Loading...

Contexto latino y vulgar de Garcilaso en Nápoles

Redes de relaciones de humanistas y poetas (manuscritos, cartas, academias)

by Eugenia Fosalba (Volume editor) Gáldrick de la Torre Ávalos (Volume editor)
Edited Collection VI, 338 Pages

Summary

Este libro es el resultado de un rastreo en poemas y cartas, en ángulos nunca visitados de obras impresas, de la actividad llevada a cabo por poetas y humanistas (Telesio, Borgia, Fascitelli, Seripando, D’Avalos, Valdés, Minturno, V. Colonna) asiduos de las academias y tertulias que Garcilaso de la Vega conoció durante su exilio en Nápoles.

Table Of Contents

  • Copertina
  • Titolo
  • Copyright
  • Sull’autore/sul curatore
  • Sul libro
  • Questa edizione in formato eBook può essere citata
  • Índice
  • Relevo del último humanismo pontaniano a la llegada de Garcilaso a Nápoles. (A modo de prefacio) (Eugenia Fosalba)
  • Praxis grecolatina y vulgar en Nápoles: contexto manuscrito de las odas neolatinas de Garcilaso (Eugenia Fosalba)
  • Sul sepolcro di Petrarca: Girolamo Borgia e Laura (Claudia Corfiati)
  • Garcilaso and the Post-Pontano Accademia Pontaniana (Shulamit Furstenberg-Levi)
  • Garcilaso’s Debt to Mantuan Humanism (Rodney Lokaj)
  • Garcilaso de la Vega y la canción napolitana (Roland Béhar)
  • La elegía I de Garcilaso en el entorno napolitano (Bienvenido Morros Mestres)
  • Andrea Matteo Acquaviva e la tipografia del Frezza (Francesco Tateo)
  • Sobre la obra poética de Antonio Telesio, amigo de Garcilaso (Alejandro Coroleu)
  • Onorato Fascitelli alma de verdadero poeta: dall’amicizia possibile con Garcilaso all’invettiva contro l’hispana avaritia (Tobia R. Toscano)
  • Garcilaso y Alfonso d’Avalos, marqués del Vasto (Gáldrick de la Torre ávalos)
  • Un cenáculo napolitano para Juan de Valdés: la villa de Leucopetra de Bernardino Martirano y el Diálogo de la lengua (Encarnación Sánchez García)
  • Garcilaso en Nápoles y sus damas: reflexiones sobre las poetas, las académicas, las mecenas y las reformadas (Maria Isabel Segarra Añón)
  • Apéndice
  • Descripción del Ms. XIII AA 63 de la BN de Nápoles, transmisor de dos odas neolatinas de Garcilaso (Eugenia Fosalba)
  • Filigranas
  • Los autores
  • Obras publicadas en la colección

| 1 →

EUGENIA FOSALBA

Relevo del último humanismo pontaniano a la llegada de Garcilaso a Nápoles. (A modo de prefacio)

Este libro es el resultado de un rastreo en poemas y cartas, en ángulos nunca visitados de obras impresas, de la actividad llevada a cabo por poetas y humanistas asiduos de las academias y tertulias que Garcilaso de la Vega conoció durante su estancia en Nápoles. Por entonces la ciudad partenopea empezaba a recuperarse del asedio de Lautrec y de la letal peste que esa desastrosa acción militar sembró ahí donde antes brillaba una corte floreciente de poetas unidos por la sodalitas, tras la estela de Pontano. Es muy posible que en esos años Antonio Sebastiano Minturno, a quien Garcilaso recuerda en el soneto dedicado a Maria de Cardona, hubiera pergeñando ya su De Poeta, donde trataba de mantener viva la memoria de aquella gloriosa generación de humanistas que le había sido arrebatada a Nápoles de un cruel zarpazo. Con ese fin, ubicó la escena de su diálogo en el año anterior a la terrible plaga, cuando en un día primaveral, varios jóvenes patricios se reunieron en Mergellina, el hogar de Sannazaro (1456–1530), dispuestos a escuchar e interrogar a sus mayores, sabios como Pietro Gravina (1452–1529 ca.), Girolamo Carbone (1460–70?-1528), Pietro Summonte (1453–1526), Pomponio Gaurico (1482–1530 ca.) y Lucio Vopisco, el único que en fechas de nuestro poeta toledano continuaba con vida. Mucho más adelante, cuando en el último libro del De Poeta, Minturno se disponía a transcribir lo que supuestamente se discutió en una de las últimas sesiones de la Accademia, en su lugar lanzó un doloroso discurso en que lamentaba que en el breve lapso de dos años desde que había empezado la tertulia (hay que situarse en 1528) la muerte se hubiera cebado en estos hombres merecedores de la inmortalidad. Summonte murió de hidropesía. Gravina siguió a Francesco Di Capua, IV conde de Palena, a la búsqueda de un clima saludable en las montañas de Campania, pero por desgracia la agradable región no ← 1 | 2 → fue beneficiosa para su salud. Cuando la guerra ya había casi terminado y se levantó el asedio, murió Carbone. Poco después (en 1530), falleció Syncerus. Gaurico, a pesar de haber sufrido la prisión de los franceses, fue condenado al exilio, y alejado del hogar, murió de tristeza.

Está claro que a Minturno no le sobraban motivos para quejarse, pero lo cierto es que el largo y amargo lamento que entonó por la desaparición de una generación irremplazable tenía algunas raíces un poco atrás, en la derrota ante los franceses del bienio 1494–95, que marcó la cesura dramática de la llamada a partir de ese momento «ruina d’Italia».1 He aquí la humillación sufrida a manos de los franceses que condujo a Pontano a escribir el De sermone, en el que se ofrecía la alternativa pacífica de la conversación al fracaso humano de la guerra, y fue de este modelo, a su vez, de donde partirían después manuales de buenas maneras que tendrían un primer exponente en el Cortesano de Castiglione. Paolo Giovio, a resguardo del Saco de Roma y del subsiguiente asedio napolitano en la isla de Ischia, se propuso, a instancias de Vittoria Colonna,2 que le había dado a leer un Cortesano manuscrito e inédito, analizar en su Dialogus de uiris et foeminis aetate nostra florentibus, con la distancia contrapuntística de la conversación socrática, los males de Italia que acababan de azotar la Ciudad Santa.3 Fue por esas fechas también, guarecido de la peste napolitana en la misma torre de marfil que Giovio, cuando Minturno, influido a todas luces por este último, concibió la idea del tratado sobre poética latina ya mencionado, que solo se atrevería publicar 30 años más tarde.4 Por eso podemos estar ← 2 | 3 → seguros de que en su último capítulo no estaba tratando meramente del conceptual debate entre las armas y las letras: las heridas causadas por la guerra estaban en estos diálogos todavía abiertas y sangrantes, como pone en evidencia el poema que Antonio Sebastiano compuso mientras duraba el asedio, en la misma Ischia, al que dolorosamente tituló Italia (Poemata, 1564, ff. 21v-27r). Como se echa de ver, todos estos textos tienen en común esgrimir la filología, la poesía docta y el don de la palabra como únicas armas válidas.5

El cambio de aires que introdujo Pedro de Toledo a partir de 1532 pudo inclinar a Giovio y a Minturno a guardar sus diálogos en un cajón; quizá era lo que aconsejaba el sentido común para adaptarse a los nuevos tiempos, pues no dejaba de resultar contraproducente quejarse en público de unos invasores mientras se albergaban esperanzas de navegar y aun de medrar con los siguientes, los españoles. Muerto Antonio Seripando en 1531, Girolamo, su hermano, el pronto Vicario General de la Congregación de los agustinos en Nápoles, hereda la colosal biblioteca parrasiana que custodia el convento de San Giovanni a Carbonara, en cuyos jardines se había dirimido, ya en tiempos de Egidio de Viterbo, una docta tertulia poética, que recordó Girolamo Carbone en una famosa elegía dedicada a Agostino Nifo. El momento en que Garcilaso llega a Nápoles coincide con la creciente relevancia que va adquiriendo Seripando (entre otros doctos, como Scipione Capece, Bernardino Martirano, Giano Anisio, Vittoria Colonna, el propio A.S. Minturno) como figura catalizadora de la antigua sodalitas recientemente desmembrada: ← 3 | 4 → el manuscrito XIII AA 63 que se custodiaba en los muros del convento agustino, con dos de las odas neolatinas de nuestro poeta, es testimonio del paso de la antigua academia a la nueva poética en latín y vulgar de los jóvenes humanistas, supervivientes de la reciente catástrofe y huérfanos de los sabios que han sucumbido a ella. Es esta la Nápoles que resurge, algo españolizada pero sobre todo cosmopolita, como ponen en evidencia sus doctos en activo: A. Telesio (m. 1533), G. Anisio (1465- ca.1540), G. Borgia (1475- ca.1550), P. Giovio (1483–1552), V. Colonna (1490–1547), B. Tasso (1493–1569), G. B. Filocalo da Troia (n. 1497- ca. 1561), G. A. Gesualdo (n. 1496), B. Martirano (1490–1548), A. S. Minturno (m. 1574), A. D’Avalos (1502–1546), J. Valdés (ca. 1500–1542), L. Tansillo (1510–1568). Todo un friso de autores que están tomando el relevo a la generación perdida y que aquí intentaremos cobre vida y entre en movimiento, porque son los nuevos protagonistas de la escena cultural partenopea que interactuarán con Garcilaso, sin dejar de mantener muy intensas relaciones con humanistas de otras regiones, como Mantua, Verona, Florencia, Roma, Sicilia y, en especial, Venecia, donde Pietro Bembo y Onorato Fascitelli, muy implicados en las prensas manuzianas, colaboran estrechamente con Scipione Capece y Girolamo Seripando en proyectos como la renovada edición del Sannazaro latino (1535), a cargo del joven Paolo, hijo del difunto Aldo. En este panorama de finales de los años veinte y comienzos de los años treinta, el gran maestro de Padua, como se demuestra en el libro V del De Poeta, se alza como autoridad superviviente cuya aprobación hay que conquistar a toda costa.

Los tiempos han cambiado pero ello no implica que la vieja querella italo-española se haya enterrado para siempre: está ahí, en un tenue hilo que puede seguirse como el Guadiana hasta llegar a nuestro poeta: la «pugnax Hispania» (Urania, V, 388) que «goza de guerras continuas» (Meteorum liber, v, 1261), presente en el De educatione de Antonio de Ferraris, para quien la cultura española solo se podía salvar si se hacía tributaria de la italiana, emergía al otro lado, en De vita felici, donde Lucena la hacía suya.6 Un pesimismo acerca de la propia tradición que reflotará años después, cuando Garcilaso ruegue a Boscán que traduzca ← 4 | 5 → el Cortesano de Castiglione, pues tiene «por muy principal el beneficio que se hace a la lengua castellana en poner en ella cosas que merezcan ser leídas, porque yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra, que apenas ha nadie escrito en nuestra lengua sino lo que se pudiera muy bien excusar».7 La carta de Bembo (del 26 de agosto de 1535), con el aprobado en latinidad a nuestro poeta, va a cambiar las tornas por primera vez desde la perspectiva española, pues rompe con el maleficio de su goticismo insuperable. A modo de tarjeta de presentación que Fascitelli le entregará en mano al regresar nuestro poeta de Túnez, convencidos ambos, el monje benedictino y el maestro de Padua, de los muy poderosos contactos de Garcilaso, la carta susurra al oído del toledano lo que él más deseaba oír: que no solo sobrepasa y sobresale con sus versos a todos los españoles que se han consagrado a Apolo y las Musas, sino que también supone un incentivo para los hombres de Italia, para que se les estimule más y más, si pretenden que no les venza en esa competición y en esos estudios.8 Un puñado de palabras, más astutas que sinceras, definitivas, no obstante, para el futuro de la historia de la literatura española, como demuestra que Boscán las recupere en la famosa carta a la Duquesa de Soma: «Y así pienso yo que [el endecasílabo castellano] lleva camino para sello, porque ya los buenos ingenios de Castilla que van fuera de la vulgar cuenta le aman y le siguen, y se ejercitan en él tanto, que si los tiempos con sus desasosiegos no lo estorban, podrá ser que antes de mucho se duelan los italianos de ver lo bueno de su poesía transferido en España».9

Pero fue Seripando quien de veras creyó en Garcilaso y se dedicó a perseguir hasta extremos inimaginables esta autorización de Bembo, en ausencia de nuestro poeta: es más que probable que también fuera él quien hiciera circular la carta de Bembo entre los amigos italianos ← 5 | 6 → del toledano. Así, cuando Paolo Giovio se pregunta en sus Elogia veris clarorum virorum imaginibus apposita,10 a quién debería seleccionar de entre los españoles de una «nobile e premurosa liberalità», propia de una «persona colta», y constata que no lo tiene fácil porque «i dignatari della Spagna intera hanno completamente rigettato questi studi [de retórica] giudicandoli in tutto dannosi alla pratica militare e per questo motivo tale eccellente tradizione culturale (…) è giunta in Spagna molto piú tardi che nelle altre regioni», el personaje que se apresura a destacar tras la obligada mención a Nebrija es precisamente él: «Tra di loro si è recentemente messo in luce Garcilaso, che ha scritto delle odi con una dolcezza degna di Orazio».11 También Minturno (Libro VI, pp. 435–436) se queja en estos mismos términos en su De Poeta acerca del predominio, en el presente, de lo militar sobre las letras (y aun del desprecio descarado e insistente hacia estas últimas).12 Que Giovio señale a los invasores españoles como ejemplo de cultura de las armas por encima de las letras y que la figura de Garcilaso se le antoje como una excepción ilumina desde un ángulo privilegiado las aseveraciones de Minturno, que en este tramo de su tratado no debe quejarse del desastre que trajeron consigo los franceses, sino de los nuevos invasores, los españoles, aunque a estos no se atreva a mencionarlos explícitamente, lo que contribuye a situar el último capítulo del diálogo (Libro VI) en los años de Garcilaso o inmediatamente anteriores.13 Y resulta harto significativo ← 6 | 7 → que sea también Luigi Tansillo quien escriba por su parte unos versos en que se elogia la latinidad de Garcilaso, aunque eso sí, como en Giovio, no enturbiada por el ejercicio de las armas, como se suponía de oficio en los españoles: «la spada al fianco ognior, la penna in mano / per sentir gite, che non pur ispano / ma latin piè fra noi raro segnollo / felice voi, ch’or Marte et or Apollo».

Garcilaso, de trato suave y discreto, en el sentido renacentista del término, agradaba a todos (a Antonio Telesio, Giano Anisio, Scipione Capece, Placido de Sangro, Girolamo Seripando, Mario Galeota, Onorato Fascitelli, Alfonso D’Avalos, Paulo Giovio, Luigi Tansillo, Bernardo Tasso e incluso al maledicente Castriota), y por esta causa, pese a su oficio de militar, reconvertido la mayor parte del tiempo en mensajero diplomático a las órdenes de la corona, se le percibía muy alejado del solito miles gloriosus español. Y fue a todas luces Seripando, una vez más, quien propagó entre los italianos (léase a Giovio) uno de sus méritos poéticos más refinados: su renovador y creativo horacianismo, como nos recuerda muchos años después de su muerte, en la dedicatoria de la Oración en las exequias de Carlos V, dirigida a Plácido de Sangro, amigo común del agustino y de nuestro poeta.

*****

Volver con una mirada nueva e integradora sobre estos primeros cuarenta años del siglo XVI en el Reino de Nápoles —época a todas luces clave del Renacimiento europeo—, sin perder de vista, en ese complejo tapiz de relaciones, el perfil de la figura de Garcilaso, implica a estas alturas del XXI la necesaria colaboración de una variedad de expertos en filología neolatina, italiana y española para hincar el bisturí de la indagación en los intersticios de las costuras invisibles del período: esa es precisamente la labor que se proponen los investigadores que componen el proyecto ProNapoli. Desde la perspectiva española, y nos atreveríamos a decir que en más de un aspecto desde la italiana, se trata de una época tan fundacional como desatendida: las únicas investigaciones desde el hispanismo con trabajo de campo en Italia son, salvo incursiones esporádicas, las de Eugenio Mele, y de ellas hace ya cerca ← 7 | 8 → de un siglo. Hay una inmensa labor por hacer: reconstruir este período implica considerar siempre todas las perspectivas posibles en las relaciones literarias que Garcilaso pudo entablar allí, en permanente interactuación con el contexto, motivo por el que se hace imprescindible ampliar el radio de búsqueda para llenar hasta donde sea posible las persistentes lagunas de su biografía intelectual. Este libro es la segunda aproximación de ProNapoli con esta orientación: la primera, con el título de La égloga renacentista en el Reino de Nápoles, se publicó en Bulletin Hispanique, en 2017. Como en aquella primera incursión, guiada entonces por el común objetivo de un género literario que se convirtió muy pronto en una auténtica pandemia, los investigadores de ProNapoli se proponen ahora rescatar del olvido rastros de las relaciones entre humanistas que no han llegado a las prensas, ni entonces ni hoy, o si lo han hecho, su interpretación por parte de la crítica ha pasado por encima de aspectos clave, relegándolos a ángulos muertos. Procediendo por calas, cortes sincrónicos de perspectivas y sobre autores diversos, los capítulos de la presente monografía buscan siempre la confluencia de objetivos, poniendo en relación rincones olvidados de aquel período tan efervescente, verdadero laboratorio de experiencias poéticas, que hasta ahora permanecía dormido en un caos inexpresivo.

En el estudio de Eugenia Fosalba que abre la monografía se analiza el volumen donde se conservan dos de las pocas composiciones poéticas latinas de Garcilaso que han llegado hasta nuestros días: se trata del ms. XIII AA 63 de la Biblioteca Nacional de Nápoles, procedente originalmente de la biblioteca de San Giovanni a Carbonara, el convento agustino que regía Girolamo Seripando, gran amigo de nuestro poeta, como demuestra la carta que este le dirigió desde Savigliano, llena de rasgos de intimidad, pocas semanas antes de morir (ms. XIII AA 61, f. 1). La descripción completa del manuscrito, que se presenta en apéndice, en cuya autopsia ha colaborado muy especialmente Juan Alcina, resulta muy representativo de la actividad de la academia huérfana de Pontano, la que con tanto amor como desesperada nostalgia trata Minturno de devolver a la vida tras la debacle del asedio de Lautrec. Dicho volumen facticio es a su vez representativo del paso de aquel tardo humanismo hacia los años inmediatamente posteriores, los treinta, en los que aparece, entre otras, una figura como la de Onorato Fascitelli, quien desde Venecia, con un pie en Roma y otro en Nápoles, se convierte en nudo ← 8 | 9 → indispensable en las relaciones entre humanistas de distintas regiones, así como intermediario imprescinidble en el trato de Seripando con las prensas venecianas en los años 33–35. Son años clave para Garcilaso. No extraña que la responsabilidad de la presencia de buena parte de los textos allegados en el ms. XIII AA 63, tanto napolitanos como romanos, sea muy probablemente del propio Fascitelli, quien, a su vez, en su estancia en Roma (agosto de 1535), dio a conocer a Colocci las odas garcilasianas, junto a otras composiciones del mismo manuscrito. Exhumar otras tertulias como la del monseñor de Catania, los textos en vulgar reunidos por Meola en XIII D 27 o la academia napolitana regida por Minturno sobre el Canzoniere de Petrarca, cuyos comentarios saldrán a la luz en Venecia en 1533, de la pluma de su pariente Giovanni Andrea Gesualdo, arroja luz sobre la reversibilidad de la praxis poética grecolatina y vulgar de aquellos años experimentales.

Por su parte, Claudia Corfiati vuelve sobre Girolamo Borgia, un poeta de Senise, en la región sur de Basilicata, con un interesante periplo que empezó en Nápoles, como discípulo de Pontano, hasta 1503. Pasó después, junto a Giovanni Cotta, a las órdenes del célebre condottiero Bartolomeo d’Alviano, quien lo condujo a Roma, y más tarde, tras un interludio en Venecia, lo llevó a participar en el cenáculo literario del feudo de Porderone, con el mismo Giovanni Cotta, pronto tan llorado, además de poetas de la talla de Fracastoro, Navagero, Musuro, Aldo, entre otros,14 hasta que esta corte se deshizo y Borgia se desvió hacia Nápoles, donde permaneció hasta 1512. Es entonces cuando corren rumores sobre la próxima liberación de d’Albiano y Borgia acude a Venecia, donde interviene en una de las ediciones aldinas de la Arcadia sannazariana. Años más tarde lo volvemos a encontrar en Roma, muy cerca del secretario del Cardenal Luis de Aragón, Antonio Seripando (1516–1517); si albergaba esperanzas de restauración aragonesa, con la muerte del Cardenal se esfumaron todas, y ya en 1525 hay signos de homenaje por parte de Borgia hacia el imperio español. No resulta casual que en el ms XIII AA 63 se conserve una copia (hoy poco citada) del proemio a uno de los capítulos de su obra más conocida, Historiae sui temporis (todavía inéditas), con marca de agua fechable entre 1524 y 1528, en Nápoles. ← 9 | 10 → Con los años llegará a gozar del favor de Pedro de Toledo, pues en 1535, en los preliminares a la Eneida donatiana, que Scipione Capece dedica a Garcilaso, cuando Paolo Flavio se dirige a Luis de Toledo, Borgia aparece citado como preceptor del joven hijo del virrey. Borgia representa, por tanto, un autor que conecta desde otro ángulo, distinto al de Fascitelli, el flujo poético que viene del Véneto y de Verona (y de ahí su posible papel como transmisor de las elegías de Fracastoro), a través de su contacto con Antonio Seripando en el Vaticano y de su prolongada permanencia en Nápoles, ciudad donde acabará afincándose. Corfiati centra su atención aquí en el díptico de Carmina que Borgia dedicará a Vittoria Colonna, inspiradora desde Ischia de la poesía docta napolitana, y principal promotora, junto con Alfonso de Ávalos, de un importante cenáculo de literatura en vulgar. Corfiati dedica especial atención a su segunda égloga, que se configura como una reflexión sobre el petrarquismo lírico, no privada de acentos críticos: por un lado, se juzga la experiencia del Canzoniere, en clave biográfica, como un «error» juvenil de Petrarca, mientras, por otro lado, se señala al poeta como el padre de la literatura moderna tanto en vulgar como en latín.

Al abordar por su parte el estudio de las academias literarias napolitanas del XVI, Shulamit Furstenberg-Levi trata de subsanar una de las carencias habituales de la crítica, que consiste en poner el acento en las innovaciones y olvidar los fuertes vínculos existentes entre ellas y las academias previas del siglo XV. En esta línea que ahora se pretende superar se han dado apreciaciones como la de Giovanni Parenti, cuando se refiere precisamente a la obra de Garcilaso y su relación con la del Cariteo (Benedetto Gareth), ambos poetas procedentes de España, e integrados en la Accademia Pontaniana, aunque en diferentes etapas: «Gli ideali artistici di Garcilaso erano gli stessi dei suoi amici napoletani e in genere dei lirici Italiani del tempo. Essi andavano in direzione opposta al classicismo umanistico di Cariteo…».15 Furstenberg-Levi se desvincula de esta perspectiva y muestra aspectos paralelos de ambos poetas españoles a través de un examen de su poesía, al tiempo que intenta seguir por otro lado la cadena vertical que conecta las diversas etapas de la Accademia Pontaniana, en que ambos poetas se inscriben, ← 10 | 11 → respectivamente. La exposición da comienzo con ciertos momentos vividos por la Accademia en tiempos de Pontano, tal y como los describe Galateo (Antonio de Ferrariis), y se prolonga con los varios periodos Post-Pontanianos que se centran en la publicación de las obras de Pontano y el regreso a la discusión socrática. A pesar de la tendencia de las fuentes secundarias a describir la Accademia Pontaniana Post-Pontano siempre en referencia a la figura central del maestro, aquí se descubre dónde empieza el resquebrajamiento de su estructura inicial: como ocurre habitualmente en la vida intelectual del Cinquecento italiano, la restante Accademia pontaniana entra en transición desde el modelo único, con su razón de ser en una sola figura carismática, hacia el modelo alternativo compuesto por una variedad de localizaciones y de figuras, vinculadas entre sí por la común memoria de Pontano. La incursión de Furstenberg-Levi tiene presente, además, el ideal catuliano de la amistad, central en la vida y obra del gran maestro, un ideal común que va infiltrándose en varios momentos clave de la Accademia Pontaniana, como también sale a la luz en la propia poesía de Garcilaso.

El análisis del Garcilaso neolatino que viene de la mano de Rodney Lokaj empieza por desactivar las voces de algunos críticos que consideran sus odas indignas de las alabanzas de sus contemporáneos, incluidas las reservas del propio Bembo. Pese a que se han detectado numerosas fuentes secundarias de las mismas, hay otras menos evidentes, entreveradas con indicios astutamente diseminados por Garcilaso que revelan en sus versos la asunción de los clásicos de la manera más económica y en boga del momento, privilegiando los temas autorizados por la tradición así como el ejemplo de algunos de sus contemporáneos. Ahora bien, lo interesante de todo ello es que Garcilaso no solo se sirve de la obra de algunos de los autores de su propio medio intelectual, el napolitano (Sannazaro, Pontano, Telesio, entre otros), sino también del ejemplo de otros autores procedentes de medios culturales e ideológicos más alejados geográficamente, como es el del círculo mantuano, en el que participan Battista Spagnoli, Baltasar Castiglione y Domizio Falcone. Habida cuenta de dicha lejanía, los paralelismos que Lokaj encuentra en la selección y uso de estos temas, populares en la versificación latina del momento, le llevan a plantear finalmente cómo es posible que tales textos de sendos autores viajaran hasta Nápoles, donde Garcilaso pudo haber accedido a ellos, dejando abierta la posibilidad de ← 11 | 12 → futuras investigaciones; un ejemplo más, en el conjunto del libro, de las relaciones bidireccionales que aúnan el medio cultural napolitano con otros centros de la Península.

Gracias a los esquemas métricos que proponen las estancias petrarquistas de las cuatro canciones y dos églogas garcilasianas, Roland Béhar descubre la red de deudas de nuestro poeta con una serie de poetas napolitanos, hasta ahora notablemente desatendidos por la crítica, como Girolamo Britonio, Tristano Caracciolo, Bernardino Fuscano, Marcantonio Epicuro, Antonio Sebastiano Minturno, entre otros, además de tener en cuenta la influencia persistente de Sannazaro y la nueva vía que abre el propio Minturno con su propia praxis poética y un concepto renovadamente clasicista de la canción. En esta misma línea de las relaciones intertextuales, el estudio de Bienvenido Morros sobre la elegía I de Garcilaso apunta a la vinculación del poeta de Toledo —y en general, del medio napolitano— con el círculo de Verona, y lo hace a partir de la influencia que ejerció en el poema una de las dos elegías compuestas por el humanista véneto, Girolamo Fracastoro, a raíz de la muerte de su amigo, el también médico Marcantonio della Torre; en concreto la que Fracastoro dirige a su hermano, Giovan Battista. Dado que el poema no se imprime hasta 1555, Morros plantea la posibilidad de que hubiera podido viajar en forma manuscrita durante la estancia de Navagero en España, desde 1525, momento este en el que Garcilaso habría podido leerlo, o en fechas más cercanas a la estancia de Garcilaso en Nápoles, de la mano de poetas como Girolamo Borgia, según se apunta en este mismo prefacio. A partir de ahí, Morros aborda un motivo mitológico, perteneciente a un pasaje de la fábula de Ceix y Alcíone, que Garcilaso incluye en la elegía primera y que muy probablemente halló sugerido en la anónima Consolatio ad Liviam, obra muy leída en el círculo napolitano, como demuestra el posterior desarrollo del motivo en la Visione in la morte del Ill. Alfonso Davalo de Sannazaro, así como su inclusión en la égloga piscatoria decimotercera de Berardino Rota. Por último, propone que Garcilaso siguió, sin duda, el poema de Sannazaro, que imita en otros lugares de la elegía.

El estudio de Francesco Tateo se abre con una serie de reflexiones hipotéticas acerca de la presencia de la poesía bucólica y lírica de Pontano —y, a partir de ahí, de la tradición humanística napolitana— en los orígenes de la particular selección bucólica que hace Garcilaso en ← 12 | 13 → su tres églogas; para luego ilustrar un aspecto de la cultura napolitana, como es la tipográfica, en el momento inmediatamente anterior a la llegada de Garcilaso. Para ello el autor tiene en cuenta las obras que el editor Antonio De Frittis dedica a temas relacionados con la obra y la personalidad del poeta español. Dentro de dicha actividad tipográfica, destaca la figura del humanista y militar Andrea Matteo Acquaviva, discípulo de Pontano, y autor de una serie de comentarios filosóficos al tratado de las virtudes morales de Plutarco. Se aborda el problema de las armas y de las letras, que Acquaviva resuelve en favor de estas últimas, y su continuidad en la obra de Castiglione y otros tratados filosóficos del momento, como el De re aulica de Agostino Nifo. Ambas obras se plantean como manuales para el uso de la nobleza, así como textos fundamentales para la construcción de la civilización cortesana que caracterizó el contexto humanístico napolitano de la década de 1530.

La figura, apenas estudiada, de Antonio Telesio, es la que aborda Alejandro Coroleu, en atención a que es a dicho humanista cosentino a quien nuestro poeta dedica una de sus odas latinas recién llegado a Nápoles, echando de menos la patria, y donde parece reconocer que fue Telesio quien lo introdujo en el círculo napolitano de Girolamo Seripando. El bosquejo biográfico de Telesio (1482–1533) abre paso al análisis de cinco de sus poemas neolatinos, publicados por primera vez en Roma en 1524. La segunda parte del estudio, destinada a una posible ampliación en futuras investigaciones, aborda la diseminación de la obra de Telesio en Europa después de 1529, fecha en que aparece la primera edición de uno de sus poemas impresos fuera de Italia.

Details

Pages
VI, 338
ISBN (PDF)
9783034336529
ISBN (ePUB)
9783034336536
ISBN (MOBI)
9783034336543
ISBN (Softcover)
9783034336390
Language
Spanish
Publication date
2018 (December)
Published
Bern, Berlin, Bruxelles, New York, Oxford, Warszawa, Wien, 2018. VI, 338 pp., 31 fig. b/w, 2 tables

Biographical notes

Eugenia Fosalba (Volume editor) Gáldrick de la Torre Ávalos (Volume editor)

EUGENIA FOSALBA es profesora de Literatura española del Siglo de Oro de la Universidad de Girona. Dirige el proyecto ProNapoli titulado »Garcilaso de la Vega en Italia«. Estancia en Nápoles (2016-2019), financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad. Ha publicado varias monografías sobre literatura del Siglo de Oro, así como artículos sobre Encina, Torres Naharro, Montemayor, Aldana, Cervantes, y varios estudios de distinto sesgo sobre géneros poéticos como la égloga y la epístola, de orientación comparatista. En los últimos años ha dedicado sus investigaciones a Garcilaso de la Vega en varias publicaciones de notable impacto (2009-2018). Ha salido a la luz, en la Real Academia Española, su edición y estudio de El Abencerraje para la colección Biblioteca Clásica, dirigida por Francisco Rico (2017). Es cofundadora y directora de Studia Aurea: Revista de Literatura Española y Teoría Literaria del Renacimiento y Siglo de Oro (www.studiaaurea.com). GÁLDRICK DE LA TORRE ÁVALOS es investigador del Departamento de Filología y Comunicación de la Universitat de Girona. Desde 2015 estudia la literatura napolitana de la primera mitad del siglo XVI, en especial los autores del petrarquismo meridional y los que integran el cenáculo de Ischia, con el objetivo de profundizar en el contexto histórico napolitano de Garcilaso, sobre el que ha publicado varios artículos. Es editor, junto con Eugenia Fosalba, del volumen La Égloga renacentista en el Reino de Nápoles (Bulletin hispanique, 2017). Actualmente, escribe su tesis doctoral bajo la dirección de Eugenia Fosalba, I. P. del proyecto ProNapoli («Garcilaso de la Vega en Italia. Estancia en Nápoles, 2016-2019), en el que también participa.

Previous

Title: Contexto latino y vulgar de Garcilaso en Nápoles