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Todos los caminos conducen a Rulfo. Itinerarios del cuento mexicano desde el modernismo a El Llano en llamas

by Rosa García Gutiérrez (Volume editor)
©2023 Edited Collection 596 Pages
Series: Hispano-Americana, Volume 80

Summary

Aunque suele considerarse El Llano en llamas como punto de partida del cuento mexicano de la segunda mitad del siglo XX, también puede verse como la culminación de una serie de itinerarios que la cuentística del país emprendió a finales del XIX, desarrolló durante la lucha armada revolucionaria, se actualizó con el polémico transcurrir de las vanguardias, se polarizó con la política cultural revolucionaria y la entronización de la literatura comprometida durante el cardenismo, y arribó a un espacio de encuentro al generalizarse el desencanto provocado por el fracaso de la Revolución. Este libro explora esas rutas diversas e identifica sus figuras más representativas, algunas olvidadas, con el fin de contribuir a trazar el heterogéneo y rico campo que hizo germinar El Llano en llamas.

Table Of Contents

  • Cobertura
  • Título
  • Copyright
  • Sobre o autor
  • Sobre o livro
  • Este eBook pode ser citado
  • ÍNDICE
  • Lista de Autores
  • Presentación
  • Por los rumbos y llanos de Micrós, Ángel de Campo
  • Sobre Cuentos frágiles: Manuel Gutiérrez Nájera a través de sus paratextos
  • La “epidemia baudeleriana”: el alcohol en el cuento mexicano del fin de siglo
  • Artistas, neuróticos, criminales y Pierrots en los cuentos de Bernardo Couto Castillo
  • Torri lee a los cuentistas del xix: el abordaje agonístico del cuento en el primer Ateneo
  • Juan Rulfo y el cuento de la Revolución mexicana
  • Cuentos de la Revolución, cuentos revolucionarios: La narrativa breve de Rafael F. Muñoz
  • Marcas anticristeras en la narrativa breve de Juan Rulfo: Francisco Rojas González y José Guadalupe de Anda
  • Arqueles Vela y la renovación de la prosa de ficción en México
  • Fantasmas de la Revolución entre tierras baldías. “Naturaleza muerta” (1940) de Ortiz de Montellano y La paloma, el sótano y la torre (1949) de Efrén Hernández, dos textos que llevan a “Luvina”
  • Cuentistas en la órbita de los Contemporáneos: continuaciones, desviaciones, derivaciones (Torres Bodet, Ortiz de Montellano, Martínez Sotomayor, Salazar Mallén, Efrén Hernández)
  • Estilo e ideología de Nellie Campobello, la invisible
  • El cuento como misión cultural: Juan de la Cabada entre México y España
  • Veteranas. Personajes de la Revolución mexicana en Cuarto de hora, de Enriqueta de Parodi
  • Francisco Tario y la narrativa del ello
  • Francisco Tario y la narratividad perdida
  • Haces del cuento indigenista y fuego de las comunidades originarias en las literaturas que transcurren desde la Revolución mexicana hasta El Llano en llamas
  • Una expresión indigenista: El diosero, de Francisco Rojas González
  • Uno de los caminos hasta El Llano: La nebulosa cuentística del exilio republicano español en México
  • Los relatos policiales mexicanos en los años cuarenta y cincuenta: María Elvira Bermúdez, Rafael Bernal, Antonio Helú y Pepe Martínez de la Vega
  • En los límites del margen: La narrativa breve más temprana de José Revueltas. Dios en la tierra (1938–1944)
  • Arreola y sus lecturas (1926–1952)
  • Encrucijadas de la narrativa de Juan Rulfo
  • Desandando los caminos que conducen a Rulfo: Para una crítica de la crítica de los cuentos de El Llano en llamas y la nueva narrativa hispanoamericana

Rosa García Gutiérrez

Presentación

En 2017 se conmemoró el centenario del nacimiento de Juan Rulfo, considerado uno de los precursores del ‘Boom’ y maestro de quienes, una década después de la publicación de los cuentos de El Llano en llamas (1953) y la novela Pedro Páramo (1955), protagonizarían la internacionalización de la narrativa latinoamericana y la conversión de la misma en estímulo y fuente de inspiración para narradores de diversas lenguas y tradiciones culturales. El mítico nombre de Rulfo, una cima del canon internacional, hacía presagiar una avalancha de actos conmemorativos y publicaciones que, finalmente, no se produjo. El centenario se limitó al homenaje, la noticia y el panegírico, y se desaprovechó, con algunas excepciones relevantes, la oportunidad de revisar críticamente la obra rulfiana y, en particular, de aquilatar con precisión algo apenas estudiado: el modo en que Rulfo aprovechó lo que, desde finales del XIX, los escritores mexicanos fueron forjando como una tradición literaria propia al compás de los acontecimientos históricos y políticos que marcaron la cultura nacional en la primera mitad del siglo XX y resultaron decisivos en la fijación de los pilares sobre los que se han construido el mapa y el relato de una literatura que ha santificado a Rulfo como su cifra y su más completa expresión1.

Esta santificación ha tenido como consecuencia la tendencia a considerar a Rulfo como una figura aislada e indiscutible –llama la atención en un campo literario como el mexicano el consenso unánime en torno a su obra- que se habría elevado en solitario sobre la prosa de su tiempo para marcar el rumbo de la narrativa posterior. Rulfo sería, así, un precursor, un punto de partida. La magnitud de Pedro Páramo ha favorecido paralelismos legítimos con otras obras o autores universales (desde La Divina Comedia a Cien años de soledad, desde Faulkner a Kafka), pero que han contribuido a la descontextualización de la obra rulfiana. Esto no es exclusivo de Rulfo: la excelencia hace que algunas obras o autores ingresen en una liga superior en la que se establecen lazos en virtud de su dimensión universal, aunque se borran los que mantuvieron con la realidad literaria que les fue inmediata y cotidiana. En el caso de Rulfo, sus cuentos han sufrido muy especialmente los efectos y defectos de esta descontextualización; además se han leído principalmente desde su categorización como ‘punto de partida’, un lugar común crítico que ha hecho invisible la cuentística de otros escritores mexicanos que lo precedieron y que lo explican. Hay, sin embargo, argumentos para ver El Llano en llamas no solo como inicio sino como culminación: la culminación sincrética de unos cuantos itinerarios que conformaron el campo cultural mexicano de la primera mitad del siglo XX, marcado por debates, enfrentamientos y opciones literarias que se definieron como excluyentes, un territorio en disputa que sí identificamos en novela y poesía, pero que también marcó el desarrollo del cuento moderno en México, y al que el lector insaciable de literatura mexicana que fue Rulfo no fue ajeno.

Ese planteamiento fue el origen de este libro: pensar en El Llano en llamas como posible resultado de un recorrido literario nacional sin el que hubiera sido improbable. Eso suponía recuperar, interpretar y evaluar la variada cuentística que lo precedió y prefiguró, estableciendo el libro de Rulfo como el fin de un trayecto fascinante, controvertido y dueño de una dinámica propia, muy representativo además de las complejas relaciones entre literatura, política y sociedad en Occidente marcadas por la crisis de fin de siglo, la Revolución rusa, la Guerra civil española, las Guerras mundiales y los distintos movimientos revolucionarios en América Latina, empezando por la Revolución mexicana. Esa tarea requería la implicación de varios investigadores e investigadoras y para llevarla a la práctica se propuso un proyecto de investigación que, finalmente, fue aprobado en la convocatoria 2018 de Proyectos I+D+I del programa operativo FEDER Andalucía (2014–2020). Quienes integramos el equipo investigador del proyecto entendimos que conocer mejor el cuento mexicano anterior a El Llano en llamas permitiría valorar hasta qué punto en el libro de Rulfo se dan cita algunas de las rutas que esta cuentística emprendió a finales del XIX, desarrolló al hilo de la lucha armada revolucionaria, se actualizaron al compás del polémico transcurrir de las vanguardias históricas, se polarizaron con la política cultural nacionalista de los gobiernos revolucionarios y sobre todo con la entronización de la literatura comprometida durante el cardenismo, y arribaron a un espacio de encuentro con la generalización del desencanto provocado por el fracaso de la Revolución. A esa dinámica dialéctica entre los partidarios de una literatura nacionalista y revolucionaria y los defensores de la autonomía del arte hay que sumar unos cuantos escritores que la crítica ha calificado como raros o autoexiliados, creadores de obras singulares y a veces minoritarias que Rulfo también leyó y quizás aprovechó. Explorar y explicar esos itinerarios, delimitar y en ocasiones reivindicar sus figuras más representativas, rescatar nombres y títulos olvidados, releer y cartografiar la cuentística mexicana desde la perspectiva de un heterogéneo y riquísimo campo de cultivo capaz de hacer germinar El Llano en llamas fueron los objetivos del proyecto.

Llama la atención el escaso interés que el cuento mexicano de la primera mitad del siglo XX ha despertado en la crítica, eclipsado por la poesía y por la novela de la Revolución, pero también, seguramente, soslayado por las complejidades teóricas inherentes a la distinción o indistinción novela/novela corta/cuento/viñeta, etc., propia de la prosa de las primeras décadas del siglo como varios de los trabajos incluidos en este volumen ponen de manifiesto. Los pocos estudios que han abordado de manera sistemática el cuento como género en la literatura mexicana coinciden en resaltar su abundancia y excelencia, hasta el punto de constituir ambas una de las señas de identidad de la narrativa mexicana, e incluso es un lugar común señalar a Julio Torri como uno de los iniciadores de la ficción breve hispánica, concediéndosele a México un papel fundacional en la cuentística moderna en español, pero esos consensos contrastan con la precariedad de trabajos sobre el cuento en la primera mitad del siglo pasado. Existe un número importante de antologías, pero suelen ser reiterativas en la selección, muy parcas en la inclusión de cuentos anteriores a El Llano en llamas, y carecen por lo general de justificación de las selecciones o discusión de cánones previos, por lo que no son del todo útiles para establecer una historia del cuento mexicano moderno con taxonomías e interpretación. Abundan, claro está, estudios específicos sobre la cuentística de algunos autores concretos (Julio Torri, y Juan José Arreola o José Revueltas, ya en el espacio generacional de Rulfo), y aproximaciones noticiosas, más o menos panegíricas sobre la calidad de unos cuantos autores (Rafael F. López, Juan de la Cabada, Efrén Hernández, Francisco Rojas González, Francisco Tario, entre otros) que con las relativas y recientes excepciones de Efrén Hernández y Tario apenas han recibido atención crítica. Pero los estudios más numerosos se han centrado en el prolífico cuento mexicano que se desarrolla ya en la segunda mitad del XX, abundando en particular artículos que intentan estructurar un panorama demasiado variopinto o volúmenes colectivos no siempre con plan organizativo previo, lo que contribuye a sumar nombres y valoraciones aisladas a un panorama disperso y atomizado en el que se pierden las vías de conexión con la cuentística anterior y se refuerza la idea de El Llano en llamas como texto autosuficiente. Con todo, no pueden dejar de anotarse aquí los loables esfuerzos de Russell M. Cluff (Los resortes de la sorpresa. Ensayos sobre el cuento mexicano del siglo XX, Universidad Autónoma de Tlaxcala, 2003) o Lauro Zavala (Paseos por el cuento mexicano contemporáneo, Renacimiento, 2004), impulsores de diversas iniciativas (repertorios bibliográficos exhaustivos sobre la producción cuentística, coloquios, revistas, webs) que han puesto en valor al cuento como género particularmente representativo de la contemporaneidad, y han insistido en la originalidad y abundancia del cuento mexicano, sobre todo de las últimas décadas.

Sin embargo, la cuentística mexicana no empieza con El Llano en llamas y difícilmente podrá ordenarse y entenderse su variada profusión si se pierde el hilo de continuidad que vincula los nuevos cuentos con aquellos que gestaron la literatura mexicana moderna, adscribiéndose, ellos sí, a concepciones literarias más definidas. Esa convicción fue el origen del proyecto que ha dado lugar, entre otros frutos, a este libro que intenta contribuir a aclarar el difuso panorama del cuento mexicano de estos años, ayudando a identificar los itinerarios que condujeron al clásico de Rulfo, su génesis y desarrollo, sus características y aportaciones, y sus autores y obras más significativos. Aunque en general ha funcionado como parteaguas, El Llano en llamas es, en realidad, un eslabón que une las dos mitades del siglo y permite encontrar en las trayectorias iniciales del cuento mexicano los argumentos y categorías descriptivas con que realizar la cartografía pendiente. Rulfo liberó al cuento de las cautividades que el campo cultural mexicano impuso por circunstancias políticas e históricas a los cuentistas de las décadas que lo precedieron, pero no se comprende esa liberación si se desconocen las vías que fraguaron una tradición controvertida y compleja, enfrentada y dinámica, en dialéctica confrontación, que encontró en ese cautiverio ideológico y estético su seña de identidad y su fuerza gestacional. Esas vías y esa dialéctica, que remiten a debates entre lo nacional y lo universal, la literatura comprometida y el arte puro, el paradigma realista y la experimentación, lo rural y lo urbano, lo colectivo y lo íntimo, lo épico y lo lírico, se desarrollaron al compás de la propia nación mexicana y bajo la sombra de la Revolución como mito y realidad política, lo que las hace irrenunciables a la hora de comprender la genealogía del cuento en el seno más amplio de la tradición literaria nacional.

Es llamativo que para comenzar a indagar sobre cuento mexicano desde el modernismo hasta 1953 las fuentes principales sigan siendo los ya lejanos trabajos de Luis Leal: su Breve historia del cuento mexicano (Ediciones de Andrea, 1956), que completaría después con Antología del cuento mexicano (Ediciones de Andrea) y Bibliografía del cuento mexicano (Emory University), ambos de 1958, y unos lustros más tarde con El cuento mexicano: de los orígenes al modernismo (Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1964) y Cuentos de la Revolución (UNAM, 1974), intento de criba de una abundantísima producción desatendida por la crítica, mucho más pendiente de la sí (re)conocida novela de la Revolución. Es más que probable que Leal se nutriera del impulso y la atención que el cuento empezó a recibir como género a finales de la década de los cuarenta, un interés que se tradujo en la publicación de dos excelentes antologías sorprendentemente olvidadas: 29 cuentistas mexicanos actuales (Ediciones de América, 1945), preparada por Manuel Lerín y Marco Antonio Millán en el marco de publicaciones de la revista América y Cuentos mexicanos de autores contemporáneos (Editorial Nueva España, 1946), compuesta por José Mancisidor. El testigo de Leal lo tomaría poco después Emmanuel Carballo, que en 1956 publicó los dos volúmenes de Cuentistas mexicanos modernos (Libro-Mex), y casi una década después El cuento mexicano del siglo XX. Antología (Empresas Editoriales, 1964).

Para encontrar nuevos estudios de conjunto dedicados a la cuentística mexicana del siglo XX que incluyan también reflexiones de peso sobre el género durante las primeras décadas del siglo hay que esperar a la década de 1990 y a los 16 coloquios sobre cuento mexicano organizados por Alfredo Pavón en la Universidad Autónoma de Tlaxcala, cuyos resultados fue publicando esa institución. La información que proporcionan es abundantísima e irrenunciable, pero se echa en falta, en ocasiones, una mayor organicidad. Un criterio más definido hubiera sido deseable en algunas antologías sobre facetas concretas del cuento mexicano como los 8 volúmenes de Cuentistas de la Revolución mexicana de Xorge del Campo (Luzbel, 1985), desmesurada selección sin prólogo o presentación de ningún tipo, o El cuento mexicano modernista. Antología de Ignacio Díaz Ruiz (UNAM, 2006), con parco estudio introductorio. Finalmente, deben señalarse dos libros que compendian la mayor parte de lo poco que se ha escrito sobre el cuento antes de El Llano en llamas: El cuento mexicano. Homenaje a Luis Leal (UNAM, 1996), coordinado por Sara Poot Herrera que, además de aportaciones sobre cuentos y cuentistas concretos y una sección de testimonios de autores que han cultivado el género, incorpora tres ensayos panorámicos sobre el cuento del XIX y comienzos del XX; y la Historia crítica del cuento mexicano del siglo XX (Universidad Veracruzana, 2013), dos tomos en los que Pavón ha reunido los principales artículos y ensayos que desde hace décadas se han escrito sobre el tema. En el prólogo, Pavón admite que el conjunto no alcanza a “formalizar una historia del cuento del siglo XX en México”, porque la mayoría de los artículos, aunque valiosos y perspicaces, “se hallaban desperdigados en revistas” y volúmenes “de difícil acceso, reduciendo así su zona de influencia y diálogo”. Pero aunque, como dice Pavón, “no agota los veneros del diablo”, es un paso relevante hacia una vista sistemática y comprehensiva, con explicación de sus convergencias y contradicciones, del cuento mexicano hasta Rulfo.

Con estos antecedentes se afrontó el Proyecto de Investigación ‘Todos los caminos conducen a Rulfo. Itinerarios del cuento mexicano desde el modernismo a El Llano en llamas’, con un equipo de estudiosos y estudiosas formado por Carmen de Mora Valcárcel, Alfonso García Morales, Jesús Gómez de Tejada y José Luis Nogales de la Universidad de Sevilla; Daniel Mesa Gancedo y Rosa Pellicer de la Universidad de Zaragoza; Francisca Noguerol de la Universidad de Salamanca; Javier de Navascués de la Universidad de Navarra; Aníbal Salazar Anglada de la Universidad Ramón Llul de Barcelona; Miguel Ángel Feria, profesor de la Escuela de Escritores; Gabriel Wolfson de la Universidad de Puebla-Las Américas; Evodio Escalante de la UAM-Iztapalapa, México; Vicente de Jesús Fernández Mora y yo misma de la Universidad de Huelva; y Ana Davis y Mariluz Bort Caballero, contratadas postdoctorales en esta última institución. Partimos del necesario conocimiento del campo literario mexicano del siglo XX, sin olvidar su origen como tradición moderna en las últimas décadas del siglo XIX con la irrupción y el desarrollo del modernismo, con el que se inicia la renovación de la narrativa tradicional. Y también de la constatación de que, aunque son numerosos y de calidad los estudios sobre novela, poesía y ensayo en las cinco primeras décadas del siglo, no existen otros similares sobre el cuento, aunque México fue uno de los primeros países hispánicos en desarrollar una cuentística singular, moderna y de calidad, diferenciada genéricamente de la novela o la novela corta, y en experimentar con la ficción breve de la mano de los prosistas modernistas y “posmodernistas” entre Revista Azul y el Ateneo de México.

Si los estudios sobre poesía, novela o ensayo mexicano de la primera mitad del siglo XX ponen de manifiesto las complejas relaciones entre literatura, historia y política, y convierten a la Revolución mexicana en el eje de su interpretación (como hecho histórico, como acicate de una profunda renovación cultural y toma de conciencia de identidad nacional a través de la cultura, y como mito e incluso retórica que determinó, por adhesión o reacción, el modo de entender y ejercer la literatura), esos parámetros de análisis no pueden ser ajenos a la indagación del cuento, aunque éste tradujera de manera distintiva, con dinámica propia, los mismos problemas de autodefinición literaria que afectaron a poetas, novelistas o pensadores. Por otro lado, si en poesía y novela parece existir un consenso sobre los grandes nombres y títulos, se ha construido un relato histórico-literario que conduce hasta el presente, y hay ediciones críticas de las obras consideradas relevantes, esas tareas, con excepciones, están por hacer en el caso del cuento. No existe duda sobre los cuentos de Arreola o Revueltas, editados y estudiados a nivel internacional, autores de primera fila que coexisten con y en cierto modo en El Llano en llamas. Pero queda por explicar -como también ocurre en el caso de Rulfo- el modo en que el primero llevó a sus últimas consecuencias un tipo de ficción breve cosmopolita, imaginativa, que se nutrió de lo fantástico, lo irracional, la ironía, el humor y el culto a la forma, que arrancó en el modernismo (Gutiérrez Nájera, Bernardo Couto, Amado Nervo), se prolongó depurándose con los narradores del Ateneo (Torri, Reyes), se diversificó con las vanguardias (Torres Bodet, Ortiz de Montellano, Martínez Sotomayor) y se alimentó de lo lírico o lo irónico (Efrén Hernández) y lo fantástico (Francisco Tario) en el caso de Arreola; y queda por analizar el modo en que el segundo se nutrió de la renovación de la poética realista con los cuentistas de la Revolución (Rafael F. López), se impregnó de la conciencia social de los narradores de la LEAR (Juan de la Cabada), de la mirada antropológica sobre el indio de los indigenistas (Médiz Bolio, Francisco Rojas González) y acabó asumiendo el escepticismo nihilista de quienes vieron en la Revolución un proyecto fracasado que testimoniaba, una vez más, la imposible redención de la raza humana, para ponerlo en duda una y otra vez desde un utopismo connatural siempre al borde del precipicio.

Para avanzar en la identificación de los caminos del cuento mexicano desde el comienzo de la modernidad hasta El Llano en llamas, interpretarlos desde su relación con la política, la cultura, el pensamiento, y señalar los nombres y títulos que jalonan esa trayectoria plural que converge en Rulfo, fue necesario ampliar el número de investigadores e investigadoras que, además de los implicados oficialmente en el proyecto, quisieran contribuir a aclarar y profundizar en lo que podría considerarse el caldo de cultivo rulfiano. Aunque no hemos tratado de localizar en El Llano en llamas las huellas específicas de un determinado libro o autor sino contribuir al trazado de un mapa del cuento mexicano que pueda ayudar a situar mejor la grandeza de un escritor siempre atento a las novedades literarias internacionales, pero que fue, sobre todo, un ávido e inagotable consumidor de la historia y la literatura nacional, algunas deudas o analogías interesantes han ido emergiendo a lo largo de estas páginas. Agradezco, pues, a Miguel Ángel Castro (Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM), José María Martínez (Universidad Rey Juan Carlos), Danaé Torres de la Rosa (Instituto Tecnológico Autónomo de México), Jorge Mojarro (RCCAH, Universidad de Santo Tomás, Manila), Kristine Vanden Bergue (Université de Liège), Liliana Pedroza (investigadora independiente), Conrado J. Arranz (Instituto Tecnológico Autónomo de México), Rafael Olea Franco (El Colegio de México) y Françoise Perus (UNAM), sus generosas, inestimables y entusiastas contribuciones a este libro.


1 Entre las aportaciones de relevancia que el centenario generó estuvieron la publicación de una última y, en lo posible, definitiva biografía de Rulfo (Alberto Vital: Noticias sobre Rulfo. La biografía, Fundación Juan Rulfo, RM Verlag, 2017); el volumen colectivo El Llano en llamas, Pedro Páramo y otras obras (en el centenario de su autor), coodinado por Pedro Ángel Palou y Francisco Ramírez Santacruz (Iberoamericana Vervuert, 2017); o el monográfico que la revista Monteagudo dedicó a Rulfo bajo la dirección de Vicente Cervera (En el camino de Rulfo, 3ª época, nº 22, 2017). En este último participamos algunos de los intervinientes en el Coloquio Internacional que un año antes Alfonso García Morales organizó en la Universidad de Sevilla al cumplirse treinta años de la muerte de Rulfo. Precisamente ese coloquio sirvió para detectar en Rulfo la huella de cuentistas mexicanos anteriores que no siempre han recibido atención crítica y para plantear la conveniencia de aclarar el confuso panorama del cuento mexicano de la primera mitad del siglo XX con el fin de identificar los itinerarios que condujeron a El Llano en llamas.

Miguel Ángel Castro

Por los rumbos y llanos de Micrós, Ángel de Campo1

Resumen: Ocios y apuntes, Cosas vistas y Cartones contienen cuentos y relatos que Micrós publicó en El Liceo Mexicano, El Nacional y Revista Azul, entre 1886 y 1896. Esas colecciones le han dado fama de cuentista interesado por el drama cotidiano de los marginados y pobres, por la gente humilde e indefensa, así como de ingenioso y ameno narrador de historias de la clase media de la Ciudad de México. Con el fin de ampliar esa percepción comentamos otros textos suyos que salieron a la luz en esas publicaciones y en El Mundo ilustrado, sin detenernos en La Rumba ni en las crónicas publicadas en El Universal y El Imparcial. “Micrós otorgó al cuento autonomía y legitimidad artística. Su tema fue, sobre todo, la Ciudad de México”, sintetiza María del Carmen Millán, y como lo advirtió Luis G. Urbina, ha llegado el día en que debemos leer a Micrós “para saber cómo se existía en esta buena México, y hasta dónde habíamos llegado en hábitos, en pensamiento y en léxico”.

I

En 1885 comienza el segundo gobierno de Porfirio Díaz; para entonces Ignacio Manuel Altamirano todavía es reconocido como la figura más influyente entre los escritores desde la restauración de la república. El maestro, que justo ese año pasa del medio siglo de vida, se entusiasma cuando unos jóvenes que apenas rozan los veinte años lo invitan a encabezar una agrupación literaria que han organizado con el nombre de Liceo Mexicano para reunirse, presentar sus creaciones y publicar una revista con ese título. A casi veinte años de distancia de El Renacimiento (1869) los prosistas de El Liceo Mexicano, la mayoría con antecedentes académicos, intentan ser más rigurosos o formales al seguir el proyecto altamiraniano. Sin embargo, la retórica no se modificó gran cosa; subordinaba la ficción a lo moral con pretendida sutileza y la historia se reducía a análisis de costumbres y reflexión sobre lo nacional, la literatura como noble y eficaz medio de identificación de lo mexicano. González Obregón escribe bibliografías y breves estudios de literatura, novela y novelistas mexicanos, de historia y héroes de la patria; Antonio de la Peña y Reyes, artículos sobre los jesuitas; Alberto Michel, relatos didácticos de zoología nacional; Ezequiel A. Chávez, acontecimientos históricos (versos épicos); Enrique Santibáñez, apuntes de cultura general; y Ángel de Campo ensaya la pluma en artículos, relatos y cuadros de costumbres que anuncian la nueva fisonomía de la ciudad y sus habitantes ante la modernidad. El bisoño autor se entusiasma: “¿Queréis estudiar tipos? Sentaos en cualquier paseo un día de fiesta; observaréis toda clase de fisonomías, de harapos y de sedas que cubren muchos estómagos vacíos”2.

De Campo publicó cerca de treinta textos y algunos poemas en El Liceo Mexicano. Se trata de escritos de formación, naturalmente. Su primera colaboración aparece el 15 de noviembre de 1885, cuando tiene 17 años: “El poeta”, un ensayo en el que hace gala de erudición y que debió ser su lectura de ingreso en el Liceo, muy probablemente sancionada por Altamirano.

Este primer conjunto de escritos de Micrós está formado por relatos como “La niña de la ventana”, “En clase”, “Sepias” y “Myosotis”, añoranzas que gusta de llamar reminiscencias, “En la Alameda”, “Un día gris”, bosquejos de cuadros de costumbres, cuadros y tipos como “Lo que me contaron”, “¿Quién era Lilí?”, “Las Rulfo” y “La caroña”; anécdotas amenas como “Insomnio”, “En la azotea” y cuentos como “Opiniones” y “Al vuelo. Notas de tranvía”. Sorprende el manejo del lenguaje que Micrós logra en esta etapa temprana y que anuncia lo que serán sus mejores recursos narrativos: los diálogos fidedignos y bien ubicados, descripciones realistas, las ironías de la vida corriente y la amenidad de lo anecdótico. Las conversaciones que reproduce De Campo permiten reconocer a los interlocutores, y no solo eso, han tenido tal vigencia que suelen remitir a escenas de películas de la mitad del siglo XX:

Ella.- Pues no puedes figurarte los disgustos que paso; ¡qué vida, tú, qué vida! Papá tiene un genio muy raro; se enoja por todo. Una vez, para que te formes una idea, me platicaba la cocinera de un pleito que había habido en el segundo patio; yo se lo contaba a él; ¡pues se puso furioso! ¿Cómo lo había visto? ¿Me atrevía yo acaso a espiar por la azotehuela lo que no me importaba? Para no cansarte, echó a la cocinera, y mandó levantar como tres varas el pretil de la azotehuela. ¡Qué capaz que nos dejara salir solas! Si llegara a saber que salimos como ahora, nos mataba a mamá y a nosotras; pero mamá dice bien; estoy medio enferma, las criadas no sirven para ir al cajón, y nada tiene de particular que salgamos, al fin hoy muchas señoritas decentes andan así. ¿Lo ves como no depende de uno, muchas veces, estarse, como tú dices, encerrada a lo monja?3

Las ideas sobre el progreso y la educación de Micrós, así como sus opiniones sobre los tipos y las costumbres han dejado atrás las descripciones pintorescas de las generaciones precedentes y, sin perder el carácter muy “nacional” de la lección liberal, las presenta en sus narraciones realistas con gran efecto dramático, tal es el caso de su rechazo a las corridas y a los taurófilos cuyo fanatismo juzga reprobable:

Jamás olvidaré al caballo envuelto en pesados cueros, desnudo el flaco cuello donde trazaban su relieve ondulante las venas hinchadas, se esparcían en desorden las lacias crines, torpe el paso, martirizado por el peso del picador, por los piquetes de la espuela y los azotes del látigo, erguidas las orejas; la nariz resoplante, vendados los ojos, ciego, dócil al freno, sin saber que iba a ser víctima. Más tarde yacía en el suelo, abiertas las fauces, dejando ver la dentadura amarillenta: había sufrido una cogida, y libre del picador, sin guía, empapadas en sangre las pezuñas, erraba al galope por el redondel para caer por fin desensillado; era casi un esqueleto de escuálidas y angulosas formas, moribundos los ojos, convulsos los miembros. Estalló una salva atronadora de aplausos…4

II

Cuando Ángel de Campo ha mostrado el poder de sus armas y ha llamado la atención, es invitado por Gonzalo A. Esteva a colaborar en El Nacional, lo cual le proporciona recursos y un medio que le permite llegar a más lectores. En diciembre de 1889 y enero de 1890 aprueba el ingreso al diario con una serie de seis fábulas simpáticas, y a lo largo de este año y los dos siguientes -hasta julio de 1892-, escribe sin descanso, se hace cargo de la gacetilla, saca dos textos y a veces tres durante la semana: artículos críticos, una serie de veintiún “Cartas a Uror”, las narraciones de “Ocios”, “Cosas vistas” y las entregas de “La Rumba”.

Las preferencias y el estilo del escritor se afirman y es reconocido por su seudónimo. Saltan a la fama múltiples personajes, niños y familias enteras, empleados, prestamistas, comerciantes, libreros, criadas, pobres de oficio y animales humanizados, muchos de los cuales tienen historias tristes y amargas: “El Pinto”, “El caramelo”, “El chato Barrios”, “El ciudadano Gestas”, “Las niñas Chisme”, “¡Pobre Jacinta!”, “Los buquinistas”, “Simona”, “Caifás y Carreño”, “El reloj de casa”, “La mesa chica”, “¡Pobre Cejudo!”, “El Chiquitito”, “Doña Chole”, “Fleur d’Oranger”, “El fusilado” y “El niño de los antojos azules”, entre cerca de ciento cincuenta colaboraciones que Micrós publica en el diario, ya que se da tiempo para hacer crítica literaria, le dedica artículos a José T. Cuéllar, Altamirano, Delgado, González Obregón, Guillermo Vigil y otros asuntos culturales.

Sorprende, desde luego, la variedad de tales relatos, así por la técnica y el asunto, como por el soplo que los anima. Dramáticos unos, otros con leve dejo sentimental; predominando en éstos la nota humorística o la descriptiva en aquellos, contrastando aquí el dolor con la risa y allá la ingenuidad con la ironía; costumbristas todos: integran una producción original y genuina en nuestras letras. Flor espontánea del medio. Micrós ocupa, respecto de los ascendientes literarios que se le señalan, un lugar aparte. No es frío y seco, como Fernández de Lizardi; ni desmañado, como Guillermo Prieto; ni caricaturesco, como José T. de Cuéllar. Es un artista fino y ponderado; un poeta de la realidad (González 239–240).

Ocios y apuntes se publica en 1890, lo cual significaba un reconocimiento de los lectores que reciben el libro con interés, así lo declara Luis González Obregón en el prólogo del volumen: “El éxito ha coronado los esfuerzos de Micrós, pues sus artículos publicados en el Nacional se leen y aplauden por todos. El estimable director de este periódico, rara excepción entre la turba de egoístas editores, reúne hoy en este precioso volumen los Ocios y Apuntes, insertos por primera vez en aquel diario”.

El volumen contiene 26 textos entre los cuales está el primer capítulo de La Rumba, y 30 dan forma a Cosas vistas, que aparece en 1894. Como puede observarse, quedaron en las páginas del diario más de un centenar. No hace mucho que han comenzado a releerse para descubrir su importancia, como es el caso de las ya mencionadas “Cartas a Uror”, que tenían la intención de reflexionar sobre tipos y costumbres, por lo cual suelen tener un tono moralizante. En este sentido, la narrativa de Ángel de Campo asume la misión educativa de la literatura: formado en el positivismo reprueba todo aquello que impide el progreso o que, a su juicio, representa un problema social.

Las dos ediciones de El Nacional muestran los temas preferidos por Micrós. Uno de ellos es el recuerdo de la infancia y adolescencia, que tiene relevancia porque, además de servir para su biografía, describe cuadros, escenas y situaciones que compartían familias como la suya en una engañosa bella época capitalina. No es casualidad que uno de los relatos preferidos por sus lectores, y por él mismo, sea “El reloj de casa” ya que lo publicó por primera vez en El Nacional en 1891, lo reprodujo en Cosas vistas en 1894 y un año después en la Revista Azul. La vida en los colegios no era fácil, así lo sabemos con la historia del Chato Barrios, y el tratamiento de los días previos para volver al colegio, que producían un miedo cerval a los menores, pues consideraba la prueba de zapatos de doble suela que parecían de hierro dulce, el corte de pelo a punta de tijera y disponerse a usar la vestimenta compuesta de camisa con mangas “fruncidas”, medias de un rojo insultante y un pantalón “cachiruleado”, porque había sido usado por un antepasado reciente. Para calmar tales temores servía la visita de Carrasco, un niño algo mayor con “experiencia” porque, entre otras hazañas, sabía fumar, daba tres trompadas que no tenían quite y tenía novia: era “muy hombre”. Carrasco daba consejos útiles, “iniciaba a uno en los misterios del colegio”. Resalta el manejo del habla infantil:

Details

Pages
596
Year
2023
ISBN (PDF)
9783631899915
ISBN (ePUB)
9783631899922
ISBN (Hardcover)
9783631880814
DOI
10.3726/b20704
Language
Spanish
Publication date
2023 (August)
Keywords
Cuento mexicano Cuento modernista Cuento vanguardista Cuento de la Revolución Cuento indigenista Cuento policial
Published
Berlin, Bern, Bruxelles, New York, Oxford, Warszawa, Wien, 2023. 596 p.

Biographical notes

Rosa García Gutiérrez (Volume editor)

Rosa García Gutiérrez es profesora de literatura hispanoamericana y española en la Universidad de Huelva, donde dirige la Cátedra Juan Ramón Jiménez. Sus principales líneas de investigación se centran en la literatura mexicana de la primera mitad del siglo XX y las relaciones literarias e intelectuales entre España y Latinoamérica en el periodo de entreguerras.

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Title: Todos los caminos conducen a Rulfo. Itinerarios del cuento mexicano desde el modernismo a El Llano en llamas
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