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Las relaciones de sucesos sobre seres monstruosos durante los reinados de Felipe III y Felipe IV (1598–1665)

Análisis discursivo y edición

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Ana Mancera Rueda and Jaime Galbarro García

Todos los hombres del siglo XVII que sabían leer tuvieron alguna vez una relación de sucesos en sus manos. El XVII fue el siglo de esplendor de estos impresos noticiosos que gacetilleros de todo tipo escribieron, y a los que muy diversos impresores dieron forma en su taller. Portaban siempre nuevas «verísimas», como las bodas de una princesa extranjera, o el portentoso parto de un niño monstruoso, que el pueblo consumía con ansia, y hasta los escritores más reputados – Miguel de Cervantes, Lope de Vega o Francisco de Quevedo – aludían a ellas en sus obras. ¿Qué hizo que estos textos, generalmente anónimos, fueran tan populares durante el reinado de Felipe III y Felipe IV? ¿Qué procedimientos se utilizaban para otorgar verosimilitud a este tipo de discurso? ¿Constituyen las relaciones de sucesos una tradición discursiva? ¿Qué tienen en común el Corlisango, el peje Nicolao, el grifo de Loyes y los hermanos Coloreto? El estudio edita catorce relaciones de sucesos españolas sobre seres monstruosos, que fueron impresas durante los reinados de Felipe III y Felipe IV y analiza los principales recursos lingüísticos utilizados para otorgar verosimilitud a los contenidos, mostrar la subjetividad del enunciador, reflejar la polifonía o manifestar la modalidad enunciativa.
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Capítulo 1. Las relaciones de sucesos: un género editorial entre la literatura y el periodismo

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1. La atracción por maravillas y prodigios de la naturaleza

Un ferocísimo animal llamado Corlisango, dos siameses nacidos en Génova, el tritón al que los marineros de las costas de medio mundo conocen por el nombre de Nicolao y que proporciona recetas para convertir “en mozas a las viejas”, o un recién nacido con treinta y tres ojos repartidos por todo el cuerpo que solo habla en latín son algunos de los seres que habitan entre los pliegos sueltos analizados en esta monografía. La mayoría de ellos son presentados como prodigios, portentos, maravillas y, en algunos casos, se los identifica simplemente como monstruos. El diccionario de J. Corominas y J. A. Pascual (1981) recoge la etimología latina de ‘prodigio’, prodĭgĭum, que traduce como sinónimo de ‘milagro’2, mientras que ‘portento’ procede de portentum, es decir, ‘presagio, monstruo, prodigio’. Llama la atención la equivalencia que dichos autores establecen entre estos tres sustantivos. No en vano, del término latino monstrum –que significa ‘prodigio’– surgirá a su vez ‘monstruo’, como derivado de mŏnēre, ‘avisar’. En cambio, ‘maravilla’ es un descendiente semiculto del término latino mīrabĭlĭa, que viene del adjetivo mirabilis, o sea, ‘extraño, notable’, y se emplea ya en el Cantar de Mio Cid. Hasta 1734 no recoge la Real Academia Española esta lexía, que en su Diccionario de Autoridades se define como un “suceso extraordinario que causa admiraci...

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