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Borges ante el fascismo

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Annick Louis

Si la oposición de Borges al fascismo es conocida, la forma que tomó su condena no había sido estudiada hasta ahora. La apuesta estética e ideológica del Borges de los años 1930 y 1940 se diferencia de la de sus contemporáneos antifascistas por cuanto interroga la realidad a partir de una estrategia oblícua. La ensayística y la ficción borgeanas se proyectan contra una serie de paradigmas de época – la teoría del complot, el cine de Hollywood, la conversión ideológica, la noción de heroísmo, etc., sin tematizar explícitamente los acontecimientos socio-políticos. Así, asistimos a una dispersión sistématica de referencias, desvinculadas de su contexto, que retoman una serie de cuestiones de época, presentes en diferentes formas de arte y de discurso. Concibiendo la relación entre la realidad y la literatura en términos de competencia, Borges explora en Ficciones y El Aleph las posibilidades de un relato anti-pedagógico, en el que sus primeros lectores no pudieron reconocer el mundo contemporáneo. La estética oblícua de Borges propone una concepción renovadora de la relación entre literatura, relato e historia.

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Todo, y el fin de todo(ruido y furor de la recepción)

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Todo, y el fin de todo (ruido y furor de la recepción) La recepción de Borges en la Argentina antes de los años 1950 fue descrita por Jorge Panesi como la historia de un malentendido. La crítica no leyó a Borges en su textualidad, leyó al “sujeto Borges” en vez del “sujeto textual”1. Ni sus admiradores ni sus detractores propusieron una lectura textual de su obra. Las relaciones personales y la ideología del autor determinaron que se lo ensalzara o se lo criticara. La primera en proponer una lectura textual fue la crítica académica, Amado Alonso en particular2. Fuera de tales excepciones, es probable que, como afirma Panesi, el obstáculo mayor a una lectura textual de Borges haya sido la concepción del sujeto que tenían los críticos de la época, unidos en una ideología literaria aun cuando sus concepciones políticas los separaban e incluso los enfrentaban. El “yo” sería, en las concepciones imperantes de aquella época, una unidad coherente y la literatura su expresión, es decir, la de una interioridad única y de su excepcional visión del mundo. En el extremo opuesto estaría Borges, con su temprano “No hay tal yo de conjunto”3; el “yo” del sujeto es una mera ilusión. En este sentido, no habría un malentendido entre la producción borgesiana y la crítica argentina, sino un “bienentendido”, es decir, una incompatibilidad de concepciones literarias que,...

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