gracia. Historia divina y vida de la Virgen Madre de Dios […] manifestada por la misma Señora […]. La primera redacción es de 1637 y debería haber estado concluida en 1643, pero la quemó en dos ocasiones h. 1645 y 1647; parte de esta primera versión se encuentra en el Tratado III de las segundas Leyes de la Esposa, y en una hoja que le entregó al rey Felipe IV, conservada en la Biblioteca Nacional de España; la segunda redacción es de 1655 y 1660, que es la que utilizada aquí. Contiene tres partes repartidas en ocho libros (la primera abarca la infancia de la Virgen; la segunda, el misterio de la Encarnación y toda la vida de Jesucristo, y la tercera, el resto de la existencia terrena de la Virgen y su Tránsito, Asunción y Coronación en ←23 | 24→el Cielo). El original está en el Convento de Ágreda. Además de otros escritos autobiográficos (Quadernos de las cosas espirituales y apuntamientos de ellas o «Sabatinas», Algunos sucesos de Doctrina y enseñanza para la alma, la «Hoja del Cómputo», etc.), existen otros apócrifos no reconocidos –hasta la fecha– de su autoría como el Tratado de la redondez de la Tierra.

A causa de los favores que Dios (y también la Virgen), tenía con ella, al permitirle episodios místicos y destreza en la redacción de sus obras, según manifestaba la religiosa, la Inquisición intervino y se abrió un proceso que tuvo dos partes: una primera iniciada el 15 de abril de 1635, que se interrumpe, y una segunda, en septiembre de 1649, para completar la primera y que concluye el 10 de febrero de 1650 (Colahan, 1999: 161–170 y Fedewa, 2010: 167–195). El expediente inquisitorial de sor María de Jesús ofrece valiosa información sobre las doctrinas teológicas del momento y, en concreto, las que profesaba la religiosa, cuya contestación a los ochenta extremos de su interrogatorio es un comentario de vida espiritual (Silvela, 1885: 181). Además del carácter sobrenatural que rodeaba a la abadesa, había dos cuestiones peliagudas: el apellidar a Dios como «El Altísimo» y que afirmase que la acompañaban varios ángeles de la guarda. En la primera ocasión, no se le tomó declaración directamente, sino a seis personas cercanas a ella que desconocían que la causa era contra la monja. Pero, como se ha dicho, se interrumpió el proceso hasta septiembre de 1649, cuando se le tomó declaración a sor María de Jesús debido a un cruce de cartas con el duque de Híjar en el que quisieron ver que estaba participando en una conspiración contra el rey Felipe IV (en realidad, le contestó negándole su apoyo). Fue el pretexto para retomar la causa contra ella. No obstante, salió limpia y no pudieron atribuirle ninguna acción o pensamiento contrario a la ortodoxia, aunque siempre se mantuvieron ciertas sospechas sobre su persona.

Con todo, si sor María de Jesús de Ágreda es conocida como escritora, aparte de por las obras referidas, fundamentalmente la Mística Ciudad de Dios, es gracias a la correspondencia que mantuvo con Felipe IV entre 1643 y 16659. A través de las 634 cartas conservadas puede sentirse el pulso de la vida del monarca, sus preocupaciones e inquietudes personales y sus decisiones como rey, además de la situación de la España de su tiempo. La relación empezó a los tres meses ←24 | 25→de la visita que Felipe IV hizo al convento el 10 de julio de 1643, momento en el que quedó impresionado por la superioridad intelectual y moral de la abadesa, de cuyo halo enigmático ya había tenido noticias. Entonces, acordaron mantener una relación de correspondencia en la que ella actuaría de confidente y asesora: «Desde el día que estuve con vos, quedé muy alentado por lo que me ofrecisteis rogaríais á nuestro Señor por mí y por los buenos sucesos de esta Monarquía, pues el afecto con que os reconocí entonces, á lo que me tocaba, me dió gran confianza y aliento» (4.10.1643, 1885a, I: 2)10. Cierto es que existía la tradición de que los reyes se acompañaran de consejeros, sabios e incluso astrólogos para que les ayudasen a la hora de tomar decisiones, excedidos de responsabilidad. No obstante, debían tener cautela en la elección, puesto que estas personas podrían actuar motivadas por intereses particulares, a fin de obtener bienes materiales y un mejor estatus. En el caso de sor María de Jesús, ella siempre actuó con humildad y absoluto desprendimiento, aun pudiendo haber obtenido beneficios, por ejemplo, para su convento. Además de las cualidades intelectuales de la abadesa, primaba su aura mística, de manera que sus consejos, más que de ella misma, provendrían de la esfera celestial. Las condiciones que el rey puso eran que se dirigiese a él como si fuese su confesor, además de total discreción: «Escríboos á media margen, porque la respuesta venga en este mismo papel, y os encargo y mando que esto no pase de vos á nadie» (4.10.1643, 1885a, I: 2).

En las cartas a sor María de Jesús, el rey cuenta lo que nadie sabía. Su lectura llega a ruborizar en algunos pasajes ante tanta intimidad: «buena amiga», le dice el rey constantemente; y ella le responde: «en esta vida á naydie estimo ni amo mas que á V. M.» (1.12.1657, 1885a, II: 508). El monarca no tiene pudor en mostrarse abatido, alentado cuando ocurren eventualidades a su favor, agobiado por las desgracias de su familia y de su hogar y, por supuesto, de su reino. Sor María, en cambio, se revela con una actitud activa, sin abandonar jamás el sentido religioso que para ella tenían todos los actos en la vida individual y social, pero interviene directamente en su persona (intentando levantarle el espíritu e incrementándole la fe) y en su gobierno (incitándole a buscar mejores ministros, a hacer justicia, a castigar las faltas, a premiar los servicios); en definitiva, a cumplir con su oficio de rey, incluso cuando se encuentra abúlico, para salvar así su alma, porque, si no está dispuesto a dar su vida por su reino, Dios no le premiará, aunque sea muy piadoso y creyente (Silvela, 1885b: 78–79). Al ←25 | 26→mismo tiempo, es sabedora del contexto misógino en el que vive. En este sentido, y dejando a un lado que le escribe a un rey y que puede ser entendido como un recurso para mostrarle respeto, utiliza, para referirse a ella misma, expresiones que aluden a su condición femenina y a la situación inferior que por ello ocupa en la sociedad, no como monja, sino como mujer, como hemos apuntado en la introducción: «Mi pobreza y condición de mujer inepta» (5.6.1654, 1885a, v. II: 299); «ha de ser propio á las mujeres oir para ser enseñadas y no enseñar» (5.2.1655, 1885a, v. II: 343); «olvidando soy mujer inútil, que por mi propia condición y sexo debo callar» (28.5.1655, 1885a, v. II: 363–364); «su grandeza […] á admitir con gusto lo que un vil gusano é ignorante mujer dice» (23.12.1961, 1885a, v. II: 674). Sin embargo, se aprecia que no es más que el uso del tópico de la falsa modestia, ya que poseía gran inteligencia y ganas de mediar y de dirigir los destinos del país. Del mismo modo, la abadesa miraba con recelo determinadas conductas femeninas que, a su entender, alejaban a la mujer de la moralidad, como su excesiva visibilidad pública, poco decorosa, y los vestidos que dejaban al descubierto partes del cuerpo y eran demasiado provocativos. De esta manera instó al rey a que reformara por decreto los trajes y excesos de las mujeres, a lo que Felipe IV respondía con su compromiso sobre este particular y también su intención de que cesaran las comedias, al considerar que «destas caussas proceden parte de los pecados q se cometen» (7.3.1646, 1885a, v. I: 100).

Sor María de Jesús de Ágreda se muestra patriótica al querer colaborar en pro de la Monarquía de los Austrias. Puede decirse que, después de la caída del conde-duque de Olivares, en enero de 1643, ninguna palabra pesó tanto para el rey como la de la abadesa. Este es el primer suceso histórico del que se da noticia en las cartas, el desprestigio de quien había intentado reforzar el poder real y la unidad de los territorios que dominaba, centralizando el poder por vía autoritaria, y había querido recuperar el dominio de los Países Bajos y la supremacía sobre Francia. La gestión trajo deudas y guerras contra Holanda, Inglaterra, Francia y Dinamarca, en el marco de la Guerra de los Treinta Años (1618–48). Su empecinamiento, pese al caos, prosiguió y desembocó en las rebeliones de Portugal, que llevarían a su independencia, y de Cataluña, que no se aliviarían hasta 1652 (Alvar Ezquerra, 2018).

La religiosa consideraba que el haber prescindido el rey de la influencia del conde-duque y haberlo desterrado no era suficiente para contentar al pueblo, sino que debía tener un gesto para ganarse su favor, que bien podría ser retirar los privilegios que gozaba la familia y allegados de este. En esta ocasión, sor María de Jesús actúa en representación del pueblo: «Como tan apriesa no se ven buenos sucesos y aciertos, paréceles que gobierna quien gobernó ántes; pues han de favorecer los que están á la vista de V. M. al que los puso en ella, […] y no ←26 | 27→fuera desacertado dar una prudente satisfacción al mundo que la pide, porque V. M. necesita de él» (13.10.1643, 1885a, v. I: 6)11. En este consejo ya se puede apreciar su línea de pensamiento: «Seré fiel en trabajar por todo lo perteneciente á esta Monarquía, á V. M» (8.4.1657, 1885a, v. II: 472), incluido el problema de sucesión que existía ante la falta de varón que sobreviviera: «[Dios] nos dé la deseada sucesion. Por todo clamo y trabajo con fineza de fiel sierva» (12.5.1657, 1885a, v. II: 475).

Con fidelidad al rey, sor María de Jesús participaba de la política como ninguna otra mujer de su tiempo. Sobre las relaciones del rey con Aragón, bastante tensas, reclamaba que fuese condescendiente, pues le interesaba su apoyo: «V. M. anda acertadísimo en conserbarles sus fueros y acariciarlos porq los emos menester, y su fidelidad será de grande ynportancia» (17.7.1645, 1885a, v. I: 48). La lealtad la mantuvo en todo momento, por ejemplo, cuando el duque de Gramont la buscó para tantear la postura del monarca ante una posible paz entre Francia y España, hecho que puso de inmediato en conocimiento de Felipe IV: «El Duque de Gramont tiene aquí una parienta y á sus instancias le respondí á una carta. Escríbeme la que remito á V. M., en que me pide correspondencia. No la quiero yo tener en Francia sin que V. M. lo sepa, y sea su gusto» (8.4.1657, 1885a, v. II: 472). Y El rey respondió: «Bien será que no se la negueis, sin salir de los límites de vuestro estado, pero insinuándole cuanto deseais la paz y lo que sabeis que yo la deseo, y por mí no quedará jamás el ejecutarla» (18.4.1657, 1885a, v. II: 474).

Sor María de Jesús se aflige por las desgracias de España: «Por la recuperación de Portugal se hacen en Comunidad tres veces oración al día» (8.7.1661, 1885a, v. II: 655). Y se enerva cuando evalúa que una decisión es perjudicial para la Corona: «Señor mio, de grande dolor y pena ha sido para mí la vileza que han hecho los portugueses de entregar á los ingleses la plaza de Tánger: de su condicion no nos podemos prometer cosa buena» (13.5.1662, 1885a, v. II: 680). O esta otra sentencia sobre Cataluña (en el transcurso de la sublevación catalana entre 1640 y 1652, que culminó con la Paz de los Pirineos): «Los catalanes tendrán su castigo merecido y cojerán el fruto q senbraron dejando á su Rey y Señor natural» (19.5.1651, 1885a, v. II: 85).

Felipe IV tenía plena fe en la abadesa, y siempre que pudo acudió a las puertas de su convento. También había llevado al príncipe Baltasar Carlos para que ←27 | 28→conociera a la religiosa, aunque murió joven. La esperanza de los Austrias se truncaba. En los últimos años de su vida, la abadesa confió al rey tres deseos (27.6.1960, 1885a, v. II: 621): que la Corona tomase como patrona a la Virgen María, que la paz entre España y Francia se produjera y que se aprobase el dogma de la Purísima Concepción, de la que fue firme defensora, porque así lo creía y le había sido revelado.

El 24 de mayo de 1665 falleció sor María de Jesús y todos dieron testimonio de fe y admiración por sus virtudes, apodándola «la monja santa». Felipe IV murió cuatro meses después, el 17 de septiembre. La desaparición de su «amiga» le sumió en una honda tristeza. El Imperio español estaba en decadencia. Su deseo de tener la descendencia masculina que garantizase el linaje se vio cumplido con el nacimiento, el 6 de noviembre de 1661, de su hijo Carlos II, que se consideró milagroso, con un parto rápido y en luna llena, en domingo y en el día del Patrocinio de la Virgen. Los astrólogos, por el estado de los planetas, predijeron que iba a ser un reinado largo. En cuanto a la prosperidad, no resultó tan bueno como se esperaba, pero las súplicas de la consejera de Felipe IV parecieron haber surtido efecto.

La causa de beatificación de sor María de Jesús de Ágreda, iniciada a los pocos años de su muerte, se encuentra paralizada. Las bilocaciones, los expedientes inquisitoriales y el origen revelado de su obra, sobre todo de la Mística ciudad de Dios, han provocado este “bloqueo”. La obra salió publicada en 1770, y era deseo de la religiosa que lo hiciese tras su muerte. Los teólogos tardaron cinco años en examinarla hasta que se publicó. La Inquisición romana la prohibió en 1681. En España y Portugal tampoco el Santo Oficio dejaba que se leyera. Carlos II de Portugal y un grupo de prelados solicitaron la revocación del decreto romano y se creó una congregación pontificia especial para el caso. Pero los enemigos del dogma de la Inmaculada Concepción declararon la guerra a la obra, agitando a la Sorbona, la cual necesitó treinta sesiones para discutir la doctrina de sor María de Jesús, que declaró su prohibición. El rey Carlos II, el último Austria, «El Hechizado», que supo bien quién había sido la monja de Ágreda para su padre, y a ella se encomendaba en señal de devoción y gratitud, escribió una carta a Luis XIV el 24 de septiembre de 1699, un año antes de morir, para que alzara la censura de la Sorbona contra la Mística Ciudad de Dios12. Pero el miedo que despertaba la obra provocó que el papa Clemente XIV la condenase a «perpetuo silencio» en 1773. Pese a los vetos y prohibiciones ←28 | 29→que la obra tuvo, se multiplicaron las ediciones en francés, en italiano, en latín, en griego, en árabe, en polaco, etc., hasta nuestros días (Silvela, 1885b: 186). Además, en las memorias de Saint-Simon, escritor y diplomático francés, se menciona que Carlos II hizo gestiones con Luis XIV para que se reconociera en la Iglesia de Francia el dogma de la Purísima, en armonía con el pensamiento de la abadesa (Silvela, 1885a, v. II: 668)13.

La Iglesia suele actuar con cautela antes de aprobar doctrinas o hechos considerados sobrenaturales, de ahí que las de la Venerable María de Jesús de Ágreda no lo hayan sido todavía, a pesar de haber sido escritas hace más de tres siglos.

3.Marcela del Carpio. Sor Marcela de San Félix, mucho más que la hija de Lope

Esta virtuosa de la poesía, ensombrecida por la fama de su padre, el insigne poeta Félix Lope de Vega Carpio (1562–1635), y por el hecho de ser mujer en una época en la que predominaba la misoginia, nació en Toledo en 1605. Recibió las aguas bautismales en la iglesia de la Magdalena el 8 de mayo de 1605, con el nombre de Marcela del Carpio, «de padre no conocido» (Barbeito Carneiro, 2009: 105). Su madre fue la actriz cómica Micaela Luján (h.1570–h.1614), que aparecía en los versos del poeta como Camila Lucinda (o “Luscinda”). En la ceremonia bautismal actuó como padrino el escritor de autos sacramentales, José de Valdivieso, y, entre los testigos, figuraban personas del mundo del teatro del círculo de su madre.

Es sabido que el “Fénix de los ingenios” (como lo definió Miguel de Cervantes) fue de vida sentimental agitada14: tuvo quince hijos constatados, de sus mujeres y amantes. Mientras estaba casado con Juana de Guardo, mantuvo un largo romance con la madre de nuestra autora, con la que tuvo cinco hijos: Ángela, Mariana, Félix (bautizado el 19 de octubre de 1603), Marcela (1605) y Lope Félix (1607). Después, al terminar su relación, tuvo otros romances, pero, ante las sucesivas muertes de sus hijos y seres queridos, llegó a un hastío vital que le hizo ordenarse sacerdote el 24 de mayo de 1624, aunque sin voto de castidad.

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Resulta curioso, y un tanto denigrante para Marcela, que Lope de Vega reconociese a su hijo Lope Félix, nacido poco después, como fruto también de su relación con Micaela Luján. Con todo, de la crianza de los dos niños se ocupó durante muchos años una mujer de nombre Catalina (Castro y Rennert, 1968: 529), y, a la muerte de la segunda esposa legal de Lope, fueron ella y los niños a su casa de Madrid, con su medio hermana Feliciana. No obstante, Marcela del Carpio fue la hija predilecta del poeta, quien no dudaba en pedirle regalos con los que contentarla al Duque de Sessa (Luis Fernández de Córdoba y de Aragón), cuya relación de servicio y amistad duró toda la vida. Celoso de que pudieran ocasionar algún desagravio a su hija, le contaba a este duque sus inquietudes acerca de un hombre que parecía querer hacerle daño: «Señor, yo he tenido grandes disgustos, porque una noche de estas, a las doce, me quisieron matar; valióme mi advertimiento y el mostrar ánimo. He sabido la causa, que procede de aquel pícaro que quería por fuerza inquietar mi casa por esta niña» (Alberto de la Becerra, 1890: 328. Cit. de Serrano y Sanz, 1915, v. II: 74). Su fama de conquistador y el modo de proceder con las mujeres se diluían cuando ejercía como padre. Pero no solo por un afán proteccionista, sino que subyacía un temor a que pudieran manchar su honor, que su nombre se viese mancillado, pues la honra personal y familiar residía en la mujer. Marcela del Carpio, como todas las mujeres de su tiempo, no disponía del derecho al amor que sí tenían los hombres y, en esta realidad que colocaba al hombre en un estadio superior, era normal que Lope viviese inquieto ante la posibilidad de que su hija pudiese sufrir algún tipo de afrenta.

A los dieciséis años, la hija de Lope de Vega resolvió dejar la realidad cotidiana para integrarse en la comunidad religiosa del convento de san Idelfonso de las Trinitarias Descalzas de Madrid. Quizá su decisión estuvo determinada por un anhelo de autoprotección, de sentirse amparada, ya que, como hija ilegítima, podía sentir cierto temor a tener episodios vitales desordenados. El matrimonio con Cristo permitía tener un estatus digno, legítimo; confería, a la vez, sosiego y reflexión sobre sí misma y sobre cómo actuaban las almas atormentadas como la de su padre. El poeta, que en la séptima epístola de la Filomena (1621, aunque escrita hacia 1620) ya apuntaba que su hija quería hacerse monja15, acudió al Duque de Sessa, y el 23 de enero de 1622, ante el escribano Juan de Piña, resolvió darle 1000 ducados como dote y sufragar las propinas acostumbradas en las profesiones de monjas (Serrano y Sanz, 1915, v. II: 75). ←30 | 31→Tomó los hábitos el 13 de febrero de 1622 y pasó a ser sor Marcela de San Félix (con el consiguiente homenaje a su padre en el nombre). Lope entregó al convento durante el noviciado 50 ducados y un cahiz de trigo. Una vez que hizo la profesión, Lope, en lugar de entregar los 1000 ducados que había prometido, constituyó un censo de 555 reales impuestos sobre todos sus bienes a favor de las Trinitarias; salieron como fiadores de esta obligación Cristóbal de Guardo, beneficiado en San Inés, de Madrid, y Alonso Pérez, padre del escritor y dramaturgo español Juan Pérez Montalbán (Serrano y Sanz, 1915, v. II: 75).

Lope de Vega asistió a la profesión de su hija y experimentó una de las vivencias más intensas de su vida. Así lo reflejó en la epístola a Francisco de Herrera Maldonado16, repleta de melancolía y también de alegría17. No es que Lope fuese un egoísta que custodiara la honestidad de su hija tanto como él descuidaba la suya, sino que la de él, por ser hombre, se medía en otros contextos: en el manejo de las armas, en la devoción hacia la patria, en la valentía frente al enemigo y, cómo no, en el cuidado de la descendencia femenina, con el fin de evitar que su nombre se viese envuelto en habladurías, pues era conocido el parentesco entre ambos. Las hijas metidas a monjas otorgaban seguridad a las familias y prestigio para ellas frente a la sociedad:

Sale Marcela, y perdonad, os ruego,

si el amor se adelanta, que quien ama

juzga de las colores como ciego.

     No vi en mi vida tan hermosa dama,

tal cara, tal cabello y gallardía;

mayor pareció a todos que su fama.

Ayuda a la hermosura la alegría,

al talle el brío, al cuerpo, que estrenaba

los primeros chapines aquel día.

El poeta ensalza una belleza incomparable. El término «gallardía» alude, etimológicamente, a cualidades exquisitas ante la vida. Al hablar de esta forma sobre su hija a otro hombre, está comunicándole que es honrada. Además, aparece explícitamente el término «fama» y se hace constar que la de Marcela era buena por su virginidad, que no se pensara que la acción de meterse en el convento fuese para tapar alguna vergüenza.

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     Marcela, las dos rosas encendidas,

y bañada la boca en risa honesta,

miróme a mí, para apartar dos vidas.

     Y el alma, a tanta vocación dispuesta,

con una reverencia dio la espalda

a cuanto el mundo llama aplauso y fiesta;

     y ofreciéronle al niño la guirnalda

de casta Virgen, abrazó su esposo,

besándole los ojos de esmeralda.

     Cerró la puerta el cielo a mi piadoso

pecho, y llevóme el alma que tenía...

de que no fueron mil estoy quejoso.

Para Lope de Vega, el hecho de ofrecer a su inmaculada hija a la religión representaba un acto de generosidad. Si sor Marcela de San Félix vivió dichosa en lo que se presupone un plácido retiro, no se puede saber con certeza, como tampoco si fue infeliz (aunque de sus escritos se transmite una vida próspera a nivel espiritual). Pero es posible indicar que la capacidad de elección de las mujeres para decidir sobre su futuro era nula, más en un contexto en el que, si a determinada edad no se encontraban en trámites de contraer matrimonio, el convento era la única vía de escape, con independencia de la vocación, para tener autonomía y/o para potenciar la creatividad y la intelectualidad, pues no podían disfrutar de los placeres mundanos al mismo nivel que los hombres, ni desempeñar cualquier actividad que no fuese ser esposa y madre.

Recibía la visita del poeta con mucha frecuencia, que acudía en busca de consuelo y, de paso, para participar de la misa. Sor Marcela de San Félix era plenamente consciente de los enredos amorosos de su padre y le preocupaban, más que por una cuestión de recato católico, por su propia estabilidad física y emocional. Fue, de alguna manera, su confidente y consejera (muy parecida a la relación de sor María de Jesús de Ágreda y Felipe IV en lo esencial, en la capacidad de consolar a un ser humano atormentado). Vivía con angustia los actos de contrición que su padre hacía cuando se arrepentía de sus pecados o intentaba luchar contra la fuerza interior que le incitaba a llevar esa vida de desorden y promiscuidad. Desde su posición, sor Marcela oraba para aplacar ese agitado espíritu. Cuando Lope de Vega murió el 27 de agosto de 1635 en Madrid, su cortejo fúnebre, que se dirigía hacia la parroquia de San Sebastián para darle sepultura18, pasó por la ←32 | 33→calle de Cantarranas para que su hija viese el féretro desde las rejas de las ventanas conventuales19.

En su larga vida como religiosa, sor Marcela de San Félix pasó por muchos cargos y ocupaciones dentro de la orden. Y aquí radica una de las singularidades de las mujeres religiosas: podían subir de posición en la jerarquía eclesiástica, lo que aún les confería más independencia y tiempo para idear sus propias actuaciones y las de las monjas a su cargo. Fue tres veces madre superiora, maestra de novicias, vicaria, secretaria del capítulo, provisora (encargada de la despensa de alimentos), refitolera (supervisora del mantenimiento y organización del comedor) y gallinera20. Esta ascensión la tuvo que ayudar a ver que con esfuerzo y disciplina se consiguen los objetivos, una idea tradicionalmente inculcada al sexo masculino. Al mismo tiempo, esto conllevaba un cambio de estatus ante el mundo eclesiástico en general, una posibilidad difícil en la vida cotidiana de las mujeres, a menos que fuese por medio del matrimonio con hombres de mejor posición que ellas.

Falleció el 9 de enero de 1687, después de sesenta y seis años dedicados a la religión y con el mérito de haberse ganado el afecto y el respeto de la comunidad21. Dejó frutos sobresalientes de su ingenio creativo, a los que, afortunadamente, con la revisión feminista del canon literario, se les está prestando la atención debida22. En este sentido, dentro del convento encontró la libertad ←33 | 34→necesaria para escribir, lo que no hubiese tenido fuera de él. Su obra, de temática religiosa (de aspectos elevados de la fe y de la vida cotidiana conventual), se conserva en un tomo de 508 páginas que la propia sor Marcela fue recopilando para legarlo a la posteridad. Este ha sido custodiado con especial esmero por sus hermanas Trinitarias a lo largo del tiempo, y se tuvo la gentileza de ceder una copia a la Real Academia Española, titulado: R. M. Marcela de S. Félix.– Poesías Místicas (Barbeito Carneiro, 1982: 61).

Se desconoce la instrucción que recibió ni dónde ni cuándo comenzó su creatividad. A nuestro presente han llegado de su puño y letra seis obras religiosas alegóricas en un acto denominadas Coloquios espirituales (tienen representación el Alma, la Mortificación, el Apetito, la Verdad, la Devoción, la Pureza, la Sinceridad…); ocho loas y otras composiciones como seguidillas, liras, endechas y villancicos. También es autora de unos veintidós romances y cinco romances esdrújulos compuestos para celebrar acontecimientos comunitarios.

Igualmente, preparó una breve biografía en prosa de la Madre Catalina de San José, una monja trinitaria. Según los informes, pudo elaborar otros cuatro libros, incluida una autobiografía espiritual, que posteriormente quemó a petición de su confesor (en la época, los confesores actuaban como guías espirituales que allanaban el camino para llegar a Dios). Pese a su obra perdida, sor Marcela de San Félix fue una de las escritoras más fecundas del siglo XVII en España.

Se comentan a continuación algunos rasgos identificativos de su obra23. La sencillez de palabra y la melancolía que se extrae de muchos de sus versos son dos de las características de la literatura de sor Marcela. Arenal y Schlay le atribuyen «una “estética de ascetismo”, derivada de Santa Teresa de Ávila, según la cual la elocuencia poética no proviene del artificio literario, sino del discurso del Espíritu Santo al yo en soledad» (1989). La soledad de una vida entregada a Dios, como se constata en la loa «A la soledad de las celdas» y en el romance «Romance a una soledad», tuvo que servirle para considerar los beneficios ←34 | 35→que su entrega le había dado en relación con las consecuencias de las pasiones humanas, que tanto marcaron la existencia de Lope de Vega:

En la soledad parecen

estas apariencias, falsas,

que el mundo vende por buenas,

con infinidad de faltas.

En la soledad se quitan

las nubes grandes y opacas,

y el alma, llena de luz,

toda la verdad abraza.

(«A la soledad de las celdas»)

Así, Soledad amada,

causa de todas mis dichas,

después que tú me faltaste,

me ha faltado el alegría,

cercóme la confusión,

el afán y las fatigas,

todo me aflige y congoja,

y causa melancolía.

(«Romance a una soledad»)

Para Serrano y Sanz, en reflejar sentimientos piadosos y místicos «se elevó a mayor altura que su padre». El citado crítico reconocía la delicadeza con la que la escritora captaba «las dulzuras de la paz que se respiraba en el claustro y el dulce recogimiento que le inspiraba el jardín monástico» (1915, v. I: 11–12). Ejemplo de ello es el romance «Al jardín del convento». En sus poemas de mayor profundidad y de esencia mística es fácil encontrar huellas, aparte de la obra de Santa Teresa, de la poesía de San Juan de la Cruz, en especial de las alegorías y la imaginería transmitidas en el Cántico Espiritual. Sin embargo, en los textos de sor Marcela de San Félix se habla de un alma sencilla que tenía su corazón puesto del todo en Dios, lejos de celebrar con la misma pluma celestiales dones y afectos.

No obstante, es el empleo del humor satírico y la insolencia frente al clero lo que la hacen ser una autora singular, sin que esto suponga que su fe no fuese sincera e intensa. Como muestra, los siguientes versos del romance esdrújulo titulado «A la miseria de las provisoras», donde la burla hacia ella misma (como «Despensera Mayor») y hacia otras dos provisoras (sor Mariana y sor Escolástica), especialmente por sus tacañerías en el reparto de víveres, es palpable24:

←35 | 36→

Dio provisoras tan malas,

que yo estoy considerándolo

que les bastaba lo mísero

sin añadir lo flemático.

Disponer a lo marcélico,

repartir a lo mariánico,

no lo aguardará un cernícalo,

no lo sufrirá un galápago

aunque tienen a Escolástica,

que es viva como un relámpago,

y guarda muy velocísima

aunque sea un triste rábano.

El asunto fue de sus predilectos. Lo tocó en los Coloquios espirituales «Muerte del apetito» (título bastante elocuente): «¡Ah, buena gente! ¿A quién digo? / Tráiganme siquiera un higo, / una almendra o una pasa. / Llamen a las provisoras; / peor que peor será / porque son de la miseria/quinta esencia y punto más»; y en «De la estimación de la Religión»: «las provisoras, que siempre / votaron el ser escasas». Y, del mismo modo, en la loa «A una profesión» escribía:

… hablaré de las demás,

que solo tres me atormentan:

éstas son las provisoras,

las mujeres más sangrientas,

monjidemonios escuadra

y el colmo de la miseria

[…]

No alcancéis, plegue a san Bruno,

a tener un poco de agua

mujeres las más crueles,

las más míseras y malas

que han contado las historias

ni que han fingido las fábulas.

Dios os dé hambre canina

y no podáis apagarla,

y siempre el pan que comáis

no os pase de la garganta.

Se trata, obviamente, de chistes mordaces contra esa labor y el modo de proceder en ella, pero llevado al extremo, a la exageración histriónica. De seguro, recogerían impresiones, murmuraciones oídas entre las paredes conventuales, las cuales, a la hora de ser expresadas en poesía, y una vez que fuese leída entre las hermanas, despertarían la risa, cuando no la carcajada, por ejemplo, con el neologismo «monjidemonios», de especial agudeza e incluso herético en tal ←36 | 37→situación, o «monjirripio», una monja ripiosa, es decir, miserable, que aparece más adelante. Es una manera simpática de reprender con gracejo sobre lo que sería un secreto a voces, con la idea de crear un clima distendido en mitad de la clausura. Así podrían entenderse estos versos de la citada loa: «Pues esta me dio ocasión / a que contase mis menguas / en un convento de monjas, / mejor dijera, de fieras / en lo cruel, en lo acervo / más que víboras se ostentan. / No digo que lo son todas; / con decoro y con decencia». La obra de sor Marcela está escrita para autosatisfacerse, a modo de ejercicio de descargo, de poner por escrito sus vivencias, y para entretener a sus hermanas.

Conviene recordar que varias estrofas (7, 11, y 31) de esta loa, en las que están los versos que se han destacado aquí, fueron suprimidas del manuscrito conservado en la Real Academia Española, como verificó Barbeito Carneiro (1982: 68). Sabat de Rivers y Arenal (1989: 594) añaden al respecto que Serrano y Sanz, en su libro Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas, publicado en Madrid en 1903–05, del mismo modo omitió los trozos cuando editó la loa (publicó cuatro de los seis coloquios y tres de las siete loas), porque, quizá, «le hubieran parecido de mal gusto a este rigorista del siglo XIX por haber salido de la pluma de una monja». Por otro lado, apuntan a que tal vez fueran las mismas monjas las que, al hacer la copia, omitieran los textos «por pudor» (Ibid, nota 5). Puede que algo de razón tuvieran. Es posible que las monjas que confeccionaron el volumen para entregarlo a la Real Academia Española sintieran temor a que se pensase de forma inadecuada, no ya de una religiosa, sino de la orden en general, una vez que esos textos salieran del convento. Para su correcta interpretación hubiese bastado unas notas al pie o una introducción que explicase el manejo de la ironía, el humor y el sarcasmo en la literatura del Siglo de oro, esto es, contextualizar los textos en la cultura de la época con el fin de que nadie se despistara del doble sentido, pero, para ello, se habría necesitado alguna pluma especialista en la materia. De forma que, ante la duda de que esas partes no fuesen bien comprendidas, se optó por suprimirlas.

4.Conclusiones

A partir del estudio de estas dos autoras es posible atisbar algunos juegos de opuestos que fueron señas de identidad del arte del momento: diversión y seriedad, insolencia y obediencia, irreverencia y religiosidad. Estos y otros recursos identifican al Siglo de Oro de las letras españolas, en el que, una buena parte de ese clima de desparpajo y sobriedad palpable en las plazas, mercados y tabernas de las ciudades y pueblos se vivió en los no siempre tan fríos muros ←37 | 38→conventuales25. Y la mujer escritora, como el hombre, pese a que se encontrase menos visibilizada, supo hilar fino en sus creaciones y compaginar el humor y el esparcimiento con otros asuntos más elevados vinculados a la desazón del alma.

Esto va en la dirección de resaltar que las dos religiosas estudiadas en este trabajo, como tantas otras, no hablaron solamente de Dios ni de las virtudes teologales, sino que, al tiempo que fueron en consonancia con las corrientes artísticas de su momento, se metieron en asuntos serios que competían a los destinos del Estado, como es el caso de sor María de Jesús de Ágreda, o plasmaron ciertas exageraciones, con sorna, de la vida de clausura, como se divisa en distintas composiciones de sor Marcela de San Félix.

Los monasterios, para terminar, no eran tan rígidos como se piensa. A pesar del aislamiento del mundo, de forma presencial, en sus interiores se procuraba estar al tanto de lo que ocurría en el exterior y se respiraba bienestar: agua fresca, jardines, huerta, alegría y un número limitado de religiosas, vinculadas muchas por cierta afinidad. La intelectualidad tuvo su espacio y la escritura se desarrolló. Algunas monjas leían textos y otras los escuchaban embelesadas. Tomar estado religioso, a diferencia del estado de casada, no siempre significaba estar destinada al olvido. Para muchas religiosas, como sucede con sor María de Jesús de Ágreda y sor Marcela de San Félix, la vida comenzaba desde ese mismo momento.

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1De ella nos ocupábamos en Dillingham, Fernández Ulloa y Soler Gallo (2016), donde discutíamos algunas de las ideas que incluimos aquí sobre la situación de la mujer en el XVII.

2Así se denominaba a las señoras, normalmente viudas, que eran acogidas dentro de la clausura, pero sin participar plenamente de la vida de comunidad por hallarse en régimen especial como pensionistas. En su mayoría, estas mujeres eran familiares de las propias monjas.

3Sobre la vida conventual de entonces, incluida la parte intelectual y creativa de las religiosas, son recomendables los trabajos de Pérez Baltasar (1998), Atienza López (2012), Ferrús Antón y Robledo (2019) y Lewandowska (2019). Tanto en el volumen editado por Ferrús Antón y Robledo como en el libro de Lewandowska se estudian las figuras, entre otras, de sor María de Jesús de Ágreda y sor Marcela de San Félix.

4También María de Zayas califica su estilo como simple, pues quiere hacerse entender por las mujeres, incluso por las menos educadas, como manifiesta en Desengaños amorosos (1647), según indica Foa (1979: 105, en Smith, 1987: 234).

5Véanse los trabajos de Murciano (1967) y Vázquez (1982).

6Como indica Smith (1987: 221), hay una obsesión en España por la privacidad doméstica, lo que hacía que no se publicaran memorias y cartas personales.

7Como señala Ferrús Antón (2008: 13–42), el relato se entrelaza con algunos de los mitos prehispánicos de figuración femenina para dar lugar a una narración mestiza, que muta en versiones infinitas a lo largo de los tiempos, tales como los de la Malinche o la Virgen de Guadalupe. Del mismo modo, advierte que las peticiones de los indios para que los misioneros acudieran a sus tierras no debían resultar extrañas, pues podrían contar con las ventajas que aportaban el conocimiento de los sacerdotes y, por su parte, a los religiosos les interesaban escucharlos. Sea como fuere, a los franciscanos les convenía esta relación para promover la conquista y evangelización, y a los habitantes de aquellas zonas les sigue viniendo bien como metáfora identitaria que los diferencia del resto de territorios de Estados Unidos. Para más información sobre la evolución de la historia-leyenda a lo largo de los siglos, es recomendable el estudio de Nogar (2018). Sobre la historia-leyenda de las bilocaciones de la monja de Ágreda tenemos la novela La dama azul de Javier Sierra, periodista, escritor y ganador del Premio Planeta en 2017. Salió publicada en 1998, pero en 2007 fue revisada para su lanzamiento internacional, de modo que se reescribieron y ampliaron algunas partes.

8Se sigue en este trabajo el Diccionario filológico de literatura española (siglo XVII), vol. I, dirigido por Pablo Jauralde Pou (2010).

9Las cartas han sido editadas en varias ocasiones. Contamos con la edición de Francisco de Silvela publicada en 1885 (Rivadeneyra), en dos volúmenes, y que puede hallarse digitalizada en la Biblioteca Nacional de España. También disponemos de la edición de Carlos Seco Serrano de 1958 (Ediciones Atlas). Más reciente, de 2001, resulta la edición de Consolación Baranda Leturio (Castalia).

10En este trabajo se maneja la edición de Silvela para las citas y se respeta la forma en la que aparecen transcritas.

11Aludía, sin duda, a la Duquesa de Olivares, al Duque de Medina de las Torres, al Marqués de Mairena y otros parientes y allegados del conde-duque, que ocupaban aún cargos en la Corte.

12En la edición que se utiliza de Silvela, se encuentra copia de esta carta de Carlos II (1885a, v. II: 744).

13El dogma de la Purísima Concepción no se aprobó hasta 1854 por el Papa IX en la carta apostólica «Ineffabilis Deus»

14En 1583 conoció a su primer amor, la comedianta Elena Osorio, la “Filis” de sus versos, separada entonces de su marido, el actor Cristóbal Calderón; Lope estuvo cuatro años en relaciones con ella, pero al decidir Osorio que iba a casarse con otro hombre, el autor escribió unos libelos en su contra que le trajeron como consecuencia el destierro de la corte (1588–1595).

15Llamada «Belardo a Amarilis»: «Marcela con tres lustros ya me obliga / a ofrecérsela a Dios, a quien desea; / si Él se sirviere, que su intento siga» (Obras poéticas, 1969: 814).

16Los fragmentos seleccionados de esta epístola están tomados de la edición de las Obras poéticas de José Manuel Blecua (1969: 814).

17Pedraza Jiménez indica que en esta epístola «al padre se le cae la baba al recordar la imagen de la hija en el momento de la ceremonia» (2009: 140).

18El duque de Sessa costeó el entierro.

19Un hecho similar y en el mismo lugar había sido protagonizado por Isabel Saavedra, hija natural de Miguel de Cervantes, religiosa trinitaria, cuyos sollozos se oyeron entre los cantos litúrgicos cuando el féretro de su padre llegaba al templo conventual para ser enterrado el 23 de abril de 1616.

20Para más datos, pueden consultarse las Obras completas editadas por Arenal y Sabat de Rivers (1988) y los trabajos de Pérez e Ihrie (2002: 542) y de Vélez Sáinz y Rodríguez Ibarra (2014). En la breve biografía presentada en el portal de la Real Academia de la Historia, elaborada por Pedro Aliaga Asencio, de la Orden Trinitaria, se indican las fechas de estos cargos: el cargo de ministra (superiora) del convento en los trienios 1663–1666, 1669–1672, 1675–1678 y 1683–1685. Durante su segundo superiorato, en 1668, se determinó la construcción de la iglesia del convento, que no se comenzó hasta 1673 y se terminó en 1697. Durante nueve años fue maestra de novicias y durante seis, vicaria y secretaria del capítulo.

21En la actualidad, la calle en la que se ubica el convento se llama Lope de Vega. En su interior, a la izquierda del altar mayor, de un barroco sobrio que conecta con la severidad del conjunto, encima de una reja correspondiente al coro bajo claustral, campea una lápida con esta inscripción: «En este monasterio yacen Miguel de Cervantes Saavedra, doña Catalina Salazar, su esposa, y sor Marcela de San Félix, hija de Lope de Vega».

22Como voces que reivindicaron la importancia de su obra, cabe destacar a Menéndez Pelayo, quien la situó al mismo nivel que su padre (1956: 192–194). María Isabel Barbeito, en su ensayo «La ingeniosa provisora sor Marcela de Vega», publicado en 1982, la catalogaba como una importante autora, de personalidad compleja y fuerte, de la cual, aparte de su inspirada religiosidad, habría que tener en cuenta sus papeles de maestra de novicias, provisora, ministra, directora teatral, actriz y escritora conventual. De reciente aparición, resultan notables los trabajos de Lewandowska (2013 y 2019).

23Los fragmentos de la obra de sor Marcela que se presentan están tomados de las Obras Completas citadas en la bibliografía.

24Destaca también el recurso irónico de convertir sus nombres en esdrújulos, en un juego jocoso con el lenguaje muy del gusto áureo

25Para más datos sobre la ironía en los textos de sor Marcela de San Félix, véase el ensayo de Barbeito Carneiro (1982).

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Antoni Brosa Rodríguez/María José Rodríguez Campillo

Capítulo 2 Liberadas del olvido: un canon de escritoras áureas1

Resumen: Acercarse a la literatura anterior al siglo XX es vislumbrar, desde el primer momento, un problema de género pues, si revisamos simplemente el canon literario, no encontramos a ninguna figura femenina destacada en él. Ello nos lleva a concluir que, o no existieron escritoras antes del XX (cosa muy extraña) o que, tal y como se está descubriendo en la actualidad, las mujeres han sido silenciadas a lo largo de la historia. Nuestra investigación pretende dar visibilidad al trabajo de unas mujeres, las primeras que encontramos dedicadas ya sistemáticamente a la escritura y que podemos incluso denominar “generación literaria femenina”. Estamos hablando del grupo de mujeres escritoras del Siglo de Oro, un grupo que tuvo muy pocos referentes femeninos anteriores a él y que decidieron aventurarse al tomar la pluma en una época muy poco propicia para ello y para ellas. Este trabajo, por tanto, pretende liberar del olvido a esas mujeres del Siglo de Oro que, con distintas estrategias, lograron conquistar el mundo de la escritura, un mundo casi exclusivamente masculino hasta entonces. Por eso nosotros las recuperamos del olvido, para incluirlas en nuestro canon particular de escritoras áureas, un canon que, hasta ahora, permanecía “mutilado”, pues le faltaba la otra mitad, igual o más importante que la que ya había.

Abstract: Approaching literature prior to the 20th century implies, from the first moment, a gender problem because, if we review the literary canon, we do not find any prominent female figuring in it. This leads us to conclude that either there were no female writers before the 20th century (which comes across as very odd) or that, as is being discovered today, women have been silenced throughout history. Our research aims to give visibility to the work of some women, more specifically the first ones that we find already systematically dedicated to writing and that even be called the “female literary generation”. We are taking into consideration the group of women writers of the Golden Age, a group that had very few female referents before it and who decided to venture by taking up the pen at a very unfavorable time for it and for them. This work, therefore, aims to liberate from oblivion those women of the Golden Age who, with different strategies, managed to conquer the world of writing, a world dominated by men. For this very reason we recovered them from darkness, to include them in our particular canon ←43 | 44→of golden writers, a canon that, until now, remained “mutilated”, since it lacked the other half, completely equal to the one that already existed.

Palabras claves: Siglos de Oro, canon, mujeres, generación, género

Keywords: canon, Golden Age, women, generation, gender

1.Introducción

Acercarse a la literatura anterior al siglo XX es vislumbrar, desde el primer momento, un problema de género pues, si revisamos simplemente el canon literario, no encontramos a ninguna figura femenina destacada en él. Ello nos lleva a concluir que, o no existieron escritoras antes del XX (algo bastante extraño) o que, tal y como se está descubriendo en la actualidad, las mujeres han sido silenciadas a lo largo de toda la historia.

Nuestra investigación pretende dar visibilidad al trabajo de unas mujeres, las primeras que encontramos dedicadas ya sistemáticamente a la escritura, y que podemos incluso denominar “Generación literaria femenina áurea”. Estamos hablando del grupo de mujeres escritoras de los Siglos de Oro, un grupo que tuvo muy pocos referentes femeninos anteriores a él y que decidieron aventurarse al tomar la pluma en una época muy poco propicia para ello y para ellas.

Hasta entonces, tenemos muestras esporádicas de escritoras (Teresa de Cartagena, Leonor López de Córdoba, etc.), escritoras que defendían precisamente su derecho a escribir; pero ahora, con el Renacimiento, parece que se va a abrir una nueva etapa, con ese afán por saber que invade tanto a hombres como a mujeres. Y, a pesar de que los hombres de esta época las quieren seguir relegando al ámbito doméstico, para así relegarlas al olvido, ellas ya han iniciado su liberación, han conseguido quebrar su silencio y, ya sí en masa, se iniciarán en el proceso de la escritura.

Por ello, el trabajo que presentamos pretende recuperar y poner en valor el patrimonio literario femenino de los Siglos de Oro con el objetivo de contribuir al mejor conocimiento de unas autoras poco editadas y estudiadas, así como abrir la puerta a futuras investigaciones. En definitiva, lo que pretendemos es liberar del olvido a esas intrépidas mujeres de los Siglos de Oro que, con distintas estrategias, lograron conquistar el mundo de la escritura, un mundo casi exclusivamente masculino hasta entonces.

Ellas escribieron dentro de todos los géneros literarios del momento, no fueron solo novelistas (Zayas), dramaturgas (Caro) o poetisas (Cristobalina Fernández de Alarcón), y despertaron las iras de sus compañeros (Cristobalina ←44 | 45→despertaba a menudo las iras de Quevedo y de Góngora, ya que se imponía en todos los certámenes poéticos en los que concursaba), pero también elogios (Lope homenajea a numerosas autoras coetáneas en sus obras).

1. 1.Objetivos

El objetivo general de este trabajo es ayudar a restaurar el importante patrimonio cultural que aporta la literatura femenina de los Siglos de Oro. Se pretende, así, visibilizar a las escritoras de los Siglos de Oro, tanto a las religiosas como a las que se decantaron preferiblemente por la literatura profana en la época áurea.

Para conseguir cumplir ese macroobjetivo, nos marcamos los siguientes objetivos específicos: a) establecer una pequeña nómina de las escritoras que componían en los Siglos de Oro; b) dar a conocer, al menos, alguna de las obras de estas escritoras áureas.

1. 2.Metodología

El proceso metodológico que aquí se propone sirve para poder alcanzar los objetivos y resultados planificados anteriormente. Para lograr llevar a cabo estos objetivos, la metodología utilizada consistirá en sistematizar los datos que ofrecen las distintas fuentes documentales en torno a la literatura de los Siglos de Oro (Arenal y Sabat, 1988; Arenal y Schau, 1989; Barbeito, 1992; Barrera, 1999 [1860]; Calvo, 1954; Caso, 2005; Flores, 1984; García Lorenzo, 2000; Jiménez Faro, 1987; Lledó y Otero, 1994; Marimón, 1990; Navarro, 1989; Nelken, 1930; Nieva, 1993; O’Connor, 1988; Reinoso y Walde, 1009; Ruiz Guerrero, 1997; Serrano Sanz, 1975 [1903]; Simón y Fernández, 1992 y Torres Sánchez, 1991), para poder poner a disposición del estudioso de los textos, pero también a otros profesionales, una serie de nombres, textos y datos sobre las escritoras, habitualmente nula o escasamente representadas, con la intención de que lleguen, en buenas condiciones de fiabilidad textual y accesibilidad, al público lector. Esta documentación se ha hecho investigando en bibliotecas y archivos, en espacios físicos, pero también en espacios virtuales, a través del ingente material que la red nos proporciona ya hoy en día.

El procedimiento metodológico que se ha seguido para poder cumplir los objetivos se puede estructurar en varias etapas:

1)Determinación de las necesidades de documentación pues, ante todo, se han tenido que precisar los tipos de documentos que existen o pensábamos encontrarnos, más que nada para garantizar la fiabilidad del proceso ←45 | 46→de trabajo: se han determinado esos tipos de documentos que existen y sus requisitos específicos y, también, los que nosotros querríamos encontrar.

2)Después, se ha tenido que diagnosticar la situación de la documentación y, para ello, se ha tenido que conocer la documentación existente y especificar nuestras necesidades. Así, hemos elaborado una guía para determinar qué buscamos, elaborar un plan de acciones para ello y ejecutar esa guía.

3)Seguidamente, se ha tenido que hacer un diseño del sistema documental que necesitábamos, para establecer todos los elementos generales necesarios. Para ello, se ha tenido que definir la jerarquía de la documentación, su estructura y formato, determinar los procesos de documentación a seguir, establecer el flujo de la documentación y confeccionar el plan de elaboración de documentos.

4)El siguiente paso, por supuesto, ha sido la elaboración de esos documentos.

5)Seguidamente, se ha hecho una implantación del sistema de documentación para que nos ayude en la investigación: definir, distribuir y clasificar la documentación según nuestras necesidades.

6)Cuando ya se han tenido los documentos precisos (recopilación de textos e información sobre escritoras áureas), para poder cumplir con los objetivos planteados, en ediciones filológicamente fiables, hemos tenido que clasificarlos y ordenarlos.

7)Al clasificar y ordenar la documentación y el material encontrado, se ha podido crear una amplia base de datos y, sobre ese corpus, ya informar de los hallazgos.

8)Con el material encontrado, ofrecemos, ya en último lugar, un corpus significativo de autoras áureas que, aquí y ahora, por problemas de espacio, hemos tenido que reducir (la mayoría de las veces) al género teatral en exclusiva, aunque podemos afirmar que el resto de géneros literarios en los Siglos de Oro los hemos encontrado en idénticas condiciones: con infinidad de escritoras y obras que permanecen invisibilizadas.

2.Estado de la cuestión

Sería imposible recoger en estas páginas toda la bibliografía existente sobre la literatura española de los Siglos de Oro. Nuestro objetivo, aquí, es resumir brevemente el estado actual de la cuestión, haciendo referencia a algunos proyectos y trabajos recientes que se ocupan de la literatura áurea, con la única intención de poner de manifiesto la escasa o nula presencia de estudios que se consagren a las escritoras del siglo XVII. Aunque, como hemos mencionado, al iniciar la investigación, nos hemos dado cuenta de la ingente cantidad de material que ←46 | 47→sobre los Siglos de Oro hay y, por ello, hemos decidido acotar este “Estado de la cuestión” a la parcela teatral femenina exclusivamente.

Así, concluiremos este apartado con una lista de referencias que recogen una selección de investigaciones sobre teatro femenino de los Siglos de Oro, como muestra de qué es lo que se ha hecho hasta ahora en lo referente a uno de los géneros literarios que en los Siglos de Oro las escritoras trabajarán.

Los estudios sobre teatro de los Siglos de Oro españoles, durante los últimos años, han estado, y siguen estando hoy en día, marcados, sobre todo, por el macroproyecto de investigación denominado «Patrimonio teatral clásico español. Textos e instrumentos de investigación», más conocido como el TC/12. Ante una actividad científica de tal envergadura, nosotros aquí solo podremos mencionarla parcialmente y de manera muy genérica, ya que las perspectivas abiertas son infinitas y es imposible recogerlas ahora a todas.

El Dr. Marco Presotto, en su trabajo «Investigaciones sobre el teatro del Siglo de Oro (2011–2014). Balance y perspectivas» (2015), reseña maravillosamente las distintas iniciativas y trabajos que se han llevado a cabo hasta 2014 «sin tener un afán de exhaustividad, solo intentando dar cuenta de los más significativos caminos de la crítica, así como señalar ámbitos de investigación que han recibido una menor atención» (Presotto, 2015: 157). Le seguiremos, añadiendo alguna que otra mención especial, en este pequeño resumen del estado de la cuestión.

Inicia el Dr. Presotto su reseña con el proyecto TC/122, ese macroproyecto que, según reza en la portada de su página web, lo componen 12 equipos, más de 150 investigadores de 52 universidades y centros de investigación de todo el mundo, y que tiene como objetivos:

La edición sistemática y el estudio en profundidad del teatro clásico español.

La creación y aplicación de nuevas tecnologías en su investigación.

La puesta en marcha de una colección digital de teatro clásico europeo.

La transferencia de sus investigaciones mediante la colaboración con instituciones científicas y culturales.

Situar al teatro clásico español en la nueva red global de referencias culturales.

Estamos, por tanto, ante un avance sin precedentes en términos de promoción, divulgación y relación con el mundo del teatro, ante una valoración del importante patrimonio teatral clásico español. Sin embargo, solo por poner un ←47 | 48→pequeño ejemplo, en el Congreso sobre «El patrimonio del teatro clásico español. Actualidad y perspectiva», celebrado en Olmedo en julio de 2013 y en el que participaron algunos integrantes de este grupo y que dio lugar a un volumen de actas (publicadas por la universidad de Valladolid en 2015 por Vega, Urzáiz y Conde) de 761 páginas, no aparece ni siquiera la mención a una sola dramaturga de la época. Se habló del aumento de los recursos, del mejoramiento del sistema de divulgación, del crecimiento de la productividad de los equipos del TC/12…, pero de ninguna escritora dramática.

Este mismo TC/12 recopiló el llamado «Canon 60»3, que es una colección de 60 obras de teatro clásico español seleccionadas por consenso entre todos los investigadores de ese macroproyecto, para hacer visible, internacionalmente, el núcleo, según ellos, más valioso del patrimonio del teatro clásico español y que ahora, gracias a ellos, tenemos accesible en línea. Sin embargo, de las 60 obras (62 en total, pues dos de ellas están dobladas), solo encontramos a dos dramaturgas, sor Juana Inés de la Cruz y María de Zayas, el 3,3% del total.

Y, en la misma dirección: el «VIII Congreso de la Asociación Internacional del Siglo de Oro» (AISO), celebrado en Santiago de Compostela en 2008 (Azaustre y Fernández, 2011), recoge unas cifras estremecedoras:

Se reunieron 300 especialistas de todos los rincones del mundo.

La temática, en exclusiva, fue el Siglo de Oro.

Sus actas se convirtieron en «un referente actualizado de los conocimientos de la literatura y la época áurea» (según consta en la introducción de estas).

Se recogieron 247 textos de comunicaciones.

Hubo 5 conferencias plenarias.

Se publicaron 3 volúmenes de actas, con más de 1500 páginas escritas.

El tercer volumen está dedicado exclusivamente al teatro de los Siglos de Oro, con 55 textos que recogen, según ellos, «una interesante visión panorámica de los principales dramaturgos del XVII».

Sin embargo, no se habla de ninguna dramaturga.

La «Casa di Lope»4, referente valiosísimo en literatura española clásica que está actualizando constantemente su bibliografía (por la Dra. Fausta Antonucci) y al que debemos remitirnos los estudiosos de los Siglos de Oro si queremos ←48 | 49→tener una visión completa y puesta al día de la época, contenía, en mayo de 2017, 7474 entradas distintas de fichas bibliográficas sobre trabajos relacionados con el teatro clásico español y, de ellas, solo encontramos 130 entradas de dramaturgas (7 de Ángela de Acevedo, 18 de Ana Caro, 6 de Leonor de la Cueva, 17 de Feliciana Enríquez, 69 de sor Juana Inés de la Cruz y 17 de María de Zayas), el 1,74 % de todo lo recogido. Además, en las novedades bibliográficas de diciembre de 2016 solo hay un artículo sobre los autos sacramentales de sor Juana Inés de la Cruz y otro sobre Ana Caro y su obra El Conde Partinuplés.

GRISO, Grupo de Investigación del Siglo de Oro que forma parte del TC/12 y que se ocupa, sobre todo, de Calderón, Tirso, la comedia burlesca, Quevedo…, suele tener muy pocas menciones a dramaturgas de la época. Así:

En el Congreso de Jóvenes Investigadores de 2016 (JISO 2016), celebrado en Pamplona (editadas sus actas por Mata y Santa, 2016), no se habló de ninguna de ellas.

En el Congreso Internacional del Siglo de Oro en el viejo y nuevo mundo5, celebrado en Perú en 2016, solo se trabajó algo a sor Juana Inés de la Cruz.

En el XI Congreso de la Asociación Internacional del Siglo de Oro (AISO)6, que se celebró en julio de 2017, había una sesión sobre sor Juana Inés y poco más.

Y su revista Hipogrifo7 que, desde 2013, está dedicada al Siglo de Oro en su sentido más amplio y con un enfoque abierto y multidisciplinar, ha publicado, hasta día de hoy, 10 volúmenes (2 por año) y, en 2013, recogió un pequeño artículo sobre sor Juana Inés, en 2015 uno sobre místicas españolas y en 2016, año de Santa Teresa, dos artículos sobre ella: solo esto en 10 años de publicaciones.

TESAL 168, grupo que se ocupa del teatro salmantino del XVII en Salamanca y que tuvo vigencia de enero de 2012 a diciembre de 2014, en sus 18 publicaciones, 15 ponencias, 11 comunicaciones, 6 tesis doctorales, 1 trabajo de final de grado y 4 trabajos de final de máster, no recoge estudio alguno sobre dramaturgas de la época. Aunque es remarcable que esta misma universidad, el 16–17 de mayo ←49 | 50→de 2017, colaboró en un seminario de investigación, BIESES, sobre «La metodología de redes en el estudio de la escritura femenina»9, en el que se hablaba sobre un tema tan interesante como es la sociabilidad literaria femenina.

Anagnórisis10, la revista de investigación teatral de todas las épocas, en la que cada número es un monográfico y que empezó a publicarse en 2010, solo tiene un monográfico, el primero, de junio de 2010 sobre «Las mujeres en el teatro», en el que únicamente se habla de una dramaturga del XVII, Ana Caro.

Además, también tenemos otros grupos, ya más específicos en sus investigaciones, como son:

ArteLope (Base de datos y argumentos exclusivamente del teatro de Lope de Vega, en TC/12), dirigido por Joan Oleza.

DICAT (Diccionario de actores del teatro clásico español, incluido en el TC/12, dirigido durante 15 años por la Dra. Teresa Ferrer Valls y publicado en formato DVD por Reichenberger en 2008).

CATCOM (Base de datos de comedias mencionadas en la documentación teatral 1540–1700, dirigido en la actualidad por la Dra. Teresa Ferrer Valls).

GIC (Grupo de investigación de Calderón).

GLESOC (Grupo que forma parte del TC/12 y que se decanta más por la novela y la poesía de los Siglos de Oro).

PROLOPE (con 25 años de existencia ya, pero centrados en la figura del gran Lope de Vega).

CLEMIT (Base de datos de censuras y licencias en manuscritos e impresos teatrales, en una primera fase del 2006 al 2009).

El Diccionario Crítico e Histórico de la Práctica Escénica en el Teatro de los Siglos de Oro (dirigido por la Dra. Evangelina Rodríguez Cuadrados, de la Universidad de Valencia, integrado en el TC/12 y que construye, como su nombre indica, un diccionario de la práctica escénica áurea).

BADIG (Biblioteca Áurea Digital, que recoge la impresionante labor del GRISO, pero centrado en la escritura de Calderón).

De ellos, solo podemos llamar la atención, brevemente, sobre algunas de sus prioridades pues, en la actualidad, no recogen mucha literatura femenina.

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Frente a esto, en la actualidad, hay que reconocer, en justicia, todos los datos aportados por los numerosos estudios generales que se están haciendo, algunos de los cuales destacamos aquí:

Así, subrayar, por ejemplo, los trabajos de la Dra. Teresa Ferrer Valls (1995, 2002, 2003a, 2003b, 2006a, 2006b) sobre distintas dramaturgas áureas pues, entre otras muchas cosas, desde 1993 dirige, en el Departamento de Filología Española de la Universidad de Valencia, uno de los proyectos de investigación sobre teatro áureo más ambicioso de los últimos años, consistente en almacenar y ordenar críticamente, en un soporte informático, la abundante documentación que hasta el momento se ha publicado sobre este tema, incluyendo a todos aquellos actores y autores cuya actividad profesional se registra desde la aparición de las primeras compañías profesionales, en el siglo XVI, hasta comienzos del XVII.

Son interesantes, asimismo, los trabajos realizados por Lola Luna sobre la figura de Ana Caro: a partir de ella se popularizaron la dramaturga áurea y su obra y, en la actualidad, los más modernos de Juana Escabias (2012) sobre la misma autora.

Por otra parte, hay que destacar, por ejemplo:

El amplio proyecto de investigación de la Dra. Nieves Baranda financiado por el Ministerio de Educación y Ciencia en 2005 y titulado «Bibliografía de escritoras españolas: Edad Media - Siglo XVII». Además, obviamente, de su investigación previa, en la misma línea (Baranda 1998, 2003a, 2003b, 2004 y Baranda y Montejo 2002).

El de Anna Caballé (2003), como directora de la obra con varios volúmenes, La vida escrita por mujeres (en bibliografía) o el de Victoria Cirlot (1999) sobre Escritoras medievales.

Fernando Doménech es el editor de un Teatro breve de mujeres (1996), además de uno específico del barroco y Leonor de la Cueva (Doménech y González 1994) y José Antonio Hormigón el director de Autoras en la historia del teatro español (15001994) (1996).

Por supuesto, las ya clásicas obras de Serrano Sanz, Apuntes para una biblioteca de autoras españolas desde el año 1401 al 1833 (1975 [1903]), o la de Méndez Bejarano (1922), Diccionario de escritores, maestros y oradores naturales de Sevilla y su actual provincia, ambas recogidas en la bibliografía final y que nos han sido de gran ayuda en este trabajo.

La obra de Iris Zabala (1998) como coordinadora de una Breve historia feminista de la Literatura Española.

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Por supuesto, destacar la labor de Clara Janés, como autora de libros tan importantes como el de Las primeras poetisas en lengua castellana (1986), pero, también, como comisaria de una exposición en la Biblioteca Nacional (enero de 2013) titulada «El despertar de la escritura femenina en lengua castellana», donde pudimos ver las obras expuestas de cuarenta autoras, entre ellas la de sor Marcela de san Félix, María de Zayas, Cristobalina Fernández de Alarcón, sor Juana Inés de la Cruz o sor María de la Antigua (que dejó escritos más de 1300 cuadernos). La Biblioteca Nacional, una institución con tradición machista, como mencionaba su directora, Gloria Pérez-Salmerón, en 2013 a raíz de esta exposición y que, por fin, ha hecho una exposición sobre literatura femenina.

Y, para finalizar, algo más reciente como el cartel de la Feria del Libro de 2018, donde se denuncia el olvido de las escritoras, y en el que se pretende dar visibilidad al trabajo de estas mujeres de todos los tiempos que han sido silenciadas a lo largo de la historia.

Como vemos, solo son algunos investigadores, pero su trabajo nos facilita ya, hoy en día, el poder acercarnos, un poco más, a estas escritoras, olvidadas injustamente.

3.Literatura femenina áurea: el canon olvidado

No existe una definición que esté universalmente aceptada de lo que denominamos “Canon Literario” pues, como es lógico, la inclusión en el canon o no de ciertas obras de la literatura es algo muy subjetivo e incluso podríamos decir que ambiguo: quién produce el canon, por qué lo produce así y no de otra manera, cómo lo produce, cómo subsiste ese canon, cuál es su caducidad, qué criterio se sigue para hacerlo…, son muchos condicionantes que, como decíamos anteriormente, producen ambigüedad y subjetivismo a partes iguales.

La palabra canon proviene del griego, Kanón, que significaba, entre otras muchas cosas, «vara de medir» y, por ello, la definición más adecuada a esta palabra podría perfectamente ser la que ofreció por primera vez D. Ruhnken en 1768: «Lista de autores selectos de un género literario».

Ya los griegos, en el periodo helenístico (Aristófanes de Bizancio) o los filólogos del Museo de Alejandría necesitaron fijar los libros más destacados y modélicos de los distintos géneros literarios de sus respectivas épocas, al igual que sucedió en la antigua Roma, donde se tenían unas listas de honor literario (enkrithéntes). Pero el debate surgió, sobre todo, a partir de la Edad media, pues las distintas lenguas, con distintas culturas y, por lo tanto, con distintos ←52 | 53→puntos de vista, empezaron ya a discutir sobre las características de las obras que merecían ser incluidas en el canon o no, y vieron, por ello, lo subjetivo de dicho canon.

En los últimos tiempos hay un gran movimiento que retoma el análisis de la literatura española de los Siglos de Oro, ayudado por proyectos importantes, como hemos podido ver en el “Estado de la cuestión”. El resultado de todo ello es un conjunto de estudios monográficos, un cambio de perspectiva, un nuevo modo de ver la literatura… Sin embargo, a pesar del interés por los Siglos de Oro y su literatura, las mujeres escritoras siguen estando relegadas, siguen siendo invisibles: su estudio ha quedado reducido, sustancialmente, a hechos puramente anecdóticos. En algunos libros, artículos o congresos, se habla un poco de las escritoras áureas en general, pero no se ocupan directamente de alguna de ellas en concreto. Y, por supuesto, no suelen aparecer en ningún canon literario.

Es sorprendente cómo la cantidad exponencial de ediciones que se están realizando no haya podido dar lugar a que reflexionemos en torno a esta carencia tan importante. Resulta difícil encontrar trabajos que hablen sobre este déficit que posee la literatura áurea. No está en nuestro ánimo, ni mucho menos, criticar la ingente e impagable labor de todos los investigadores que se dedican al estudio de los Siglos de Oro, nada más lejos de nuestra intención. Simplemente queremos hacer notar que, en general, son estos mismos investigadores los que nos hacen ver las carencias que sobre literatura femenina de los Siglos de Oro todavía tenemos.

Ante la ingente cantidad de recursos que se han puesto a disposición de los investigadores para la edición de este importante legado cultural clásico, quizá haya que preguntarse por qué, a pesar de ello, no se ha producido (no ya previamente, sino ahora) una actividad crítica en torno a la literatura femenina de los Siglos de Oro, que necesitaría de un estudio de conjunto.

Los trabajos de los últimos tiempos implican que ya es improrrogable, en nuestra opinión, una reflexión teórica común sobre la literatura clásica española femenina. Esta prioridad aparece, a veces, desatendida, dando primacía a los grandes escritores (Lope, Cervantes, Calderón…): primacía admirable, pero que no exime de apartar el estudio de las féminas que los acompañaron en su misma época, pues tal carencia repercute, incluso, en los estudios introductorios, muy embellecidos por todo lo que se está haciendo por recuperar la literatura clásica española, pero incompletos en cuanto a documentación.

Por todo lo dicho, el trabajo que presentamos pretende dar lugar a la recuperación efectiva de un patrimonio cultural de la literatura femenina de los Siglos de Oro y a un progreso, también efectivo, en el establecimiento (ya completo, ←53 | 54→con las escritoras) de una historia de la literatura española de la época construida sobre datos concretos y textos fiables.

Tab. 1:Esbozo de autoras dramáticas de los Siglos de Oro

Así, como se puede ver en la Tab. 1, recogemos seguidamente una mínima muestra de nombres de autoras dramáticas de los Siglos de Oro y, seguidamente, anexamos alguna de sus obras. Y, finalmente, debemos repetir que, a pesar de que la relación que ofrecemos no es excesivamente extensa ni detallada, espera ser un punto de partida que inicie las investigaciones del tema que nos ocupa.

I.Leonor de Meneses Noronha, primera Condesa de Serem (?- 4 septiembre 1640). Seudónimo: Laura Mauricia.

El desdeñado más firme, novela cortesana en BNE R-25004

II.Beatriz de Sousa y Melo (Torres Novas, 1.ª mitad siglo XVII).

La vida de Santa Elena y invención de la Cruz y Yerros enmendados y alma arrepentida (ambas recogidas en La Barrena, Teatro antiguo clásico).

III.Isabel Senhorinha da Silva (Lisboa, 11 de septiembre de 1658-?)

Celos abren cielos (comedia) y Aparecimiento de Nossa Senhora de Guadalupe (ambas recogidas en La Barrena, Teatro antiguo clásico).

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IV.Juana Josefa de Meneses (Lisboa, 17 de septiembre 1651-26 de agosto de 1709).

El divino imperio de Amor, El duelo de las finezas y Contienda del amor divino y humano (auto sacramental en dos partes). Todas perdidas en el terremoto que asoló Lisboa en 1755, pero con constancia de que las escribió.

V.Ángela de Acebedo (Lisboa).

Dicha y desdicha del juego y devoción de la Virgen (BN, MS T-21435), El muerto dissimulado (BN T- 19.049) y La margarita del tajo que dio nombre a Santarem (BN T- 33.142) (en Scott, 1977 y Doménch, 1999).

VI.Bernarda Ferreira de Lacerda (Oporto 1595–1644).

Sonetos y décimas.

Hespaña libertada (Lisboa, 1618), Cazador del cielo y La buena y mala amistad (estas dos últimas atribuidas por Nicolás Antonio Costa e Silva).

VII.Sor Cecilia del Nacimiento (Valladolid, 1570–1646).

Poesía religiosa varia.

Vida de la madre Ana de San Alberto…, Fiestecica para una profesión religiosa y Una fiestecica que seyzo a una profesión… (conservadas en el convento que profesó la religiosa).

VIII.Sor María de San Alberto (Valladolid, 1568–1640).

Visiones, Diario, Cartas varias.

Testimonio acerca de la vida y virtudes de San Juan de la Cruz.

Fiestecica del Nacimiento, Fiestecica de los Reyes y Fiestecica del Nacimiento con cuatro virtudes. Paz, justicia, verdad y misericordia.

IX.Sor Luisa del Espíritu Santo.

Testimonio de las virtudes de la Madre Beatriz de San Miguel, religioso del convento de Granada.

X.Sor Gregoria Francisca de Santa Teresa (Sevilla, 9 de marzo de 1653-27 de abril de 1736) Nombre: Gregoria Francisca de la Parra Queynoghe.

Poesía mística.

Relación de su vida: vida exemplar, virtudes heroicas y singulares recibos de la Venerable Madre Gregoria Francisca de Santa Teresa, carmelita descalza.

XI.Sor Francisca de Santa Teresa (Madrid, 15 de agosto de 1654- 2 de abril de 1709) Nombre: Manuela María Escarate.

Coloquios para la profesión de Sor Rosa de Santa María, Coloquio a la profesión de sor Manuela Petronila y Coloquio para la víspera de Nochebuena.

Entremés del estudiante y la Sorda.

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XII.Sor Marcela de San Félix (Toledo, 1605- Madrid, 1688).

Poesía varia, cartas, loas a distintos coloquios y varios coloquios espirituales:

Muerte del apetito, El alma, la paz, la sinceridad, el celo indiscreto, De la estimación de la religión, Del Nacimiento, Del Santísimo Sacramento, Coloquio entre el Alma, la Tibieça, la Oración, el Amor Divino.

XIII.Sor Estefanía de la Encarnación (Madrid 1597 -?)

Prosa: Prados de Jerusalén (1625), El Tabernáculo Místico (1628) y Vida de sor Estefanía (1631).

XIV.Sor María de la Encarnación (Madrid, siglo XVII).

Prosa: Testimonio acerca de las virtudes de sor Isabel de Santo Domingo (1638) y Noticias a la vida de las religiosas carmelitas del Convento de Sevilla (Sevilla, 1616).

XV.Sor María do Ceo (Lisboa, 11 de septiembre de 1658–1752?) Seudónimo: María Clemencia.

Poesía varia.

Novela simbólica: La peregrina (leyenda)

Cartas a la Duquesa de Medinaceli.

Teatro: Acto alegórico a San Alexo, intitulado Amor es fé, Las lágrimas de Roma y Mayor fineza de amor.

XVI.Sor Juana Teodora de Sousa (Lisboa, 1.ª mitad siglo XVII).

El gran prodigio de España y lealtad de un amigo (Comedia Nueva recogida, en parte, en Serrano Sanz).

XVII.Sor Juana Inés de la Cruz (México, 12 de noviembre de 1651-17 de abril de 1695) Nombre: Juana Inés de Asbaje.

Poesía varia.

Carta Athenagórica…

Auto sacramental del divino Narciso.

Teatro: Los empeños de una casa (2006) y Amor es más laberinto (2006).

XVIII.Ana Caro y Mallén de Soto (Sevilla? 1590–1650).

Poesía varia.

Relación de las fiestas por los mártires de Japón (Sevilla, 1628), Grandiosa vitoria que alcançó de los Moros de Tetuán (1633), Contexto de las Reales Fiestas que se hicieron… (1637), Loa sacramental en cuatro lenguas (representada en 1639), La cuesta de la Castilleja (1641), La puerta de la Macarena (1642), Coloquio entre dos (1645), Auto sacramental para las fiestas del Corpus… (entre 1641–1645).

Teatro: Valor, agravio y mujer (1993) y El Conde Partinuplés (Scott Souflas, 1977)

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XIX.Mariana Carvajal y Saavedra (Jaén, 1600-?).

Navidades de Madrid y noches entretenidas (1993).

12 comedias escritas y hoy desaparecidas.

XX.María de Zayas y Sotomayor (Madrid, 12 de noviembre de 1590–1661).

Poesía varia.

Novelas amorosas y ejemplares (en Zaragoza, en 1635) (2000) y Sacro y entretenimiento honesto…

La traición en la amistad (comedia nueva) (1994).

XXI.María Egual, marquesa de Castelfort (Castellón de la Plana, 1655–1735).

Poesía varia (en BN MS 22034)

Loa para la comedia También se ama en el abismo, de don Agustín de Salazar, Los prodigios de Tesalia y Triunfo de amor en el aire (toda la obra recogida por Pasqual Mas y Javier Vellón en 1997 en Literatura barroca en Castellón: literatura profana, María Egual, pp. 55–181)

XXII.Leonor de la Cueva y Silva (Medina del Campo, 1.ª mitad XVII- 1650).

Poesía a la muerte de María Luisa de Borbón.

La firmeza en el ausencia (comedia nueva).

XXIII.Feliciana Enríquez de Guzmán (Sevilla, 1580–1640).

Carta executoria de la Tragicomedia de los jardines y campos sabeos.

Tragicomedia de los jardines y campos sabeos (Coimbra, 1624).

Entreactos a la Tragicomedia de los jardines y campos sabeos: Las Gracias Mohosas.

XXIV.Ana Ponce de León (Marchena, Sevilla, 3 de mayo de 1527-26 de abril de 1601), Condesa de Feria.

Epístola canónica de san Juan.

XXV.Doña Luisa de Manrique (Nápoles, 1604-Madrid, 1660) Condesa de Paredes.

El año santo ó meditaciones para todos los días en la mañana, tarde y noche, sobre la vida de Christo Señor Nuestro.

4.Conclusiones

Como investigadores, tenemos la obligación de desvelar las voces que han pasado desapercibidas, que han sido ignoradas sistemáticamente a lo largo de la historia (y sobre todo las de épocas tan lejanas de la literatura castellana como es la de los Siglos de Oro), para conocer a las madres, a los modelos de las escritoras siguientes. Son, como hemos podido ver, distintas voces que el canon literario nunca ha tenido en cuenta, pero que nosotros creemos que aportan ←57 | 58→su peculiar visión, su particular punto de vista y, por ello, al menos, se han de conocer.

Por ello, las hemos rescatado (ese era uno de los objetivos planteados en este trabajo), para que podamos empezar a ampliar nuestro conocimiento de la literatura clásica española, que también tiene a grandes escritoras en su nómina. Así, ahora, podremos elaborar una pequeña lista, más completa, del panorama literario áureo.

Además, al rescatar también del olvido alguna de sus obras (al menos el título), hemos puesto en marcha la maquinaria para poder completar, también, el patrimonio literario español clásico.

Los Siglos de Oro españoles son una época estudiada, por ejemplo, en secundaria y bachillerato y, en el material docente de dichos cursos, no se encuentra referencia alguna a las figuras literarias femeninas: hay, por ello, un sesgo importante. Por eso nosotros las hemos recuperado del olvido, para incluirlas en nuestro canon particular de escritoras áureas, un canon que, hasta ahora, permanecía “mutilado”, pues le faltaba la otra mitad, igual o más importante que la que ya había.

Con este pequeño trabajo, hemos pretendido llenar un poco el vacío que encontramos en los Manuales de Literatura Española y deseamos que, a partir de ahora, se elaboren dichos manuales con los nombres de algunas de las escritoras y, por qué no, con alguna que otra obra de estas. Solo así, el panorama literario áureo quedará completo.

Referencias

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Arenal, E. y Schlau, S. (1989). Untold Sister: Hispanic Nuns in Their Own Works, trad. Amanda Powell. Alburquerque: University of New Mexico Press.

Azaustre Galiana, A. y Fernández Mosquera, S. (Coords.) (2011). Compostella aurea. Actas del VIII Congreso de la Asociación Internacional del Siglo de Oro (AISO). Santiago de Compostela: Servizio de Publicacións.

Baranda, N. (1998). Por ser de mano femenil la rima: de la escritora a sus lectores. Bulletin Hispanique, 100, 449–473.

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1Este trabajo ha sido posible gracias a la ayuda de la Universitat Rovira i Virgili (URV) (2017PFR-URV-B2-47).

2Extraído de Tab. 1: s://tc12.uv.es (16 de agosto de 2019).

3Canon 60 Tc/12: http://www.cervantesvirtual.com/partes/682072/canon-60-la-coleccion-esencial-del-tc12-teatro-clasico-espanol [cervantesvirtual.com] (16 de agosto de 2019).

4www.casadilope.it (16 de agosto de 2019).

5https://grisounav.wordpress.com/2016/08/16/celebrado-en-arequipa-peru-el-congreso-internacional-el-siglo-de-oro-en-el-viejo-y-nuevo-mundo-arte-literatura-historia-perspectivas-desde-el-siglo-xxi/ (16 de agosto de 2019).

6https://aiso-asociacion.org/xi-congreso-aiso-madrid-2017 (16 de agosto de 2019).

7https://www.revistahipogrifo.com/ (16 de agosto de 2019).

8https://iemyrhd.usal.es/?proyecto=tesal16-documentacion-edicion-estudio-y-propuestas-de-representacion-del-teatro-del-siglo-xvi-en-salamanca [iemyrhd.usal.es] (16 de agosto de 2019).

9https://iemyrhd.usal.es/wp-content/uploads/2017/05/Seminario-Bieses-PROGRAMA.pdf [iemyrhd.usal.es] (16 de agosto de 2019).

10www.anagnorisis.es (16 de agosto de 2019).

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Elena María Benítez-Alonso

Capítulo 3 Los “papeles” de la prensa como arma liberal en el exilio angloespañol decimonónico y el panamericanismo hispano

La “Robespierra” y la “Libertadora del Libertador”

Resumen: A principios del siglo XIX, la represión absolutista de Fernando VII llevó al exilio a no pocos liberales españoles que hallaron en Londres un refugio político y centro intelectual desde el que emprender proyectos editoriales con los que defender la causa liberal hispana. El éxodo liberal español se produjo durante el Sexenio Absolutista (1814–1820), tras el retorno del rey borbón al finalizar la Guerra de la Independencia con Francia, y, tras la tregua del Trienio Liberal (1820–1823) por el pronunciamiento de Rafael del Riego, durante la Década Ominosa (1823–1833). El exilio liberal de los españoles se hizo entonces más patente en Londres, sobre todo con el surgimiento de sinergias periodísticas anglohispanas. En todo este contexto, adquiere especial relevancia la interrelación del papel político-periodístico de mujeres como Carmen Silva, mediante su labor liberal al frente de El Robespierre Español en España, pero también en El Español Constitucional en el exilio inglés. También, desde la América colonial en la lucha frente a la metrópolis española, destaca el compromiso de Manuela Sáenz, “Libertadora del Libertador”, según Simón Bolívar, a través de su casi desconocida faceta propagandística a favor del panamericanismo hispano valiéndose del uso de papeles de la prensa.

Abstract: At the beginning of the 19th century, the absolutist repression of Fernando VII led to exile to many liberals who found in London a political refuge and intellectual center from which to undertake editorial projects with which to defend the Hispanic liberal cause. The Spanish liberal exodus occurred during the Absolutist Sexenio (1814–1820), after the return of the Bourbon king at the end of the War of Independence with France, and, after the truce of the Liberal Triennium (1820–1823) by the pronouncement of Rafael del Riego, during the Ominous Decade (1823–1833). The liberal exile of the Spaniards then became more evident in London, especially with the emergence of Anglo-Hispanic journalistic synergies. In all this context, the interrelation of the political-journalistic role of women like Carmen Silva acquires special relevance, through her liberal work at the head of El Robespierre Español in Spain, but also in El Español Constitucional in English exile. Also, from colonial America in the fight against the Spanish metropolis, the commitment of Manuela Sáenz, “Liberator of the Liberator” according to Simón ←63 | 64→Bolívar, stands out, through her almost unknown propaganda in favor of Hispanic Pan-Americanism using the press “papers”.

Palabras claves: prensa, Hispanoamérica, exilio español, Londres, siglo XIX, escritoras liberales

Keywords: press, Latin America, Spanish exile, London, 19th century, liberal writers

1.De España a Londres e Hispanoamérica: guerrilleras y periodistas

De la coincidencia en el Londres de las primeras décadas del siglo XIX entre españoles exiliados por la represión antiliberal de Fernando VII y políticos hispanoamericanos desplazados en la capital británica por los mismos años, no solo surgieron lazos de hermandad que fructificaron en el emprendimiento conjunto, entre otras cosas, de empresas periodísticas. Como resultado de este encuentro cultural, se plantea, asimismo, dentro del campo de la comunicación impresa, un fenómeno de interrelación de la obra de autoras españolas liberales exiliadas en Londres con la de iconos femeninos americanos del ámbito de la política, con su correspondiente repercusión en el mundo de la comunicación periodístico-propagandística. No es de extrañar, pues, que Martha Washington (esposa de George) y, en especial, Manuelita Sáenz (compañera sentimental, y en la lucha por la independencia americana frente a España, de Simón Bolívar) pudieran haber sido tomadas como referentes, por ejemplo, por otra guerrillera (lo había sido en España y en otra guerra de independencia, la llevada a cabo contra Francia) y periodista, Carmen Silva, y su obra a través de El Español Constitucional1 publicado en Londres. Este periódico, que ya había contado con la autoría de Silva en su valioso precedente peninsular en el más radical periodismo liberal de El Robespierre Español, se erigiría como emblema de prensa liberal revolucionaria en el exilio inglés de los españoles refugiados por la represión absolutista del reinado de Fernando VII y haría valer los referentes liberales americanos tras la francofobia surgida especialmente ante la decepcionante experiencia de la invasión napoleónica, reemplazándose en sus ←64 | 65→páginas lo que había sido el modelo revolucionario francés por el liberal de independentistas americanos2. Del mismo modo, no debe sorprendernos que, a su vez y como veremos en este análisis, en posteriores publicaciones propagandísticas de Manuela Sáenz pueda observarse un cierto paralelismo con las radicales manifestaciones de El Español Constitucional. Tampoco que todo este entramado comunicativo termine, asimismo, ampliando además su magisterio, al aportar su contribución al proceso liberal de la España peninsular, además de al de independencia de las colonias en Hispanoamérica, gracias al intercambio cultural trasatlántico.

Pero ¿cómo empieza esta historia? Podría ser con unas palabras de Pedro Pascasio Fernández Sardino, además de comprometido periodista con la causa liberal y médico castrense de no menor compromiso patriótico en la Guerra de la Independencia, marido de una de nuestras protagonistas, Carmen Silva. Palabras que constituyen toda una declaración de principios: «Servir á [sic] mi Patria con mi pluma» (1820, abril: 319). Todo un lema con el que el citado ←65 | 66→autor justificaría así a través de su artículo «El Español Constitucional á [sic] sus Compatriotas», en las páginas de la sección «Política» de El Español Constitucional como su más exitosa publicación en el exilio londinense, la prolongación de su estancia en Londres a pesar del periodo liberal que se instauraba en España tras el triunfo del pronunciamiento de los coroneles Rafael del Riego y Antonio Quiroga, el primer día de enero de 18203. Su exaltado servicio a la causa liberal española a través de la prensa venía, sin embargo, de tiempo atrás, desde sus inicios periodísticos en España contra la invasión napoleónica en el Diario de Badajoz o el Almacén Patriótico (1808) y, especialmente, desde la puesta en marcha, en 1811, de su no menos revolucionario El Robespierre Español4. Junto a él, desde la etapa en la que llevara al éxito este modelo de prensa radical, así como en la del exilio londinense, probablemente en bastante más de lo que la historia convencional formalmente le ha reconocido, todo un referente femenino de la comunicación impresa de la época: María del Carmen Silva. ¿Escribió esta aguerrida portuguesa de nacimiento, aunque «española por elección», según sus propias palabras (Sánchez Hita, 2013: 17), bastante más de lo que tradicionalmente se le ha atribuido desde una androcéntrica perspectiva historiográfica? Probablemente sí, y no solo, como veremos, en las páginas de El Robespierre Español, abanderado del liberalismo radical en el Cádiz preconstitucional de la Guerra de la Independencia, sino también en El Español ←66 | 67→Constitucional como el otro gran emblema del periodismo liberal revolucionario de la pareja Sardino-Silva, esta vez ya en su posterior exilio de Londres, donde, ante la represión absolutista de la España de Fernando VII, habían encontrado un refugio que se prolongaría, como hemos referido, incluso en los primeros ocho meses de la etapa intermedia del Trienio Liberal español.

Como periodista de vocación, además de médico castrense de profesión, Sardino desarrolló una intensa carrera en la prensa, imbuida de un apasionado activismo político, entre 1808 y 1825, con diversas publicaciones en las que, sin duda, destacarían estas dos icónicas cabeceras no exentas de numerosas polémicas, la gaditana El Robespierre Español (1811–1812) y la londinense El Español Constitucional (en dos etapas, desde septiembre de 1818 hasta agosto de 1820 y desde marzo de 1824 a junio de 18255). No en vano, el contexto era bastante complejo. Tras la lucha de españoles contra franceses desde 1808 en la Guerra de la Independencia, Fernando VII había regresado a España en 1814 y restaurado el absolutismo aboliendo la Constitución de Cádiz de 1812. Se iniciaba así uno de los dos grandes periodos de lo que Vicente Llorens, en su trabajo pionero (la primera edición es de 1954) Liberales y románticos: Una emigración española en Inglaterra (18231834) y en alusión a la dispersión territorial de los españoles liberales exiliados por la represión político-religiosa del rey borbón, llamaría «geografía de la emigración», teniendo en cuenta además que, en aquellos momentos, el término que se solía utilizar como equivalente al actual exiliado era emigrado. Francia, aún fuera de la represión absolutista que posteriormente instauraría en 1824 la corona borbónica de Carlos X, era aún una opción para los liberales españoles en esta primera gran etapa del exilio, que durará hasta 1820. En ese año, con el levantamiento de Riego se inicia en España el Trienio Liberal, prolongándose hasta 1823, con el retorno al absolutismo de la mano del duque de Angulema y el ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, bajo la protección de la Santa Alianza. Al recuperar Fernando VII el poder absolutista en lo que se denominará la Ominosa Década (hasta su muerte en 1833), se produce un segundo periodo del exilio, en el que Londres adquirirá mayor protagonismo, aunque a partir de 1830 la caída de Carlos X como último rey ←67 | 68→borbón de Francia vuelva a convertir al país vecino en atractivo destino para los refugiados españoles (Llorens, 1979: 16–23).

2.Lazos de unión frente al despotismo, a ambos lados del Atlántico

Inglaterra se convierte así en el principal destino de los liberales españoles dentro del continente europeo ya que, aunque en Francia llegó a reunirse el mayor número de exiliados, casi todos eran tratados como prisioneros de guerra. Y, en concreto, fue durante los seis primeros años de la Década Ominosa cuando Londres se erige en centro político e intelectual de esta emigración española, ya que en 1830 la Revolución de Julio hizo que la mayoría de los refugiados en Inglaterra se desplazara a Francia. Al otro lado del Atlántico, en unos momentos complicados para las que hasta entonces habían sido colonias hispanas en el Nuevo Mundo, luchando por legitimar su independencia frente a España, las condiciones no eran propicias ni para los opositores perseguidos por Fernando VII, aunque algunos notables emigrados a Inglaterra y Francia fueron a América del Sur o a Estados Unidos solicitados por su valía profesional, algo especialmente notorio en los ámbitos del periodismo, la literatura y la educación. Es el caso de José Joaquín de Mora, que marchó de Londres a Argentina y a Chile, siendo artífice de la redacción de la Constitución de 1828, además de participar en empresas periodísticas y educativas, y pasando luego a Perú y Bolivia. En esta línea, dentro de los no pocos interesantes proyectos periodístico-literarios que surgieron de la colaboración entre los españoles exiliados en Londres y quienes allí les brindaron su hospitalidad, hay que destacar novedosas empresas para el público del otro lado del Atlántico, como los Catecismos de Ackermann, a modo de libros de texto con instrucción liberal para las recién independizadas naciones hispanoamericanas aunque, eso sí, sin perder de vista la perspectiva económica del negocio cultural-educativo. Para ello, se contemplaba desde traducciones de publicaciones inglesas a obras originales concebidas expresamente para el público americano. El proyecto editorial de Ackermann, en el que la prensa ostentaría un protagonismo indiscutible, contó, en este sentido, con la labor esencial desarrollada por intelectuales del exilio español en Londres, como José María Blanco White, Pablo de Mendíbil, José de Urcullu, Joaquín Lorenzo Villanueva y el propio De Mora, impulsando una comunidad hispanoamericana de cultura compartida como lazo de unión junto con la lucha contra el despotismo a ambos lados del Atlántico, transformando de este modo el tradicional concepto de civilización hispánica (Durán López, 2015: 175–178).

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Más allá de Europa y América, la dispersión de los exiliados liberales españoles llegó incluso a tierras africanas, especialmente a Marruecos, donde el emperador los acogía humanitariamente. Pero es en Londres, como vemos, donde se dan los factores para gestar el fenómeno de una emigración con un florecimiento cultural cuyo estandarte es la prensa liberal. Londres como enclave intelectual de España, y también de Hispanoamérica, en el que los exiliados españoles hallaron en la palabra impresa un medio ideal de difusión de sus ideas, y a cuyos lectores en el exilio y en la clandestinidad española habría que sumar un gran número de hispanoamericanos, añadiendo asimismo el interés que despertaron publicaciones editadas en Londres por ciudadanos de las nacientes repúblicas americanas, como La Biblioteca Americana o Miscelánea de Literatura, Artes i Ciencias, o El Repertorio Americano, del venezolano Andrés Bello y el colombiano Juan García del Río.

En este favorable contexto londinense ya había destacado en los albores decimonónicos la figura del sevillano José María Blanco White con su polémica cabecera El Español, publicada entre 1808 y 1814 como primer periódico editado en Londres en lengua hispana, y distribuido no solo en Inglaterra y en la zona de la España libre, sino también en Portugal y en América. Poco después, en 1818, y con una expansión similar, El Español Constitucional o Miscelánea de política, ciencias y artes, literatura, etc., iniciaría su andadura en la capital británica dirigido por Pedro Pascasio Fernández Sardino como editor principal, pero, junto a él, como impulsores de la revista, aparecerían, en los distintos momentos por los que atravesó la publicación, Ramón María López Acevedo6 y Álvaro Flórez Estrada… de cara a la galería. Junto a él, aunque su labor resulte más difícil de demostrar (que no de vislumbrar), como sí lo había hecho de forma claramente manifiesta con la célebre cabecera gaditana de El Robespierre Español antes de abandonar ambos España para exiliarse en Londres, su mujer, María del Carmen Silva, pionera en la prensa española y después, más que probablemente, en la del exilio londinense. De ahí que la relevancia política y periodística de Carmen, quien fue mucho más que la mujer del factótum del revolucionario periódico patriota liberal de la gaditana Isla de León y del que de hecho fue coeditora, se deja entrever por Llorens y por otros autores (Cantos ←69 | 70→Casenave y Sánchez Hita, 2009, o Benítez Alonso, 2016), que consideran que también pudo desempeñar un papel fundamental con Sardino al frente de El Español Constitucional.

3.Silva, pionera en la prensa española… y en la del exilio londinense

De su valor y compromiso patriótico (que la emblemática cabecera londinense recogerá de forma especial en su primera etapa7), Silva ya había dado sobradas muestras antes del exilio, e incluso antes de llegar a España e iniciarse en el quehacer periodístico, al ser perseguida en Lisboa tras liberar en la Guerra de la Independencia a los españoles comandados por el general Carrafa y apresados por el mariscal Junot. En su huida, atravesó la frontera y llegó a Badajoz, siendo auxiliada por su «acción heroica», de la que entonces informaron periódicos como el Diario Mercantil de Cádiz, exaltándose su valentía al entrar en los barcos donde se hallaban recluidos los españoles y sacarlos «con mil disfraces, incluso vestidos de mujer» (Sánchez Hita, 2013: 17). Ya en Badajoz conoció a Sardino, también guerrillero, con quien se casaría en septiembre de 1811 para evitar habladurías y obtener permiso para visitarle mientras estaba en prisión. La radicalidad de El Robespierre Español se había granjeado no pocas enemistades y los ataques a Carrafa fueron el detonante para encarcelar a Sardino. Fue precisamente durante este periodo (desde septiembre de 1811 hasta mediados de 1812) cuando las circunstancias ponen a Carmen en solitario al frente de la publicación, situación de la que sale sobradamente airosa, como muestra de su «lucha continuada para poder expresar sus ideas políticas, sin dejarse avasallar por las críticas de sus colegas masculinos», desarrollando su compromiso liberal a través de la labor periodística «de forma contundente, fundamentando bien sus posiciones políticas» (Cantos Casenave y Sánchez Hita, 2009: 142). Y es, además, este buen hacer periodístico el principal argumento esgrimido por ←70 | 71→quienes defienden su más que probable autoría y responsabilidad compartidas ante El Español Constitucional en Londres8.

Analizando las páginas de El Robespierre Español durante la etapa editora de Silva, no resulta extraño observar «una disposición mucho más periodística y menos ensayística» (Sánchez Hita, 2008: 262), en la que se diversifica el contenido del periódico. También Llorens, en este sentido y frente a la labor periodística de Sardino, asegura que las opiniones políticas de Carmen «no eran menos radicales», aunque «le aventajaba notablemente como escritora». De ahí que deje entrever la autoría de «la apasionada portuguesa» en El Español Constitucional, pues su «superioridad literaria sobre el marido era reconocida de todos». Al margen de los escritos sobre cuestiones políticas, Llorens llega a atribuir a ←71 | 72→Carmen algunas poesías amatorias firmadas por Sardino. Según explica, la evidencia se hallaría en la «fluidez y musicalidad», así como en la «extraordinaria sensualidad erótica», por las que sorprenden estos textos, «en contraste con otros y pocos afortunados intentos poéticos» de Sardino. Destaca, además, la «firmeza, inteligencia» y la «imaginación» como rasgos característicos de las mujeres en la España de esta época, que aparecen por primera vez con fuerza en la escena política «durante el periodo constitucional, mucho antes de que se iniciaran en otras partes tendencias feministas», a pesar de que no pudieran ver reconocidas «sus modestísimas aspiraciones» (1979: 288–301). Con respecto a esta polémica cuestión de la autoría periodístico-literaria de Carmen Silva en El Español Constitucional como referente de la prensa del exilio en Londres, la «Oda á [sic] Filis», firmada con las habituales iniciales de Pedro Pascasio Fernández Sardino (P. F. S.) y recogida en la sección «Variedades» del número correspondiente a junio de 1824, podría ser, dadas las características definidas por Llorens sobre Silva, una de las poesías amatorias que este atribuye a Carmen (Benítez Alonso, 2016: 138). Pero, más allá de este tipo de poemas, la mano de Silva en El Español Constitucional pudo estar también detrás de otros significativos textos; especialmente, se prestaba a ello la ya referida sección de «Variedades», en la que, como en la específica de «Política», los contenidos solían estar centrados en esta materia y, por lo tanto, lo normal era recurrir al uso de seudónimos e iniciales (o directamente al anonimato) con el fin de evitar represalias ante el radicalismo liberal vertido en las páginas del periódico. Lo interesante, además, en «Variedades» es que el tono político de sus textos no era tan denso como en la otra sección, sino que estaba caracterizado por el uso de poesías y otras composiciones con las que «intentaban mantener vivo el espíritu que guiaba toda la publicación» (Ruiz Acosta, 2016a: 194). Y, como hemos visto, era bien conocida la mayor capacidad de Silva en el dominio de las letras, siendo la poesía un género en el que Sardino no era especialmente hábil; sin embargo, va a ser en la cabecera londinense un claro instrumento de compromiso patriótico liberal con el que justificar el papel de los desterrados españoles en su exilio.

Es por ello por lo que, en lo que respecta a la actividad periodística de Silva en Londres, no debemos descartar que colaborase con su esposo en sus diversas empresas de esta época (entre ellas también quizá en el proyecto de un prácticamente desconocido El Telescopio, que podría situarse entre 1824–1825, aunque puede que ni llegase a ver la luz9), pues mientras estuvo al frente de El ←72 | 73→Robespierre Español «evidencia que estaba sobradamente capacitada», ya que era buena conocedora del debate político y poseía un considerable nivel cultural, incluso para manejar la retórica mejor que Sardino, al que superó en el estilo de los números que editó (Cantos Casenave y Sánchez Hita, 2009: 144–164). No es difícil imaginar, pues, a una Carmen Silva, «patriota exaltada con sus puntas y ribetes de demócrata y revolucionaria a la francesa» (Gómez Imaz, 2008: 250), como es definida en el ya clásico Los periódicos durante la Guerra de la Independencia (18081814) de 1910, alentando a los liberales desde El Español Constitucional con la pasión heredada de El Robespierre Español. No obstante, si bien es cierto que el periódico londinense se ganó la fama de ser el más radical de esta prensa española del exilio (llegó a pedir la aniquilación de la familia reinante y del clero), no lo es menos el que el germinal ideal revolucionario francés dio paso, como hemos señalado, a un posterior rechazo al exaltado modelo liberal galo como consecuencia de las experiencias del imperialismo napoleónico y de la invasión de Angulema, por lo que los modelos demócratas que El Español Constitucional pasó a defender con entusiasmo fueron tomando distancia de los ejemplos europeos (especialmente del francés) y se tornaron americanos.

En este sentido, dejando a un lado la manifiesta “anglofilia” evidenciada por El Español Constitucional, al ser Inglaterra «el país que más admiración suscita en este periódico» (Varela Suanzes-Carpegna, 2013: 7) como nación que había acogido a la mayoría de sus colaboradores y a toda una significativa representación de los refugiados liberales españoles, Sardino (P. F. S.) se vale además de su publicación para ensalzar el referente de los Estados Unidos que, con «su hermosa Constitucion [sic] no solo influyen en las cosas de la América del Sur, sino que son respetados y temidos hasta de las Potencias Europeas de primer orden», como señala en el número de septiembre de 1819 (357). Asimismo, El Español Constitucional, en un artículo con firma E. E. S., propone la fórmula política estadounidense como solución a los males de España, donde urgiría aplicar «una forma de Gobierno-Republicano, semejante al sabio que rige en los Estados Unidos de la América del Norte», como medio de «curar nuestras ←73 | 74→llagas, que son muy grandes y profundas», según vemos en su número de marzo de 1820 (176–177), en el que también contrapone el modelo americano a los «eternos errores del género humano» materializados en la Revolución Francesa, en la que el pueblo asistía a los «suplicios» de «los apóstoles de la libertad» mostrando «el mismo placer» con el que el día antes «los habïa [sic] aclamado en las tribunas» (161–162). Con ello se manifiesta, además de un posicionamiento a favor de «las virtudes de la América del Norte», un cierto alejamiento de «los horrores» revolucionarios en el modelo francés del jacobinismo (168) que, sin embargo, da nombre a la emblemática cabecera de Sardino y Silva (también a esta como “Robespierra”) precedente de su exilio en Londres, aunque no se plasme exactamente el mismo distanciamiento de las ideas del liberalismo exaltado en general.

Precisamente, más allá de su reconocida autoría en El Robespierre Español, la faceta periodística de Carmen Silva en El Español Constitucional es también defendida por Varela Suanzes-Carpegna (2013: 7) en la traducción de un artículo («¿Puede ó [sic] debe considerarse como un acto de Rebelion [sic] el levantamiento del Exército [sic] Español?») del periódico O Campeaõ Portuguez publicado en el número de abril de 1820, que constituye todo un elogio al levantamiento de Riego que da inicio al Trienio Liberal en España, al presentarse como forma de acabar con «los horrores» del «monstruoso despotismo» de Fernando VII, para el que «la historia no tiene pinceles ni colores bastante fuertes para pintar» (260–261).

4.Sáenz, icono independentista… y autora

Es en este canto liberal que, como hemos visto, vuelve sus ojos al modelo americano, donde podemos llegar a proyectar toda una serie de paralelismos entre Carmen Silva y el icono independentista de Manuela Sáenz, a través de la contribución de esta a la liberación de Ecuador, Perú y Colombia. El Español Constitucional halla como nuevos referentes según hemos señalado, en primer término, a George Washington y luego a Simón Bolívar, que ya se había manifestado como uno de los grandes intelectuales y políticos americanos que viajan a Londres en aquellos años, con el fin de ganarse el apoyo inglés para las nuevas naciones emergentes de las antiguas colonias españolas. En el verano de 1810, Bolívar, en misión diplomática con Andrés Bello10, acudía como comisionado ante el gobierno británico para conseguir su respaldo y, por ende, también el ←74 | 75→europeo a la recién formada Junta en Caracas. Allí, como «un verdadero anglófilo» (Uribe Celis, 2013: 330), se nutriría del funcionamiento de las instituciones y se encontraría con otra figura clave, El Precursor de la emancipación americana, Francisco de Miranda, que desde hacía tiempo miraba a Inglaterra en su ideal liberal para Hispanoamérica. A su vuelta, llevará consigo (además de una imprenta11) lo aprehendido al seno de la Sociedad Patriótica de Caracas, imponiéndose como ardiente independentista cuyos ideales divulgaría la publicación de esta entidad, El Patriota de Venezuela12. Precisamente, a instancias de esta asociación de corte «jacobino», cuyo peso político resulta determinante en el contexto de una relevante «eclosión tertuliana o de asociaciones privadas» en ←75 | 76→la que la circulación de periódicos «tuvo el papel decisivo», el Congreso proclamaría un año después la independencia para la nueva nación venezolana (Leal Curiel, 2008: 168–195), coincidiendo asimismo con el despegue de la fulgurante carrera militar de Bolívar en pro de la libertación del mundo hispanoamericano frente a la tutela española.

El paso por Londres de Bolívar dejaría su impronta en la prensa de la capital británica. Si el Morning Chronicle publicaba, en su número del 5 de septiembre de 1810, una carta del flamante comisionado, inspirado por «la utopía mirandina continental», en la que expresaba sus pensamientos sobre la independencia y la unificación de la América Latina (Uribe Celis, 2013: 333), sus discursos fueron, años después de esta visita (aun cuando en 1815 ya había mostrado en La Carta de Jamaica sus reticencias al inicial ideal panamericano y al del gobierno de la democracia), objeto de entusiasta elogio por parte del periódico capitaneado por Sardino… y más que probablemente por Silva. En este contexto, no es de extrañar que, en El Español Constitucional, como periódico emblemático de la prensa española liberal en el exilio londinense que se inspira en Washington y en Bolívar, los modelos de Martha y, sobre todo, de Manuelita, respectivamente, constituyeran para Carmen Silva mucho más que un firme apoyo al lado de ambos próceres en sus causas liberales independentistas, presentándose como todo un emblema con más que suficientes méritos por sí mismas.

A su vez, las revolucionarias reminiscencias de Carmen a través de las páginas de la cabecera londinense se podrían percibir en posteriores publicaciones propagandísticas de Manuela, la “Libertadora del Libertador”13. En este sentido, los impresos de Manuela Sáenz constituyen todo un retrato de su carácter, que también se desprende de su iconografía pictórica, a pesar de que con esta se intentó «rescatar su respetabilidad pública». Para ello, se estableció «un discurso de lo que debería constituir la virtud femenina y sus espacios de acción» (Cifuentes, 1998: 125–131). Una vez que Bolívar renunció a la presidencia de su República de Colombia en 1830, Manuela intentaría, con la publicación de ←76 | 77→sus papeles, continuar exaltando el bolivarismo y defenderse de quienes la acosaban políticamente, pero también de quienes la vilipendiaban por atreverse, como mujer, a desempeñar un rol político-comunicativo que, según los cánones de la sociedad patriarcal, le estaban vetados por su condición femenina. En esto coincide, además, con lo que igualmente le sucede a Carmen Silva al ponerse al frente de El Robespierre Español.

La propia reivindicación de independencia de la América española, reconocida por Inglaterra y otros países europeos desde 1825, será pues en sí vital lazo de unión entre ambas mujeres, que verán en la prensa eficaz ariete de lucha política. Fiel al pensamiento liberal revolucionario, se manifestará para El Español Constitucional como alegría, con agridulces matices por la decisión inicial de los nuevos gobiernos hispanoamericanos de no acoger a los liberales españoles exiliados en 1823. Abundan artículos llenos de dolor, indignados al ver que los americanos los trataban igual que a los españoles peninsulares que no comprendían la causa independentista. Pero la congratulación del canto a la libertad de las naciones americanas se antepondrá a este dolor cuando sirva para denunciar el más fuerte pesar del sufrimiento español por la opresión absolutista. Como ejemplo, un soneto sin firma de «Variedades», de febrero de 1820 (145), y que, según los parámetros que hemos argumentado, podría ser obra anónima de Silva, siendo sus primeros versos así de ilustrativos:

Tú fuiste, sí, ¡oh bárbaro tirano!

Quien sepultó en dolor mi triste seno:

Tú, que á [sic] la Libertad diste veneno,

Cuando delicia fué [sic] del Pueblo-Hispano (1–4).

Y en este contexto de la independencia americana, la imagen de Bolívar se erige, desde las páginas del periódico, y a pesar de lo que ya se atisbaba que terminaría sucediendo, en símbolo de integridad liberal frente a la tentación de concentración de poder. Así se muestra, también en «Variedades» y nuevamente de forma anónima, con la anecdótica pero muy significativa narración «Alma elevada de Bolivar [sic]», en El Español Constitucional correspondiente a abril de 1825, en la que se cuenta cómo en un banquete en honor del Libertador, su amigo Pepe Paris [sic] exaltó en un brindis: «Si Bolivar [sic] en lo sucesivo permite ser declarado emperador, ¡plegue al Cielo que su sangre se derrame de su corazón, así como el vino fluye de mi copa!». Y se continúa narrando cómo Bolívar corrió a abrazar a su amigo exclamando: «Como los virtuosos sentimientos que ha manifestado este honrado varon [sic] animen siempre los corazones de los hijos de Columbia, su libertad é independencia, yo lo juro, nunca jamas [sic] peligrarán» (231).

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Al igual que Bolívar se proclama liberal fiel a la patria, a pesar de los fantasmas de concentración de poder que surgirán con el devenir de los acontecimientos, con la misma pasión hacia el ideal comprometido se presenta Manuela Sáenz, formando con él, como Carmen Silva con Fernández Sardino, indisoluble pareja en lo personal (ambas estarían junto a ellos hasta la muerte, que les sobrevino primero tanto a Sardino como a Bolívar) y en lo político, y compartiendo también con ellos un protagonismo indiscutible en este panorama político-comunicativo hispanoamericano de las convulsas décadas de 1820 y 1830. Al igual que sucediera con Silva, intrépida guerrillera ya antes de conocer a Sardino, Manuela da numerosas muestras de valor y activismo independentista antes de encontrarse con Bolívar, al que se uniría a pesar de los prejuicios, al ser el Libertador un hombre viudo, pero ella una mujer casada. En 1821, el general José de San Martín ya le había otorgado el nombramiento de Caballeresa de la Orden del Sol del Perú.

Todo ello fue rápidamente olvidado, sin embargo, con la referida renuncia de Bolívar, en mayo de 1830, a la presidencia de Colombia y su muerte en diciembre. Tras la dimisión del Libertador, Manuelita se enzarza en una ardua polémica con la prensa (al igual que ya hiciera Silva en su época de El Robespierre Español por defender a Sardino de los ataques de sus enemigos), polémica incrementada por el reparto de hojas volantes por parte de los partidarios del general Santander (artífice de la Conspiración Septembrina y que acabaría desterrando a Manuela en 1834) y artículos de prensa santanderista que no dudaban en lanzar sobre ella las más deshonestas embestidas. Estas, a pesar de su trasfondo político, incidían manifiestamente en lo personal desde una perspectiva patriarcal, por el hecho de ser una mujer «descocada» que transgredía las normas correspondientes «a su sexo», según proclamaba el periódico liberal La Aurora de Bogotá en su artículo editorial del 13 junio de 1830 (cit. en Cacua Prada, 2002: 238).

En su defensa ante «la opinión de los hombres», Manuela también recurrirá a hojas volantes, a esos papeles de la prensa en los que estampa su firma y que días después se distribuyen por la ciudad con el título de «Al público», señalándose como «blanco» de los ataques a Bolívar (cit. en Rumazo González, 1962: 201–202). A diferencia de Silva, no poseía los mismos medios («quisiera arrebatarles la imprenta»), como ella misma lamentaba, para poder responder a sus atacantes con «armas iguales» (cit. en Villalba, 1986: 72–79). Sin embargo, Manuela, no solo una liberal valiente, sino también una mujer con «formación y cultura», se sirve de los recursos impresos a su alcance para conseguir sus objetivos. Y no solo de hojas volantes. Años atrás, realizando tareas de redactora, correctora o traductora (como Silva) de artículos (hablaba cuatro idiomas), ←78 | 79→a las que podríamos añadir las del establecimiento de un sistema de suscripciones, Manuela es presentada como artífice político de El Cóndor de Bolivia (1825–1828), periódico creado bajo el auspicio de Simón Rodríguez, director de Enseñanza Pública, y del propio presidente, José Antonio Sucre, ambos buenos amigos suyos y de Bolívar, con el fin de consolidar la nueva república boliviana. La lectura de las páginas de esta publicación «permite descubrir la presencia y las palabras» de Manuela «recordando permanentemente» al Libertador (Molina Saucedo, 2001: 24–27).

Todo se precipita, no obstante, cuando se descubre que Manuela es también quien está detrás del seudónimo Un amigo de Bolívar, firmante de la publicación «La Torre de Babel»14, folleto de clara apología del Libertador, y el nuevo gobierno ve en ella visos de conspiración. Es acusada de subversión, de «turbación de la tranquilidad pública», al ser, en palabras del fiscal, una mujer que osa andar «vestida de hombre» y romper «las reglas del pudor, y con ultraje de la moralidad» (cit. en Cacua Prada, 2002: 251). En el olvido quedaba ya, como de otra forma sucediera con Silva (a la que al menos le fue reconocida una paga en el exilio inglés tras la muerte de Sardino), la entrega a la patria de quien mediante las hojas sueltas, en un manifiesto también difundido en forma de «carta pública» por La Aurora de Bogotá (García López, 2011: 48) en aquellos difíciles días de junio de 1830, se defendería proclamando su ideal de panamericanismo bolivariano tras la liberación de la opresión europea: «¿por qué llama hermanos a los del sur y a mí forastera?… Seré todo lo que quiera: lo que sé es que mi país es el continente de la América y he nacido bajo la línea del Ecuador» (cit. en Rumazo González, 1962: 202–203).

Conclusión

Más allá de las consecuencias negativas que conlleva el abandono forzoso de la patria, el exilio de los españoles liberales refugiados en Londres a causa de la represión absolutista de Fernando VII, en las primeras décadas del siglo XIX, produjo una serie de efectos positivos en la consolidación del binomio liberalismo-prensa. Y en ello, pese a no haber sido objeto de estudio de especial interés hasta las últimas décadas, tuvo un papel fundamental la intervención de la mujer. Con la protección del gobierno británico y de no pocos relevantes ←79 | 80→nombres de la sociedad londinense, los españoles emigrados a Londres pusieron en marcha importantes empresas periodísticas que desempeñaron una labor esencial en la difusión y consolidación de las ideas liberales, favoreciendo de este modo su progresivo establecimiento en España y dando alas a los anhelos de las nuevas naciones surgidas de las antiguas colonias españolas en América. Los impulsores de estos proyectos periodísticos contaron, asimismo, con la colaboración hispana de políticos e intelectuales de estas nuevas naciones americanas, que a su vez buscaban en Londres el apoyo del gobierno británico para conseguir la aceptación internacional de su independentismo, así como un modelo liberal que les sirviera de guía.

En este peculiar contexto, se originaron fructíferas sinergias anglohispanas en el ámbito cultural, y en especial de la prensa, destacando la intervención de grandes nombres del liberalismo, entre los que sobresalen figuras femeninas en cuya obra podemos observar una curiosa interrelación, como sucede en el caso de Carmen Silva y Manuela Sáenz. Tras estar en España al frente del periódico revolucionario El Robespierre Español, Silva prosigue su labor político-periodística en Londres a través del liberalismo radical de El Español Constitucional. Mientras que, desde la América colonial en la lucha frente a la metrópolis española y la consiguiente emergencia de las nuevas repúblicas americanas, Sáenz, popularmente conocida como la “Libertadora del Libertador” Simón Bolívar, se servirá de una poco conocida faceta de autora de papeles de la prensa para llevar a cabo una misión propagandística de la causa del panamericanismo hispano. Ambas fueron espejos recíprocos en los que mirarse.

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1Más allá de su interés como el exponente más significativo de la prensa liberal hispánica en el exilio de Londres en su corriente más exacerbada, El Español Constitucional se constituye, para autores como Varela Suanzes-Carpegna en «el más relevante periódico del primer exilio liberal español (1814–1820), al menos desde un punto de vista político-constitucional» (2013: 1).

2Como «miscelánea de política, ciencias y artes, literatura, etc.», El Español Constitucional se publicó en Londres desde 1818 a 1820 y, posteriormente, tras el intervalo español del Trienio Liberal, en un segundo periodo, entre 1824 y 1825, con una periodicidad mensual y en fascículos de unas ochenta páginas. Aunque heredero de las ideas radicales del que fuera su antecesor español, El Robespierre Español (1811–1812), El Español Constitucional muestra una “francofobia” fruto de la decepción de buena parte del liberalismo español tras las dos sucesivas invasiones francesas de principios de siglo: en primer lugar, la del imperialismo napoleónico, que originaría la Guerra de la Independencia, y, dando fin a la breve experiencia liberal del Trienio, la irrupción absolutista del duque de Angulema con el ejército de los Cien Mil Hijos de San Luis, que restauraría los poderes del Antiguo Régimen a Fernando VII. En este sentido, resulta bastante elocuente el hecho de que El Español Constitucional sustituyera sus modelos demócratas europeos por los americanos, en primer término por el de George Washington y luego por el de Simón Bolívar, «cuyos discursos fueron elogiados con entusiasmo» (Llorens, 1979: 293), y cuyas respectivas compañeras, Martha y Manuelita Sáenz, resultaron ser un firme apoyo para ambos líderes en su ardua defensa de la causa liberal y se convertirían en más que probables referentes para Carmen Silva en su labor, posiblemente de mucho más que mera ayudante, con Pedro Pascasio Fernández Sardino como editor del periódico abanderado del liberalismo español más exacerbado publicado en suelo londinense (Benítez Alonso, 2016: 135–136). Fiel a su ideario liberal, El Español Constitucional celebrará la independencia de las colonias españolas en América, reconocida oficialmente por Inglaterra y otros países europeos desde 1825, aunque manifestando un cierto descontento por la decisión inicial de los gobiernos hispanoamericanos de negarse a acoger a los exiliados liberales españoles en 1823.

3Exiliados en Londres tras la reacción absolutista de 1814 en España, Sardino y Silva publicarían en la capital londinense El Español Constitucional. En la que fue la primera etapa del periódico, la cabecera inició su andadura en septiembre de 1818 hasta agosto de 1820, ocho meses después del levantamiento liberal de Riego, que se había producido en enero de ese mismo año. Sin embargo, el regreso de Sardino y Silva a su patria no se producirá, en realidad, hasta no ver «consolidada en España la libertad civil y religiosa». El mismo Sardino así lo confiesa en el periódico editado en Londres, en su edición de abril de 1820, en un curioso artículo de la sección denominada «Política», titulado «Observaciones médicas del Español Constitucional sobre la vida pública y privada de Fernando VII». Haciendo uso de su peculiar sarcasmo y aludiendo a su condición de médico militar, no desperdiciará la oportunidad de criticar al borbón español, ofreciéndose así, no obstante, a retornar a España «por el bien de mi Patria» como «facultativo reconocedor del estado mental de Fernando» (264).

4Al regresar a España tras el golpe de Riego que daría inicio en 1820 al Trienio Liberal, Sardino desarrolló además su labor periodística en El Redactor General (1821) y El Cincinato (1821–1822), cuyo nombre ya resulta, al igual que sucede en el caso del jacobino El Robespierre Español, bastante elocuente, tomando en este caso como referente al dictador que renunció voluntariamente dos veces al pleno poder que le había conferido la República después de salvar a Roma.

5La segunda etapa de El Español Constitucional se materializa tras exiliarse Silva y Sardino nuevamente en Londres debido a la restauración absolutista llevada a cabo en España por Fernando VII en 1823. Este segundo periodo de la publicación que comienza en marzo de 1824 y cuyo fin suele establecerse en junio de 1825 pudo extenderse, no obstante, hasta octubre o noviembre del mismo año, «máxime cuando la actividad periodística de Sardino no había decrecido, sino, al contrario, había aumentado» (González Hermoso, 2018: 691).

6Aunque Gil Novales (2010: 44) aclara la confusión bibliográfica existente en torno a la figura de Ramón María López Acevedo y su papel en El Español Constitucional, al ser citado frecuentemente y de forma errónea en su lugar Manuel María de Acevedo y Pola, no son pocos los historiadores que cometen este error a raíz de la obra pionera de Llorens publicada en 1954 y referida en este trabajo.

7Como muestra, El Español Constitucional, en las páginas de su sección «Política» del número de julio de 1819 y bajo el epígrafe de «Filantropïa» [sic], se hace eco de un artículo de la Gaceta de Extremadura, fechado en noviembre de 1811, en el que se elogian las hazañas patrióticas de Carmen Silva en pro de la libertad, resaltando que fue «esta preciosa criatura, la primera que en Portugal hizo guerra á [sic] Napoleon [sic], la primera que levantó en su Patria el estandarte de la santa insurreccion [sic], y cuyo nombre colocará la historia á [sic] par de los Daóices y Velardes» (185).

8María del Carmen Silva fue, así pues, mucho más que meramente la mujer de Pedro Pascasio Fernández Sardino, más conocido a su vez por su labor como editor del célebre periódico radical gaditano El Robespierre Español, Amigo de las Leyes (1811–1812) y que, como hemos destacado, coeditó exitosamente Carmen, a pesar de las numerosas críticas recibidas, muchas de ellas por el simple hecho de ser mujer. De ahí le viene precisamente el sobrenombre de “la Robespierra” que, si bien es acuñado en su origen de forma peyorativa, fue utilizado posteriormente con un renovado sentido de puesta en valor del papel periodístico-político llevado a cabo por la autora. De este modo, si hallamos por primera vez dicho apodo en el folleto Vapulamiento al Robespierre Español, amigo de las leyes por mal nombre, que escribía Zutano a Mengano (publicado en la Isla de León el 28 de agosto de 1812), en El Censor General de 28 de noviembre de 1811 se sugiere a María del Carmen Silva, en tono de no menos mofa, «que debería cambiar el nombre al periódico y llamarlo Mademoiselle Robespierre» (González Hermoso, 2018: 678), apelativo que también es revalorizado con un nuevo sentido en línea con la reivindicación de la mujer en la historia que defienden los estudios de género en la investigación académica más reciente: Sánchez Hita (2013) en M.ª del Carmen Silva, mademoiselle Robespierre o incluso de la misma autora (2009), M.ª del Carmen Silva, la Robespierre Española: una Heroína y Periodista en la Guerra de la Independencia, confiriéndole así a este apelativo las connotaciones positivas de la patriótica mujer valiente que fue en su defensa de la causa liberal. Además de la labor desarrollada por Carmen Silva durante la Guerra de la Independencia en España al frente de El Robespierre Español, los recientes estudios sobre su figura ponen de manifiesto que también pudo estar con Sardino en el exilio al frente de su emblemático proyecto periodístico liberal revolucionario en Londres, El Español Constitucional, aunque sea Ramón María López Acevedo quien formalmente ostentase con Sardino este cometido. El reciente auge de la historiografía de género destaca, en este sentido, en no pocas investigaciones, «la importancia de su lucha liberal en la prensa española, aunque aún no tanto en la del exilio, cuyo papel resulta ciertamente difícil de verificar, que no de vislumbrar» con mayor claridad (Benítez Alonso, 2016: 134).

9Muy poco se sabe, de hecho, sobre este otro proyecto de Sardino y, probablemente, también de Silva. Contamos con la alusión que hace a El Telescopio otra de las cabeceras más representativas de la prensa española del exilio en Londres, aunque de un corte liberal bastante más moderado que el de las publicaciones de Sardino. Se trata de Ocios de Españoles Emigrados (1824–1827), en cuyo número del 21 de diciembre de 1825, recogido en el tomo IV (525), se hace referencia a El Telescopio como obra de Sardino y se le sitúa en torno a los años 1824 y 1825. No obstante, la falta de más información al respecto pone incluso en duda la propia existencia de este periódico, lo que llevaría a pensar que, a pesar de existir como proyecto, quizás este no pudiera finalmente llevarse a la práctica (González Hermoso, 2018: 691).

10Junto con el también diplomático Juan García del Río, Bello promovería años después desde Londres, en colaboración con liberales españoles allí exiliados, la edición de cabeceras centradas en la defensa de la causa de las nuevas naciones americanas. La Biblioteca Americana (1823) y El Repertorio Americano (1826–1827), en este sentido, son muestra de las sinergias surgidas fruto del encuentro entre el contingente liberal español y los americanos desplazados a Inglaterra en busca de apoyo para llevar a buen término el proceso de independencia con respecto a España. Entre los componentes de este grupo que viajó años antes a Londres con objeto de lograr el respaldo de Inglaterra para las naciones surgidas de las colonias españolas, pero también para aprender del modelo liberal inglés de gobierno, se encontraban otros relevantes próceres americanos, como José de San Martín, José Joaquín de Olmedo o Vicente Rocafuerte que, aprovechando en España el inicio del Trienio Liberal, intentaría ejercer su influencia para lograr una resolución amistosa en el conflicto de la independencia colonial. Ya en la etapa posterior del exilio liberal español en Londres, Rocafuerte, futuro presidente de Ecuador y por aquel entonces secretario de la embajada mejicana en la capital británica, impulsaría su visión americanista a través de la prensa española de los liberales emigrados, apoyando económicamente a Ocios de Españoles Emigrados (1824–1827), periódico editado por José Canga Argüelles y que contaría con la participación de otros grandes intelectuales exiliados españoles en Londres, como los hermanos Villanueva o Pablo de Mendíbil. No obstante, Rocafuerte canceló su apoyo al periódico en 1826, tras las críticas a Bolívar realizadas por Canga Argüelles en la cabecera (Ruiz Acosta, 2016b: 206). Paradójicamente, sin embargo, Rocafuerte se convertiría en un fuerte opositor de Manuela Sáenz tras el ocaso de Bolívar.

11Así lo recoge Pérez Vila al hablar de las Campañas periodísticas del Libertador (1968: 25).

12Consciente del poder de la prensa, Bolívar se valdrá de ella para defender su causa a través de diversas publicaciones, como El Patriota de Venezuela o el Correo del Orinoco. Asimismo, lanzaría El Peruano (en su origen El Peruano Independiente), periódico oficialista que apoyaría su presencia en Perú, y que simplificaría su nombre posteriormente, ya como publicación oficial, aunque en su devenir sufriría continuos cambios en su cabecera, pasando a ser conocido como La Prensa Peruana, El Conciliador o El Redactor Peruano, entre otros nombres. La obra periodística de Bolívar, no obstante, se extiende además a otras publicaciones, como El Colombiano o El Centinela en Campaña (Gargurevich, 1991: 56–58).

13El propio Bolívar, al que Manuela Sáenz conoció en 1822, le otorgaría tan honroso título por la valentía mostrada al salvarle la vida (siendo ya la segunda vez) en la famosa noche de la Conspiración Septembrina de 1828. El líder independentista, deslumbrado por el arrojo de Manuela, se lo dio a la mañana siguiente del frustrado atentado y este reconocimiento la acompañaría siempre, según confesaría ella misma, ya bastante tiempo después, en agosto de 1850, en una de las cartas de su peculiar epistolario, al General Daniel O’Leary (Lecuna, 1945: 509–510).

14La relevancia del papel como autora periodística que desempeña Manuela Sáenz es incluso reconocida en The Cambridge History of Latina/o American Literature, donde se destaca que su folleto de «La Torre de Babel» constituye todo un ejemplo de su dominio de la palabra escrita (Morán González y Lomas, 2018: 245).

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Guillermo González Pascual

Capítulo 4 Pilar de Valderrama y la identidad femenina en la España del siglo XX

Resumen: La figura de Pilar de Valderrama Alday (1889–1979) no pertenece hoy por hoy a una nómina destacada de autores de principios del siglo XX, pero su incansable actividad artística y la importancia de sus relaciones sociales, en ocasiones con figuras destacadas de esos mismos grupos culturales, hacen de ella una voz imprescindible de la historia cultural de aquella época. Este trabajo pretende realizar un repaso de sus experiencias vitales y de su producción poética para conectarlas con las diferentes visiones sobre la identidad femenina en la España del siglo XX.

Abstract: The figure of Pilar de Valderrama Alday (1889–1979) does not belong today to alist of prominent authors of the beginning of the 20th century, but her tireless artistic activity and the importance of her social relationships, sometimes with prominent figures from those same cultural groups, make her an essential voice in the cultural history of that time. This work aims to carry out a review of her life experiences and her poetic production to connect them with the different views on female identity in 20th century Spain.

Palabras claves: Pilar de Valderrama, siglo XX, poesía, escritoras españolas, identidad femenina

Keywords: Pilar de Valderrama, 20th century, poetry, Spanish writers, female identity

1.Introducción

Desde nuestra perspectiva actual podemos afirmar sin ambages que existe un elevado número de escritoras con producción literaria de calidad relevante en la España de principios del siglo XX. Tal aseveración no sería posible sin los múltiples trabajos que han sabido destacar, con profusión en los últimos años, muchos de aquellos nombres que por razones diversas se hallaban postergados. Dentro de una voluntad informativa desarrollamos nuestro estudio sobre la figura de Pilar de Valderrama Alday (1889–1979), personalidad destacable –aún única por la particularidad de sus vivencias– de nuestra historia reciente. Una poeta que recibe en su producción literaria los ecos de las más importantes corrientes poéticas finiseculares, léase especialmente simbolismo ←83 | 84→y modernismo, pero que continúa teniendo hoy en día una escasa respuesta en la crítica especializada de nuestro país.

Biographical notes

Teresa Fernández-Ulloa (Volume editor) Miguel Soler Gallo (Volume editor)

Teresa Fernández Ulloa es doctora en Filología Hispánica (lengua y lingüística) por la Universidad de Deusto, Bilbao. Es catedrática en el Departamento de Lenguas y Literaturas Modernas de la California State University, Bakersfield. Sus áreas de especialización e investigación son la sociolingüística, el análisis del discurso (sobre todo, el político y el de mujeres creadoras) y la enseñanza del español. Miguel Soler Gallo es doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca. Sus principales líneas de investigación son el análisis del discurso político-ideológico en España durante la II República y el franquismo, el discurso romántico como vehículo de adoctrinamiento, las relaciones entre mujer, poder y escritura, y la literatura escrita por mujeres, especialmente desde el siglo XIX en adelante.

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Title: Las insolentes: desafío e insumisión femenina en las letras y el arte hispanos