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La memoria transgeneracional

Presencia y persistencia de la guerra civil en la narrativa española contemporánea

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Maura Rossi

Coincidiendo con el ochenta aniversario del comienzo de la Guerra Civil Española, la publicación La memoria transgeneracional se plantea observar la transmisión transgeneracional, en España, de la memoria del conflicto de 1936–1939, a través de la mirada proporcionada por la literatura de tercera generación. Su primera sección se centra alrededor de un acercamiento interdisciplinar a la «memoria» como objeto de estudio, y de la contextualización de la memoria traumatizada en España a partir del año 1939. Por medio de la observación de un corpus de novelas recién publicadas (entre las cuales se ha dedicado un análisis específico a La voz dormida de Dulce Chacón, El corazón helado de Almudena Grandes, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! de Isaac Rosa, y Ayer no más de Andrés Trapiello), el objetivo principal de la investigación es la formulación de pautas interpretativas que ayuden a parcelar la rápida evolución del panorama literario de la España actual en lo que se refiere a la representación del pasado conflictivo de la nación.
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Capítulo 6: Ayer no más: una tragedia de nuestros tiempos

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CAPÍTULO 6

Ayer no más: una tragedia de nuestros tiempos

Il y a dans ce monde ancien et nouveau tant de gens

Que leurs propres enfants ne pourront pas comprendre

Oh vous qui passez

Ne réveillez pas cette nuit les dormeurs

LOUIS ARAGON, Chanson pour oublier Dachau (2007: 1096)

Podría decirse sin miedo a equivocarse que no existe un ámbito relacionado con la producción literaria al que Andrés Trapiello no se haya dedicado, cosechando en su trayectoria creativa un éxito constante entre la crítica y los lectores. Autor de colecciones de poemas, novelas, relatos, diarios, aforismos y ensayos – entre los que quizás prime el célebre Las armas y las letras (2010) –, el autor se distingue por una evidente facilidad hacia la creación polifacética y por una singular capacidad analítica del ámbito cultural y social que le rodea.

Ayer no más, publicada en 2012 por la editorial Destino y votada el mismo año como “Novela del año” por los lectores de El País,1 se caracteriza por un estilo cautivador que envuelve al lector en el más íntimo fuero interior ← 307 | 308 → de los personajes, a la vez protagonistas y narradores de la historia que se va construyendo. A la vez, se configura como un cuestionamiento ponderado y pretendidamente ecuánime de los planteamientos y funcionamiento del macro-movimiento cívico de recuperación del pasado que, en lugar de fungir de instrumento aglutinante, según Trapiello demasiado a menudo se convierte en nuevo factor de división. La mirada preferente con la que el autor abarca la cuestión es la perspectiva generacional, por lo cual su novela no se configura solamente como el relato de una persistencia anómala – a veces incluso morbosa – del pasado en el presente, sino que ahonda, quizás con mayor interés, en la compleja relación entre padres que fueron testigos de un trienio conflictivo y traumático, e hijos y nietos que se miden a diario con las consecuencias sociales y políticas de una época con la que no tienen ninguna vinculación biográfica directa. Otro componente central en el desarrollo narrativo de ANM es el planteamiento metapoético, es decir la reflexión alrededor de la elaboración de un renovado relato de la guerra civil, que resulte finalmente libre de instrumentalizaciones y sensacionalismos.

El eje de la obra son, podría decirse, las díadas “padres-hijos” e “historia-escritura”, dos universalia literarios y antropológicos a los que se añade la verdadera bala trazadora de la novela, es decir el tema a la vez trópico y circunstanciado de la sepultura de los muertos, omnipresente en la España contemporánea debido al lento proceso de apertura de las fosas comunes que aún quedan por inventariar desde la época franquista. A este propósito, el componente narrativo más llamativo de ANM es la historia de Graciano Custodio Álvarez, un anciano delicado, casi impalpable en su habla susurrada y modales campesinos, que tiene la fuerza de encararse, tras haberlo reconocido a raíz de un encuentro fortuito, a un hombre un poco mayor que él, que hace más de medio siglo había pertenecido a la pandilla de falangistas responsable del asesinato de su padre. El reconocimiento casi epifánico tiene lugar delante del hijo del hombre, lo cual desencadena una secuencia de acciones y reacciones – todas vertebradas alrededor de un enigma: ¿dónde está enterrado el padre de Graciano? –, a la vez que patentiza cuestiones latentes tanto en el ámbito personal como en el público.

La complejidad de ANM, más y más articulada conforme se acumulan las páginas, abarca tanto el aspecto puramente compositivo – es decir, la técnica de escritura y, en cierto sentido, también el género literario de elección – como el conceptual. La obra, constantemente sugerente pero ← 308 | 309 → nunca categórica en sus argumentaciones y reconstrucciones elaboradas por distintas voces, juega de una manera sutil con el intelecto y la empatía del lector, presentándose de forma cambiante, múltiple, relativa, y escabulléndose hasta sus últimas páginas de todo intento de encasillamiento.

Desde el punto de vista formal, una sensación que recurre con constancia a lo largo de la lectura del texto es la de percibir instancias propias del género teatral, tanto en el nivel temático (ya lo he destacado al enumerar algunos de los tópicos más presentes en la obra) como en la mise en scène de la acción, configurada como una suerte de alternancia de monólogos individuales. De aquí el intento de proponer un análisis que ponga ANM bajo un reflector escénico que necesariamente será de talante trágico, desconfiando de la figura central de ANM, es decir el personaje de José Pestaña, profesor universitario e historiador leonés quien repetidamente invita a dejar “los discursos a lo Antígona para mejor ocasión” (ANM: 138).

Estructura monológica y transmisión de la culpa: los componentes de un planteamiento trágico

Aun tras una lectura somera de ANM, podría decirse que el texto se presenta como una obra decididamente multiforme, que supera el género “novela” para situarse en una encrucijada estilística de compleja definición.

Ante todo, cabe subrayar que la narración va repartida en unidades que antes de configurarse como espacios de desarrollo de un concepto o acontecimiento adquieren la apariencia de monólogos teatrales confiados unívoca y alternadamente a la voz de un solo personaje. No existe, por ende, un único narrador, sino que se da una concatenación entre varias voces homodiegéticas, que nunca se superponen, al resultar limitada cada una dentro de las marcadas fronteras gráficas y narrativas del capítulo.2 En lo que se refiere al grado de implicación de los personajes con el universo ← 309 | 310 → que reconstruyen, en ANM la cuestión no se limita a la dicotomía canónica entre extradiégesis e intradiégesis postulada por Genette (1989a). En efecto, cada personaje cuenta los acontecimientos y se cuenta a sí mismo en guisa de protagonista, es decir que no solo enfoca el relato a la luz de su propia perspectiva, sino que lo refiere a su persona, centrándose en sus sensaciones, impresiones y evaluaciones. Por consiguiente, en el momento de la locución, es decir en el contexto aislado de cada capítulo, todo ente de ficción creado por Trapiello se inviste de un carácter homodiegético y extradiegético, adquiriendo la apariencia de figura central en el microscópico hic et nunc de la unidad narrativa individual. Lo que permite diferenciar los varios “grados” de presencia en el texto es la distribución de las unidades de expresión, variable en cantidad e intensidad dependiendo de la relevancia de cada personaje en el relato. Así, algunas figuras ocupan un número notablemente elevado de capítulos – y se les otorga, además, un desarrollo profundo de su argumentación –, mientras que otros no hablan sino a lo largo de unas pocas páginas esporádicas. El resultado es que algunas presencias adquieren un notable “peso” narrativo, mientras que otras tan solo resultan esbozadas, quedando así percibidas como narradores “en primer grado” (Genette, 1989a: 302).

Para mejor describir el concepto de estructura monológica en ANM, podría decirse que el lector tiene la impresión de que los actores que hacen aparición en el texto se encuentren colocados en línea uno al lado de otro sobre un escenario, en una penumbra que apenas permite distinguir su silueta; al principio de cada capítulo uno de ellos avanza hacia su público e, iluminado por una luz que destaca su perfil del fondo oscuro, empieza su relato. Las dramatis personae de ANM son reducidas en número, pero podrían leerse someramente como paradigmas de algunas entre las numerosas instancias personales y colectivas que intervienen en el debate público sobre la guerra civil, como emblemas semióticos de tendencias interpretativas, opiniones y posturas que, con un mayor o menor nivel de especialización contribuyen a que el conflicto goce de una inigualada persistencia en la sociedad española.

Los primeros pasos hacia la orilla delantera del escenario van marcados por Pepe Pestaña, que desde el primer capítulo resulta delineado – y, consecuentemente, percibido – como la figura central de la obra. Experto de ← 310 | 311 → renombre nacional sobre la historiografía de la guerra civil y del franquismo y autor de La cruz y la espada – obra sumamente evocadora de Las armas y las letras –, el personaje presenta numerosos parecidos con la trayectoria biográfica y profesional del mismo Trapiello, empezando por el apellido, que en ambos casos va escogido de la familia de la madre.3 Ya bien entrado en sus sesenta años y nostálgico de su infancia leonesa, el profesor queda presentado como una figura en constante conflicto interior a causa de la discrepancia entre el recorrido político de su familia y sus propias formación y evolución intelectuales, adquiridas en los corredores de la universidad. Hijo de un falangista – al igual que Trapiello – Pestaña se acerca a los movimientos estudiantiles de izquierdas y desde la juventud empieza a investigar los crímenes encubiertos de la guerra civil. En palabras de su padre,

Fue a la Universidad, la cual le hizo un gran daño, como a tantos jóvenes, con las ideas que les metían de Rusia que le volvieron del revés la cabeza. Y aquella novia, la madrileña, que le hizo del Partido Comunista. (ANM: 89)4

El profesor es autor de numerosas monografías y artículos relativos a la historia del conflicto – mucho de los cuales, según se lee en la obra, se publican habitualmente en El País –, de los que uno está enteramente dedicado al pasado empresarial de su familia, cuyos orígenes parecen remontar a las incautaciones ilegales de bienes que la dictadura promovió a daño de ← 311 | 312 → quien había perdido la guerra.5 La razón exacta del regreso de Pepe a León es un misterio incluso para él mismo:

He vuelto en parte a eso, a estar con [mis padres] sus últimos años. ¿Por qué habré vuelto a León? Me fui a Tenerife porque era el confín más alejado de [mi padre]. Me afilié al Pce en la Universidad, en parte, porque sabía que era también lo más opuesto a él. Sé por qué dejé el Pce hace años, pero nadie sabe por qué he vuelto a León. Yo creí que lo sabía. Quizá a aprender a olvidar y a no depender siempre del pasado. (ANM: 17)

Germán Canseco, padre de Pepe y “fascista irredento” (Gracia, 2012a), es el principal antagonista “retórico” del profesor. Hombre marcial y autoritario – no casualmente su pasatiempo es pintar y coleccionar soldaditos de plomo –, el anciano vive atrapado en los años de la guerra y de la dictadura, que le proporcionaron en su tiempo gloria, poder y respeto.6 Receloso hacia una democracia a la que no acaba de ajustarse, Germán se presenta como un hombre del pasado, que habla de la guerra con verbosidad triunfalista definiéndola “cruzada”, que exige de los hijos un respeto que para él equivale al silencio y que en su convicción de que “hicimos lo que hicimos porque no hubo más remedio” (ANM: 91) resulta sufragado por el cura de su parroquia, Don Mamés, pródigo de absoluciones para los supuestos salvadores de la patria. Hijo de una familia acomodada, Germán se alistó a Falange a los diecisiete años a raíz del asesinato de su hermano menor ← 312 | 313 → Odón, cometido el 19 de julio de 1936 a mano de las milicias republicanas. De la guerra Germán conserva una cojera permanente en la pierna derecha, ametrallada en 1938, y la convicción de que los sublevados han salvado España de una oleada revolucionaria en todo comparable con la que había tenido lugar en Rusia. Firmemente convencido de su derecho en la lucha, después del encuentro casual con Graciano resuelve redactar a solas una versión pormenorizada de sus memorias, con tal de entregar a sus nietos la única reconstrucción de los hechos que considera fidedigna.

Las mujeres de la familia de Pepe, es decir su madre y las hermanas Marga y Lisa, apenas intervienen en ANM, pronunciando sus monólogos en capítulos breves y de escaso espesor. La madre de Pepe, Felicitas, va desdibujada por Trapiello como el emblema de la mujer sumisa según los modelos largamente pregonados durante la dictadura por la Sección Femenina. Marga tan solo habla a lo largo de un breve capítulo, mientras que Lisa, la hermana menor y confidente de Pepe, “casada con uno de los imbéciles más alarmantes y acrisolados de León[, que] pasó del Frente de Juventudes a Fuerza Nueva y de ahí a fundar León Solo, el partido nacionalista leonés” (ANM: 24), durante casi toda la obra brinda a su hermano un apoyo afectuoso e incondicionado.7

Graciano Custodio Álvarez, hijo de la supuesta víctima de la pandilla de Germán, en conformidad con su carácter modesto y delicado monologa de manera pausada, aunque notablemente intensa, entre los capítulos dedicados a otros personajes. Quebrantado por una enfermedad cardiaca que va consumiéndolo despacio, el anciano queda representado como un hombre atormentado por la muerte de su padre desde el punto de vista tanto psicológico – por haber sido espectador de la ejecución –, como material – por haber llevado durante toda la dictadura el estigma de “hijo de rojo”, que ← 313 | 314 → le condenó a la miseria y a la marginación. Graciano no está interesando en perseguir ningún tipo de venganza encarándose con Germán: no quiere que se abran juicios; simplemente, su último deseo es localizar la cuneta donde fue ocultado su padre para concederle un entierro apropiado, al cabo de más de setenta años:

No quiero hacerle mal [al anciano falangista], pero va a tener que decirnos dónde lo enterraron y por qué lo mataron, por qué nos destrozaron la vida a mi madre, a mí y a mí hermana, y al abuelo, qué había hecho mi padre para eso. (ANM: 48)

Los últimos tres personajes que intervienen en el complejo enredo de monólogos construido por Trapiello pertenecen al mundo de la academia, donde se desenvuelve la vida profesional de Pestaña. Dos de ellos, Mariví y José Antonio, respectivamente profesora titular y jefe del Departamento de historia de la Universidad de León, resultan percibidos como una suerte de criatura bicéfala, forjada por un matrimonio en la vida personal y por una total simbiosis profesional en su manera de dedicarse a la investigación. Los dos profesores se distinguen por su militancia en la local Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, lo cual les brinda la oportunidad no tanto de extender y mejorar sus trabajos de campo, sino más bien de obrar en contacto constante con los medios de comunicación, a los que entregan el material bruto de sus encuestas sin haberlo analizado ni digerido. Mariví en particular es el prototipo de la intelectual arribista que ve en el movimiento memorialista – comercializado y popular – la oportunidad de avanzar en su profesión. José Antonio, pese a resultar algo más ponderado, se arrima al igual que su mujer a interpretaciones apriorísticas alrededor de la guerra civil y de la dictadura, víctima de una retórica de la división mnemónica largamente perpetuada en los ámbitos político y cultural, de la que no consigue desprender sus investigaciones.

Dentro del contexto universitario, el personaje que es el de Raquel, joven investigadora e inicialmente amante de José Antonio, con la que Pestaña acaba entretejiendo una relación sentimental. Caracterizada en los capítulos en los que toma la palabra por una jerga juvenil y un registro verbal netamente informales, Raquel representa la tercera generación que, al haber desarollado su formación intelectual fuera del contexto cronológico no solamente del conflicto, sino también de la dictadura y de la transición, ← 314 | 315 → parece ser la más adecuada para producir (y abogar por) un relato omnicomprensivo de los años 1936–1975. Investigar al lado de Pepe sobre el caso de Graciano constituye para ella la oportunidad de volver a plantear su trabajo de historiadora todavía novata, lo cual la lleva a reflexionar sobre la naturaleza y el alcance de la historiografía.

Ahora bien, ante todo cabe especificar que los monólogos de ANM en absoluto tienen la característica de una reflexión interior, concebida al amparo de los demás y destinada a la introspección. Al revés, se configuran como verdaderas exposiciones narrativas a lo largo de las cuales los personajes informan, explicitan, explican ante un interlocutor invisible y colectivo, que abarca al lector y, al mismo tiempo, va más allá de su figura individual. El resultado es un texto netamente polifónico, en la cual adquieren una peculiar relevancia la confrontación, el entrecruzamiento y la conexión entre las partes.

¿Por qué optar entonces por el monólogo, si lo que se quiere enfatizar es justamente el intercambio y la pluralidad? Para contestar a la pregunta es significativo subrayar que el profesor Pestaña insiste notablemente en la relación con los padres como marco interpretativo de una presencia anómala del conflicto en la sociedad española contemporánea, indicando como causa de una memoria histórica inconsistente y constantemente descuartizada por la política una transmisión fallida, defectuosa e ineficaz del pasado reciente por parte de la primera generación, con perjuicio de las sucesivas. Según parece argumentar Trapiello a través de su personaje, las generaciones segunda y tercera, nacidas después del conflicto y variablemente vinculadas con sus consecuencias político-sociales, han sufrido y siguen sufriendo los efectos cainitas de una transmisión mistificada del trienio bélico: para Pestaña, el silencio y la mentira de los testigos son la causa primera del drama generacional de España, caracterizado como un desajuste entre padres e hijos que ni la democracia ha conseguido barrer del todo.

Los derrotados hemos sido los hijos de los que hicieron la guerra: nunca conoceremos la verdad. Como en el poema de Kipling: “¿Te preguntas, viajero, por qué hemos muerto jóvenes, / y por qué hemos matado tan estúpidamente? / nuestros padres mintieron, eso es todo”. (ANM: 177)8 ← 315 | 316 →

“Matar estúpidamente” en tiempos de paz no es esgrimir armas en contra del enemigo ni acabar con la vida del prójimo; más bien, coincide con tragar ideas y evaluaciones ajenas sin detenerse en analizarlas, perpetuando hacia un enemigo a estas alturas abstracto un odio que no puede sino trabar cualquier esperanza de concordia. La mentira de los padres, es decir su versión alterada e intrínsecamente parcial de lo que ocurrió, se extiende a los hijos cual mancha contaminadora y perpetuadora de una violencia descabezada, y adquiere los contornos de la transmisión trágica de una culpa que el sujeto no ha perpetrado, pero que le cae encima por su simple pertenencia al genos.9 La sangre, componente figurativo y temático de todo planteamiento trágico, adquiere en ANM una valencia bidireccional. Es ante todo fluido vital, cuyo derramamiento es constantemente negado por los testigos – por lo menos cuando estos hablan en primera persona –, lo cual la convierte en emblema de los delitos de antaño todavía no verbalizados, no juzgados, no integrados dentro de la historia de la nación.10 A la vez, es consanguinidad, familia, vínculo que resulta imposible romper, a no ser que se cometa un impío acto de hybris.11 ← 316 | 317 →

En ANM el trauma que supone la suministración de un relato polarizado de la guerra es, significativamente, abordado desde una perspectiva que antes de ser política o social es íntima y eminentemente familiar. Trapiello no menciona, sino en medida extremadamente reducida, los usos propagandísticos que los medios de comunicación y el sistema cultural de la dictadura llevaron a cabo limitadamente a la historia reciente del país, ni se detiene en comentar los supuestos silencios ensordecedores promovidos por la transición. Según parece sugerir el autor, lo que ocasiona una inestabilidad de fondo en la vida privada y pública de todo ciudadano español es una formación pedagógica ineficaz, una inculturación política cerrada y monocorde, que se revela extremadamente falaz, pero de la que resulta complejo emanciparse sin desencadenar, a la vez, un desmoronamiento de los principales pilares cognitivos y educativos con los que cada cual cuenta como modelos de referencia. Dicho de otra manera, la voluntad de entender el pasado choca con el impulso igualmente espontáneo de conservar una imagen benigna de los seres queridos, con la necesidad infantil y, a la vez, vital de mantener la convicción de que el mal no reside dentro de la familia, sino que se coloca fuera:

Ya solo quiero ver [la]s cosas buenas [de mi padre]. Me persuado: él es, ha sido, un buen hombre, no pudo ser de otra manera, tiene un buen fondo, me digo. Hablamos del fondo de las personas cuando lo más visible de ellas es aterrador. (ANM: 9)

Para Pepe, la mentira generacional es “transpolítica”, es decir que abarca tanto la descendencia de la España nacional como la de la España republicana, y se reiteró durante décadas en ambas facciones con las mismas características retóricas: minimización o justificación de los crímenes propios, demonización total del adversario y auto-absolución colectiva, con el objeto de librarse, por ambos lados, de la etiqueta “responsabilizante” de verdugos:

Cuantas veces habré oído esto mismo, como tantos: “En nuestra casa no se hablaba de la guerra …”. […] Hasta donde yo sé, no es cierto en absoluto. En cada casa, de una y otra zona, se han contado de la guerra unas cosas, para no tener que contar otras. En realidad, han contado únicamente aquello que podían contar por inocuo, y si no han contado más es porque no podían hacerlo sin perderse el respeto. (ANM: 175) ← 317 | 318 →

[E]n efecto, ese hablar de la guerra superficial y anecdótico, particular e inocuo, no ha sido propiamente un hablar, sino maniobras de distracción para no tener que referirse a las verdaderas consecuencias de todo cuanto hicieron. (ANM: 189- 91 [cursiva en el original])

La presunción de inocencia, construida por ambas partes a fuerza de “era necesario”, “era legítimo” o “no pudo evitarse”, para Pestaña no hizo sino dilatar en el tiempo la retórica de la no-conciliación que había gozado de particular difusión en los años de la contienda, promoviendo alrededor de la guerra civil versiones múltiples, pero en última instancia todas coincidentes en su carácter eminentemente monolítico y elusivo. He aquí, según creo, la razón principal de la elección de la estructura monológica por parte de Trapiello. En efecto, si, por ejemplo en La tumba de Antígona de María Zambrano la secuencia alternada entre unidades narrativas articuladas por voces diferentes puede leerse como una “composición musical” armónica (Trueba Mira en Zambrano, 2012: 52), fruto de la fusión concorde entre distintos instrumentos, en ANM, de manera casi antitética, la confrontación entre monólogos adquiere más bien el aspecto de una cercanía violenta entre emisiones incompatibles, de una continua construcción de discursos que serán luego destruidos en el capítulo sucesivo; en última instancia, de una arraigada incomunicabilidad, imposibilidad de diálogo que es, a la vez, entre generaciones y entre las partes que en su tiempo se enfrentaron en el conflicto y que hoy en día parecen contenderse el campo de batalla de la memoria histórica.

La culpa trágica que Pestaña imputa a la generación de los padres – o, para los jóvenes españoles de hoy, de los abuelos – es la de no haber favorecido ni a raíz del desmoronamiento de la dictadura un acercamiento crítico y conciliador al trienio 1936–1939, optando por sensacionalismos unidireccionales que tan sólo tuvieron el efecto de obstaculizar para quien nació después la comprensión de sí mismo y de su propio país. Como medida de corrección e inversión de una tendencia hermenéutica que juzga mortífera, Pestaña propone la realización compartida de un acto de piedad que, diferentemente de la tan celebrada pietas de la Antígona de Sófocles, no va dirigida hacia los muertos que por una ley injusta no han tenido una digna sepultura. La especulación del profesor de Trapiello, en efecto, supera, aun abarcándola, la cuestión contingente de la apertura de las fosas comunes, para dirigirse, de manera más amplia, hacia el trauma ← 318 | 319 → congénito de la mayoría de los españoles, de modo que su hybris consiste más bien en declarar que resultan necesarios un nuevo lenguaje y una nueva perspectiva para hablar de la guerra; que no es posible construir concordia sino rechazando todo relato dañinamente emotivo y partidario; que, si es verdad que la derecha no puede seguir negando, es también preciso que la izquierda empiece a dar cuenta de sus crímenes y no lo haga solamente en comparación con los del enemigo; en última instancia, que se abra por fin “la puerta del perdón”, más allá de los particularsismos y de las reivindicaciones revanchistas (Amat, 2014: 15).

Un asesinato como otro cualquiera: las fosas comunes y la (no) construcción de la memoria a través de la justicia

Comentando uno de los más atroces genocidios del Siglo XX europeo, observaba la filósofa alemana Hannah Arendt (2003: 111) que “the greatest evil perpetrated is the evil committed by nobodies”. Por un lado, el mal absoluto, inexplicado e inexplicable, del tipo que se juzgó en Nuremberg, es el que tiene como autores una serie de Nadies, que no son entidades abstractas, sino seres humanos de carne y hueso que a la hora de convertirse en verdugos “refuse to be persons” (Arendt, 2003: 111). Bajo otra perspectiva, ese “nadies”, además de insistir en el carácter inevitablemente corpóreo y “real” de los autores de actos criminales, también implica una rotunda referencia al anonimato de dichos sujetos, a su no-identificación, al hecho de que no se les requiera que den constancia y cuenta de su comportamiento. Por consiguiente, volviendo a leer las palabras de Arendt, es terrible el mal que no tiene culpables, para el que no se han identificado responsabilidades, que permanece en el ámbito de la sociedad en la que se ha cometido cual amenaza latente, pasible de volver a verificarse. Para contener y anonadar su carga negativa es preciso que ese mal inaguantable y revelador de un potencial destructor quede oficialmente castigado, estigmatizado, filtrado por una ley que, si bien verosímilmente no resulte capaz de racionalizarlo, sí concurra en el renovado establecimiento del orden y de la justicia. ← 319 | 320 →

Ahora bien, la compleja – y a menudo falaz – encrucijada entre memoria y justicia constituye el blanco polémico fundamental de ANM, con una atención preferente por el bache transicional y sus consecuencias socio-políticas. En particular, resulta central para el desarrollo de la novela el debate alrededor de la Ley de Amnistía de 1977, interpretado por amplios sectores de la ciudadanía española – y, por consiguiente, por numerosas de las voces que aparecen en ANM – como expresión de una voluntad institucional de escabullirse de la necesaria formulación de un juicio moral, ético e histórico alrededor del pasado reciente.

Reflexionando alrededor del sincretismo semiótico de compleja disolución por el cual el concepto de “amnistía”, técnicamente relegado a la esfera jurídica, se fue fundiendo con el de “amnesia”, relativo al controvertido ámbito de la memoria colectiva, Pestaña matiza rotundamente que memoria y ley, si bien estrechamente vinculadas una a la otra cuando el objeto en análisis es un régimen dictatorial, bajo ninguna circunstancia pueden considerarse como campos semánticos sinónimos. No obstante, el investigador destaca que la ausencia en el sistema jurídico español de una condena capilar de la dictadura ha sido ampliamente fagocitada en el marco de las contestaciones que, sobre todo desde mediados de los Noventa, abogan por un nuevo planteamiento en la reconstrucción y el recuerdo colectivo de los años 1936–1975. Más en detalle, a través de Pepe Pestaña Trapiello profundiza el hecho de que a partir de hace dos décadas el establecimiento de un proceso global y democrático a los culpables empezó a aparecer entre las reivindicaciones de asociaciones cívicas y partidos políticos que solicitaban al gobierno Aznar una equilibrada y clara política de la memoria pública. Dicho entretejimiento conceptual forzoso entre la no-verbalización y discusión del pasado – a menudo llamada “olvido” – y la ocultación o legitimación indirecta de los crímenes se manifestó con claridad en el momento de la recepción de la Ley 52/2007, que, al hibridar iniciativas propiamente inherentes al ámbito de las políticas públicas de la memoria con procedimientos de naturaleza eminentemente jurídica, perpetuaba de facto la vinculación malfuncionante – para Pestaña – entre memoria histórica y justicia.

El personaje que más padece el hermanamiento forzoso entre las dos esferas es Graciano Custodio Álvarez, protagonista de una historia a la vez ← 320 | 321 → excepcional por su crueza e idéntica a numerosas otras que tuvieron lugar en los años de la guerra.

En 1936 Graciano no es más que un niño y vive con sus padres y un hermano en Robledo, un pueblo diminuto a unos pocos kilómetros de la ciudad de León. Su tío es una personalidad sobresaliente del movimiento obrero leonés, encarcelado tras la conocida “Revolución de Asturias” por anarcosindicalista. Tras el estallido de la guerra civil y la ocupación de la franja sur de la provincia de León por parte de los nacionales, Lázaro, apodado “el Lenín de la Ribera”, se une a los milicianos asturianos y desaparece, exponiendo a la familia de Graciano a continuas persecuciones y amenazas de falangistas que exigen que se les delate su paradero. Por miedo a desaparecer en el cuartel de Falange sin más explicaciones, el padre de Graciano decide alejarse de la zona nacional junto a su hijo mayor. En la localidad de Carrocera padre e hijo se topan con un puesto de Falange llamado La Fonfría, donde una pandilla constituida por una docena de jóvenes soldados les solicita los necesarios permisos de circulación, teniendo como respuesta del padre de Graciano que la finalidad del viaje es juntarse con el tío del niño en Asturias. De repente, un falangista pregunta cuál era el nombre del hombre que esperaba a la pareja más allá del territorio nacional y, al escuchar que se trata del sindicalista que no habían conseguido capturar, sin darle más vueltas pega un tiro en la espalda de su interlocutor.

Décadas después, Graciano no recuerda con precisión el rostro del asesino de su padre, pero sí está seguro de que no fue el hombre que reconoció por las calles de León, es decir el padre de Pestaña, quien, en cambio, le devolvió su hatillo, le intentó consolar a escondidas de sus compañeros y le dejó un bocadillo para que se alimentara durante el viaje de vuelta hacia la casa de su madre. El anciano reconstruye su historia a grandes rasgos ante Pepe, omitiendo que fue él quien delató involuntariamente a su padre pronunciando con orgullo el nombre de su tío: “yo sólo era un niño y no sabía lo que decía. Bastante cruz he tenido con eso” (ANM: 243). El paisano desconoce, además del nombre del viejo falangista y su vínculo familiar con Pestaña, quien se presenta como un profesor de historia de la Universidad y un miembro de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, de la que en realidad, pese a ser socio fundador, se ha alejado por no estar conforme con su política en relación con la exhumación de cadáveres. En ← 321 | 322 → efecto, el contexto en que se desenvuelve la historia particular recreada por Trapiello no es solamente el de las exhumaciones que en cada región de España se emprendieron a partir de las disposiciones sancionadas por la “Ley de la memoria histórica”. Acaso con mayor relevancia, el marco de referencia es la controversia que surgió a raíz de la iniciativa promovida por el juez de la Audiencia Nacional Baltasar Garzón, quien en 2008 se declaró competente para la investigación de los crímenes del franquismo, con atención particular por las desapariciones registradas a partir del 18 de julio de 1936. En la novela, Pepe Pestaña se muestra notablemente escéptico hacia el procedimiento de Garzón y la cobertura mediática que las exhumaciones cobran a diario en los medios de comunicación, sobre todo en los periódicos nacionales. Su temor principal es que las entrevistas en que se vampiriza el dolor de los familiares, los reflectores que solo apuntan hacia los rasgos más superficiales de cada historia, el tripudio de una retórica de la reconciliación vacua y falta de sustancia no hagan sino fabricar una nueva versión adulterada, tan inútil para comprender la guerra civil como el silencio de los padres. Pepe sufraga la necesidad de proporcionar respuestas a esas familias para las que las heridas de la guerra nunca se han cerrado y está, por lo tanto, en favor de la individuación de los cadáveres y de la restitución de los restos. No obstante, registra que a menudo lo que se va buscando no es una reconstrucción científica de los hechos, llevada a cabo tras investigar apropiadamente, sino una suerte de clamor pseudomemorialista, que, pese a jactarse de “volver a establecer la verdad histórica”, en realidad tan solo ofrece conclusiones dogmáticas, parciales e infalsificables:

Al margen de las víctimas, que solo persiguen cerrar su duelo en paz, se diría que a muchos se nos hubiese olvidado el origen de esas tragedias y solo persiguiéramos el desenlace, como aquel que apura las últimas páginas de una novela, a veces leyéndolas con precipitación y saltándose algunas, con el único propósito de llegar a la palabra Fin. “La buena memoria es a veces un obstáculo al buen pensamiento”, decía Nietzsche, y habría que añadir que la mala memoria, más aún. (ANM: 122)

En otras palabras, Pestaña destaca el sinsentido que supone emprender investigaciones teniendo ya respuestas confeccionadas, sin admitir que los objetivos iniciales puedan resultar desbaratados conforme se va evaluando datos. En el caso de Graciano, Pepe tiene claro que lo más inmediato sería ← 322 | 323 → dar por buena la versión de la víctima y, por consiguiente, entregar a su padre a la justicia, para que se le juzgue como miembro de una pandilla que cometió un delito de sangre. No obstante, reivindica que el rigor y los esfuerzos que se aplican a la individuación de culpables en el bando nacional también resulten empleados a la hora de tratar las matanzas perpetradas por los republicanos.

Según opina el profesor, en la guerra las dos facciones se señalaron por un comportamiento igualmente sangriento. Es, por supuesto, cierto que “el número de víctimas se triplica o cuadruplica en la zona franquista” (ANM: 249): Pestaña no equipara el recorrido histórico de la España nacional con el de la España republicana, ya que sabe perfectamente que la una fue perseguidora durante casi cuatro décadas y la otra fue perseguida.12 No obstante, para Pepe, si se habla de justicia hace falta tener en cuenta un criterio ante todo ético:

El número no es esencial […]. ¿El holocausto sería menos grave si hubieran matado a dos millones menos de judíos? ¿Los responsables de él tendrían que haber sido condenados a la mitad de sus penas por ello? [El número] de las víctimas del franquismo es cuatro veces superior, y el cincuenta mil de los republicanos tampoco está mal. A medida que fue transcurriendo la guerra los franquistas tuvieron más y más territorio donde ejercer su represión. La República no dejó un solo momento de perder territorio y los sublevados de ganarlo. Si hubiese sucedido al revés, si hubiese ← 323 | 324 → sido la República la que hubiera ido conquistando territorio, quizás habría sucedido lo mismo. (ANM: 249)

La despiadada represión promovida por los nacionales durante la guerra y después es un componente innegable de la historia española reciente y, como Pepe bien subraya, precisa todavía una reconstrucción completa. No obstante, también se verificaron atroces manifestaciones del extremismo de izquierdas, por lo menos hasta que el presupuesto económico, humano y militar permitió que la República las ejerciera. Según Pestaña, la gran víctima de semejante carnicería, verbal e ideológica antes que material, fue esa “tercera España” moderada y antiextremista que Trapiello ha contribuido a describir con Las armas y las letras:

Ahí tienes los casos de don José Castillejo, de Clara Campoamor, de Chaves Nogales. Si hubiesen ganado los suyos, que son los nuestros, es probable que hubieran muerto en el exilio igual. […] Los españoles jugamos mucho a un juego siniestro: ¿Tú qué habrías hecho en la Guerra Civil?, nos preguntamos. Yo no sé lo que hubiese hecho en la guerra, porque no sé en qué zona me habría pillado, pero en cambio sí sé lo que habría tenido que hacer después, la hubiese ganado quien la hubiese ganado: subir al primer barco, si me dejaban. (ANM: 250)

El protagonista de Ayer no más reconoce que, si es verdad que sigue siendo una necesidad primaria para la sociedad española la investigación de delitos todavía encubiertos, también es cierto que ni la historiografía ni la memoria se hacen a fuerza de leyes y de juicios. En principio, la ley de un estado democrático se aplica de manera ecuánime a todos los ciudadanos. Por esta razón, si se resuelve procesar a los culpables de los asesinatos del franquismo, estableciendo, como en Nuremberg, que es legítima la retroactividad de un delito integrado en el código penal con posterioridad respecto a la fecha en la que fue cometido; que ninguna prescripción o amnistía es aplicable a los crímenes contra la humanidad; que es un deber procesar incluso a los muertos para que la democracia no falle en el establecimiento de una justicia super partes – como, según muchos, lo hizo la transición –, entonces, si todas estas condiciones se dan por válidas, para Pestaña también será apropiado extenderlas a un atento análisis jurídico de los delitos perpetrados en el nombre de la República. Saltarse tan solo un eslabón en la larga cadena de violencias entrecruzadas que marcaron el ← 324 | 325 → desarrollo de la guerra civil y dar por asumido que existe una distinción intrínseca entre dos clases de crímenes análogamente contrarios a la vida humana, es decir los perpetrados por los vencedores y los cometidos por los vencidos, equivaldría, en última instancia, a exigirle a la ley un juicio histórico y ético que los códigos, por su propia naturaleza, no pueden proporcionar. La historiografía, por su lado, sí indica claramente que las víctimas del franquismo y las de la República no beneficiaron del mismo tratamiento y de la misma atención durante décadas; al mismo tiempo, clarifica que dicha anomalía – causa primera de la asimetría mnemónica para el que las segundas y terceras generaciones justamente invocan una solución – no se debió a una disparidad en lo que atañe a la consistencia jurídica de los crímenes, sino al hecho de que, por las circunstancias que se vinieron a configurar en las postrimerías del conflicto, una facción triunfó a daño de la otra.13

Según percibe Pestaña, el proceso a los victimarios franquistas tal y como Garzón lo propone implica el riesgo de que, una vez más, se establezca en España una justicia parcial, en la que unas pocas cabezas de turco – entre estas la de su padre – quedarán sacrificadas ante una opinión pública hambrienta de culpables:

Un juez, por el bien de todos, debe basar su actuación en la ley. Apelar a la “discrecionalidad técnica” del juez cuando se trata de la instrucción de una causa penal les parece a algunos [filósofos, intelectuales y magistrados, tan demócratas y de izquierdas como Garzón], a parte de incorrecto, bastante peligroso. […] La sujeción de los jueces a la ley no es un postulado retórico sino una conquista y una garantía para los ciudadanos. Hasta vosotros os rebelaríais escandalizados si una “discrecionalidad técnica” parecida la hubiese puesto en práctica otro juez al servicio de una finalidad distinta, por ejemplo para esclarecer cualquiera de los crímenes cometidos en el bando de la República que han quedado sin resolver y sin castigo, o si quisiera reabrir ← 325 | 326 → con garantías procesales la misma Causa General, y dilucidar lo que hay en ella de verdadero y de falso. (ANM: 151–2)

Ahora bien, en la novela Trapiello matiza que la propuesta de Garzón goza de un gran apoyo popular e incluso es saludada como revolucionaria por una amplia porción del ambiente académico, donde Pestaña corre el riesgo de ser tachado de revisionista. En ANM se cuenta que en colaboración con la sede leonesa de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, el Departamento de Historia de la Universidad de León está activamente involucrado en las exhumaciones ya emprendidas en la comarca. Particularmente, Mariví y José Antonio han constituido un equipo de investigación que se ocupa de recoger testimonios de los parientes de las víctimas, coordinar las operaciones científicas de arqueólogos y forenses y llevar a cabo estudios historiográficos sobre las fosas descubiertas en León. El objetivo es publicar una monografía en la que, finalmente, se rinda homenaje a las víctimas y se establezca una “verdad histórica” que para Pepe carece de consistencia ya desde los fundamentos de la misma investigación.

El interés de Mariví por historias como las de Graciano, al que ella llama “el paisanín de Robledo” sin siquiera recordar su nombre, no estriba en una arraigada curiosidad científica e historiográfica ni en una irrefrenable empatía moral; las violencias de los nacionales a daño de los republicanos son, para la historiadora, nada más que un tópico de investigación que, por su popularidad, garantiza un fácil acceso al éxito académico y a la autoafirmación:14

Mariví piensa que tiene la exclusiva de la República, de los republicanos muertos y de todas las fosas de León. Habla de ellas como de yacimientos mineros propios, aunque tenga ya tantos que no los pueda explotar. Pero prefiere mantenerlos cerrados a que los explote otro, y se diría que la Ley de la Memoria Histórica, en vez de conservar para el Estado el monopolio de las reparaciones y la dignificación de las víctimas, permite que los oportunistas busquen únicamente su provecho personal, no la verdad, repitiendo una ficción que creen real solo por habérsela repetido tantas veces. (ANM: 108–9) ← 326 | 327 →

Pestaña tiene claro que no es por medio de las exhumaciones llevadas a cabo a favor de las cámaras, en un triunfo de banderas republicanas y revanchismo, como se clarifica un legado narrativo e historiográfico innegablemente borroso respecto a la guerra civil y sus secuelas.15 La única manera de llegar a conclusiones que realmente permitan dilucidar el pasado controvertido de la nación es analizando los detalles y aceptando que las hipótesis de partida – primera entre ellas, la que exista una neta distinción entre buenos y malos – puedan resultar invalidadas.

Ejemplifica el contraste metodológico y profesional entre Pestaña y la pareja José Antonio-Mariví el caso de la fosa llamada “de los bañezanos”, localizada en Izagre en el año 2008, parcela real del territorio español trasladada dentro de la ficción.16 Los periódicos, que acuden a la fosa exhortados por Mariví para elaborar un reportaje de la exhumación, recogen, además de la lancinante espera de los familiares a pie de la zanja, la vox populi acerca del acontecimiento, que da por seguro que los paisanos de Izagre encubrieron el asesinato e incluso sacaron provecho de la desesperación de familias ya azotadas por pérdidas irreparables y por una postguerra que los veía perdedores.17 No obstante, una rápida investigación conducida por ← 327 | 328 → Raquel a raíz del descubrimiento, en la fosa, de un fémur espurio además de los diez esqueletos completos saca a la luz un detalle que posiblemente revolucione por entero la perspectiva de partida. En efecto, la fosa inicialmente albergaba los cuerpos de once fusilados, de los que uno pertenecía a Ubaldo Torices Blanco, un notario de la zona. Todavía en la guerra, la mujer del hombre, en cuanto se enteró de donde se encontraba el cuerpo de su marido, se fue a Izagre para “llevarle unas flores y vio que el erial donde lo habían enterrado estaba todo arado, menos aquel trozo” (ANM: 161).18 La información recogida por Raquel es el resultado de una entrevista con la nieta del anónimo dueño de la finca, ya fallecido. La joven investigadora, respaldada y guiada por Pepe, insiste sobre la necesidad de corregir las asunciones erróneas elaboradas hasta ese momento:

Tenemos que contar la verdad, porque una cosa es la memoria histórica y otra contribuir a enconar las cosas, y […] el país no necesita encanallarse, sino reconciliarse y regenerar su tejido moral. (ANM: 163)

Diametralmente contraria es la postura de José Antonio:

¿En qué cambia la historia un fémur más o menos? […] [Raquel n]o entiende que hay asuntos que conviene obviar, que desde un punto de vista general son irrelevantes. No ha aprendido aún que los fascistas cuentan siempre las cosas de manera que parezca que ellos no han hecho nada […]. (ANM: 163–4 y 171)

Conociendo la tendencia intelectual de José Antonio y Mariví, que de facto impiden a Raquel la difusión de sus descubrimientos hasta que la cuestión no se haya debatido en la ARMH, Pepe sigue investigando con ← 328 | 329 → disimulo sobre el caso del padre de Graciano. No obstante, debido a que el anciano informa a la misma ARMH, la noticia de que por la calle se ha reconocido a un potencial asesino llega al Departamento. Olfateando la posibilidad de dar con un “pez gordo”, es decir uno de los pocos verdugos todavía en condiciones de sentarse en el banquillo de un tribunal, Mariví emprende una búsqueda paralela, mientras que Pestaña intenta averiguar la posición de su padre y no desespera de que haya una posibilidad de escuchar su propia versión y favorecer un diálogo con Graciano.

A través de una base de datos recopilada por Raquel en que aparecen los nombres de los miembros de Falange en la provincia de León, la joven investigadora llega a entrevistar a Eligio Seisdedos, senador del Partido Popular y antiguo miembro de UCD y AP, quien confirma que estuvo en la Fonfría y que el único compañero superviviente del reducido grupo de soldados es Germán Canseco, el dueño de La Bilbaína.19 La revelación de Seisdedos provoca que Mariví acuse enseguida a Pestaña de estar encubriendo a un fascista para proteger su prestigio personal – “[e]s como si a un conservador del Prado le cogen autentificando cuadros falsos a sabiendas” (ANM: 199) – y se propone presentar una denuncia formal en la Audiencia Nacional. Al mismo tiempo, sin más averiguaciones, decide indicar en la monografía que está redactando junto a José Antonio los nombres y apellidos de los culpables “pueblo por pueblo” (ANM: 216), como una suerte de j’accuse público, pronunciado con setenta años de retraso y sin confrontar las intuiciones con los datos históricos.

Tras intentar convencerlo de que Pestaña ha maquinado un engaño en su contra, fingiendo una sincera intención de ayudarlo en su búsqueda, la investigadora muestra a Graciano las fotografías de Seisdedos y Canseco, de los que el anciano solamente reconoce al padre de Pestaña. Enseguida, ← 329 | 330 → organiza otro reportaje periodístico, esta vez en Robledo, en la vivienda del mismo Graciano, con el que Pestaña intenta citarse para explicarle su cautela. La intención es ilustrar que su manera de proceder no se debe al parentesco con Germán, sino más bien a una honda convicción de que en las cuestiones vinculadas con la violencia de la guerra nada es blanco o negro, y es necesario sondear una interminable secuencia de sombras intermedias antes de pronunciar un juicio final.20 No obstante, Mariví precede a Pepe en la casa del anciano y materialmente le impide aceptar las disculpas del profesor, fomentando una contrariedad y un odio en principio inexistentes. Pestaña observa que Graciano

lleva buscando el cuerpo de su padre setenta años, y no quiere saber más; Mariví está buscando desde anteayer una causa y, aunque lo niegue, una revancha: ponerse las medallas de los vencedores morales de la guerra para poder hacerse cargo de los réditos políticos y materiales de la victorias, pensionados con cargos, honores y dinero. […] [Ella n]o iba a permitir el perdón, como tampoco quiere que se exhumen las fosas. Si se le diera la oportunidad de exhumar todas las fosas de España en quince días, diría que no. La venganza a la que ha renunciado Graciano, la quiere ella. (ANM: 252 y 264)

En esto estriba, según la lectura de Pepe, el núcleo problemático en relación con las fosas, que el personaje desdibuja apoyándose en la ← 330 | 331 → argumentación expuesta por Fernando Savater (2008) en un artículo titulado ¿El final de la cordura?.21 Desenterrar para volver a enterrar, lacerar la tierra para cerrar heridas son aparentes paradojas cuya realización concreta es aconsejable y justa si el trauma de la guerra civil ha de considerarse solucionado. No obstante, es imprescindible a la vez no caer en el fetichismo judicial, que promete superar décadas de contrastes por medio de una sentencia. En la percepción de Pestaña, historiador y juez comparten la “obligación [de] oír a todas las partes y no dejarse influir ni engañar” (ANM: 259–60); no obstante, si el objetivo de este es la administración paritaria de la justicia y de la ley, la finalidad de aquel es elaborar una reconstrucción razonada de hechos pasados que resulte a la vez equilibrada, explicativa y ecuánime.22 Sobre la base de esta distinción, tan simplista como olvidada, la España de nuestros días se encuentra, para Pepe, a elegir entre dos caminos posibles. El primero consistiría en juzgar minuciosamente no solo los crímenes del franquismo, tal y como Garzón lo propone, sino toda clase de delitos – de mayor o menor gravedad – cometidos en los años 1936–1975. El segundo camino implicaría la toma de conciencia de que una aplicación retroactiva extendida de la ley no haría sino volver a abrir contrastes y conflictos intestinos, con lo cual sería más aconsejable compensar material y políticamente a todas las víctimas sin el clamor de un macro-juicio mediático y el estallido descontrolado de polémicas de talante pseudohistoriográfico. Según la postura de Pestaña, cualquier recorrido político, social, cívico e incluso personal que siga hibridando de manera falaz historia, memoria y ley tendrá como único éxito la configuración de nuevos desajustes y el aplazamiento infinito de una oportuna y legítimamente invocada asunción pública del pasado traumático de la nación. ← 331 | 332 →

La justa memoria y el justo olvido: un intento de resemantización

En su comentario de la oleada cívica de supuesta recuperación de la memoria histórica, Trapiello reseña una serie de instancias contrarias que al parecer expresan desconfianza hacia el removimiento del pasado. Se trata de voces misceláneas, que abarcan el conservatorismo que se opone a las reivindicaciones de la izquierda – “están envenenando a la gente con la Memoria Histórica como la envenenaron en el 36” (ANM: 74) –, el escepticismo hacia el real valor de una memoria que se percibe como falsa y facciosa –“la Memoria Histórica […] ni es memoria ni es histórica, porque la gente se inventa las cosas y dice que las recuerda” (ANM: 93) – y un más genérico “España no está para abrir heridas” (ANM: 205), acaso incluso acertado según la opinión de Pestaña, cuando se traduce no en silencio forzoso, sino en una invitación a recordar y reparar sin despertar la conflictividad latente o caer en la acostumbrada dicotomización ideológica.

Pestaña subraya, ante todo, que la memoria no puede sino ser, en su acepción más pura, un hecho estrictamente individual. No es, en principio, posible recordar en grupo, aunque sí la socialización es necesaria para fijar el recuerdo dentro de la comunidad de referencia y garantizarle la supervivencia al paso del tiempo. Se trata de una puntualización cuya simpleza es estremecedora, pero que, según opina el personaje, parece haberse perdido de vista en la prensa, en los libros, en las manifestaciones e incluso en el parlamento, donde cada vez con mayor frecuencia se habla de memoria como producto de una acción de las masas. Recordar el carácter individualista del acto mnemónico no equivale, en la novela de Trapiello, a desechar la noción de memoria colectiva, tan productiva en el análisis de la transmisión del traumático Siglo XX. Mucho más concretamente, Pestaña se opone a la visceralización de recuerdos ajenos, a la defensa incondicional y acrítica por parte de las segundas y, sobre todo, de las terceras generaciones de memorias que pertenecen a testigos a menudo ya desaparecidos y que como tales, y no como propias, deberían ser protegidas.

Figurándose una conversación con la nieta de Graciano, cuyo nombre, Jéssica, coloca sin dudas a la joven en una época no ya de enfrentamientos ← 332 | 333 → civiles, sino más bien de hibridación cultural y globalización de la cultura televisiva, Pestaña imagina que

Le diría […] que no podemos recordar en plural, sino como individuos, pero ella está convencida de lo contrario, de que los recuerdos son colectivos, y así habla de la guerra como si ella la hubiera hecho, con palabras que comparte con otros que creen recordar lo que ya no es fruto sino de su imaginación. (ANM: 88)

Pese a una evidente coincidencia de planteamientos y funciones, la memoria personal y la colectiva difieren netamente una de la otra por un macro-aspecto que Pestaña indica como central para el caso español. La memoria del testigo, en efecto, es necesariamente y por definición un producto hibridado con la esfera emocional; en otras palabras, no es posible recordar ni olvidar sin unir el episodio o la época que vamos reconstruyendo o suprimiendo con las sensaciones, sentimientos y opiniones propias no solo del momento de la evocación – fallida o exitosa que sea –, sino también, y con mayor relevancia, del espacio temporal al que hacemos referencia. Cuando recordamos o cuando no conseguimos sacar un rostro, una voz, un detalle del agujero negro del olvido, no podemos eximirnos de superponer a nuestra evocación de las imágenes pasadas las sensaciones de entonces y las de hoy, por marcada que resulte la distancia temporal entre un momento y el otro. Así, el recuerdo de la guerra civil es por supuesto capaz de suscitar sufrimiento, miedo, rabia y cualquier otra clase de sentimiento negativo en las segundas y terceras generaciones; no obstante, se tratará de emociones diferidas y referidas, en ninguna medida comparables en intensidad e impacto con las de quien asistió al horror. Para Pestaña, que la transmisión transgeneracional se resuelva en una persistencia atenuada y amortiguada del sufrimiento de los testigos en el presente es en principio un efecto positivo del paso del tiempo, pues el dolor vivo envenena.23

En cambio, Pestaña registra en la España de hoy la prevalencia de rememoradores que a menudo actúan confiriendo una innatural preponderancia a las posturas ideológicas de antaño y parecen ignorar deliberadamente los ← 333 | 334 → logros del largo proceso de democratización, en gran medida favorable al encuentro entre las proverbiales dos Españas. Evitar una estéril victimización intergeneracional, reconocer que la democracia ha cumplido con sus planteamientos en lo que atañe a los derechos del ciudadano y a la libertad política y renunciar a la revancha particularista serían, para Pestaña, las reales urgencias de la memoria histórica en España. Así, y así solamente, se construiría una “justa memoria” que sería a la vez memoria justa, es decir un recuerdo compartido, no partidario ni partidista, ecuánime hacia todos los ciudadanos y, sin ser administrador directo de las leyes, consonante con la noción jurídica de justicia.24 Así, y así solamente, se favorecería que el ayer no se repitiera más con sus fracturas irreconciliables y que se tomara conciencia de que los límites de la transición se debieron en mayoría a que el trauma nacional que había enfrentado ferozmente a los ciudadanos del mismo país se había verificado en un tiempo demasiado reciente para poder tratarlo con la justa distancia, ayer no más.

Para contribuir, entre todos, a la formación y afirmación de un recuerdo común que sea suministrador de concordia y no de nuevas divisiones, Pestaña sugiere que sea preciso ante todo aceptar la complejidad intrínseca de la guerra y de la dictadura, renunciando a presunciones de inocencia que no son sino absurdos históricos y a simplismos éticos inverosímiles en un conflicto:

[L]as víctimas no son idénticas, hay que ir caso por caso. Te pondré un ejemplo. A: durante la guerra distó mucho de ser ejemplar; formó parte de tribunales populares que condenaron a gente sin pruebas o inocente, propició saqueos y robos de joyas y dinero, delató a compañeros sospechosos de trotskismo, etc. Pierde la guerra y se va al exilio, que sufre como B y miles de personas decentes. Muerto Franco A y B vuelven a España. Las reparaciones que les debemos no podrían ser las mismas; B, las merece todas, y con A podríamos hacer dos cosas: o pedirle cuentas o pedirle silencio. ¿Le pediríamos cuentas? Habría que pedírselas a miles de personas. Así que mejor pedirle silencio. (ANM: 254)

Si hacer memoria es poner de manifiesto responsabilidades, bajo la convicción de que amnistía es sinónimo de amnesia, entonces será necesario ← 334 | 335 → hurgar en las varias formas de culpa en relación con la violencia bélica, lo cual implicaría abrir un proceso de dimensiones descomunales, en cierta medida semejante a una nueva Causa General, democrática sí esta vez, pero de utilidad ínfima en la óptica de pasar página. A distancia de cuatro décadas de la muerte de Franco, Pestaña está convencido de que, en lugar de sentar en el banquillo a media España, más valdría optar por un justo silencio y un justo olvido.

En ANM, Pestaña propone una reinterpretación radical del concepto de “olvido”, intentando establecer en primer lugar si la intencionalidad política es, a razón, suficiente para determinar la desaparición de episodios aislados o enteras épocas históricas de la memoria compartida de un grupo social. Ahora bien, si la ocultación y la sofisticación concertadas del pasado son elementos típicamente distintivos de los regímenes totalitarios, el razonamiento es diferente cuando el sistema de referencia es una democracia, aunque esta se encuentre todavía en un estado embrionario. En ese caso, el mismo proceso democratizador, al suponer una voluntad de alejamiento del totalitarismo dictatorial, excluye que se precise negar o esconder el pasado. Lo que sí puede verificarse, según subraya Pestaña, es una resistencia a discutir e incluso a mencionar públicamente un trasfondo histórico que origina conflicto y cuya profundización pormenorizada trabaría el progreso político y social. Volviendo a Hannah Arendt, Pestaña considera un absurdo hablar de olvido stricto sensu, pues ningún crimen mnemónico, por articulado que sea su encubrimiento, acaba siendo perfecto. Puede que los regímenes intenten “formar bolsas de olvido en cuyo interior desapare[cen] todos los hechos, buenos y malos” (ANM: 46) y los nombres de quien intentó oponerse al terror o detenerlo, pero históricamente el olvido

no existe. Nada humano es tan perfecto y sencillamente hay demasiada gente en el mundo para que el olvido sea posible. Siempre quedará un hombre vivo para contar la historia. (Arendt, 2012, citada en ANM: 46)

El “olvido” tal y como parecen concebirlo los movimientos memorialistas más activos en la recuperación de la supuesta memoria histórica es, según el juicio de Pestaña, una exageración retórica que, pese a apuntar a la toma de conciencia de los innegables fallos de la transición, con demasiada frecuencia – como para el caso de la memoria – se convierte en una bandera ← 335 | 336 → de fachada en contra de la que las generaciones segunda y tercera luchan sin la necesaria conciencia crítica. Para el historiador, cabría, en cambio, resemantizar la palabra, aceptando que esta puede acomodar en su interior instancias multiformes, capaces de satisfacer a la vez las necesidades mnemónicas de personajes como Graciano, que se sienten maltratados por la democracia y solicitan que su dolor sea reconocido y tutelado, e individuos como Germán, que no pueden ser arrastrados ante un tribunal solamente por pertenecer al ejército nacional o por su adhesión ideológica al franquismo, por cuestionable que esta sea.

Qué es el “justo olvido” en relación con la guerra civil constituye para Pestaña un interrogante que se extiende a lo largo de toda la obra y, quizás, no alcanza una respuesta final, sino que se presenta como pregunta abierta ante el lector. Un primer asomo de ponderación conclusiva se encuentra en un pensamiento que Pepe elabora alrededor de su hermana Lisa, que le parece inmune al carácter huraño de Germán y no guarda ni un rastro de amargura por la dureza y severidad con las que fue tratada por su padre siendo niña y adolescente:

Lisa lo quiere muchísimo. Va a verlo, le hace regalos a todas horas, se lo lleva a tomar el aperitivo, galantea con él, le dice, vamos por ahí, presume de novia. No entiendo cómo puede quererle tanto, porque cuando era una adolescente le hizo la vida imposible, sin contar aquella paliza que le dio la noche que llegó bebida a las dos de la madrugada. Le rompió en las costillas uno de sus bastones. Pero me gusta pensar que todo lo haya olvidado, y si lo ha olvidado es porque lo habrá perdonado. Me gusta que lo quiera, me enseña a mí el camino de la reconciliación. (ANM: 26)

Aun así, el “justo olvido” de Pestaña no va concebido para su aplicación a rajatabla: como bien apunta Jacques Derrida en La diseminación – y como recuerda Pepe – el “fármaco”, antes de ser un remedio cuando es apropiadamente dosificado, no es en principio nada menos que un veneno, con lo cual su suministración excesiva puede llegar a ser letal. Pestaña coincide con Santos Juliá en postular que la “decisión de echar al olvido el pasado” (ANM: 115) solamente resulta eficaz si está edificada sobre la base de un encuentro entre las partes contrapuestas, en otras palabras, sobre la base de un perdón amplio y auténtico. En ANM la palabra “perdón” – cargada, además, de las implicaciones trágico-religiosas que sustentan la arquitectura ← 336 | 337 → de la obra – recurre en dos episodios clave del texto, respectivamente la escena que sanciona el comienzo de la acción y el momento de su desenlace final. “Perdón” es lo que susurra Germán el día lluvioso de su encuentro con Graciano, tras haber escuchado las acusaciones del anciano:

Mi padre enmudeció, descompuesto, lívido, blanco como una pared, arqueó las cejas desmesuradamente y la sonrisa de dos segundos antes se le desfiguró en una mueca de espanto. De aquel dedo artrósico lleno de nudos [de Graciano] parecía haber salido una bala que le hubiese acertado en un lugar más sensible que su memoria, en su conciencia. […]

Por fin de la garganta de mi padre llegó arrastrándose un cavernoso sollozo:

– Perdón.

¡Perdón! ¡Mi padre pidiendo perdón a nadie! ¡Y por algo de la guerra! ¡Delante de su hijo! Nunca lo hubiese imaginado. (ANM: 41–2)

Análogamente, una petición de perdón es lo que Pestaña ofrece a Graciano durante la tumultuosa confrontación provocada por Mariví:

Le pido perdón, nunca he querido hacerle daño. […] Siento esto mucho más que ustedes. No sé cómo disculparme por el daño que les he hecho. No fue mi intención, créanme. (ANM: 262)

“Pedir perdón”, para Pestaña, significa reconocer un error y buscar el encuentro, tender una mano para que el otro la agarre y empiece, luego, un recorrido compartido:

Albergué la esperanza de que [mi padre y Graciano] volverían a encontrarse, hablarían, se comprenderían, acaso la víctima perdonara al victimario, acaso este se pusiera al lado de su víctima, ayudándole a encontrar el cuerpo de su padre … (ANM: 86)

Por el otro lado, ofrecer perdón implica no amnistiar ni obliterar el agravio sufrido, sino renunciar a la venganza y negarse a avivar el dolor en la vida diaria. Pestaña mantiene que el “justo olvido”, es decir, esa operación que permite que se deje atrás el pasado tras haber elaborado una apropiada reflexión, es posible solamente si se forja bajo el sello de la reconciliación, que en el caso de España tiene que ser personal (de cada cual con su propio pasado) y colectiva (de cada individuo con su entorno social y político). Se trata de un ejercicio de compleja realización, en que Pestaña mismo ← 337 | 338 → admite haber largamente fracasado, por no haber conseguido perdonar por completo a su padre.25 Un perdón de sustancia y no de fachada es lo que para Pepe falla en la España contemporánea, donde parece registrarse un problema de consecuencialidad incongruente, por el que se ha requerido a los ciudadanos que olvidaran sin lograr nunca un efectivo acercamiento personal, social y generacional entre las partes involucradas en el conflicto. De la manera contraria respecto a lo que se ha verificado, el olvido crítico, consciente y duradero solamente puede promoverse a raíz de un encuentro purificador, probablemente imposible de configurar durante el proceso transicional, pero necesario en la democracia: “[p]ara poder vivir hay que tener la fuerza de destruir y liberarse del pasado” (ANM: 303). La pregunta es si resulta o no viable – incluso hoy en día – una memoria des-emotivizada de la guerra civil.

La escritura de la historia entre relato historiográfico, novela y mémoire

Si es verdad que ANM reflexiona ampliamente acerca de temas conectados con la historia reciente de España y con su recepción dentro del ámbito socio-político contemporáneo, también es cierto que, por lo menos desde el punto de vista narrativo, el fil rouge de la novela es la pequeña historia – microhistoria, si se quiere – de Graciano Custodio Álvarez, es decir su lucha por la individuación de los restos de su padre.26 La investigación alrededor ← 338 | 339 → del caso se presenta como un recorrido investigativo que llega a afectar a todos los personajes, directa o indirectamente, y sobre el que se producen desde el principio por lo menos tres formas de narración.

Antes de ahondar en cada una de estas, cabe especificar que la solución del enigma es entregada al lector, pero no alcanza a los personajes de Trapiello, que hasta el final permanecen faltos cada uno de las respuestas que buscaba. Tras el encuentro con Pestaña, exasperado por las maquinaciones de Mariví, Graciano muere debido a un ataque de corazón; el mismo día, como es de esperar en una tragedia, también muere su madre, desde hacía tiempo enferma de Alzheimer e ingresada en una residencia de ancianos. Mariví misma se encarga de las esquelas en los periódicos y no pierde ocasión para utilizarlas con finalidades publicitarias:

Doña Honorina Álvarez Ardón, viuda de Don Ángel Custodio Reguera, ha fallecido en León a la edad de 102 años sin conocer el paradero del cuerpo de su esposo, asesinado el 15 de agosto de 1936 en la Fonfría (Carrocera) por los enemigos de la democracia y la libertad. Graciano Custodio Álvarez ha fallecido en León a la edad de 78 años sin conocer el paradero del cuerpo de su padre, asesinado el 15 de agosto de 1936 en la Fonfría (Carrocera) por los enemigos de la democracia y la libertad. (ANM: 273)27

Mariví y el mismo Pestaña acaban sin más información. La historiadora no logra la confrontación directa que buscaba entre víctima y victimario, con lo cual no llega al resultado deseado de que se formule una acusación formal de Germán por crímenes contra la humanidad. Pepe no consigue saber quién fue el asesino del padre de Graciano, ni logra hablar con su propio padre para averiguar su nivel de implicación en el crimen. En uno de sus últimos monólogos, en que relata una conversación con ese senador Eligio Seisdedos entrevistado por Raquel, Germán confirma su presencia en la Fonfría, pero mantiene rotundamente que no mató al hombre y no sabe dónde está sepultado el cadáver. Según el lector descubre por Germán, ← 339 | 340 → fue el mismo Seisededos quien disparó, porque le “hervía la sangre por lo de Prados” (ANM: 205).28

Ya a raíz del encuentro casual con Graciano, Germán toma la decisión de conferir una forma escrita no solamente a sus recuerdos en relación con la Fonfría y con la guerra civil, sino, en general, a la historia de la familia Canseco:

La verdad no viene en los libros, por supuesto no en los que escribe Pepe. […] Le han llenado la cabeza de ideas intrínsecamente perversas, y por eso yo me he propuesto escribir la historia tal como fue. Lo que yo cuente es la verdad. Pepe no estuvo allí. Yo sí. Punto. (ANM: 158)

Por supuesto, Germán no cae en que, si bien el testigo es en principio el único individuo capaz de transmitir un relato directo y no mediado de lo que fue, difícilmente su reconstrucción pertenece a otro dominio imprescindible cuando se reconstruye la historia, es decir el de la objetividad y de la exactitud. En consecuencia, lejos de presentarse como una exposición equilibrada del pasado, la autobiografía o el mémoire escrito por Germán cobra la apariencia de una larga y argumentada justificación, por medio de la cual el autor pretende exculpar a sí mismo y a su familia despachando toda sospecha sobre su riqueza, sus propiedades, su actuación siendo soldado y los cargos públicos que ocupó durante la dictadura y después.

Diferente resulta la naturaleza del trabajo elaborado por José Antonio y Mariví, que cabría insertar en la serie consistente de obras de talante pseudohistoriográfico que se van publicando con cresciente intensidad en España. El libro se presenta como un conjunto de omisiones y conclusiones elaboradas a saltos sobre la base de memorias particulares, sin confrontación con los datos documentales y empíricos, ni teniendo en cuenta la versión de un número de testigos mayor respecto al restringido grupo de los parientes ← 340 | 341 → de los enterrados en la fosas comunes de la zona. Descrito por Mariví como “un trabajo apasionante, exhaustivo y científico, pero al mismo tiempo de lo más humano” (ANM: 217) e inicialmente apalabrado con prestigiosas editoriales nacionales (Aguilar-El País y Planeta, según proclama con orgullo la historiadora), el texto tiene como único punto de fuerza el clamor que pretende suscitar al mencionar nombres y apellidos de los supuestos culpables. Dados estos presupuestos, el interés del texto mengua notablemente tras la muerte de Graciano, ya que se pierde el principal acusador:

No tiene nada. Ni un papel. Nada. Ni la declaración de Graciano ante notario reconociendo al padre de Pestaña como uno de los que estuvo la mañana que mataron a Ángel. […] La editorial se ha echado atrás cuando ha sabido que no habrá escándalo que valga. Les han dicho que, sin la denuncia al senador del Pp y al padre de Pestaña, resulta un trabajo demasiado universitario y local. Tampoco habrá reportaje en El País. Nada. (ANM: 276)

El libro es igualmente publicado, pero, al no ser ya tan apetecible, lo adquiere una editorial local, que lo promueve gracias a una publicidad capilar conducida por Mariví “cada sábado por los pueblos donde han aparecido fosas”, como si se tratara de una obra de ficción (ANM: 307).

Ahora bien, la cuestión de la “verdad” del relato, tan tenazmente indicada por Germán como prerrogativa exclusiva de la escritura testimonial, es desde el principio el objetivo primario y el fulcro de la investigación historiográfica que Pestaña conduce acerca del suceso de la Fonfría. Buscar la verdad haciendo historia consiste, para el profesor, ante todo en adoptar y perseguir una estricta ética de la justa distancia:

Los historiadores buscamos la distancia justa, ni muy lejos ni demasiado cerca. Demasiado lejos, y apenas comprendemos; y si nos acercamos mucho, podemos destruir los hechos que estudiamos. Decía Robert Capa que si una foto es mala es porque no te has acercado lo suficiente. El historiador es un espectador que sabe que el mundo no es ningún teatro y ha de mirar a la distancia justa, de frente y a los ojos. La nuca solo es el lugar de los verdugos. (ANM: 13)

Antes de empezar a elaborar una reconstrucción, antes siquiera de pensar en darle a la historiografía una forma escrita, cabe calibrar apropiadamente el objetivo de la cámara si es que se quiere enfocar la imagen de manera funcional. Por ende, el testigo raramente es un buen historiador, ← 341 | 342 → porque por definición se encuentra demasiado cerca del acontecimiento que pretende contar para poder dar cuenta de ello sin dejarse influir por las emociones; de la misma manera, no será exitosa la búsqueda de la verosimilitud rigurosa para aquellos que la emprendan de manera parcial, sin interrogar todas las fuentes, emitiendo juicios y escribiendo conclusiones antes de haber finalizado su recorrido investigativo.

Pestaña discute largamente alrededor del alcance y de los objetivos de la historiografía durante una conversación que entretiene con el filósofo Manuel Medinagoitia,29 ante el cual confiesa que

tengo mis sospechas de que la memoria histórica es, en la práctica, un intento de fundar el mito de una España superior a otra, sin tener en cuenta aquello que decía Nietzsche al respecto: en relación a la memoria no hay hechos, solo interpretaciones. […] [S]i la Historia es siempre una reconstrucción incompleta y problemática de lo que ya no es, la memoria colectiva deforma el pasado, omitiendo lo que no conviene recordar o alimentando los deseos de venganza. [Creo] que el debate debe continuar sin que nadie se arrogue la propiedad del relato de la guerra. La tarea de hacer la historia de la Guerra Civil es, más que ninguna otra, común: la verdad la hacemos entre todos. Pero, desde que existe internet, es además una tarea urgente: con la promesa de un futuro dudoso y la facilidad de obtener información no siempre contrastada, nos estamos distanciando del pasado a toda velocidad, lo que significa que cada vez olvidamos antes o recordamos las cosas de una manera superficial o deformada. (ANM: 141)

Elaborar una historiografía ponderada de la guerra civil en un ámbito comunicativo en que las informaciones falaces, incompletas o extremadas gozan de fácil y rápida difusión es para Pestaña una prioridad en la España de hoy. No obstante, los mismos historiadores y, en general, numerosos intelectuales que se dedican a comentar el pasado traumático de la nación a menudo resultan contaminados por la circulación frenética y descontrolada de noticias no verificadas y generalmente suministradas de manera ← 342 | 343 → funcional a la obtención de adhesión emocional o política. En consecuencia, la historiografía se tiñe de arbitrariedad y sentimentalismo, cuando, en cambio, debería brindar “la posibilidad de conocimiento” y hacer que el hombre “aprend[a] a preguntar [a la Historia] de una manera sagaz” y “cuestion[e] qué nos ha sido contado, cómo y por quiénes” (ANM: 142, 38 y 144 respectivamente). A lo largo de la conversación entre Pestaña y Medinagoitia se menciona el nombre de Walter Benjamin, especialmente con referencia a la idea de que “el pasado no está cerrado del todo porque el presente puede iluminarlo y de este modo el pasado se convierte en una fuerza del presente”30 (ANM: 143). En el caso de España, los dos intelectuales coinciden en que el pasado no consigue adquirir el rol de propulsor de iniciativas, reflexiones y confrontaciones positivas para el presente, ni beneficia de la luz reflejada de una contingencia “iluminada” e iluminadora, debido a que el antagonismo, el contraste y el interés particular siguen primando en la perspectiva historiográfica, tanto la especializada (es decir, la de los historiadores) como la de la gente común. Explica Medinagoitia que:

En España me parece que sucede esto. En un primer momento, y setenta años después, muchos creen haber comprendido el espanto de aquella guerra; pero rasgas la superficie y asistes horrorizado al hecho de que bastantes de los que vivieron aquello, puestos de nuevo en el mismo lugar y en parecidas circunstancias, habrían vuelto a hacer … las mismas cosas. […] Pasada la guerra todos han querido persuadirnos de que no pudieron hacer otra cosa, y cada cual cree que en su bando los crímenes se ← 343 | 344 → cometieron en abstracto, de una manera indiferenciada, en nombre de la República o de Falange, del Comunismo, de la Anarquía o de la Iglesia, con lo cual, unos y otros, aceptando en principio que todos pudieron ser culpables, acaban teniéndose por inocentes, en tanto creen que los crímenes del bando contrario los cometieron individuos diferenciados que debían pagar por ello. Así se explica que nadie haya querido juzgar y pedir responsabilidades jamás a los suyos, sino solo a los contrarios. (ANM: 138–9)

Similarmente, Pestaña se balancea en ANM entre su profesión – y el bagaje de nociones, impostaciones y métodos que esta necesariamente conlleva –, sus cicatrices personales y la conexión afectiva que le vincula a cada miembro de su familia, más allá de cualquier discrepancia reconducible a la guerra civil. Tras la muerte de Graciano y la reiterada negativa de su padre a hablar del episodio de la Fonfría, el historiador sufre una honda crisis debido a que su cautela milimétrica y las largas investigaciones emprendidas no le han sido suficientes para clarificar el caso; más en detalle, no ha sido capaz de descubrir a tiempo para comunicárselo a Graciano el lugar del entierro fortuito del cuerpo de su padre, ni ha conseguido apaciguarse con los fantasmas de su niñez y juventud salvando, como quería hacerlo, su personal opinión de Germán. Inicialmente Pestaña no tiene interés alguno por publicar los resultados de la investigación desarrollada con la ayuda de Raquel: sencillamente, le importa ayudar a una víctima comprobada de la historia como es Graciano y entender mejor – y por fin – la naturaleza y la sustancia de su propio padre. No obstante, tras haber fracasado en su búsqueda de una verdad que mucho se parece a un prisma de cristal y es, por lo tanto, demasiado polifacética y articulada para ser descodificada o descrita, el historiador decide contar su versión de los hechos en un libro que, graciosamente según él mismo juzga, saldrá junto al de José Antonio y Mariví y, posiblemente, también al de su padre, si es que Germán sigue en su propósito. La forma por la que Pestaña opta no es la del ensayo historiográfico: el historiador se descubre tan anonadado por el potencial destructor que el conflicto sigue conservando más de setenta años después de su conclusión y por el hecho de que los datos irrefutables no parecen convencer a los lectores que hasta incluso llega a dudar acerca de su capacidad crítica y humana para escribir un trabajo científico alrededor de la guerra. Su decisión es, entonces, publicar la historia en forma de novela: ← 344 | 345 →

El otro día leí que para contar lo que sucedió no sirve la Historia, sólo la novela puede hacer algo por la verdad. […] Hemos convertido los libros de Historia en una ficción, y ahora hemos de recurrir a la ficción para contar la historia. No deja de ser una paradoja. Al menos, nos quedan las novelas. (ANM: 277–8 [“Historia” con mayúscula en el original])

El libro que Pestaña acaba editando, como una suerte de trampantojos, muestra numerosos parecidos con la novela de Trapiello que el lector tiene en las manos, empezando por el título (“qué título es ese para un libro, no suena ni de aquí: Ayer no más”, ANM: 289) y acabando con la descripción de la imagen que aparece en la cubierta, idéntica a la fotografía utilizada en la realidad por la editorial Destino.31 No obstante, el Ayer no más de Pestaña no es exactamente el de Trapiello, sino que se presenta como una ficción en la que se ha cambiado los nombres de los personajes reales para contar la historia, aunque no haya resultado posible escribir un final definitivo. En el libro de Pepe se habla de acontecimientos familiares y de la Fonfría; no obstante, al ser producto de la perspectiva de un solo personaje, el texto no reproduce la misma complejidad del Ayer no más extraficcional y se configura, entonces, como una suerte de “obra dentro de la obra”, mise en abîme y, a la vez, reproducción en tamaño menor, simplificado y reducido del escrito que el lector está apurando.

Concebida como el único medio posible para divulgar las reflexiones personales y los datos historiográficos acopiados durante la investigación, la novela de Pestaña acaba complicando un cuadro ya de por sí bastante comprometido. Ante todo, la familia de Pepe se cierra aun más en su silencio y en el rechazo de ese hijo descarriado que inopinadamente parece escupir odio encima de su propia sangre. Toda la ciudad de León reconoce a Germán detrás del nombre ficticio insertado en la novela, lo cual expone a los Canseco a ser compadecidos por muchos y demonizados por otros ← 345 | 346 → tantos. Pestaña acaba siendo rechazado por su propio clan, en guisa, una vez más, de héroe trágico que es apartado de su comunidad por haber señalado una situación de desorden. Su madre le llama a escondidas, Germán, Lisa y Marga repugnan comunicarse con él e incluso sus hijos manifiestan solidaridad desde Canarias a un abuelo que apenas conocen, negándose a explorar las razones de su padre. Con su novela ya publicada, Pestaña tiene la sensación de haber malogrado todo objetivo, pues no ha conseguido que su padre comprendiera su necesidad de conocimiento, ni ha sido capaz de difundir una nueva perspectiva crítica alrededor del conflicto:

Yo debo ser un historiador pésimo, porque pese a descubrir hechos que nadie conocía, y mostrárselos a todos, no he podido convencer a nadie. Se supone que en la novela encontramos un sentido que no tiene la vida. Pero no es verdad. Yo acabo de escribir una novela donde todo ha sido presentado como pura ficción, y ha causado más escándalo e indignación que todos mis libros de Historia juntos, abarrotados de hechos inconfutables. […] No sé hacer las cosas. No supe hacerlas con Graciano, ni con mi padre, ni ahora con mi familia, ni en la Universidad. He conseguido ponerlos de acuerdo: les haré felices cuando sepan que me han echado de aquí: mis hermanas, los parientes de Graciano, Mariví, José Antonio, mamá, mi padre … (ANM: 302–3)

La novela en la novela, incialmente indicada como posible repositorio de esa “verdad” que la historiografía no consigue entregar, se convierte en el detonador de nuevos y más feroces conflictos internos e interpersonales: pese a tocar cuerdas emotivas e intelectuales distintas respecto a las que solicita la historiografía, en ANM ni siquiera la ficción consigue clarificar una problematicidad que no es de forma, sino, más bien, de sustancia.

Así, ANM es una novela donde los enigmas no tienen solución, donde el pantano de la reivindicación y de la ideologización huera sigue sin superarse hasta las últimas páginas, haciendo que Pestaña decrete, finalmente, la imposibilidad de desentrañar el problema de España de una manera funcional al reencuentro político, social y generacional:

¿Por qué no ha sido posible la verdad y el arrepentimiento? ¿Por qué la memoria nos conduce al rencor más que a la reconciliación, y a la venganza y no al perdón? La gente dice que la Guerra Civil ya no interesa a nadie, y eso es verdad hasta que se empieza a hablar de la Guerra Civil; en ese momento todos vuelven a hablar de ella de la manera más acalorada y belicosa. ¿Por qué el hombre recuerda mejor sus ← 346 | 347 → sufrimientos que cuando fue feliz? ¿Es porque la memoria histórica tiene que ver con el mito y las fabulaciones, arenas movedizas, más que con la Historia? (ANM: 300–1)

Las preguntas sin contestar, las dudas lacerantes se hacen descontroladas en ANM, ya que aumentan de manera exponencial en lugar de reducirse, recrudeciendo el sufrimiento de los personajes en lugar de aliviarlo. Frente a su fracaso y a la disgregación de sus enlaces familiares, Pepe se auto-exilia a Estados Unidos e intenta dejar atrás la gran mentira intergeneracional para la que buscaba una solución correctiva. Solo se vislumbra un pequeño germen de esperanza en dos monólogos a los que Pestaña confía su despedida final, donde el historiador, tomando conciencia de su incapacidad para escribir “esa gran novela de la guerra civil que todos esperan desde hace setenta años, el Guerra y Paz español” (ANM: 278), pasa la antorcha a la tercera generación:

Esa otra novela la escribirá alguien, otro, en un tiempo en que las heridas ya no dañen ni importe que en esa guerra nada sucediera como lo imaginamos o contamos. La literatura sobrevuela, y lo mío seguramente sigue siendo Historia, quiero decir, que chapotea en el fango de unos hechos en el que mis pies se hunden cada vez que quiero atravesarlos y dejarlos atrás. […] Acaso serás tú, [Raquel,] o alguien como tú, quien escriba la Historia de la Guerra Civil que necesitamos los unos y los otros – los hunos y los hotros –, que investigue con ecuanimidad en ella como madame Curie en el laboratorio, sin el pathos que todo lo embrolla. (ANM: 278 y 302)

Para la segunda generación – y en mayor medida para la primera – resulta imposible tomar de la presencia viva de la guerra esa distancia que permitiría analizar los años 1936–1939 en guisa de entomólogo, sin interiorizarlos y apropiarse de su carga emotiva, sino, simplemente, relatando los acontecimientos, sea en una novela o en un libro de historia. La esperanza de Pestaña es que la generación de los nietos consiga por fin emanciparse del dolor, de la traumaticidad y del conflicto personal y colectivo que el trieno bélico supone, para poder finalmente olvidar, asumir y vivir en el presente sin mirar constantemente hacia atrás. Tras leer la carta de despedida de Pestaña, Raquel se encuentra totalmente anonadada y aturdida, falta de respuestas no solo sobre su historia con el profesor, sino incluso sobre sí misma. No obstante, aunque con una expresión de duda casi cósmica – “[n]o sé nada de él. No sé nada de mí” (ANM: 310) –, la voz de la ← 347 | 348 → joven significativamente cierra la novela, siendo suyo el último monólogo de un espectáculo complejo, polivocal y en absoluto catártico. Raquel, en última instancia, no ve la salida de una situación personal y profesional que ha llegado a derrumbarle toda certeza; pese a esto, su voz sigue siendo la que sobrevive al caos, la única que puede conseguir desvincularse de la excesiva cercanía al gran trauma, aunque todavía no en efecto, sino solamente en potencia.


1 Significativamente, las novelas clasificadas en la misma encuesta como segunda y tercera fueron, respectivamente, El lector de Julio Verne de Almudena Grandes y El tango de la guardia vieja de Arturo Pérez-Reverte, también relacionadas con la guerra civil y escritas por autores pertenecientes a la llamada “segunda generación”. Para un comentario, véase Gracia (2012b), quien define la obra de Trapiello como una novela “no […] contra la memoria histórica, sino contra la beatería interesada de la memoria histórica”. De aquí en adelante utilizaré la sigla ANM para referirme a Andrés Trapiello (2012): Ayer no más, Bacelona, Destino.

2 Todo narrador de ANM, según la definición propuesta por Genette (1989a: 299), está “presente como personaje en la historia que cuenta”.

3 Respecto a la presencia de elementos biográficos en sus novelas y a la mayor o menor identificación de su propia persona con los personajes que inventa, cabe recordar que Trapiello (2007) es autor de una conferencia titulada Yo no soy el tema de mis libros. A modo de contrapunto señalo que, en su reseña, Jordi Gracia (2012a) indica ANM como “quizá la [novela] más autobiográfica de Trapiello”.

4 El motivo – muy literario, por cierto – de la iniciación a la militancia política como consecuencia colateral de una relación sentimental también aparece en el breve recuento novelado de su biografía que Trapiello propone en su página web: “[en 1971] mi madre me encontró cinco números de Mundo Obrero debajo de la cama. Aquel descubrimiento en la casa de un falangista causó una gran alarma y muchas voces, pero por otra parte resultó providencial, ya que al echarme de casa, mi padre me arrojó también en brazos de la muchacha que me los había pasado” (web del autor, sección Mi novela. Recuento [06.03.2016]).

5 Se trata, según se lee en ANM, de un trabajo sobre el comercio en León, en que se mencionaba La Bilbaína, fábrica de suministros eléctricos administrada por la familia, cuya publicación provocó en su tiempo la primera quiebra con el padre Germán: “¿qué porquería de Historia es esa que hacéis contando historias que no le interesan a nadie? ¿De cuándo acá es importante la historia de una fábrica de componentes eléctricos? ¿Por qué no hablas de los Reyes Católicos, como hacen los historiadores serios?” (ANM: 80).

6 Significativamente, Germán hace aparición en las primeras páginas de ANM observado por Pepe de espalda mientras juega a solas una mano de las “siete y media”, simulando que sus adversarios son cuatro compañeros de milicia fallecidos a lo largo del conflicto. Según se lee en la novela, Germán lleva toda la vida montando semejantes macabras veladas con los fantasmas desde que una jugada victoriosa cerca del campo de batalla de Teruel le ahorró la entrega de un parte de guerra que acabó costándole la vida al compañero con el que se lo había apostado.

7 Pestaña no solamente reprueba las ideas políticas de su cuñado, sino que le considera culpable de una epifanía que le resultó en su tiempo notablemente dolorosa. Más en detalle, a raíz de una disputa verbal que los dos hombres entretuvieron a lo largo de un almuerzo familiar, Pepe descubrió en su actitud una violencia que hasta entonces ignoraba: “eso precisamente, el hecho de haber despertado en mí un fondo violento que desconocía tener es algo que no puedo olvidar ni perdonarle. Fue revelador, una expreriencia aflictiva: por un momento vi que era igual que mi padre, que poseía su misma violencia y su autoritarismo para defender ideas contrarias a las suyas” (ANM: 24).

8 Señalo que el poema no se debe, en realidad, a la pluma del escritor inglés, aunque retoma en su esencia el célebre “If any questions why we died / Tell them because our fathers lied” (Kipling, 1999: 324). Las líneas citadas en ANM son fruto del ingenio y la sensibilidad del intelectual vasco Jon Juaristi, mucho más cercano por ideología y trasfondo biográfico al Pestaña de Trapiello. La reflexión de Juaristi, en su caso circunstanciada al nacionalismo vasco, constituye los versos del poema Spoon River, Euskadi (texto en Pérez Olivares, 2000; para un análisis, véase Díaz de Castro, 2002).

9 Al respecto, constata Pestaña que “[ú]nicamente como metáfora puede uno decir que se siente culpable, no por lo que no ha hecho, sino por lo que ha hecho el padre o el pueblo o la facción a la que perteneces” (ANM: 303).

10 Según subraya Pestaña: “cuando empecé a entrevistarme con unos y con otros, de los dos bandos, comprobé para sorpresa mía que los que habían hecho la guerra decían lo mismo que me había asegurado terminante mi padre siendo yo niño: ellos nunca, jamás, habían matado a nadie. La guerra civil española es así la única de la Historia en la que habiendo muerto más de medio millón de personas nadie ha matado a nadie. […] Nunca hasta hoy, y hasta donde yo sé, […] nadie ha confesado algo tan sencillo como esto: ‘Yo maté’. El más grande tabú” (ANM: 45).

11 A este propósito parece significativo señalar que la nota anticipadora de la novela Trapiello es la cita bíblica “[q]uien maldiga a su padre o a su madre, morirá”, procedente, según indica el autor, del Éxodo (ANM, cita inicial).

12 La postura de Pestaña recuerda las aclaraciones insertadas por Trapiello en el prólogo de la última edición de Las armas y las letras: “[e]ntre los defectos que se le han achacado a esta obra, muchos de ellos seguramente incontestables, hay uno injusto: el de creer que su autor ha tratado de mantenerse en esa equidistancia que ha ido ganando terreno últimamente: la de pensar que en la guerra todos fueron iguales y que tanto un bando como otro, hermanados por las tropelías, venían a ser más o menos lo mismo. Dejemos zanjada esta cuestión: los crímenes, de una zona y otra, fueron, ciertamente, equiparables. Pero, por suerte para España y para nosotros, no todos los que vivieron aquella guerra fueron asesinos ni representan lo mismo: los irrenunciables principios de la ilustración solo estaban representados en la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente y los privilegios seculares bendecidos por ella, mediante una cruzada que trataba precisamente de conculcar tales principios […]” (Trapiello, 2010: 13–4). Señalo que, en su reseña al ensayo de Trapiello, Sebastiaan Faber (2014) indica la equidistancia supuestamente fraudolenta del autor como principal defecto de la obra.

13 Respecto a la cuestión, subraya Pestaña que “[s]e dirá que las víctimas de la República tuvieron ya su reparación durante el franquismo, pero no es esa la que reclaman, sino la del Estado y la de todas la sociedad, la de unos y otros, como deberían tener la del Estado y la de toda la sociedad las víctimas del franquismo, no solo las de los partidos de izquierdas. Una placa en las Cortes, como en el Parlamento alemán, con todos los diputados asesinatos por unos y por otros. Esto tan sencillo despierta recelos y desconfianzas cada vez que se expone, y da lugar a inacabables porfías” (ANM: 132–3).

14 Recuerda Raquel que “[u]n día estábamos hablando de Ian Gibson, el de Lorca. Dijo Mariví, qué suerte dar con un filón como el de Lorca. Eso sí que tiene que ser un chollo para toda la vida. Filón, chollo, eso es lo que la pone cachonda” (ANM: 104).

15 Cabe subrayar que en ANM, Pestaña-Trapiello critica la tendencia por parte de una porción consistente del ambiente cultural español hacia una utilización casi fetichista de los símbolos y emblemas de la República: “[en el documental de las excavaciones en Izagre, Mariví] se había hecho flanquear de algunas banderas republicanas. Las lleva a todas partes, están depositadas en la Agrupación, una incluso la custodia en nuestro Departamento. Cuando entré en él por primera vez discutí con ella. La bandera de los demócratas, le recordé, es, hoy por hoy, la bandera constitucional; esa es tan anticonstitucional como la del aguilucho. Ni siquiera le mencioné algo que saben tan bien como yo […]: que durante la guerra por cada bandera republicana había veinte de la CNT, de la FAI, del POUM, del PCE, de la UGT, de cualquier partido menos de la República […]” (ANM: 119).

16 La fosa común de Izagre, a la que Trapiello hace referencia, se descubrió efectivamente en agosto del año 2008 tras un largo trabajo de investigación solicitado por las familias de los enterrados y suportado por la ARMH local. Los nombres de las víctimas, que el autor cita en su novela, corresponden con los de los cadáveres identificados, cuyos restos fueron devueltos a las familias en abril de 2010 (ver Junquera, 2008 y S. A., 2010).

17 En la novela se cita un artículo realmente publicado en El País el día 3 de septiembre de 2008, en que se recogía la noticia del descubrimiento de la fosa de Izagre enfatizando que “[d]urante 35 años, las viudas, hijos y hermanos de nueve hombres y una mujer fusilados el 9 de octubre de 1936 en Izagre (León) pagaron a los dueños de una finca para que dejara sin cultivar un rectángulo del ancho de diez cuerpos” (Junquera, 2008).

18 También pertenece a la realidad histórica el particular de un cuerpo inicialmente enterrado junto a los demás diez en la fosa de los bañezanos y exhumado en los Cincuenta por los familiares (en Junquera, 2008. Significativamente, el nombre que Trapiello registra en ANM no corresponde al verdadero, así como, fuera de la ficción, tampoco se encontró ningún fémur sobrante durante las excavaciones.

19 No existe, en la realidad, ningún anciano político con nombre Eligio Seisdedos. No obstante, es curioso recordar que el apodo “Seisdedos”, además de ser utilizado en el habla popular para indicar a los ladrones (ver Jackson, 2009: 114), también era el mote con el que se conocía al mítico dueño de la única vivienda que no se rindió ante la llegada de la benemérita durante la revolución de Casas Viejas en 1933 (para una profundización remito a Ranzato, 2004: 170, o, desde el frente de la recreación literaria, a Sender, 1934 y 2004).

20 “¿Tú crees que cuando yo trate de explicarle esta tarde que hubo terror en los dos bandos, lo entenderá, lo admitirá? En León él no ha visto más terror que el de los franquistas y falangistas. Vio cómo mataron a su padre. Eso tuvo que ser para él como un fogonazo de un millón de vatios. Le ha abrasado la retina. […] Si le contaras que la otra parte fue parecida, que en el terror estuvieron implicadas instituciones gubernamentales, ministros, secretarios de Estado, directores generales, que los distintos gobiernos republicanos que él tiene idealizados estaban no solo al cabo de la calle del terror, sino que lo daban por bueno, y que los partidos políticos de izquierda promovieron en algún momento el terror o fueron cómplices con él directamente, en chekas, paseos o tribunales populares, aunque lo negaran más tarde y sigan negándolo, ¿lo creería? Graciano nos dirá probablemente: Me da igual lo que pasó en la otra parte. El terror que conozco es este y este fue el que acabó con mi padre. No necesito saber más. Y eso hay que comprenderlo […], pero como hay que comprender a una marquesa del Barrio de Salamanca para la que no hubo más terror que el de las chekas que se llevaron por delante a su marido o a su hijo. En este punto no merece más compasión uno por ser un campesino, que la otra por ser marquesa” (ANM: 247–8).

21 El título del artículo de Savater (2008) alude a la “cordura institucional” de la transición que, para el filósofo, favoreció una evolución a la vez marcada y prudente de la sociedad y de la política españolas, frente a tendencias más perentorias que habrían resultado en una nueva cadena de contrastes.

22 Alrededor de la relación entre la figura del juez y la del historiador, véase Ginzburg (2006).

23 Respecto a la nieta de Graciano, Pestaña piensa que “su dolor apenas guarda relación con el de su abuelo, es un dolor referido, ciertamente, pero le llega atenuado, y me alegro por ello, porque el dolor no es bueno para nadie” (ANM: 88).

24 Cabe volver a subrayar que para Trapiello – y también para Pestaña – “[s]er ecuánime no es ser equidistante porque los dos bandos no eran iguales, pero hay que ser ecuánime juzgando a los dos” (Rodríguez Marcos, 2012).

25 Reflexionando sobre las razones de su regreso a la ciudad natal, dice Pestaña “[p]ienso a menudo que he vuelto a León buscando un resorte, la puerta de acceso de un enigma. Quizá la puerta del perdón” (ANM: 26).

26 Con ecos de los planteamientos de la École des Annales, para Pestaña el trauma de Graciano es “un fractal de la historia tal y como queremos relatar la historia, no en uno de sus grandes relatos regidos por una supuesta voluntad divina, sino uno pequeño que conservara, como en un compás, toda la complejidad de la vida y de lo vivido” (ANM: 85).

27 Es significativo señalar que Germán lee las mismas esquelas y las interpreta como un ataque en contra suya, identificando equivocadamente detrás de ellas la autoría y la intención de Pepe: “[c]uánto rencor, cuánto odio en dichas esquelas, las cuales están escritas contra mí. Se ve en ellas la mano de Pepe” (ANM: 274).

28 Los acontecimientos de Prados hacen referencia, según se lee en la obra, a un cuartelillo que los revolucionarios de 1934 derrumbaron con la dinamita de los mineros, provocando la muerte de cuatro personas. Germán recuerda que el “Lenín de la Ribera” estuvo involucrado en la demostración y que Seisdedos, quien había perdido a un familiar en el cuartel, disparó nada más enterarse de que el padre de Graciano era el hermano del líder.

29 Según destaca Escapa (2012), aunque no haya constancia de un tal Manuel Medinagoitia en la realidad, el personaje guarda una serie consistente de parecidos con el filósofo Javier Muguerza, nacido, como él, en el año 1936 en el seno de una familia terrateniente y monárquica, exterminada casi por entero por los milicianos del pueblo después de que se produjera el alzamiento (la localidad es Calera en la ficción y Coín en la biografía de Muguerza).

30 Se trata de la célebre crítica a los planteamientos del materialismo histórico que el filósofo alemán formuló en sus Tesis de filosofía de la historia (recopiladas en Discursos interrumpidos, Benjamin, 1974). En particular, Pestaña y su interlocutor discuten acerca de las relaciones de consecuencialidad que los acontecimientos entretienen uno con los sucesivos en perspectiva diacrónica, centrándose en la especulación de Benjamin según la que “no hay un sentido único” en la Historia y el pasado puede convertirse en fuerza purificadora para el presente (ANM: 142–3). En semejante contexto dialéctico, Pestaña comparte la idea de un pasado que puede redimirse e incluso llevar a una mejora sensible de las condiciones contingentes; no obstante, rechaza la “nostalgia de Benjamin de un paraíso al que se llegaría por un camino mesiánico y en el que el mal será vencido” y, más significativamente, se aleja de las interpretaciones elaboradas a posteriori por los seguidores de Benjamin, por las que “el odio y la venganza son fuerzas liberadoras” (ANM: 143).

31 Se trata de una fotografía que, dentro del entramado ficcional, retrata a Pepe niño sentado al lado de su padre en la entrada de un bar. La fotografía que aparece en realidad en el libro de Trapiello en todos los detalles correspondiente a la descripción que el autor proporciona en la novela, pero no es un recuerdo privado, sino que forma parte de la base de datos de la agencia fotográfica Bettmann-Corbis y, según se lee en la contratapa, tiene autor desconocido.