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Pecados sociales en el Renacimiento

by Emilio Blanco (Volume editor) Mechthild Albert (Volume editor)
©2022 Edited Collection 256 Pages
Series: Bonner romanistische Arbeiten, Volume 123

Summary

El presente volumen pretende analizar ciertos pecados profesionales y sociales en el Renacimiento como método de intelección epocal, al cartografiar la codificación de diversas prácticas desviadas en una selección de libros y géneros coetáneos, a fin de descubrir la conducta real de grupos sociales concretos. Los estudios aquí reunidos observan en qué medida la acumulación de pecados individuales, que puede objetivarse en ciertos ámbitos profesionales –como el gremio de los médicos o los mercaderes– genera cuestiones y problemas que trascienden lo individual para alcanzar categoría social. Al identificar, describir y analizar estas conductas reprobadas se espera contribuir a una mayor profundización en lo que se ha llamado "la cultura del Renacimiento" en términos amplios.

Table Of Contents

  • Cubierta
  • Título
  • Copyright
  • Sobre el editor
  • Sobre el libro
  • Esta edición en formato eBook puede ser citada
  • Índice
  • ATRIO (Emilio Blanco, Mechthild Albert)
  • LOS PECADOS DEL OCIOSO (Mechthild Albert)
  • LOS PECADOS PROFESIONALES DEL MERCADER EN LOS LIBROS DE CONFESORES (Emilio Blanco)
  • LAS MALAS PRÁCTICAS DEL MÉDICO RENACENTISTA (Emilio Blanco)
  • EL PECADO DE SUPERSTICIÓN EN LOS CONFESIONARIOS MODERNOS (Marcela Londoño)
  • LOS PECADOS SOCIALES EN EL TRATADO DE JUAN LUIS VIVES DE CONCORDIA ET DISCORDIA (Wolfgang Matzat)
  • EL MUNDO PECAMINOSO DE UN PREGONERO TOLEDANO: EXPERIENCIAS Y ESCRITURA DE LA MALDAD EN EL LAZARILLO DE TORMES (Philippe Rabaté)
  • LA IMAGEN DEL BLASFEMO A TRAVÉS DE LA LITERATURA DE CORDEL DEL SIGLO XVI (María Sánchez-Pérez)
  • LOS PECADOS PROFESIONALES DEL FILÓLOGO Y HUMANISTA EN EL SIGLO DE ORO (Christoph Strosetzki)
  • LOS PECADOS DEL CORTESANO EN EL RENACIMIENTO (Eduardo Torres Corominas)
  • MALES DE LOS OFICIOS Y ESTADOS EN LA LITERATURA HUMANISTA DE MISERIA HOMINIS (María José Vega)
  • Obras publicadas en la colección

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ATRIO

El concepto de pecado social tiene varias lecturas en nuestros días, como casi todos los conceptos en este final de época que vivimos, caracterizada sobre todo por la multiplicidad de interpretaciones y —lo que tal vez sea peor— por la aparente validez de cualquier lectura. El volumen que el lector tiene entre las manos no entiende el pecado social en un sentido religioso, esto es, como todo aquel crimen cometido contra la persona humana (en su derecho a la vida o a la integridad física, por ejemplo). El problema, para nosotros, se articula más en torno al conocimiento de una época, el Renacimiento, y en cómo la acumulación de pecados individuales que se aglutina y puede objetivarse en ciertos ámbitos profesionales genera cuestiones y problemas que trascienden lo individual para alcanzar categoría social.

Dicho en otros términos, siempre ha habido —probablemente siempre los habrá— desviaciones de la conducta individual constitutivas de reprobación social, bien por la vía religiosa del pecado, bien por la jurídica del delito. Desde la Antigüedad hasta nuestros días, la literatura y el arte nos han mostrado infinitos ejemplos de estos casos particulares, precisamente por ese carácter individual y único, que los hace atractivos a los lectores al presentar en su singularidad ejemplos supremos de ladrones, asesinos, violadores, estafadores y demás bestias delincuentes. Junto a ellos, hay otro tipo de males que no alcanza la intensidad de los crímenes citados: a cambio, esas conductas desviadas se encuentran extremadamente difundidas en la sociedad. Frente a la fuerza y rareza de los primeros, a nosotros nos atraía más la fortaleza y extensión en todo el cuerpo social de esas malas costumbres observables en un mismo estamento, profesión, oficio o circunstancia. Tal vez por esa cotidianidad, estas últimas conductas generales no han atraído la misma atención que los casos extraordinarios individuales. Sin embargo, el conocimiento de los males genéricos de una clase social o de una profesión tal vez arroje más luz para conocer mejor la época que los destellos individuales de personajes literarios concretos.

Este volumen parte de esa idea, la de analizar ciertos pecados profesionales y sociales en el Renacimiento como método de intelección epocal: cartografiar una serie de prácticas desviadas tal y como se codificaron en ciertos libros y géneros coetáneos, a fin de descubrir la conducta real de grupos sociales concretos. No se trataba, pues, de relatar las malas artes de cualquier cortesano, de un cierto mercader, de un médico determinado o de un pregonero cornudo… cuanto de ofrecer un mínimo común denominador aplicable a algunas ←7 | 8→profesiones y estamentos sociales. Entendimos, pues, que una aproximación de este calado contribuiría a una mayor profundización en lo que se ha llamado “la cultura del Renacimiento” en términos amplios.

Con ese fin, convocamos a un nutrido grupo de especialistas europeos, sobre todo alemanes y españoles, pertenecientes a la red “Saberes humanísticos y formas de vida en la temprana modernidad”, para que reflexionasen sobre algunos de los aspectos señalados. El resultado es el presente volumen, en el que hay trabajos que se enfrentan al asunto desde una perspectiva general, como el de María José Vega, que recorre los distintos males que se achacaban a oficios y profesiones en la literatura de miseria hominis, o el de Wolfgang Matzat, focalizado en general sobre los pecados sociales a través de la obra de Juan Luis Vives. Otros tienen un punto de mira más específico, al centrarse directamente en los pecados profesionales de algunos oficios, como el de Strosetzki sobre los humanistas o el de Blanco sobre los mercaderes, mientras que otros autores prefieren tratar determinadas figuras habituales en el mundo del Renacimiento y el Barroco sin llegar a ser clase social (como el cortesano que analiza Torres Corominas o el ocioso que estudia Albert), a veces con un equilibrio entre el oficio y la figura concreta (el caso del mundo pecaminoso de Lázaro de Tormes que presenta Rabaté). Finalmente, dos contribuciones analizan ciertos aspectos sociorreligiosos de gran interés en relación con géneros prosísticos concretos: el de Londoño sobre la superstición en los manuales de confesores y el de Sánchez-Pérez sobre la imagen del blasfemo en la literatura de cordel anterior a 1600.

Así, Mechthild Albert estudia el pecado de la pereza en el contexto discursivo del Humanismo y el Barroco, tomando como base especialmente el discurso Contra la ociosidad de Pedro de Valencia y los Bienes del honesto trabajo y daños de la ociosidad del jesuita Pedro de Guzmán, pero estribando también en distintos elementos iconográficos procedentes de la literatura emblemática. Tras una presentación general sobre el pecado de pereza, establece el marco teórico diseñado por los tratadistas citados, para recorrer después ciertas profesiones consideradas especialmente ociosas. Concluye enumerando algunas medidas administrativas tanto contra el vicio de la ociosidad en general como contra sus practicantes, los ociosos, para cerrar la exposición levantando acta de la omnipresencia del tema en todo tipo de contextos (políticos, religiosos, sociales), y especialmente cuando se trata de profesiones improductivas que permiten ganarse el sustento con el mínimo esfuerzo y que son fomentadas por el anhelo de ascenso social.

En su trabajo sobre la deontología del mercader en el renacimiento, Emilio Blanco parte de una constatación evidente para la tradición crítica, y es la censura de la figura del mercader, bien conocida en todo tipo de textos tardomedievales y de la primera Edad Moderna. Frente a esos ataques, que presentan ←8 | 9→al comerciante como una figura (muchas veces satírica y execrable) dominada por la avaricia, existen también diseños éticos ideales de la figura del mercader, ya se trate del gran hombre de negocios o del pequeño tendero, si bien es cierto que los autores más conocidos por el público en general (Tomás de Mercado y Sarabia de la Calle) supeditan en no pocos lugares el interés por las cuestiones económicas a la preocupación por la salvación del alma del comerciante. Eso lleva a Blanco a analizar el tratamiento del comercio y la figura del mercader en los manuales de confesores, que pueden dividirse a este efecto en tres grandes grupos: aquellos que esquivan el asunto debido a su complejidad, quienes descienden a cuestiones teóricas básicas y fundamentales, y, finalmente, quienes optan por la solución más práctica y sencilla, la de ofrecer un elenco de preguntas que plantear al comerciante que se acerca al sacramento con el fin de orientar al sacerdote en su labor. Son esos capítulos específicamente dedicados a los mercaderes los más interesantes, pues profundizan más en las malas prácticas habituales de estos comerciantes, siendo así que en ocasiones se detienen en tratamientos específicos sobre ciertos tipos de profesiones relacionadas con el comercio (sederos, tundidores, sastres…).

Ese mismo interés social en ciertas figuras claves de la literatura y el arte de la época nos ha llevado a recuperar un trabajo de Blanco ya publicado anteriormente, dada la importancia del personaje del médico en todo tipo de textos renacentistas. El análisis parte en esta ocasión de una constatación evidente, y es el doble tratamiento del médico —enaltecedor o escarnecedor— que se puede encontrar en la literatura de la Edad Moderna. Así, cuando se trata de sátiras, piezas teatrales o distintos relatos, la intención degradante suele ser clara, mientras que panegíricos u otras piezas laudatorias recorren el ámbito opuesto, al buscar el elogio de la profesión. Tan solo genios como Erasmo (cuando no escribe literatura) o Juan Luis Vives (al diseñar el perfecto médico) mantienen una actitud ecuánime. Esa misma aproximación neutra se descubre en un género no atendido hasta ahora al abordar la deontología médica en el Renacimiento: los manuales de confesores, un tipo de libros que permite reconstruir las prácticas perniciosas de los médicos de la época a través de las preguntas que el sacerdote plantea al penitente que se acerca al confesionario, como un cristiano más, a reconciliar su alma con Dios. En el catálogo profesional de los confesores, el médico es allí un trabajador más, por lo que las preguntas buscan dar razón de su conducta, más allá de filias y fobias sociales.

Marcela Londoño analiza el pecado de superstición en el mismo género de los manuales de confesores. Tras una sucinta presentación de la historia del género, con sus etapas, tipologías y características desde la Edad Media, repasa los rasgos básicos de la superstición según la establecen dos tratadistas específicos sobre ←9 | 10→la materia en el primer Renacimiento, Pedro Ciruelo y Martín de Castañega. A continuación, y partiendo de una muestra significativa de los manuales escritos en lengua vernácula (con algunas traducciones), se diseña el panorama de las prácticas supersticiosas en el siglo XVI, casi siempre circunscritas en torno al primer mandamiento, y casi siempre también centradas en el mundo femenino. El análisis refleja la gran variedad de las actuaciones supersticiosas, así como los límites difusos entre estas últimas y la recta religiosidad, por lo que el criterio de los confesores termina siendo crucial a la hora de orientar al penitente.

Wolfang Matzat reflexiona sobre los pecados sociales en el conocido tratado de Juan Luis Vives De concordia et discordia in humano genere. Después de situar el texto del autor valenciano como un libro próximo a las posiciones pacifistas de Erasmo y de Tomás Moro, el trabajo se interesa, especialmente, por la concepción antropológica y el pensamiento social en que Vives basa su crítica de la discordia, centrándose de forma específica en tres aspectos concretos: las tradiciones discursivas que hacen posible la visión de la vida social del autor de la Fabula de homine, en qué medida la obra de Vives anuncia una crítica moderna de la sociedad que anticipa de algún modo a Rousseau, y, por último, el peculiar interés del autor en algunas profesiones concretas, como letrados y mercaderes, y en ciertas clases sociales como la nobleza. En función de todo ello, la obra de Vives anticipa los argumentos críticos que utilizará la Ilustración en contra del antiguo régimen.

Philippe Rabaté se detiene en el mundo pecaminoso del Lazarillo de Tormes. Partiendo de la falta de caridad general sobre la que se insiste en no pocos pasajes de este relato picaresco, demuestra cómo el autor anónimo crea unas líneas de fuerza que superan los casos individuales de los dos primeros amos, que exceden la presentación clásica de tipos satíricos y que van forjando un auténtico pensamiento crítico fundado en una visión pecaminosa del mundo. Del mismo modo, la estancia con el escudero confirma y profundiza esta visión esencialmente negativa, y resulta ser sin duda la más difícil de caracterizar, en la medida en que supera la crítica individual de los pecados del noble venido a menos para definir un marco global degradador y alienador. Frente a los tres primeros amos, que conforman un panóptico de la falta de caridad, los restantes van desplazando el pecado desde el mundo social que rodea al protagonista hacia el mismo Lázaro, quien termina por asumir esa concepción pecaminosa de la vida, pasando así de los pecados sociales denunciados en los señores a males mucho más radicales y que sugieren una definición implícita del cristianismo y de su necesaria regeneración. La experiencia del Lazarillo es, pues, doblemente negativa, al aunar por un lado la maldad del mundo y por otro la imposible redención del protagonista.

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María Sánchez-Pérez contextualiza en su estudio el mundo de la literatura de cordel y de las relaciones de sucesos, para centrarse a continuación en un subgénero de gran éxito desde finales del siglo XVI en adelante: los casos horribles y espantosos, un tipo de escrito de carácter tremendista donde pecadores y blasfemos ocupan un lugar destacado. Todo ello como una emanación más del Concilio de Trento, lo que motiva la aparición de todos estos ejemplos a partir de 1570 y hasta 1600. Se trata siempre de relatos de historias de malos cristianos y blasfemos como paradigmas de degradación y corrupción moral, utilizadas de forma consciente por autoridades políticas y eclesiásticas como método de control social. Tras el análisis de las seis relaciones de sucesos conservadas que abordan de forma específica la figura del blasfemo, las conclusiones son claras: el recurso a este tipo de literatura de cordel por parte de autoridades varias, incluidos los predicadores, no hace sino reforzar el control social característico en la época.

En su estudio sobre los pecados profesionales del filólogo y del humanista en el Siglo de Oro, Christoph Strosetzki pone sobre la mesa un viejo problema ya planteado a comienzos del Renacimiento por Petrarca, esto es: la oposición entre la sabiduría inútil y estéril que se encierra y se oculta en sí misma, frente a un trabajo que resulte verdaderamente productivo para la sociedad y que redunde en un beneficio de tipo ético derivado de las tareas propias del humanista. Con ese fin repasa los tres principales reproches que se dirigen contra las figuras de humanistas y letrados en distintos autores (Francisco de Cascales, Diego Saavedra Fajardo, fray Diego de Estella, Alonso de Castillo Solórzano, Bartolomé Jiménez Patón o Francisco de Quevedo). Frente a la concepción peyorativa apreciable en todos ellos, se propone otra pareja de tratadistas (Baltasar de Céspedes y Juan Lorenzo Palmireno) que supera los errores del gramático/humanista al trazar un nuevo diseño de la figura, dibujo que abandona la sátira del tipo y penetra en la literatura pedagógica, ofreciendo una imagen idealizada de los practicantes de los estudios de humanidad.

Eduardo Torres Corominas enfoca su análisis hacia una de las figuras más características del mundo del Renacimiento, el cortesano. Tras una breve presentación de la cortesanía como gramática de vida que regula las acciones del habitante de la corte, desde que llega a ella hasta que la abandona, y siempre orientada a sobrevivir allí y lograr el favor del príncipe o soberano, se levanta acta de cuáles eran los pecados del cortesano desde el vuelto de las páginas que codificaban el sistema de la cortesanía y el recto de las hojas de otro tipo de libros que, directamente, censuraban esta figura. Destacan en ese panorama los pecados de ira, lujuria y gula —analizados al paso de las cuatro virtudes cardinales—, junto con soberbia, envidia, avaricia y pereza. Se trata, sobre todo, ←11 | 12→de aquellas acciones que, por desviación moral, por escasez de ingenio, por carencia de formación o por falta de experiencia podían desplazar al cortesano de su situación de privilegio o fortuna en la corte. A partir de un conjunto de textos renacentistas, en donde destaca el panorama trazado en distintos libros por fray Antonio de Guevara, se dibuja así un retrato del cortesano por negación: una reconstrucción, en fin, de la imagen peyorativa que de esta figura clásica se ofrecía en algunos tratados de cortesanía, libros de avisos, sátiras anticortesanas y literatura emblemática.

Details

Pages
256
Year
2022
ISBN (PDF)
9783631865071
ISBN (ePUB)
9783631865088
ISBN (Hardcover)
9783631837559
DOI
10.3726/b18884
Language
Spanish
Publication date
2021 (November)
Published
Berlin, Bern, Bruxelles, New York, Oxford, Warszawa, Wien, 2022. 256 p., 2 il. en color, 7 il. blanco/negro.

Biographical notes

Emilio Blanco (Volume editor) Mechthild Albert (Volume editor)

Emilio Blanco es catedrático de Literatura Española en la Universidad Complutense de Madrid (España). Mechthild Albert es catedrática de Letras Hispánicas en la Universidad de Bonn (Alemania).

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